Arriba: conocidas popularmente como las Tumbas de los Moros, la necrópolis visigoda de Aliseda cuenta con un total de seis enterramientos antropomorfos excavados en la roca, cinco para adultos y uno para un infante, siguiendo la misma línea de otros sepulcros similares y contemporáneos que se expanden por toda la comarca.
Es habitual en muchos puntos de Extremadura, y más concretamente en algunas de las poblaciones que se levantan en las cercanías de la ciudad de Cáceres y que forman parte de la comarca de Tajo-Salor-Almonte, atribuir a los antiguos pobladores hispano-musulmanes, denominándolos sencillamente “de los moros”, la autoría de muchos yacimientos que subsisten escondidos entre dehesas, junto a la vega de un río o al abrigo de riscos, enriqueciendo el patrimonio de muchas localidades y el extremeño en general. Sin embargo, y salvo contadas excepciones, estas dataciones populares no son exactas, respondiendo la costumbre a tendencias derivadas de la misma repoblación de las tierras tras la Reconquista que por los reinos cristianos del Norte peninsular se llevó a cabo en las mismas, cuando los colonizadores adjudicaban todo lo anterior a su llegada a los previos habitantes que allí vivían.
Al añadirse las tierras que componen la actual Extremadura al mapa que dibujaban los reinos de León y de Castilla en su expansión territorial meridional, se propuso, como ya se hiciera en fases anteriores, repoblar los recién adquiridos territorios con población cristiana que, además de aumentar la presencia humana y el índice de población, y que multiplicara el número de súbditos cristianos fieles a los nuevos gobernantes, colonizaran con sus costumbres y cultura aquellos terrenos donde la presencia del Islam había dejado huella durante varios siglos. La conquista cristiana sin embargo fue más rápida que el aumento de la población, y esta segunda repoblación no siguió la misma tendencia que la primera, cuando los reinos cristianos ocuparon la cuenca del río Duero y la submeseta norte. El número de colonizadores fue mucho menor que entonces, dividiéndose la tierra en latifundios que en muchas ocasiones pasaban a manos de las mismas Órdenes Militares a las que se había asignado el control de los territorios reconquistados, quedando los nuevos pobladores recogidos en las poblaciones preexistentes, o bien y en la mayoría de los casos convirtiéndose en vecinos de nuevas localidades inauguradas en esta nueva etapa de la historia regional y nacional.

Arriba y abajo: separadas en tres subgrupos de tres, dos y un enterramiento respectivamente, las tumbas aliseñas se encuentran talladas en afloraciones graníticas muy cercanas entre sí, localizadas en un enclave denominado Cabeza Rabí y ubicadas en la ladera septentrional de la Sierra del Aljibe, siendo los dos nichos de las imágenes los que conforman el subgrupo de dos túmulos y el más cercano a la cresta de la montaña.

Muchos de estos nuevos municipios, a pesar de deber su origen a mencionada repoblación o colonización castellano-leonesa, se asentaron en enclaves privilegiados que, bien por su ubicación estratégica o morfología de los terrenos ya fueron escogidos por antiguos pobladores para guarecerse, fijar allí su morada o levantar sus viviendas. Aliseda, al suroeste de la provincia cacereña y erigida a los pies de la Sierra de San Pedro, es un claro ejemplo de ello. Mientras que el actual pueblo data de la Baja Edad Media, apareciendo a raíz del fuero de Cáceres con el nombre de Aldea de Aliseda y formando parte del Sexmo de Cáceres, junto a este emplazamiento ya figuró un antiguo castro de la Edad del Bronce, se explotaron diversas minas por los romanos, y fue zona de paso de otras culturas como la tartésica, de cuya época se conservó enterrado el archiconocido Tesoro de Aliseda, actualmente conservado en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, y referente clave a la hora de conocer la cultura prerromana de Tartessos.
Puerto natural que abre paso a las tierras del noroeste pacense, comunicando la penillanura cacereña con la villa de Alburquerque, el enclave donde se asienta Aliseda ha sido siempre un cruce de caminos que ha permitido la comunicación con el interior de la Sierra de San Pedro. Si bien en los inmediatos siglos pasados ha servido como enlace a portugueses y españoles, más en contiendas que en épocas de paz, en la Antigüedad también sirvió como lugar de tránsito, posible parada entre la latina Norba Caesarina (actual ciudad de Cáceres), y la romana Valencia de Alcántara, identificada por algunos estudiosos con la antigua Valentia, nombre dado al oppidum fundado para acoger a los traicionados soldados de Viriato, disputándose la localidad cacereña mencionado origen con la Valencia mediterránea.

Arriba: destaca dentro de la necrópolis visigoda de Aliseda el subgrupo de tres enterramientos donde las tumbas se descubren paralelas y muy cercanas entre sí, contando entre ellas con el sepulcro destinado posiblemente a un niño, barajándose por ello la posibilidad de que allí fueran depositados los cuerpos inertes de un matrimonio junto a su pequeño vástago.
Abajo: vista del sepulcro izquierdo perteneciente al subgrupo de tres tumbas, de claro diseño antropomorfo donde el cadáver sería depositado recto y en decúbito supino.
Abajo: labradas sobre la misma afloración rocosa, la tumba infantil de la necrópolis de Aliseda no se halla de manera aislada, sino cercana a la de dos adultos y a la derecha de ambos.

Como ya ocurría en otros puntos de una muy romanizada Lusitania, también junto a estas antiguas rutas que comunicaban la vertebral Vía de la Plata con las tierras occidentales, surgieron múltiples villas que servían como pequeños núcleos desde el que impulsar la economía agrícola y ganadera que sostenía la provincia latina. Así, y a las ya mencionadas minas de las que se extraía plata, hierro y azufre del corazón de la Sierra del Aljibe, en las proximidades de la actual Aliseda se encontraron las villas romanas de Casas de Santa Catalina y de la Umbría de las Viñas. Fueron éstas con toda probabilidad el germen de posteriores vicus o explotaciones agroganaderas que, tras la caída de Roma y bajo la presencia y gobierno visigodo en la Península Ibérica, recogieron el relevo económico de las ciudades y supieron sostener la economía así como salvaguardar la estabilidad de la región.
Aunque la presencia visigoda en la antigua Norba Caesarina no está prácticamente datada, y la ausencia casi total de datos sobre este periodo hacen de la etapa un capítulo oscuro en la historia cacereña, la ocupación visigoda de los terrenos que componen la actual Extremadura es indiscutible, basándonos fundamentalmente en el legado histórico- artístico con que dotaron a Emérita Augusta, así como en la prolífera existencia de basílicas godas en los alrededores de la antigua capital lusitana, erigidas además a lo largo de la Vía de la Plata, especialmente en el espacio comprendido entre los ríos Guadiana y Tajo, con ejemplos en Alcuéscar (basílica visigoda de Santa Lucía del Trampal), y en el desaparecido enclave de Alconétar (cuya basílica descansa, como el resto del yacimiento, sumergido bajo las aguas del embalse de Alcántara).

Arriba: detalle del nicho central del subgrupo compuesto por tres tumbas donde se aprecia el labrado del sepulcro, destacando en el mismo la oquedad limada como reposacabezas del difunto.
Abajo: tallado de manera aislada un último enterramiento cierra el conjunto funerario, presentando en su interior hierbajos, polvo y humedad depositados por su exposición al aire libre, donde un día descansaron los restos de ciertos pobladores que aproximadamente 1.500 años atrás hicieron de este enclave su hogar.

Con otros ejemplos cercanos, fundamentalmente en Arroyo de la Luz y en el paraje de Los Barruecos, la necrópolis visigoda de Aliseda pudo responder a la presencia inmediata de alguna villa o vicus durante el periodo hispano-visigodo, cuya familia titular y terratenientes al mando de la explotación escogieron esta manera de inhumación, excavando en la roca granítica que aflora a los pies de la serranía pétreos sepulcros antropomorfos, posteriormente tapados con posibles tapas graníticas o losas de pizarra, material muy abundante en los contornos. Datadas entre los siglos VI y VII d. C., basándonos en las características de los enterramientos así como en los restos de cerámica descubierta en las inmediaciones, la necrópolis aliseña cuenta con un total de seis enterramientos, cinco de ellos destinados a acoger los cuerpos de personajes adultos, y un último sepulcro de menor tamaño tallado seguramente para un infante. Las seis tumbas se hallan a su vez divididas en tres subgrupos según su localización y perforación en diferentes afloraciones rocosas.
A escasa distancia un subgrupo del otro, y todos en el lugar conocido como Cabeza Rabí, es el más distante de la cresta de la sierra el que acoge mayor número de enterramientos, con tres sepulcros excavados en paralelo, figurando allí la tumba supuestamente infantil junto a otra adulta. Esta característica, más que cualquier otra, hace pensar en la posible inhumación de un matrimonio junto a un menor descendiente de ellos dentro de este subgrupo de nichos. Los otros dos subgrupos, de dos y un enterramiento respectivamente, figuran más elevados dentro de la pendiente de la falda donde se ubica el yacimiento. En los seis casos sigue el labrado de los túmulos el mismo diseño, respetando la silueta antropomorfa de los cadáveres que iban a acoger, respondiendo por tanto a un mismo tipo de enterramiento donde el difunto era colocado de manera recta y decúbita supina (sobre la espalda) en el lecho granítico. Comparten esta característica además con los enterramientos pertenecientes a necrópolis cercanas, como las mencionada de Arroyo de la Luz o de Los Barruecos, hecho que permite relacionar al menos cronológicamente las diversas fosas, formando entre todas ellas, así como con el resto de sepulcros antropomorfos pétreos que salpican la provincia y la región, todo un catálogo de vestigios visigodos que amplían el patrimonio dejado por este pueblo en nuestras tierras, engrandeciendo aún más el patrimonio histórico y el legado cultural que ha heredado Extremadura.
Cómo llegar:
Arriba: visión general del yacimiento funerario aliseño donde se aprecian los tres subgrupos que componen la necrópolis visigoda, acondicionados para su visita libre en un enclave donde el caminante podrá disfrutar no sólo de los vestigios históricos, sino además de las bellas vistas de la comarca y del fresco aire de la sierra.
La localidad cacereña de Aliseda, cercana al margen izquierdo del río Salor y a los pies de la Sierra de San Pedro, se ubica a unos 30 kilómetros de la capital provincial, comunicada con ella a través de la carretera nacional N-521, vía que une Trujillo con la frontera portuguesa, atravesando la ciudad de Cáceres.
Alcanzada la localidad según nos dirigimos hacia Valencia de Alcántara, recomendamos acceder a la misma por la última calle del pueblo que se abre a la carretera, denominada como Paseo de la Habana. Se prolonga el mismo hacia la calle Pizarro, que alcanza la popular Plaza de Extremadura, tras la cual, y girando a la derecha, penetramos en la Avenida de la Constitución. Hallaremos al final de esta calle una antigua fábrica de harina, existiendo junto a la misma y subiendo hacia la montaña un camino que nos conducirá, a mano izquierda, hacia el paraje donde se halla el yacimiento visigodo, separado por unos 3 kilómetros del núcleo urbano y acondicionado para su libre visita con bancos y un cartel informativo que permite disfrutar de la necrópolis así como del bello paraje que nos espera a los pies de la Sierra de San Pedro.