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domingo, 25 de enero de 2015

La Iglesia parroquial de la Asunción de Acedera y el terremoto de Lisboa de 1.755


Arriba: levantados con sencillo trazado y humilde fábrica de mampostería pizarrosa y ladrillo, los muros de la Iglesia parroquial de la Asunción, más conocida actualmente como de Nuestra Señora de la Jara, en Acedera, muestran actualmente sin embargo mejor que ningún otro monumento en Extremadura las huellas de una de las catástrofes naturales más impactantes y relevantes en la historia de Europa Occidental: el terremoto de Lisboa de 1.755.


Está plenamente registrado y descrito al detalle por las crónicas contemporáneas al suceso cómo, en la mañana del primer día de noviembre del año de 1.755, festividad de Todos los Santos en el mundo católico, los techos y fábricas que cubrían los templos lisboetas comenzaron a derrumbarse repentina, drástica y dramáticamente sobre los fieles que, a temprana hora de la mañana, acudían a oír misa en recuerdo de sus fieles difuntos. Eran aproximadamente las nueve y media de la mañana en la Portugal de José I, en una jornada festiva de un país colonialista y heredero de un gran imperio afianzado en sus viaje marítimos, descubrimientos y conquistas ejercidas desde finales del medievo a lo largo de las costas americanas, africanas y asiáticas, que se vería sacudido literal y metafóricamente en base a uno de los terremotos más violentos de los que se tiene constancia en la historia universal, llegando a alcanzar posiblemente, según estimaciones actuales en base al gran estudio que sobre la catástrofe natural se elaboró en pleno Siglo de las Luces, un noveno grado en la Escala de Richter.

Un supuesto movimiento en la falla de Azores-Gibraltar, no muy lejos del portugués Cabo de San Vicente, hizo que la tierra temblara bajo Lisboa de forma virulenta, abriéndose grietas de hasta cinco metros en las calles y provocando el desplome de un alto porcentaje de los edificios y monumentos más insignes de la ciudad. A la fuerza de la sacudida habría que sumar la gran duración del seísmo, entre tres y seis minutos. Pero el desastre no se ceñiría simplemente al terremoto y sus posteriores réplicas en sí. Lo peor quedaría aún por venir. Cuarenta minutos después, y tras haberse observado desde las zonas portuarias cómo el agua del estuario del Tajo retrocedía más que llamativamente hacia el océano, no uno sino tres tsunamis consecutivos, de entre seis y veinte metros de altitud, cubrirían gran parte de la capital, ahogando a los supervivientes del temblor que habían escapado de la urbe salvaguardándose a la orilla del río. Mientras, las zonas más altas comenzaron a arder en un incendio que perduró durante cinco días, provocado por velas y rescoldos de chimeneas desparramados entre las ruinas de los edificios desplomados. Las consecuencias inmediatas fueron más que trágicas. Aunque las estimaciones varían entre unos autores y otros, se cree que un 85 % de la capital lusa caería completamente destruida. Una tercera parte de su población fallecería, contabilizados en varias decenas de miles los habitantes aplastados, ahogados o carbonizados. Sin olvidar, además, la infinidad de elementos culturales, bienes muebles e inmuebles de incalculable valor histórico y artístico desaparecidos para siempre.



Arriba: edificada en el siglo XVI y englobada dentro del largo listado de obras potenciadas por el obispo D. Pedro Ponce de León durante los años de su ministerio en la Diócesis de Plasencia, en la cual queda integrada la localidad, la Iglesia parroquial de Acedera contaba con tres tramos de los cuales el central y el cabecero se vieron profundamente afectados por el gran terremoto de 1.755, manteniéndose aún a la vista la ruina del antiguo ábside del templo.

Pero el terremoto de Lisboa fue más allá y no entendió de fronteras políticas. Si bien el famoso seísmo fue bautizado con el nombre de la localidad más afectada de todas aquéllas a las que alcanzó, el terremoto de 1 de noviembre de 1.755 fue en realidad una catástrofe natural que se sintió en gran parte de Europa y África, y que afectó no sólo a la capital lusa y a todo Portugal, sino prácticamente a toda la Península Ibérica y una amplia franja de la costa africana cercana al Estrecho de Gibraltar. La violenta sacudida llegó a sentirse en territorios tan lejanos como la actual Finlandia, mientras que las olas derivadas del consiguiente maremoto alcanzaron no sólo la costa inglesa, sino incluso algunos puntos geográficos e islas del mar Caribe.

Además de la devastación lisboeta, el terremoto asoló en Portugal practicamente toda la costa del país, azotando e inundando especialmente el Algarve. Tragedia que se compartió con la costa atlántica andaluza, destruyéndose gran parte de los pueblos asentados junto la costa de Huelva y la Bahía de Cádiz, en el que está considerado el seísmo más funesto de todos los que han sacudido nuestra Península. El temblor, superando las fronteras lusas, fue percibido especialmente en ciudades y pueblos a lo largo y ancho de Andalucía, sendas Castillas y Extremadura. Incluso el propio monarca Fernando VI vivió el fenómeno natural mientras se alojaba en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Madrid sería alcanzado en un quinto grado, traducido en diversos desplomes arquitectónicos y dos niños fallecidos en la capital del reino. Afectado profundamente el monarca, vinculado con Portugal a través de su amada esposa Bárbara de Braganza, nacida en la capital lusa, y haciendo gala de un espíritu más modernista propio del Siglo de las Luces, quiso encargar pocos días después, consciente de la magnitud de la catástrofe natural, un elaborado informe científico sobre las consecuencias del seísmo en su reino, en base a una amplia encuesta remitida a un considerable número de ayuntamientos y concejos españoles diseminados por todo el territorio nacional, a través de la cual poder saber cómo se desarrolló el terremoto en cada rincón del país y cuáles fueron sus resultados.



Arriba: lo que fuese ábside de la parroquia acedereña es, hoy en día, la zona trasera del templo, espacio destinado a acoger  la sacristía del lugar, enmarcada por las paredes semiderruidas de este original tramo último de la iglesia.

Abajo: el tramo medio o segundo de los tres con que contó originalmente la Parroquia de Acedera sufrió, junto al cabecero, los efectos del terremoto lisboeta, pudiéndose aún observar, entre los ladrillos que enmarcan su vano del muro de la epístola, una gran grieta, posiblemente originada por el gran seísmo que azotó la Península Ibérica.



Gracias a esta amplia encuesta, efectuada igualmente en Portugal por iniciativa del Marqués de Pombal, nacida en un intento por comprender científicamente el cataclismo y darle una visión científica lejana al supersticioso castigo divino con que era visto cada seísmo anterior, pudieron conocerse detalladamente tanto el desarrollo del terremoto como las consecuencias y efectos del desastre. Sendos estudios, luso y español, son considerados así los tratados pioneros y precursores de la sismología moderna y actual.  Pero son, además, un legado histórico con el que poder conservar en la memoria no sólo el desarrollo de uno de los acontecimientos naturales más destacados de la historia europea y mundial, sino también sus resultados. Sabemos así, en el caso español, que el terremoto de Lisboa sesgó la vida de 1.275 personas, de las cuales 1.214 perecerían por efectos del maremoto, de gran virulencia, que alcanzaría Ayamonte, La Redondela, Lepe y Cádiz, entre otras poblaciones. En Sevilla, con alrededor de un siete por ciento de su entramado urbano completamente destruido, nueve personas perderían la vida, una más que en la capital onubense. Catedrales y grandes monumentos de todo el territorio nacional sufrirían destrozos, como en Salamanca o Astorga. Otros muchos se vieron dañados en su estructura, determinándose en muchos casos a lo largo del siglo XIX su final demolición. Según estimaciones actuales, tales daños materiales superarían los actuales 500 millones de euros.

Extremadura, ubicada junto a la frontera lusa, no sería tampoco ajena a la catástrofe. Justamente en nuestra región tendría lugar una de las más grandes tragedias vividas a nivel nacional, cobrándose la vida de veintiuna personas y dejando más de una decena de heridos graves. Los habitantes de Coria, como los lisboetas, también habían acudido a su templo más destacado a temprana hora para oír misa en la festividad de Todos los Santos. La Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, enclavada junto a la vega del río Alagón, sobre un desnivel abierto al valle fluvial en su orilla derecha, en unos terrenos de débil consistencia que ya habían avisado de peligros de cimentación en el monumento y vivido acontecimientos naturales previos, como el desvío de las aguas del río en 1.590, dejando inservible su Puente Viejo, no soportó los embistes del terremoto. La sacudida del terreno provocó el derrumbe de su torre, aplastando y matando a trece feligreses que intentaban salir del monumento cuando la tierra comenzó a temblar bajo sus pies. Otros seis quedarían enterrados bajo los escombros de la Capilla del Sagrario, sepultada por los sillares y fábricas que del campanario caerían sobre su bóveda. La Capilla Mayor, su gran retablo, el crucero del edificio y otros bienes eclesiásticos resultarían gravemente dañados. Aún hoy en día destacadas grietas en su cabecero, así como el desplazamiento de muchos de sus sillares en cornisas y pináculos, pueden apreciarse a simple vista. La torre catedralicia, cuya cúpula de media naranja rematada con linterna giró sobre sí hasta venirse abajo, tuvo que ser reconstruida en su coronamiento con un bello resultado barroco que, triunfante sobre la tragedia, actualmente embellece y destaca sobre la silueta de Coria y su catedral.



Arriba y abajo: el interior del original templo acedereño, de una sola nave, permanecía dividio en tres tramos marcados por arcos diafragmáticos y cubiertos por bóvedas de arista, fabricados tanto unos como el arranque de las otras por graníticos sillares que perseguían la consolidación del monumento pero que, sin embargo, no pudieron hacer frente ante las fuertes sacudidas ejercidas por el terremoto lisboeta, clausurándose el tramo final tras el derrumbe de su cubierta con un nuevo lienzo de mampostería, tras el que pueden observarse los verstigios de la estructura inicial, así como las heridas sufridas por el edificio ante la catástrofe natural.






La encuesta encargada por Fernando VI al Gobernador del Real y Supremo Consejo de Castilla, el también Obispo de Cartagena D. Diego de Rojas y Contreras, fue contestada dentro del territorio extremeño, bien directamente o remitida a través de los gobernadores de sus partidos, por las localidades de Alange, Albalá, Alburquerque, Alcántara, Alcuéscar, Aljucén, Almoharín, Arroyo de la Luz, Arroyomolinos, Badajoz, Benquerencia, Botija, Cabeza la Vaca, Cáceres, Casas de Don Antonio, Cordobilla de Lácara, Coria, Don Benito, Eljas, Feria, Fuentes de León, Gata, Hornachos, Jerez de los Caballeros, Llerena, Mata de Alcántara, Medellín, Mérida, Mirandilla, Montánchez, Plasencia, Puebla de Alcocer, Santiago de Alcántara, Segura de León, Siruela, Torre de Don Miguel, Torre de Santa María, Torremegía, Torremocha, Trujillo, Valdefuentes, Valencia de Alcántara, Valverde de Mérida, Villa del Campo, Villagonzalo, Villanueva de la Serena, Villanueva del Fresno y Zafra. De otros se hablaría en informes de localidades cercanas, como es el caso de Alconchel, Trevejo o La Roca de la Sierra, mencionados en el informe de Badajoz, o La Codosera, en la respuesta de Alburquerque. Desde Talavera de la Reina se remitiría información de poblaciones como Alía, Carrascalejo, Castañar de Ibor, Castilblanco, Garvín, Higuera de Albalat, Navalvillar de Ibor, Peraleda de San Román, Valdelacasa de Tajo, o Villar del Pedroso. Otros municipios como Olivenza o Táliga, actualmente extremeños y entonces portugueses, serían ajenos a la encuenta fernandina, aunque no al estudio luso.

Entre las respuestas a la encuesta remitidas desde el territorio extremeño destacarían, por su detallismo a la hora de narrar los hechos o describir los efectos y consecuencias del cataclismo, localidades como Alcántara, Arroyo de la Luz (entonces Arroyo del Puerco), Badajoz, Montánchez, y especialmente Coria,  población esta última duramente golpeada desde la cual emitieron sendos informes tanto el entonces alcalde del municipio, D. Pablo José Salgado, como el obispo cauriense D. Juan José García Álvaro. Gracias a los escritos sabemos que otras dos personas fallecieron en Extremadura a consecuencia del seísmo. Una, en Don Benito, tras alcanzarle parte de la fábrica de la Iglesia de Santiago al intentar huir de su interior. La otra, en Arroyo de la Luz, golpeada no físicamente, sino psicológicamente, hasta fallecer diecisiete días después por lo que entonces se conocía como "sobrecogimiento". Otra fémina lograría sin embargo salvarse de sus heridas graves, ocasionadas tras haber sido arrollada por sus vecinos, al correr éstos en desvandada desde el interior de la parroquia montanchega.



Arriba y abajo: la actual Parroquia de la Asunción, más conocida como de Nuestra Señora de la Jara, sigue presentando como fachada lo que fueran los pies del recinto primitivo, cerramiento de un primer tramo del templo que sobrevivió al duro seísmo, donde destaca sobre su sencilla portada, como única decoración del monumento, el escudo del obispo de Plasencia D. Pedro Ponce de León, mecenas del monumento, fechado en 1.566, tal y como reza bajo el blasón eclesiástico (abajo).




La mayoría de los informes coinciden sobre diversos aspectos relacionados con este seísmo, que alcanzó estimatoriamente los niveles quinto y sexto en la región, describiendo cómo, antes de comenzar a temblar el suelo, un estruendo sobrecogió a los vecinos, que confundieron inicialmente el ruido con el de una rauda diligencia, o con tamborradas o cañonazos propios de los ejercicios bélicos. Coinciden también a la hora de describir las alteraciones sufridas sobre los terrenos, centradas fundamentalmente en diversos cambios en las aguas de los pozos y fuentes, aumentando o disminuyendo su caudal, cambiando su color o acrecentándose su herrumbre, así como brotando de manantiales entonces secos que, como en el caso de Botija, regarían repentinamente arroyos cercanos como el río Tamuja. Las aguas de los grandes ríos, como el Tajo y el Guadiana, saltarían y serían sometidas a un profundo vaivén, tal y como describen desde Alcántara, Badajoz o Medellín. Curiosa será también la coincidencia en referencia a múltiples comentarios que describen cómo, en la madrugada previa, un cometa de larga cola y fuerte brillo atravesaría los cielos sobre el horizonte levantino, pocas horas antes del seísmo, acontecimiento que los ilustrados sin embargo no relacionarían directamente con el cataclismo ya que, tal y como indica el Licenciado Juan Rodríguez de Valverde desde Segura de León, haciendo alarde de una conciencia cada vez más lógica y científica, "de esto no se puede hacer concepto porque aunque no son muy frecuentes tampoco dejan de verse en algunos tiempos".

En cuanto a las pérdidas materiales, el terremoto causó fundamentalmente daños sobre los edificios de mayor peso arquitectónico, tales como iglesias y conventos, castillos, torres y pósitos. Serían cuantiosos los deterioros en los monumentos de Jerez de los Caballeros y de Llerena. Bóvedas caídas, arcos abiertos, muros quebrados, sillares descolgados y un sinfín de grietas que conllevaron la reparación de inmuebles a lo largo y ancho de toda la región. Llamativos son los casos de Plasencia y Trujillo donde, en sendos y respectivos informes, se destaca haber sentido el fuerte terremoto "sin haber sucedido cosa grave alguna", como se indica desde la capital del Jerte. En Trujillo barajarían la milagrosa actuación de la Virgen de la Victoria, ya que "no se experimentó la menor desgracia de persona muerta ni herida, ni de quebranto de templo, casa ni edificio". Sin embargo y décadas después, sería en estas dos localidades donde se estudiaría la posibilidad de tener que demoler algunos de sus monumentos, ante la precaria situación en que se encontraban tras haber quedado sus estructuras dañadas por el terremoto. Así, en 1.920, una de las dos torres que flanqueaban el Palacio placentino de los Monroy, también conocido como Casa de las Dos Torres, desaparecería. Igual destino le esperaba a la conocida como Torre Julia trujillana, primitivo campanario de la Iglesia de Santa María la Mayor. Ya dañada previamente por el terremoto de Lisboa de 1.531, y destruida parte de su composición tras la toma de la ciudad en 1.809 por las tropas naoleónicas, su demolición parecía inminente en 1.861. Sin embargo, el retraso en la misma se convirtió contrariamente en una posterior y celebrada restauración, llevada a cabo en los años setenta del pasado siglo.



Arriba y abajo: sobre el caserío que conforma el menudo pueblo de Acedera, con apenas ochocientos habitantes registrados en la actualidad, menos de cien en los años del seísmo, destaca la figura de la Iglesia parroquial, coronada con campanario tras el que pueden observarse los vestigios del tercer tramo del templo, derrumbado presuntamente por efecto del terremoto de 1.755 y clausurado en la actualidad, cuyos restos de muros sirven, sin embargo, como base de numerosos nidos de cigüeña.




La falta de informes de otras muchas localidades impide conocer con detalle tanto la vivencia del terremoto, como sus consecuencias, en otros muchos rincones de Extremadura. Algo que supliría, en menor medida, la tradición oral, ante también la aparente falta de estudio de los libros y registros archivados en ayuntamientos y templos que nos hablasen de las reparaciones ejercidas en los principales monumentos años después y tras haberse visto dañados por el fuerte temblor. Se sabe de daños en los templos de localidades tales como Quintana de la Serena, Zalamea de la Serena o Lobón. Tradicional es también atribuir al terremoto de 1.755 la inclinación de algunos de los pilares que sostienen ciertos arcos de los muchos que rodean la Plaza Mayor de Garrovillas de Alconétar. Sin embargo, el monumento que más destacaría actualmente de entre todos aquéllos sobre los que no se habló al Consejo de Castilla, y del que no existen aparentemente constancias escritas sobre los hechos que motivaron sus lesiones, sería la Iglesia parroquial de la Asunción, también conocida como de Nuestra Señora de la Jara, en Acedera, por haber llegado a nuestros días, más que ningún otro bien de la región, con abundantes y plenas señales y marcas de herida provocadas supuestamente por el famoso cataclismo.

En los días del terremoto, en pleno siglo XVIII, la localidad de Acedera se contaba como una más de entre las conformantes de la Tierra de Trujillo, ciudad de la que ya dependía como pedanía de la misma en el siglo XVI, manteniéndose como tal hasta su desvinculación de la ciudad trujillana una vez aprobada la reforma geográfica ejercida tras la caída del Antiguo Régimen, en 1.833. Al igual que Trujillo, su antigua pedanía dependía eclesiásticamente de la Diócesis de Plasencia, a la que sigue respondiendo en la actualidad. Gracias a esta vinculación religiosa, Acedera pudo verse incluida entre las poblaciones a las que el obispo Don Pedro Ponce de León quiso dotar con una nueva parroquia erigida bajo las sencillas trazas de un gótico extremeño o rural, en simbiosis con las líneas renacentistas triunfantes en el primer siglo de la Edad Moderna. El erudito cordobés dejaría así su impronta en la diócesis sobre la que ejerció su episcopal ministerio, tras haber ocupado similar cátedra en Ciudad Rodrigo, y hasta su fallecimiento en Jaraicejo, acaecido en 1.573. Desde que fuese declarado obispo de Plasencia, en 1.560, el letrado sacerdote, instruido en Salamanca, quiso continuar la labor constructiva de su predecesor en el cargo, el obispo Don Gutierre de Vargas Carvajal. Con ambos ministerios, el gran amor por las artes de sendos personajes renacentistas, así como su incansable mecenazgo en pro del enriquecimiento artístico de su obispado, la Diócesis placentina vio incrementado notablemente su patrimonio artístico en especial base recaída sobre la reforma o novedosa construcción de nuevas iglesias, conventos y fundamentalmente templos parroquiales que ofreciesen a los feligreses de todas las localidades y municipios cuya devoción les estaba encargada, un lugar de culto donde poder recogerse espiritualmente y celebrar los más santos oficios. A las más de treinta parroquias impulsadas por Don Gutierre de Vargas Carvajal, tales como la de Jaraicejo o Garciaz, la Iglesia de Santiago de Don Benito, o la de San Andrés en Navalmoral de la Mata, sumó un también ingente número de construcciones religiosas Don Pedro Ponce de León. Terminando algunas ya comenzadas por su antecesor, como la de Saucedilla, el nuevo obispo promocionó el levantamiento de nuevos templos, como sería el caso de Acedera. Uno y otro obispos firmarían su mecenazgo con la inclusión de sus escudos heráldicos episcopales entre la fábrica de las capillas financiadas. Sobre la portada de los pies de la parroquia acedereña, erigida bajo la advocación de la Asunción de María, se colocaría el emblema de su protector, cuartelado y dividido entre los apellidos Córdoba y Ponce de León, coronado con capela de doble cordón colgante, y seis borlas en cada uno de sus ramales. Bajo él, una inscripción da fé de la época y fecha de construcción: 1.566.



Arriba y abajo: en las inmediaciones de la parroquia acedereña, sembrados sobre un parque municipal que rodea las pistas deportivas contiguas al colegio público municipal, se conserva una colección de sillares graníticos, algunos de ellos ornamentados, recuerdos tanto de la primitiva estructura con que antaño contó el principal monumento de la localidad, como de aquel devastador cataclismo que los arrancó de la armazón a la que daban forma y para los que fueron diseñados y destinados.




La Iglesia parroquial de Acedera, en reflejo de la humildad de la población, de escaso número de vecinos y poca relevancia económica, se erigió sobre mampostería de pizarra ayudada con ladrillo, ligeramente reforzada en esquinas con sillares graníticos, que bordearían además las portadas de entrada. En el interior del edificio se colocarían igualmente pétreos sillares de fuerte granito como sustento o arranque de los nervios que conformarían las bóvedas enladrilladas de arista que cubrirían los tres tramos en que se dividiría la iglesia, con un interior de una sola nave. Los arcos transversales de medio punto que ayudarían a sostener la techumbre, aptos además como arcos diafragmáticos o de separación entre trechos, serían dibujados con bloques casetonados y decorados. Sólida base que, sin embargo, no pudo soportar la embestida a la que sometió el recinto el terremoto que la mañana del primer día del noviembre de 1.755 sobresaltó a toda la Península Ibérica. Desconocemos cómo se sintío el seísmo en la población. Tampoco sabemos si los efectos causados sobre el templo, que no llegaba a su segundo siglo de antigüedad, fueron inmediatos. Sin embargo, es vox populi que la cobertura de sus segundo y tercer tramo, parte media y cabecero del templo respectivamente, terminaron viniéndose abajo tras la venida del seísmo, viéndose afectados además toda la estructura del ábside así como los muros que cerraban la iglesia en su parte final, conllevando la posterior clausura de este tercer recinto.

Desde un cercano parque, junto al Colegio Público municipal, más de una docena de sillares descansan y recuerdan al viajero mejores tiempos en que, lejos de permanecer esparcidos y descontextualizados, formaban parte del principal monumento del lugar, vertebrando su principal esqueleto pétreo del que, tras el inolvidable seísmo, se vieron arrancados. A lo lejos, la silueta de la parroquia acedereña se yergue sobre el menudo caserío, coronada con una recién restaurada torre-campanario que ondea sobre el primitivo y original primer tramo del templo. Su hermano contiguo, herido por el cataclismo lisboeta, comparte con el anterior nueva techumbre sin esconder ciertas grietas, como la que se observa en el vano de ladrillo que ilumina el interior del recinto sagrado desde el muro de la epístola, seguramente nacida a raíz de la catástrofe natural. Tras él, un nuevo muro, de similar mampostería pizarrosa a la utilizada para levantar la iglesia, cierra el templo bajo el arco diafragmático que sostenía parte de la tercera y última bóveda, una vez declarado inservible este trecho final tras la caída de su techo y parte de sus laterales. Se edificó, en aprovechamiento del terreno, la sacristía bajo los rescoldos de lo que fuese la fábrica auténtica e inicial del edificio. No se esconden, sobre las nuevas oficinas sacerdotales, las grandes cicatrices ocasionadas por la fatal catástrofe. Un recuerdo que rememora, actualmente y mejor que en ningún otro monumento de Extremadura, la tragedia ocasionada en pleno Siglo de las Luces y que, en una época de arranque científico y búsqueda de un entendimiento lógico de la naturaleza, sirvió, una vez superado el desastre, para comprender mejor nuestro universo. Heridas que marcaron un monumento y una localidad, pero que, lejos de ser sinónimo de óbito o perecer, sirven hoy en día como base de múltiples nidos de cigüeñas blancas, mientras que las oquedades de los heridos diques son ocupadas por cernícalos primillas. Vida que se abre sobre los escombros de un cataclismo que sacudió nuestro país y nuestra región pero que no impidió, a las puertas de la Edad Contemporánea,  seguir avanzando en el progresivo trascurrir de nuestra historia.



Arriba: la Catedral de Santa María de la Asunción de Coria, erigida sobre un desnivel que cierra la vega del río Alagón en su margen derecho, sufre desde siglos atrás la falta de consolidación de los terrenos sobre los que se asienta, hecho que ha preocupado constantemente a cabildo y arquitectos, y que motivó, la mañana del primer día del noviembre de 1.755, el derrumbe de su torre-campanario, aplastando y enterrando a diecinueve personas, incrementadas en dos más de entre los heridos graves, en una de las repercusiones más trágicas sufridas en España a raíz del terremoto lisboeta.



Arriba: sobre el cabecero de la catedral cauriense pueden aún observarse destacadas grietas y sillares desplazados en cornisas desarregladas, resultado de la cesión de los terrenos sobre los que se asienta el monumento, especialmente golpeados por la virulencia del terremoto que en 1.755 alcanzó la localidad en un supuesto VI grado de la escala de Richter.

Abajo: la primitiva torre de la catedral de Coria, compuesta de media naranja y linterna sobre ella, giró sobre sí misma tras el estallido del devastador seísmo, viniéndose su estructura abajo tanto sobre feligreses y eclesiásticos como sobre otros recintos del templo, que quedó momentaneamente clausurado en sus funciones hasta lograr su total arreglo, reparación que años más tardes permitió al recinto contar con un nuevo campanario, en bello estilo barroco cuyo diseño fue firmado por el conocido arquitecto Manuel de Larra y Churriguera.




- Cómo llegar:

La localidad de Acedera, antaño pedanía trujillana y actual municipio de Badajoz, se enclava en las cercanías de la vega del río Gargálicas, afluente del río Ruecas y, junto a éste, del también cercano Guadiana. La carretera nacional N-430, que une la capital provincial pacense con la valenciana Játiva, atravesando la vecina Ciudad Real, discurre a poca distancia de la población acedereña. Para entrar en ella, habrá que tomar el ramal menor BA-V-6348, en dirección a Orellana la Vieja. La Iglesia parroquial, de fácil observación sobre la pequeña entidad, queda circundada por la calle Constitución, en pleno corazón de este sencillo pueblo extremeño.



Arriba: es llamativo el hecho de que, en los informes remitidos desde Plasencia y Trujillo sobre el terremoto, se destaque por sus autores la carencia de daños sobre edificio alguno de sendas localidades, en dos de los municipios más monumentales de la región, circunstancia que se confronta además con el posterior desmonte o demolición de algunas de sus principales torres, supuestamente dañadas en su estructura por el famoso seísmo, como es el caso de la conocida como Torre Julia, primitivo campanario de la trujillana Iglesia de Santa María la Mayor, herido por los terremotos de Lisboa de 1.531 y 1.755, semidestruido por la ofensiva napoleónica durante la ocupación francesa de la ciudad, sentenciado a desaparición a mediados del siglo XIX, y finalmente desmontada, reconstruida y restaurada a lo largo de los años setenta del pasado siglo.

sábado, 24 de agosto de 2013

Tesoros del camino: bucráneos de la portada de la epístola en la Iglesia de San Pedro de Montijo


Arriba: ubicada en el lado sur del templo, y ofreciendo acceso al interior del mismo en el lado de la epístola de la iglesia, la portada renacentista que allí se ubica ofrece no sólo una muestra de las obras ejecutadas por el santanderino Francisco de Montiel en la región, sino además todo un compendio de soluciones artísticas y arquitectónicas propias del estilo renacentista herreriano, que retoma además otros aspectos del Renacimiento más puro y del clasicismo más latino, tales como la serie de bucráneos que recoge su friso.

Como su propio nombre indica, el movimiento que hoy en día conocemos como Renacimiento supuso y fue todo un renacer. Renacer en lo clásico dejando atrás el espíritu del medievo para retomar las bases pragmáticas del mundo greco-romano, rescatadas por una población cada día más humanizada y menos temerosa de la fatalidad, de las supersticiones e incluso del poder vengativo de Dios. El devenir histórico, basado constantemente en rotaciones donde el optimismo y el pesimismo en la existencia se van alternando, mientras que el conocimiento permite al ser humano progresar vitalmente con el paso de los años y centurias, dio un nuevo giro auspiciado por los acontecimientos y descubrimientos del final de una era, inaugurándose una nueva edad en la historia occidental donde el Humanismo tomaba como bandera y base a sus teorías el clasicismo heredado de helenos y latinos.

El Renacimiento no sólo supuso un reavivar del ideal pragmático propio de la Antigua Roma, que a su vez bebía en parte de la filosofía y la ciencia griega. El renacer del mundo antiguo y la admiración hacia un universo semiolvidado durante el tiempo de la Edad Media conllevó la observación del gusto clásico también en el mundo del arte. Si bien los ideales renacentistas, que tomaban la medida humana como principal, inspiraron las nuevas creaciones artísticas, la llegada del Renacimiento al arte supuso igualmente la vuelta a escena de temáticas, elementos y símbolos clásicos en desuso, observados y tomados como ejemplo y punto de aprendizaje a través de las obras antiguas que se rescataban del suelo de ciudades y de los campos que un día dibujaron el mapa del Imperio Romano. Los personajes mitológicos volvían a escena, sus mitos eran nuevamente realzados, pero también sus atributos, sus iconos y los elementos decorativos que un día lucieron en casas de patricios y adinerados latinos vuelven a ornamentar palacios y edificios civiles, así como religiosos monumentos como prueba del interés de una civilización, la europea, por otra anterior de la que se siente heredera y a la que quiere tomar como base de su nuevo pensamiento.

Además de las bases temáticas e ideales que inspiraron las creaciones datadas por entonces más de mil años atrás, el arte renacentista rescata también las soluciones artísticas generadas en aquel tiempo pasado trayéndolas de nuevo al presente, explotándolas ahora principalmente en una de las ramas del arte que más se desarrolló con la llegada del nuevo carácter social y progreso del pensamiento: la arquitectura. Dejando atrás las pautas artísticas que inspiraban las obras de un obsoleto estilo gótico, cuyos edificios respondían mayormente al deseo de alabar la grandeza del Señor a través de una sobria estructura donde la espiritualidad se prolongase junto a la altura de los templos, pero que terminó condicionada, como en otros estilos artísticos, más a la ornamentación que a la búsqueda del ideal artístico en sí, los artistas renacentistas rescatan la sencillez del clasicismo donde los diseños responden con suavidad de líneas y cierta austeridad en la decoración, recuperando para portadas y estancias de edificios elementos propios de la arquitectura clásica así como las características de los estilos helenos. Se abre de esta manera un nuevo frente estilístico que choca con la última fase del Gótico europeo, caracterizada ésta por la profusión de la ornamentación más flamígera y barroca que recibirá el nombre de perpendicular en Inglaterra, manuelino en Portugal, o isabelino en el reino de Castilla. Este último caso, en auge durante el reinado de los Reyes Católicos en España, entrará en simbiosis con el ideal artístico renacentista dando lugar a un estilo único en Europa, a caballo entre lo gótico y lo renacentista, y conocido como Plateresco, por recordar, en la profusión de la decoración que hereda aspectos de la ornamentación gótica más barroca para mezclarse con los elementos clásicos más y menos comunes, la labor de los plateros en sus obras de orfebrería.



Arriba y abajo: lejos ya de la rica ornamentación plateresca de comienzos del siglo XVI, la portada de la epístola de la parroquia montijana refleja el ideal renacentista más clásico así como la proporción, suavidad de líneas y austeridad decorativa propias del movimiento herreriano, apoyándose en soluciones arquitectónicas dóricas y presentando ornamentos en auge a comienzos del siglo XVII, tales como el cajeado, los chapiteles o las bolas.


La aparición del Plateresco en España, considerado como una etapa protorrenacentista, supuso artísticamente la formulación de obras arquitectónicas únicas en Europa, pero a la par el retraso en cuanto a la implantación del estilo renacentista más puro dentro de los territorios castellanos del recién inaugurado Imperio Español. El devenir histórico en nuestro país había permitido la hibridez de estilos al conservar el gusto por un arte, el isabelino, a comienzos del siglo XVI como recuerdo de la monarquía que había permitido la unión definitiva de los dos reinos hermanos ibéricos que ahora caminaban juntos en la historia bajo el mandato de un único monarca. Sin embargo, ese mismo devenir de la historia dentro de las fronteras de España es el que permite, varias décadas después, no sólo el triunfo de un estilo renacentista más puro que comienza a ganar terreno al goticismo arraigado en el país, sino que además derivará con tal fuerza en la pureza de sus líneas que nuevamente presentará una rama dentro de la arquitectura renacentista bautizada con nombre propio: el estilo herreriano.

Reinaba Felipe II durante la segunda mitad del siglo XVI un imperio donde, a la par que amplios territorios y multitud de naciones sometidas bajo un mismo mandato, había heredado por igual un sinfín de conflictos entre los que destacaban los religiosos, resumidos en el cisma sufrido por la Iglesia Católica de la que se separan los reformadores protestantes. El peso de los asuntos políticos, así como la catarsis religiosa que comenzó a darse en los países sujetos a la Contrarreforma católica, llevaron a Felipe II y con él a toda su Corte a envolverse en un ambiente de austeridad y seriedad con que quiso impregnar la mayor de las obras arquitectónicas que encargaría este monarca, bautizada como el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Aunque erigido sobre las trazas iniciales de Juan Bautista de Toledo, será un discípulo suyo quien termine encargándose mayoritariamente, hasta ser nombrado jefe de obras, de este monumental complejo renacentista. Nacido en Cantabria, Juan de Herrera impregnó el edificio de una cada vez mayor simplicidad y austeridad, acorde a los deseos y gustos del propio monarca. Lejos ya del Plateresco, el estilo renacentista que Herrera marcaba se alejaba de toda ornamentación ostentosa hasta alcanzar un resultado donde las líneas arquitectónicas clásicas se presentan en toda su pureza dirigidas por la proporción matemática y la uniformidad compositiva, cualidades éstas que marcan, además, el diseño del resto de sus obras, entre las que se encuentran la Catedral de Valladolid o el edificio de la Lonja de Mercaderes de Sevilla (actual sede del Archivo de Indias). 



Arriba: sobre el arco de medio punto que permite la entrada al monumento, sendos pares de columnas de orden dórico sostienen una proporcionada amalgama de soluciones arquitectónicas coronadas por un frontispicio, conjugación del primer estilo clásico con otras trazas propias del Renacimiento donde la simbología latina, representada por una colección de dieciocho bucráneos, comparte enclave con emblemas relacionados con la historia del lugar, tales como sendas cruces de la Orden Militar de Santiago, encargada de la custodia de la localidad.

Algunos estudiosos quisieron incluir también en este listado de obras firmadas por Juan de Herrera el patio del Palacio de los Duques de Feria, en Zafra. Responde el patio del antiguo alcázar zafrense a las mismas directrices que indica el estilo marcado por el arquitecto cántabro. Sin embargo no encargó el II Conde de Feria la reforma del edificio al ilustre norteño, sino a otro artista de similar origen santanderino llamado Francisco de Montiel, del que apenas se tienen datos en cuanto a su origen y formación, pero del que sí se conoce su residencia en Zafra en las últimas décadas del siglo XVI, donde trabaja como maestro cantero y de albañilería junto a su hijo Bartolomé González de Montiel, con el que fundará una compañía que terminará controlando el panorama constructivo de la comarca de Zafra, especialmente tras ser nombrado el cabeza de familia Maestro mayor de las obras de Su Excelencia el Duque de Feria. Francisco de Montiel logrará con los años el paso desde la dirección técnica de las obras al proyecto y diseño de los inmuebles, favorecido por el éxito de sus trabajos y el prestigio y fama que adquiere con los resultados de sus creaciones.

Es tal la buena reputación que cobra el santanderino en la Baja Extremadura que sus encargos no se limitan sólo a Zafra ni a los terrenos vinculados al Ducado de Feria. Además de intervenir en la iglesia del Monasterio de la Encarnación (actual Iglesia del Rosario), en el Monasterio de Santa Marina, en el Hospital de San Ildefonso o en la Casa Grande de los Daza-Maldonado (popularmente la "Casa Grande" de la calle Sevilla), todas ellas en Zafra,  su fama alcanza las fronteras regionales y es contratado dentro del Reino de Sevilla, concretamente en la que después sería la extremeña Fregenal de la Sierra, donde estuvo al frente de la reconstrucción de la Iglesia de Santa María de la Plaza firmando la construcción de su capilla mayor y diseñando además los planos para la renovación de la Ermita de los Remedios, levantada en su aspecto actual años después sobre ellos. Pero donde mayor fama gana, además de en los terrenos del Señorío de Feria, es en localidades administradas por la Orden Militar de Santiago al Sur de Extremadura, tales como Los Santos de Maimona, donde deja su impronta en el Convento de la Concepción, o en Guadalcanal (desde el siglo XIX en la provincia de Sevilla), así como en Montijo, villa administrada por los santiaguistas y perteneciente a la Encomienda de Montejo, vendida en 1.550 al Marqués de Villanueva del Fresno inaugurándose así el Señorío de Montijo, convertido en 1.599 en Condado por Felipe III.



Arriba y abajo: retomando las directrices del orden dórico, Francisco de Montiel dota a la portada de la epístola de la Iglesia de San Pedro de Montijo con un friso dividido en metopas y triglifos alternos, guardando las primeras, vacías habitualmente dentro de las obras herrerianas, una serie de osamentas vacunas carentes de guirnaldas, sumando dieciocho de las que cinco coronan la verticalidad de cada par de columnas.



Dotó Francisco de Montiel todas sus obras, hasta su muerte acaecida en 1.615, con similares patrones y características propias no sólo del clasicismo renacentista más puro, sino además de una austeridad y proporcionalidad propia de la tendencia herreriana que por aquellos años de finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII estaban en auge en España. El arquitecto santanderino recupera para los trazados de sus edificios los estilos arquitectónicos básicos de las antiguas Grecia y Roma, especialmente dórico y jónico, visibles fundamentalmente en capiteles de ábaco o de volutas que coronan columnas y pilastras en muchas de sus producciones. La limpieza de líneas, la gran proporcionalidad, incluso la monumentalidad y la austeridad decorativa coinciden plenamente con los patrones dictados por su paisano contemporáneo Juan de Herrera, mientras que diversos elementos ornamentales, de los que no carecen por completo sus obras, rematan diseños sirviéndose de cajeados, casetones, volutas, pináculos o incluso algún relieve donde se retoman figuras y atributos adquiridos del antiguo gusto latino, como los bucráneos u osamentas de cabezas de bueyes, aparecidos éstos en el friso de la portada del lado de la epístola de la Iglesia parroquial de San Pedro, en Montijo.

Comenzó la construcción del principal templo montijano, al parecer, en la última década del siglo XV bajo las directrices del gótico rural o gótico extremeño. Con la llegada de la Edad Moderna y la fundación en la villa del Señorío de Montijo, lo que otorga a los condes que ostentan tal título el derecho de patronazgo sobre la parroquia del lugar, se plantea una reforma y ampliación del monumento, para lo cual es llamado Francisco de Montiel, acompañado de su vástago, que ya gozaba de la predilección de los Duques de Feria a finales del siglo XVI. Para el templo montijano los Montieles diseñarán no sólo las nuevas portadas del lado de la epístola y pies del templo, donde se ubica además la torre y campanario de la iglesia, sino que  proyectará igualmente la reforma del interior del inmueble, levantando el crucero y formulando la capilla mayor, rematada en bóveda de cañón caseteada. Mientras que la portada abierta a los pies del templo se reforma presentando un diseño sencillo, de arco de medio punto enmarcado en alfiz y coronado con el escudo de los por entonces Condes de Montijo, señores de Portocarrero y Luna, entre dos leones rampantes tal y como se repite en diversas obras civiles de la capital pacense tales como la Puerta de Mérida o la del Pilar, la portada lateral derecha, o del lado de la epístola, muestra un diseño mucho más elaborado, dando como resultado una elegante muestra no sólo del estilo de los Montieles, sino además del gusto renacentista en general y herreriano en particular.


Abajo: la porción de friso correspondiente al espacio marcado por el arco en sí se compone de nueve triglifos y ocho metopas, decoradas estas últimas a su vez con ocho cabezas de buey descarnadas, siendo éstas, del total de dieciocho con que cuenta el friso de la portada, las más dañadas por la erosión y el paso del tiempo, habiendo perdido la mayoría de ellas el labrado de las vendas cruzadas dibujadas entre las astas de las mismas.





Se compone ésta básicamente de un arco de medio punto de tipo triunfal que da acceso al interior del edificio, labradas sus dovelas con ligeros arcos concéntricos, prolongadas sus líneas a través de las jambas. En derredor del arco y puerta, conformando todo el conjunto que compone la portada, hayamos cuatro columnas de orden dórico divididas en sendos pares, uno a cada lado de la entrada. De fino fuste y apoyadas sobre plintos, sostienen una cornisa de dos cuerpos, mientras que los espacios obrantes entre columnas, así como el interior de los pedestales, están cajeados. Rematan la cornisa dos chapiteles, cada uno cerrando la verticalidad de las columnas, mientras que el espacio resultante entre ambos ofrece una hornacina con bóveda de venera, hoy en día vacía, cerrada con cornisa semiesférica sobre la que apoya una bola en relieve cercana al frontispicio que remata la obra, similar ésta a las dos que coronan a su vez los chapiteles mencionados. Estos últimos presentan, entre volutas, el emblema de la Orden Militar de Santiago, con cruz labrada sobre la piedra granítica. Sin embargo no es este dibujo el que más resalta en todo el conjunto. Por debajo de la cornisa, ubicado en el friso que sostienen las columnas, una serie de triglifos y metopas se alternan complementando la ornamentación de herencia dórica del lugar. Estas metopas, habitualmente sin rellenar en las obras herrerianas, muestran en la iglesia montijana una colección de dieciocho bucráneos o cabezas descarnadas vacunas, correspondiendo una osamenta a cada una de las metopas que componen el friso, de relieve bajo o poco profundo en los que aún se aprecia, aunque no conservándose ya en todos, las vendas cruzadas entre astas, careciendo por el contrario de las guirnaldas colgantes  que habitualmente figuraban en los bucráneos labrados siglos atrás en antiguos monumentos de origen romano.



Arriba y abajo: conservando en todo momento la proporcionalidad y de forma paralela al lado izquierdo de la portada, también las dos columnas derechas que conforman la puerta sostienen en su porción capitular de friso cinco metopas con bucráneos engarzados en el interior de éstas, apreciándose en algunos de ellos, más resguardados de la intemperie que sus hermanos del frontal, las vendas cruzadas sobre la cabeza, así como otros aspectos que describen más detalladamente la osamenta de las mismas.




Los bucráneos de la portada de los Montieles de la parroquia de San Pedro suponen, a pesar de su sencillez, una licencia creativa dentro de las obras de Francisco de Montiel, así como un ejemplo de ornamentación escasamente aparecido dentro del estilo herreriano, y poco frecuente dentro del panorama artístico renacentista extremeño. Si bien la ubicación de bucráneos en las obras renacentistas se convierte en algo relativamente común en ciudades de toda Europa, no es este símbolo del sacrificio y ofrenda en un elemento decorativo habitual dentro del panorama arquitectónico de nuestra región entre los siglos XVI y comienzos del XVII. Clara excepción sería la que presenta el paño plateresco que cubre la Portada Norte de la Catedral de Coria, donde, bajo esfinges y envuelta en fina labor de candelieri, un bucráneo nos observa junto a la habitual puerta de entrada. Los bucráneos de Montijo, enmarcados en metopas y no en paneles o capiteles, como es común verlos en otras obras del Renacimiento, desprovistos los montijanos de guirnaldas y sin más elementos simbólicos que les acompañen en su función decorativa, se muestran como protagonistas en una serie donde, además, sorprende el alto número que de los mismos hay esculpidos en una misma portada. Desconociendo las razones que llevaron a los Montieles a traer a este monumento semejante colección de simbología ósea, con la que retomaban el gusto por la ornamentación latina más clásica dentro de un estilo herreriano donde lo decorativo prescinde de todo elemento superfluo, lo que sí está claro es que, desde la culminación de esta portada en los años previos a la visita que, en 1.605, realizara la Orden de Santiago a la villa para apreciar in situ el estado de las mismas, semejante admiración a la mostrada por los mismos una vez situados ante el templo montijano es la que debería surgir en nosotros ante la obra de Francisco de Montiel, claro reflejo del pensamiento artístico de una época y donde supo conjugar el clasicismo más renacentista con la proporcionalidad herreriana, regalando al conjunto una ornamentación poco común pero llamativa que, retomada del antiguo mundo latino, recuerda el sacrificio ante los dioses de la misma manera que la Iglesia Católica rememora con su doctrina el sacrificio  que por los hombres hizo el Hijo de Dios. Se convierte así esta portada en toda una obra de arte a elogiar dentro del patrimonio artístico de la región y del listado de obras renacentistas con que dispone Extremadura, mostrándose sus bucráneos como todo un tesoro artístico y cultural. Son, en definitiva, todo un tesoro con el que toparnos en nuestro camino.



Arriba: la Iglesia Parroquial de San Pedro de Montijo, enclavada en el centro neurálgico y corazón de la localidad, en plena plaza del Campo de la Iglesia, se presenta como monumento principal del municipio, guardando diversas obras artísticas en su interior y convirtiéndose el propio edificio en una obra de arte en sí, para lo cual contó con la labor de Francisco de Montiel y de su hijo Bartolomé, que dotaron al templo con soluciones propias del Renacimiento más clásico, así como de cierto estilo herreriano del que su portada lateral es clara muestra, convirtiéndose en  rico ejemplo de esta tendencia en Extremadura, cobrando mayor importancia aún por conservar en ella la rica colección de bucráneos de aire latino, sin igual en la región.

Abajo: si bien la presencia de bucráneos se hizo común en los diseños ornamentales que decoraban los edificios renacentistas de toda Europa, no es habitual la existencia de estos símbolos latinos en las obras del siglo XVI extremeño, destacando por su excepción y su belleza el bucráneo que, bajo esfinge y coronando una fina labor de candelieri, se conserva esculpido en el panel plateresco lateral de la Portada Norte de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, en Coria.



martes, 9 de julio de 2013

Imagen del mes: Belvedere del Palacio de Alba, en Coria



Mirador del Palacio de los Duques de Alba sobre la vega del río Alagón, con vistas del Puente Viejo o Puente Medieval cauriense.
Coria (Cáceres). Siglo XVI; estilo renacentista.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Feliz Navidad. Felices fiestas


Arriba: exquisitos relieves platerescos donde se conjugan la Natividad, la adoración de los pastores y la Epifanía ante los Reyes Magos en la Portada de Poniente de la Catedral de Santa María de la Asunción, en Coria.


"José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Estando allí se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón." (Evangelio según San Lucas: Capítulo 2, Versículos 4-7)

Sería San Lucas quien, con estas palabras, describiese el nacimiento de Jesús, acontecimiento del que el resto de evangelios canónicos no nos habla, aunque sí San Mateo menciona el mismo cuando se pronuncia sobre la adoración de los Magos de Oriente. Al igual que del resto de la vida privada de Jesús e infancia del que más tarde sería considerado Mesías, pocos o escasos datos se conservan del mismo, muchas veces ampliados a través de leyendas de dudoso origen y tradiciones orales que no conservan base histórica o documental alguna.

Menciona San Lucas a continuación cómo unos pastores que dormían al aire libre cuidando de sus rebaños reciben la presencia de un ángel del Señor. Este dato llevó a muchos a considerar la fecha de tal acontecimiento como un día de primavera, o bien de septiembre, épocas propias para dormir en la región al raso. Sin embargo y ante la falta de acuerdo, se optó por fijar el día del nacimiento de Jesús siguiendo criterios diferentes y en base a motivos bien distintos. Así, no fue hasta el año 354 cuando el papa Liberio decreta finalmente que el nacimiento de Jesús tuvo lugar el día 25 de diciembre, tras ser propuesta esta fecha por su predecesor Julio I, deseando así convertir en cristiana una celebración pagana con gran arraigo entre los romanos y con la que honraban al dios Saturno durante el solsticio de invierno, siendo su día álgido el 25 de diciembre: las Saturnalia o Saturnales.

Desde entonces, cada 25 de diciembre el mundo occidental celebra el nacimiento de Jesús o Natividad de Cristo, más popularmente llamada Navidad. Una festividad que ha ido recogiendo elementos de otras culturas que ya celebraban el solsticio de invierno antes de su cristianización, especialmente los derivados de la escandinava Fiesta de Yule o de la celebración germana del nacimiento del dios Frey, para la cual se decoraban árboles perennes. No pararon sin embargo las controversias sobre esta fecha hasta que, como ocurrió en Estados Unidos de América donde se determinó su celebración oficial a finales del siglo XIX, comenzaron a reivindicarse más que los motivos religiosos, la celebración familiar y la época de la sinceridad y las buenas voluntades. Es así como llega a nuestros días: una celebración de un tiempo de concordia y hermandad donde tienen cabida todas las manifestaciones religiosas y paganas que han nacido alrededor del solsticio de invierno.

Desde Extremadura: caminos de cultura, os deseo a todos los lectores, seguidores, colegas y demás visitantes, creyentes cristianos o no, una sincera feliz Navidad, y unas muy felices fiestas.
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