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viernes, 6 de septiembre de 2019

Imagen del mes: Pinturas al falso fresco de los retablos laterales de la Iglesia de la Asunción de Hinojal


Erigido posiblemente el edificio entre los siglos XV y XVI, se conserva de la obra original, reformada a comienzos del siglo XX, dos menudas capillas sintetizadas en sencillos retablos pétreos dedicados a la Virgen de los Dolores en el lado del evangelio, al Nazareno en el de la epístola, decorados con pinturas ejecutados al falso fresco que, si bien apenas se conservan en el altar segundo, adivinándose entre los vestigios una estigmatización de San Francisco, ofrecen en el espacio mariano una simbiosis iconográfica donde las representaciones religiosas del Padre Eterno y de algunas de las virtudes cristianas se conjugan tanto con putis como con híbridos seres mitológicos rescatados de la tradición artística más clásica, comunión temática donde lo profano sirve a lo teológico siguiendo el gusto renacentista bajo el que se ejecutaron las obras.
Hinojal (Cáceres). Siglo XVI; estilo renacentista.


Arriba y abajo: ideado como una hornacina cubierta con venera, rodeada por arco de medio punto (arriba) y delimitada por una estructura de doble cornisa sobre columnas coronada con tímpano semicircular abrazado por volutas (abajo), el retablo del lado del evangelio custodia hoy una imagen de altar de la Virgen de los Dolores, sacro espacio destinado posiblemente en su origen a otra talla o advocación según se adivinaría por la pechina dibujada en el espacio central de la composición, hoy tapado por el negro manto de la Madre de Dios, circundado por el rico programa iconográfico que inunda el enclave.



Arriba y abajo: bajo un Padre Eterno bendiciendo, aparece el espacio suscrito entre sendas cornisas ocupado por una seriada colección de putis o angelotes acompañados de aves, frutas y otros elementos decorativos que recuerdan la idea ornamental y compositiva del más escenográfico de los estilos de pintura romana, conocido como cuarto estilo pompeyano, rescatándose el espíritu clasicista no sin dejar de figurar conjugado con la función religiosa tanto reinante como destinataria, observándose unas cuentas de collar que pudieran hacer referencia al rosario cristiano (arriba), indubitativo el carácter religioso de la obra observando por su parte las figuras femeninas que centran los espacios resultantes entre el arco, las columnas laterales y la cornisa inferior, así como sendas superficies bajo venera acompañantes de la pechina media, enclaves ocupados por las representaciones de algunas de las más destacadas virtudes cristianas ofrecidas con su simbología personal, ubicada la Fe con cáliz, hostia y cruz en la enjuta izquierda, la Fortaleza con columnas y león en la derecha (abajo), así como la Caridad y la Templanza en el espacio central de la capilla (abajo, siguientes), acompañada la primera de los tres niños a los que amamanta y cuida, portando su compañera un águila, rapaz que sobrevuela a baja altura y tomada por tal como animal prudente.





Arriba y abajo: presentan tanto el arco central de la composición arquitectónica como las pilastras sobre las que se sustenta una serie de casetones seriados que recorren a la par su banda externa así como la cara interior de la obra edilicia, ornamentados éstos con motivos clásicos variados cuya idean repiten aunque no así el diseño personalizado de cada uno de ellos, protagonizando una colección de angelotes representados como querubines los casetos que discurren por el propio arco en sí (abajo), conjugadas las criaturas celestiales con flores y seres híbridos y mitológicos en el resto de la estructura edificativa (abajo, siguientes), tales como volátiles sirenas rescatadas de su más arcaica figuración .





Arriba y abajo: de igual composición arquitectónica a la ofrecida por su altar hermano sito frente a ella en el lado del evangelio, la capilla enclavada en el lado de la epístola ha llegado a nuestros días por el contrario despojada de la mayor parte de las pinturas que originalmente la cubrían, desaparecidas por completo aquéllas que ornamentasen la cornisa superior y la coronación que la supeditaba, así como gran parte de la cornisa baja y mitad inferior del cuerpo principal del retablo, desprovisto de casetones en su arco de medio punto central, así como de columnas que delimiten la obra en sus flancos, conservándose la obra pictórica que se descubre en el friso entre cornisas, donde se repite la presencia de angelotes, sosteniendo en este caso la Santa Faz o paño de la Verónica, apenas rodeados de otros elementos compositivos en una ornamentación mucho más austera que la vista en el altar frontal a éste, apareciendo repartido entre las enjutas del arco la representación de la milagrosa estigmatización de San Francisco en el monte Alvernia acontecida en septiembre de 1.224, con la figura del santo arrodillada en el espacio izquierdo, la aparición de Cristo crucificado en la enjuta derecha, advirtiéndose tras la figura del santo fraile lo que parecen ser un par de peregrinos acompañados de un jumento, factible referencia a la proximidad del camino mozárabe hacia Santiago de la localidad hinojaliega, si bien pudiéramos estar por el contrario ante el milagro que el mismo santo protagonizaría junto al lobo de Gubbio, mientras que bajo la figura del Crucificado los escasos restos pictóricos parecen corresponder a la figura de fray León, compañero del santo de Asís presente en el momento de los supuestos hechos acaecidos en plena celebración de la Exaltación de la Santa Cruz, motivo por el que quizás el artista llevase a desarrollar esta escena en un altar que posiblemente se dedicase primitivamente a Cristo en su martirio final, conclusión a la que podemos llegar tras analizar el arco central y percibir una antigua doble horadación en el mismo, presuntamente para alojar allí la talla de un Crucificado, hecho que motivaría la sobriedad decorativa, así como la presencia de un nublado firmamento donde el sol y la luna aparecen entre nubes tormentosas, probable referencia a los fenómenos astrales y acontecimientos atmosféricos que acompañaron el momento de la muerte de Jesús en el monte Gólgota, desde el que se divisaría una Jerusalén que se ha perdido pero de la que restan los pináculos de alguna de las torres con que sería representada la ciudad santa.





Abajo: si bien se desconocen datos sobre la autoría y ejecución de las pinturas de los retablos laterales de la parroquia hinojaliega, un atento estudio de sus elementos compositivos, del programa iconográfico utilizado y de sus particulares características estilísticas podría permitirnos vincularlo con otro ejemplar pictórico con el que guarda una similitud artística extraordinaria, no sólo en cuanto al idéntico uso de componentes temáticos, que encontraría igualmente parecido con otras pinturas murales renacentistas de la región tales como las desarrolladas en la capilla del cacereño Palacio de los Carvajal, sino especialmente en la pareja traza, diseño y pinceladas de los componentes figurados, abriéndose así la posibilidad de extrapolar a uno los datos de autoría registrados sobre el otro, siendo éste concretamente el conjunto de pinturas que decoran el que fuese destinado a Salón de Sesiones del antiguo palacio consistorial trujillano, también conocido como Casas Consistoriales o Ayuntamiento Viejo, hoy sala de vistas del Juzgado de 1ª Instancia e Instrucción nº 1 de Trujillo, ejecutadas a finales del siglo XVI y acordadas según reza en los dos únicos documentos encontrados donde se trate explícitamente el tema, expuestos por D. Juan Tena Fernández en su obra Trujillo histórico y monumental, en octubre de 1.585 entre los comisionados designados por el Consistorio y un pintor de Cáceres, director por tanto éste de un equipo de artistas que muy seguramente actuase también en Hinojal en años próximos al mencionado.


Abajo: sería el Salón de Sesiones de las Casas Consistoriales de Trujillo decorado con pinturas al fresco en la parte superior de sus muros, a la altura de los dos ventanales abiertos en el flanco meridional de la doble estancia, ornamentadas igualmente sendas cúpulas de coronación del habitáculo y las ocho pechinas de sustentación de las mismas, restaurados los frescos en su totalidad en 1.882 por Antonio Picazo tras haberse visto gravemente dañado el edificio durante la invasión napoleónica, así como en 1.957 previa destinación del enclave a biblioteca municipal, año en el cual se repintaron por personal de la Dirección General de Bellas Artes pechinas y pinturas del lado sureño, correspondientes éstas a las virtudes cardinales, apreciándose un claro contraste artístico cualitativo entre dichos espacios pictóricos y los paneles desarrollados en los muros occidental, oriental y norteño, donde puede saborearse la obra en su diseño primitivo planteado éste en base a una escena central en cada uno de los cuatro enclaves, contando dos el muro septentrional, rodeado de una serie de roleos entre los que surgen un sinfín de complementos muy del gusto clásico, confeccionando tal colección diversos animales exóticos, amorcillos y angelotes, animales híbridos y fantásticos cercados en su parte inferior por una cenefa donde, en el panel occidental, ciertos putis sostienen entre volutas y elementos vegetales las cintas que enlazan entre sí diversas faces femeninas que engalanan tal serie ornamental, muy similar a las secuencias vistas entre las cornisas de los retablos hinojaliegos y que, en el caso del muro de poniente del salón consistorial acompaña una interpretación del entre histórico y legendario capítulo que describe cómo Guzmán el Bueno arrojaría su propia daga al enemigo para que ejecutasen a su hijo capturado antes que entregar por la vida de éste la ciudad de Tarifa, en toda una alegoría patriótica frente al interés personal utilizada como referente en un espacio dedicado a la toma de decisiones de la vida pública de la ciudad trujillana.






Abajo: siguiendo el planteamiento pictórico desarrollado en el frontal occidental, el más cercano a éste de los dos paneles del lado septentrional muestra en su cuadro central la legendaria inmolación de Curcio arrojándose montado a caballo a la sima que se había abierto en el foro romano, a fin de poder cerrar el mismo y salvaguardar así la salud de su patria, cumpliendo con el oráculo que dictaminaba sacrificar lo más valioso de Roma y que Curcio entendería como la juventud y fortaleza de los soldados, sacrificando la suya propia en un nuevo ejemplo de patriotismo que, al igual que en el ejemplar hermano visto a la izquierda del mismo, se desarrolla en dos tiempos que ocupan la misma escena, apareciendo en la zona zurda de la misma el joven héroe a caballo saltando al vacío, observándose a la par al héroe ya inmerso en el foso, de la misma manera que el hijo de Guzmán figurase tanto detenido junto a las murallas de Tarifa como siendo degollado frente a la urbe defendida por su padre, analogía pictórica que encuentra también paralelismo en la cenefa inferior de la composición mural, repitiéndose la temática seriada de la obra de poniente y, por tanto, semejanza con las pinturas hinojaliegas.




Abajo: la semilegendaria gesta de Cayo Mucio Escévola se ve interpretada en el panel central de las pinturas sitas en la sección oriental del flanco norteño, desarrollándose en esta ocasión no dos sino tres acciones de la narración de tal episodio mítico en la misma escena, con el héroe partiendo de la amurallada ciudad de Roma en busca del rey Porsena, a la izquierda de la composición, apareciendo nuevamente el joven soldado en la esquina superior derecha de la obra cuando alcanzado el campamento etrusco que mantenía sitiada la ciudad, y a fin de quitarle la vida al monarca, ejecuta erróneamente a otro personaje ante la dificultad de reconocimiento de su máximo enemigo, visualizando finalmente al héroe en el punto central de la obra quemándose el brazo una vez detenido como autocastigo por su desacierto, nueva alegoría al amor por la patria y a la defensa del honor que enlaza con símiles alabanzas lanzadas por las pinturas compañeras vistas a la izquierda de la presente, con las que comparte diseño compositivo general aunque diferente versión de cenefa inferior, advirtiéndose en este ejemplar una combinación de putis, híbridos femeninos y arcaicas sirenas que recuerdan a los personajes incrustados en el arco y jambas del mismo de la capilla del evangelio hinojaliega, sorprendiendo su  extrema similitud hasta el punto de ser más que factible el poder hermanar unas con otras.





Abajo: a diferencia de lo observado en el resto de escenas desarrolladas en los muros septentrional y de poniente, el panel que preside las pinturas que culminan el muro oriental del doble salón consistorial, ubicadas sobre la capilla inscrita en este punto de la sala destinado a cabecero de la misma, utilizado el retablo que la puebla durante las celebraciones religiosas que allí se acometían como complemento de las sesiones concejiles, aún conservada hoy en día su estructura y la tabla mariana de Pedro de Mata sita en él a pesar de las vicisitudes vividas por el edificio y los diferentes usos dados al mismo, no muestra diversos momentos temporales de un mismo capítulo histórico o legendario dentro de la misma escena, sino un acontecimiento único desarrollado en un mismo espacio que, sin embargo, se muestra dividido en dos términos visuales enfrentados y ocupados por los dos grupos de personajes que protagonizan la historia narrada, interpretación del Juicio de Salomón que muestra al sabio monarca juzgando desde su trono a la diestra de la imagen, enclavadas sendas madres litigantes a la izquierda de la composición mientras que los dos niños, muerto uno y vivo el otro, ocupan el punto central del cuadro, alegoría esta vez no del patriotismo ni del honor sino del buen, sabio y justo veredicto tomado igualmente como antecedente o sugestión por los cargos públicos que desde este mismo enclave deberían pronunciar normas y dictámenes sobre los acontecimientos y vida de la ciudad trujillana, lugar curiosamente destinado con el paso de los siglos y en la actualidad a la realización de sesiones judiciales llevadas a cabo por el órgano judicial trujillano, antojándose querer las pinturas mantener su propósito inspiracional presentándose como las posiblemente mejores obras murales renacentistas de carácter civil de la Alta Extremadura, cuyas hermanas menores podrían encontrarse muy probablemente en la hinojaliega parroquia de la Asunción.





viernes, 2 de agosto de 2019

Colaboraciones de Extremadura, caminos de cultura: Los músicos de Trujillo, en Extremos del Duero


Es extremadamente gratificante poder cooperar cada vez que surge la oportunidad en pro de divulgar los conocimientos sobre el patrimonio histórico-artístico de nuestra región. Si además con quien colaboras es todo un colega bloguero y amigo personal, a la satisfacción se suma el honor. Honor como el que siempre he sentido compartiendo conocimientos con Jesús López, autor del blog Extremos del Duero: imprescindible espacio en la red para poder conocer un poco mejor nuestra región en múltiples facetas. Extremadura: caminos de cultura ha participado con él en múltiples ocasiones. Hoy os queremos presentar una más.

Largo tiempo atrás comenzaba entre Jesús y yo una conversación sobre los "músicos en piedra" que podían verse en diversos enclaves de la Comunidad: pétreos ejemplares labrados, cincelados o esculpidos que, en perenne pose musical, parecían querer tocar sus instrumentos por toda la eternidad. La mayor parte de ellos forman parte patrimonial de diversos monumentos eclesiásticos ubicados en múltiples puntos de la región, desde templos capitales como las catedrales de Coria o Plasencia, a parroquias de localidades como Arroyo de la Luz, sin dejar atrás espacios sacros sitos en Guadalupe y vinculados con la adoración de la imagen mariana más relevante de Extremadura y que allí precisamente se custodia. Su destino, dentro de los lugares sagrados, no sería otro que el de adorar a lo divino, simulando la corte celestial que, según la teología cristiana, toca eternamente en los Cielos ante Dios. Fuera de sagrado, en el exterior de capillas y templos, los instrumentos y los que hacen sonar los mismos parecen sin embargo compartir una naturaleza bien distinta a las de sus compañeros del interior, haciendo alusión a lo profano, a lo terrenal, a los pecados que todo creyente debe salvar si desea poder entrar bajo santa protección.

De entre todos los "músicos de piedra" que podemos encontrar por los rincones de Extremadura, quizás sean los más llamativos aquéllos que miran a la Plaza Mayor trujillana desde lo alto de la fachada del Palacio de la Conquista, mandado edificar por Hernando Pizarro tras regresar a su localidad natal una vez protagonizados, junto a su hermano Francisco y otros miembros del mismo clan familiar, algunos de los más destacados capítulos relacionados con la conquista española del Imperio Inca. Cinco músicos, presuntamente tres de cuerda y dos de viento, que parecen responder sin embargo más al gusto renacentista por el clasicismo y las escenas de género, que a una labor simbólica, moralizante o litúrgica, tal y cómo comentábamos con Jesús:

"Las esculturas que podemos ver coronando el palacio son consideradas por algunos autores como gárgolas, pero en realidad no lo son puesto que el agua no cae por ellos sino por caños ubicados bajo sus pies y que no forman parte de la fábrica de los mismos. Estas figuras lo que hacen es decorar la cornisa, colocándose sobre los desagües.

En total son doce esculturas, seis de ellas en el lado que da a la calle de Hernando Pizarro, y otras seis (una de ellas en el punto de unión entre ambas fachadas, sobre el gran escudo y balcón de esquina que caracteriza el monumento) en la fachada que da a la plaza. De estos seis últimos, cinco son músicos, sentados sobre bajos podios mientras portan sus instrumentos. Además del que está en la esquina mencionada, tocan instrumentos los dos siguientes y los dos últimos, apareciendo sin embargo la figura central de este flanco pensativa, como si estuviera escuchando la música que sus compañeros tocan o más bien permaneciera mirando al horizonte. Entre los instrumentos que tocan podemos encontrar el arpa, en el músico esquinero, dos instrumentos de cuerda tocados por los dos músicos siguientes (posiblemente un laúd y una guitarra), y dos instrumentos de viento al final de la serie (lo que pudiera ser un oboe, y una gaita). Más que una función simbólica, seguramente la presencia de estos músicos en un edificio civil responde sencillamente a un gusto ornamental."

Presentados los músicos de piedra de Trujillo, os invitamos a visitar el artículo que sobre el mismo ha publicado recientemente Jesús López en su ciberespacio Extremos del Duero, aprovechando la ocasión para felicitar a Jesús su trabajo, agradeciéndole una vez más su permanente disposición a compartir conocimientos y, con ello, ampliar y expandir el saber sobre el patrimonio y la cultura de nuestra tierra.



Arriba y abajo: tres instrumentos de cuerda, arpa, laúd y guitarra, son los que parecen tañer las tres pétreas figuras más orientales de las seis que coronan la cornisa que culmina la fachada del Palacio de la Conquista abierta hacia la Plaza Mayor de la localidad trujillana (arriba), seguidos de dos músicos maestros de instrumentos de viento, posiblemente oboe y gaita (abajo y siguiente), antecedidos por una pensativa figura (abajo) que parece mirar al horizonte mientras escucha las notas ejecutadas por sus artistas compañeros, formando parte de lo que parece toda una escena de género lejana a las habituales escenografías religiosas tan habituales entre el patrimonio artístico español, posiblemente influenciada por el Humanismo triunfante durante el mismo periodo renacentista en que estas figuras fueron creadas, comenzando el hombre occidental, tras el paréntesis medieval, a volver a plantearse el significado del paso del tiempo y el peso del ser humano en el devenir de la historia, cuestiones en las que el pensador trujillano parece seguir dilucidando desde siglos atrás.




Arriba y abajo: clasificado como uno de los mejores palacios de Trujillo, así como uno de los edificios civiles renacentistas capitales en la región, el Palacio de la Conquista llama la atención de todo aquél que visita la Plaza Mayor trujillana por sus dimensiones, con tres plantas sobre sus soportales cuajadas de balcones y ventanales culminadas por una amplia cornisa cuyos desagües son coronados con las doce figuras pétreas mencionadas, así como otra tanda de florones y bolas de similar naturaleza que despuntan, junto a monumentales chimeneas, en la cúspide del inmueble, destacando fundamentalmente en la totalidad del conjunto el balcón en esquina y el escudo y decoración plateresca que lo circundan, protagonizado por el blasón familiar rodeado por referencias la conquista del Perú sin que falten efigies de los miembros más destacados del clan, motivos artísticos más que suficientes para hacer lograr al edificio ser declarado Bien de Interés Cultural el 27 de noviembre de 1.987.


martes, 27 de noviembre de 2018

VIII Encuentro de Blogueros de Extremadura: "Del peristilo romano a los claustros y patios porticados: la intimidad de la vivienda abierta a la naturaleza"


El pasado día 24 de noviembre la Fundación Xavier de Salas, sita en el antiguo Convento de la Coria, ubicado en pleno casco antiguo de la localidad de Trujillo, acogió una nueva edición, la octava ya, del que se ha consolidado como anual Encuentro de Blogueros de Extremadura. Una oportunidad única para compartir conocimientos, aprender y, sobre todo, conocer a otros blogueros reencontrándose además con colegas y amigos con los que se comparte una misma pasión: la región extremeña.

"Naturaleza en pueblos y ciudades de Extremadura" fue la temática escogida en esta ocasión. De entre las ponencias, queremos destacar la llevada a cabo por Rubén Núñez, colega bloguero y amigo personal autor del blog "Cáceres al detalle", que supo ganarse la atención de los asistentes gracias a su exposición "Naturaleza y Patrimonio Cultural: dos caras de la misma riqueza". Tras su intervención, se presentó el libro "Extremadura, naturaleza urbana", elaborado nuevamente gracias a los artículos y aportaciones de diversos autores, mayoritariamente muchos de los blogueros presentes en el acto. Un año más, Extremadura: caminos de cultura ha tenido el honor de poder colaborar en mencionado trabajo.

"Del peristilo romano a los claustros y patios porticados: la intimidad de la vivienda abierta a la naturaleza" es el título del estudio presentado por este blog. Un análisis del patio porticado en nuestra región, desde su aparición en forma de peristilo tras la conquista y colonización romana, como forma de abertura del hogar a una naturaleza exterior, convertido en no pocas ocasiones en un vergel donde poder recrear una naturaleza idealizada dentro de las zonas urbanizadas.

Os dejamos con el escrito, deseando que guste a lectores y visitantes, no sin antes dejar de dar la enhorabuena a los organizadores del evento, José Manuel López Caballero y Atanasio Fernández García, cuyo esfuerzo es indispensable a la hora de poner en pie esta cita anual a la que esperamos no faltar en las próximos ediciones.


Claustro del Convento de San Benito, antigua sede de la Orden de Alcántara; Alcántara.
 

DEL PERISTILO ROMANO A LOS CLAUSTROS Y PATIOS PORTICADOS: LA INTIMIDAD DE LA VIVIENDA ABIERTA A LA NATURALEZA

Aunque la conquista militar y posterior colonización fueron claves a la hora de exportar la cultura romana al resto de territorios sometidos, posiblemente el éxito de la romanización en muchos de ellos no se debió al uso de la fuerza o a la práctica de medidas coercitivas. Roma no sólo era la gran potencia militar del momento. La mentalidad pragmática del romano le había permitido desarrollar una cultura que, lejos de ser restrictiva, se nutría de las ideas y del saber de otras civilizaciones, permitiéndose así aprender y progresar hasta el punto de ofrecer un conocimiento maduro ante el que muchas de las culturas de los pueblos dominados, especialmente en el resto de los territorios de la Europa occidental, no podían competir en evolución.

Mientras que la influencia de la civilización romana en comunidades con una basta cultura y unas señas de identidad fuertes, tales como Egipto o Grecia, era menor, en pueblos sumergidos en la Edad del Hierro a la llegada de Roma a sus regiones, la romanización fue prácticamente absoluta. En la Península Ibérica, acoplada definitivamente dentro de los dominios romanos tras las guerras lusitanas, celtíberas y cántabras entre los siglos II y I a.C., la venida de la cultura latina supuso un antes y un después no sólo en el gobierno y administración del territorio, sino en el desarrollo cultural de lo que pasaría a denominarse Hispania.

De la mano de una novedosa organización administrativa, Roma aportaría además una desarrollada legislación. Con las leyes, una lengua. Con la lengua, unos conocimientos. Arquitectura, infraestructuras, religión, arte. Con el despliegue de un amplio sistema viario y comunicativo basado en el trazado de calzadas, no sólo las tropas podían moverse rápidamente por todo el Imperio. También el comercio se expandía, y con él los productos, los habitantes y las ideas. En comarcas donde la población primitiva era escasa, como en el caso de los territorios que posteriormente darían origen a Extremadura, los habitantes autóctonos no tardarían en asumir el saber extranjero como el propio. Los conquistadores verían una oportunidad única de colonización y fundación de nuevas ciudades en las que experimentar los avances urbanísticos. Mérida sería el culmen de entre sus proyectos.


 
Peristilo de la Casa del Mitreo; Mérida.


Si bien en algunos oppidum o núcleos urbanizados donde se había recogido inicialmente a la población indígena se mantenían sistemas constructivos prerromanos, las nuevas ciudades, capitaneando entre ellas Emérita Augusta, presentaban no sólo un trazado urbano regular, dotándose de las infraestructuras necesarias para su defensa, manutención, saneamiento, usos administrativos y religiosos e, inclusive, momentos de esparcimiento, sino además un tipo de vivienda que discernía por completo del diseño utilizado por los pueblos nativos, cuyas moradas se asemejaban en ocasiones a chozos, levantando otras veces casas menudas centralizadas por un hogar alrededor del cual se pudieran abrir algunos habitáculos o dependencias. La casa romana, sin embargo, se diseñaba en rededor de un atrio o patio porticado descubierto al que se abrían el resto de estancias. Era la conocida como domus.

Aún documentándose la existencia de insulae, o bloques de viviendas, en las ciudades más populosas del Imperio, en el caso de Emérita Augusta las excavaciones parecen confirmar el predominio de la domus tanto en el interior de la ciudad como en los terrenos adyacentes a la misma. Son múltiples los ejemplos de viviendas romanas emeritenses localizadas y estudiadas, verificándose tanto la abundancia de este tipo de edificación, como unas características particulares en cuanto al diseño de las mismas. Así, se confirma en la domus emeritense la consolidación de un único patio porticado en el interior de la vivienda, simbiosis entre el atrio original y el peristilo que Roma adquiriría de la casa griega a partir del siglo II a.C.. Mientras que el primero servía de recibidor y punto de distribución de la casa, el segundo se convertía en un jardín íntimo posterior donde el propietario podría descansar y evadirse. Si bien ambos espacios abiertos no dejarían de darse a la par en muchas de las domus construidas a lo largo de toda la historia restante de la civilización romana, como es el caso de la Casa del Mitreo, a partir del siglo I d.C. la fusión entre ambos recintos es la preponderante. Las emeritenses Casa de los Mármoles, enclavada en el yacimiento arqueológico de Morerías, o la Casa del Anfiteatro, junto al edificio de juegos que le da nombre, lo verificarían.


Peristilo de la Casa de los Mármoles, incluida en el Yacimiento de Morerías; Mérida.


El hecho de que ambos recintos se presentasen como una estancia descubierta abierta en el interior de la vivienda, rodeada de un pasillo separado del espacio interno por una galería de columnas, permitió asociar sendos enclaves en un único patio porticado que tomaría las funciones del atrio como punto de distribución de las estancias del hogar, conservando del peristilo original su cometido como rincón de quietud. Para lograr el sosiego y evasión deseados, se dotaba al mismo de plantas y árboles que convertían la pieza en todo un jardín o viridarium, complementado en múltiples ocasiones con alguna fuente o ninfeo. La combinación entre aire libre, vegetación y trascurrir del agua formaban un resultado perfecto para alcanzar un reposo que el dueño de la domus deseaba disfrutar tras atender asuntos y negocios, compartido con la familia e, inclusive, con las visitas más selectas.

En aquellas domus enclavadas dentro de los núcleos de población, el peristilo no sólo permitía airear e iluminar el interior de la vivienda, ofreciendo una ventilación extra a la obtenida a través de los vanos abiertos a las calles del lugar. Sin necesidad de salir de la urbe, los propietarios podían encontrar en él un punto de conexión con la naturaleza, obtenido tanto por la apertura a los cielos del recinto como por la creación en él de un pequeño universo que permitía importar al hogar un espacio natural propio. Lejos de las ciudades, sin embargo, el diseño arquitectónico y la consolidación del peristilo como oasis persistió. El plano de la domus, tomado por los terratenientes como base de la vivienda señorial donde residirían dentro de los complejos agropecuarios que conformaban las villas, se veía levantado en medio de los campos cultivados o del paisaje. A pesar de poder establecer una conexión directa con la naturaleza, también en estos casos el peristilo se planteaba como enclave para los momentos de solaz basado en la creación de un rincón natural particular. Frente al caos que para la mentalidad de la época representaba la naturaleza en sí, el jardín establecido en el peristilo ofrecía una armonía inmersa dentro del propio orden sujeto a la casa, imposible de encontrar de puertas afuera. Así, a pesar de la conexión establecida entre la vivienda señorial de la Villa romana de Pesquero (Pueblonuevo del Guadiana) con el propio río Anas, al que se abre en belvedere hoy desaparecido, se han detectado en el peristilo de la vivienda restos de senderos que, entre setos y vegetación cuidada, ofrecerían deambular a través de una cuidada flora y un equilibrio natural no visible en el exterior del edificio. En la Villa de La Majona (Don Benito), los vestigios de una fuente de considerable dimensiones corrobora la idea de conversión del peristilo en un espacio abierto a la naturaleza donde poder disfrutar de una propia naturaleza sometida y moldeada. En la Villa de los Términos (Monroy), una encina se yergue majestuosa hoy en día en el mismo lugar donde siglos atrás un jardín conectase vivienda con exterior.



Peristilo de la Villa romana de Los Términos; Monroy.

Con la conversión de Hispania en reino visigodo, la arquitectura doméstica sufriría una transformación en base tanto al empobrecimiento de la población como a la ruralización de la sociedad. La vivienda visigoda de nueva construcción ofrecería un resultado mucho más humilde y menudo que el presentado por la domus romana. En las ciudades, el patio porticado desaparecería, convirtiéndose en las fincas campestres en un especie de corrala o punto de conexión sin edificar al que conectarían los diversos edificios que compondrían la explotación agraria. Sin embargo, el peristilo en sí no desaparecería. Aquellas antiguas villas rurales supervivientes y convertidas en vicus o aldeas agropecuarias mantendrían la estructura del mismo, sobreviviendo también algunos ejemplos en los núcleos poblaciones, tras transformarse la añeja propiedad unifamiliar en bloque de viviendas, mudándose el peristilo a patio comunal, como se ha podido comprobar en el caso de la emeritense Casa de los Mármoles. Sería así cómo a la llegada de los musulmanes a la Península pudiesen los islámicos retomar la figura arquitectónica del patio porticado como enclave doméstico en el que confluyesen las diversas estancias de que se compusiera la vivienda, vinculándolo con el liwan o patio abierto dado en la arquitectura del Mediterráneo oriental y Oriente Próximo, de donde a su vez pudo partir la idea original del peristilo griego. Famosos algunos ejemplos conservados de patios porticados que ofrecían una conexión tanto con la naturaleza celestial, abiertos al cielo, como con la terrenal a través de sublimes creaciones donde la vegetación jugaba con el agua en el interior de algunos renombrados palacios andalusíes, auténticos oasis surgidos del anhelo de un pueblo de raíces desérticas por el agua, en la Extremadura islámica se presupone, a pesar de su no conservación, la existencia de los mismos dentro de los más destacados puntos de población, apoyando algunas excavaciones arqueológicas, como las efectuadas en las conocidas como Casas Mudéjares de Badajoz, la recuperación del patio interior como rincón de descanso a través de la interconexión entre el exterior y la intimidad de la vivienda, respaldada por la creación de un espacio de naturaleza estable y ordenado.


Claustro del Convento de San Francisco el Real, más conocido como de la Coria, actual sede de la Fundación Xavier de Salas; Trujillo.

Sin embargo, si hubo una recuperación de la idea del patio porticado como corazón de la vivienda y abertura del edificio al cosmos, sería la acometida por San Benito, cuando el monje italiano decidiese en el siglo VI establecer una serie de normas pensadas en el ordenamiento de la vida monacal. El cenobio o vivienda grupal quedaría configurado en torno a un claustro, anexo a su vez a la iglesia monástica. Como en el caso del peristilo romano, el claustro, diseñado en cuadrícula o de planta rectangular, quedaría rodeado por un pasillo o galería circundante separado del recinto interno descubierto por una arquería, conectando con él las dependencias principales del edificio, tales como el refectorio o comedor junto la cocina o la biblioteca en el piso inferior, ubicadas las celdas en el supremo. Además de la solución arquitectónica ofrecida, el claustro proporcionaría la tranquilidad y sosiego de una sociedad que buscaba evadirse de la vida mundana, herederos del eremitismo, invitando al pensamiento o a la lectura en un espacio abierto a una naturaleza que, para muchos, quedaría vetada tras jurar voto de clausura. Para contrarrestar el retiro voluntario, el claustro quedaría mayoritariamente ajardinado, creándose como ya se hiciera en la edad clásica un espacio natural en equilibrio que comulgase con la quietud eremítica del monje y a través del cual poder celebrar la bondad creadora del Señor.


Claustro nuevo del Monasterio de Nuestra Señora de la Concepción del Palancar; Pedroso de Acim.


No sería hasta la llegada de la reconquista cuando la erección del claustro monástico comenzase a darse en Extremadura. Previamente a la llegada del poder musulmán, se daban en la región los conocidos como monasterios hispanos, regulados por reglas como las dictaminadas por San Leandro o San Fructuoso. Los edificios, de poca capacidad, se resumían no pocas veces en la simple adhesión de celdas o habitáculos a la iglesia visigoda de planta basilical. Generalizada por toda Europa a partir del siglo XI la Regla de San Benito, reformada por la Orden de Cluny, los primeros monasterios extremeños erigidos en plena repoblación abrazarían la norma benedictina. Los cenobios, y con ellos los claustros, comenzarían a extenderse por toda la geografía extremeña. El patio porticado monacal se daría tanto en aquellos conventos construidos en el interior de las poblaciones, como en los casos exentos edificados aisladamente. Las catedrales, cauriense, placentina y pacense, también contarían con él, así como las principales sedes de las Órdenes militares, en Alcántara o Calera de León, dada la doble naturaleza, tanto monacal como militar, de sus miembros. A la simbiosis entre solución arquitectónica y puerta a lo natural de muchos de ellos, se la añadiría la exposición del estilo artístico del momento, generando auténticos tesoros artísticos abiertos desde la intimidad del monumento al exterior. Muchos, abrazando sus miembros la austeridad extrema, quedarían sin sembrar. Otros, por el contrario, darían paso a auténticos vergeles donde se conjugarían arte y naturaleza, destacando los ejemplares abiertos en sendos monasterios regentados por la Orden de San Jerónimo dentro de la región: el Monasterio de San Jerónimo de Yuste, y el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe.



Claustro de los Milagros, más conocido como Claustro Mudéjar, del Real Monasterio de Santa María de Guadalupe; Guadalupe.

Yuste quedaría dotado con dos claustros, elaborados respectivamente en estilos gótico y plateresco, donde el rumor de sus fuentes junto a la sombra de sus árboles y el sosiego de sus galerías proporcionaban la quietud de lo natural dentro de la clausura de sus muros ideal para la meditación y el descanso, que aquí quiso disfrutar el propio Emperador Carlos en sus últimos años de vida. El real cenobio guadalupense contaría igualmente con dos espaciosos claustros en su interior, si bien sería el primigenio, conocido como de los Milagros, el que destacaría no sólo por la sabia y elegante combinación en él de los estilos gótico y mudéjar, inspiración posterior para el patio del cercano Colegio de Infantes o de Gramática, hoy Parador de Turismo de Guadalupe, sino por la presentación del espacio como un auténtico jardín centrado por un templete fechado a comienzos del siglo XV y firmado por el hermano fray Juan de Sevilla, quien supo traer a este rincón de Extremadura no sólo lo mejor del mudéjar andaluz, fusionado con su hermano toledano, sino inclusive la apasionada herencia musulmana en pro del agua, corazón de un espacio que, como en ningún otro lugar de la región, se conecta con la naturaleza sin abandonar la consciencia de ubicarse inmerso en un edificio levantado sobre el propio sentido del arte.


  
 Patio del Antiguo Colegio de Infantes o de Gramática, actual Parador de Turismo; Guadalupe.


Afianzada la región en manos de los reinos cristianos, además de regresar la religión católica acudirían nuevas clases dirigentes, nobleza y familias adineradas venidas del Norte peninsular, a ocupar los altos cargos bajo el deseo de enraizar su nueva posición con el pasado clásico del que creían provenir y cuyo devenir histórico quedase interrumpido siglos antes con la llegada del poder musulmán. Levantando nuevos palacios en las urbes escogidas como puntos de asentamiento, despuntando Cáceres o Trujillo, también los nuevos inmuebles, sin dejar de aprender del patio musulmán, rescatarían la idea del romano peristilo a la hora de construir los edificios tomando como pieza central y punto de conexión de estancias un patio porticado que se ofreciese tanto como lugar de comunicación, como enclave abierto a través del que se pudiera airear e iluminar las entrañas de la vivienda, escotadura hacia una naturaleza traída intramuros. Enemistados en no pocas ocasiones los propietarios, temerosos de encontrar las estrechas calles del municipio convertidas en campos de batalla, los patios porticados ofrecían la posibilidad de conectar sin salir de la vivienda con una naturaleza recreada a través del cultivo de plantas en su interior, como aún puede observarse a través de la instalación, variable según épocas y deseos de los titulares, de macetas y jardineras en diversas casonas cacereñas, como en la de los Ovando, ubicada en la plaza de Santa María, o en el patio de lo que fuese Enfermería de San Antonio, erigida en la calle de Olmos y hoy convertida en Monasterio de Santa María de Jesús, dependiente de la rama femenina conventual jerónima, que ha querido mudar el original patio del siglo XVII en claustro de menudas proporciones, donde desde el corazón de la ciudad y sin que su clausura se lo impidiese pudieran conectar las hermanas con lo natural.



Patio de la Enfermería de San Antonio, actual Monasterio de Santa María de Jesús, conocido como Convento de Jerónimas; Cáceres.


En Garrovillas de Alconétar  es poco a poco la naturaleza la que va adentrándose y adueñándose del interior de lo que fuese Convento de San Antonio de Padua. Erigido a fines del siglo XV, el abandono del edificio ha conllevado la ruina incesante de sus dependencias. No es el único caso en la región: San Isidro de Loriana, en el término de La Roca de la Sierra, Santa María de Jesús, en Salvatierra de Santiago, o la Moheda, en Grimaldo, son sólo algunos ejemplos más. Sus claustros y patios porticados miran mudos al cielo abiertos a una naturaleza testigo del tiempo y de la historia que, al contrario que los hombres, no les ha abandonado. Sus constructores eran conscientes de que la relación entre edificio y naturaleza debía mantenerse. Siglos de arquitectura y de evolución constructiva habían demostrado, desde la importación del peristilo romano a estas tierras, las ventajas y virtudes que un espacio  abierto desde la intimidad de la vivienda al exterior podía ofrecer. Algunos les siguieron. Otros, obviaron la lección. La naturaleza sencillamente sabía que siempre estaría ahí.


Claustro del Convento de San Antonio de Padua; Garrovillas de Alconétar.




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