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jueves, 13 de junio de 2019

Imagen del mes: Pilastras visigodas reutilizadas en el aljibe de la Alcazaba de Mérida


Considerada inicialmente obra premusulmana, verificada después su construcción en época emiral como la primera mezquita conocida en suelo hispano, fue concebido el edificio central de la alcazaba emeritense como simbiosis entre enclave religioso, torre de comunicación y aljibe, en pro de servir a las huestes militares asentadas en mencionada fortaleza tanto en lo castrense como en lo piadoso, sumándole una función de abastecimiento hidráulico adecuada en caso de asedios, acertada cisterna abastecida de las aguas surgidas a modo de venero del cercano río Guadiana cuya construcción sería la única sección del monumento en mantenerse en uso y pie, inclusive tras ser reconvertido el inmueble de la fe islámica a la cristiana, conservándose la estructura del pozo así como los materiales utilizados en su constitución, destacando entre sillares y piezas de cronología romana el uso, principalmente como jambas y dinteles, de pilastras visigodas de delicada ornamentación que, aún removidas de su primitivo destino arquitectónico, mantienen su función decorativa y edificativa dentro de una urbe donde unas etapas históricas se solapan a otras, generando un patrimonio cultural único en el panorama peninsular.
Mérida (Badajoz). Siglos VI-IX; pilastras de estilo visigodo, reutilizadas en una construcción de estilo musulmán, realizada durante el Emirato de Córdoba con fecha fundacional en el 835 bajo el mandato de Abderramán II, tomando como referencia edificaciones islámicas del Norte de África.


Arriba y abajo: recuperada la ciudad tras tres periodos de revueltas, alzados en el 828 y tercera etapa de rebelión contra el emir el bereber Mahmud ibn Abd al-Yabbar y el muladí Sulayman ibn Martín, decidiría Abderramán II, una vez expulsados los cabecillas, edificar una alcazaba fechada en 835 y considerada por tal como la más antigua de las peninsulares, donde poder alojar una guarnición posiblemente permanante que vigilase el devenir de la vida emeritense, elevándose en el interior y centro de la misma un inmueble de múltiple uso cuya base sirviese de acceso a una cisterna (arriba), considerado aljibe como depósito de agua pero no siendo ésta traída ni almacenada de lluvia sino realmente una emanación constante del Guadiana  surtida bajo las arenas y el dique romano a modo de venero, ideando un doble sistema de extracción, con una abertura superior al manantío a modo de pozo de donde poder extraer el fluido rápidamente, destacando sin embargo la solución adoptada a fin de bajar hasta la misma fuente con animales a los que poder cargar con cuantiosos enseres de almacenaje hidráulico, estableciendo para un mejor discurrir un vestíbulo con puertas enfrentadas de entrada y salida al mismo, del que naciesen dos escaleras, de bajada  y subida respectivamente conectadas con la cisterna, dando como resultado una original construcción para cuya elevación se reutilizarían infinidad de sillares y piezas de la ciudad romana, así como seguramente una decena de pilastras de factura visigoda, conservadas cuatro en el interior y otras cuatro como jambas de las puertas externas, respetándose tanto el valor arquitectónico como decorativo de las piezas, vistos dos de sus ornamentados flancos en el dúo de ejemplares que cercan la portada noroccidental del monumento (abajo), considerada por muchos la de entrada al mismo.



Arriba y abajo: tomadas, según algunos autores, de algún posible edificio hospitalario que, como en el caso del Xenodoquio, acogiese a enfermos y necesitados durante el periodo histórico visigótico de la ciudad,  las conservadas ocho pilastras visigodas reutilizadas en el aljibe de la alcazaba emeritense comparten su fábrica marmórea, material posiblemente extraído de canteras de la lusa zona de Estremoz, así como su estilo decorativo hispano-visigodo, resultado de la esquematización de la labra clásica conjugada con elementos ornamentales sacados de la liturgia de la religión cristiana, figurando así en la cara más externa de las pilastras usadas como jambas de la portada noroccidental (arriba), racimos de uvas en pareados enmarcados dentro de roleos vegetales (abajo), referencia a la Eucaristía que ocuparía todo el lateral, salvo el extremo inferior, simulando una basa, así como la zona superior, interpretando un simbolizado capitel corintio (abajo, siguientes), convertidas así las piezas en una imitación a bajorrelieve de la columna clásica, con fuste, capitel y basa conjugadas en un único bloque, apareciendo curiosamente esculpida a su vez una íntegra columna en los laterales contiguos a éstos, ocultos por el contrario los flancos posterior e izquierdo en la pilastra de la izquierda de la portada, derecho y trasero en los de su hermana, impidiéndonos saber si la pilastra fue ideada primitivamente como pieza exenta, o adosada a un muro de la construcción a la que fuese destinada.





Arriba y abajo: opuesta a la entrada noroccidental y orientada, como sostén que lo es del mihrab, hacia el Sureste, la portada suroriental del aljibe emeritense sobresale del resto de la edificación por sustentar sobre ella la sacra habitación que indica la orientación hacia La Meca (arriba), sostén particular que pudiera originar el desgaste extra que sufriesen sendas pilastras visigodas usadas como jambas de este segundo acceso a la cisterna (abajo), motivo que conduciría al desmonte de mencionada estructura una vez dado el desuso litúrgico absoluto del edificio, rehabilitada después con el estudio arqueológico y la restauración presentada en el año 2.005 que incluiría la disminución de peso sobre las piezas visigóticas para una mejor conservación de las mismas, pareados ejemplares que ofrecen no sólo un paralelo labrado entre sí, sino idéntico al expuesto por sus hermanas sitas en la otra puerta del inmueble, ornamentación conocida dentro del arte hispano-visigodo y apreciable en obras conservadas tanto en la Colección de Arte Visigodo de Mérida como en la sala de arquitectura visigoda del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, rescatadas del recinto de la Alcazaba pacense, repetidas curiosamente en las pilastras de este flanco inmobiliario los roleos sede de los racimos de uva en dúo, figurando en la cara frontal de la misma las columnillas simuladas dentro de la esquematización de las tres partes de la columna clásica en la totalidad de la pieza marmórea, vistos tres lados, y no sólo dos como en el caso noroccidental, de los ejemplares reutilizados.








Arriba: sirve el vestíbulo del aljibe como antesala al pareado de galerías que permiten la bajada al manantío hidráulico, figurando nuevamente sendas portadas al dúo de escaleras enmarcadas por pilastras visigodas que, a diferencia de lo apreciado en las entradas exteriores al inmueble, se descubren no sólo como jambas sino inclusive convertidas en dinteles, conservado el par de piezas que cumplen esta segunda misión, no así los ejemplares que se ubicasen como jamba media y derecha del conjunto de doble vano, conocida la sustracción de la central y suponiéndose la de la contigua a diestra de la misma, disminuyendo así de diez presuntas piezas a ocho las aún expuestas hoy en día en el total del monumento.


Arriba y abajo: permanece la pilastra usada como dintel de la escalera de bajada vista como derecha desde el vestíbulo recostada sobre su lateral izquierdo, conocida la falta de labra del flanco contrario al frontal de acceso (abajo), suponiéndose así el uso primitivo de la pieza como elemento adosado a una pared, siendo por tanto su ornamentación frontal la que también se ofreciese como tal en su ubicación original, repitiéndose tanto la esquematización de las tres partes de la columna clásica en un único ejemplar marmóreo, como la proliferación sobre esta cara de los pareados de racimos de uva enmarcados en roleos (arriba), decoración de referencia litúrgica pero indudable índole vegetal compartido con el diseño ornamental de la cara contigua, hoy inferior (abajo, siguientes), no figurando las columnillas que decoran las pilastras sitas en las portadas de entrada al recinto sino cintas vegetales donde el fruto de la vid alterna con la hoja de dicha planta en exquisito bajorrelieve.





Arriba y abajo: tumbada sobre su lateral derecho (arriba), la pilastra usada como dintel de la galería vista a la izquierda desde el vestíbulo ofrece la visión de sus flancos frontal, derecho y posterior, adivinándose como en su hermana contigua el uso de la pieza adosada primitivamente a una pared en base a la carencia de ornamentación del lateral tardío (abajo), repitiéndose una vez más el diseño ornamental en base al pareado de racimos vinícolas entre roleos como decoración del presunto fuste de una columna esquematizada, figurando igualmente decoración vegetal en el corazón del lateral diestro (abajo, siguientes), nueva cenefa donde los racimos de uvas, de menor calibre y mayor simplificación artística que los labrado en la cara principal, figuran junto a las hojas de parra que los alternan.






Arriba: detalle del bajorrelieve cincelado sobre la cara frontal de la pilastra empleada como dintel de la rampa izquierda de bajada, protagonizado por una serie de racimos de uvas asociados en pareja y enmarcados en medallones conformados por vegetales roleos, ofrecido en un diseño más complejo que el expuesto en las pilastras utilizadas como jambas en las puertas de entrada desde el exterior al monumento, al completarse las medallas con hojas de parra que igualmente en dúo rellenan cada uno de los cinco discos que consuman el supuesto fuste de la pieza.

Abajo: uno confrontado al otro, los simulados capiteles pertenecientes a las pilastras usadas como dinteles de las galerías de acceso a la cisterna se presentan en una esquematización absoluta del diseño corintio en el que se inspiran, evolución artística de la paulatina simplificación del arte clásico conducido hacia el estilo paleocristiano, que derivaría a su vez a un sintetizado arte románico.


Abajo: figurando como jamba izquierda de la portada de acceso a sendas escaleras de comunicación desde el vestíbulo con la cisterna acuática, una pilastra visigoda dañada en su parte inferior presenta la ornamentación de su frontal y cara anexas, posiblemente sin labrar la posterior y oculta tanto primitivamente como desde su reubicación dentro del aljibe emiral, curiosamente en base a la esquematización de una columna clásica en el costado primordial, sin que la simulación de un capitel corintio se repita en los flancos contiguos, figurando contrariamente en sendos laterales la labra de una columnilla que ocupa todo el espacio, coronada por una serie de roleos en rama de clara inspiración vegetal presente igualmente en la ornamentación con que se quiso dotar el frente de tal ejemplar, centrado por una cenefa donde han de destacar una serie de flores de cuatro o cinco pétalos cada una.






Abajo: curiosamente es de todas las pilastras visigodas reutilizadas en el aljibe emiral emeritense la ubicada en el punto más interior del monumento el ejemplar más relevante de la colección, tanto por sus dimensiones como por la ornamentación presentada por la misma, siguiendo esta pieza sita al final del muro de separación de sendas escaleras de bajada su artístico labrado la idea decorativa vista en la pilastra usada como jamba en la portada de acceso a dichas galerías de acceso al manantial, descubriéndose los tres elementos compositivos de la columna clásica esquematizados en el frontal, no así en los flancos laterales, centrados éstos por columnillas que se prolongan en lo vertical a base de ramaje, circundadas sendas representaciones zurda y diestra por cenefas vinícolas donde los racimos de uvas alternan con las hojas que pueblan tal planta asociada a la liturgia, repetida banda como cuadrante y del mismo modo en la cara principal, cuyo grueso central se descubre surtido de una banda de flores inmersas en un roledo vegetal que las envuelve.








Arriba y abajo: destacando tanto por su naturaleza marmórea frente a la casi totalidad de piezas graníticas, así como por la ornamentación con que se quiso dotar a las mismas, llaman la atención en el aljibe emeritense las pilastras visigodas reutlizadas para su elevación, reaprovechamiento arquitectónico visto por algunos autores como sometimiento simbólico de la cultura previa a los nuevos gobernantes que no es único dentro del monumento, edificado a base de piezas de cronología romana tanto decorativas, como la venera repuesta en 2.005 por los arqueólogos Santiago Feijoo y Miguel Alba usada antaño como elemento indicativo hacia el lugar al que dirigir la oración, formando parte del mihrab que mira hacia La Meca (arriba), como pragmáticas, percibiéndose de origen romano la práctica totalidad de sillares empleados en la erección y cierre de las galerías de bajada a la cisterna (abajo), descubriéndose inclusive como dintel en la escalera de bajada derecha lo que parece ser la mensa ponderaria con la que siglos atrás pudieran los habitantes de la colonia verificar pesos y medidas (abajo, siguiente), así como un marmóreo sarcófago cercano a la pilastra que como dintel da paso a la galería paralela, destacando fundamentalmente el capitel corintio que, sobre la gran pilastra visigoda final, sostiene la última cornisa que cierra el muro de separación de sendas semirrampas, abriéndose frente a él el manantial en sí bajo unas bóvedas de tal calidad constructiva que no pocos autores consideraron previa a la llegada de los musulmanes al lugar.





sábado, 31 de marzo de 2012

Torre de los Pozos, en Cáceres



Arriba: destacando hoy en día de entre todas las torres conservadas del flanco oriental del sistema amurallado cacereño, la conocida como Torre de los Pozos se yergue esbelta capitaneando el baluarte que lleva su nombre, cuyo actual aspecto resulta de las posteriores reformas cristianas sobre un semidestruido entramado hidráulico almohade al que perteneció la atalaya y  del que proviene la nomenclatura del lugar.

A camino entre la crónica histórica y la leyenda popular se ubica el capítulo que narra la reconquista definitiva de la ciudad de Cáceres por parte de las tropas cristianas, capitaneadas por el rey Alfonso IX de León, llevada a cabo la noche del 23 de abril de 1.229, festividad de San Jorge, siguiendo los planes militares dictaminados por tal monarca, decidido a desplazar la frontera entre ambas facciones político-religiosas hacia el Sur, hasta alcanzar las vegas del río Guadiana e incorporar a su reino las tierras ubicadas al norte de mencionada corriente fluvial en la zona que más tarde se conocería como Extremadura, y cuyo sueño vería cumplir tras hacerse no sólo con la plaza cacereña, sino tomando además la emeritense y conquistando la ciudad de Badajoz, con apenas varios meses de diferencia entre el acaecimiento de unos y otros hechos, poco antes de la muerte del rey sucedida tras el verano de 1.230.





Varios habían sido los intentos del monarca por incorporar a sus dominios la que por entonces era llamada por los musulmanes como Qazris o Al Qazeres, nomenclatura de la que deriva el nombre actual del lugar, con sucesivos asedios en los que era apoyado no sólo por sus tropas y soldados de orígenes leonés, asturiano o gallego, sino además por diversas Órdenes militares, aprovechando la decadencia que comenzaba a reflejar el poder almohade sobre los territorios andalusíes, fuertemente tocado tras la derrota militar sufrida por las tropas musulmanas en la batalla de las Navas de Tolosa en julio de 1.212, comenzando tras la misma y con la muerte de su califa Al Nasir la etapa de los terceros reinos de taifas.

Ya había sido reconquistada con anterioridad la plaza cacereña en varias ocasiones, recuperada por primera frente al poder islámico en 1.166 por las huestes de Gerardo Geráldez, posteriormente conocido como Gerardo Sempavor o Gerardo  sin miedo, héroe de la reconquista portuguesa que se hizo con varias de las plazas andalusíes ubicadas en las que habían sido tierras lusitanas durante la época de los segundos reinos taifas. Fernando II de León la incorporaría por primera vez a los dominios de la Corona leonesa tras la toma de la ciudad por sus tropas en 1.169, figurando como plaza cristiana durante cinco años, durante los cuales se fundó en ella la denominada Orden de Santiago o de los Fratres o Caballeros de Cáceres, surgida para defensa de la ciudad y de los peregrinos que siguiendo la ruta mozárabe dirigían sus pasos hacia Santiago de Compostela, y cuyos miembros la perdieron frente al auge de los almohades, Imperio fundado al Norte de África que retomaba con fuerza bajo su poder las tierras de Al Ándalus.







No sabemos si la recuperación cristiana definitiva de la ciudad se debió a un fuerte ataque sorpresa por las tropas leonesas, cuya batalla se libró al parecer junto a la antigua Puerta de Coria, acceso norte de la ciudad y que tomó desde entonces y por tal motivo el nombre de Plazuela del Socorro, o si bien, y siguiendo los hechos narrados por la tradición oral recogidos en la leyenda más popular entre los cacereños, la toma alcanzó su éxito gracias a un ardid ingeniado por los leoneses, cuyo capitán supo hacerse de las llaves de un portillo que supuestamente comunicaba el alcázar de la ciudad con el flanco oriental de su cinturón amurallado, traicionando para ello el amor depositado en él por la hija del caíd, que se las había entregado con el fin de poder encontrarse cada noche con el hombre al que amaba. Recibía este pasadizo el nombre de Mansaborá o Mansa Alborada, tapiado según la propia leyenda tras la caída de la ciudad con la princesa convertida en gallina de áureo plumaje en su interior, y cuya existencia nunca se ha podido demostrar con seguridad, a pesar de descubrirse a mediados del siglo XX en los subsuelos del Palacio de las Veletas, surgido sobre el solar donde se erigía el antiguo alcázar, la entrada cegada a un desaparecido túnel, y de poderse vislumbrar desde la Ribera del Marco a su paso por la Fuente del Concejo una entrada a la muralla igualmente cegada cuya portada aparece abierta a los pies de la llamada Torre de los Pozos, de los Pozos del Conde, o del Gitano.

Sin embargo, y a raíz de la ejecución de diversas obras urbanas ejecutadas en la calle Miralrío a mediados de la década pasada, la demolición de varias viviendas construidas a los pies del Baluarte de los Pozos permitió descubrir no sólo los cimientos de una desaparecida torre coracha de la que se intuía su existencia, sino además recuperar una cisterna olvidada, averiguar el uso del portillo que allí se conserva, así como trazar los planos de un entramado sistema hidráulico al que pertenecen la Torre de los Pozos y los restos de la Torre de los Aljibes, ubicada a escasos metros de ésta y cuyos nombres ya permitían barajar la posibilidad de que su construcción se debiera a la defensa de una destacable captación de agua en el lugar, diseñada por los mismos arquitectos almohades que habían rediseñado y reforzado el sistema amurallado cacereño.







Desde su fundación por los romanos, y tras la caída del Imperio latino, poco o nada se sabe del pasado cacereño, incluyendo en este oscuro pasaje de su historia tanto la etapa visigoda como las primeras fases de la ocupación islámica, hasta la llegada a la Península Ibérica de los almohades. Entre las fuentes escritas apenas contamos con la cita del historiador al- Umari, que en el siglo X comentaba que Cáceres estaba “bien definida y como colgada de las nubes”. En cuanto a los vestigios monumentales o arqueológicos, cabe la posibilidad de que el Aljibe hispano-musulmán ubicado bajo el Palacio de las Veletas fuese creado en época emiral o califal, como defienden algunos eruditos basándose en la aparición de elementos romanos usados para la sujeción de sus arcos, solución arquitectónica muy habitual durante mencionadas épocas, idea apoyada además por los recientes estudios que barajan la posibilidad de que este espacio fuese empleado como mezquita antes de su reconversión por los mismos musulmanes como enclave para la captación de agua de lluvia. También es conocido que durante el Califato Cordobés la fortaleza cacereña se incluyó dentro de la línea defensiva que en este rincón andalusí pretendía contrarrestar los ataques castellanos, más propios de pillaje y rapiña que de incursiones militares, junto a los castillos trujillano, montanchego y el desaparecido de Santa Cruz de la Sierra.







La llegada de los almohades a la ciudad supuso no sólo el florecimiento socio-económico de la misma, sino el fortalecimiento de su urbanismo, y fundamentalmente el refuerzo y reconstrucción de sus murallas, posiblemente basado más que en un afán defensivo, en una táctica militar ofensiva al dotar a la plaza de un nuevo y fuerte amurallamiento de tapial sobre mampostería y sólida base fabricada con sillares graníticos reutilizados de antiguos edificios de origen romano, así como tomados de los restos de la previa muralla latina, que permitirían no sólo la defensa de los habitantes de la plaza, sino además el refugio y acuartelamiento de las tropas almohades que, venidas desde las regiones meridionales de Al-Ándalus, tomarían la ciudad como punto desde el que dirigir la protección de las fronteras andalusíes en esta zona de la Península Ibérica, así como  lugar de partida de las futuras incursiones en los territorios cristianos, intentando con ellas disuadir las repoblaciones y recuperar los terrenos y el prestigio que el poder musulmán había parcialmente perdido durante la etapa de los segundos reinos de taifas.







La construcción de la muralla almohade, con un perímetro de 1.174,7 metros y más de una veintena de torres albarranas, a las que se sumarían más de media docena de cubos o torres de flanqueo, se llevó a cabo bien desde la reocupación islámica de la ciudad tras la derrota infligida a los Fratres de Cáceres en 1.174, o a partir del año 1.195, fecha en que tuvo lugar la batalla de Alarcos, perdida por el reino de León, que permitió a los musulmanes restablecer en poco tiempo sus posiciones hasta la vega del río Tajo, convirtiendo entonces la ciudad como enclave primordial en la defensa de estos recuperados territorios, reconstruyendo y reforzando sus murallas como también lo hiciesen durante ese periodo de tiempo en Badajoz o en Trujillo, a resaltar entre otros castillos o alcazabas. La obra ejecutada por el Imperio almohade mu´miní, última reforma de importancia de las efectuadas sobre las defensas de la ciudad y cuyo resultado se ha conservado en gran proporción hasta nuestros días, presentaba como resultado un recinto acotado de 8,2 hectáreas y al que se accedería por tres puertas principales, las mismas que los romanos ubicaron en los flancos norte, este y sur de la antigua colonia, barajándose la posibilidad de que también en el flanco occidental existiera una entrada al interior de la plaza, ubicada bajo el espigón de la Torre del Horno y defendida por la misma, similar a la conservada en Jerez de la Frontera y conocida como Puerta del Campo. Desde esta misma atalaya albarrana partiría un muro interior que reforzaría la división del lugar en tres recintos diferenciados, con la medina en la subdivisión norte, donde hallaríamos las viviendas y los baños, un albacar sin construcciones en la subdivisión sur, espacio destinado posiblemente a la ubicación del zoco y como resguardo de los pobladores de zonas aledañas y de la ganadería en caso de asedio, así como terreno cedido a las tropas aliadas visitantes para su acampada, y finalmente una zona central ocupada con la alcazaba de la ciudad, lugar de reunión de las tropas y guarniciones militares propias, así como emplazamiento donde se erigiría el alcázar o residencia del caíd, y la mezquita del lugar, reemplazadas siglos después por el Palacio de las Veletas y la Iglesia de San Mateo, respectivamente. De los muros orientales de la alcazaba partiría nuevamente un muro divisorio que alcanzaría el Baluarte de los Pozos, por donde un posible portillo, quizás el reseñado en las leyendas, permitiera la fuga en caso de asalto por las tropas enemigas.







Es la Torre de los Pozos las más avanzada de las torres albarranas que circundan los lienzos de la muralla, edificada sobre un promontorio rocoso que facilita la defensa de la que está considerada como una de las más grandes de las torres almohades de Cáceres. Unida a la muralla por un paso albarrano de 26 metros de longitud, desaparecido en su mayor parte al ser engullido por posteriores viviendas, la también llamada Torre del Gitano posee una planta trapezoidal cercana al rectángulo, elevándose 14 metros desde su base. Desaparecido su almenado así como el acceso a la misma a través del mencionado paso albarrano, la entrada actual se lleva a cabo por un portillo localizado en el flanco sur de la misma, que la comunica con el resto del baluarte y por el que nos adentramos a la cámara interior de la torre, desde la que se accede a la terraza superior, cubierta por bóvedas de aristas apoyadas en una columna formada por tres tambores graníticos, de 1,84 metros de altura. Sí conserva de manera intacta, aunque amenazados por el paso del tiempo y su exposición a la intemperie desde su creación en época almohade, diversos esgrafiados en sus caras norte y oriental, decoración extremadamente valiosa no sólo por figurar como uno de los escasos elementos artísticos de fábrica hispano-musulmana conservados en la ciudad, sino además por constituir un legado histórico incomparable de la presencia almohade en la plaza. Mientras que en la cara oriental y frontal de la Torre de los Pozos alternan dos estrellas de ocho puntas, comunes en el arte musulmán, con falsos sillares y lágrimas, en la cara norte aparece un epígrafe trazado con caligrafía cúfica andalusí, donde los estudiosos arabistas han querido leer una alabanza religiosa traducida como “Dios es nuestro señor”. Varios metros por debajo de éste esgrafiado, una cinta anudada se conserva encasillando el falso sillarejo, vestigio de la posible decoración a base de cintas de mortero de cal que posiblemente cubrieron en un pasado la casi totalidad de los lados externos de la torre.








El portillo que en la actualidad permite el acceso al interior de la Torre de los Pozos facultaba antiguamente la comunicación de ésta con la próxima Torre de los Aljibes, enclavada junto a la esquina sur del lienzo que, partiendo de la Torre del Gitano cierra el lado oriental del baluarte. Un recorrido por el adarve del mismo, coronado con seis merlones, conduce hasta el paso albarrano que unía la Torre de los Aljibes al baluarte, manteniéndose hoy en día tan sólo este pasillo, cerrado como si de una menuda torre de flanqueo se tratara, así como la base de la atalaya. El flanco sur del conjunto defensivo, por otro lado, muestra hoy en día el muro con que los cristianos forraron el lienzo almohade previo, con diez merlones coronados en albardillas piramidales. También tras la Reconquista efectuada por los cristianos, y una vez en desuso los amurallamientos de la mayoría de los pueblos y ciudades españolas, el tramo de muralla coincidente con el espacio interno del baluarte fue sustituido por viviendas pertenecientes al Barrio de San Antonio o Judería Vieja, rellenándose el interior del baluarte con tierra y materiales rocosos hasta alcanzar los adarves de sus muros meridional y oriental, utilizándose dicho relleno como suelo donde sembrar así como el recinto resultante para llevar a cabo labores hortelanas.





Sin embargo la mayor transformación sufrida por el conjunto defensivo fue la que atañó a la Torre Coracha, enclavada frente a la Torre de los Pozos y defendida por esta última. Desaparecida casi en su totalidad, las labores arqueológicas llevadas a cabo a raíz de su descubrimiento en la década pasada han permitido recuperar no sólo los cimientos de la atalaya, pudiéndola ubicar con precisión en el mapa y otorgándole la veracidad que su desaparición había puesto en cierta duda, sino además la denominada Cisterna de San Roque que bajo ella se aloja, gran aljibe conservado en buen estado y cuyo almacenaje acuífero habría dictaminado el diseño del entramado hidráulico y defensivo del Baluarte de los Pozos. Posiblemente se nutre este aljibe de aguas subterráneas que afloran en esta zona de la ciudad, como sucede en otros múltiples lugares del casco urbano gracias a la profusión de las zonas calizas, tomándose las mismas a través de dos brocales que, en la parte baja de la torre, afloraban en una terraza fortificada de ésta, a la que se accedía por un igualmente fortificado pasillo que partía del portillo labrado en el flanco oriental del baluarte, defendido por la Torre de los Aljibes.





Gracias al descubrimiento de los restos de la Torre Coracha se ha podido recuperar no sólo un espacio más perteneciente al amurallado almohade cacereño, sino además los restos de un entramado hidráulico del que formaban parte la Torre de los Aljibes y la de los Pozos, y en definitiva el Baluarte donde ambas residen. Sabemos también que el portillo abierto en el flanco oriental del Baluarte, cegado hoy en día por el relleno que ocupa el interior del mismo, comunicaba la ciudad con la terraza desde la que poder sacar el agua depositada en la Cisterna de San Roque. Lo que no podremos saber es si este pasillo tuvo algún día otra puerta más allá que, escondida a los pies de la Torre Coracha, permitiría la comunicación desde este punto de la vega de la Ribera del Marco con el interior de la plaza fortificada, favoreciendo la evacuación de los residentes en caso de asedio, o bien como cuenta la leyenda, el asedio mismo a través de su sinuoso recorrido trazado en las entrañas de la ciudad hispano-musulmana. Quizás algún día un nuevo descubrimiento permita seguir escribiendo nuevos capítulos sobre la naturaleza de este monumento, así como sobre la historia de la ciudad, quedando hasta entonces viva la leyenda que desde siglos atrás circula incansable entre los habitantes de Cáceres, formando parte inseparable de su cultura y de su tradición más querida.





Cómo llegar:


(Entrada en construcción; disculpen las molestias. Gracias)



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