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jueves, 12 de marzo de 2020

Imagen del mes: Ermita del Espíritu Santo, en Oliva de Mérida


Conocida popularmente como Cementerio Viejo por haber servido el monumento como necrópolis municipal durante el siglo previo a la inauguración del actual camposanto de la localidad en 1.918, la hoy abandonada y en semirruina fábrica del santuario que acogiese al parecer a partir de fines del siglo XVIII la venerada talla de San Blas, se erguía antaño sobre la falda del cerro del Morro supuestamente como parroquia oliveña desde los coletazos del medievo hasta la próxima finalización de la construcción en el centro de la población de la iglesia de la Purísima Concepción, inicio del lento declive del bien inmueble, primeramente en su categoría, más tarde en su arquitectura, que recorta con su silueta el horizonte en este punto de las Vegas Bajas.
Oliva de Mérida (Badajoz). Siglo XV; estilo gótico-mudéjar. 



Arriba y abajo: antecedido por una única nave dividida en tres tramos, diseñado sobre planta cuadrangular y rematado en bóveda de crucería, el ábside de la oliveña Ermita del Espíritu Santo (arriba) se orienta hacia el levante y el núcleo poblacional del que, al parecer, fuese antaño parroquia hasta la elevación a tal categoría de la Iglesia de la Purísima Concepción, una vez finalizado este templo inscrito en el centro de la villa, de mejor acceso y mayores dimensiones que las ofrecidas por el santuario erigido sobre el altozano que abraza la antes conocida como La Oliva, bautizado como Cerro del Morro, compartiendo sin embargo sendos inmuebles siglo de erección, el último del medievo, y estilo artístico bajo el que se iniciasen las obras, ofreciendo el serrano inmueble una simbiosis entre los gustos gótico y mudéjar palpable en ambas portadas de acceso al interior del sacro recinto, abiertas respectivamente en el lado del evangelio (abajo, siguientes) y a los pies del monumento (abajo, imágenes quinta y sexta), donde la hispano-musulmana fábrica latericia del gótico arco apuntado se ve enmarcada en el ejemplar septentrional por alfiz y friso de esquinillas (abajo, imágenes segunda a cuaarta), siguiendo una ornamentación propia de las obras elaboradas por los alarifes mudéjares igualmente vista en otras muchas portadas y santuarios de la región, tales como la Iglesia de Santiago de La Piñuela, cercana a Casas de Miravete, o en la ermita jerezana de San Lázaro, preservada en las inmediaciones de tal localidad del Sur de Badajoz.








Arriba y abajo: sobria y sin vestigios de lucido externo, salvo en la portada norteña, la Ermita del Espíritu Santo de Oliva de Mérida muestra sin pudor en su exterior la constitución de su fábrica edilicia, apreciándose en su flanco meridional (arriba), al que se enlazan los menudos vestigios del habitáculo que hiciese las funciones de sacristía (abajo), la mampostería de sus muros a base de cuarcitas y dioritas, propias de la comarca, reforzadas por ladrillos en contrafuertes y esquinas (abajo, siguiente), figurando en los cuatro ángulos que enmarcan la mole total del alargado monumento sillares graníticos entre los que sorprenden ciertas piezas reutilizadas (abajo, imagen tercera), adivinándose en la esquina noroccidental, entre pies del templo y lado del evangelio, lo que pareciese ser un sillar antaño base de alguna estatua votiva (abajo, imagen cuarta), rescatada quizás de algún añejo santuario pagano que existiera en los alrededores de la población oliveña.






Arriba y abajo: muestra el cabecero de la ermita oliveña (arriba) una austeridad propia del conocido como gótico rural o extremeño, a caballo entre la robustez constructiva y la sencillez arquitectónica sólo rota en este ejemplar por dos ventanales ejecutados en ladrillo a ambos lados del ábside (abajo), abocinados hasta el punto de semejarse más a aspilleras que a auténticos vanos, como si de una fortaleza se tratase, alzada la planta de tal sección del inmueble por encima del resto de la única nave de que consta el santuario, sancta santórum del sacro espacio donde al parecer y según es creencia en el pueblo se guardase hasta 1.820 la talla de madera policromada de San Blas, ejecutada en el siglo XVIII y hoy expuesta en el retablo mayor de la parroquia de la Purísima Concepción, colocada quizás en la ermita del Espíritu Santo a fines de la Edad Moderna tras dejar la ruinosa capilla de la que tal santo era titular, a juzgar por el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura elaborado en 1.791 donde se indica tanto la existencia de sendos santuarios a las afueras de la población, aún en uso la de San Blas, como el estado semirruinoso de ambas, hecho este último que quizás haya llevado con el tiempo a mezclar en la memoria de los vecinos un templo con otro, pasando la talla del santo obispo de Sebaste directamente de su desmantelada casa a la iglesia del lugar, sin pasar por una ermita, la del Espíritu Santo, cuyo deshecho estado ya la convertía entonces en candidata a cementerio municipal, pasando a identificarse un sacro inmueble con otro quizás tras el derribo de la ermita primera, de la que Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España publicado en 1.849, ya no habla. 





Arriba y abajo: siendo tal el estado de conservación del templo a fines del siglo XVIII que la celebración de los santos oficios en su interior no era posible, la ermita del Espíritu Santo se barajaba, según el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura elaborado en 1.791, como idóneo enclave donde establecer un cementerio que supliese la carencia de necrópolis municipal por entonces en la localidad, ejecutándose los enterramientos en el interior del templo parroquial, idea llevada definitivamente a cabo en 1.820 y prolongada hasta la fundación del actual camposanto oliveño en 1.918, cercano éste al medieval edificio sacro y pies del Cerro del Morro donde la centenaria ermita se enclava, preservándose hoy en día entre las ruinas del viejo edificio sacro vestigios de los nichos que ocuparon el interior del monumento (abajo), entre cuyos retazos edilicios puede apreciarse el primitivo enlucido que cubría sus paredes (arriba), en contraposición a la supuesta exposición de sus materiales constructivos exteriormente, persistiendo los arranques de los dos arcos fajones que, sustentando el techo a dos aguas que cubría la nave, marcasen a la par los tres tramos de que se constituía el templo primigenio (abajo), similares posiblemente al arco que aún hoy en día da paso al ábside, de mayor altura que el resto de la obra arquitectónica, cubierto de latericia bóveda de crucería nervada (abajo, siguientes) sustentada sobre ménsulas decoradas a base de bordura de bolas, ya presente en las impostas del arco apuntado de entrada al altar, ancladas sobre figurativas testas antropomorfas, ornamentación conservada de un enclave en desuso y desolación hoy cerrado al público y sometido a diversas labores de consolidación edilicia.




sábado, 25 de enero de 2020

Imagen del mes: Ermita de San Lázaro, en Jerez de los Caballeros



Ubicada aún hoy en día a las afueras de la ciudad, tal y como igualmente hallasen el edificio los visitadores de la Orden de Santiago que en 1.511 diesen por primera vez noticias de la misma, la ermita de San Lázaro resiste al abandono junto a la carretera N-435 en su devenir hacia Fregenal de la Sierra, paralela aquí al trazado ferroviario que a los pies del bien sacro y a partir de 1.917 pretendiese la unión por tren de la población jerezana con Zafra, capitaneando su hoy callada espadaña sobre portada gótico ojival en ladrillo de sabor mudéjar las ruinas de uno de los más antiguos templos de la localidad, característico por el bello atrio renacentista que lo antecede, aún en pie los vestigios de una única nave donde se adivinan barrocas reformas, frenado el deterioro de la misma a base de una acometida en pro de una futura recuperación del edificio de cuestionable respeto arquitectónico con la obra primitiva.
Jerez de los Caballeros (Badajoz). Siglos XV al XVII; estilos gótico-mudéjar, renacentista y barroco.


Abajo: mencionada por los visitadores de la Orden de Santiago, bajo cuya custodia había quedado la localidad desde que la misma fuese entregada en diciembre de 1.370 por el monarca Enrique II de Castilla a tal congregación de monjes-guerreros, cincuenta y ocho años después de que la Corona se hiciese cargo del municipio una vez disuelta la Orden del Temple que poco después de la reconquista del enclave gobernara la comarca, el hecho de aparecer la ermita de San Lázaro en el informe efectuado por los santiaguistas en 1.511 permite no sólo verificar la existencia del monumento a comienzos del siglo XVI, sino inclusive barajar su construcción tiempo atrás contándose como una de las ermitas medievales presentes a la llegada de la Edad Moderna, abiertas junto a la de San Lázaro también al culto durante mencionada visita de inspección las de Santiago y de los Santos Mártires, intramuros, así como en las cercanías la de Nuestra Señora de Aguas Santas, la dedicada a Santa María de Brovales, la de Santa Ana y la de San Benito, inicio de un largo listado de ermitas y capillas que aumentaría entre los siglos XVI y XVIII, once en funcionamiento litúrgico según el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura efectuado en 1.791, omitiéndose en éste el nombre de las mismas si bien Pascual Madoz, en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España, las enumeraría en 1.850 sin que apareciese la ermita de San Lázaro en la relación, suponiéndose así el abandono a mediados del siglo XIX de la misma, posiblemente a raíz de las medidas desamortizadoras ejecutadas a mediados de las decimonónica década de los 30.



Arriba y abajo: llamando arquitectónicamente la atención el atrio que antecede la nave y propio edificio en sí, como también se diese en la cercana y posiblemente contemporánea a ésta ermita de San Benito, el pórtico de la ermita de San Lázaro presenta una serie de arcos latericios de medio punto sobre columnas graníticas de marcado sabor renacentista que, sin embargo, recuerdan tanto con su material como por la presencia del alfiz enmarcando los vanos ciertas obras mudéjares de la Baja Extremadura, como pudiesen ser algunos de los soportales de las Plazas Chica y Grande de Zafra, habiendo posiblemente intervenido en la obra jerezana la mano de obra de los alarifes musulmanes residentes en territorio ya cristianizado, ya presente en la obra gótica de la que partiese el sacro lugar, a juzgar por el arco apuntado en ladrillo bordeado con alfiz y coronado con friso de esquinillas de la portada, si bien hay quien cree que el monumento tuviera un origen muy anterior fechable en época de gobernación templaria, basándose en la devoción que los templarios presentaban ante San Lázaro, repetida en otros puntos del Bayliato por ellos regentado como Burguillos del Cerro, sede quizás de un lazareto habitualmente abierto en los edificios dedicados al patrón de los leprosos, como se diese en la ermita de San Lázaro de Plasencia, si bien Jerez de los Caballeros ya contase en el siglo XV con dos hospitales dentro de la población, conocido uno como de los Enfermos y otro como de los Pobres y Transeúntes de San Bartolomé, santo éste patrono de la ciudad.



Arriba: bordeando la portada del inmueble sacro, abierta ésta hacia el suroeste, el atrio y portal de acceso a la ermita de San Lázaro, sobre plinto y cubierto posiblemente con techumbre de madera inclinada a un agua, hoy completamente desaparecida y que antaño permitiese a feligreses y caminantes el descanso, un punto de reunión o el resguardo ante las adversidades de la climatología, se ofrece según diversos autores como resultado de una segunda etapa constructiva post-medieval ejecutada en la época de mayor esplendor de la localidad, cuando bajo mandato de la Orden de Santiago y en pleno auge económico de la población, auspiciado por un próspero comercio y la voyante relación que sus hijos mantuviesen con el recién descubierto Nuevo Mundo, llevara en 1.525 al propio rey Carlos I a proclamar Jerez de los Caballeros como Muy Noble y Muy Leal Ciudad, repercutiendo el histórico apogeo en los monumentos y bienes inmuebles con que contase el burgo, dentro y fuera de sus murallas.


Arriba y abajo: sobresale por la esquina norteña de la portada el atrio de acceso a través de un arco contiguo y paralelo al muro de los pies del templo, seguido de otro girado frontalmente en ángulo recto a éste (arriba), semitapiados hoy en día sendos vanos mediante muros de mampostería que cierran la parte baja de los mismos hasta la línea de impostas, descubriéndose entre las piezas pétreas que conforman tales tabiques postreros las volutas graníticas que sirviesen como sujección del latericio arco más septentrional (abajo), cierre norteño de la galería.




Arriba y abajo: levantado sobre un plano en forma de L (arriba), con cuatro arcos de medio punto en el lado mayor y dos más conformando el inferior, el soportal renacentista de la ermita de San Lázaro se extiende no sólo frente a su portada sino inclusive en derredor del primero de los cuatro vanos que componen el cuarteto de arcos laterales que sustentan y constituyen el lado de la epístola del templo, antecediéndose a éste un arco paralelo a los pies y perpendicular al lateral del templo, nacido desde el pilar oriental del primer vano del muro (abajo), sostenido como su hermano norteño igualmente pegado al propio edificio sobre pilares y no columnas, con imposta granítica asentada sobre piezas pétreas en el soporte meridional, obra latericia en el sostén septentrional que conjuga con el propio arco en sí.




Abajo: son sostenidos los arcos que conforman el soportal que antecede al templo jerezano sobre columnas de naturaleza granítica elaboradas siguiendo el clásico orden toscano (arriba), cinceladas individualmente y exentos la totalidad de sus fustes, adosados junto a los pilares esquineros que enmarcan el frente occidental  aquéllos que sustentan los arcos que alcanzan tales ángulos (abajo), labrado sin embargo en parte sobre las piezas que soportan el pilar que cierra el corredor en la esquina levantina del lado menor del atrio la columna más oriental del conjunto (abajo, siguiente).




Arriba y abajo: coronada la portada con una espadaña de sabor barroco (arriba), compuesta de arco de medio punto sobre altos pilares decorados con pilastras y coronado con cornisa y frontón rematado con pináculos en parte demolido, resultante quizás de un último capítulo constructivo que afectase a la nave y propio edificio sacro ejecutado posiblemente a lo largo del siglo XVII, se ofrece estilísticamente hermanada con los campaniles que culminan otras ermitas jerezanas como los presentes en los templos dedicados a San Lorenzo, al Espíritu Santo o a Nuestra Señora de Brovales, capitaneando el acceso al monumento consagrado a Lázaro de Betania dispuesto a tavés de un arco apuntado ejecutado en ladrillo, sostenido sobre pilares graníticos y sencillas impostas pétreas ornamentadas con toscas bandas lineales (abajo), enmarcado en alfiz al gusto mudéjar, presente este particular estilo peninsular además en el friso de esquinillas que asoma sobre la composición entre los restos del estucado y la cal con que se cubrirían seguramente en época tardía los muros del templo (abajo, siguientes).





Arriba y abajo: vista general del muro de los pies y portada de acceso al sacro recinto desde el interior del inmueble, apreciándose sobre el latericio arco apuntado de entrada y los preservados quicios pizarrosos donde quedasen encajadas las hojas que sirvieran de puertas del templo (abajo), el diseño en arco de medio punto que dibujase los límites superiores de la pared (arriba), de donde partiese la bóveda de cañón que terminase cubriendo el religioso habitáculo, hoy desaparecida la obra original sustituida varios años atrás por una nueva fábrica en ladrillo que, junto al levantamiento de los arcos de sustentación faltantes y de las porciones de paredones laterales perdidos, intentase mejorar el estado de abandono y ruina con el que llegaría el bien a los confines del segundo milenio.



Arriba y abajo: compuesta por una única nave alargada (arriba), conforman las paredes laterales de la jerezana ermita de San Lázaro cuatro arcos de medio punto tanto en el flanco del evangelio como en el de la epístola respectivamente, ciertamente rebajados los ejemplarees anexos al muro de los pies, sustentados todos sobre recios pilares donde se conjugan, como en la práctica totalidad de la fábrica edilicia, el ladrillo con la mampostería, nutrida ésta generosamente con material pizarroso, sin que falten piezas graníticas de refuerzo en los sostenes (abajo, siguientes), similares a los aparecidos sobre el arco de entrada al bien, estucado como ésta el espacio interior posiblemente tras acometerse la última de las reformas que viviese el edificio bajo el triunfo estilístico del Barroco, transformando la ligereza del clasicismo renacentista reflejada en los arcos del atrio en la robustez de los vanos y pilares constituyentes de los tabiques internos.





Abajo: cerrando el arco rebajado que inicia el tramo del evangelio, un muro de mampostería preferentemente pizarrosa tapiaría todo el lateral septentrional del templo, como seguramente ocurriese en la contraria pared de la epístola, perdida la práctica totalidad de éste último permitiendo así en la actualidad poder acceder al edificio no sólo por el arco de la portada inscrita en los pies del recinto sagrado, sino inclusive por cualquiera de los vanos presentes en el flanco sureño.


Abajo: perdidos tras el cierre al culto y abandono del enclave grandes retazos de la armazón constructiva de lo que fuera la ermita de San Lázaro, principalmente los dos primeros de los arcos del lado de la epístola y el último de los cuatro que conforman el lateral del evangelio, no se conserva tampoco el cabecero de la capilla, interrumpido hoy en día el trazado de la nave a la altura de lo que pareciese ser un primitivo arco fajón que posiblemente marcase el inicio del tramo final del templo, elaborado a base de dovelas graníticas sobre el que se colocaría durante los trabajos de recuperación del monumento un óculo con que quizás no contase la obra original, que si conocería un retablo en su ábside centrado por una obra donde quedaría reflejado el misterio del santo titular, resucitado, según el Evangelio de San Juan, a los cuatro días de su fallecimiento por el propio Jesús, que lo consideraba, junto a sus hermanas Marta y María, uno de sus más íntimos amigos.




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