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jueves, 1 de agosto de 2019

Imagen del mes: Mosaicos de la villa romana de El Hinojal o de Las Tiendas, en las cercanías de Mérida


Aunque conocida de antaño la abundancia de restos arqueológicos por la zona, no sería hasta la década de los años 70 del pasado siglo cuando, a raíz de la aparición de un mosaico durante las labores de labrado de la tierra, se verificase la presencia de una villa de época bajoimperial inmediata a uno de los ramales de la vía de unión de Emérita Augusta con Olisipo dentro de la finca de Las Tiendas, descubriéndose diversas dependencias de lo que fuese la casa señorial de la explotación agropecuaria cuyos vestigios demostraban la rica ornamentación con que se dotaría la misma, despuntando la colección de obras musivas supervivientes al paso de los tiempos y centrando aún muchas de las estancias y rincones del antiguo inmueble en un total de siete ejemplares, destrozado por el arado el primero en conocerse, sorprendiendo por su calidad artística sus hermanos de vivienda y taller de origen emeritense del que salieron, salvados del yacimiento y expuestos cinco de ellos tras su restauración en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, colgado un sexto ejemplar de los muros del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, donde las escenas cinegéticas se combinan con las mitológicas, sin que falten juegos geométricos de delicada y fabulosa composición.
Mérida (Badajoz); enclavada la villa sobre el cerro de El Hinojal, en el lugar de Las Tiendas y proximidades del río Lácara, hoy incluida en la zona de influencia del embalse de Los Canchales, edificado sobre tal cauce fluvial en 1.991 entre los términos de Mérida y Montijo. Siglo IV d.C.; estilo romano.


Arriba y abajo: llamando la atención entre los tesoros custodiados y expuestos en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida por sus grandes dimensiones (arriba), destacaría entre los mosaicos decubiertos en la villa de Las Tiendas el que fuese bautizado como de "La caza del jabalí", por ser esta temática venatoria la que centre la composición pictórica, si bien la obra musiva, de 10,80 metros de longitud y 8,50 metros de anchura, se compone básicamente de un elaborado tapiz donde se entremezclan magistralmente múltiples figuras geométricas, divididas en dos secciones que a su vez diferenciarían los dos espacios en que se articularía la dependencia de la casa para la que fuese la obra destinada, posible tablinum opuesto al vestíbulo de la villa respaldado tanto por la extensión de la sala como por el lujo ornamental con que se dotó, figurando en el tercio superior y más alejado de lo que fuese la entrada una sección rectangular donde el entramado geométrico presenta paralelas alineaciones horizontales y verticales donde se alternan rombos con cuadrados (abajo), rellenos éstos a su vez de diseños variados (abajo, siguiente).




Arriba y abajo: de 3,26 metros de longitud y 3,14 metros de anchura, el cuadro central del "Mosaico de la  caza del jabalí" difiere compositivamente por completo del resto de la obra musiva, de marcado carácter geométrico, ofreciendo mencionado espacio pictórico una escena cinegética interior circundada por una amplia cenefa donde estre roleos y ornamentación vegetal aparecen representadas las cuatro estaciones (arriba), visualizadas éstas como alegorías femeninas dibujadas en torso y tocadas con los atributos característicos de cada temporada, acompañadas del nombre latino que hace referencia a cada una de ellas (abajo): VIRANVS, primavera tocada con flores, HESTAS, verano tocada con espigas, AVTUMNVS, otoño tocada con racimos de uvas, e HIBERNVS, invierno tocada con hojas.






Arriba: apreciándose una añeja restauración que ya intentase reparar la obra musiva cuando aún la misma estaba en uso, quedando desvirtuados tanto el tronco como el brazo izquierdo y mentón de la figura del cazador que protagoniza la escena cinegética, el sabor venatorio del cuadro central del mosaico que cubriese el espacio del tablinum, representada la cacería de un jabalí, enlazaría seguramente con la pasión por la caza del domus o señor de la explotación, teoría apoyada por la presencia de una nueva representación cinegética en otra de las habitaciones de la casa, dibujada en ésta una montería acaecida en medio de una zona paisajística sintetizada en base a unas hierbas y matojos que crecen en primer plano, así como un erguido árbol tras fiera y cazador, donde un jabalí es alcanzado por la lanza del montero cayendo la sangre de la bestia herida de muerte en su pecho y sobre las elevadas patas delanteras, alzadas con la intención de embestir contra el contrario generando dinamismo a la escena.

Abajo: enmarcados por el mismo trenzado que circunda tanto el total de la composición como el rectángulo superior inscrito en la misma, así como el cuadro central protagonizado por la escena cinegética y su correspondiente cenefa en derredor, son nuevamente múltiples rombos y los correspondientes cuadrados nacidos de cada uno de los laterales de éstos los que llenan el espacio musivo restante, en una amalgama geométrica a primera vista desordenada pero verdaderamente calculada y organizada, donde además de la sabiduría creadora derrochada a la hora de rellenar la extensión, destacada la imaginación y conocimientos dispuestos en pro de completar el interior de las figuras dispuestas.




Abajo: ubicado en el ala oriental y dispuesto como pavimento de un posible vestíbulo que diese acceso a uno de los dos presuntos espacios termales con que contase la vivienda señorial, un mosaico de 4,65 metros de longitud y 2,42 metros de anchura, perdido el extremo derecho de la composición, ofrece nuevamente una escena venatoria de índole más exótico que la protagonizada por la montería de un jabalí, al representarse la caza a caballo de una pantera, alcanzando el cazador la pieza con una lanza mientras se mantiene protegido por un escudo de la ferocidad del animal, inscritos ambos en un paisaje sintetizado una vez más en base a un par de árboles ubicados en sendos laterales de la representación, así como unas hierbas que crecen en el primer plano de la composición, enmarcado el conjunto por una cenefa donde queda inscrita una sencilla y esquematizada decoración vegetal a base de hiedra, bordeada a su vez de un trenzado que enmarca igualmente el dibujo musivo desarrollado a la derecha de la cinegética pintura, composición geométrica donde enlazan dos círculos a través de un cuadrado, adivinándose diversos motivos vegetales, así como jarrones del tipo kántharo y veneras, en los espacios resultantes entre las líneas de marcaje.




Abajo: con acceso desde el habitáculo pavimentado con el mosaico protagonizado por la caza de una pantera, una nueva creación ejecutada bajo esta técnica se suma a la colección de arte musivo descubierta en la villa romana de Las Tiendas cubriendo una de las estancias que conforman el supuesto espacio termal inscrito en el ángulo nororiental de la residencia señorial de la explotación, de 3,70 metros de longitud y 3,25 metros de anchura, destacando entre los malogrados vestigios del mismo, perdida más de la mitad del trabajo y sometido a una añeja pero desafortunada restauración parte de la obra conservada, la figura de una semidesnuda nereida cabalgando sobre el lomo de un hipocampo, apreciándose partes de la cabeza equina del híbrido monstruo mitológico, así como su cola de pez, en clara referencia al carácter termal del habitáculo respaldado por la aparición de sendos pares de sandalias dibujadas en el umbral del enclave, siguiendo la costumbre de marcar el uso de calzado en la sala ante la alta temperatura cogida por el suelo calentado por el hipocausto que bajo él se ubicaba, completada la composición pictórica con una serie de trenzados, cenefas y composiciones geométricas entre las que destacaría la orla que delimita el total, alimentada por cruces de Malta y esvásticas o gamadas.




Abajo: descubierta la vivienda residencial de la villa a través del resurgir de uno de sus mosaicos durante las tareas de arado a la que era sometida la zona, se verificaría la clásica distribución de los habitáculos del inmueble en torno a un patio central que vertebraría la casa dando luz y ventilación a la misma, bordeados sus laterales por un pasillo a modo de claustro que permitiese el deambular y la comunicación entre espacios cuyos suelos figurarían pavimentados parcialmente por  una nueva obra musiva, cubiertas las restantes porciones por simple opus signinum posiblemente como económica solución ejecutada durante antiguas obras de rehabilitación del lugar, mostrándose sobre los muros del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida una de las dos secciones conservadas del ejemplar musivo inscrito en el corredor, de 5,20 metros de longitud y 3,20 metros de anchura rescatado del ala occidental del que fuese abierto enclave de la casa donde, enmarcados como en el resto de ejemplares los cuadros por un trenzado, son cuatro rectángulos centrados por jarrones de tipo crátera los que aparecen en pareados en la zona izquierda del panel, contiguos a un cuadrante donde queda inscrito un círculo que, a su vez, aloja nuevamente cráteras tanto en su corazón como en las porciones restantes entre círculo y cuadrado, apareciendo en la sección musiva del ala sur del patio un nuevo jarrón de tal estilo antecedido por todo un tapiz de escamas, actualmente fuera de la pública exposición.









Abajo: inscritas en el flanco oriental de la casa, dos habitaciones conjuntas, presuntamente conectadas entre sí originariamente, hacen plantear a los estudiosos el uso para el que fueron destinadas, posible vestíbulo la más cercana al patio de su habitáculo hermano, dormitorio de la vivienda, pavimentadas ambas por sendas obras musivas de marcado carácter geométrico y muy similares proporciones, expuesto el que cubría la estancia primera o precedente, de 3,15 metros de longitud y 2,70 metros de anchura, en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida (arriba, y previa), colgado el mosaico compañero, de 3,32 metros de longitud y 2,64 metros de anchura en la sala dedicada a la época tardorromana del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz (abajo, y siguiente), centrados ambos por rosetas, inscrita la primera y de ocho pétalos dentro de una estrella de cuatro puntas que, a su vez, figura dentro de un círculo que ocupa el cuadro central de la composición, rodeado de ajedrezado, mientras que la flor central del mosaico contiguo, de cuatro pétalos, quedaría inserta dentro de un octógono encerrado en el interior de una estrella de ocho puntas, creada a partir de la unión de dos cuadrados, custodiado el total por un trenzado que, a la par y junto a sendas líneas dentadas y un ajedrezada en los laterales latitudinales, permanece guarecido por una amplia cenefa de olas donde se conjugan, como en el damero del mosaico previo, los tonos blancos y azulados, colores abundantes en la totalidad de la colección musiva de Las Tiendas que, junto a amarillos y rojos, conformarían la paleta de los artistas que elaborasen las obras que saliesen muy probablemente del mismo taller emeritense.





Arriba: sobre el plano general de las excavaciones llevadas a cabo por José María Álvarez Martínez en la Villa romana del cerro de El Hinojal, en la dehesa de Las Tiendas, cuya memoria sería publicada en 1.976 dentro del Noticiario Arqueológico Hispánico, bajo la Dirección General del Patrimonio Artístico y Cultural, se pueden apreciar con mayor sombreado los siete espacios donde se descubrió pavimentación a base de trabajo musivo, colocando sobre cada estancia imágenes de los mosaicos hallados en cada una y hoy expuestos al público en los museos arqueológicos más destacados de Mérida y Badajoz, para una mayor ilustración y comprensión de la estructura del inmueble y aspecto que presentaría la señorial residencia cercana a la antigua capital lusitana.

Abajo: aunque entre los vestigios recuperados de la villa romana de Las Tiendas capitanease la colección de obras musivas que aún pavimentaban siete de los múltiples espacios en que se distribuía la misma, otros restos arqueológicos fueron sacados a la luz tales como un capitel, una cornisa de estuco, una fíbula de plata, múltiples monedas y variados restos cerámicos, expuesta al público en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida una exquisita lastra de mármol ornamentada con relieves vegetales, así como las composiciones pictóricas que aún lucían algunas de las paredes de la casa, añadiendo la conocida como "estela de Cruseros", lápida granítica dedicada a un tal Cruseros, pudiéndose aún leer el nombre del mismo acompañado de la fórmula H.S.E S.T.T.L (Hic Situs Est Sit Tibi Terra Levis; Aquí yace, que la tierra te sea ligera), procedente del área funeraria localizada en las cercanías de la residencia y vinculada con la explotación agropecuaria, demostración del carácter prácticamente autónomo de la misma que se presentaría en su totalidad a modo de aldea, salpicando junto a muchos otros ejemplos, tales como Torreáguila o Pesquero, las proximidades de la vía de unión de Emérita con Olisipo, a escasa distancia del cauce del Anas.





jueves, 22 de febrero de 2018

Colaboraciones de Extremadura, caminos de cultura: Las entrañas de una reina, en Extremos del Duero


El 26 de octubre de 1.580 fallecía en Badajoz, a los treinta años de edad, Ana de Austria. Según algunos autores, el óbito se produciría en Talavera la Real. Otros textos indican que el hecho acaecería el día 16 de tal mes. Sobre lo que no hay discrepancias es en cuanto al motivo de su muerte. La que fuese madre del futuro rey Felipe III, entonces cuarta esposa de Felipe II y reina consorte de España y de los territorios pertenecientes a la monarquía hispánica, contraería durante su estancia en la ciudad extremeña la gripe, posiblemente contagiada por su propio esposo, al que cuidaría personalmente mientras éste combatía en el lecho contra la enfermedad que asolaba la urbe, cerca de la frontera con una Portugal cuyo trono reclamaba.

El cuerpo de la difunta reina sería depositado en el Real Convento de Santa Ana de la ciudad pacense. Una vez trasladado el mismo al Panteón Real del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, quedarían en Badajoz lo que se darían en llamar las entrañas de la reina, entendiéndose como tal los órganos y vísceras de Doña Ana de Austria, incluyéndose entre ellos el feto del infante que en su vientre se estaba gestando, fallecido con ella.

Jesús López, autor del blog Extremos del Duero, se hace eco de este hecho a través de una entrada publicada el pasado día 15 del presente mes en el espacio que regenta en la red. En la elaboración del artículo, Extremadura: caminos de cultura ha tenido el honor de poder colaborar. Una ocasión más en que los dos blogs se encuentran, como ya lo hicieran en el pasado y en reiteradas oportunidades, aprovechando cualquier circunstancia que se presente para poder divulgar la cultura, arte e historia de nuestra región. Más aún si es al lado de un colega bloguero y amigo personal como es Jesús.

Bajo estas líneas podréis encontrar el enlace que conduce al escrito. Su título: "Las entrañas de una reina (Ana de Austria)". Deseando que os guste, por mi parte sólo resta darle la enhorabuena a Jesús por el resultado, y mil gracias por haber querido contar para su elaboración con Extremadura: caminos de cultura, propiciando una vez más la colaboración y el entendimiento entre blogs.


domingo, 10 de diciembre de 2017

Imagen del mes: Cripta de la Basílica de Santa Eulalia, en Mérida


Un cirio ilumina y revela al visitante el preciso enclave donde todo apunta se ubicaba la tumba primitiva de la canonizada mártir Eulalia, mausoleo ubicado a pocos metros del público lugar de ejecuciones de la Emérita Augusta del Bajo Imperio Romano, donde supuestamente un 10 de diciembre del año 304 d.C recibiría la joven tormento hasta su fallecimiento, convertida su figura en precursora del cristianismo hispano, así como su túmulo funerario en punto de partida de  una amplia necrópolis que recogería durante siglos a los creyentes que deseaban yacer junto al lugar dispuesto para el eterno descanso de Olalla, base de una basílica donde tal cementerio sería reutilizado y convertido posteriormente en cripta de la misma.
Mérida (Badajoz). Siglos IV-XVI; estilos artísticos diversos y entremezclados debido a la yuxtaposición de elementos arqueológicos de diversa cronología resultante en el yacimiento, desde el paleocristiano al renacentista, sin que falten vestigios romanos de comienzos de la actual era, o restos de edificios datados durante la dominación musulmana medieval del lugar.



Arriba: localizada la supuesta sepultura original de santa Eulalia bajo el mismo altar del edificio religioso, descubierta a raíz de las últimas excavaciones arqueológicas ejecutadas entre los años 1.989 y 1.991 del pasado siglo, todo apunta, tal y como ya señalaron diversos autores de la antigüedad, que junto al túmulo original de la joven mártir, convertido en templo inicial, se expandió una amplia necrópolis donde tumbas y mausoleos ocupaban un amplio espacio antes destinado a solar de viviendas, reestructurado a raíz de la elevación de una basílica visigoda, germen de la actual, donde una amplia porción de ese primer cementerio quedaría englobado, reutilizado constantemente con el paso de los siglos mientras el recinto sacro mantuvo su uso litúrgico.

Abajo: junto a la lápida que señala el lugar de enterramiento del "varon ilustre" Gregorio, posterior sepultura de Perpetua y del archidiácono Eleuterio en época visigoda, parte la escalera de acceso a la cripta de uno de los mausoleos paleocristianos que rodeaban la tumba de santa Eulalia, superviviente de la demolición generalizada de túmulos que conllevó la construcción de la basílica del siglo V, convertido en 1.595 en panteón de D. Juan Mexía por su esposa Dª Ana de Moscoso, quien, entre las medidas de readecuación del enclave, dictaminaría también la decoración del lugar con diversos frescos renacentistas, observándose la plasmación de varios personajes religiosos tales como San Juan Bautista, Santa Ana o San Martín de Tours, así como escenas de la Pasión de Cristo.


Abajo: un capitel corintio descansa junto a los restos de una tumba antropomorfa, en clara exposición y ejemplo de la yuxtaposición de elementos arqueológicos y estilos artísticos que se da en la cripta de la emeritense basílica.


viernes, 20 de febrero de 2015

Ermita visigoda del Santo, junto a Valdesalor


Arriba: ubicada al suroeste de la pedanía cacereña de Valdesalor, emergiendo como bloque pétreo en plena llanura de pastos, la Ermita del Santo surge sobre el paisaje en una soledad compaginada con el olvido, abandono y desconocimiento de la misma por la mayor parte del público y de los estudiosos, cargada sin embargo de capítulos de un pasado remoto que quieren sobrevivir escondidos entre sus losas y sillares, esperando ser leídos para hablarnos de un ayer casi olvidado.


Buscando información sobre los castillos erigidos junto a la vega del río Salor, al sur de la ciudad de Cáceres y en las cercanías de la pedanía cacereña de Valdesalor, me topé con la imagen de un edificio en ruinas enclavado en plena tierra de pastos, cuyos vestigios aparentaban ser, a primera vista, los retazos de una antigua ermita de factura hispanovisigoda. Un único dato la acompañaba: Ermita del Santo. Investigando, y gracias a la gran ayuda de mi amigo y colega bloguero Rubén Núñez, autor del muy recomendado blog Cáceres al detalle, pude localizarla. Este descubrimiento que nos acerca a un capítulo poco conocido de la historia local de Cáceres, y por ende de la crónica de Extremadura, que me supuso personalmente un indescriptible encuentro con nuestro patrimonio más desconocido y a la par más colmado de nuestro pasado, quiero hoy compartirlo con vosotros, no sin antes olvidar la inclusión, junto a estas líneas, del link del blog amigo mencionado, cuya colaboración ha sido fundamental para poder elaborar esta entrada:



Seguidamente, os dejo con la historia y descripción del bien, acompañada del apropiado contexto histórico y un nutrido álbum de imágenes tomadas del monumento, para finalmente indicar cómo poder llegar al mismo, en caso de que el lector decida conocer en persona este extraordinario legado cultural en piedra que ha llegado semiolvidado a nuestros días.


- Historia / descripción del bien:



Arriba: orientado su cabecero, como en la gran mayoría de antiguos templos cristianos, hacia el Este, es el ábside del inmueble religioso la única zona del edificio conservada en pie, restando del resto del monumento una allanada plataforma que correspondería con su probable única nave o aula, cercada por los sillares que posiblemente antaño sirvieran de sujección de sus desaparecidos muros, fabricados seguramente y humildemente en su parte superior con mampostería pizarrosa.


Al contrario que en la cercana Emérita Augusta (Mérida), las noticias que nos hablan del pasado visigodo de Norba Caesarina, más tarde conocida como Cáceres, son escasas o nulas. La carencia inclusive de restos arqueológicos de manufactura hispano-visigoda dentro de la ciudad se suple, sin embargo, por las evidencias arqueológicas enclavadas en los alrededores de la antigua colonia, engrosando un largo listado de tumbas antropomorfas y piezas vestigiales de desaparecidas iglesias que formarían parte de múltiples poblados rurales y vicus agropecuarios que prosperaron tras la caída del Imperio Romano bajo una cierta organización feudal, frente al eclipse de muchas urbes, entre las que podríamos englobar la cacereña. Muchas de estas aldeas y explotaciones rurales surgirían sobre antiguas villas romanas alzadas en las cercanías de un camino o vía de comunicación, con ejemplos de necrópolis visigodas asociadas a vicus en los Arenales, a las afueras de Cáceres, en los Barruecos y Aliseda, todas ellas junto al camino que unía Norba con la romana Valencia de Alcántara, así como en Arroyo de la Luz, junto a un ramal de esta vía orientado hacia Alcántara. Anexas a la Vía de la Plata se erigirían basílicas como la de Santa Lucía del Trampal, en Alcuéscar, o la de Alconétar, junto al río Tajo, engullida actualmente por las aguas del Embalse de Alcántara. Otros edificios se levantarían en núcleos de población de raíz romana, de menor categoría y más ruralizados que la colonia norbensis, como es el caso de Trujillo, con su abandonada basílica visigoda cercana a su Puerta de Coria, o la Ermita de Santa Olalla a una legua al suroeste de Cáceres, en el yacimiento de Pago Ponciano, erigida originalmente por canteros visigodos de Mérida sobre los restos de la casa de Liberio, padre de la virgen Eulalia, donde la niña fue escondida antes de su huida y posterior martirio en la capital lusitana.



Arriba y abajo: vista generales de la Ermita del Santo desde su lado sur (arriba), así como desde los pies del templo (abajo).



No lejos de este enclave dependiente de Norba y hogar legendario de Santa Eulalia, cercana igualmente a la Vía de la Plata y de su Puente Viejo de la Mocha sobre el río Salor, sobreviven los restos de una ermita de muy posible fábrica visigoda, ubicada en una finca particular conocida como El Santo. Desconociéndose la advocación de la misma, este antiguo templo ha pasado a llamarse, como su enclave, Ermita del Santo, presentando, a falta de estudio e intervención arqueológica, una única nave y reducidas dimensiones que coincidirían, por otro lado, con las características propias de otras basílicas, ermitas o iglesias visigodas conservadas en la región, como es el caso de la Iglesia de Santa María de Magasquilla, en Ibahernando, con la que compartiría volumen y estructura, o la de El Gatillo de Arriba, cerca de Santa Marta de Magasca, también de menudo plano original pero dotada posteriormente con mayor número de estancias que, en el caso de El Santo, son inexistentes o, hasta una prospección adecuada, desconocidas. Sí se conserva la plataforma sobre la que se levantaría su nave o aula, delimitada con sillares graníticos entre los que se descubre, en ambos muros de evangelio y epístola, supuestos accesos laterales al interior del recinto sacro, cubierto de vegetación pero perfectamente allanado, lo que sugiere la posible preservación bajo la arena de una original capa de mortero hidráulico que cubriese todo el interior del inmueble. El resto de los muros de la nave pudieron haber estado constituidos de mampostería, con cubierta de madera a dos aguas, al igual que otros templos contemporáneos a éste y a juzgar por la ausencia hoy en día de fábrica sobre los sillares, supuestamente por ello humilde.



Arriba y abajo: el ábside de la Ermita del Santo, cubierto con bóveda de cañón en cuya fábrica se conjuga el sillar granítico con la mampostería pizarrosa, presenta una planta rectangular que permitiría datar la construcción del inmueble en el siglo VII, al ser común el uso de este tipo de trazado en la erección de los templos visigodos levantados en tal centuria, con la cercana Ermita cacereña de Santa Olalla como ejemplo más cercano.




El ábside de la Ermita del Santo, completamente en pie y orientado como en otros muchos edificios visigodos y cristianos en general hacia el Este, nuevamente de manera similar al caso de Ibahernando se abre en un espacio rectangular más estrecho que la nave, diseño que compartiría también con el ábside original de la cercana Ermita de Santa Olalla. Estos cabeceros rectangulares, habituales en la región, permitirían datar la Ermita del Santo en el siglo VII, al ser común la construcción de este tipo de alzado a partir de mencionada centuria, frente a la planta absidiana o ábside en herradura. Los muros de este cabecero se compondrían a su vez de hiladas de sillares graníticos, hasta la altura de sus tres pequeños vanos, abiertos en la zona media de cada uno de sus laterales, respectivamente, alternando el granito en su zona superior con mampostería pizarrosa. También de granito sería el arco superior de cada ventana, labrado en una sola pieza, así como el arco que da acceso al interior del ábside, de medio punto y enlazado con la bóveda de cañón que cubre el espacio destinado a albergar el altar. En la misma línea de separación entre aula y ábside, en el suelo, una pieza granítica horadada en su extremo derecho podría haber servido como umbral de su cancel. 



Arriba y abajo: una amalgama de sillares graníticos circundan el allanado espacio que posiblemente sirvió como nave o aula del templo visigodo, antiguas bases arquitéctonicas que sirven hoy en día como cercado de los límites del edificio, y entre las que se adivinan supuestos accesos laterales que permitían entrar desde los muros del evangelio (abajo) y epístola al interior del recinto.



Abajo: una pieza granítica horadada en uno de sus extremos y ubicada en la línea de separación entre cabecero y resto del aula, podría haber servido antiguamente como umbral donde iría colocado el cancel o elemento de división entre sendos espacios arquitectónicos, muy característico en el arte hispanovisigodo.




Formando parte de los muros del presbiterio, se observan tres estelas presuntamente romanas, con restos de epigrafía en todas y el labrado de una luna en creciente en su extremo superior en aquélla cuya cara puede verse desde el exterior, en la esquina nororiental, dedicada a Paula Pontia, así como en la que, en el interior, se ubica en el muro derecho, elaborada para honrar al pacense Lucius Fabius Verecundus. También desde el interior observaríamos la tercera, de epigrafía semioculta, junto al vano izquierdo y al lado derecho del mismo. Datadas, según José Salas Martín y Juan Rosco Madruga, posiblemente a finales del siglo I y comienzos del siglo II d. C., el uso de estas estelas en la Ermita del Santo engarzaría con la tradicional reutilización visigoda de antiguas lápidas romanas como material constructivo, así como un posible y simbólico castigo cristiano del mundo pagano, sometido ahora a servir como base de los edificios levantados para honrar la fe en Cristo. También un sillar con relieve geométrico en varios de sus bordes se conserva en el muro izquierdo del cabecero, de tallado sencillo basado en una cenefa triangular de línea destacada que pudiera hacer referencia, de manera tosca, a ramas de vid y racimos de uvas entrelazados de presencia habitual en los templos visigodos, en clara alusión religiosa al vino como sangre de Cristo. Este mismo dibujo podemos verlo también, dentro de la Ermita del Santo, en los rededores internos de los vanos tanto izquierdo como derecho del ábside, desconociendo la existencia de otros ejemplos ornamentales a causa del enlucido que subsiste cubriendo el interior de los muros restantes del edificio.



Arriba y abajo: varias son las estelas de presunto origen romano reutilizadas y engarzadas entre la fábrica que compone el ábside de la Ermita del Santo, destacando entre ellas aquéllas en cuyo labrado se incluye el dibujo de una luna en creciente, tal y como puede aún verse, en la cara exterior del templo (arriba), en una lápida dedicada a Paula Pontia, y más visiblemente aún, en la cara interna del cabecero (abajo), en la estela del pacense Lucius Fabius Verecundus.



Abajo: semioculta por el estucado que cubre aún gran parte del interior del cabecero del antiguo templo visigodo, puede descubrirse en ciertos rincones del ábside restos de la original ornamentación con que contase el edificio, basada ésta en sencillos relieves decorativos cuyo tallado, similar a una cenefa triangular, pudiera ser, de manera tosca, una representación de la vid y sus racimos de uvas, en clara alusión a la Eucaristía celebrada en este sagrado recinto.




A falta de estudio arqueológico del templo y sus alrededores, desconocemos el motivo que llevó a la erección del mismo. La presencia en sus proximidades de diversos vestigios arquitectónicos de presunta traza romana pudieran corresponder con alguna villa que, a pocos metros de la Vía de la Plata y cercana al Pago Ponciano, se enclavase en las estribaciones sur de la colonia cacereña, convertida siglos después en vicus o centro de explotación agropecuaria a la cual perteneciese el recinto sagrado, de manera similar a otros enclaves visigodos de la región, como es el caso de La Cocosa, en las cercanías de Badajoz. Pudiera haber sido la Ermita del Santo el germen de una pequeña parroquia vinculada con la Diócesis emeritense, coincidiendo la posible datación de su cabecero rectangular, en el siglo VII, con la proliferación de parroquias en el ámbito rural de la antigua Lusitania, a modo de vertebración episcopal de su territorio. De igual manera, podría inclusive barajarse la posibilidad de haber sido la Ermita del Santo el templo sobre el que girase un menudo centro cultural cristiano, así como corazón de un recinto monacal levantado no lejos del antiguo hogar de Santa Eulalia, que también lo fuese de su criada Santa Julia y de su cristiano mentor San Donato, vinculado inclusive a una hipotética peregrinación a tan sagrada morada.



Arriba y abajo: tres pequeños vanos de reducidas dimensiones, permitirían antaño el acceso de luz al interior del ábside de la Ermita del Santo, abiertos los vanos uno en cada uno de los laterales del rectangular recinto, cuyo arco exterior quedaría coronado con una única pieza granítica (arriba), mientras que en su cara interna se presentarían circundados por una tallada cenefa triangular (abajo), de similar relieve a la vestigial ornamentación subsistente en otros rincones del lugar.





- Cómo llegar:



Arriba: el conocido como Puente Viejo de la Mocha, de origen romano retocado durante el medievo, puede servir hoy en día, tal y como lleva haciendo desde siglos atrás, no sólo para salvar al caminante que discurre por la Vía de la Plata de las aguas del río Salor, sino además como punto de partida desde el cual dirigirnos hacia la visigoda Ermita del Santo, una vez superada la cacereña pedanía de Valdesalor.

La Ermita del Santo, ubicada en una propiedad privada inscrita dentro del amplio término municipal de Cáceres, se yergue en los amplios llanos abiertos junto a la vega del río Salor, al suroeste de la pedanía de Valdesalor. El Puente Viejo de la Mocha, que salva al caminante de la Vía de la Plata de las aguas de mencionado cauce fluvial, puede servir como punto de partida desde el cual dirigirnos al antiguo templo visigodo, alcanzado el romano-medieval viaducto a través de un firme térreo que parte desde la carretera nacional N-630 una vez superada la pedanía cacereña, justo antes de alcanzar el afluente del Tajo.




Desde el Puente Viejo de la Mocha, y separado del trazado de la Vía de la Plata, un camino marcado por hitos de madera nos adentrará dentro del paisaje dirigiéndonos hacia el suroeste, permitiendo el acceso a diversas fincas y cotos que se abren junto a su trazado.



Siguiendo la ruta, alcanzaremos la vía férrea que sustenta la comunicación por tren entre Cáceres y Mérida. Una vez atravesados los raíles, nuestros pasos se orientarán, como el camino, hacia el sur, donde nos toparemos con la finca bautizada como El Santo. Es en su interior donde se encuentra el monumento reseñado.




La Ermita del Santo, de titularidad particular, se ubica en el interior de una propiedad privada. En caso de desear visitar el monumento, lanzamos desde este blog una serie de recomendaciones a tener en todo momento en cuenta:

1) Respetar en todo momento las propiedades de la finca, como vallados o cercas, intentando no salirse de los caminos marcados.
2) Respetar la vegetación y cultivos de la misma, sin realizar ningún tipo de fuego ni arrojar basura alguna.
3) Respetar al ganado que pudiese habitualmente estar pastando en la zona, y en caso de encontrarse con animales que lo protejan, no enfrentarse a los mismos.
4) Si observamos que se están practicando actividades cinegéticas (caza), abstenernos de entrar.
5) Si nos cruzamos con personal de la finca o nos encontramos con los propietarios de la misma, saludarles atentamente e indicarles nuestra intención de visitar el monumento, pidiendo permiso para ello. En caso de que no nos lo concediesen, aceptar la negativa y regresar.


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