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jueves, 31 de marzo de 2016

Dos ejemplos de pinturas rupestres esquemáticas en la comarca de Sierra de San Pedro: Puerto Roque, en Valencia de Alcántara, y Cueva del Buraco, en Santiago de Alcántara


En 1.998 era declarado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad el Arte rupestre del arco mediterráneo de la Península Ibérica. Trece años antes, en 1.985, la misma declaración era otorgada a la Cueva de Altamira, ampliada en 2.008 a 17 cuevas más, entendiéndose el reconocimiento cultural al Arte rupestre paleolítico del Norte de España. Sendas declaraciones, aunque enmarcadas y delimitadas dentro de un contexto geográfico, no son sino un indirecto reconocimiento internacional a la gran aportación que desde la totalidad de la Península Ibérica, fundamentalmente España, se ofrece al arte prehistórico pictórico, fijado en las paredes de la infinidad de cuevas, abrigos y oquedades que salpican la geografía peninsular. Un arte parietal que encuentra su representación paleolítica álgida en la cornisa cantábrica, así como la neolítica en la cuenca mediterránea levantina, pero cuyos ejemplos, ejecutados en estos periodos así como en etapas aledañas, se dan en prácticamente todas las regiones ibéricas, incluida la vecina Portugal.

Aunque el arte rupestre, o arte ejecutado sobre pared rocosa, no ha dejado de darse a lo largo de toda la existencia humana, con ejemplos ubicados en todos los continentes habitados del planeta, este tipo de manifestaciones artísticas se asimilan habitualmente y de forma generalizada con la Prehistoria, algo de lo cual no extrañarse al haber sido en este periodo cuando mayor número de obras de este tipo se dieron, siendo éstas las representaciones artística más habituales de entre las ejecutadas en esta etapa de la humanidad. En un periodo donde el ser humano mantenía una relación vital con la naturaleza más estrecha que en ninguna otra época, es lógico que fuese en ese contexto natural donde quedase intercalada la aportación artística de los pueblos que conocieron tal era y las sucesivas etapas que conformaron los siglos y milenios previos a la aparición de la escritura.


Arriba y abajo: en pleno corazón del macizo cuarcítico que conforma la Sierra Fría, al Suroeste de la localidad de Valencia de Alcántara, un pequeño abrigo abierto sobre una ligera explanada que, como alta atalaya, controla el paisaje que surge a los pies de la serranía, conserva en su interior una pequeña colección de pinturas rupestres esquemáticas, descubiertas en 2.012 por Juan Carlos Jiménez y recientemente puestas en valor.


Son diversas las teorías que intentan dar explicación a los motivos que llevaron al antiguo ser humano a dejar plasmado en techos de cavernas y sobre láminas rocosas de entradas a grutas y abrigos un sinfín de dibujos, pinturas e inclusive grabados cuyos primeros ejemplos tendrían datación en el Paleolítico, o Edad de la Piedra Antigua, hacia el 40.000 a.C., prolongándose su ejecución en el Postpaleolítico, el Neolítico, e inclusive en las Edades del Cobre, del Bronce y hasta del Hierro, apenas 1.000 años antes del nacimiento de nuestra era. Mientras que las primeras y más antiguas representaciones solían ejecutarse en el interior y lo más profundo de las oquedades naturales, la tendencia fue modificándose hasta darse la creación en las entradas de las cuevas o sobre las lajas componentes de abrigos poco o nada profundos, en interiores de piedras caballeras, o sobre bases graníticas de conjuntos berroqueños u otros parajes rocosos. Lo que pudiera ser ornamentación de hogares o paneles educativos, otros ven con mayor motivo como trabajos ejecutados persiguiendo fines religiosos. El arte parietal, visto bajo un significado ritual, quedaría vinculado con los espacios internos adentrados en lo profundo de la roca, al ser tomados éstos como caminos de conexión  con el interior de la madre tierra, adorada por un humano más consciente que en ninguna otra época de la dependencia que tenía en todos los aspectos de su vida de la naturaleza y de lo que ésta se complacía en darle. Espacios que pudieron haber constituido la morada del autor, pero que tardíamente se convertirían, según el ser humano iba alejándose de la cueva para construir sus propias viviendas y poblados, en lugares sacros, áreas de ceremonias o puntos de enterramiento.

Mientras que en el arte parietal del Paleolítico las figuras representadas ofrecían un aspecto considerado realista, donde animales contemporáneos al autor podían ser contemplados con todo tipo de detalle, los trabajos pictóricos posteriores irían derivando hacia la simplificación formal. Así, las imágenes cada vez más estilizadas datadas en el Mesolítico evolucionarán hacia una mayor esquematización, fundamentalmente durante el Neolítico o Edad de la Piedra Nueva. Las figuras humanas y animales, reconocibles y en muchos casos aún dotadas de cierto naturalismo, comenzarán a resumirse en escasos trazos. Se le sumarán cada vez en mayor proporción un amplio número de símbolos, signos ideomorfos y dibujos lineales y geométricos de difícil interpretación. Surge así el conocido como arte rupestre esquemático, donde bajo una purificación artística el pintor conjugará por igual representaciones antropomorfas, zoomorfas, figuras ramiformes y dibujos estelares tanto soliformes como esteliformes, con barras, puntos y otros dibujos lineales. Una esquematización que progresará hasta alcanzar una total abstracción, una depuración artística en las formas tal, que las propias representaciones basadas en la realidad sean de difícil interpretación o adivinación, presentándose un resultado artístico final donde todo el lenguaje expresado sobre la pared compone un panel de figuraciones abstractas cuyo significado es difícil de encontrar en la actualidad. Una abstracción que se dará por toda la Península Ibérica, pero  que encontrará su culmen en los abrigos y oquedades de la zona suroccidental peninsular, destacando los ejemplos descubiertos en Portugal, abrigos del Suroeste andaluz, y fundamentalmente Extremadura.


Arriba y abajo: las pinturas parietales prehistóricas del pequeño abrigo de Puerto Roque seguirán las directrices artísticas del arte rupestre esquemático en general, y suroccidental peninsular en particular, englobándose sus representaciones, altamente simbólicas y abstractas, ejecutadas mayoritariamente en pintura rojiza y grueso trazo, en dos áreas dentro de la cavidad, ubicada la primera en la zona media de la oquedad (abajo), donde destacarían varias figuras que se superponen, barajándose una diferente datación entre ambas, así como una destacada figura vertical ramiforme, considerada un antropomorfo.






Las pinturas rupestres esquemáticas halladas y conservadas en la región extremeña han sido datadas, sin alcanzar un acuerdo entre autores, entre el Mesolítico y la Edad del Bronce, decantándose la mayoría de los estudiosos por ubicar temporalmente la creación del mayor número de estos ejemplos entre el Neolítico y el Calcolítico o Edad del Cobre. Coincidiría así la creación de muchas de estas obras con la llamada cultura megalítica. De hecho, se baraja la posibilidad de que un gran número de pinturas esquemáticas fueran ejecutadas por los mismos grupos que levantaron muchos de los dólmenes que salpican la región. No son pocas las representaciones parietales que se dan cerca de monumentos megalíticos, ni extraños los dólmenes en cuyo interior han aparecido grabados o representaciones pictóricas relacionados con el arte rupestre esquemático cercano, lo que permitiría a su vez valorar con mayor peso las teorías que apuntan hacia un fin religioso, inclusive funeral, como la razón de ser de muchas de estas obras. No se considera, sin embargo, un estilo encajonado dentro de un periodo histórico concreto. Aunque un amplio número de ejemplos se datasen en una etapa precisa de la existencia humana, que ya de por sí se extendiese por varios miles de años, se considera el lenguaje utilizado y el sistema de símbolos representados una posible herencia del Paleolítico que, desarrollada artísticamente, se mantendría en sus bases hasta prácticamente la Edad de los Metales o inclusive la llegada de Roma a la Península Ibérica, demostrando así la supervivencia de un estilo cultural y artístico a lo largo de un considerable espacio tanto temporal como geográfico.

El arte rupestre esquemático registrado en Extremadura presenta unas características comunes que en gran medida se repiten a lo largo y ancho de la comunidad, y que podrían ampliarse a toda esa región artística prehistórica encajonada en el suroeste peninsular, donde la esquematización alcanzó su mayor abstracción artística. Destacaría entre sus propiedades más habituales la elaboración de las obras pictóricas en un color rojizo, obtenido presuntamente gracias al uso de pigmentos minerales que, tras haber sido extraídos de la piedra, se mezclarían con agua, sustancias grasas o resinas que actuarían como aglutinante. El uso de pigmentos negros o blancos es escaso en comparación con los trabajos en ocre, ejecutados mayoritariamente en líneas gruesas que bien pudieran haber sido trazadas con la ayuda del propio dedo del autor. Combinarían éstas con otros trazos más finos, presuntamente pintados con algún tipo de brocha elaborada manualmente, o inclusive alguna pluma o rama tomada como pincel. Los grabados, por su parte, serían ejecutados por incisión o piqueteado sobre el soporte rocoso, con resultante lineado de mayor o menor grosor, dependiendo de la naturaleza y características de la piedra. Sin que falten las representaciones antropomorfas y zoomorfas, lo más común sería encontrar entre el arte grabado dibujos lineales, ondas, cazoletas y otros diseños geométricos sumamente abstractos y sin aparente identificación, de una difícil interpretación actual.



Arriba y abajo: en la esquina derecha del abrigo, cerrando el mismo junto a la prolongación del muro cuarcítico que lo antecede, una amplia laja pétrea conserva una serie de figuras altamente esquematizadas (abajo), destacando varios ramiformes con brazos en aspa, así como una alargada figura antropomorfa que, en el canto izquierdo de la losa, aún se vislumbra pese a su precario estado de conservación.





Aunque se podrían señalar dentro de la región varios parajes o comarcas naturales donde las representaciones esquemáticas parietales abundan o conforman una colección de las mismas cuya ejecución podría estar relacionada en cada uno de los casos con alguna colectividad o cultura enclavada en la zona, se considera que prácticamente todo el movimiento artístico estaría relacionado, o beberían unos casos de otros. Inclusive, los que pudieran comprenderse como yacimientos aislados o lejanos a estas áreas destacadas donde las pinturas se ofrecen en una relevante densidad, no dejarían de tener relación con los primordiales puntos artísticos, alzándose tanto como puntos de conexión geográfica, dominando habitualmente rutas o sendas de paso entre estas áreas preponderantes, como de interconexión cultural entre ellas. Unos y otros sumarían más de medio millar de enclaves repartidos por toda la comunidad, disfrutando dos de ellos, los Abrigos del Risco de San Blas (Alburquerque), y el Abrigo de la Calderita (La Zarza), con la denominación de Bien de Interés Cultural.

Si bien los ejemplos grabados suelen aparecer como acompañantes o complementos de las representaciones ejecutadas con lo que podría considerarse pintura primitiva, no faltan puntos destacados dentro de la región donde este tipo de obra artística parietal abunda o, inclusive, son las únicas en aparecer. Así ocurre en la comarca de Las Hurdes, donde entre los términos municipales de Casar de Palomero, Pinofranqueado, Caminomorisco y Nuñomoral se descubren hasta quince yacimientos que, al aire libre, muestran una serie de representaciones geométricas, sin que falten otras mucho más realistas, que podrían haberse ejecutado inclusive en plena época romana. Gran colección de grabados parietales prehistóricos es también la que se registra en el paraje de los Barruecos (Malpartida de Cáceres), donde las barras y cazoletas realizadas sobre los lienzos graníticos conjugarían con las pinturas dibujadas en las erosiones cóncavas de los berruecos, o en el interior de algunas de las piedras caballeras allí enclavadas.

Como enclaves o comarcas a destacar en cuanto a su alta densidad de yacimientos con pintura rupestre prehistórica encontraríamos, en la provincia de Cáceres, el Parque Nacional de Monfragüe y la comarca de Las Villuercas. Mientras que en el primero son más de un centenar de puntos los que guardan este tipo de pintura, despuntando de entre ellos la conocida como Cueva del Castillo, en Villluercas el número de yacimientos alcanzaría la treintena, sobresaliendo los términos municipales de Berzocana y Cañamero, y como enclave la Cueva de Castañar de Ibor. En la provincia pacense, donde el número de yacimientos con pintura parietal esquemática prácticamente dobla al conservado en Cáceres, destacarían los conjuntos centrados en las comarcas de Siberia y de La Serena, donde se suman más de trescientos abrigos, repartidos entre diversas localidades tales como Magacela, Benquerencia de la Serena o Cabeza del Buey. Las sierras de San Serván (Arroyo de San Serván) y la de Oliva de Mérida, en la comarca de Tierra de Mérida, así como la Sierra Grande de Hornachos, son también zonas destacadas.


Arriba: una oquedad de dieciocho metros de profundidad, horadada en la roca cuarcítica que conforma la Sierra de Santiago, dentro del término municipal de Santiago de Alcántara, figura como un agujero natural que da así nombre a la Cueva del Buraco, en cuyo interior serían descubiertas en los años 80 del pasado siglo, una amplia colección de pinturas prehistóricas, datadas en la época neolítica y contemporáneas a la extensa necrópolis dolménica que circunda la zona.

Abajo: estudiados sus dibujos a mediados de la década pasada, el conjunto de pinturas esquemáticas que ornamentan el enclave, plasmadas en lo menos profundo de la gruta, entre la boca de la misma y y su primera mitad, serían englobadas en seis áreas grupales, tres por cada flanco.



A camino entre las provincias de Badajoz y cacereña, inclusive en relación con abrigos enclavados al otro lado de la frontera con la vecina Portugal, un área también destacada dentro de la región sería la distribuida desde Alburquerque hasta el Parque Natural Tajo Internacional, enmarcada entre los ríos Gévora y Zapatón, al Sur, y el Tajo al Norte, delimitado por la Serra de Sao Mamede al Oeste, y atravesado por la Sierras de San Pedro, que cerraría el enclave en la zona oriental. Los yacimientos registrados se repartirían entre los términos municipales de Alburquerque, Valencia de Alcántara o Santiago de Alcántara, dentro de España, así como en el área lusa de Portalegre, entre otros, a los que se podrían sumar los enclaves dotados con arte rupestre esquemático descubiertos en localidades cercanas al río Tajo cuyas manifestaciones artísticas, más grabadas que pintadas y que han dado en englobarse en el conocido como conjunto de grabados pehistóricos del Tajo, podrían estar en consonancia con los ejemplos occidentales. Coincidiría prácticamente su existencia geográfica y temporal con la destacada cultura megalítica que afloró en esta actual eurocomarca, cuyos protagonistas podrían haber sido los autores materiales tanto de los monumentos dolménicos como de las pinturas esquemáticas que, como ellos, salpican la zona.

Erigiéndose el panel artístico del Risco de San Blas, en Alburquerque, como el yacimiento más destacado de entre los localizados en el área de Tajo Internacional, los ejemplos parietales esquemáticos de esta comarca artística se dan entre los numerosos abrigos labrados por la naturaleza en las serranías que recortan la zona y que suman riscos y montañas a los accidentes geográficos dependientes de los Montes de Toledo, en la zona más occidental del sistema. Perteneciente a las mayores Sierras de San Pedro, en territorio español, y Sierra de San Mamés, en Portugal, sus serranías inferiores guardan entre sus recovecos infinidad de abrigos decorados con pintura esquemática, en muchos casos descubiertas pocos años atrás, o incluso aún por estudiar y catalogar. Así, sería en los años 80 del pasado siglo cuando se supo de la existencia de pinturas rupestres esquemáticas en la Cueva del Buraco, horadada en la Sierra de Santiago, dentro del término municipal de Santiago de Alcántara. Varios años después, en 2.012, serían descubiertas las de Puerto Roque, en la Sierra Fría dependiente de Valencia de Alcántara. Ambos yacimientos se presentan hoy como dos de las estaciones de arte rupestre esquemático más destacadas tanto dentro de esta comarca artística, como de toda la región extremeña. Las pinturas de Puerto Roque han sido incluidas, además, dentro del Itinerario Cultural Europeo "Caminos de Arte Rupestre Prehistórico", o CARP, por el Consejo de Europa.


Arriba y abajo: las áreas A, B y E serían las que, en el flanco izquierdo, registrarían las representaciones conservadas en este lateral de la cueva, con escaso número de pinturas en la más profunda, y mal conservadas las de la inicial, siendo la B o media donde actualmente mejor se pueden observar las figuras, destacando aquéllas que pueblan una laja que centra el grupo pétreo de este área, así como las que asoman desde otras piedras circundantes a la media.








Abajo: el área A o inicial, la más expuesta a las inclemencias temporales, conserva en precario estado sus representaciones, mejor conservadas según nos vamos acercando al área B o zona media del flanco izquierdo de la cavidad.


Mirando hacia el Sur, al igual que la mayoría de los enclaves y cuevas decoradas con pintura rupestre esquemática, el abrigo de Puerto Roque se abre en la zona alta del risco cuarcítico que cierra el término municipal de Valencia de Alcántara en su llegada al país vecino, compartiendo accidente geográfico con el país luso, que ocuparía la prolongación occidental del promontorio pétreo, dibujada la línea fronteriza a muy escasa distancia de la oquedad. Nadie cayó en la cuenta de la existencia de la colección de pintura parietal hasta que en 2.012 Juan Carlos Jiménez descubriese el conjunto, sumando así un nuevo yacimiento prehistórico con que engrosar el listado de enclaves dotados con pintura esquemática dentro de Extremadura, enriqueciendo a la par la región artística que ubicaríamos entre Alburquerque y el Tajo Internacional. El abrigo de Puerto Roque, muy poco profundo y de poca envergadura, se abre sobre una pequeña explanada que desde una elevada altura del macizo rocoso dominaría el flanco sureño que se expande desde las faldas del mismo. El registro de pinturas rupestres conservadas no es muy amplio, pero entre sus ejemplos pictóricos se han podido identificar dos etapas de realización, sobreponiéndose unos elementos a otros sin que los más recientes en el tiempo tapasen los anteriores, complementando por el contrario los mismos, en clara demostración no sólo del respeto que los autores más jóvenes tuvieron por el trabajo realizado por sus ancestros, sino además la perduración de la tendencia artística y la simbología esquemática a lo largo de los siglos.

Sin que falten los trazos oscuros y blancos, la casi totalidad de las pinturas registradas en el abrigo de Puerto Roque seguirían los modelos básicos repetidos a lo largo y ancho de la región, presentando figuras en un tono rojizo y predominante línea gruesa. Los elementos conservados se engloban básicamente en dos grupos, ubicados el primero en la zona media de la cavidad, mientras que el segundo ocuparía parte de una laja que, a la derecha, aparece cerrando la oquedad, entre ésta y el resto de pared pétrea del enclave natural. En el grupo izquierdo destacaría una figura ramiforme, antropomorfa para algunos estudiosos, diseñada en línea vertical sobre la que cruzan ocho trazados horizontales, dotando al ser de dieciséis ramas en pareado de paralelos. No lejos de éste, y a la derecha del mismo, unas figuras más oscuras que aquellas otras junto a la que se muestran a nuestra vista, hacen ver la diferente datación que establece distintas fechas de creación para cada una de ellas. En el panel derecho, por su parte, nuevas figuras supuestamente antropomorfas, acompañadas por no distantes líneas verticales, no aclaran su interpretación, como si lo haría un claro antropomorfo, de mayor tamaño que el resto de composiciones, que a la izquierda de la laja, en un lateral de la misma, decora el canto de ésta, y bajo el cual se conservarían los únicos trazados en blanco sobrevivientes al paso de los años, de las fases históricas y del paso de las culturas.




Arriba y abajo: en el flanco derecho de la Cueva del Buraco quedarían las áreas D, C y F, destacando por su número de representaciones y calidad de las mismas la inicial, donde las propias afloraciones rocosas del suelo permanecen decoradas principalmente con puntos (arriba), mientras que los paneles y lajas de la pared de la oquedad (abajo) se muestran como un auténtico lienzo donde cuantiosas figuras antromoformas se reúnen, algunas de ellas ralladas poco tiempo atrás, castigadas por la falta de concienciación, conocimiento y respeto del actual ser humano.






La cueva del Buraco se abre, nuevamente mirando hacia el Sur, suroeste concretamente, en la Sierra de Santiago, dependiente del conjunto de Sierra de San Pedro, dentro del término municipal de Santiago de Alcántara, Comparte macizo montañoso junto a la legendaria de Viriato o la de la Grajera, descubiertas en esta última igualmente pinturas rupestres esquemáticas posiblemente contemporáneas a la primera. Dentro del propio término son doce los ya contabilizados yacimientos donde se conservan colecciones de pinturas parietales ejecutadas bajo las directrices del arte esquemático, a los que se sumarían cuatro puntos más dotados con grabados. Una herencia prehistórica que se vería enriquecida con una amplia necrópolis dolménica, compuesta por veintinueve monumentos megalíticos repartidos por la zona, algunos cercanos a la propia cueva del Buraco, como los de la Era de la Laguna, datados en fechas similares o muy próximas a las pinturas, y dotados con grabados parietales que demostrarían la clara relación en lo referente a autoría, inclusive en cuanto al uso o destino, existente entre los conjuntos pictóricos y los pétreos mausoleos. Desde el propio agujero que da nombre a la cueva, resultante del horadado natural ejercido sobre el risco cuarcítico en unos dieciocho metros de profundidad, abre su entrada frente a una menuda explanada desde la cual poder observar los dólmenes y la actual dehesa extremeña, así como un amplio horizonte que alcanza las no muy lejanas serranías portuguesas, elevando el lugar como inmejorable atalaya natural desde la cual atisbar y vigilar los contornos.


Arriba y abajo: dentro del conjunto artístico parietal conservado en la santiagueña Cueva del Buraco, destaca un panel que, en la zona derecha de la boca de la gruta, cerrando el conjunto pictórico por tal lado, registra una serie de ojos-soles similares a los hallados en otros yacimientos de la Península Ibérica, confirmándose así la relación cultural que mantuvieron entre sí los antiguos pueblos ibéricos que dieron vida al arte rupestre esquemático, mostrándose Extremadura como un auténtico santuario de arte prehistórico peninsular y europeo.


Tras un exhaustivo estudio realizado sobre las pinturas de la cueva del Buraco, llevado a cabo por F. Carrera junto a un grupo dependiente de la Universidad de Vigo, auxiliados por arqueólogos del equipo de P. Bueno, pudieron observarse alrededor de un centenar de figuras esparcidas a lo largo de los dos lienzos que conforman la abertura de acceso a la cavidad, cual jambas cuarcíticas decoradas dando paso al interior del enclave. En cada uno de los laterales podríamos considerar la existencia de tres agrupaciones donde quedarían englobadas las representaciones, dando un total de seis áreas que ocuparían entrada y mitad inicial de la cavidad. En el flanco izquierdo, si miramos hacia el interior de la oquedad, estaríamos ante las delimitadas como áreas A, B y E, mientras que en su frente opuesto se hallarían los grupos D, C y F, nombrándolos desde el más externo. Abundarían lo que se presumen imágenes antropomorfas asociadas entre sí desarrollando eventos sociales tales como reuniones o bailes. Entre ellas, un gran conglomerado de puntos y signos ideomorfos. Mientras que en las áreas E y F, las más internas, el número de pinturas es bajo en cantidad, aumenta éste según salimos hacia el exterior, siendo el panel más destacado el nombrado como D. En él, además de haberse considerado la existencia de superposición de dibujos, que indicaría diferente fecha de realización y, por tanto, dos etapas creativas en cuanto a la constitución del conjunto, se descubren los elementos más característicos y llamativos de la colección, consistente en una serie de llamados ojos soles depositados en una estela que cerraría en su derecha el emplazamiento. Una figura simbólica nombrada igualmente en otros yacimientos peninsulares, incluyendo abrigos enclavados en el arco mediterráneo, que demostraría la relación del arte esquemático extremeño con la totalidad de la pintura parietal ibérica, haciendo de nuestra región un auténtico santuario de arte prehistórico donde cada abrigo decorado se abriría como una puerta a nuestro pasado, a nuestras raíces y al origen de nuestra cultura, cuyo primer lenguaje común o iniciales líneas artísticas siguen ofreciéndose al visitante de hoy en un habla de interpretación desconocida, pero que incluso en su extrañeza se nos antoja como herencia inequívoca, conservada en pequeños tesoros del camino.



Arriba; aunque es la pintura rupestre esquemática el movimiento artístico prehistórico que destaca entre el conservado en la región, la obra parietal más relevante, valiosa y destacada dentro de Extremadura sería la plasmada por el hombre del Paleolítico dentro de la cacereña Cueva de Maltravieso, descubierta en los años 50 del pasado siglo, dotada con diversos grabados y pinturas donde destacaría una amplia colección de manos en negativo, fechadas en el Paleolítico Superior, única en el interior peninsular y de tan añeja datación que la convierte en uno de los santuarios artísticos más antiguos de España, declarado Monumento Histórico Nacional en 1.963 y Bien de Interés Cultural en 1.985.

Abajo: cuenta la pintura rupestre esquemática extremeña con dos declaraciones de Bien de Interés Cultural, otorgadas respectivamente en 2.011 a las pinturas del Abrigo de la Calderita, dentro del término municipal de La Zarza, así como en 1.924 a las del Risco de San Blas, en Alburquerque, consistente éste en un amplio panel donde un cuantioso número de figuras antropomorfas, algunas luciendo tocados sobre su cabeza, se dan cita, estudiadas desde comienzos del siglo XX pero llegadas a la actualidad en un precario estado de conservación, tras haber sido maltratadas sistemáticamente a lo largo de las pasadas décadas.



- Cómo llegar:

Es la carretera nacional N-521 la que, desde Trujillo y atravesando Cáceres, se acerca a Valencia de Alcántara y la frontera portuguesa contigua a la localidad valenciana. Será en el kilómetro 152, visible ya la línea divisoria entre países, donde parte hacia los riscos que bordean el valle en la zona norteña el camino que sube hasta el abrigo de Puerto Roque. Frente al inicio de la ruta, en el margen izquierdo de la calzada, podremos dejar el vehículo aparcado junto a una nave de reciente creación y edificaciones pertenecientes al antiguo puesto fronterizo español. La vereda se acercará entre pinos al macizo, escalando poco a poco la pared cuarcítica a través de una senda acondicionada y señalizada en base a la inclusión del yacimiento dentro del Itinerario Cultural Europeo "Caminos de Arte Rupestre Prehistórico" (CARP), llevado a cabo por el Consejo de Europa. Escalones, cuerdas y postes nos acompañarán, hasta alcanzar la pequeña explanada donde nos aguarda el abrigo y su incalculable colección de pintura.






Es la misma carretera N-521 la que, llegando a la comarca desde la capital provincial, debemos seguir para, tras haber dejado atrás Membrío y antes de alcanzar Valencia de Alcántara, tomar la vía que nos llevaría a Cedillo y, desde ésta, que es la EX-374, desviarnos por la CC-37 hacia Santiago de Alcántara. Poco antes de llegar al municipio santiagueño, y dejando a nuestra derecha la Sierra de Santiago, donde se ubica la cueva del Buraco, veremos un desvío que, hacia el Noreste, nos acercaría al complejo turístico homónimo a la gruta en cuyo interior se ubica el Centro de Interpretación del Megalitismo o Cultura Dolménica. Antes de atravesar la verja que delimita el conjunto, un camino a nuestra mano derecha bordea el enclave, subiendo después poco a poco hacia la sierra. Siguiendo el trazado del sendero, que conduce a un espléndido mirador, veremos el ramal que dirige nuestros pasos hacia la cavidad prehistórica, convertida no sólo en atalaya natural, sino además en un auténtico lugar de observación y unión con nuestro pasado.








viernes, 7 de agosto de 2015

Tesoros del camino: escudo de la Inquisición, en Malpartida de Cáceres


El 15 de julio de 1.834, fecha de la que nos separan ya 181 años, se abolía definitivamente el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en España. Varios años antes, durante la Guerra de la Independencia, tal institución había sido abolida en 1.808 para la España ocupada por las tropas napoleónicas, y en 1.813 por las Cortes de Cádiz para el territorio no ocupado o liberado del dominio francés. Era la respuesta internacional y nacional ante un tribunal cuya labor, aplaudida en sus inicios por una mayoría de población exaltada y supersticiosa que veía a bien la persecución de falsos conversos y herejes en pro de la persecución del demonio y a favor de una supuesta unidad religiosa nacional, se cuestionaba cada vez más por un mundo donde la ilustración y la venida del progreso chocaba con una censura arcaizante, demagógica y despótica. 

La conocida como Inquisición española había estado en funcionamiento más de 350 años, desde que el 1 de noviembre de 1.478 fuera promulgada por bula del Papa Sixto IV su creación para el reino de Castilla, y en 1.483 para los territorios de la Corona de Aragón. Nombrándose al Inquisidor General no por la Santa Sede sino por el propio monarca, y con autoridad en todo el territorio y sobre todos los súbditos cristianos supeditados al rey hispano, el Tribunal del Santo Oficio se convertía en la única institución con pleno dominio sobre todo el terreno y todas las personas, poder tras el que, disfrazado de persecución religiosa, se escondían en muchas ocasiones intereses políticos que buscaban la destrucción de enemigos o la confiscación de bienes y fortunas que enriquecieran a Iglesia y Monarquía. Se perseguiría a judeoconversos y moriscos, protestantes y luteranos, supuestas brujas y detractores de la moral como lo eran los bígamos, así como a practicantes de aberraciones sexuales como la homosexualidad o el bestialismo. Pero también se juzgaba a los denominados herejes: grupo heterogéneo donde todo el que, ya fuese por simple opinión verbal, hubiera cuestionado cualquier aspecto de la doctrina católica, hubiera criticado cualquier labor del Santo Oficio, o hubiera hablado en contra de la Iglesia, sería interrogado, juzgado y, muy posiblemente, condenado. Como resultado, y aunque las cifras concretas bailan notablemente según unos estudios y otros, durante el periodo de actividad del tribunal serían varios cientos de miles las personas procesadas,  más de treinta mil de ellas, según las más altas estimaciones, ejecutadas. Pero la labor de la Inquisición fue a más. El miedo volaba sobre la población. Las denuncias anónimas provenientes más por una venganza que por una falta podrían terminar en arresto, condena, ejecución o castigo, humillación pública del reo y deshonra para toda una familia y herederos repudiados por el resto de población. La intolerancia hacia culturas que habían forjado las bases de la cultura española derivaban en odio social. La persecución de cualquier idea contraria a la regla más indiscutible y férrea convertía al pueblo en una amalgama de incultos y crédulos donde cualquiera que quisiera forjarse en el estudio y abrazar el librepensamiento podría ser condenado. El mayor logro de la Inquisición sería fomentar la aversión y la represión, hundir a España bajo el fanatismo religioso en un conservadurismo que forzó su atraso económico y cultural. En definitiva, anquilosar el país.


Arriba: tras el cabecero de la Parroquia de la Asunción, en pleno centro urbano de la que antaño fuera aldea cacereña, la Casona de la Inquisición de Malpartida de Cáceres se presenta como vivienda de tres plantas con características arquitectónicas propias de las casas solariegas de la Extremadura rural de la Edad Moderna, destacando en su fachada elementos propios de las construcciones comarcales, como lo son la gran chimenea o las poyatas que enmarcan uno de los ventanales, así como fundamentalmente el escudo inquisitorial que centra el frontal del inmueble y da nombre al edificio.


Para llevar a cabo su labor, el Santo Oficio comenzó asentándose en las poblaciones donde se requería su temporal presencia, existentes estas sedes durante ciertos periodos o para juzgar ciertas causas puntuales, entre las que se podría destacar el caso de la Inquisición Jerónima de Guadalupe, forjada en 1.486 de manera especial y bajo permiso especial de Isabel I para perseguir una supuesta comunidad de judeocriptos cuyos miembros brotaban de entre las filas de monjes residentes en el monasterio. Con el paso de los años, diversos tribunales fijos se crearían y repartirían a lo largo del territorio nacional. Sin contar con los tribunales fijados en la Nueva España, o en territorios que dejarían de pertenecer más tarde a la Corona española, serían trece las sedes inquisitoriales fijas en la España peninsular, a las que habría que añadir la mallorquina y la canaria. Según algunos autores uno de los primeros tribunales en crearse, en 1.485, concebido sin embargo por otros en 1.501 ó 1.508, sería el de Llerena, cuya demarcación llegaría a alcanzar en la segunda mitad del siglo XVI los 42.260 kilómetros cuadrados, incluyéndose bajo su supervisión las diócesis de Plasencia, Coria, Badajoz y Ciudad Rodrigo, en lo que sería la práctica totalidad de la actual región extremeña y aledaños a la misma, conocida entonces como Provincia de León de la Orden de Santiago. Sin conocerse con acierto los motivos que llevaron a la ubicación de tal tribunal en esta localidad, existiendo otras de mayor peso en la zona, se cree que pudo influir en ello el apoyo de un llerense de peso en la Corte de los Reyes Católicos, como lo era su consejero Luis de Zapata. Otros miran hacia el gran número de conversos que residirían en el sur extremeño, destacables en localidades como la propia Llerena o la no muy lejana Jerez de los Caballeros. Sí se sabe, por el contrario, que tal sede, a pesar de ser trasladada durante varias décadas a Plasencia, regresaría a la Campiña Sur hacia 1.570, estableciéndose en el Palacio de los Zapata, para juzgar los actos de la creciente secta de los alumbrados, perseguidos con afán por fray Alonso de la Fuente. Tras finalizar un proceso que aún hoy en día sigue envuelto en misterio y controversia, y una vez consumada la condena de los mismos, el Tribunal se mantendría en la localidad hasta la definitiva abolición de esta religiosa corte en tiempos de minoría de edad de Isabel II.

Aunque los denunciados por faltas graves solían ser trasladados a la misma Llerena, donde eran retenidos en las cárceles de que disponía el Santo Oficio, el tribunal religioso contaba a lo largo de su demarcación con una amplia red de casas y edificios donde podían llevarse a cabo sus investigaciones y actuaciones más inmediatas, ejecutadas por los denominados como "familiares del Santo Oficio". Eran éstos personajes relacionados con el tribunal los que, a modo de funcionarios inquisitoriales, recogían denuncias, interrogaban, investigaban o redactaban los informes que más tarde serían remitidos a Llerena. Sus propias viviendas serían en muchas ocasiones los inmuebles donde despacharían tales asuntos, siéndoles permitido colocar por tal motivo y de tal manera sobre sus portadas y en sus fachadas el escudo emblemático inquisitorial, demostrando así con la colocación de tal blasón que su dueño formaba parte de la jerarquía y esquema piramidal que conformaba la institución del Santo Oficio. Igualmente tal divisa podría fijarse en edificios nobiliarios o monumentos religiosos, bien de manera individualizada, emparejado con el de Órdenes militares o apellidos ilustres, o formando parte las armas inquisitivas de un blasón mayor que recogiera otros títulos con que querer identificar el inmueble. Respondía este hecho al apoyo brindado por el noble a la labor del religioso tribunal, o por la vinculación del templo o edificio monacal con la Santa Inquisición, que lo tomaría como base donde establecerse en caso de tener que acudir alguno de sus miembros a dicha localidad si la diligencia de algún proceso así lo requiriese.


Arriba: en una única pieza granítica, y enmarcado entre sencillos motivos vegetales, el blasón del Santo Oficio de Malpartida de Cáceres mostraría inicialmente la tríada de elementos simbólicos que componen el emblema genérico del religioso tribunal, centrado por la cruz de maderos junto al cual, en el lado izquierdo, la rama de olivo ofrecería reconciliación con los arrepentidos, habiendo sido borrado, curiosamente, la espada justiciera que castigaría a los herejes, desaparición que posiblemente habría que achacar a algún posterior casero del inmueble que querría de tal modo eliminar del presente el triunfo del fanatismo religioso que imperó en el país y la región durante cientos de años atrás.


Conocida es, a este respecto, la denominada como Casa de la Inquisición o Casa del Santo Oficio de Jaraicejo, cuyos titulares, al parecer, ejercían labores de investigación y despachaban el papeleo requerido por tal tribunal cuando desde Llerena así se lo reclamaban. Curioso es el escudo inquisitorial que, por otro lado, luce sobre uno de los encalados muros que conforman el laberíntico barrio gótico-judío de Valencia de Alcántara, donde las armas del tribunal religioso son coronadas con yelmo a modo de apellido, descubriéndose así las intenciones de un casero que, lejos de promocionar su nombre, quiso anunciar su vinculación con la jerarquía inquisitorial, formando parte de tan extensa familia. Vinculación que vendría a adivinarse al observar, como lo ha hecho Rubén Núñez (autor del blog Cáceres al detalle), el escudo que culmina la portada de la Iglesia de Santo Domingo de Cáceres, donde, sobre el emblema dominico y el rosario que le rodea, una rama de olivo y una espada propias del Santo Oficio cerrarían la marmórea obra. El convento adjunto se convertiría, al parecer, en la sede que los miembros de la religiosa corte tomarían como lugar de hospedaje en sus viajes a la otrora villa cacereña, desde donde partirían, a través de arcos y pasajes, hasta la Plaza Mayor, supuesto escenario escogido para la celebración de los posibles autos de fe llevados a cabo en la localidad.

Pocos datos se tienen sin embargo de la llamada Casona de la Inquisición de Malpartida de Cáceres. Este edificio, levantado al parecer en el siglo XVIII y ubicado tras el cabecero eclesiástico de la céntrica Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, en la Glorieta del Carmen, presenta en su fachada las características propias de una vivienda señorial de la Extremadura rural, de tres plantas, portada y vanos adintelados bajo fábrica granítica, a la que se añaden particularidades propias de la comarca, tales como la gran chimenea que cierra el inmueble en su flanco derecho, o las poyatas o ménsulas que culminan el alfeizar exterior de uno de los ventanales del piso primero. Es a la izquierda de esta ventana, centrando el frontal de la finca, donde figura un blasón con las armas del Santo Oficio. En una única pieza de granito, y bordeado con motivos vegetales entre los que destaca una flor en la zona inferior del blasón, un marco cuadrangular con cerramiento en arco en la línea suprema guarda la simbología tomada como suya propia por el religioso tribunal. Una cruz conformada por maderos, en la zona centro, se acompañaría de una rama de olivo a la izquierda de la composición, alegoría de la reconciliación hacia la doctrina católica dada por la corte a muchos de sus sentenciados arrepentidos. Carece significativamente sin embargo del tercer elemento que constituiría la tríada inquisitorial, basado en una espada símbolo de la justicia recaída sobre los herejes.


Arriba: en las cercanías de la majestuosa Parroquia de la Asunción, en plena calle Talavera, se conserva la denominada Casa de la Inquisición o Casa del Santo Oficio de Jaraicejo, sencillo edificio donde destaca en su exterior una humilde ventana en esquina que albergaría, al parecer, a una de las familias vinculadas con el religioso tribunal, encargados de llevar a cabo las directrices remitidas desde la sede de Llerena.

Abajo: entre las múltiples casas y edificios vinculados con el Tribunal de la Inquisición asentados a lo largo de toda la región, identificados por el escudo inquisitorial y su tríada simbólica, llama la atención el conservado en una de las viviendas del casco antiguo o barrio gótico-judío de Valencia de Alcántara donde, sobre el blasón, figura un yelmo propio de las divisas nobiliarias, mostrándose así el titular del inmueble como parte de la extensa familia inquisitorial y miembro de una institución que, durante la Edad Moderna española, fue sinónimo no sólo de persecución, sino también de amplio poder.


Desconocemos en principio si este edificio fue propiedad de algún alto cargo inquisitorial que quisiera marcar con el blasón del Santo Oficio esta pertenencia suya, o si más bien la posesión recaería en algún "familiar de la Inquisición" que, desde ella, vigilase y controlase bajo órdenes venidas desde Llerena el mismo pueblo, entonces aldea supeditada a la cercana Cáceres, o aquellos cercanos pertenecientes a lo que hoy sería la comarca de Tajo-Salor donde, en muchos de sus municipios, se incoaron expedientes inquisitoriales por diversas causas y motivos a muchos de sus ciudadanos, destacando por número las diligencias abierta en Brozas, Alcántara o Garrovillas de Alconétar. El investigador Fermín Mayorga se hará eco de estos procesos englobados en lo que sería la Raya cacereña, entre los que, vinculados con la localidad malpartideña, destacaría el abierto en el siglo XVIII, en abril de 1.726, contra el párroco de la localidad, D. Miguel Manzano, bajo el cargo de solicitante por denuncia de una joven soltera del pueblo, que delataría ante el Santo Oficio la solicitud o petición de cumplimiento de diversos favores sexuales que le emitió el cura durante el tiempo de confesión de la chica.

No se conocen igualmente los motivos que llevarían a borrar literalmente del blasón la espada que la Inquisición levantaría contra la herejía. Sin embargo, la llegada del Siglo de las Luces y la caída del Antiguo Régimen en pro de la asunción de los derechos civiles y el progreso de la civilización occidental, haría pensar en la supresión de la simbología inquisitorial más lejana al perdón y a la fraternidad y cercana a la represión, bajo los deseos de abolición de tan arcaica institución en miras hacia una nación desvinculada de una maquinaria censuradora que impidiera el avance del país hacia un futuro sin fanatismos religiosos que lo bloquearan. Recoge, por tanto, este sencillo escudo, un doble capítulo en la historia española, donde la existencia de un tribunal religioso quedaría constatada, pero también los deseos de liberación de un pueblo, no de su base cultural cristiana, pero sí del brazo justiciero de un organismo intolerante que habría cubierto bajo su terrorífica sombra la sociedad española por más de tres siglos. El escudo de la Inquisición de Malpartida de Cáceres se presenta así como todo un doble símbolo tanto de uno de los capítulos más oscuros de nuestras crónicas, como a la par de la anhelada asunción de las libertades civiles requerida dentro de la historia de nuestro país y de nuestra región. Es, por tanto, todo un tesoro en el camino.

Abajo: la Iglesia Mayor de Nuestra Señora de la Granada, monumento insigne de Llerena, presenta entre sus características arquitectónicas más llamativas no sólo la espectacular torre-fachada de fábrica gótico-mudéjar y culminación renacentista que ostenta la función de campanario, sino también la doble arcada o corrida balconada que centra la casi totalidad del muro del evangelio del templo, ventanales que a modo de escaños servirían a los miembros de la sede del Tribunal de la Inquisición asentado en la localidad durante las celebraciones de los diversos autos de fe ejecutados en la contigua Plaza de España.


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