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martes, 31 de julio de 2018

Imagen del mes: Verracos vetones de Villar del Pedroso


 Rescatados del abandono y la postergación, caído un ejemplar bajo una encina mientras que su hermano figuraba incrustado como sillar dentro del casco local, dos verracos sorprenden al visitante formando parte del actual mobiliario público villarejo, puestos en valor como esculturas enriquecedoras del acervo municipal sin apartarse de la función patrimonial que ostentan, como herencia histórica, artística y cultural del pueblo vetón que los talló. 
Villar del Pedroso (Caceres). Siglos V-I a.C.; estilo prerromano vetón.


Arriba y abajo: enclavado en la villareja calle de las Eras Chicas (arriba), un primer verraco de los dos conservados en la localidad de Villar del Pedroso muestra una poco común actitud amenazante, al haber sido labradas en inclinación sus patas delanteras (abajo), menos erosionado su costado derecho por permanecer tumbada la escultura sobre él durante siglos bajo una encina de la dehesa de La Oliva hasta su descubrimiento y recuperación (abajo, siguiente).




Arriba y abajo: conocida la talla popularmente como el "Toro Mocho", tal nomenclatura hace referencia tanto a la pérdida del hocico del animal reflejado (arriba), como a la identificación de la obra, de 1,55 metros de largo y 1,52 metros de altura, conservada la basa original, con un ejemplar bovino masculino en base a diversos detalles anatómicos dados al mismo, dotado de pezuñas (abajo, y siguiente) y rabo colocado sobre el lomo, figurando el penacho final de la cola entre las orejas del bóvido.




Abajo: conocido ya por los vecinos del pueblo el "Toro Mocho", se ignoraba por el contrario la ubicación de un verraco hermano en la plaza Mayor del lugar, descubierto y rescatado por el equipo del erudito D. José Ramón Fernández Oxea, actualmente depositado en un pequeño parque de la localidad diseñado entre la calzada de la carretera provincial CC-20.2 y el tramo encauzado del arroyo Cagancha, fijado sobre una porción de piedra granítica de similar naturaleza a la de la talla, carente de su basa primitiva.



Abajo: destaca en esta segunda escultura vetona, de 1,18 metros de longitud y 0,63 metros de altura, la aparición sobre su costado derecho de una inscripción latina de presunto carácter funerario, donde las letras romanas, sólo legibles las de la segunda del pareado de filas que componen la epigrafía (EST . BA . VX . ET . F...A) comparten espacio con diversas cazoletas marcadas sobre la granítica pieza.




Arriba y abajo: perdida también en este ejemplar parte de la cabeza del animal (arriba, y arriba anterior), se descubren a pesar de la tosca talla características anatómicas que nos permiten confirmar el género masculino del animal reflejado, dotado de bolsa escrotal labrada bajo una pequeña concavidad que se adivina el ano del mismo (abajo).



martes, 18 de octubre de 2011

Verraco vetón de Segura de Toro


Arriba: mirando hacia el edificio del Ayuntamiento y presidiendo la plaza principal de Segura de Toro, su verraco se yergue orgulloso de su origen y su pasado en su pétrea mole que simula la potente figura de un toro.

Que Extremadura es una región rural, es indiscutible. Lejos de debatir sobre los pros y los contras de esta condición en la época actual, cierto es que nuestras tierras siguen siendo hoy en día, y como llevan haciendo desde antaño, el sustento más que de factorías o plantas transformadoras de materia, de innumerables especies animales y abundantes cabezas de ganado, así como fértiles terrenos donde practicar la agricultura de secano en las llanuras, o de regadío en las vegas de nuestros ríos.

El bosque mediterráneo y la climatología que le da vida son y han sido desde que el hombre hiciera de estas tierras su hogar los aliados para que nuestros antepasados y nuestras gentes encontraran dentro de los confines de nuestra región un lugar propicio para expandir sus siembras y ejercer el pastoreo de su ganadería, más idónea para esta última la presencia de la dehesa donde la supervivencia del bosque autóctono convive con la explotación moderada del mismo, permitiendo que incluso en aquellos enclaves donde la dureza de la tierra no permite germinar abundantemente el cultivo de secano, sí sea generosa la misma sin embargo en pastos y hierbas que, conjugados con la fruta de la encina, son alimentos inmejorables para los rebaños y las piaras.



Arriba: vista general del costado derecho de la escultura vetona donde podemos apreciar el buen estado de conservación de las patas traseras, careciendo sin embargo de las delanteras.

La riqueza vegetal y herbácea de nuestra región ya era apreciada siglos atrás. Son los primeros pueblos y culturas que aquí se asentaron los que supieron ver el potencial agrario de la zona y los que comenzaron a potenciar el uso agroganadero de la tierra, conectando la cultura agraria y pastoril de los mismos con las cualidades del terreno hasta lograr que ambas, cultura y tierra quedaran unidas y se enriquecieran mutuamente la una de la otra. Así pasó con los primeros pobladores, pero especialmente con uno de los pueblos conocidos como prerromanos y que antes de la llegada de la civilización romana a la que los itálicos llamaron Hispania, conformaban el mapa de las culturas de la Península Ibérica.

Estando los pueblos prerromanos de la mitad noroeste peninsular influidos por la cultura celta, surgida en la zona atlántica del Norte del continente europeo, debemos mirar entre estas poblaciones a aquélla que decidió fundirse con las tierras que hoy en día comprenden las provincias centropeninsulares de Ávila, Salamanca y Cáceres, así como Zamora y Toledo, llegando sus límites a la Comunidad de Madrid, Segovia, norte de Badajoz y tierras de la Raya portuguesa frontera con éstas. Es el conocido como pueblo vetón o vettón, vecino del pueblo lusitano, con el que tenía una gran afinidad, y contemporáneo a otras culturas protohistóricas del primer milenio anterior a Cristo hasta su desaparición paulatina y final con la llegada de Roma.



Arriba: de más de dos metros de longitud, el toro de este pueblo del Valle del Ambroz se encuentra entre los de mayor dimensión de todos los conservados en la Península Ibérica, equiparable a los famosos verracos abulenses de El Tiemblo conocidos como "Toros de Guisando".

Era el pueblo vetón más agrario que comerciante, más ganadero que agricultor, guerrero como todos aquéllos y fundador de múltiples castros enclavados en las cimas de las colinas o en las laderas de los montes donde vivir, refugiarse y vigilar las tierras que consideraban de su dominio y donde ejercitaban sus actividades económicas y agropecuarias. Unidos por necesidad y gusto con la naturaleza que les rodeaba, los vetones obtenían de ella toda su materia prima, adorando tanto sus frutos y fertilidad que convirtieron a las fuerzas de la naturaleza en iconos a los que adorar. Y así como la religión estaba unida a lo natural, también lo estaba su arte, donde casi la totalidad de las manifestaciones artísticas llegadas a nuestros días se engloban dentro de un movimiento conocido como "cultura de los verracos", por comprender éste la creación y talla partiendo de considerables moles pétreas de grandes animales de raza bovina, fundamentalmente toros, o bien cerdos y jabalíes de menor tamaño que los anteriores y de los que surgió el nombre común de estas esculturas.

Aún hoy en día los estudiosos no logran alcanzar un acuerdo en cuanto al significado o uso dado por los vetones al verraco, barajándose diversas ideas o funciones, unas de tipo más bien civil, como fuera el señalamiento o delimitación de territorios y poblados, o bien otras funciones de tipo religioso, como imagen ritual de un culto a la fertilidad, talismán apotropaico protector de poblaciones o rebaños, directamente figura zoomorfa deificada e idolatrada, o más bien exvotos u ofrendas a los dioses del panteón vetón. La aparición de inscripciones latinas en los lomos de algunos de ellos hace pensar en un uso funerario y lapidario posterior, reutilizados posiblemente por los romanos para señalamiento y embellecimiento de alguna tumba destacada, sin existir indicios que planteen que este mismo uso se lo dieran sus dueños y creadores anteriores.



Arriba: imagen detallada de la zona posterior de este toro tallado en granito y dotado en su diseño no sólo de pezuñas bien labradas, sino además de un generoso escroto que permita adivinar sin complicaciones el sexo del animal.

Aunque los verracos más conocidos y destacados se encuentran en las provincias de Ávila y Salamanca, como son los denominados "Toros de Guisando", o el toro del puente romano de la ciudad de Salamanca, existe en Extremadura un ejemplar de considerable tamaño que lo hace, por ello, no sólo comparable a los anteriormente mencionados, sino destacable entre las demás esculturas de este estilo conservadas en nuestra región, pues los demás ejemplares hallados en la provincia cacereña son de tamaña inferior y representan en la mayoría de los casos cabezas de ganado porcino o jabalíes, siempre que el estado de la imagen nos permita descubrirlo sin confusión. De material granítico, el verraco de Segura de Toro alcanza los dos metros de largo (220 x 124 x 73 cms.), conservando en buen estado las patas traseras, donde se aprecia el tallado de las pezuñas así como entre ellas la silueta del escroto del animal, adivinándose por ello y a simple vista el sexo masculino del mismo, respaldado por la aparición de la curva de su prepucio bajo el vientre.  Sin embargo el resto de la escultura, especialmente la cabeza, ha llegado a nuestros días bastante dañada, más que por acción de la erosión y el paso del tiempo, fundamentalmente por la propia acción humana ya que, actuando bajo las directrices de la incultura y haciendo casos a falsas leyendas, no faltó quien llegó a dinamitar la imagen pensando que la misma aguardaba un tesoro en su interior, sin caer en la cuenta de que no había más y mayor tesoro que el verraco en sí mismo.



Arriba: aspecto que presenta actualmente el costado izquierdo del verraco de Segura de Toro, seriamente dañado y posteriormente reconstruido tras sufrir un serio atentado dirigido por la codicia e incultura de algunos.


Datado en el siglo VI a. C. y símbolo del pueblo desde que se hallara en la finca "El Toro", apareciendo el mismo en el escudo local, el toro de piedra de Segura de Toro es muestra clara de la presencia vetona en las montañas sobre las que se asienta el municipio actual, enclavado en una de las laderas de las sierras que conforman el Valle del Ambroz, al sur del Sistema Central. Enclave ubicado en la zona media dentro de los territorios ocupados por el pueblo vetón, seguramente no lejos del municipio existía un castro fortificado al que pertenecía esta escultura bovina, según algunos estudiosos incluso en los propios terrenos donde se levanta la localidad cacereña y bajo las calles del mismo. Al mismo castro debieron pertenecer también la Estela del Guerrero, actualmente expuesta entre las salas 2 y 3 del Museo Provincial de Cáceres, y el segundo verraco de Segura de Toro, de medidas muy inferiores comparado con el anterior, y cuyas facciones y detalles nos hacen suponer que representa a un cerdo, expuesto también en el Museo de la capital provincial dentro de los jardines del mismo. Junto al primero y tras su descubrimiento formando parte del muro de un cercado, el segundo verraco de Segura de Toro se colocó junto a éste dentro de la localidad hasta que en 1.969, y como agradecimiento a la Diputación Provincial por la ayuda recibida de ésta al municipio para la colocación definitiva del toro en la plaza donde hoy se expone, fue donado.



Arriba: en los jardines del Museo Provincial de Cáceres, ubicado en el Palacio de las Veletas de la capital homónima, se expone desde 1.969 un segundo verraco hallado en Segura de Toro, considerada representación de una res porcina que nos ayuda a barajar la más que posible presencia de un castro vetón en la zona donde se ubica el actual pueblo.

Posiblemente igual que antaño lo hizo en algún lugar privilegiado del castro vetón, el verraco de Segura de Toro se sigue irguiendo orgulloso de su edad, de sus orígenes y de su pasado, consciente de su fortaleza y de su ligera belleza, así como de su importancia general y especialmente de la que le dan los actuales pobladores del lugar donde nació y que siguen haciendo de aquellas tierras un hogar, mirador desde el que aún hoy en día se pueden vigilar los ricos pastos donde poder pastorear el ganado, y donde siguen acampando las cabezas bovinas y los toros que siglos atrás inspiraron la creación de esta escultura ligada a este enclave de tal manera que no sólo preside la plaza principal del pueblo o acampa en su escudo, sino que da nombre al municipio, como lo hiciera el habitante más antiguo que allí sigue residiendo y que nos recuerda con su misma presencia los avatares de un ayer que no se quiere olvidar.

Cómo llegar:

El pueblo de Segura de Toro, de escasa población que no alcanza los 200 habitantes, se ubica dentro de la comarca de Valle del Ambroz, muy cerca de Hervás, así como de la antigua Vía de la Plata que atravesaba este paraje rumbo a las norteñas tierras de la meseta castellana, como hoy en día sigue haciendo la Autovía A-66, desde la que podremos acceder al municipio. Dos son las salidas que nos llevarán al mismo, bien dejando la autovía para tomar la carretera de Casas del Monte, pueblo que atravesaremos para llegar poco después a nuestro destino, o bien accediendo al mismo una vez alcanzado desde la A-66 el municipio de Aldeanueva del Camino, pueblo atravesado por la carretera nacional N-630 que en la parte sur del mismo mantiene un cruce desde el que viajar hacia Abadía, por Occidente, o dirigirnos a Segura de Toro, hacia el Este.

La ubicación de Segura de Toro en una zona escarpada de la montaña donde se ubica implica una general carencia de espacios destinados al aparcamiento de vehículos. Existe sin embargo una pequeña zona donde podremos estacionar el mismo junto a la garganta que corre junto al pueblo, cerca de la entrada al mismo desde la carretera que parte de Aldeanueva del Camino y mencionada anteriormente. Una vez en la localidad, no será difícil hallar la escultura vetona, bajando las calles del mismo hasta su plaza principal donde reside el edificio del Ayuntamiento y frente al que descansa su destacado verraco.


viernes, 7 de octubre de 2011

Tesoros del camino: cabeza vetona de la Fuente de la Breña, en Talaván


Arriba: desde su construcción en el siglo XVII, la localidad de Talaván disfruta de un continuo y abundante caudal de agua en la Fuente de la Breña, donde una cabeza vetona sujeta uno de los dos caños que surten de agua a la población tras recogerla de la Sierra de las Quebradas, junto a la que se asienta.

Aunque los primeros datos escritos sobre la población de Talaván aparecen en 1.167, cuando Fernando II de León, tras reconquistar estas tierras al sur del Tajo, entrega la Encomienda de Alconétar a la Orden del Temple, donde estaba incluida la aldea de "Talauan y su campo", no por ello este núcleo de población ni su comarca contaban con una corta historia a sus espaldas. Por el contrario, y como también ocurriera con muchas otras localidades repobladas o incluso fundadas a la llegada de los cristianos en época medieval, se asentaban sobre enclaves con un dilatado pasado y que no dejan de mostrar sino que las tierras de la actual Extremadura ya fueron, desde antaño, unos ricos territorios en deseo y disputa por muchos de los pueblos que han hecho de la Península Ibérica su hogar.

El mismo nombre de Talaván, al parecer, hunde sus raíces en un origen prerromano, al igual que prerromanos eran los diversos y casi desaparecidos castros que se fundaron en la zona, destacando el que coronaba la Sierra de las Quebradas, junto a la que se levanta la actual población, bajo el nombre de Castro de Quiebracántaros. Elevado lugar ubicado entre los ríos Tajo y Almonte desde el que otear el horizonte y rodeado de extensas llanuras donde poder pastorear, como así hicieran los pueblos de cultura celta, posiblemente vetones, que aquí se asentaron, y como siguieron haciendo todos los habitantes que en este punto de la región decidieron fijar su residencia, llegando así hasta hoy en día.



Arriba: detalle del caño izquierdo de los dos que surten de agua la Fuente de la Breña, donde podemos observar la cabeza de origen vetón recuperada como mascarón.

Si ya los pobladores vetones supieron ubicar el Castro de Quiebracántaros donde el agua era abundante y caudalosa prácticamente todo el año, los habitantes de centurias posteriores, concretamente aquellos antepasados nuestros del siglo XVII, supieron igualmente ver y aprovechar este regalo de la naturaleza encauzando las aguas que daban de beber al antiguo oppidum para hacerlas llegar a la población en la conocida como Fuente de la Breña, inaugurada en el año 1.612 como reza en una inscripción grabada en los mismos sillares de la fuente y que, como las aguas, fueron traídos desde el mencionado castro para ser utilizados, como ya lo hicieran en sus orígenes aunque con funciones distintas, por las gentes de este lugar.

Pero si hay algo que destacar en la talavaniega Fuente de la Breña como material reutilizado y rescatado entre el patrimonio arqueológico del lugar no son los sillares que conforman los muros del pilón, sino los mascarones que, obtenidos de antiguas cabezas escultóricas vetonas cortadas y reaprovechadas para su uso acuífero, sustentan los caños por los que sin cesar corren las aguas que dieron de beber a los antiguos habitantes de este municipio, y que aún hoy en día ayudan a refrescar al vecino o caminante que tras subir la cuesta de los Lavaderos, hasta allí alcanza.



Arriba: aspecto general que presenta la talavaniega Fuente de la Breña, donde el agua obtenida de la sierra corre por la boca de los mascarones vetones para caer en un primer pilón, y de allí es conducida hasta diversos lavaderos ubicados a sus pies.

Y rodeado de lavaderos encontramos esta fuente, y en ella los dos sencillos mascarones, uno casi irreconocible y en pésimo estado de conservación, y el otro, labrado en piedra, mirándonos con sus almendrados ojos, como también almendrados fueran los ojos de las arcaicas esculturas griegas, o más atrás en el tiempo, los de las estatuas orientales que encabezan la lista de las primeras esculturas de la Humanidad. Porque, como ellas, esta pequeña cabeza vetona es también una de las primeras esculturas que tenemos en la región, especial no sólo por su antigüedad, sino por ser uno de los pocos ejemplos escultóricos que nos ha legado el pueblo vetón en el que la figura a representar no es un animal, sino un ser humano. Por todo ello sin lugar a dudas quien se acerque al caño izquierdo de la Fuente de la Breña encontrará no sólo agua fresca para el camino, sino además y en lo arqueológico, todo un tesoro.

sábado, 15 de enero de 2011

Castro vetón de Villasviejas del Tamuja



Entre encinas y retamas, bajo el silencio de la dehesa sólo roto por el trascurrir tranquilo de las aguas del río Tamuja, y los ecos lejanos del ganado bovino de la comarca, el castro vetón de Villasviejas del Tamuja descansa, recordando mejores tiempos cuando los vetones, pueblo prerromano de cultura celta, lo fundaron sobre una serie de colinas de fácil defensa, llegando a acuñar moneda propia en su época de máximo esplendor, dándole vida a uno de los poblados más importantes de la Extremadura antigua.
Cercano al actual pueblo de Botija, en plena comarca de Montánchez, el castro de Villasviejas del Tamuja se ha identificado tradicionalmente con la ciudad vetona de Tamusia, levantándose durante la II Edad del Hierro, y habitándose desde el 400 a. C. hasta el siglo I a. C., dándose su abandono tras la conquista y posterior romanización de la zona. Sin embargo, la riqueza minera de la misma, que propició la fundación del castro como centro de explotación de los yacimientos de plomo argentífero de la comarca, siguió apreciándose en época romana, llevando a la cercana colonia de Norba Caesarina a seguir con su explotación hasta el siglo II d.C., lo cual ha llevado a creer que junto al castro pudo erigirse un posterior recinto romano, siendo por tanto el actual yacimiento arqueológico una dípolis u "oppida".


Arriba: Vista general del yacimiento de Villasviejas del Tamuja.
Abajo:  En las zonas excavadas del interior del castro, aún pueden encontrarse granitos usados en la vida cotidiana del pasado.



El castro de Villasviejas del Tamuja contó para su defensa con una muralla de la que apenas se conservan lienzos o retazos, si bien los bloques graníticos y pizarras usados en la construcción de la misma fueron reutilizados tardíamente en la construcción de linderos y presas cercanos, así como en los muros de separación de los campos de labor que ocuparon los terrenos del yacimiento. Pueden observarse aún hoy en día restos de muralla conservados en el lado occidental del castro, junto a la ribera del río Tamuja, siendo ésta zona la más escarpada y de defensa natural del mismo. Por otro lado, las recientes excavaciones han sacado a la luz viviendas del interior del poblado, así como dos necrópolis, con abundante e interesante material arqueológico.



Arriba: Restos de muralla del castro, cercanos a la ribera del río Tamuja.
Abajo: Muros internos del poblado, junto al adarve.



Los vetones, pueblo prerromano, habitaron el oeste de la Península Ibérica, asentándose entre los ríos Duero y Guadiana, en lo que actualmente serían tierras de las provincias de Zamora, Salamanca, Ávila, Cáceres, Toledo, y frontera portuguesa de las mismas. De estructura social jerarquizada, contaban con una importante base militar, estando su economía dedicada a la agricultura, artesanía y comercio, pero principalmente a la ganadería. Como muestra de ello, sus manifestaciones artísticas más importantes y conocidas son los llamados "verracos", esculturas zoomorfas que representan toros y cerdos, e incluso en algunos casos jabalíes. La función de éstos ha sido muy debatida, pudiendo tener un fin conmemorativo o religioso, o bien como señalización de zonas o fronteras de las poblaciones. En el caso de Villasviejas del Tamuja se conservan en buen estado dos verracos, uno de ellos ubicado en las escalinatas de acceso al I.E.S. El Brocense de Cáceres (imagen inferior), y otro en la Sala 3 del Museo Provincial de la misma ciudad, donde podremos también disfrutar de los ricos restos arqueológicos que se han rescatado del yacimiento, así como de sus necrópolis: urnas, recipientes para líquidos, cerámica diversa, puñales, etc.



Cómo llegar:

Partiendo de Cáceres, el trayecto más recomendable para llegar a la localidad de Botija es a través de la carretera EX-206, en dirección a Miajadas. Justo a la altura de Torremocha encontraremos el desvío que, a mano izquierda, conecta con Botija. Una vez en el pueblo, la carretera nos conducirá a un cruce de caminos, donde la continuación recta de la misma nos llevaría a Plasenzuela, el desvío a la derecha al centro de la población, y el de la izquierda, a la dehesa boyal. Será este último el tramo que escojamos, y tras pasar el paso canadiense, un camino acondicionado nos sumirá en la dehesa, rumbo al yacimiento. El vehículo tendremos que dejarlo en una zona habilitada al final del trayecto asfaltado. Allí, la ruta sigue hasta la zona arqueológica, delimitada por un vallado que podemos superar. Una vez dentro, y siguiendo el mismo camino, nos adentraremos en el castro, vislumbrando restos de materiales del mismo reutilizados en los muros de los campos de labranza que lo ocupan, y la zona de excavaciones sobre la ribera del río Tamuja, donde con el tiempo se recuperará lo que en otro tiempo fue orgullo del pueblo vetón, para orgullo actual de Extremadura.


Arriba y abajo: Diversos ejemplos de cerámica procedente del yacimiento de Villasviejas del Tamuja y sus necrópolis, expuestos en la sala 3 del Museo Provincial de Cáceres, sección de Arqueología.



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