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viernes, 26 de febrero de 2016

Acueducto romano de Valencia de Alcántara


Dicen que Viriato nació en los Montes Herminios, en lo que en la actualidad sería la Serra da Estrela, en tierra portuguesa fronteriza con las españolas provincias de Salamanca y Cáceres, y estribaciones más occidentales del ibérico Sistema Central. Dicen que casó con la hija de un acaudalado íbero llamado Astolpas, entrando a formar parte de la alta sociedad prerromana. Algunos aseguran que era un pastor. Otros, que un guerrero. Infinidad de conjeturas sobre uno de los personajes más destacados de la historia de la Península Ibérica, del que nadie duda que se levantó contra el creciente poder de Roma en las tierra del suroeste peninsular, acaudillando a su pueblo, el de los lusitanos, uniendo a las tribus en una lucha conjunta contra el invasor que, hastiado por las continuas derrotas y deseando finiquitar la Guerra lusitana y terminar de someter y conquistar lo que actualmente serían las tierras de Portugal y Extremadura, decidió comprar a tres embajadores que el dirigente había enviado para firmar un acuerdo de paz, para que éstos, a la vuelta con su jefe, le traicionaran y dieran muerte mientras dormía en su tienda. Corría el año 139 a.C.

La resistencia lusitana no finalizaría aquí y el sucesor de Viriato en el cargo, Táutalo o Tántalo, llevaría a cabo una última ofensiva hacia los romanos, dirigiendo sus tropas celtíberas hasta el Levante, atacando allí a los invasores que desde el Este venían en tropel, que habían ya conquistado la mitad oriental peninsular y establecido una cada vez más amplia red de colonias. Su ataque a Sagunto sería repelido. Desesperado ante la persecución del cónsul Quinto Servilio Cepión, Táutalo se rendiría ante él. La Guerra lusitana habría terminado, pero comenzaba aquí uno de los enigmas históricos más controvertidos y que ha dado más que hablar en torno a la romanización de Iberia: la fundación de la ciudad de Valentia.


Arriba y abajo: el aspecto que ofrece hoy en día el puente del acueducto de Valencia de Alcántara, con forma de sifón invertido, responde a la última reforma llevada a cabo sobre el mismo, durante el siglo XIX, cuando se le incorpora la planta superior encalada que actualmente lo corona, reconstruyéndose el edificio previamente remodelado en el siglo XVI por el Maestro mayor de aguas de Sevilla, D. Luis de Montalbán, perdiendo poco a poco su primitiva forma romana, que aún perdura a través de una serie de arcos, tres completos y dos parciales, ubicados en la zona más oriental del puente de la obra hidráulica.



Tres serían las preguntas planteadas y ante las cuales los estudiosos no logran alcanzar un acuerdo en cuanto a la correcta respuesta. ¿Quién fundaría la ciudad? ¿Para quién se crearía Valentia? Y, fundamentalmente: ¿dónde se levantó? El origen de la ciudad quedaría constatado en base a lo que sobre este acontecimiento relatarían tres autores de la antigüedad: Apiano de Alejandría, Diodoro de Sicilia, y especialmente Tito Livio. El primero de ellos nos diría que el cónsul Cepión, rendidos los lusitanos, les concedería tierra suficiente para que la necesidad no les impulsara al bandidaje. Diodoro de Sicilia indicaría, de igual manera, que a los lusitanos vencidos se les concedió tierras y una ciudad donde establecerse. El mayor número de datos provendrían de Tito Livio, o más exactamente de las Periochae, o resumen que de su obra se redactó en el siglo IV d.C. y que nos permite conocer el trabajo que este autor escribió sobre la historia de Roma en el siglo I a.C., tras haber desaparecido la mayor parte de los volúmenes que compondrían tal compendio histórico. Según la Periochae 54, Tito Livio indicó: Iunius Brutus Cos. in Hispania, is qui sub Viriatho militauerant, agros et oppidum dedit, quod uocatum est Valentia. La traducción más compartida indicaría que Junio Bruto, cónsul, sería quien daría en Hispania tierras y una ciudad fortificada a los que habían luchado en tiempos de Viriato, llamándose ésta Valentia.

¿Fundaría la ciudad Cepión, o Junio Bruto? Todo apunta a que, mientras que el cónsul Quinto Servilio Cepión sería quien prometiese tierras y la fundación de una nueva ciudad al finalizar la Guerra lusitana, esta urbe no se levantaría por él sino por su sucesor en el cargo, Décimo Junio Bruto Galaico, nombrado cónsul en Hispania en 138 a.C., un año después de la derrota mencionada. No está tan claro, por el contrario, si la urbe se crearía para acoger a los lusitanos vencidos o, por el contrario a las licenciadas tropas romanas que habían logrado la victoria. El texto de Tito Livio da lugar a la doble interpretación, al mencionar que la ciudad y las tierras serían para los que lucharon sub Viriatho, lo que podría traducirse por "en tiempos de Viriato", o más bien "bajo las órdenes de Viriato". Pero el gran enigma vendría a la hora de fijar un enclave geográfico donde marcar la fundación de Valentia. Mientras que para algunos Valentia sería el origen de la actual Valencia levantina, antaño conocida como Valencia del Cid, otros defienden la posibilidad de que ésta fuera el germen de la portuguesa Valença do Minho, al Norte del país luso. Una tercera opción recaería sobre la extremeña Valencia de Alcántara, rayana y al Oeste de la región.


Arriba y abajo: vista septentrional (arriba) y meridional (abajo) del primero de los tres arcos completos que de la obra romana subsisten en el acueducto valenciano, enclavado en la esquina más oriental de su puente, sustentado por pilares acoplados a las irregularidades del terreno, donde sigue luciendo dos mil años después de su creación el característico labrado en almohadillado de sus graníticas dovelas que permite su datación a comienzos de nuestra era.



Los que defienden la hipótesis levantina verían en la fundación de la ciudad la consolidación del acuerdo al que llegaría Roma con Táutalo, logrando no sólo la rendición de los lusitanos, que tendrían una ciudad para ellos, sino además alejarlos de sus tierras de origen prometiéndoles otras mucho más fértiles, en la vega del río Turia, como medida de prevención ante un nuevo levantamiento desde el suroeste peninsular. Los que se decantan por la candidatura de Valencia de Alcántara, opinan todo lo contrario. Defienden que el desplazamiento geográfico promovido por Roma de los lusitanos no sería regional, sino una mudanza que llevaría a éstos desde las montañas a una zona mucho más llana y menos abrupta donde poder ser controlados con mayor facilidad. No obstante, el enclave donde se levanta el municipio extremeño, en plena Campiña valenciana, resultaría todo un fértil valle regado por múltiples arroyos y rodeado de colinas, en las estribaciones occidentales de los Montes de Toledo, donde poder ejercer la agricultura y la ganadería, lejos de los escarpados montes donde habitualmente residían los lusitanos. Este punto quedaría inclusive cercano a legendarios enclaves ocupados por los lusitanos, como la conocida popularmente como Cueva de Viriato o Peña Jurada, una gran oquedad natural abierta en uno de los macizos rocosos que conforman la Sierra de San Pedro, enclavada dentro del actual término municipal valenciano y entre las poblaciones de Membrío y Santiago de Alcántara. Tal abrigo natural acogería, al parecer pero no con poco peso histórico, durante un cierto periodo de tiempo al líder lusitano durante la contienda ejecutada por él y su pueblo contra Roma. Se cree incluso que, muy posiblemente, fuera en las cercanías de la misma donde tuviera lugar la celebración de su fausto funeral e incineración del cadáver del amado caudillo. Pero lo que más peso daría a esta opción extremeña sería la existencia de un texto del geógrafo Estrabón que, basándose en los escritos del viajero Poseidonio, que visitaría Hispania a finales del siglo II a.C., poco después del fin de la Guerra lusitana, hablaría del traslado de tribus lusitanas a la orilla izquierda del Tajo.



Arriba: vista norte del segundo arco completo, o arco central, de los conservados en el acueducto de Valencia de Alcántara de su obra original, bajo el cual trascurre el camino que une el enclave con el casco urbano de la villa.

Abajo: detalle del intradós del arco central, construido con dovelas graníticas cuyo almohadillado no sólo se muestra en las caras externas de la obra, sino también en el interior del mismo.



Arriba y abajo: vista sur del segundo de los arcos vestigiales del romano acueducto valenciano.


Descartada la opción portuguesa por la mayoría de los autores, al considerar poco acertado establecer una colonia en unas tierras fronterizas con Galicia que, al terminar las Guerras lusitanas, prácticamente no habían sido pisadas por Roma, Valencia del Cid y Valencia de Alcántara serían las firmes candidatas a erigirse como herederas de la Valentia de Junio Bruto. En todo caso, sendas Valencias mantendrían una característica común: su existencia en época de dominación romana. Bajo el suelo del centro histórico de la Valencia levantina, son abundantes los restos romanos que nos hablan de una ciudad amurallada, regularmente estructurada y dotada de puerto fluvial y destacados edificios públicos, como un circo, con inmuebles de hasta dos plantas y lujosas mansiones de las que rescatar ricos mosaicos, esculturas e infinidad de restos arqueológicos. En Valencia de Alcántara los vestigios romanos son de inferior calidad y cantidad, pero en absoluto inexistentes. A falta de una estructura urbana conocida, que nos pudiera hablar de los límites de la ciudad o de su número de habitantes, los abundantes restos encontrados en la misma localidad cacereña y sus alrededores dan testimonio indubitable de su pasado romano.

Aunque algunos autores sostuvieron que sería en la zona de San Vicente de Alcántara donde se enclavaría la urbe, mientras que Valencia asomaría desde el mismo suelo donde se asentó un palacio rural, la relevancia de las estructuras romanas conservadas en el propio municipio cacereño mantiene en pie la postura contraria, señalando a San Vicente de Alcántara y sus alrededores como una zona aledaña a la ciudad romana donde se ubicarían una serie de villas de entre las que destacarían por sus hallazgos la enclavada en la finca Torre de Albarragena, datada entre los siglos III y IV d.C., y donde se descubrieron una serie de mosaicos de relevancia, antiguo pavimento de las dependencias de la casa. Como respuesta a la ausencia o desconocimiento de un trazado urbano romano, se cree que posiblemente y como ha sucedido en otras muchas poblaciones de origen romano que han ido creciendo sobre sí mismas, en la propia Valencia de Alcántara la mayor parte del legado datado en esta época ha desaparecido según se regeneraba la propia urbe. A pesar de ello, los vestigios romanos subsistentes en la actualidad, a los que se sumarían otros conocidos de antaño y desaparecidos poco tiempo atrás, permitirían pensar que fue en este mismo enclave donde una ciudad romana tuvo presencia. Hablaríamos de dos puentes, una fuente, restos de calzadas y, fundamentalmente, un acueducto.


Arriba y abajo: el tercer y último de los arcos completos de la serie conservada de la original arquería de la obra de ingeniería romana, se acerca hacia el occidental valle que salva la construcción, unido aún a un cuarto arco, cegado y parcialmente desmembrado.


Al noreste de la villa, salvando el curso del arroyo de la Vid o Rivera del Avid, el conocido como Puente de Piedra, Puente Romano o Puente de Abajo, a pesar de haber sido reformado entre los siglos XVI y XVII, conserva como parte de su estructura su original arco romano, reconocible por sus sillares almohadillados. Más lejano de la población, sobre el río Alburrel, un puente de dos arcos, llamado Pontarrón o Puente de los Garabíos, muestra igualmente y a pesar de posteriores reconstrucciones, los originales sillares romanos de su base. Encuadrada dentro del casco urbano, en la calle Luis Braille y al Suroeste del municipio, una fuente bautizada como de Monroy se cree originaria de comienzos de nuestra era, aunque la estructura actual al parecer pudiera deberse a una reforma efectuada sobre la misma ya en el siglo XVIII. También reformado durante la Edad Moderna quedaría el acueducto, a pesar de lo cual siguen adivinándose un buen número de los originales arcos romanos que los sustentarían. Puentes, fuente y acueducto serían datados en su origen y por igual en el siglo I d.C., señalándose por tal motivo tal centuria como la época de expansión urbana del  romano municipio.

El acueducto romano de Valencia de Alcántara conduciría hasta la ciudad las aguas de una fuente llamada del Oro, ubicada junto a la pedanía valenciana de San Pedro, al Suroeste de la principal localidad. De esta fuente se conservaría hoy en día el pozo cilíndrico, de 8 metros de profundidad y diez de diámetro, donde una serie de galerías arqueadas, hoy cegadas, permitirían recolectar el agua en su interior, partiendo ésta por otro canal hacia su destino. El descubrimiento en los derredores del manantío de aras votivas romanas que elogian las calidades salutíferas de las aguas, darían fe del uso en época antigua de las mismas. Desde la Fuente del Oro hasta la ciudad romana, la completa obra hidráulica acarrearía las aguas a lo largo de unos 8 kilómetros, que sería la longitud real del acueducto completo. A través de un caño, conservado en algunos tramos descubiertos entre el paisaje, el acueducto tendría que hacer frente antes de llegar a la urbe a las directrices del terreno, debiendo salvar el valle por el que discurre el arroyo o regato Peje. Sería aquí donde una larga arcada daría forma a la visión más común y propia que de un acueducto se tiene. Con 175 metros de longitud, la arquería o puente del acueducto contaría al parecer con diecisiete arcos, sobre los cuales y según algunos autores, otros veinte de menor intradós compondrían una planta superior, coronada finalmente con el canal que abastecería a la ciudad.


Arriba y abajo: los vestigios de un cuarto y un quinto arcos, que prolongarían hacia el Oeste la serie conservada de la original arquería romana, se aprecian aún embutidos dentro del aspecto actual que ofrece el acueducto valenciano, cegados y semidestruidos tras la última intervención a la que fue sometida la obra, cuando al dotarla de una galería superior en forma de sifón invertido tuvieron que ser desmontadas varias de sus dovelas, observándose todavía en las piezas restantes el almohadillado decorativo que permite adivinar en el inmueble la presencia de restos datados en el siglo I de nuestra era.


El aspecto actual del monumento, sin embargo, sería el resultado de diversas reformas efectuadas sobre el mismo a lo largo de las centurias, destacando entre ellas la iniciada en el siglo XVI, concretamente firmada en 1.575, tal y como quedaría registrado por contrato de obras conservado en el Archivo de Protocolos de Sevilla, localizado recientemente por los investigadores extremeños Bartolomé Miranda Díaz y Dionisio Martín Nieto. Tal reconstrucción sería llevada a cabo por el que entonces fuese arquitecto o maestro mayor de aguas y fuentes de la ciudad hispalense, D. Luis de Montalbán, al que el concejo sevillano encargaría a finales de tal siglo la construcción de diversas fuentes a enclavar en varias de las plazas de la localidad del Betis, tales como la Plaza de la Feria, la del Caño Quebrado o la del Barrio del Duque, o el arreglo de otras ya existentes como la fuente de la Alameda, la de Santa Lucía o la del Arzobispo. Más tarde, en el siglo XIX, se le añadiría al acueducto valenciano un piso superior que le daría a la obra forma de sifón invertido, tal y como ha llegado a nuestros días.

De la original obra romana que daría ser a la arquería o puente del acueducto, restan en la actualidad tres arcos íntegros, un cuarto semicompleto y cegado, y vestigios de un quinto, en serie todos ellos y ubicados en la esquina oriental del sifón que cruza el valle y sigue salvando las aguas del arroyo Peje. Mientras que los tres arcos completos quedarían en el rincón más alejado del cauce fluvial, transcurriendo bajo el arco central un camino público que conduce desde Valencia de Alcántara hasta diversas fincas y campos ubicados al Sur de la villa, los arcos cuarto y arranque del quinto se mantienen en la parte occidental de este conjunto, afectados por la última reforma llevada a cabo sobre el monumento, que al otorgar a la obra forma de sifón invertido tuvo que comerse parte de la constitución de éstos. Se adivina así que el diseño en sifón, aunque ya conocido por los romanos, muy posiblemente no fuera el que en la obra original se ofreciese, sino una arquería o puente plano donde la arcada mantuviera una línea recta sobre el paisaje, coronada por una segunda planta que en suave pendiente permitiese la bajada de las aguas por el conducto supremo, en un aspecto final seguramente muy similar al que hoy en día presentan otros acueductos romanos peninsulares datados en la misma fecha, como son el de les Ferreres, en Tarragona, o el de Almuñécar (Granada), lejano sin embargo de otros más cercanos geográficamente como pudieran ser los emeritenses de los Milagros, o de San Lázaro.


Arriba: los supuestos diecisiete arcos con que contó la planta inferior de la original obra hidráulica romana, se sustentarían sobre pilares constituidos por sillares graníticos y mampostería, compuesto cada uno por una serie de cuerpos cuya planta iría creciendo según se alejase de la línea de impostas, aumentando el número de los mismos como medida de acoplamiento al terreno que debían salvar.

Abajo: vista del pilar que sirve de sustentación a los arcos tercero y cuarto, cuyos sillares graníticos, aún almohadillados, permitirían fechar esta porción de la obra como parte fundamental del primitivo inmueble romano.


Abajo: a la serie iniciada con el pilar que, en la esquina más oriental del acueducto, sirve de sustentación del primero de los arcos, se sumarían no sólo las restantes bases que sostienen aún los arcos restantes, sino además vestigios de tres pilares más, recortados durante la última reforma llevada a cabo en el inmueble, que permitirían imaginar, en su prolongación, la imagen que inicialmente ofrecería la obra, equiparable en su conjunto y diseño posiblemente a otros acueductos levantados en Hispania y conservados hoy en día, tales como el de les Ferreres, en Tarragona, o del de Almuñécar (Granada).



Los arcos restantes de la original obra romana son fácilmente reconocibles por el característico labrado de los sillares graníticos que los componen: dovelas moldeadas en dirección radial y decoradas con almohadillado cilíndrico. Estas piezas, de no excesivo tamaño, permiten imaginar un monumento primitivo realizado con sillería granítica y mampostería de relleno de similar naturaleza pétrea. Los pilares sobre los que se sustenta la arquería conservada, en absoluta consonancia con los arcos mantenidos en pie, y entre cuyos sillares constitutivos se aprecian nuevos almohadillados, posiblemente sean como éstos vestigios del edificio original. Estas bases subsistentes se presentan compuestas por dos cuerpos, de menor longitud el primero y mayor planta el inferior. Los tres arcos preservados, así como el cuarto y quinto hermanos, mantienen por igual sus bases, a las que habría que sumar dos bases más, que continuarían la serie y que se aprecian en la prolongación occidental del edificio, sustraído su cuerpo supremo para acondicionamiento del sifón, pero mostrando un nuevo cuerpo bajo el segundo, que iría acoplando las columnas, desde la base de unión entre el tercer y cuarto arco, al continuo hundimiento del terreno hacia el valle, adivinándose que los restantes y desaparecidos pilares ofrecerían cada uno, en la obra original, una secuencia de cuerpos que se sostendrían en su verticalidad, ayudando a mantener la línea recta de la arquería frente al dibujo irregular del cauce del arroyo para cuya salvación había sido diseñada y levantada la obra. Un ejemplo de ingeniería romana que no envidiaría a otras obras hidráulicas contemporáneas a ella y cuyos vestigios, dos mil años después, no sólo enriquecen el patrimonio valenciano, sino el de toda la región extremeña, que cuenta con una herencia cultural romana abundante, valiosa y, en gran medida, desconocida.


Arriba: en la calle de Luis Braille, absorbida por el crecimiento urbanístico de Valencia de Alcántara, la conocida como Fuente de Monroy se mantiene en pie ofreciendo la imagen resultante de la remodelación a que fue sometido el monumento en el siglo XVIII, sin que por el contrario se dude por la mayoría de los autores de su primitivo origen romano, datado en el siglo I d.C., confirmando su presencia no sólo la romanización de estas tierras sino inclusive, y teniendo en cuenta la antigua existencia de otra fuente contemporánea a ésta, la realidad de un asentamiento de amplio número de población que necesitase nutrirse no sólo de las aguas de estos manantíos, sino también de las de la Fuente del Oro, trasladado del acuífero líquido desde ésta última hasta la urbe a través del acueducto de ocho kilómetros de longitud.

Abajo: desde el cruce que parte hacia Santiago de Alcántara (carretera CC-37), dejando atrás la vía que desde la carretera nacional N-521 lleva a la localidad de Cedillo (EX-374), puede observarse no muy lejos de Membrío la que fuera bautizada como Peña Jurada, popularmente Cueva de Viriato, una gran oquedad que asoma hacia el Sur desde uno de los macizos que conforman la Sierra de San Pedro, desde donde poder observar y vigilar el horizonte tal y como presumiblemente haría el caudillo lusitano durante la contienda que contra Roma ejecutó dirigiendo a su pueblo, hasta que traicionado en el año 139 a.C. fuera asesinado, incinerado su cuerpo en un fastuoso funeral que, según se cree, pudo haber tenido lugar en las inmediaciones de este mismo abrigo natural, confirmándose así la relación que estas tierras tuvieran con el personaje histórico y sus tropas, a las que Roma daría tierras y una ciudad que, en reconocimiento a su valentía sería bautizada como Valentia, posible germen de la actual Valencia de Alcántara.


- Cómo llegar:

Valencia de Alcántara, al Oeste de la provincia cacereña y cercana a la frontera portuguesa, se mantiene unida con la capital provincial a través de la carretera nacional N-521. Siguiendo el trazado de esta vía a través de la localidad, y siguiendo el curso hacia el país vecino, nos desviaremos desde ella hacia nuestra derecha, justo al terminar el casco urbano y dirigiéndonos hacia la pedanía de San Pedro, unida con la villa por la carretera CC-107. Pocos metros desde el desvío, y a la altura de la calle San Antonio, a nuestra izquierda veremos un camino que discurre hacia el suroeste. Esta vereda, apta para el tránsito rodado, conduce directamente hasta la arquería conservada del original acueducto romano valenciano, pasando bajo uno de sus arcos.


sábado, 6 de febrero de 2016

Imagen del mes: Puente de Piedra, en Valencia de Alcántara


Salvando las aguas del arroyo Rivera del Avid, el Puente de Piedra, también conocido como Puente Romano o Puente de Abajo, sigue permitiendo hoy en día, como supuestamente lo lleva haciendo desde dos mil años atrás, acceder a lo que antaño fuera la presumible Valentia romana.
Valencia de Alcántara (Cáceres). Siglo I d.C. (modificado y/o rehabilitado entre los siglos XVI y XVII, concluidas sus obras de remodelación en 1.622); estilo romano inicial, con posterior influencia barroca.

viernes, 7 de agosto de 2015

Tesoros del camino: escudo de la Inquisición, en Malpartida de Cáceres


El 15 de julio de 1.834, fecha de la que nos separan ya 181 años, se abolía definitivamente el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en España. Varios años antes, durante la Guerra de la Independencia, tal institución había sido abolida en 1.808 para la España ocupada por las tropas napoleónicas, y en 1.813 por las Cortes de Cádiz para el territorio no ocupado o liberado del dominio francés. Era la respuesta internacional y nacional ante un tribunal cuya labor, aplaudida en sus inicios por una mayoría de población exaltada y supersticiosa que veía a bien la persecución de falsos conversos y herejes en pro de la persecución del demonio y a favor de una supuesta unidad religiosa nacional, se cuestionaba cada vez más por un mundo donde la ilustración y la venida del progreso chocaba con una censura arcaizante, demagógica y despótica. 

La conocida como Inquisición española había estado en funcionamiento más de 350 años, desde que el 1 de noviembre de 1.478 fuera promulgada por bula del Papa Sixto IV su creación para el reino de Castilla, y en 1.483 para los territorios de la Corona de Aragón. Nombrándose al Inquisidor General no por la Santa Sede sino por el propio monarca, y con autoridad en todo el territorio y sobre todos los súbditos cristianos supeditados al rey hispano, el Tribunal del Santo Oficio se convertía en la única institución con pleno dominio sobre todo el terreno y todas las personas, poder tras el que, disfrazado de persecución religiosa, se escondían en muchas ocasiones intereses políticos que buscaban la destrucción de enemigos o la confiscación de bienes y fortunas que enriquecieran a Iglesia y Monarquía. Se perseguiría a judeoconversos y moriscos, protestantes y luteranos, supuestas brujas y detractores de la moral como lo eran los bígamos, así como a practicantes de aberraciones sexuales como la homosexualidad o el bestialismo. Pero también se juzgaba a los denominados herejes: grupo heterogéneo donde todo el que, ya fuese por simple opinión verbal, hubiera cuestionado cualquier aspecto de la doctrina católica, hubiera criticado cualquier labor del Santo Oficio, o hubiera hablado en contra de la Iglesia, sería interrogado, juzgado y, muy posiblemente, condenado. Como resultado, y aunque las cifras concretas bailan notablemente según unos estudios y otros, durante el periodo de actividad del tribunal serían varios cientos de miles las personas procesadas,  más de treinta mil de ellas, según las más altas estimaciones, ejecutadas. Pero la labor de la Inquisición fue a más. El miedo volaba sobre la población. Las denuncias anónimas provenientes más por una venganza que por una falta podrían terminar en arresto, condena, ejecución o castigo, humillación pública del reo y deshonra para toda una familia y herederos repudiados por el resto de población. La intolerancia hacia culturas que habían forjado las bases de la cultura española derivaban en odio social. La persecución de cualquier idea contraria a la regla más indiscutible y férrea convertía al pueblo en una amalgama de incultos y crédulos donde cualquiera que quisiera forjarse en el estudio y abrazar el librepensamiento podría ser condenado. El mayor logro de la Inquisición sería fomentar la aversión y la represión, hundir a España bajo el fanatismo religioso en un conservadurismo que forzó su atraso económico y cultural. En definitiva, anquilosar el país.


Arriba: tras el cabecero de la Parroquia de la Asunción, en pleno centro urbano de la que antaño fuera aldea cacereña, la Casona de la Inquisición de Malpartida de Cáceres se presenta como vivienda de tres plantas con características arquitectónicas propias de las casas solariegas de la Extremadura rural de la Edad Moderna, destacando en su fachada elementos propios de las construcciones comarcales, como lo son la gran chimenea o las poyatas que enmarcan uno de los ventanales, así como fundamentalmente el escudo inquisitorial que centra el frontal del inmueble y da nombre al edificio.


Para llevar a cabo su labor, el Santo Oficio comenzó asentándose en las poblaciones donde se requería su temporal presencia, existentes estas sedes durante ciertos periodos o para juzgar ciertas causas puntuales, entre las que se podría destacar el caso de la Inquisición Jerónima de Guadalupe, forjada en 1.486 de manera especial y bajo permiso especial de Isabel I para perseguir una supuesta comunidad de judeocriptos cuyos miembros brotaban de entre las filas de monjes residentes en el monasterio. Con el paso de los años, diversos tribunales fijos se crearían y repartirían a lo largo del territorio nacional. Sin contar con los tribunales fijados en la Nueva España, o en territorios que dejarían de pertenecer más tarde a la Corona española, serían trece las sedes inquisitoriales fijas en la España peninsular, a las que habría que añadir la mallorquina y la canaria. Según algunos autores uno de los primeros tribunales en crearse, en 1.485, concebido sin embargo por otros en 1.501 ó 1.508, sería el de Llerena, cuya demarcación llegaría a alcanzar en la segunda mitad del siglo XVI los 42.260 kilómetros cuadrados, incluyéndose bajo su supervisión las diócesis de Plasencia, Coria, Badajoz y Ciudad Rodrigo, en lo que sería la práctica totalidad de la actual región extremeña y aledaños a la misma, conocida entonces como Provincia de León de la Orden de Santiago. Sin conocerse con acierto los motivos que llevaron a la ubicación de tal tribunal en esta localidad, existiendo otras de mayor peso en la zona, se cree que pudo influir en ello el apoyo de un llerense de peso en la Corte de los Reyes Católicos, como lo era su consejero Luis de Zapata. Otros miran hacia el gran número de conversos que residirían en el sur extremeño, destacables en localidades como la propia Llerena o la no muy lejana Jerez de los Caballeros. Sí se sabe, por el contrario, que tal sede, a pesar de ser trasladada durante varias décadas a Plasencia, regresaría a la Campiña Sur hacia 1.570, estableciéndose en el Palacio de los Zapata, para juzgar los actos de la creciente secta de los alumbrados, perseguidos con afán por fray Alonso de la Fuente. Tras finalizar un proceso que aún hoy en día sigue envuelto en misterio y controversia, y una vez consumada la condena de los mismos, el Tribunal se mantendría en la localidad hasta la definitiva abolición de esta religiosa corte en tiempos de minoría de edad de Isabel II.

Aunque los denunciados por faltas graves solían ser trasladados a la misma Llerena, donde eran retenidos en las cárceles de que disponía el Santo Oficio, el tribunal religioso contaba a lo largo de su demarcación con una amplia red de casas y edificios donde podían llevarse a cabo sus investigaciones y actuaciones más inmediatas, ejecutadas por los denominados como "familiares del Santo Oficio". Eran éstos personajes relacionados con el tribunal los que, a modo de funcionarios inquisitoriales, recogían denuncias, interrogaban, investigaban o redactaban los informes que más tarde serían remitidos a Llerena. Sus propias viviendas serían en muchas ocasiones los inmuebles donde despacharían tales asuntos, siéndoles permitido colocar por tal motivo y de tal manera sobre sus portadas y en sus fachadas el escudo emblemático inquisitorial, demostrando así con la colocación de tal blasón que su dueño formaba parte de la jerarquía y esquema piramidal que conformaba la institución del Santo Oficio. Igualmente tal divisa podría fijarse en edificios nobiliarios o monumentos religiosos, bien de manera individualizada, emparejado con el de Órdenes militares o apellidos ilustres, o formando parte las armas inquisitivas de un blasón mayor que recogiera otros títulos con que querer identificar el inmueble. Respondía este hecho al apoyo brindado por el noble a la labor del religioso tribunal, o por la vinculación del templo o edificio monacal con la Santa Inquisición, que lo tomaría como base donde establecerse en caso de tener que acudir alguno de sus miembros a dicha localidad si la diligencia de algún proceso así lo requiriese.


Arriba: en una única pieza granítica, y enmarcado entre sencillos motivos vegetales, el blasón del Santo Oficio de Malpartida de Cáceres mostraría inicialmente la tríada de elementos simbólicos que componen el emblema genérico del religioso tribunal, centrado por la cruz de maderos junto al cual, en el lado izquierdo, la rama de olivo ofrecería reconciliación con los arrepentidos, habiendo sido borrado, curiosamente, la espada justiciera que castigaría a los herejes, desaparición que posiblemente habría que achacar a algún posterior casero del inmueble que querría de tal modo eliminar del presente el triunfo del fanatismo religioso que imperó en el país y la región durante cientos de años atrás.


Conocida es, a este respecto, la denominada como Casa de la Inquisición o Casa del Santo Oficio de Jaraicejo, cuyos titulares, al parecer, ejercían labores de investigación y despachaban el papeleo requerido por tal tribunal cuando desde Llerena así se lo reclamaban. Curioso es el escudo inquisitorial que, por otro lado, luce sobre uno de los encalados muros que conforman el laberíntico barrio gótico-judío de Valencia de Alcántara, donde las armas del tribunal religioso son coronadas con yelmo a modo de apellido, descubriéndose así las intenciones de un casero que, lejos de promocionar su nombre, quiso anunciar su vinculación con la jerarquía inquisitorial, formando parte de tan extensa familia. Vinculación que vendría a adivinarse al observar, como lo ha hecho Rubén Núñez (autor del blog Cáceres al detalle), el escudo que culmina la portada de la Iglesia de Santo Domingo de Cáceres, donde, sobre el emblema dominico y el rosario que le rodea, una rama de olivo y una espada propias del Santo Oficio cerrarían la marmórea obra. El convento adjunto se convertiría, al parecer, en la sede que los miembros de la religiosa corte tomarían como lugar de hospedaje en sus viajes a la otrora villa cacereña, desde donde partirían, a través de arcos y pasajes, hasta la Plaza Mayor, supuesto escenario escogido para la celebración de los posibles autos de fe llevados a cabo en la localidad.

Pocos datos se tienen sin embargo de la llamada Casona de la Inquisición de Malpartida de Cáceres. Este edificio, levantado al parecer en el siglo XVIII y ubicado tras el cabecero eclesiástico de la céntrica Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, en la Glorieta del Carmen, presenta en su fachada las características propias de una vivienda señorial de la Extremadura rural, de tres plantas, portada y vanos adintelados bajo fábrica granítica, a la que se añaden particularidades propias de la comarca, tales como la gran chimenea que cierra el inmueble en su flanco derecho, o las poyatas o ménsulas que culminan el alfeizar exterior de uno de los ventanales del piso primero. Es a la izquierda de esta ventana, centrando el frontal de la finca, donde figura un blasón con las armas del Santo Oficio. En una única pieza de granito, y bordeado con motivos vegetales entre los que destaca una flor en la zona inferior del blasón, un marco cuadrangular con cerramiento en arco en la línea suprema guarda la simbología tomada como suya propia por el religioso tribunal. Una cruz conformada por maderos, en la zona centro, se acompañaría de una rama de olivo a la izquierda de la composición, alegoría de la reconciliación hacia la doctrina católica dada por la corte a muchos de sus sentenciados arrepentidos. Carece significativamente sin embargo del tercer elemento que constituiría la tríada inquisitorial, basado en una espada símbolo de la justicia recaída sobre los herejes.


Arriba: en las cercanías de la majestuosa Parroquia de la Asunción, en plena calle Talavera, se conserva la denominada Casa de la Inquisición o Casa del Santo Oficio de Jaraicejo, sencillo edificio donde destaca en su exterior una humilde ventana en esquina que albergaría, al parecer, a una de las familias vinculadas con el religioso tribunal, encargados de llevar a cabo las directrices remitidas desde la sede de Llerena.

Abajo: entre las múltiples casas y edificios vinculados con el Tribunal de la Inquisición asentados a lo largo de toda la región, identificados por el escudo inquisitorial y su tríada simbólica, llama la atención el conservado en una de las viviendas del casco antiguo o barrio gótico-judío de Valencia de Alcántara donde, sobre el blasón, figura un yelmo propio de las divisas nobiliarias, mostrándose así el titular del inmueble como parte de la extensa familia inquisitorial y miembro de una institución que, durante la Edad Moderna española, fue sinónimo no sólo de persecución, sino también de amplio poder.


Desconocemos en principio si este edificio fue propiedad de algún alto cargo inquisitorial que quisiera marcar con el blasón del Santo Oficio esta pertenencia suya, o si más bien la posesión recaería en algún "familiar de la Inquisición" que, desde ella, vigilase y controlase bajo órdenes venidas desde Llerena el mismo pueblo, entonces aldea supeditada a la cercana Cáceres, o aquellos cercanos pertenecientes a lo que hoy sería la comarca de Tajo-Salor donde, en muchos de sus municipios, se incoaron expedientes inquisitoriales por diversas causas y motivos a muchos de sus ciudadanos, destacando por número las diligencias abierta en Brozas, Alcántara o Garrovillas de Alconétar. El investigador Fermín Mayorga se hará eco de estos procesos englobados en lo que sería la Raya cacereña, entre los que, vinculados con la localidad malpartideña, destacaría el abierto en el siglo XVIII, en abril de 1.726, contra el párroco de la localidad, D. Miguel Manzano, bajo el cargo de solicitante por denuncia de una joven soltera del pueblo, que delataría ante el Santo Oficio la solicitud o petición de cumplimiento de diversos favores sexuales que le emitió el cura durante el tiempo de confesión de la chica.

No se conocen igualmente los motivos que llevarían a borrar literalmente del blasón la espada que la Inquisición levantaría contra la herejía. Sin embargo, la llegada del Siglo de las Luces y la caída del Antiguo Régimen en pro de la asunción de los derechos civiles y el progreso de la civilización occidental, haría pensar en la supresión de la simbología inquisitorial más lejana al perdón y a la fraternidad y cercana a la represión, bajo los deseos de abolición de tan arcaica institución en miras hacia una nación desvinculada de una maquinaria censuradora que impidiera el avance del país hacia un futuro sin fanatismos religiosos que lo bloquearan. Recoge, por tanto, este sencillo escudo, un doble capítulo en la historia española, donde la existencia de un tribunal religioso quedaría constatada, pero también los deseos de liberación de un pueblo, no de su base cultural cristiana, pero sí del brazo justiciero de un organismo intolerante que habría cubierto bajo su terrorífica sombra la sociedad española por más de tres siglos. El escudo de la Inquisición de Malpartida de Cáceres se presenta así como todo un doble símbolo tanto de uno de los capítulos más oscuros de nuestras crónicas, como a la par de la anhelada asunción de las libertades civiles requerida dentro de la historia de nuestro país y de nuestra región. Es, por tanto, todo un tesoro en el camino.

Abajo: la Iglesia Mayor de Nuestra Señora de la Granada, monumento insigne de Llerena, presenta entre sus características arquitectónicas más llamativas no sólo la espectacular torre-fachada de fábrica gótico-mudéjar y culminación renacentista que ostenta la función de campanario, sino también la doble arcada o corrida balconada que centra la casi totalidad del muro del evangelio del templo, ventanales que a modo de escaños servirían a los miembros de la sede del Tribunal de la Inquisición asentado en la localidad durante las celebraciones de los diversos autos de fe ejecutados en la contigua Plaza de España.


sábado, 16 de mayo de 2015

Joyas de las artes plásticas de Extremadura: La Virgen y los Santos Juanes, de Luis de Morales, en Valencia de Alcántara


Cuentan en Valencia de Alcántara que cuando Felipe II pasó por la localidad, posiblemente durante uno de los viajes ejercidos por el monarca en pro de la obtención del trono portugués, en 1.580, rezó ante esta obra. Seguramente fue también durante otra de sus visitas a nuestra región, por símil motivo y en idénticas fechas, alojándose en la ciudad de Badajoz, cuando, basándonos en lo que podríamos considerar más leyenda que crónica, quiso conocer en persona a un vetusto y cansado pintor  que, sin apenas salir de la plaza fuerte fronteriza desde que allí instalase su taller en 1.539, había logrado alta fama en la región y en toda la nación, gracias no sólo a su virtuosa técnica pictórica, sino fundamentalmente al tratamiento de los temas religiosos que protagonizaban la casi totalidad de sus obras, dotando a los personajes de una espiritualidad que le permitió ser popularmente conocido con el sobrenombre de El Divino. Sin embargo, los datos más fidedignos nos hablan de una muy anterior relación entre pintor y rey, bastante tiempo atrás, cuando al parecer acude el artista al Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, tal y como hicieran muchos de sus colegas contemporáneos de profesión, para ofrecer unas obras que no fueron del gusto de la máxima figura del Imperio Español, sin impedirle esto, como también le ocurriese a un rechazado pintor cretense que de igual manera se presentó en la Corte para fijar después su residencia en la cercana Toledo, lograr que un sinfín de obras salieran de su taller aclamado por los más diversos mecenas de la época, erigiéndose, tras mencionado artista griego, en el pintor más reseñable de la pintura española de la segunda mitad del siglo XVI.


Arriba: mandado presuntamente ejecutar por el Comandador de Piedrabuena, Fray Antonio Bravo de Xerez, el retablo de la Virgen y los Santos Juanes de Valencia de Alcántara se elaboró en la etapa dorada de producción artística del pacense Luis de Morales, que supo conjugar en su obra de mayores dimensiones las virtudes de su técnica pictórica bajo una deliberada composición temática en pro de la proclamación de Jesús como Cordero de Dios.

Las imprecisiones y los desconocimientos datísticos en cuanto a la figura, formación y obra de Luis de Morales no quedan, sin embargo, sólo aquí. Nació, al parecer, en la ciudad de Badajoz durante el primer cuarto del siglo XVI, barajándose como fecha de tal acontecimiento diversos años de entre 1.509 y 1.520. Sí se sabe que, en 1.539 y coincidiendo o en relación con su casamiento con Leonor Becerra, abre taller en tal localidad, de donde apenas ya saldrá y donde, también al parecer, fallecerá un posible 9 de mayo de 1.586. Leonor Becerra, o según otros Leonor de Chaves, era hermana del regidor y caballero principal de Badajoz, D. Hernando Becerra de Moscoso. Tal relación familiar, así como el éxito de las obras que salían de su estudio, le permitió al artista disfrutar de una holgada posición económica y un reconocimiento social que, si bien el segundo no cesó a lo largo del resto de su vida, sí desmejoró el primero tras la llegada de la vejez y el deterioro de sus habilidades pictóricas, solicitando, y siendo al parecer concedida, una pensión ante el monarca en la supuesta audiencia que ambos personajes históricos mantuvieron durante la estancia del rey en Badajoz, en 1.580, antes de que éste partiese hacia Elvas, el 5 de diciembre de tal año, para ser coronado rey del vecino país, un 16 de abril de 1.581, alcanzadas sus pretensiones monarcales tras el triunfo español en la Batalla de Alcántara, y su reconocimiento como monarca portugués por las Cortes de Tomar.


Arriba: centra el retablo valenciano una madonna que sigue los cánones italianizantes y las representaciones más características de El Divino, vestida con túnica roja y manto azul, como humana y divina, theotokos o trono de un Niño Dios cuya movilidad se enfrenta a la quietud de María, serena en su espiritualidad.

La formación del pintor comenzó, también al parecer, en la otra ciudad que se disputa con Badajoz ser la sede de su natalicio. Sevilla, vinculada por cercanía e historia con el sur de Extremadura, capitanía de las relaciones hispanoamericanas y urbe en auge en aquel tiempo, disfrutaba de un apogeo económico que le permitía poder proclamar las virtudes de su afamada escuela pictórica, a la que al parecer acudió Morales siendo aún joven, y donde recibió las enseñanzas de un reconocido Pedro de Campaña, pintor flamenco en activo en la capital hispalense desde 1.537. Si bien de Pedro de Campaña pudo tomar el gusto por el detallado paisajismo, que reflejó en muchas de sus obras, su característico esfumado leonardesco y su tendencia al alargamiento de las figuras, que lo acercan o incluso le permiten englobarse dentro del movimiento manierista, pudieron nacer de un posterior viaje a Italia, donde tales técnicas estaban en auge. Otros estudiosos, por el contrario, se inclinan mucho más a considerar como cierta la teoría que apunta hacia la Escuela Valenciana, y más concretamente hacia los italianizantes Fernando Yáñez de la Almeida y Hernando de los Llanos, como segunda fuente de formación del artista pacense. Sin descartar la influencia de la Escuela Toledana, un tercer ciclo formativo pudiera haberlo recibido desde Portugal, más concretamente en la Escuela de Évora, aunque su relación con tal ciudad lusa sólo esté plenamente confirmada una vez que, ya abierto su propio taller, recibiera importantes encargos que le llevaran a desplazarse hasta tal ciudad, en 1.565.


Arriba: a la derecha de María e izquierda del espectador, San Juan Bautista se presenta ante el espectador como única figura que mira al feligrés, llamando su atención y desviando su interés hacia el Místico Cordero que le acompaña, símbolo de Cristo que, como Redentor, será sacrificado cual Cordero de Dios en pro de la salvación de la humanidad.

Abajo: representado en su juventud, como el apóstol más joven que era, portador de un libro, tintero y caja de plumas, el cuarto de los evangelistas ofrece al Niño Jesús pluma y tabla sobre la que poder escribir para, de su puño y letra, presentarse como Cordero de Dios, al igual que en su apocalíptica visión lo vería cual profeta una vez desterrado en la egea isla de Patmos.



Acompañado por sus hijos Cristóbal y Jerónimo, este vecino de Badajoz, encerrado en una ciudad fronteriza, rodeado de un mundo popular y rural, terminó conjugando su formación pictórica con un aprendizaje autodidacta que marcaron y sellaron las obras nunca firmadas que salían de su taller. A la técnica italianizante del esfumado, al detallismo flamenco, al virtuosismo en el tratamiento de ropajes y creación de veladuras, Morales sumó bajo una cuidada ejecución un gusto por la sencillez temática no carente de una reconocida elaboración compositiva. Los personajes nacidos de su pincel mostrarían una naturalidad y una humildad que agradarían al pueblo para cuya contemplación habían sido creados. La alta espiritualidad contenida pero conmovedora, encajaría no sólo con la religiosidad triunfante de la Contrarreforma, sino también con la devoción popular compartida por el pintor. Tal divinidad sacra y tal genialidad artística lograrían esbozar su propio estilo y las pautas laborísticas de un taller que no cesó de recibir encargos desde su apertura a las puertas de la década de los cuarenta. Aunque con clientela local en su mayoría, no dejó de ser aplaudido por ilustres personajes como el obispo pacense San Juan de Ribera, ni de realizar múltiples tablas devocionales para clientela nobiliaria castellana y andaluza. La mayoría de sus obras sin embargo irían destinadas a parroquias, iglesias y conventos ubicados a lo largo y ancho de toda la región. Alcanzaría así su etapa dorada en la década de los sesenta, coincidiendo con la creación de sus tablas más universales, como por ejemplo las que retratan a la Virgen de la leche (cuya mejor versión, de 1.568, se custodia en el madrileño Museo del Prado), o los retablos más conocidos y valorados, tales como el de la Iglesia parroquial de la Asunción, en Arroyo de la Luz (por entonces Arroyo del Puerco), el de la Iglesia de San Martín, en Plasencia, el de la capilla de Ginés Martínez en la Parroquia de Santa Catalina Mártir, en Higuera la Real, o el de la Virgen y los Santos Juanes, conservado en la Iglesia de Nuestra Señora de Rocamador de Valencia de Alcántara, entre otros.


Arriba: un inmaculado y albino cordero de pequeñas dimensiones que campa en la parte inferior de la obra, anunciado por el Bautista, mira al Hijo de Dios en pro de identificarse con él, como presente de Dios a los hombres con el que poder llevar a cabo el más grandioso de los sacrificios celebrados por la cristiandad.

El retablo de la Virgen y los Santos Juanes de Valencia de Alcántara  fue ejecutado, al parecer, por encargo de Fray Antonio Bravo de Xerez, Comendador de Piedrabuena y personaje destacado dentro de la Orden de Alcántara. La relación del Comendador con la obra de Luis de Morales no queda resumida en la tabla valenciana ya que, pudiera deberse a la posible y tal admiración por el artista pacense por lo que, formando parte del retablo instalado en la capilla que recogería sus restos mortales, en el lateral de la epístola de la iglesia del Sacro y Real Convento alcantarino, colgarían varias tablas salidas del taller de Morales, hermanas de otras tantas ubicadas en otros tantos retablos antaño alojados en la misma iglesia y convento, de las cuales, y tras las vicisitudes históricas vividas por el monumento, pocas han llegado a nuestros días. Fallecido Bravo de Xerez en 1.562, se supone el encargo del retablo valenciano acaecido entre finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta. La obra, realizada bajo la técnica de pintura al óleo, sobre no una sino ocho tablas ensambladas que forman un todo, no pasó a la iglesia principal de Valencia de Alcántara hasta 1.868, tras haber sido expuesta, admirada y destinada a objeto de culto en varias capillas y conventos de la localidad cacereña. Inclusive dentro del templo dedicado a la Virgen de Rocamador, la obra ocupó diversos espacios, entre ellos la sacristía, hasta ubicarse, tal y como lo hace hoy en día, en el lado del evangelio, cercano al  estimado por los vecinos Cristo del Garabato, atribuido al afamado Berruguete.


Arriba: Jesús, en su más tierna niñez, escribe sin temor en la tabla ofrecida por el evangelista, en caracteres hebreos y de derecha a izquierda, palabras que se adivinan tales como Yahvé o Cordero, identificándose así con el cordero ofrecido por Dios para el sacrificio que ha de ejecutarse en pro de la salvación de la humandiad, y de la que Cristo es plenamente consciente aún en plena infancia.

A diferencia de los retablos mayores, abiertos tras el altar como grandes libros repletos de pasajes y personajes bíblicos y religiosos, más ilustrativos y devocionales que decorativos, ofrecidos al feligrés que se postra ante Dios, el retablo valenciano cuenta con un único cuadro de grandes dimensiones, considerada la tabla de mayores medidas de entre la elaboradas por el Divino, de 205 cms. de altitud, y 166 cms. en su anchura. El título de la obra haría referencia más que a una nomenclatura, a una sencilla descripción de lo visto, que no carecería sin embargo de una lectura más elaborada y una temática más compleja. Centraría la obra una madonna o Virgen María con el Niño Jesús en su regazo, cual theotokos o madre y trono de Dios. A ambos lados de la misma aparecen los dos Santos Juanes de los que nos hablan los Evangelios: San Juan Bautista y San Juan Evangelista. El primero, primo segundo de Jesús y cronológicamente previo al santo escritor, se nos ofrece a la derecha de María e izquierda del espectador. El apóstol más joven, por el contrario, cerraría la lectura del cuadro, a la derecha de la tabla.

La figura de la Virgen, en quietud frente al movimiento y escorzo del sacro Infante, encaja con otras representaciones que del mismo personaje y bajo la misma advocación maternal realizó el autor tanto antes como después de ejecutar la tabla valenciana. Recuerda su presentación a la de la Virgen del pajarito, su obra fechada más antigua, elaborada en 1.546 para el antiguo Hospital de la Concepción de Badajoz, y expuesta en la actualidad en la Iglesia de San Agustín de Madrid. Sus tonalidades nos acercan a una previa Virgen con el Niño y San Juanito, elaborada en 1.550 y conservada en la Catedral Nueva de Salamanca, donde la Madre de Dios viste, siguiendo las antiguas tendencias pictóricas, túnica roja, por su condición humana, envuelta en un manto azul cuyo color, destinado a las divinidades, podría portar como concesión por haberse cubierto de divinidad gracias al fruto de su vientre. Similar vestimenta portarían después la jóvenes vírgenes de Natividades y Epifanías, como las del retablo de Arroyo de la Luz, o las de tablas dedicadas a madonnas lactantes, o Vírgenes de rueca y huso. También como en la obra salmantina, son las rocas que combinan con el paisaje y escenario su trono, lugar donde aparecen también situados los otros dos santos personajes, en un primer plano que, sin embargo, cede relevancia al puesto central que ocupa Santa María.


Arriba: culmina la obra de Luis de Morales una blanca paloma que, portadora del Espíritu Santo, desciende desde lo alto de los cielos sobre las sagradas figuras, tal y como vería Juan el Bautista suceder tras identificar a Jesús con el Cordero de Dios, Redentor que habría de ser bautizado con agua para después poder bautizar a los hombres inspirado por el Sacro Espíritu.

La figura de San Juan Bautista porta las vestimentas atribuidas al profeta que predicaría desde un desierto donde, anteponiendo la espiritualidad a la vida terrrenal, cambiaría sus ricos ropajes por una humilde y sencilla piel de camello, a la que la tendencia artística quiso sumar un manto rojo, en señal de su humanidad. Sostiene con su mano izquierda una larga vara terminada en cruz, con la que habría de abrir el camino al Redentor. De pie y sostenido en tal bastón, es la única figura de la composición que mira al espectador, señalando con un alargado y manierista dedo índice de su mano derecha a un cordero que, a sus pies, comparte con él espacio herbal en la parte inferior de la obra. Se establece así una llamada de atención del feligrés que, avisado por el Bautista, observará al Cordero Místico que, a su vez, mira directamente al Niño Dios. Fue San Juan Bautista quien, al ver a Jesús venir hacia él para ser bautizado, le presentó como el Cordero de Dios (Juan 1, 25) que quitará el pecado del mundo, sacrificado en la cruz para salvar a la humanidad de sus faltas, de la misma forma que los israelitas sacrificaban un cordero en honor de aquél que mataría Moisés por orden del Señor, en pro de la liberación de Israel. El inmaculado Agnus Dei de Morales porta, como el Bautista y siguiendo nuevamente las directrices doctrinales y pictóricas tradicionales, alargada pica terminada en cruz. Sin degollar aún, sería San Juan Evangelista el que, a través de su Apocalipsis, volviese a mencionar al Cordero de Dios como protagonista de una de las visiones que el joven apostol tendría supuestamente al final de su vida, desterrado por dar fe de Cristo en la rocosa y egea isla de Patmos, posiblemente identificada con las salientes peñas que, tras el discípulo, nacen del arenoso terreno en que éste se asienta.


Arriba y abajo: sendos detalles de los pies de los Santos Juanes donde puede apreciarse, entre otros rincones de la obra, la maestría del artista extremeño frente a la representación de los ropajes, la tendencia flamenca hacia el perfeccionamiento en los detalles, o la sutil manera de elaborar el afamado esfumado leonardesco, que El Divino llevó a sus más altas cuotas representativas.



El San Juan Evangelista de Morales muestra, como sus compañeros pictóricos, elementos artísticos destinados a su reconocimiento por el espectador. De aspecto juvenil, como correspondería al menor de los apóstoles, más joven que un Maestro crucificado a la edad de treinta y tres años, el escritor es representado además con un libro bajo su brazo izquierdo, mientras que en la mano derecha sostiene tintero y caja de plumas. Tales útiles de escritura, por otro lado, son portados por el Niño Jesús y su santa Madre. El sagrado crío escribe en una tabla ofrecida por el evangelista. En letras hebreas puede adivinarse lo que parecen ser las palabras Yahvé y cordero, en clara alusión al Cordero de Dios, anunciado por el Bautista, identificado con Jesús, y proclamado por los seguidores que, tras conocerle, dieron testimonio de Cristo, entre los que San Juan Evangelista capitanearía a la hora de identificarlo con un cordero místico y divino que, una vez sacrificado, liberaría a la humanidad, y que como tal se aparecería como llave de  salvación al final de los tiempos (Apocalipsis 5, 6).

Culmina la obra, en la zona superior, la venida del Espíritu Santo en forma de divina y alba paloma. Aparece en la tabla tal y como, según dijese el propio Bautista, se le figuró ver como señal de los cielos para identificar a aquél a quien debía bautizar con agua (Juan 1, 32), para convertirlo en quien bautizase bajo la señal del Espíritu Santo como Redentor. Sería esa presentación de Jesús como Cordero de Dios, como presente que el Señor dona a la Humanidad para ser sacrificado en pro de la salvación, la idea que centra y da ser a la tabla de Morales. Tal idea religiosa, cuyo refuerzo persiguió la Iglesia Católica una vez en pie su Contrarreforma, es la que dibuja la composición en cruz de la obra, donde cada personaje ocupa un premeditado lugar que, además de rellenar el espacio artístico, presenta a cada figura según su relevancia, cronología y destino, en un todo que el espectador sabrá leer y comprender siguiendo las invisibles líneas marcadas por el pintor, que supo así hacer de un único cuadro, todo un libro con el que exponer los ideales católicos más arraigados y defendidos en un siglo y un país donde lo religioso centraba la vida diaria. Sencillez y religiosidad que enmarcan la tabla valenciana bajo una técnica exquisita, un acabado elaborado, y una belleza formal para los que Luis de Morales era todo un maestro, y que hacían de cada una de sus tablas una insigne obra de arte. La Virgen y los Santos Juanes no podría faltar entre ellas. Indiscutiblemente, toda una joya de las artes plásticas de Extremadura.

- Cómo llegar:


Arriba: portada neoclásica de la valenciana Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de Rocamador, declarada en 1.982 Monumento de interés Histórico-Artístico, actual Bien de Interés Cultural de Extremadura, en cuyo interior se albergan obras de destacable valor artístico, tales como el Cristo de las Batallas, popularmente conocido como del Garabato, atribuido a Berruguete, o, desde 1.868, el retablo de la Virgen y los Santos Juanes, de Luis de Morales.

Valencia de Alcántara, frontera natural con Portugal desde la provincia de Cáceres, se ubica en la zona occidental de la región, conectada con la capital provincial cacereña a través de la carretera nacional N-521. El centro histórico del municipio quedaría englobado al Norte y derecha de tal vía de comunicación, una vez alcanzado el pueblo y atravesando el mismo en dirección al país luso. Desde el céntrico Paseo de San Francisco, en su cerramiento septentrional, accedemos a la calle Rocamador, que nos acercará al templo que da nombre a la vía. La Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de Rocamador conserva y expone en su interior, apostado sobre el muro del evangelio, el retablo de la Virgen y los Santos Juanes, de El Divino Morales. Para acceder al interior del recinto sacro conviene confirmar horarios de visita en la Oficina de Turismo, cuyo teléfono de contacto es el 927 582 184.

viernes, 14 de noviembre de 2014

V Encuentro de Blogueros de Extremadura: "De la Campiña valenciana al cielo: la Ermita de Valbón"


Ya queda menos para la celebración del V Encuentro de Blogueros de Extremadura. En apenas una semana, el trujillano Convento de la Coria acogerá esta quinta edición, dedicada tanto al patrimonio natural como al cultural extremeños, así como a la simbiosis que en nuestra región es habitual encontrar entre ambos. Además de acudir al mismo, Extremadura: caminos de cultura ha tenido la gran oportunidad de colaborar en la edición de un libro, financiado por la Dirección General de Turismo de Extremadura, repleto de artículos y fotografías elaborados por los blogueros extremeños, cuya presentación tendrá lugar en el mismo encuentro y a través del cual se quiere resaltar esa bella comunión existente entre naturaleza, arte e historia que tanto el paisano como el visitante puede disfrutar en este rincón de España. "De la Campiña valenciana al cielo: la Ermita de Valbón" es el nombre del primero de los dos artículos enviados desde este blog, a través del cual se quiere hacer un repaso por la Campiña de Valencia de Alcántara, centrándonos especialmente en el monumento que la corona y del que ya hemos hablado con anterioridad desde este espacio en la red. El segundo artículo llevará como título "Castillos de Castellanos, Azagala y Mayorga: tres coronas en ruina de la Sierra de San Pedro", pero de él os hablaré más adelante. Hoy, os dejo con Valencia de Alcántara y con Valbón, con sus berrocales y sus bosques de encinas y castaños, con sus numerosas riveras y sus vetustos dólmenes. Espero que lo disfrutéis. Os lo dedico.



DE LA CAMPIÑA VALENCIANA AL CIELO: LA ERMITA DE VALBON

Cuentan las antiguas crónicas romanas que, muerto Viriato, quiso Roma reconocer la valentía de sus hombres permitiéndoles residir conjuntamente en una ciudad que tomaría por tal y como nombre Valentia. Según algunos estudiosos, esta colonia de valientes sería el germen de la Valencia levantina. Otros autores, sin embargo, se inclinan a pensar que Valentia es el origen de la extremeña Valencia de Alcántara, enclavada en las mismas tierras que vieron nacer a aquellos aguerridos soldados lusitanos. Una tierra que, desde entonces y tras el paso de Roma por la comarca, se convirtió igualmente en residencia de musulmanes, cristianos y sefardíes, lugar de fusión de culturas medievales como más tarde lo sería, como punto fronterizo con la vecina Portugal, de combinación entre dos naciones hermanas forjada en un enclave donde la misma naturaleza parece querer participar de esa simbiosis de la que siempre ha disfrutado el lugar, presentándose la Campiña valenciana como hogar del bosque mediterráneo influenciado por las corrientes climáticas atlánticas, dando origen a una comarca única donde triunfa la comunión entre la dehesa de encinas y alcornoques, con el bosque caducifolio de rebollos y castaños, amigos de vetustos helechos, aromatizado con jarales, tomillo y cantueso, y embellecido con tojos, escobas y retamas, así como clavellinas lusitanas adaptadas a los abundantes roquedos que afloran por los contornos. Berrocales inmensos, nido de buitres leonados y negros, que salpican generosamente el paisaje y nutren las colinas batolíticas que caracterizan a la Campiña, estampa de flora y roca en que los canchales, generosamente también, se ofrecen a sus habitantes como materia prima con la que poder levantar murallas y palacios, iglesias y conventos, así como portadas en un barrio gótico-judio, o humildes casas rurales y pastoriles chozos en sus nueve caseríos. Hogares de granito de habitantes múltiples que al unísono quisieron proclamar como patrona de los contornos a aquella imagen cuyo templo presidía la comarca que los unía. Un templo que nacía como aquella tierra del granito, y que hirguiéndose unido al mismo se elevaba sobre un colina queriendo alcanzar el cielo que los cubría, alzándose como lugar de unión entre lo terrenal y lo divino.


Cuenta una antigua leyenda que un grupo de peregrinos, provenientes de la abadía francesa de Santa María, en la localidad de Valbonne, decidió fundar en el lugar un hogar para la Madre de Dios que les recordase a aquél del que regresaban. Otra explicación, mucho más histórica, apuntaría hacia las relaciones valencianas con la corona, consolidadas incluso con boda regia, para señalar un requerimiento de Felipe II como base para la creación del religioso monumento. Un templo donde se conjugarían arte e historia con naturaleza, y que al bautizarlo recordase al paisano y al viajero las bondades nativas de un lugar hermanado con el aledaño vecino luso. Valbón, o un castellano “valle bueno”, sería el nombre que tomaría la ermita encargada al artista mayor de aquel episcopado y en aquella época. Juan Bravo levantaría el santo recinto en sillar granítico regular, sobre planta rectangular y nave única de tres tramos. De piedra berroqueña serían también el púlpito, los contrafuertes y los caños, la cornisa y la espadaña, así como los pilares que sostendrían el cuadrangular atrio que, frente a una portada de medio punto, daría la bienvenida al que allí quisiera orar, refugiado bajo una bóveda de crucero de ladrillo nervada en granito, y envuelto en la frondosa vegetación que, pintada al fresco, decoraría las paredes del santuario. Valbón se bautizaría también a la Virgen allí custodiada, venerada como antigua patrona de la localidad, más tarde de toda la comarca, mirando hacia un horizonte desde el que poder contemplar la provincia y la región, incluso la vecina Portugal, atisbándose municipios como San Vicente de Alcántara, Alburquerque o Marvao, pero también Valencia de Alcántara y su herencia natural y patrimonial: arboledas y caseríos, berrocales y llanuras cultivadas, múltiples riveras y un pantano, entre los que, de vez en cuando, surte un pequeño capricho de cantería que no moldeó esta vez la naturaleza, sino los antiguos habitantes que hicieron de esta tierra su hogar, miles de años previos a la fundación de la ciudad. El Mellizo, el Cajirón, Data, Zafra o La Morera, son los nombres con que actualmente se conocen a algunos de los más de cuarenta monumentos megalíticos que, en conjunto, portan la declaración de Bien de Interés Cultural. Arquitecturas para las que también se usó el oriundo granito, y que también se elevaron para acercar a los familiares amados, una vez fallecidos, al cielo, a ese cielo iluminado por el día con un sol de vida, y por la noche con un manto de estrellas, que los neolíticos quisieron alcanzar desde su hogar en la Campiña valenciana, en los albores de la historia de la comarca y, por ende, de la historia de nuestra Extremadura.


miércoles, 19 de febrero de 2014

Colaboraciones de Extremadura, caminos de cultura: la Ermita de Valbón, de Valencia de Alcántara, en el Rincón de la Memoria de Canal Extremadura Radio


Arriba: enclavada sobre un amplio berrocal, coronando un paisaje subatlántico de retamas y quejigos, la silueta granítica de la Ermita de Valbón se yergue sobre la Campiña de Valencia de Alcántara, en lo que podríamos definir como toda una comunión entre arte y naturaleza.


El pasado día 11 de febrero Extremadura: caminos de cultura tenía nuevamente el honor de colaborar con el espacio El Rincón de la Memoria, de Canal Extremadura Radio (programa dirigido por la periodista y seguidora de este blog Charo López), en la promoción y divulgación de otro monumento más de nuestra región, ubicado esta vez en plena Campiña de Valencia de Alcántara y conocido como Ermita de Valbón. Al igual que la Ermita de Santiago (Alburquerque), de la que también se habló a finales de enero en este rincón radiofónico, la Ermita de Valbón se encuentra en ruinas y peligro de desaparición, por lo que fue incluida en 2.013, en colaboración con este blog, dentro de la Lista Roja del Patrimonio elaborada por Hispania Nostra, como ya se mencionó en agosto del pasado año en una entrada de Extremadura: caminos de cultura, donde podréis encontrar más información sobre estos monumentos.

A continuación os dejo con el enlace al Rincón de la Memoria dedicado a este templo erigido durante la segunda mitad del siglo XVI, obra del ilustre Juan Bravo que antaño acogió a la que fue proclamada antigua Patrona de Valencia de Alcántara. Datos sobre su origen, sobre su constitución, sobre su ubicación y otros detalles de interés de un edificio que merece la pena visitar, a los que uno, al final de esta entrada, las indicaciones para poder llegar al mismo, intentando promocionar así un edificio injustamente caído en el olvido que, como indica la propia Charo López, "es el plan perfecto para el próximo domingo".

 http://www.canalextremadura.es/node/88535





Arriba: vista del exterior del lado del evangelio y sacristía de la Ermita del Valbón, así como traseras del cabecero del templo, tomada desde el antiguo pozo, hoy cegado, que surtía de agua al guardés del edificio, cuya vivienda, de dos plantas, se erigía junto al lado de la epístola del monumento, hoy igualmente en ruinas (imagen inferior).



Arriba: antaño cubierta por un atrio sustentado por tres arcos de medio punto de ladrillo, del que sólo uno ha llegado a nuestros días, la puerta de acceso principal del templo valenciano se abría a los pies del mismo, igualmente bajo un arco de medio punto renacentista conjugado con los arcos apuntados que pueblan el interior de la ermita (imagen inferior), restos de un gótico perpetuado durante el siglo XVI en la región extremeña y que, por tal, recibió por algunos autores el nombre de gótico rural o gótico extremeño.




Arriba: detalle del lado interno del muro de la epístola de la Ermita de Valbón, en su tramo medio, donde, junto a la puerta secundaria de acceso al edificio, se conservan los restos de una de las dos hornacinas de arco rebajado con que, a modo de retablos laterales, contaba el templo, apreciándose en ésta, antiguamente dedicada a la Virgen del Rosario, vestigios de los frescos que la decoraban, pudiéndose aún adivinar la silueta de diversos personajes religiosos mientras que, en la hornacina contraria, estas pinturas se han perdido prácticamente por completo.

Abajo: sorprendentemente la bóveda de crucería que cubre el tramo medio de los tres con que contaba la Ermita de Valbón sigue sosteniéndose en pie, asombrando al visitante no sólo por su aguante, sino también por su característica ejecución, al conjugarse en ella la sillería regular granítica de sus nervios con el ladrillo que cubre el resto de parámetros.




Arriba: junto a las directrices arquitectónicas góticas que predominan en Valbón, otros detalles plenamente renacentistas decoraban el recinto sagrado, tales como las pinturas al fresco que aún cubren restos de muros y pechinas a base de siluetas vegetales de tonos amarillentos, rojizos y azulados, o el púlpito del templo, cuya base (imagen inferior), se sustentaba por una pieza de granito labrado con hojas de acanto, volutas y flores.




- Cómo llegar:


La Ermita de Valbón, a 3,5 kilómetros aproximadamente de distancia de Valencia de Alcántara, puede observarse fácilmente desde la misma localidad, especialmente según accedemos a ella desde Cáceres, a través de la carretera nacional N-521, alcanzándola con la vista al sur del municipio y margen izquierdo de la vía. En ese mismo punto de entrada al pueblo extremeño hallaremos una de las dos opciones que aconsejamos tomar para alcanzar nuestro destino, comenzando la primera de ellas a través de la calle conocida como de Valuengo, fácilmente reconocible por la existencia en ella de un antiguo abrevadero. De esta calleja parte un camino vecinal de acceso a las huertas y fincas particulares que nutren la zona, cuya meta se encuentra en el cercano embalse de Alpotrel, ubicado a los pies de la propia colina de Valbón, sobre suyo berrocal se alza la ermita. Poco antes de alcanzar el embalse, y tras haber rodeado la ermita por su lado occidental, un desvío nos acerca a la misma señalizada por un marcador de madera. A este mismo desvío podremos acceder tomando la segunda opción recomendada tras haber superado la localidad en dirección a Portugal, dirigiéndonos entonces hacia la pedanía de Las Lanchuelas por la carretera CCV-112 y, tras sobrepasar ésta, haber tomado el sendero al embalse mencionado descubriendo allí el final del camino nacido en la calleja ya nombrada.



Una vez tomado el desvío marcado, y frente a una casa de campo, una abertura señalizada en el cercado de nuestra izquierda nos permite la subida a la colina de Valbón. El sendero a seguir, indicado por simbología senderística pintada en los berruecos cada ciertos tramos (bandas blanca y amarilla), sortea retamas y rocas hasta alcanzar los más de 600 metros sobre el nivel del mar, cota sobre las que se asienta la Ermita de Valbón, coronando la Campiña valenciana en toda una comunión entre arte y naturaleza que nos permitirá, además de disfrutar de la ruta y del monumento, ser premiados con estupendas vistas sobre la comarca, el municipio y su término municipal, así como sobre la vecina provincia de Badajoz y sus localidades de San Vicente de Alcántara y Alburquerque, o la extranjera Portugal y su fácilmente reconocible silueta de Marvao.



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