martes, 30 de junio de 2015

Imagen del mes: recinto amurallado de la Villeta de Azuquen, junto al río Almonte


La silueta de la antigua ciudad bereber de Villeta de Azuquén (también conocida como Azuquén de la Villeta), levantada sobre un posible castro prerromano anterior, recorta con su recinto amurallado la colina y espigón fluvial sobre el que se asienta, cual acrópolis dominante sobre la dehesa extremeña, desde la cual desafiar las embestidas del paso del tiempo.
Confluencia de los ríos Almonte y Tozo; Trujillo (Cáceres). Siglo X; estilo hispano-musulmán. 

 (Mi enorme gratitud a Rubén Núñez, autor del blog Cáceres al detalle, por haberme permitido descubrir y conocer in situ este desconocido y apartado monumento, en una jornada y visita inolvidable; os recomiendo leer sus incomparables entradas dedicadas a esta ciudad: http://caceresaldetalle.blogspot.com.es/search/label/Azuqu%C3%A9n%20de%20la%20Villeta )

miércoles, 24 de junio de 2015

Atalayas de las Moitas y de Juana Castaña en Olivenza


Arriba: erigida sobre uno de los montes que cierran la Sierra de Alor, la atalaya de las Moitas sigue vigilando inerte los horizontes que bordean Olivenza en su flanco oriental, puesto vigía que antaño, durante la Guerra de Restauración portuguesa, formaba parte de una serie de hasta doce torres desde las cuales avisar a la plaza fuerte de la llegada de unos enemigos que, tras las vicisitudes de la historia, se han convertido en compatriotas de los oliventinos.


El 6 de junio de 1.801, doscientos catorce años atrás, Olivenza quedaba incorporada al reino de España. Con el Tratado de Paz de Badajoz se daba fin a la efímera Guerra de las Naranjas, una contienda político-militar entre una España empujada por la Francia napoleónica, y su vecina proinglesa lusa. Poco más de dos semanas habían servido para que las tropas españolas, dirigidas por el propio primer ministro Manuel Godoy desde Badajoz, sometieran prácticamente todos los territorios portugueses de la Raya cercana a la ciudad pacense. Tras firmarse la alianza entre sendas naciones, España regresaba tras su frontera, alterada sin embargo a la altura de las tierras de Olivenza. Marcaría el río Guadiana la nueva separación entre países, quedando de tal modo y desde entonces, no exento por ello de perenne polémica, la plaza fuerte oliventina dentro del territorio extremeño. Junto a ella se anexionaba igualmente la que entonces era pedanía de Juromenha, llamada Aldeia da Ribeira o Vila Real, hoy la pedanía Villarreal de Olivenza. También comenzaban a ser españolas lo que eran varias aldeas oliventinas, tales como Táliga, San Jorge de Alor, San Benito de la Contienda o Santo Domingo de Guzmán. Multitud de quintas, fincas, huertas y un sinfín de propiedades colindantes a la población militar lusa, comenzaban a escribir sus crónicas en castellano. Entre ellas, cual vigías de la historia, varias atalayas que un día otearon los horizontes vigilando al enemigo español, quedaban, rendidas por el paso del tiempo y el devenir de los hechos de los hombres, bajo el dominio de aquellos contra los que un día se alzaron.

Siglo y medio antes de la breve lucha hispano-lusa, otro conflicto, mucho más destacado y alargado en el tiempo, volvió a enfrentar a vecinos semihermanos, regidos bajo un mismo rey por aquel entonces. Tras la coronación de Felipe II como rey de Portugal en 1.581, bajo el título de Filipe I, el reino luso quedaba unido políticamente al español. Sin embargo, dos reinados y sesenta años después, en 1.640, los portugueses nombran al Duque de Braganza como su legítimo rey. La proclamación de Juan IV de Portugal resumía las revueltas lusas ante la política española en territorio portugués, y desafiaba al gobierno de Felipe IV de España. La Guerra de Restauración comenzaba. No vería el final hasta veintiocho años después, en 1.668, con la firma del Tratado de Lisboa y el oficial reconocimiento español de la independencia de sus vecinos. Hasta entonces, un incesante ambiente bélico había servido de decorado en zonas tales como la Raya hispano-lusa a la altura de Extremadura. Localidades tanto portuguesas como castellanas sufrían constantes luchas y asedios que conllevaron al refuerzo militar de su urbanismo. Olivenza, cercana a la plaza fuerte de Badajoz y separada de sus paisanos lusos por el río Guadiana, apostaba por el levantamiento de un cuarto cercado abaluartado. Al cinturón amurallado se le unirían además una serie de atalayas vigías que, emplazadas en lugares estratégicos cercanos a la población, servirían como pétreos centinelas guardianes de la localidad frente a la llegada de las fuerzas contrarias.



Arriba: rodeada de arbustos, la atalaya de las Moitas recibe por tal motivo su nombre en luso, anclada en plena dehesa extremeña desde la que nos mira orgullosa de su gran altura, máxima entre las torres vigías oliventinas conservadas hoy en día.

Abajo: la atalaya de las Moitas presenta características constructivas similares al resto de arquitecturas vigías con que se circundó a Olivenza en plena Guerra de Restauración, de planta circular y anchos muros de pétrea mampostería, únicamente horadados en base a una dotación de aspilleras defensivas y dos grandes vanos que vigilarían los puestos amigos y enemigos respectivamente, a través de los cuales poder escalar hacia su interior, entrada hoy facilitada a través de una gran hoquedad nacida a raíz de un presunto temblor que sacudió la región el pasado siglo, dejando al descubierto los secretos internos del edificio.






De original construcción, o nuevamente levantadas sobre antiguas torres de similar acometido y origen medieval, se cree que hasta una docena de atalayas rodearon la urbe oliventina en pro de defender con su celo vigilante la localidad. Se repartían sus emplazamientos entre altos montes, suaves colinas e, inclusive, algún llano, dibujando un cinturón vigía que circundara Olivenza en sus flancos norte, sur y oriental, mientras se mantenía el lado occidental como punto de unión, a través del Puente Ayuda, con el reino al que entonces pertenecía. Los puntos escogidos estratégicamente permitían poder observar la llegada del enemigo sin que éste pudiera disimular o esconder su presencia. Las torres, por su parte, mantenían una similar estructura cilíndrica, erigida sobre gruesa fábrica pétrea de mampostería y ladrillo que albergase entre dos y tres plantas internas, culminadas con una terraza desde la cual presentar un puesto militar avanzado en constante conexión visual con la torre del Homenaje del céntrico castillo oliventino. Las señales lanzadas por los centinelas a la guardia apostada en el interior de la plaza fuerte se apoyarían en humo de fogatas o en disparos de mosquetón, sin descartar el uso de teas encendidas o señales luminosas de otra naturaleza. Avisados de la presencia del contrario quedarían así los oliventinos, que mirarían hacia la atalaya de Juana Castaña en caso de que el enemigo viniera desde el frente norteño y más cercano a la plaza de Badajoz. Mientras, las atalayas de las Moitas y de la Coitá se mantendrían en vela al Este, mirando hacia Valverde de Leganés. Sobre un elevado cerro, al sur de la localidad y cerca de San Benito de la Contienda, se mantiene aún en pie la atalaya de San Amaro, no lejos de la de los Arrifes, al suroeste, que avisaría de la llegada de tropas desde Alconchel, Cheles o Villanueva del Fresno. De la atalaya del Poceirón apenas quedan hoy en día restos pétreos desperdigados, mientras que la del Barroco ha sido incorporada a una más reciente construcción dentro del cortijo homónimo a la torre. Por su parte, Catrapós, Doña María o San Gil, son sólo nombres que conforman el recuerdo de atalayas completamente desaparecidas.



Arriba y abajo: el interior de la atalaya de las Moitas, abierto al visitante a raíz de un presunto derrumbamiento ejecutado por un temblor que sacudió la zona en los años sesenta del siglo XX, descubre entre las ruinas y amenazas de peligro de continuidad de ser del monumento, la presencia de al menos dos estancias en su interior, cubiertas por bóvedas realizadas bajo la técnica de "colmo" en base a la cual las techumbres quedarían formadas gracias al seriado de una colección de anillos de lajas pizarrosas superpuestos unos sobre otros hasta cerrar la estancia, tal y como se conserva sobre la planta media, desaparecida la bóveda de cubrimiento de la habitación inferior.








La atalaya de las Moitas, bautizada así al parecer por la gran cantidad de "moitas" (traducido al castellano como arbustos) que aún hoy en día circundan la construcción, se cuenta no sólo como una de las atalayas vigías oliventinas que se mantiene en completo pie en su estructura, sino además como la más elevada de todas ellas. Enclavada sobre uno de los cerros norteños que cierran la Sierra de Alor, en las cercanías de la pedanía de San Jorge de Alor y flanco suroeste de la vega del río Olivenza, a la altura actual del embalse de Piedra Aguda, esta torre vigía controlaría los contornos oliventinos más cercanos a la vecina Valverde de Leganés, separados los reinos luso y español por aquel entonces por la línea que dibujaría el mencionado río homónimo a la plaza fuerte portuguesa. Si bien su estructura resultó al parecer dañada por acción de un seísmo sufrido por los contornos de la región en el pasado siglo, abriéndose al visitante sus entrañas en su lado noroccidental, resquebrajada además por su cara sur, contaba con posiblemente tres plantas internas más terraza, pudiéndose acceder hoy en día, en base al desmoronamiento mencionado, a los pisos interiores inferior y medio, toda vez que, en su estado original, la entrada a la torre sólo sería posible realizarla escalando hasta una puerta abierta en su zona superior,  vano contrario a aquel que miraría directamente hacia las tierras enemigas.



Arriba: vista de la localidad de Olivenza desde el interior de la atalaya de las Moitas, municipio para cuya custodia fueron levantadas ésta y el resto de torres vigías lo cual, a pesar del celo en la vigilancia, no impidió que, tras varios intentos de asedio, la plaza fuerte lusa cayera finalmente en manos del ejérctio español durante la Guerra de Restauración, en 1.657 y capitaneado por el Duque de San Germán, D. Francisco de Tuttavilla hasta que, firmada la paz de Lisboa entre ambos países, fueran reconocida la independencia lusa en 1.668.

Abajo: ejemplares de Ophrys Speculum, más conocidas como orquídeas abejas, asoman a la primavera en las inmediaciones de la atalaya de las Moitas, enclave, junto a otros parajes oliventinos entre los que destaca especialmente la Sierra de Alor, de gran valor natural y paisajístico e inmensa riqueza botánica donde las orquídeas cobran especial valor.


La bóveda de separación entre las plantas inferior y media ha desaparecido casi en su totalidad, no ocurriendo así con el recubrimiento de la estancia central, prácticamente intacto. Sobre ella, a juzgar por la distancia que se adivina entre cobertura y terraza, pudiera haber existido una tercera habitación superior. Las bóvedas del edificio, siguiendo una misma táctica constructiva empleada y repetida en el resto de las atalayas, presentan una fábrica efectuada bajo las directrices de la técnica de "colmo", a través de la cual el material de fabricación, en este caso principalmente lajas de piedra pizarrosa, se van superponiendo en anillos, hasta cubrir totalmente la estancia y cerrar el abovedamiento. La comunicación entre los niveles, siguiendo también esquemas útiles para la mayoría de las torres vigías oliventinas, se ejecutaría a través de estrechas aberturas labradas junto a uno de los muros, aptas sólo para el paso de una única persona. La atalaya de las Moitas conservaría, a pesar del derrumbe sufrido en su interior, la portada de comunicación entre la estancia media y la alta o, en caso de no existir ésta última, de acceso a la terraza, cuyos dos únicos ventanales asoman respectivamente a Olivenza y a Valverde de Leganés, compatriotas y enemigos de los militares allí apostados en la época de construcción y uso de la torre. Un número poco abundante de aspilleras siguen comunicando el interior del recinto con su rededor, en una doble función que cumpliese tanto con la defensa del recinto en caso de asedio, como con la iluminación y ventilación de su robusto corazón. Al exterior también pueden observarse en la actualidad las múltiples aberturas que en serie circundan la torre a la altura de lo que posiblemente era el suelo de la terraza, suponiéndose así la existencia de una techumbre de madera cuyas vigas quedasen ancladas en estas hoquedades, separando el nivel último del mirador, o incluso la presunta presencia de una base de madera que rodease la atalaya en su parte última a modo de adarve externo.



Arriba y abajo: la atalaya de Juana Castaña repite directrices arquitectónicas similares al resto de torres vigías oliventinas, tales como su planta circular o su fábrica basada en gruesos muros de mampostería pétrea, constando ésta, sin embargo, de menor altura que otras de las conservadas en nuestros días, lo que no ha impedido, sin embargo, que su integridad y la conservación de elementos tales como el enlucido externo, sea mucho mayor y mejor que la presentada por otras atalayas.






De menor altitud que la atalaya de las Moitas, e inclusive menor altura que las también conservadas de San Amaro o de Arrifes, la atalaya de Juana Castaña se eleva al Norte del municipio oliventino, enclavada sobre una suave colina cercana a la joven pedanía conocida como San Francisco de Olivenza, desde donde poder controlar la vega del río Olivenza en su margen izquierdo antes de su desembocadura en el río Guadiana, afluente éste que serviría antaño como línea divisoria y fronteriza entre los reinos español y luso antes de la incorporación de las tierras de Olivenza a la corona de España. Siguiendo las directrices arquitectónicas marcadas para la construcción de las atalayas oliventinas, la torre vigía de Juana Castaña se ofrece nuevamente en planta circular, fabricados sus anchos muros con mampostería pétrea entre cuyas piedras de composición no falta el ladrillo.  Al exterior repite la presencia de dos grandes ventanales que mirarían respectivamente hacia las líneas enemigas, en este caso en dirección hacia la plaza fuerte de Badajoz, y a los puestos militares más destacados de la población a la que defendían. Si bien el acceso al interior del monumento se realizaría con escala a través de uno de estos vanos, en la actualidad es un boquete abierto sobre su flanco sur el que permite adentrarse en el interior del edificio, dividido en dos estancias a las que se superpondría una prácticamente desaparecida terraza superior.



Arriba y abajo: aunque originalmente el acceso al interior del torreón se ejecutase escalando hasta uno de sus dos grandes vanos, hoy en día es posible adentrarse en las entrañas de la atalaya de Juana Castaña a través de una hoquedad abierta sobre uno de sus flancos, entrando directamente a lo que sería la estancia baja de entre las dos plantas con que contaba la torre, destacando en su interior, hoy carente de bóveda, la presencia de varias aspilleras de diverso modelaje.




Arriba: labrado en la pared se conserva el estrecho paso que permitía la comunicación entre las plantas alta e inferior, destinada posiblemente esta última al almacenaje, mientras que la superior se mantendría como lugar de refugio y hogar de los militares y tropas allí apostados.

Abajo: junto a uno de los dos grandes vanos que permitían el acceso al torreón, mirando éste hacia las líneas enemigas dibujadas por el cercano río Olivenza, sobre cuyo margen derecho podrían aparecer las tropas venidas desde Badajoz, se descubre lo que posiblemente fue chimenea del edificio y punto donde realizar el fuego que calentase el recinto, enclave también desde el cual poder lanzar las señales de humo que, evacuadas al exterior, pondrían en sobreaviso y en caso de peligro a las guarniciones vigilantes ubicadas en la torre del Homenaje del céntrico castillo oliventino.




Arriba: repitiendo directrices descubiertas por igual en otras de las atalayas oliventinas, también en la de Juana Castaña es posible observar la presencia de un gran vano que, opuesto a la ventana abierta hacia la línea enemiga, mirase hacia la plaza fuerte lusa defendida, enmarcada por ladrillo tanto en sus jambas como en su dintel de sujección.

Abajo: partiendo de la estancia superior, una estrecha escalera comunicaría el interior del inmueble con la terraza y mirador militar que cumplinaba antaño el recinto, auténtica razón de ser de la propia atalaya en sí.




Arriba y abajo: al contrario que en otras atalayas, tales como la de las Moitas, cuyas bóvedas se componen casi en su integridad por lajas de pizarra unidas siguiendo la técnica de "colmo", en la torre vigía de Juana Castaña sería el ladrillo el material que forjase la fábrica de sus techumbres, desmoronada en su zona central la bóveda de la estancia superior, y casi desaparecido en su totalidad el cubrimiento de la habitación baja.





La técnica de "colmo" es la que  puede apreciarse nuevamente como la táctica arquitectónica llevada a cabo para la ejecución de las bóvedas de cobertura tanto de la estancia inferior, desaparecida casi por completo, como en el cerramiento de la estancia más alta, caído el material que sellaría la bóveda en su punto central. A diferencia de las bóvedas descubiertas en la atalaya de las Moitas, las techumbres del torreón de Juana Castaña mantienen su fábrica íntegramente en ladrillo, material que también puede observarse en los cierres de algunas de las menudas aspilleras que conectan el interior del inmueble con el espacio exterior, así como en las jambas y arco y dintel de sustento de sus dos grandes ventanales. El estucado sin embargo sigue recubriendo gran parte de los lienzos internos de la atalaya, cuya estancia baja, destinada posiblemente al almacenaje, se conectaría con la suprema gracias a una estrecha hoquedad abierta sobre uno de los muros. La planta primera se utilizaría, al parecer, como hogar y refugio de los militares allí apostados, llegando a nuestros días restos de lo que seguramente fue una gran chimenea que serviría no sólo a los usos cotidianos de las tropas, sino fundamentalmente como punto desde el que iniciar la humareda que, vertida desde lo alto de la atalaya, sirviera como aviso a los oliventinos de la presencia de tropas enemigas. Una escalinata de estrecha abertura subiría desde la estancia superior a la terraza, auténtico mirador vigía y razón de ser de la atalaya.


Abajo: mientras que las atalayas de las Moitas y de Juana Castaña llaman la atención por la altitud de la primera y conservación de la segunda, destaca junto al caserío oliventino la silueta de la atalaya de San Amaro, erigida sobre un roquedo al sur del municipio y cercanías de la pedanía de San Benito de la Contienda.


- Cómo llegar:

El municipio de Olivenza, enclavado al Sur de la capital provincial pacense, se mantiene comunicado con Badajoz a través de la carretera regional EX-107. Alcanzada la localidad oliventina, y siguiendo el trascurso de la mencionada vía en dirección a Alconchel, poco antes de dejar atrás el pueblo encontraremos el desvío hacia su aldea o pedanía conocida como San Jorge de Alor, en lo que actualmente se denomina como avenida de Quinta de San Juan. Según avancemos adentrándonos en el valle de la Sierra de Alor, descubriremos en lo alto de un frondoso cerro alzado a nuestra mano izquierda la silueta inconfundible de la atalaya de las Moitas, cuya visita podremos iniciar desde esta misma carretera, partiendo desde la verja que da acceso a la finca privada colindante a aquella en la que se conserva la torre, separadas por un bajo muro pétreo que habremos de saltar tras habernos dirigido en línea recta hacia el monumento, que desaparecerá momentáneamente de nuestra vista según nos vayamos adentrando en la rica dehesa que la rodea.






Entre la localidad oliventina y Badajoz, en las cercanías y margen izquierdo del río Olivenza, un doble cruce marcado sobre la carretera regional EX-107 permite el acceso a las dos jóvenes pedanías de San Rafael de Olivenza y San Francisco de Olivenza respectivamente, cercana esta última aldea norteña a la atalaya de Juana Castaña. Siguiendo este segundo tramo en dirección a la aldea de San Francisco, alcanzado el caserío y prolongando nuestros pasos por el camino que prosigue hacia las fincas más septentrionales, en paralelo al trazado natural del mencionado afluente del río Guadiana, lograremos atisbar a nuestra izquierda y sobre los sembrados la mole de la atalaya de Juana Castaña, cuya visita podremos iniciar tras alcanzar la industria existente levantada junto a este punto del camino y dejar el coche estacionado en los límites de la finca en la que se encuentra la torre inmersa, pequeña dehesa que sobresale en medio de los amplios terrenos de cultivo que inundan la zona.




Las atalayas de las Moitas y de Juana Castaña se ubican en el interior de sendas propiedades privadas. En caso de desear visitar los monumentos, lanzamos desde este blog una serie de recomendaciones a tener en todo momento en cuenta:

1) Respetar en todo momento las propiedades de la finca, como vallados o cercas, intentando no salirse de los caminos marcados.
2) Respetar la vegetación y cultivos de la misma, sin realizar ningún tipo de fuego ni arrojar basura alguna.
3) Respetar al ganado que pudiese habitualmente estar pastando en la zona, y en caso de encontrarse con animales que lo protejan, no enfrentarse a los mismos.
4) Si observamos que se están practicando actividades cinegéticas (caza), abstenernos de entrar.
5) Si nos cruzamos con personal de la finca o nos encontramos con los propietarios de la misma, saludarles atentamente e indicarles nuestra intención de visitar el monumento, pidiendo permiso para ello. En caso de que no nos lo concediesen, aceptar la negativa y regresar.

sábado, 23 de mayo de 2015

Imagen del mes: retablo mayor de la Iglesia de la Asunción, en Arroyo de la Luz


Vista general del retablo mayor de la arroyana Iglesia Parroquial de la Asunción, joya del Renacimiento extremeño donde, ensamblado entre esculturas y arquitectura tallada por Alonso Hipólito, se conserva el único conjunto retabilístico de Luis de Morales que ha llegado completo e in situ a nuestros días, colección de veinte tablas elaboradas en plena etapa dorada del pintor pacense, considerada su obra cumbre, más conocida y más destacada.
Arroyo de la Luz (Cáceres). Siglo XVI (inaugurado el 29 de mayo de 1.563); estilo renacentista.

sábado, 16 de mayo de 2015

Joyas de las artes plásticas de Extremadura: La Virgen y los Santos Juanes, de Luis de Morales, en Valencia de Alcántara


Cuentan en Valencia de Alcántara que cuando Felipe II pasó por la localidad, posiblemente durante uno de los viajes ejercidos por el monarca en pro de la obtención del trono portugués, en 1.580, rezó ante esta obra. Seguramente fue también durante otra de sus visitas a nuestra región, por símil motivo y en idénticas fechas, alojándose en la ciudad de Badajoz, cuando, basándonos en lo que podríamos considerar más leyenda que crónica, quiso conocer en persona a un vetusto y cansado pintor  que, sin apenas salir de la plaza fuerte fronteriza desde que allí instalase su taller en 1.539, había logrado alta fama en la región y en toda la nación, gracias no sólo a su virtuosa técnica pictórica, sino fundamentalmente al tratamiento de los temas religiosos que protagonizaban la casi totalidad de sus obras, dotando a los personajes de una espiritualidad que le permitió ser popularmente conocido con el sobrenombre de El Divino. Sin embargo, los datos más fidedignos nos hablan de una muy anterior relación entre pintor y rey, bastante tiempo atrás, cuando al parecer acude el artista al Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, tal y como hicieran muchos de sus colegas contemporáneos de profesión, para ofrecer unas obras que no fueron del gusto de la máxima figura del Imperio Español, sin impedirle esto, como también le ocurriese a un rechazado pintor cretense que de igual manera se presentó en la Corte para fijar después su residencia en la cercana Toledo, lograr que un sinfín de obras salieran de su taller aclamado por los más diversos mecenas de la época, erigiéndose, tras mencionado artista griego, en el pintor más reseñable de la pintura española de la segunda mitad del siglo XVI.


Arriba: mandado presuntamente ejecutar por el Comandador de Piedrabuena, Fray Antonio Bravo de Xerez, el retablo de la Virgen y los Santos Juanes de Valencia de Alcántara se elaboró en la etapa dorada de producción artística del pacense Luis de Morales, que supo conjugar en su obra de mayores dimensiones las virtudes de su técnica pictórica bajo una deliberada composición temática en pro de la proclamación de Jesús como Cordero de Dios.

Las imprecisiones y los desconocimientos datísticos en cuanto a la figura, formación y obra de Luis de Morales no quedan, sin embargo, sólo aquí. Nació, al parecer, en la ciudad de Badajoz durante el primer cuarto del siglo XVI, barajándose como fecha de tal acontecimiento diversos años de entre 1.509 y 1.520. Sí se sabe que, en 1.539 y coincidiendo o en relación con su casamiento con Leonor Becerra, abre taller en tal localidad, de donde apenas ya saldrá y donde, también al parecer, fallecerá un posible 9 de mayo de 1.586. Leonor Becerra, o según otros Leonor de Chaves, era hermana del regidor y caballero principal de Badajoz, D. Hernando Becerra de Moscoso. Tal relación familiar, así como el éxito de las obras que salían de su estudio, le permitió al artista disfrutar de una holgada posición económica y un reconocimiento social que, si bien el segundo no cesó a lo largo del resto de su vida, sí desmejoró el primero tras la llegada de la vejez y el deterioro de sus habilidades pictóricas, solicitando, y siendo al parecer concedida, una pensión ante el monarca en la supuesta audiencia que ambos personajes históricos mantuvieron durante la estancia del rey en Badajoz, en 1.580, antes de que éste partiese hacia Elvas, el 5 de diciembre de tal año, para ser coronado rey del vecino país, un 16 de abril de 1.581, alcanzadas sus pretensiones monarcales tras el triunfo español en la Batalla de Alcántara, y su reconocimiento como monarca portugués por las Cortes de Tomar.


Arriba: centra el retablo valenciano una madonna que sigue los cánones italianizantes y las representaciones más características de El Divino, vestida con túnica roja y manto azul, como humana y divina, theotokos o trono de un Niño Dios cuya movilidad se enfrenta a la quietud de María, serena en su espiritualidad.

La formación del pintor comenzó, también al parecer, en la otra ciudad que se disputa con Badajoz ser la sede de su natalicio. Sevilla, vinculada por cercanía e historia con el sur de Extremadura, capitanía de las relaciones hispanoamericanas y urbe en auge en aquel tiempo, disfrutaba de un apogeo económico que le permitía poder proclamar las virtudes de su afamada escuela pictórica, a la que al parecer acudió Morales siendo aún joven, y donde recibió las enseñanzas de un reconocido Pedro de Campaña, pintor flamenco en activo en la capital hispalense desde 1.537. Si bien de Pedro de Campaña pudo tomar el gusto por el detallado paisajismo, que reflejó en muchas de sus obras, su característico esfumado leonardesco y su tendencia al alargamiento de las figuras, que lo acercan o incluso le permiten englobarse dentro del movimiento manierista, pudieron nacer de un posterior viaje a Italia, donde tales técnicas estaban en auge. Otros estudiosos, por el contrario, se inclinan mucho más a considerar como cierta la teoría que apunta hacia la Escuela Valenciana, y más concretamente hacia los italianizantes Fernando Yáñez de la Almeida y Hernando de los Llanos, como segunda fuente de formación del artista pacense. Sin descartar la influencia de la Escuela Toledana, un tercer ciclo formativo pudiera haberlo recibido desde Portugal, más concretamente en la Escuela de Évora, aunque su relación con tal ciudad lusa sólo esté plenamente confirmada una vez que, ya abierto su propio taller, recibiera importantes encargos que le llevaran a desplazarse hasta tal ciudad, en 1.565.


Arriba: a la derecha de María e izquierda del espectador, San Juan Bautista se presenta ante el espectador como única figura que mira al feligrés, llamando su atención y desviando su interés hacia el Místico Cordero que le acompaña, símbolo de Cristo que, como Redentor, será sacrificado cual Cordero de Dios en pro de la salvación de la humanidad.

Abajo: representado en su juventud, como el apóstol más joven que era, portador de un libro, tintero y caja de plumas, el cuarto de los evangelistas ofrece al Niño Jesús pluma y tabla sobre la que poder escribir para, de su puño y letra, presentarse como Cordero de Dios, al igual que en su apocalíptica visión lo vería cual profeta una vez desterrado en la egea isla de Patmos.



Acompañado por sus hijos Cristóbal y Jerónimo, este vecino de Badajoz, encerrado en una ciudad fronteriza, rodeado de un mundo popular y rural, terminó conjugando su formación pictórica con un aprendizaje autodidacta que marcaron y sellaron las obras nunca firmadas que salían de su taller. A la técnica italianizante del esfumado, al detallismo flamenco, al virtuosismo en el tratamiento de ropajes y creación de veladuras, Morales sumó bajo una cuidada ejecución un gusto por la sencillez temática no carente de una reconocida elaboración compositiva. Los personajes nacidos de su pincel mostrarían una naturalidad y una humildad que agradarían al pueblo para cuya contemplación habían sido creados. La alta espiritualidad contenida pero conmovedora, encajaría no sólo con la religiosidad triunfante de la Contrarreforma, sino también con la devoción popular compartida por el pintor. Tal divinidad sacra y tal genialidad artística lograrían esbozar su propio estilo y las pautas laborísticas de un taller que no cesó de recibir encargos desde su apertura a las puertas de la década de los cuarenta. Aunque con clientela local en su mayoría, no dejó de ser aplaudido por ilustres personajes como el obispo pacense San Juan de Ribera, ni de realizar múltiples tablas devocionales para clientela nobiliaria castellana y andaluza. La mayoría de sus obras sin embargo irían destinadas a parroquias, iglesias y conventos ubicados a lo largo y ancho de toda la región. Alcanzaría así su etapa dorada en la década de los sesenta, coincidiendo con la creación de sus tablas más universales, como por ejemplo las que retratan a la Virgen de la leche (cuya mejor versión, de 1.568, se custodia en el madrileño Museo del Prado), o los retablos más conocidos y valorados, tales como el de la Iglesia parroquial de la Asunción, en Arroyo de la Luz (por entonces Arroyo del Puerco), el de la Iglesia de San Martín, en Plasencia, el de la capilla de Ginés Martínez en la Parroquia de Santa Catalina Mártir, en Higuera la Real, o el de la Virgen y los Santos Juanes, conservado en la Iglesia de Nuestra Señora de Rocamador de Valencia de Alcántara, entre otros.


Arriba: un inmaculado y albino cordero de pequeñas dimensiones que campa en la parte inferior de la obra, anunciado por el Bautista, mira al Hijo de Dios en pro de identificarse con él, como presente de Dios a los hombres con el que poder llevar a cabo el más grandioso de los sacrificios celebrados por la cristiandad.

El retablo de la Virgen y los Santos Juanes de Valencia de Alcántara  fue ejecutado, al parecer, por encargo de Fray Antonio Bravo de Xerez, Comendador de Piedrabuena y personaje destacado dentro de la Orden de Alcántara. La relación del Comendador con la obra de Luis de Morales no queda resumida en la tabla valenciana ya que, pudiera deberse a la posible y tal admiración por el artista pacense por lo que, formando parte del retablo instalado en la capilla que recogería sus restos mortales, en el lateral de la epístola de la iglesia del Sacro y Real Convento alcantarino, colgarían varias tablas salidas del taller de Morales, hermanas de otras tantas ubicadas en otros tantos retablos antaño alojados en la misma iglesia y convento, de las cuales, y tras las vicisitudes históricas vividas por el monumento, pocas han llegado a nuestros días. Fallecido Bravo de Xerez en 1.562, se supone el encargo del retablo valenciano acaecido entre finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta. La obra, realizada bajo la técnica de pintura al óleo, sobre no una sino ocho tablas ensambladas que forman un todo, no pasó a la iglesia principal de Valencia de Alcántara hasta 1.868, tras haber sido expuesta, admirada y destinada a objeto de culto en varias capillas y conventos de la localidad cacereña. Inclusive dentro del templo dedicado a la Virgen de Rocamador, la obra ocupó diversos espacios, entre ellos la sacristía, hasta ubicarse, tal y como lo hace hoy en día, en el lado del evangelio, cercano al  estimado por los vecinos Cristo del Garabato, atribuido al afamado Berruguete.


Arriba: Jesús, en su más tierna niñez, escribe sin temor en la tabla ofrecida por el evangelista, en caracteres hebreos y de derecha a izquierda, palabras que se adivinan tales como Yahvé o Cordero, identificándose así con el cordero ofrecido por Dios para el sacrificio que ha de ejecutarse en pro de la salvación de la humandiad, y de la que Cristo es plenamente consciente aún en plena infancia.

A diferencia de los retablos mayores, abiertos tras el altar como grandes libros repletos de pasajes y personajes bíblicos y religiosos, más ilustrativos y devocionales que decorativos, ofrecidos al feligrés que se postra ante Dios, el retablo valenciano cuenta con un único cuadro de grandes dimensiones, considerada la tabla de mayores medidas de entre la elaboradas por el Divino, de 205 cms. de altitud, y 166 cms. en su anchura. El título de la obra haría referencia más que a una nomenclatura, a una sencilla descripción de lo visto, que no carecería sin embargo de una lectura más elaborada y una temática más compleja. Centraría la obra una madonna o Virgen María con el Niño Jesús en su regazo, cual theotokos o madre y trono de Dios. A ambos lados de la misma aparecen los dos Santos Juanes de los que nos hablan los Evangelios: San Juan Bautista y San Juan Evangelista. El primero, primo segundo de Jesús y cronológicamente previo al santo escritor, se nos ofrece a la derecha de María e izquierda del espectador. El apóstol más joven, por el contrario, cerraría la lectura del cuadro, a la derecha de la tabla.

La figura de la Virgen, en quietud frente al movimiento y escorzo del sacro Infante, encaja con otras representaciones que del mismo personaje y bajo la misma advocación maternal realizó el autor tanto antes como después de ejecutar la tabla valenciana. Recuerda su presentación a la de la Virgen del pajarito, su obra fechada más antigua, elaborada en 1.546 para el antiguo Hospital de la Concepción de Badajoz, y expuesta en la actualidad en la Iglesia de San Agustín de Madrid. Sus tonalidades nos acercan a una previa Virgen con el Niño y San Juanito, elaborada en 1.550 y conservada en la Catedral Nueva de Salamanca, donde la Madre de Dios viste, siguiendo las antiguas tendencias pictóricas, túnica roja, por su condición humana, envuelta en un manto azul cuyo color, destinado a las divinidades, podría portar como concesión por haberse cubierto de divinidad gracias al fruto de su vientre. Similar vestimenta portarían después la jóvenes vírgenes de Natividades y Epifanías, como las del retablo de Arroyo de la Luz, o las de tablas dedicadas a madonnas lactantes, o Vírgenes de rueca y huso. También como en la obra salmantina, son las rocas que combinan con el paisaje y escenario su trono, lugar donde aparecen también situados los otros dos santos personajes, en un primer plano que, sin embargo, cede relevancia al puesto central que ocupa Santa María.


Arriba: culmina la obra de Luis de Morales una blanca paloma que, portadora del Espíritu Santo, desciende desde lo alto de los cielos sobre las sagradas figuras, tal y como vería Juan el Bautista suceder tras identificar a Jesús con el Cordero de Dios, Redentor que habría de ser bautizado con agua para después poder bautizar a los hombres inspirado por el Sacro Espíritu.

La figura de San Juan Bautista porta las vestimentas atribuidas al profeta que predicaría desde un desierto donde, anteponiendo la espiritualidad a la vida terrrenal, cambiaría sus ricos ropajes por una humilde y sencilla piel de camello, a la que la tendencia artística quiso sumar un manto rojo, en señal de su humanidad. Sostiene con su mano izquierda una larga vara terminada en cruz, con la que habría de abrir el camino al Redentor. De pie y sostenido en tal bastón, es la única figura de la composición que mira al espectador, señalando con un alargado y manierista dedo índice de su mano derecha a un cordero que, a sus pies, comparte con él espacio herbal en la parte inferior de la obra. Se establece así una llamada de atención del feligrés que, avisado por el Bautista, observará al Cordero Místico que, a su vez, mira directamente al Niño Dios. Fue San Juan Bautista quien, al ver a Jesús venir hacia él para ser bautizado, le presentó como el Cordero de Dios (Juan 1, 25) que quitará el pecado del mundo, sacrificado en la cruz para salvar a la humanidad de sus faltas, de la misma forma que los israelitas sacrificaban un cordero en honor de aquél que mataría Moisés por orden del Señor, en pro de la liberación de Israel. El inmaculado Agnus Dei de Morales porta, como el Bautista y siguiendo nuevamente las directrices doctrinales y pictóricas tradicionales, alargada pica terminada en cruz. Sin degollar aún, sería San Juan Evangelista el que, a través de su Apocalipsis, volviese a mencionar al Cordero de Dios como protagonista de una de las visiones que el joven apostol tendría supuestamente al final de su vida, desterrado por dar fe de Cristo en la rocosa y egea isla de Patmos, posiblemente identificada con las salientes peñas que, tras el discípulo, nacen del arenoso terreno en que éste se asienta.


Arriba y abajo: sendos detalles de los pies de los Santos Juanes donde puede apreciarse, entre otros rincones de la obra, la maestría del artista extremeño frente a la representación de los ropajes, la tendencia flamenca hacia el perfeccionamiento en los detalles, o la sutil manera de elaborar el afamado esfumado leonardesco, que El Divino llevó a sus más altas cuotas representativas.



El San Juan Evangelista de Morales muestra, como sus compañeros pictóricos, elementos artísticos destinados a su reconocimiento por el espectador. De aspecto juvenil, como correspondería al menor de los apóstoles, más joven que un Maestro crucificado a la edad de treinta y tres años, el escritor es representado además con un libro bajo su brazo izquierdo, mientras que en la mano derecha sostiene tintero y caja de plumas. Tales útiles de escritura, por otro lado, son portados por el Niño Jesús y su santa Madre. El sagrado crío escribe en una tabla ofrecida por el evangelista. En letras hebreas puede adivinarse lo que parecen ser las palabras Yahvé y cordero, en clara alusión al Cordero de Dios, anunciado por el Bautista, identificado con Jesús, y proclamado por los seguidores que, tras conocerle, dieron testimonio de Cristo, entre los que San Juan Evangelista capitanearía a la hora de identificarlo con un cordero místico y divino que, una vez sacrificado, liberaría a la humanidad, y que como tal se aparecería como llave de  salvación al final de los tiempos (Apocalipsis 5, 6).

Culmina la obra, en la zona superior, la venida del Espíritu Santo en forma de divina y alba paloma. Aparece en la tabla tal y como, según dijese el propio Bautista, se le figuró ver como señal de los cielos para identificar a aquél a quien debía bautizar con agua (Juan 1, 32), para convertirlo en quien bautizase bajo la señal del Espíritu Santo como Redentor. Sería esa presentación de Jesús como Cordero de Dios, como presente que el Señor dona a la Humanidad para ser sacrificado en pro de la salvación, la idea que centra y da ser a la tabla de Morales. Tal idea religiosa, cuyo refuerzo persiguió la Iglesia Católica una vez en pie su Contrarreforma, es la que dibuja la composición en cruz de la obra, donde cada personaje ocupa un premeditado lugar que, además de rellenar el espacio artístico, presenta a cada figura según su relevancia, cronología y destino, en un todo que el espectador sabrá leer y comprender siguiendo las invisibles líneas marcadas por el pintor, que supo así hacer de un único cuadro, todo un libro con el que exponer los ideales católicos más arraigados y defendidos en un siglo y un país donde lo religioso centraba la vida diaria. Sencillez y religiosidad que enmarcan la tabla valenciana bajo una técnica exquisita, un acabado elaborado, y una belleza formal para los que Luis de Morales era todo un maestro, y que hacían de cada una de sus tablas una insigne obra de arte. La Virgen y los Santos Juanes no podría faltar entre ellas. Indiscutiblemente, toda una joya de las artes plásticas de Extremadura.

- Cómo llegar:


Arriba: portada neoclásica de la valenciana Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de Rocamador, declarada en 1.982 Monumento de interés Histórico-Artístico, actual Bien de Interés Cultural de Extremadura, en cuyo interior se albergan obras de destacable valor artístico, tales como el Cristo de las Batallas, popularmente conocido como del Garabato, atribuido a Berruguete, o, desde 1.868, el retablo de la Virgen y los Santos Juanes, de Luis de Morales.

Valencia de Alcántara, frontera natural con Portugal desde la provincia de Cáceres, se ubica en la zona occidental de la región, conectada con la capital provincial cacereña a través de la carretera nacional N-521. El centro histórico del municipio quedaría englobado al Norte y derecha de tal vía de comunicación, una vez alcanzado el pueblo y atravesando el mismo en dirección al país luso. Desde el céntrico Paseo de San Francisco, en su cerramiento septentrional, accedemos a la calle Rocamador, que nos acercará al templo que da nombre a la vía. La Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de Rocamador conserva y expone en su interior, apostado sobre el muro del evangelio, el retablo de la Virgen y los Santos Juanes, de El Divino Morales. Para acceder al interior del recinto sacro conviene confirmar horarios de visita en la Oficina de Turismo, cuyo teléfono de contacto es el 927 582 184.

viernes, 10 de abril de 2015

Imagen del mes: portadas de estilo portugués en antiguas quintas de Olivenza


La arquitectura vernácula es, en muchas ocasiones, no sólo el mejor reflejo y ejemplo del arte de un pueblo o de una comunidad, sino además un ejemplo plástico del devenir histórico de una región. Hoy no es una sino que serán tres las imágenes del mes: tres portadas erigidas bajo el más clásico estilo barroco popular portugués, levantadas como puertas de acceso a antiguas quintas oliventinas cuando un rincón de la actual Extremadura era parte consustancial de otro país.
Olivenza (Badajoz). Siglo XVIII; estilo barroco portugués.



 Arriba: portada de la Quinta San Juan, expléndido caserío erigido en el siglo XVIII y ubicado al final de la avenida a la que da nombre.

Abajo: portadas de influencia barroca portuguesa conservadas en las inmediaciones de la carretera que une Olivenza con Valverde de Leganés (EX-105).



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