sábado, 15 de agosto de 2015

Imagen del mes: portada primitiva y arcada del Palacio de los Zapata en Llerena, antigua sede del Tribunal de la Inquisición


Portadas antigua y actual del Palacio de los Zapata, cuyo mecenas, D. Luis Zapata, consejero de los Reyes Católicos, mandó levantar siguiendo los cánones arquitectónicos triunfantes en la época para enriquecimiento artístico de la localidad, siendo su mayor influjo en la vida del municipio, sin embargo, el derivado por el apoyo brindado al asentamiento en Llerena de una de las más relevantes sedes del Tribunal de la Santa Inquisición, establecido en el edificio desde 1.570 hasta la disolución de tal corte en el siglo XIX. 
Llerena (Badajoz). Siglo XVI; estilos gótico isabelino (portada antigua) y renacentista (arcada).


viernes, 7 de agosto de 2015

Tesoros del camino: escudo de la Inquisición, en Malpartida de Cáceres


El 15 de julio de 1.834, fecha de la que nos separan ya 181 años, se abolía definitivamente el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en España. Varios años antes, durante la Guerra de la Independencia, tal institución había sido abolida en 1.808 para la España ocupada por las tropas napoleónicas, y en 1.813 por las Cortes de Cádiz para el territorio no ocupado o liberado del dominio francés. Era la respuesta internacional y nacional ante un tribunal cuya labor, aplaudida en sus inicios por una mayoría de población exaltada y supersticiosa que veía a bien la persecución de falsos conversos y herejes en pro de la persecución del demonio y a favor de una supuesta unidad religiosa nacional, se cuestionaba cada vez más por un mundo donde la ilustración y la venida del progreso chocaba con una censura arcaizante, demagógica y despótica. 

La conocida como Inquisición española había estado en funcionamiento más de 350 años, desde que el 1 de noviembre de 1.478 fuera promulgada por bula del Papa Sixto IV su creación para el reino de Castilla, y en 1.483 para los territorios de la Corona de Aragón. Nombrándose al Inquisidor General no por la Santa Sede sino por el propio monarca, y con autoridad en todo el territorio y sobre todos los súbditos cristianos supeditados al rey hispano, el Tribunal del Santo Oficio se convertía en la única institución con pleno dominio sobre todo el terreno y todas las personas, poder tras el que, disfrazado de persecución religiosa, se escondían en muchas ocasiones intereses políticos que buscaban la destrucción de enemigos o la confiscación de bienes y fortunas que enriquecieran a Iglesia y Monarquía. Se perseguiría a judeoconversos y moriscos, protestantes y luteranos, supuestas brujas y detractores de la moral como lo eran los bígamos, así como a practicantes de aberraciones sexuales como la homosexualidad o el bestialismo. Pero también se juzgaba a los denominados herejes: grupo heterogéneo donde todo el que, ya fuese por simple opinión verbal, hubiera cuestionado cualquier aspecto de la doctrina católica, hubiera criticado cualquier labor del Santo Oficio, o hubiera hablado en contra de la Iglesia, sería interrogado, juzgado y, muy posiblemente, condenado. Como resultado, y aunque las cifras concretas bailan notablemente según unos estudios y otros, durante el periodo de actividad del tribunal serían varios cientos de miles las personas procesadas,  más de treinta mil de ellas, según las más altas estimaciones, ejecutadas. Pero la labor de la Inquisición fue a más. El miedo volaba sobre la población. Las denuncias anónimas provenientes más por una venganza que por una falta podrían terminar en arresto, condena, ejecución o castigo, humillación pública del reo y deshonra para toda una familia y herederos repudiados por el resto de población. La intolerancia hacia culturas que habían forjado las bases de la cultura española derivaban en odio social. La persecución de cualquier idea contraria a la regla más indiscutible y férrea convertía al pueblo en una amalgama de incultos y crédulos donde cualquiera que quisiera forjarse en el estudio y abrazar el librepensamiento podría ser condenado. El mayor logro de la Inquisición sería fomentar la aversión y la represión, hundir a España bajo el fanatismo religioso en un conservadurismo que forzó su atraso económico y cultural. En definitiva, anquilosar el país.


Arriba: tras el cabecero de la Parroquia de la Asunción, en pleno centro urbano de la que antaño fuera aldea cacereña, la Casona de la Inquisición de Malpartida de Cáceres se presenta como vivienda de tres plantas con características arquitectónicas propias de las casas solariegas de la Extremadura rural de la Edad Moderna, destacando en su fachada elementos propios de las construcciones comarcales, como lo son la gran chimenea o las poyatas que enmarcan uno de los ventanales, así como fundamentalmente el escudo inquisitorial que centra el frontal del inmueble y da nombre al edificio.


Para llevar a cabo su labor, el Santo Oficio comenzó asentándose en las poblaciones donde se requería su temporal presencia, existentes estas sedes durante ciertos periodos o para juzgar ciertas causas puntuales, entre las que se podría destacar el caso de la Inquisición Jerónima de Guadalupe, forjada en 1.486 de manera especial y bajo permiso especial de Isabel I para perseguir una supuesta comunidad de judeocriptos cuyos miembros brotaban de entre las filas de monjes residentes en el monasterio. Con el paso de los años, diversos tribunales fijos se crearían y repartirían a lo largo del territorio nacional. Sin contar con los tribunales fijados en la Nueva España, o en territorios que dejarían de pertenecer más tarde a la Corona española, serían trece las sedes inquisitoriales fijas en la España peninsular, a las que habría que añadir la mallorquina y la canaria. Según algunos autores uno de los primeros tribunales en crearse, en 1.485, concebido sin embargo por otros en 1.501 ó 1.508, sería el de Llerena, cuya demarcación llegaría a alcanzar en la segunda mitad del siglo XVI los 42.260 kilómetros cuadrados, incluyéndose bajo su supervisión las diócesis de Plasencia, Coria, Badajoz y Ciudad Rodrigo, en lo que sería la práctica totalidad de la actual región extremeña y aledaños a la misma, conocida entonces como Provincia de León de la Orden de Santiago. Sin conocerse con acierto los motivos que llevaron a la ubicación de tal tribunal en esta localidad, existiendo otras de mayor peso en la zona, se cree que pudo influir en ello el apoyo de un llerense de peso en la Corte de los Reyes Católicos, como lo era su consejero Luis de Zapata. Otros miran hacia el gran número de conversos que residirían en el sur extremeño, destacables en localidades como la propia Llerena o la no muy lejana Jerez de los Caballeros. Sí se sabe, por el contrario, que tal sede, a pesar de ser trasladada durante varias décadas a Plasencia, regresaría a la Campiña Sur hacia 1.570, estableciéndose en el Palacio de los Zapata, para juzgar los actos de la creciente secta de los alumbrados, perseguidos con afán por fray Alonso de la Fuente. Tras finalizar un proceso que aún hoy en día sigue envuelto en misterio y controversia, y una vez consumada la condena de los mismos, el Tribunal se mantendría en la localidad hasta la definitiva abolición de esta religiosa corte en tiempos de minoría de edad de Isabel II.

Aunque los denunciados por faltas graves solían ser trasladados a la misma Llerena, donde eran retenidos en las cárceles de que disponía el Santo Oficio, el tribunal religioso contaba a lo largo de su demarcación con una amplia red de casas y edificios donde podían llevarse a cabo sus investigaciones y actuaciones más inmediatas, ejecutadas por los denominados como "familiares del Santo Oficio". Eran éstos personajes relacionados con el tribunal los que, a modo de funcionarios inquisitoriales, recogían denuncias, interrogaban, investigaban o redactaban los informes que más tarde serían remitidos a Llerena. Sus propias viviendas serían en muchas ocasiones los inmuebles donde despacharían tales asuntos, siéndoles permitido colocar por tal motivo y de tal manera sobre sus portadas y en sus fachadas el escudo emblemático inquisitorial, demostrando así con la colocación de tal blasón que su dueño formaba parte de la jerarquía y esquema piramidal que conformaba la institución del Santo Oficio. Igualmente tal divisa podría fijarse en edificios nobiliarios o monumentos religiosos, bien de manera individualizada, emparejado con el de Órdenes militares o apellidos ilustres, o formando parte las armas inquisitivas de un blasón mayor que recogiera otros títulos con que querer identificar el inmueble. Respondía este hecho al apoyo brindado por el noble a la labor del religioso tribunal, o por la vinculación del templo o edificio monacal con la Santa Inquisición, que lo tomaría como base donde establecerse en caso de tener que acudir alguno de sus miembros a dicha localidad si la diligencia de algún proceso así lo requiriese.


Arriba: en una única pieza granítica, y enmarcado entre sencillos motivos vegetales, el blasón del Santo Oficio de Malpartida de Cáceres mostraría inicialmente la tríada de elementos simbólicos que componen el emblema genérico del religioso tribunal, centrado por la cruz de maderos junto al cual, en el lado izquierdo, la rama de olivo ofrecería reconciliación con los arrepentidos, habiendo sido borrado, curiosamente, la espada justiciera que castigaría a los herejes, desaparición que posiblemente habría que achacar a algún posterior casero del inmueble que querría de tal modo eliminar del presente el triunfo del fanatismo religioso que imperó en el país y la región durante cientos de años atrás.


Conocida es, a este respecto, la denominada como Casa de la Inquisición o Casa del Santo Oficio de Jaraicejo, cuyos titulares, al parecer, ejercían labores de investigación y despachaban el papeleo requerido por tal tribunal cuando desde Llerena así se lo reclamaban. Curioso es el escudo inquisitorial que, por otro lado, luce sobre uno de los encalados muros que conforman el laberíntico barrio gótico-judío de Valencia de Alcántara, donde las armas del tribunal religioso son coronadas con yelmo a modo de apellido, descubriéndose así las intenciones de un casero que, lejos de promocionar su nombre, quiso anunciar su vinculación con la jerarquía inquisitorial, formando parte de tan extensa familia. Vinculación que vendría a adivinarse al observar, como lo ha hecho Rubén Núñez (autor del blog Cáceres al detalle), el escudo que culmina la portada de la Iglesia de Santo Domingo de Cáceres, donde, sobre el emblema dominico y el rosario que le rodea, una rama de olivo y una espada propias del Santo Oficio cerrarían la marmórea obra. El convento adjunto se convertiría, al parecer, en la sede que los miembros de la religiosa corte tomarían como lugar de hospedaje en sus viajes a la otrora villa cacereña, desde donde partirían, a través de arcos y pasajes, hasta la Plaza Mayor, supuesto escenario escogido para la celebración de los posibles autos de fe llevados a cabo en la localidad.

Pocos datos se tienen sin embargo de la llamada Casona de la Inquisición de Malpartida de Cáceres. Este edificio, levantado al parecer en el siglo XVIII y ubicado tras el cabecero eclesiástico de la céntrica Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, en la Glorieta del Carmen, presenta en su fachada las características propias de una vivienda señorial de la Extremadura rural, de tres plantas, portada y vanos adintelados bajo fábrica granítica, a la que se añaden particularidades propias de la comarca, tales como la gran chimenea que cierra el inmueble en su flanco derecho, o las poyatas o ménsulas que culminan el alfeizar exterior de uno de los ventanales del piso primero. Es a la izquierda de esta ventana, centrando el frontal de la finca, donde figura un blasón con las armas del Santo Oficio. En una única pieza de granito, y bordeado con motivos vegetales entre los que destaca una flor en la zona inferior del blasón, un marco cuadrangular con cerramiento en arco en la línea suprema guarda la simbología tomada como suya propia por el religioso tribunal. Una cruz conformada por maderos, en la zona centro, se acompañaría de una rama de olivo a la izquierda de la composición, alegoría de la reconciliación hacia la doctrina católica dada por la corte a muchos de sus sentenciados arrepentidos. Carece significativamente sin embargo del tercer elemento que constituiría la tríada inquisitorial, basado en una espada símbolo de la justicia recaída sobre los herejes.


Arriba: en las cercanías de la majestuosa Parroquia de la Asunción, en plena calle Talavera, se conserva la denominada Casa de la Inquisición o Casa del Santo Oficio de Jaraicejo, sencillo edificio donde destaca en su exterior una humilde ventana en esquina que albergaría, al parecer, a una de las familias vinculadas con el religioso tribunal, encargados de llevar a cabo las directrices remitidas desde la sede de Llerena.

Abajo: entre las múltiples casas y edificios vinculados con el Tribunal de la Inquisición asentados a lo largo de toda la región, identificados por el escudo inquisitorial y su tríada simbólica, llama la atención el conservado en una de las viviendas del casco antiguo o barrio gótico-judío de Valencia de Alcántara donde, sobre el blasón, figura un yelmo propio de las divisas nobiliarias, mostrándose así el titular del inmueble como parte de la extensa familia inquisitorial y miembro de una institución que, durante la Edad Moderna española, fue sinónimo no sólo de persecución, sino también de amplio poder.


Desconocemos en principio si este edificio fue propiedad de algún alto cargo inquisitorial que quisiera marcar con el blasón del Santo Oficio esta pertenencia suya, o si más bien la posesión recaería en algún "familiar de la Inquisición" que, desde ella, vigilase y controlase bajo órdenes venidas desde Llerena el mismo pueblo, entonces aldea supeditada a la cercana Cáceres, o aquellos cercanos pertenecientes a lo que hoy sería la comarca de Tajo-Salor donde, en muchos de sus municipios, se incoaron expedientes inquisitoriales por diversas causas y motivos a muchos de sus ciudadanos, destacando por número las diligencias abierta en Brozas, Alcántara o Garrovillas de Alconétar. El investigador Fermín Mayorga se hará eco de estos procesos englobados en lo que sería la Raya cacereña, entre los que, vinculados con la localidad malpartideña, destacaría el abierto en el siglo XVIII, en abril de 1.726, contra el párroco de la localidad, D. Miguel Manzano, bajo el cargo de solicitante por denuncia de una joven soltera del pueblo, que delataría ante el Santo Oficio la solicitud o petición de cumplimiento de diversos favores sexuales que le emitió el cura durante el tiempo de confesión de la chica.

No se conocen igualmente los motivos que llevarían a borrar literalmente del blasón la espada que la Inquisición levantaría contra la herejía. Sin embargo, la llegada del Siglo de las Luces y la caída del Antiguo Régimen en pro de la asunción de los derechos civiles y el progreso de la civilización occidental, haría pensar en la supresión de la simbología inquisitorial más lejana al perdón y a la fraternidad y cercana a la represión, bajo los deseos de abolición de tan arcaica institución en miras hacia una nación desvinculada de una maquinaria censuradora que impidiera el avance del país hacia un futuro sin fanatismos religiosos que lo bloquearan. Recoge, por tanto, este sencillo escudo, un doble capítulo en la historia española, donde la existencia de un tribunal religioso quedaría constatada, pero también los deseos de liberación de un pueblo, no de su base cultural cristiana, pero sí del brazo justiciero de un organismo intolerante que habría cubierto bajo su terrorífica sombra la sociedad española por más de tres siglos. El escudo de la Inquisición de Malpartida de Cáceres se presenta así como todo un doble símbolo tanto de uno de los capítulos más oscuros de nuestras crónicas, como a la par de la anhelada asunción de las libertades civiles requerida dentro de la historia de nuestro país y de nuestra región. Es, por tanto, todo un tesoro en el camino.

Abajo: la Iglesia Mayor de Nuestra Señora de la Granada, monumento insigne de Llerena, presenta entre sus características arquitectónicas más llamativas no sólo la espectacular torre-fachada de fábrica gótico-mudéjar y culminación renacentista que ostenta la función de campanario, sino también la doble arcada o corrida balconada que centra la casi totalidad del muro del evangelio del templo, ventanales que a modo de escaños servirían a los miembros de la sede del Tribunal de la Inquisición asentado en la localidad durante las celebraciones de los diversos autos de fe ejecutados en la contigua Plaza de España.


jueves, 30 de julio de 2015

Imagen del mes: Convento de San Francisco, en Belvís de Monroy


Vista exterior de la iglesia del Convento de San Francisco, escenario clave en la historia religiosa de Extremadura, lugar de residencia de San Pedro de Alcántara y cenobio del que partieron en 1.524 los conocidos como "Doce Apóstoles de México o de Nueva España": hermanos franciscanos pioneros en la evangelización del Nuevo Mundo.
Belvís de Monroy (Cáceres). Siglo XVI; estilo renacentista.

lunes, 20 de julio de 2015

Convento de Madre de Dios, en Valverde de Leganés


Como un paraje de tranquilidad y sosiego, cercado de encinas y bañado por olivares, dibujado según las directrices propias que diseñan el popular campo extremeño, sería como podría describirse  el enclave donde se ubica la finca La China, heredad sobre cuyos terrenos se yergue la mole que da vida al semiabandonado Convento de Madre de Dios, en las cercanías de Valverde de Leganés. Antaño, sin embargo, estas tierras rayanas apartadas de la población, apenas guardaban escasa distancia con la que fuera frontera hispano-lusa, delimitada por el cercano río Olivenza, hoy embalse de Piedra Aguda. Un escenario remoto donde la comunidad franciscana quiso ver un contexto ejemplar y acorde a sus necesidades eremitas que, por el contrario, sufrió entre sus paredes diversas contiendas bélicas y variados avatares históricos que salpicaron la comarca durante los siglos de la Edad Moderna y que escribieron las líneas de la historia de Extremadura y de España.

Escrita sobre sus muros, firmando la sencilla decoración que bordea los ventanales abiertos sobre los cuatro modestos laterales que conforman el claustro que vertebra el inmueble monacal,  una fecha sella uno de los más destacados capítulos que conforman la crónica del lugar: 1.739. Las primeras líneas del relato que narra la vida de este cenobio franciscano, por el contrario, se remontarían a 1.540. Inclusive, y más atrás en el tiempo aún, sería posiblemente durante los últimos años del medievo cuando se removió la tierra para elevar sobre ella una modesta capilla dedicada a San Antonio de Padua, tomada por su ermitaño como santuario donde poder vivir su vida terrenal y desarrollar plenamente la existencia espiritual.

Tal invitación al recogimiento y la oración ofrecida por el distante paraje serían admiradas por uno de los personajes más relevantes en las historias franciscana y religiosa extremeña. El fraile Pedro de Alcántara, santificado apenas un siglo después de su muerte y condecorado como Patrón de la región extremeña en 1.962, sería quien, en persona y tras apreciar unas virtudes del enclave propicias a las directrices que, dentro de la orden creada por San Francisco de Asís, perseguía la rama a la que él pertenecía, solicitaría al religioso allí apostado, franciscano como él, la cesión del bien en pro de la construcción de un nuevo convento donde pudieran los hermanos acogidos a la reforma descalza disponer de un nuevo hogar en el que poder encontrar las condiciones propias que les permitiesen alcanzar la contemplación, practicar la oración, la meditación y la penitencia, alejados de lo mundado y arropados por una naturaleza que, en su grandeza, resaltaran la pequeñez del ser humano.


Arriba: compuesto por templo en la zona norte, y dependencias monacales en derredor de pequeño claustro con atrio de acceso desde el flanco sur, el convento de Madre de Dios se construyó siguiendo las directrices arquitectónicas básicas marcadas por la Descalcez franciscana e impulsadas por el propio San Pedro de Alcántara, personaje íntimamente relacionado con la fundación del convento, que vio en la zona un paraje idóneo para alcanzar la contemplación, rodeado de naturaleza y sosiego de los que pudo hacer uso durante una temporada.


Juan de Garavito y Vilela de Sanabria, nacido en la villa de Alcántara en 1.499, tomaría los hábitos en 1.515 dentro de la Orden de San Francisco en un convento sito en la localidad de Valencia de Alcántara, conocido entonces como de Santa María de los Majarretes o de San Francisco, posteriormente como de San Pedro. Nombrado desde entonces por su apelativo religioso, no tardó Pedro de Alcántara en dirigir sus pasos desde una relajada Observancia hacia la Descalcez, tornando no sólo ropajes y todo tipo de costumbres mundanales, en consonancia con lo natural y la más extrema pobreza, sino una vida entera encaminada hacia la búsqueda de la contemplación desde la más estricta fidelidad a la Regla de San Francisco y al modo tan humilde con que el santo fundador la viviera, en consonancia con la reforma llevada a cabo dentro de su orden por fray Juan de Guadalupe, impulsor de la Descalcez franciscana desde el año 1.500. Si bien la rama Observante había querido desvincularse de la rama de Conventuales en cuanto a su forma de vida, más relajada la de los segundos y más austera la de los primeros, había surgido dentro de la Observancia la necesidad de retomar costumbres extremas y radicales, debilitadas con los años. Tan apasionada reforma, sin embargo, no encontró sólo seguidores sino también múltiples detractores que quisieron terminar con ella desde sus comienzos, sobreponiéndose en el tiempo diversas persecuciones entre hermanos y mutaciones religiosas que llevarían a la Descalcez a depender de la Observancia y de la Conventualidad alternativamente. Variaciones que finalizarían en 1.517, coincidiendo con los primeros años de San Pedro como franciscano, con el sometimiento de la Custodia de Extremadura, bajo la que se acogían los conventos descalzos extremeños, a la Observancia. En 1.519 sería bautizada tal congregación como Provincia de San Gabriel, cuyo número inicial de cenobios sería incrementado significativamente gracias en parte a la labor ejecutada por el santo alcantarino, cuyo afán por reformar lo franciscano en una búsqueda constante de la más extrema pureza eremita le llevarían a alcanzar su propia reforma religiosa dentro de los Conventuales reformados en los últimos años de su vida, denominada por tal motivo como reforma alcantarina.


Arriba y abajo: se mantiene en pie aún hoy en día el atrio de acceso a la zona conventual, pórtico cuadrangular abierto en el lateral meridional del conjunto, levantado como el resto del monumento sobre humildes materiales como la piedra en mampostería y el ladrillo, adivinados bajo el lucimiento que cubre y salva sus paredes.




Arriba: abiertas las puertas a las que antecedía el pórtico de entrada y cubierto lugar de espera, un zaguán recibiría al visitante desde el cual poder adentrarse en las entrañas del conjunto monacal, comunicado éste con diversas salas de la planta baja del inmueble, así como en el claustro central del mismo. 

Abajo: entre las estancias erigidas en el ala oriental del convento, una alargada sala cubierta con bóveda sobre arco escarzano y banco corrido junto a los muros se presume antiguo refectorio o comedor del lugar, similar en diseño al resto de dependencias del bajo piso, cuyas habitaciones cuadrangulares quedarían cubiertas por bóvedas de arista, decoradas muchas de ellas por sencilla cenefa geométrica esgrafiada a media altura.






Hasta la fundación en 1.557 del Convento de la Purísima Concepción del Palancar, en un apartado paraje montañoso dentro del término de Pedroso de Acím, auténtico comienzo formal de su reforma alcantarina y primero de entre un considerable número de fundaciones, San Pedro impulsó la descalcez franciscana visitando diversas localidades a las que era llamado por su fama de santidad. Así será cómo, en 1.540, llegará a Valverde de Leganés, entonces Valverde de Badajoz y frontera hispano-lusa, admitiendo la fundación de un nuevo cenobio franciscano en unas tierras que ya contaban con otros monasterios adscritos a la descalcez en parajes o localidades relativamente cercanas, tales como el Convento de la Luz, en Moncarche (frontera entre Alconchel y Villanueva del Fresno), el Convento de San Gabriel de Alconchel, o el de San Gabriel de la ciudad de Badajoz, donde el propio santo fue ordenado sacerdote en 1.524. Dos años antes de su visita a Valverde, en 1.538, había sido nombrado Ministro  de la Provincia de San Gabriel fundándose entonces, en Villanueva del Fresno, el Convento de Nuestra Señora de la Esperanza.

Para el nuevo inmueble en el municipio valverdeño dirigirá su mirada hacia la Ermita de San Antonio de Padua, humilde capilla convertida en hogar y santuario de Fray Antonio Regüengo, religioso franciscano de la Provincia de San Gabriel que ejercitaba aquí la contemplación y la vida eremita patrocinado y arropado por el Duque de Berganza, promotor de la construcción del inmueble. Cedido el edificio por petición del Ministro para la causa descalza, se fundará la casa franciscana ese mismo año, no comenzando la construcción del conjunto conventual en sí hasta pasadas varias anualidades, siendo una realidad a comienzos de la siguiente década gracias a los medios públicos aportados por el concejo valverdeño, como por las generosas limosnas de particulares, siguiendo las directrices básicas de sobriedad, austeridad y sencillez propias de la reforma descalza y que más tarde serían claves en las fundaciones propiamente alcantarinas. Obedeciendo estos tradicionales esquemas arquitectónicos, siempre con base en una fábrica humilde de piedra en mampostería y ladrillo, contará el monumento con una iglesia de única nave y cabecera plana orientada hacia poniente, alojada en el lado norte del monasterio. La zona conventual, erigida al Sur del templo, mantendría su principal entrada en el flanco más sureño y opuesto al recinto sacro, construido el edificio en torno a un menudo claustro al que se abren las dos plantas del cenobio.


Arriba: el sencillo claustro con que cuenta el convento valverdeño, de pequeñas dimensiones y humildes medidas propias de la arquitectura franciscana descalza, cuenta con una doble arcada de medio punto en cada uno de sus cuatro lados, sostenidas por pilares de ladrillo cuyo enlucido se prolonga por todo el muro, rota su sencillez por una simple ornamentación a modo de alfiz que corona los arcos.

Abajo: vista respectiva de los frentes oriental, sur, occidental y norte del claustro.





Abajo: a raíz de las reformas ejecutadas sobre el inmueble a mediados del siglo XVIII, desgastado éste con el paso de los años y tras sufrir las embestidas de dos contiendas internacionales que arrosaron la comarca, se sellaron sobre los ventanales abiertos desde la segunda planta de la zona conventual del monumento, y a modo de decoración esgrafiada, los datos relativos a la restauración llevada a cabo, donde una fecha quedaría como testimonio de tal capítulo escrito en las crónicas del cenobio: 1.739.





Abajo: unas escaleras de doble tramo permiten la subida a la segunda planta de la zona conventual, destinada ésta antiguamente a albergar las celdas de los hermanos, partiendo desde el tramo occidental del claustro y culminando en un rellano bajo una doble decoración geométrica de ligero gusto barroco portugués que, al igual que la ornamentación conservada en la iglesia, pudiera haberse fabricado durante la rehabilitación del edificio en el siglo XVIII.


Abajo: vista del interior del claustro desde el piso superior, apreciándose, entre otros elementos conservados, la aún existencia del piso embaldosado que cubría patio y pasillos, compuesto por baldosas de barro cocido al más puro estilo castellano.


Habitará el santo alcantarino durante una temporada en el convento valverdeño, una vez erigido el mismo y tras el regreso del religioso de Portugal en 1.551, país vecino al que había acudido en pro de potenciar la fundación en tierras lusas de la Provincia franciscana de la Arrábida. Sería a la vuelta de esta estancia portuguesa y a su paso por la lusa Olivenza cuando el religioso extremeño reciba, como regalo donado por Don Francisco Henríquez, franciscano como él y Obispo de Ceuta residente, como correspondía por su cátedra y en tal época, en la localidad oliventina, una imagen de la Madre de Dios venerada en la Parroquia de Santa María de tal localidad fronteriza. Agradecido por el obsequio entregado por tan fervoroso admirador, se llevará Pedro de Alcántara la imagen hasta el convento de Valverde en procesión desde Olivenza, población no muy distante al novedoso monasterio. Una vez colocada la talla mariana sobre el altar mayor, no tardarían supuestamente los milagros en darse y proclamarse, en tan cuantioso número y con tanta fama que, por común acuerdo de toda la Provincia franciscana a la que pertenecía el convento, se aprobaría el cambio de advocación del lugar para ser nombrado desde entonces como de Madre de Dios. La creciente popularidad y prestigio del cenobio se traducirán en prosperidad económica conventual, siendo inclusive sus hermanos llamados para celebrar misa cantada y sermón durante las festividades honradas en algunas de las localidades cercanas, como en el caso de La Albuera.

Sin embargo, los años de prosperidad se verán truncados, como en el resto de la comarca fronteriza, cuando en 1.640 estalla la Guerra de Restauración portuguesa. El 13 de septiembre de 1.643 sería la localidad de Valverde de Leganés arrasada por las tropas lusas. Algo que se repetirá a comienzos del siglo XVIII con la Guerra de Sucesión española, quedando el municipio valverdeño prácticamente despoblado entre 1.704 y 1.712. Tal serie de conflictos y capítulos bélicos afectarían de forma directa al convento franciscano, cuyos hermanos, como ocurriría en cenobios igualmente rayanos, serían desalojados y repartidos entre otros conventos de la región, quedando cerrado el cenobio en 1.643 y 1.703 respectivamente. Una vez recobrada la independencia portuguesa, volverían los franciscanos a Valverde reconstruyendo el maltratado convento, reparado en 1.672. De igual manera medio siglo después, en el trono español la dinastía borbónica, tendrán que asumir los frailes una serie de reformas arquitectónicas destinadas a la recuperación del inmueble, dañado por el desgaste del tiempo y por los avatares militares, que serán aprovechadas además para la mejora del mismo, reforzando su original fábrica basada en materiales humildes, dotándolo de nuevas dependencias, ampliando bóvedas y camarín, y sumando una decoración de estilo barroco y cierto gusto portugués que nos recuerda a la mostrada en templos y conventos lusos rayanos cercanos, tales como el Convento de San Antonio de Campo Mayor, levantado en 1.708, que confirmaría una vez más la relación entre inmueble y país vecino.


Arriba y abajo: partiendo del tramo norte de los cuatro que componen el claustro, un largo pasillo, extendido hacia occidente y oriente respectivamente, comunicaba la zona central del convento con el exterior y zona de huertas, a la izquierda del edificio, así como con las dependencias más internas del cenobio, bajo una cobertura de bóveda de medio cañón rota, en la zona del claustro, con bóvedas de arista en comunión con cada una de las arcadas que conforman el monacal patio.


El convento de Madre de Dios, exclaustrados sus hermanos y desamortizado el edificio en base a las reformas dictadas por el Gobierno español durante la década de los treinta en pleno siglo XIX, pasará tres siglos después de su fundación a manos privadas, utilizado para diversas labores y usos agroganaderos, convertido fundamentalmente en establo. Completamente abandonado y en proceso de ruina a la llegada del nuevo milenio, será adquirido en época reciente por la Parroquia valverdeña de San Bartolomé, bajo el patrocinio de la Junta de Extremadura. En 2.011 se llevarían a cabo ciertas obras de recuperación del lugar enfocadas principalmente hacia las cubiertas del edificio, dentro del programa de empleo "Convento Viejo" ejecutado por la Escuela Taller Valverde-Táliga, por el que se perseguía el freno del deterioro del inmueble. Tal rehabilitación se aprecia hoy en día más en el templo que en la zona conventual, cuya segunda planta, destinada originalmente a acoger las celdas de los frailes, ha sido parcialmente reconstruida mostrando aún, como el resto del edificio, las huellas y heridas que el paso del tiempo, los avatares de la historia y el olvido de los humanos han causado sobre el monumento.

Borradas también del terreno las líneas que un día dibujarían los huertos y jardines que los hermanos labraron sobre la ladera sur del cenobio, se conserva en este flanco meridional el atrio y entrada principal del edificio, erigido y ubicado tal pórtico en este punto del conjunto siguiendo las pautas constructivas descalzas. Tras atravesar su arco de medio punto y acceder través de un pequeño soportal al zaguán conventual, se adentra el visitante en las entrañas del monumento, pudiendo dirigir los pasos desde tal vestíbulo tanto al claustro como a las dependencias monacales ubicadas en la planta baja del conjunto. No es difícil distinguir entre las salas que componen el piso inferior del cenobio valverdeño las diversas estancias con que contarían los monjes para los quehaceres de la vida diaria. El refectorio o comedor se enclavaría, posiblemente, en la cámara alargada y cubierta por bóveda escarzana o de cañón rebajada, dotada con banco corrido junto a la pared, hallada a la derecha del zaguán. Cocinas, almacenes y otras salas de variadas dimensiones, techadas unas con bóveda sobre arco escarzano, otras de planta cuadrada con bóvedas de aristas, se repartirían entre las alas sureña, oriental y poniente del conjunto. Las paredes de las salas, aún enlucidas y bajo cuya piel esconden la piedra y ladrillo que conforman su estructura, presentan una sencilla cenefa a media altura, geométrica y esgrafiada. 


Arriba y abajo: siguiendo los tradicionales patrones de la arquitectura franciscana descalza, también en el Convento de Madre de Dios se ubicó el templo en la zona más septentrional del conjunto, orientado su cabecero hacia el Este, rehabilitándose la estructura de la iglesia durante las obras de mejora ejecutadas en el siglo XVIII en base a una posible elevación de las bóvedas y añadido de camarín tras el altar mayor, lográndose así el resultado arquitectónico conservado hoy en día, con santuario de única nave y tres tramos más crucero.



Arriba y abajo: mientras que el templo original posiblemente contó con escasa decoración, la iglesia conventual mostraría tras las reformas llevadas a cabo en pleno siglo XVIII una ornamentación barroca que podría datarse en tal centuria, de influencia portuguesa que aún pervive principalmente en el cabecero o altar mayor (arriba), con retablo de material que circundaría la hornacina desde la que asomaría la imagen titular del sacro recinto, así como en la capilla lateral abierta al crucero a modo de pequeño brazo en la zona del evangelio, posible sagrario destinado igualmente a mausoleo cuyo arco de entrada, aún policromado, luciría decoración con yesería de claro gusto luso.


Abajo: mientras que los tres tramos que compondrían el cuerpo principal de la única nave del templo serían cubiertos con bóvedas nervadas de crucería, basadas en arcos apuntados, el crucero, así como la gran capilla lateral y contigua al mismo, presentarían cobertura sobre bóvedas de crucería estrelladas, donde el dibujo realizado sobre hiladas de ladrillo se antoja más complejo en el pequeño brazo lateral que sobre el propio altar mayor.






Abajo: además de los mausoleos que pudiera haber albergado la capilla abierta en el lado del evangelio, otras tumbas parece fueron alojadas frente a tal capilla  en el muro de la epístola, junto al vano de acceso a la sacristía, coronadas con arcos, cornisas y volutas en decoración de clara consonancia barroca con el resto del templo.


Vertebrando la planta, el claustro del monasterio no sólo dará luz y ventilación desde la zona media del inmueble a gran parte del edificio, sino que servirá como centro de comunicación entre las diversas zonas de que se compone el conjunto. Su lateral norteño se alargará por izquierda y derecha respectivamente con sendos largos pasillos que comunican el claustro, en el primero de los casos, con el flanco occidental, donde una puerta comunica nuevamente el edificio con su exterior, y en el segundo con las estancias conventuales más orientales. Desde la esquina noreste del patio, una portada sobre varios escalones permitiría a frailes el acceso al templo, mientras que otro vano, esta vez en el flanco occidental, comunicaría con la planta superior, tras superar la escalinata que ascendía hasta ella. Por su parte, los muros que conforman el claustro, cuadrado y de cinco metros por lado, se sostienen por pilares cuya fábrica se alimenta de ladrillo, en doble par de arcos de medio punto por lienzo, delimitado cada uno por un ligero alfiz cuya línea superior separa la arcada de los paredones pertenecientes al piso alto, rotos estos superiores muros por ventanales sobre cuyos dinteles rezan las notas que nos hablan de su rehabilitación, adivinándose entre la sencilla decoración esgrafiada el año de realización de las obras y restauración del edificio, durante la década de los treinta del siglo XVIII.

Sencillas bóvedas de arista, atribuidas a cada uno de los ocho arcos que componen el claustro, dan paso a las cuatro altas bóvedas que cubren el rectangular templo de una sola nave, dividido su interior en tres tramos, separados por arcos fajones, más crucero y camarín posterior, cerrados los tres primeros con diseño de crucería nervada sobre arco apuntado. Un gran arco de medio punto será el que marque la separación entre crucero y resto de la nave, presentando este espacio interior una cobertura con bóveda de crucería estrellada, menos sencilla que las anteriores pero menos ornamental aún que aquella que cubre la capilla abierta en su lado norte, pequeño brazo al que se accede tras superar un alto arco de medio punto, decorado con molduras de yeso policromado entre tonos azulados y rojizos que esconden bajo sí la armazón de ladrillo que da ser a toda la composición del recinto sacro. Posiblemente cobijo de añejas sepulturas, igualmente considerado sagrario, esta capilla refleja en su ornamentación un ligero sabor luso que repite en otros panteones que, frente a este espacio, se conservan en el lado de la epístola del templo, mientras que la mayor obra decorativa de la iglesia, presentada en su retablo mayor, se abre al feligrés centrada por la hornacina que cobijaría la imagen titular del lugar, asomada desde el camarín posterior cuya escalera de acceso mantiene su entrada en la esquina última de unión del lado del evangelio con el cabecero. Sobre la retabilística ventana de asomo de la santa talla, un frontón en cuyo interior se lee el anagrama de Santa María, destaca por su amplia cornisa inferior, sujeta ésta por cuatro columnas cuyos fustes, desaparecidos, serían coronados por cuatro capiteles de orden compuesto. Otras cuatro  hornacinas ubicadas entre los pilares, más estrechas las centrales que las colaterales, presentarían posiblemente al creyente cuatro otras imágenes de devoción y compañía de la Madre de Dios.


Arriba y abajo: abierta en el lado del evangelio, esquina con el cabecero, una escalera sube hasta el camarín edificado tras el altar mayor, sacra alcoba destinada al albergue y cuidado de la imagen mariana que daba título al lugar, presentada a los fieles a través de una hornacina que centraría el retablo mayor (abajo), decorados sus laterales con pinturas que simularían, a modo de trampantojo propiamente barroco, decoración marmórea (abajo, siguiente).




Arriba: destaca sobre el camarín una cúpula semiesférica sobre pechinas, centrada por linterna y con tambor octogonal exterior, a cuyo valor arquitectónico habría que sumar sus meritorias pinturas basadas en posibles falsos frescos, composición rica en elementos vegetales, volutas y molduras entre las que no faltan elementos religiosos o personajes sacros, como el mismísimo San Francisco de Asís en oración frente a un crucifijo, cara meditativa del santo fundador sobre la que se asentaba la reforma descalza de su Orden.


Arriba y abajo: desaparecida la ornamentación pictórica que muy posiblemente cubriría antaño la totalidad del camarín, en la mayor parte de los lienzos murales que sustentan y conforman la sacra sala, aún se conservan en diversos puntos del recinto obras que, sobre elementos propios de la decoración barroca, ensalzarían claves de la religión católica, tales como el anagrama mariano, en el interior de un pictórico retablo (arriba), o presumiblemente los cuatro santos evangelistas (abajo), salvados tres de los escritores dentro de sus  respectivos medallones, insertos en el interior de las sustentadoras pechinas.




El antiguo camarín mariano sorprende por la cúpula semiesférica que, sobre pechinas y exterior tambor octogonal, sigue coronando el antaño sagrado lugar. Presenta ésta, bajo su linterna, una colección de pinturas de vivo colorido, posibles falsos frescos, donde se adivinan, entre dibujadas molduras, aparentes volutas  y elementos vegetales, la figura de San Francisco de Asís en oración frente a un sencillo crucifijo. Continuaría posiblemente el programa pictórico por toda la estancia a través de representaciones perdidas en la casi totalidad de tres de sus cuatro muros. Alberga el restante una pictórica construcción basada en seriadas molduras que asemejan levantar y sostener un retablo, en cuyo interior vuelve a honrarse a María, a juzgar por el caligráfico emblema mariano, aquí repetido. En las pechinas se recogen, en medallones y entre molduras y hojarasca, las que se suponen efigies de los cuatro evangelistas, según otros autores posibles personajes relacionados con la Orden, desaparecido uno de ellos y sólo presumible la titulación de los restantes gracias al indubitativo libro que porta uno de estos santos personajes.

Restos de falsos frescos apenas se conservan también sobre una de las tres puertas de acceso que comunicarían el templo con el exterior, abierta ésta en el tramo central y lado norte de la iglesia. Acoge tal lado del evangelio otra portada más, actualmente cegada, cercana a los pies del recinto sacro y antecedida junto con la anterior por un amplio atrio cubierto con arcos escarzanos y sus correspondientes bóvedas de arista, cobertura que sostendría, posiblemente con posterioridad a los tiempos iniciales del convento, un hogar abierto inicialmente como hospedería, compuesto por dos habitáculos donde, en el mayor de ellos, destaca su gran chimenea, reutilizada tras la exclaustración y desamortización como vivienda. En el lado más occidental, pies del recinto sacro y mirando hacia poniente, un gran portón se abriría para comunicar campo y templo, bajo espadaña en desuso que antiguamente llamaría a la oración y a la celebración. Un pequeño luneto sigue sin embargo actualmente en pleno uso entre campanile y puerta, sobre lo que fuese coro, hoy desaparecido,  permitiendo colarse día tras día a través de su circular vano los últimos rayos de luz solar que iluminarían siglos atrás en su despedida diaria la imagen titular del templo y convento, acariciando suavemente hoy el cabecero de tan  sacro, monumental  y delicado enclave.


Arriba y abajo: vista exterior del convento valverdeño desde su lado más norteño, profundamente reformado durante la rehabilitación llevada a cabo en el siglo XVIII, donde, bajo lo que fuese hospedería, se abre un pórtico que daría paso a la iglesia desde su lado septentrional o del evangelio (abajo).



Arriba y abajo: dos portadas decoradas con pilastras, hornacinas y otros tantos elementos ornamentales fabricados en ladrillo y yeso en conjunción con el resto de decoración conservada en el templo del convento, permitirían la entrada al recinto sacro desde su lado más norteño, cegada hoy la más occidental (abajo), mientras que sobre la oriental sobrevivirían restos de decoración pictórica fragmentada por la bóveda de arista que cierra el atrio, invitando así a pensar que tal techumbre, unida a la vivienda sita sobre ella, pudieran datarse en fechas posteriores a la apertura original de los vanos.



Arriba: vista detallada de los escasos elementos decorativos que aún bordean el flanco norte del edificio, circundado antaño por una cenefa de candelieri y elementos vegetales esgrafiados, bajo la que destacarían los caños marmóreos que, de gusto luso, aún vacían las aguas que la lluvia deja caer sobre los tejados.


Arriba: imagen de la gran sala de estar con que contaría la antigua hospedería y posterior vivienda habilitada sobre el atrio norte del cenobio valverdeño, compuesto el hogar por dos dependencias donde destaca, al fondo oriental del salón-comedor, la chimenea que cerraría la sala cubierta de bóveda de cañón encalada.


Arriba y abajo: bajo la espadaña cuya desaparecida campana llamaría a la oración, el lateral occidental del conjunto monacal daría antaño con la zona de huertas, así como con las estancias destinadas al almacenaje, dando paso además al enclave acuífero desde el cual poder regar cultivos y tomar el agua con que abastecerse y alimentarse, recientemente restaurada esta fuente gracias a los trabajos llevados a cabo sobre el edificio en pro del freno del deterioro del mismo, ejecutados por la Escuela Taller Valverde-Táliga en 2.011.




- Cómo llegar:

La localidad pacense de Valverde de Leganés, cercana a la capital provincial, se mantiene unida con Badajoz a través de la carretera regional EX-310. Alcanzado el municipio valverdeño, habrá que tomar para llegar hasta el Convento de Madre de Dios la vía que comunica este pueblo con el cercano de Olivenza, bautizada como EX-105. Poco después de dejar atrás el caserío en dirección al embalse y presa de Piedra Aguda, a la altura de una empresa carbonífera, encontraremos a nuestra izquierda y flanco sur un sendero que permite, en línea recta, el acceso a tal pantano, y tomando el ramal que nace nuevamente a nuestra zurda, la llegada al antiguo monumento franciscano.






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