lunes, 12 de octubre de 2015

Convento de Nuestra Señora de los Ángeles, o de la Moheda, en las cercanías de Grimaldo


Documentado queda a través del llamado Censo de Godoy, elaborado en 1.797, que a finales del siglo XVIII, apenas varias décadas antes de la firma de las órdenes de exclaustración y desamortización de los bienes eclesiásticos que durante la primera mitad del siglo XIX cambiarían drásticamente el mapa clerical español, que en los últimos años del Antiguo Régimen en Extremadura, un 80 % del clero regular de la región profesaba bajo la Orden de San Francisco. Este alto porcentaje reflejaba no sólo la gran vinculación y arraigo que la Orden fundada por el santo de Asís había desarrollado en tierras extremeñas, sino que además se presentaba como resultado de un progresivo aumento cuantitativo del número de hermanos afiliados a tal hermandad religiosa presentes en la región, derivando su implantación inicial, fechada el siglo XIII con la construcción del convento de San Francisco en Plasencia, en toda una amalgama de cenobios y monasterios presentes en todas las comarcas y que cubrirían la práctica totalidad del territorio de Extremadura, englobados sus hermanos, amén de las féminas de la segunda Orden y los Terciarios, tanto en las ramas conventual y observante de la primera Orden, así como en la descalcez, cuyo origen se inició por fray Juan de Guadalupe, reforzado por San Pedro de Alcántara, justamente en esta tierra.


Arriba: el Convento de Nuestra Señora de los Ángeles, también conocido como de la Moheda, presenta una estructura familiar a la de otros cenobios franciscanos, con templo erigido en la zona norte y cabecero del mismo mirando al oriente, cuyo conjunto monacal unido al lado de la epístola de la iglesia, aparece centrado por un claustro al que conectan la mayoría de las dependencias, tanto de la planta baja como del piso alto, tal y como podemos observar en el esquema elaborado sobre el inmueble por Rubén Núñez, autor del blog Cáceres al detalle, con quien Extremadura: caminos de cultura visitó el lugar y ha querido colaborar en una doble publicación conjunta, en pro de la promoción y divulgación de este olvidado monumento.


Arriba y abajo: fundado en 1.492 por hermanos franciscanos de la Tercera Orden Regular, el convento de Moheda fue rehabilitado por los franciscanos observantes estando una vez el edificio bajo su mandato a partir de 1.587, ampliando éstos, entre otras estructuras, el templo del lugar, alargándolo en su cabecero, dotándolo de capillas laterales y ornamentándolo con nueva portada que, junto al edificio de misioneros anexo, siguen conformando, a pesar del abandono, la actual imagen de presentación del cenobio ante el visitante que se acerca al enclave.


Abajo: además de las obras efectuadas en el recinto sacro, los frailes de la Observancia ampliaron, tras su llegada al convento a finales del siglo XVI, el propio conjunto monacal, dotándolo de nuevo claustro, amurallando e intregrando la huerta, y multiplicando las celdas que ocuparían una planta superior, hoy en día semidesaparecida pero cuyos ventanales aún sobreviven abiertos en flancos externos, como el oriental.


La Orden franciscana encontraba en Extremadura características propias que conjugaban plenamente con las bases religiosas y fundacionales dictadas por el Patriarca italiano. No obstante, el propio San Francisco había visitado la región, entre los años 1.213 y 1.214 cuando, de regreso de su peregrinación a Santiago de Compostela y encaminándose hacia el Sur por tierras portuguesas, se adentró en la Sierra de Gata, identificando alguno de sus rincones como los más ideales para erigir eremitorios donde poner en práctica la vida eremítica que pregonaba. Triunfaba entre las bases franciscanas una pobreza que sería bien vista y respaldada por un pueblo históricamente humilde. Las ansias tradicionales del franciscanismo hacia el recogimiento, en búsqueda de la meditación y la oración, se verían premiadas en tierras extremeñas con la abundancia de enclaves retirados en plena comunión y vinculación con la naturaleza, donde poder sentir la grandeza del Creador frente a la pequeñez del ser humano. Invitados por tales virtudes del terreno, elevarían paulatinamente con el paso de las centurias, y fundamentalmente en el siglo XVI, un ingente número de moradas fraternales.


Arriba: la nueva portada con que los hermanos observantes ornamentaron el acceso desde el lado del evangelio al templo del convento, respondería a un diseño retabilístico compuesto de dos cuerpos horizontales y tres calles en vertical, siendo las dos externas concebidas no sólo como pilares, sino también como contrafuertes con los que sostener el muro y el empuje de los arcos y bóvedas del interior de la iglesia.



Arriba: sobre el arco de medio punto que da entrada, el cuerpo o piso superior del retablo que compone la portada presenta en su calle central y bajo un arco carpanel, una hornacina avenerada flanqueda por volutas que, en su coronamiento y bajo resolución imaginativa, amolda por falta de espacio tanto la cruz como los florones en relieve que la culminan a la arquitectura de la composición.

Abajo: calles y pisos de la portada retabilística figuran marcados en su delineamiento por pilastras verticales y cornisas que, a su vez y junto a paredes y muros, se ofrecen como lienzos sobre el que mostrar una rica serie de esgrafiados que se prolongan a lo largo del exterior del conjunto.




Arriba: escrita en la cornisa que cierra el cuerpo inferior de la primera calle o pilar izquierdo de la portada, puede aún leerse la palabra "MISSIONEROS", en clara alusión a la escuela o seminario de misiones que en el siglo XVIII y durante más de treinta años tuvo asentamiento en el lugar.

Abajo: la espadaña del convento, levantada sobre el muro del evangelio del templo, sigue mostrando su estructura en base a doble arcada de medio punto, coronada con volutas y trío de florones terminados en bolas, callada desde que fuese despojada de sus campanas tras la expulsión de los frailes que habitaban el cenobio a raíz de la Orden de Exclaustración de 1.835.



La forma de vida de los franciscanos, sin embargo, dependía de la familia a la que, dentro de la misma y única Órden inicial, pertenecían los hermanos. La forma de entender las doctrinas establecidas por la santa figura precursora había dado origen, ya desde los inicios del franciscanismo, a una clara división entre los partidarios de vivir la Regla imitando plenamente la vida humilde y espiritual ofrecida por San Francisco, observando radicalmente el Evangelio, y quienes, por el contrario, preferían seguir al italiano completamente institucionalizados, mirando hacia lo mundano y el día a día, adaptándose al devenir de los tiempos. Serían conocidos los primeros como observantes, mientras que los segundos recibirían el apelativo de conventuales. La clara diferencia entre la más mundanal visión de la Conventualidad, y la más espiritual vida religiosa de la Observancia, quedaría posteriomente marcada por la descalcez, surgida dentro de la Observancia como respuesta a una relajación en la humildad y espiritualidad de ésta. No dejarían sin embargo ninguna de las familias, aún separadas formalmente en dos distintas Órdenes de Frailes Menores, en tomar como bases las más principales ideas esgrimidas por San Francisco. Igualmente, observantes y descalzos, pese a las críticas recibidas recíprocamente por ambas tendencias en sus primeros años de convivencia, intentarían imitar el seguimiento evangélico dictado por su canonizado fundador. De esta manera, y a pesar de mostrar variados monasterios observantes templos de riqueza arquitéctonica y cenobios de amplias dependencias, ubicándose muchos de ellos tanto en los centros urbanos como en los arrabales de las localidades de acogida, no faltarían aquellos edificios que, hermanados en cierta medida con los erigidos por los descalzos, se enclavarían en retirados rincones de escasa presencia humana, donde poder llevar a cabo una vida de recogimiento que recortase diferencias entre la rama original y la que, huyendo de su corrupción, se originase a raíz de ellos.


Arriba y abajo: vista general, desde los pies del templo, del interior del recinto sacro del convento de la Moheda, de única nave y tres tramos que, en su cabecero, muestra la capilla mayor bajo una llamativa bóveda avenerada (abajo).




Arriba: de los tres tramos más cabecero que componen la iglesia conventual, conservan su cerramiento en bóvedas delimitadas por arcos de medio punto los dos espacios más cercanos al altar mayor, de cañón sobre lunetos edificados con ladrillo posteriormente lucidos y esgrafiados.



Arriba y abajo: el tramo cercano a los pies del santuario, de mayor largo que sus predecesores, no conserva su cerramiento pero sí los arcos escarzanos que sostendrían el coro que ocuparía este espacio sacro, sustentados por pilares adosados a los muros sobre los que descansarían las bóvedas de arista que le darían ser (abajo).





Mientras que los conventos de San Francisco de Cáceres, sus homónimos trujillano o frexnense, o el de San Antonio de Padua en Garrovillas de Alconétar, entre otros muchos ejemplos extremeños, se muestran como destacados monumentos legados por la rama de la Observancia a las localidades donde fueron edificados, no faltan otros cenobios observantes cuya silueta no sobresaldría entre caseríos y murallas, sino, como en la mayoría de los casos descalzos, entre encinares y bosques, valles y montañas, como sería el caso del convento de San Bartolomé, en las afueras de Alcántara, y mucho más llamativamente el de Nuestra Señora de los Ángeles, también conocido como de Moheda, en las cercanías de la pedanía cañaveraliega de Grimaldo.

No sería construido ni iniciado, sin embargo, el convento de Moheda por los hermanos franciscanos observantes. Por el contrario, tal labor sería llevada a cabo en 1.492 por un escaso número de frailes franciscanos Terciarios que, atendiendo al llamamiento papal hacia la reedificación de una apartada ermita, acudieron al lugar. Se enclavaba esta humilde capilla, ya conocida en las últimas décadas del medievo, entre Grimaldo y Mirabel, acogiendo en su interior una mariana talla que daba nombre al sacro recinto. La Virgen de Moheda, a su vez, tomaba por apelativo aquel que hacía referencia a la abundante vegetación que en tan umbría serranía hacía del lugar un paisaje sobrecogedor al que los habitantes de poblaciones cercanas acudían a orar frente a la Madre de Dios. Serían fray Juan de la Moheda, fray Álvaro de Morales y fray Juan de Medina, pertenecientes a la Tercera Orden Regular de San Francisco, quienes atenderían al escrito expedido desde Roma en 1.491, a través del cual se llamaba a la reparación y conservación del humilde templo. La rama Terciaria, a la que éstos hermanos pertenecían, acogía desde su fundación en tiempos del propio San Francisco a aquéllos quienes, deseando seguir las doctrinas del santo, mantuvieran impedimentos que no les permitiesen ingresar en ninguna de las otras ramas franciscanas. En un número ínfimo en comparación con los observantes o los conventuales, los hermanos terciarios lograrían establecerse en Extremadura acogidos a dos cenobios. Tras rehabilitar la ermita de Moheda, y fallecido fray Juan de la Moheda, sus dos hermanos lograrían obtener permiso papal para edificar un convento anexo, en 1.492. En 1.517 se fundaría, por su parte, el de Santiago, o Santiago Moncalvo, en Acebo.


Arriba y abajo: tras una centuria trascurrida desde que se llevaran a cabo las obras de remodelación de la iglesia del convento de Moheda, una capilla sería abierta a finales del siglo XVII en el tramo central del muro del evangelio donde, por mandato del Guardián fray Francisco de Godoy, poder alojar y exponer la gran colección de reliquias con que llegó a contar el cenobio, en un oratorio de planta cuadrada coronado con cúpula hemisférica y cubierto con baldosas de barro cocido que, tanto en su portada como muros internos, quedaría ornamentada por trampantojos que simulasen estructuras enladrilladas, balaustradas, zócalos y azulejería con simbología cristiana, donde aún se puede adivinar la presencia de jarrones de azucenas marianas entre el Agnus Dei o Cordero de Dios (arriba).






Abajo: abierta junto al adoratorio de las reliquias, pero de menores proporciones que éste, una segunda capilla se expone en el lado del evangelio, coronada  con cúpula hemiesférica culminada en linterna externa que, en el interior, presentaría antaño pinturas o falsos frescos que ornamentarían todo el oratorio, hoy prácticamente desaparecidos.




Abajo: además de los oratorios abiertos en el muro del evangelio, otras dos capillas, diseñadas como grandes hornacinas, figurarían excavadas en sendos muros izquierdo y derecho del tramo contiguo al cabecero, decorados con falso enladrillado y sencillos esgrafiados geométricos sobre los que se abriría, en el caso de la hornacina del flanco del evangelio, un amplio vano que serviría de acceso, tras subir desde la capilla de las reliquias y recorrer un entramado que discurriera por la zona exterior del templo, al camarín de la imagen titular del convento.




A pesar de la vinculación fundacional del convento de la Moheda con los Terciarios, no recaería siempre este inmueble en sus manos. Las características del lugar hicieron que la posesión del mismo fuera deseada por otros frailes franciscanos de la Primera Orden, como fueron los conventuales reformados Capuchos a comienzos del siglo XVI. Expulsando a los de la Tercera Orden que habían levantado el cenobio, no devolvieron éste a sus fundadores hasta que, en 1.513 y tras ganar los Terciarios un alargado pleito, así lo ordenasen desde Roma. Medio siglo después, en 1.567, serían los observantes los que tomarían posesión del lugar tras ser ordenada por el papa Pío V una reforma de la Orden Tercera, encaminada a la integración de sus hermanos dentro de la Observancia. Esta transformación clerical, sin embargo, no fue bien tomada por los Terciarios extremeños que, apelando al sumo pontífice a través del propio monarca, lograrían obtener una revocación papal con la que se les permitiese seguir ejercitando como frailes Terciarios, supeditados a cambio y como última instancia a la Observancia, sin que pudieran recibir novicios que permitieran regenerar la Orden. Estas condiciones harían que, veinte años más tarde, un único y último Terciario se mantuviese como hermano solitario tanto del convento de Moheda, como del del Acebo. Marchados sus compañeros, o fallecidos los restantes, desalojaría el superviviente bajo acuerdo ambos cenobios en 1.587, pasando a formar parte sendos edificios de la Provincia observante de San Miguel.


Arriba y abajo: abierta en el flanco derecho del recinto sacro, una puerta comunicaría la iglesia conventual con el pasillo norte del claustro, en su punto de unión con el oriental que, a su vez, mantendría acceso con la sacristía (abajo), humilde y bajo bóveda de arista cuya portada principal, hoy cegada, se presentaría en el lado de la epístola del templo.




El convento de Nuestra Señora de los Ángeles, como se dio en llamar más habitualmente al cenobio de la Sierra de Mirabel desde su paso a manos de la Observancia, sufrió a raíz del nuevo rumbo que tomaba el monasterio una serie de reformas de rehabilitación y ampliación que, en manos de los Terciarios, sólo había recibido en 1.532, financiadas entonces por el acaudalado vecino de Pasarón D. Álvaro de Trejo. Serán ahora fundamentalmente los señores de Grimaldo quienes se ofrezcan como mecenas y protectores del edificio y de sus habitantes, destacando entre las reformas llevadas a cabo aquéllas dirigidas por el Ministro Provincial fray Diego de Ovando a finales del siglo XVI, dándole al edificio el aspecto básico que actualmente, pese a la ruina contemporánea, sigue ofreciendo. Con el templo ubicado en la parte septentrional del conjunto, siguiendo las trazas constructivas franciscanas habituales, se construiría un nuevo claustro de planta cuadrada que comunicaría no sólo con el lado de la epístola del recinto sacro, sino con la práctica totalidad de dependencias con las que contaría el cenobio, organizado en torno a tal patio y distribuidas sus estancias entre dos plantas. Las celdas figurarían en la superior, mientras que en el piso bajo se ubicarían despachos, almacenes, bodegas, así como refectorio y cocina, ambos, al parecer y de manera consecutiva, en el ala oriental del edificio, antecedido el comedor por la escalera de doble tramo que subiría hacia los dormitorios, cerrado el segundo espacio por una chimenea de amplia boca junto a la cual, excavados en el muro de cierre y de levante, dos aljibes o pozos, hoy cegados, ofrecerían el agua con la que elaborar los platos y comidas.


Arriba: vista del pasillo norte del claustro conventual, tomada desde la esquina oriental del mismo.

Abajo: el corredor oriental del claustro central, visto desde su ángulo sur.




Arriba: en peor estado de conservación que los tres corredores restantes, el pasillo sur se ofrece semicubierto de vegetación, visto desde su esquina oriental.

Abajo: corredor occidental del claustro, observado desde el vértice norte del mismo.



Abajo: los corredores que circundarían el claustro conventual quedarían cubiertos, en la planta baja del edificio, por bóvedas de aristas ejecutadas entre los arcos de medio punto que unirían los muros internos con las galerías de arcos que circundarían el patio, enlazando pilares y flancos a modo de arbotantes, suprimidos éstos, al parecer, en el piso superior, donde sólo cuatro arcos escarzanos, uno por esquina, sustentarían la posible techumbre de madera que coronaría los altos pasillos que daban paso a las celdas y dormitorios del lugar.



La fábrica del nuevo claustro, lucida originalmente y desconchada con los años y tras el abandono del edificio después, muestra su esqueleto de ladrillo conjugado con mampostería pizarrosa, elementos constructivos que, por otro lado, son empleados en todo el edificio, con preponderancia de los primeros en vanos, arcos y portadas. El cerramiento interno del patio ofrece, en la parte baja, una serie de arcadas de medio punto enladrilladas sobre pilares de pizarra de base cuadrada y achaflanados, en trío por lateral, sobrepuestas por galerías de cuartetos de arcos carpaneles que culminan la obra en la zona superior, apoyados en pilares ochavados de ladrillo que, en su conjunto y combinación arquitectónica con el resto de la obra claustral, recuerda a patios mudéjares tales como el del Palacio de los Condes de la Roca, en Badajoz, el del Palacio de los Zapata, en Llerena, o al del también Monasterio de Tentudía, en Calera de León. Tal maestría en el uso del ladrillo, así como fundamentalmente la aparición de pilares achaflanados o recortados junto a otros de base octogonal u ochavados, permiten aventurarse a considerar esta obra influida, o incluso plenamente ejecutada, por alarifes o albañiles moriscos bajo el estilo mudéjar heredado y aprendido de sus antecesores que, poco antes de su expulsión de las tierras de España a comienzos del siglo XVII, dejaron su impronta artística en la obra de Grimaldo, al igual que lo hicieran en este siglo y precedentes en parroquias de municipios cercanos y circundantes a la vega del Tajo a los que serían llamados a trabajar, como fundamentalmente lo hicieran en la no muy distante ciudad de Plasencia.


Arriba y abajo: el claustro del convento de la Moheda, datado durante las reformas llevadas a cabo en el lugar a finales del siglo XVI bajo mandato del Ministro observante fray Diego de Ovando, presenta doble arcada superpuestas, correspondientes a los dos pisos con que se dotó el inmueble, de cuatro arcos de medio punto por flanco en las galerías inferiores, y cuádruple carpaneles en la superior, sobre fábrica de ladrillo ayudada con mampostería de abundante pizarra sostenida por pilares achaflanados en los bajos y ochavados los altos.



Arriba y abajo: la maestría a la hora de ejecutar tal obra arquitectónica en ladrillo, en sabia conjugación con la mampostería, unido a la aparición de pilares achaflanados y ochavados (abajo) que recuerdan a otros patios regionales de fábrica mudéjar, tales como el del Palacio de los Condes de la Roca, en Badajoz, el del llerenense Palacio de los Zapata, o el propio claustro del Convento de Tentudía, hace pensar en la influencia mudéjar, o inclusive la propia ejecución de la obra por manos de alarifes y albañiles moriscos que desempeñasen su labor siguiendo las directrices artísticas de sus antecesores, en una obra tardía pero no descartable llevada a cabo antes de la expulsión de los mismos de los reinos de España, en 1.609.




Cercana al espíritu del Renacimiento podría considerarse, por otro lado, la decoración pictórica que aún sobrevive sobre los muros de los pasillos que circundan el claustro monacal, cuyas coloridas cenefas y engañosos diseños arquitectónicos, pintados sobre el estuco y grabados en diversos retazos, conjuga tanto con los motivos vegetales que ornamentarían los casetones que bordean algunas de las portadas abiertas al patio, así como con las ménsulas sobre los que descansarían, en cada una de las esquinas del cuadrado, las aristas últimas de las bóvedas que cubrirían las conjunciones de los galerías, techadas éstas a su vez por tramos de bóvedas de arista que aparecerían entre los arcos que, a modo de arbotantes internos, enlazarían muros con los pilares de la arcada baja, marcados por cuartelas que, como pudiera verse en claustros de otros conventos franciscanos observantes, con ejemplos en Cáceres o Garrovillas de Alconétar, guardasen bustos de personajes religiosos vinculados con la Orden.


Arriba y abajo: tras estucar las galerías y muros circundantes que componen el claustro conventual, se quiso decorar paredes y pilares con pinturas y falsos frescos de coloridos tonos y temática geométrica que simulase casetones en derredores de puertas, zócalos en pies, o cenefas que recorriesen los flancos internos, cuyo bordeado, en algunos casos, quedaba a su vez grabado por incisión sobre la capa (abajo).







Arriba: bajo las ménsulas que fijaban los arcos perpendiculares a los muros de cada pasillo, en unión entre éstos y la galería circundante del patio, apenas sobreviven las cuartelas que presentaban muy posiblemente en su interior personajes religiosos relacionados con la Orden franciscana, así como pasajes de la vida de santos, mártires y misioneros vinculados con tal hermandad, como era habitual encontrar en muchos otros claustros renacentistas y barrocos destacando aquellos frescos, de entre los edificios regidos por la Observancia, expuestos en los conventos de San Francisco de Cáceres, o el abandonado de San Antonio de Padua, en Garrovillas de Alconétar.



Arriba y abajo: en cada una de las cuatro esquinas internas del claustro del convento de la Moheda se ubicaron ménsulas decoradas sobre las que descansaban las aristas que conformaban las bóvedas de unión entre corredores, ornamentadas con volutas y motivos vegetales que engarzarían con la temática geométrica que abundaba pintada sobre los muros del patio.



También bajo las directrices de fray Diego de Ovando se cercaría la huerta, en la zona meridional, para cuyo riego posiblemente se usaría el agua de la que se podía disponer a través del pozo abierto y cubierto bajo bóveda de cañón en el flanco occidental del edificio monacal, integrado en el mismo pero con acceso desde el exterior, cercano a la puerta de entrada al convento que, a su vez, era vigilada desde la portería contigua y comunicada con la esquina noroeste del claustro. El templo del lugar no quedaría tampoco exento de rehabilitación y reestructuración, alargándose su planta, de nave única y dividida en tres tramos más cabecero orientado al Este, cuya entrada principal, abierta en el lado del evangelio, quedaría guardecida por una portada cuya generosa decoración se acercaría al barroquismo naciente. Su arco de acceso, de medio punto, se abriría enmarcado por una construcción retabilística que, además de ornamentar y embellecer el acceso al recinto sacro, ejercería como contrafuerte del muro y ayuda de sujeción de los arcos internos de la nave, de medio punto y entre los que fluirían las originales bóvedas de cañón sobre lunetos, desaparecida la del gran tramo cercano a los pies y salvadas sólo en cabecero y primer par de tramos contiguos a éste. Tal enmarcación, flanqueada por dos anchos pilares adosados al flanco septentrional, se presentaría compuesta de dos cuerpos que, separados por cornisas y delineados por pilastras, culminarían en un arco escarzano que acogería una hornacina avenerada y entre molduras acoplada al espacio donde queda enclavada, culmen a su vez del vano de entrada en cuyo derredor discurre la serie de esgrafiados que, prolongados por los muros circundantes, cubren el exterior del edificio. El resultado final sería firmado por la espadaña de doble arco y florones rematados en bolas superiores que llamaría a la oración antaño desde su privilegiado enclave sobre el muro del evangelio del oratorio, hoy desnuda sin sus campanas.


Arriba y abajo: ubicada en la esquina sureste del edificio, la cocina conventual, de amplias proporciones, se mantenía comunicada con lo que posiblemente fue el refectorio del lugar (arriba), cubierta con bóveda de cañón sobre lunetos y enmarcada, en su lateral meridional, por una ancha chimenea (abajo) junto a la cual, excavado sobre el muro oriental, un aljibe o pozo, actualmente cegado, surtiría de agua a los frailes para su alimentación y cocinado de sus comidas.





Arriba y abajo: desde la galería oriental inferior del claustro partía, bajo arco de medio punto (arriba), la escalera de subida de doble tramo que ascendía hasta la planta alta de la zona conventual.



Abajo: el ala sur del monumento se presenta en la actualidad como la más destruida y arruinada, colonizados sus espacios y muros por una abundante vegetación que engulle poco a poco pero sin descanso lo que fueran almacenes, despachos y otras dependencias conventuales.



Dentro de la iglesia conventual sería añadida, una centuria después de la reestructuración y a finales del siglo XVII, una capilla de planta cuadrada, alojada y abierta en el muro del evangelio, en el tramo medio del templo, cuya acometida sería dirigida por el hermano y Guardíán del convento fray Francisco de Godoy. Enriquecido el cenobio con una considerable colección de reliquias donadas a lo largo de su historia, que el religioso aumentaría consiguiendo traer al lugar santos ejemplares desde Roma y Tierra Santa, se decidiría poder acoger las mismas en un oratorio propio, quedando la capilla mayor, donde antes eran expuestos los santos vestigios, para ofrecer a los fieles exclusivamente la imagen titular, alojada en un camarín bajo llamativa bóveda avenerada, al que se podría subir y acceder a través de una escalinata que, naciendo en la nueva capilla barroca, alcanzaría la parte alta del último tramo del lado del evangelio llegando al habitáculo mariano, saliendo brevemente por el exterior. El resto del recinto sacro ofrecería espacio para alojar tres capillas más, dos de ellas a ambos lados de la capilla mayor, excavadas en los muros laterales del tramo contiguo a modo de extensas hornacinas, a las que se sumaría, abierta en el gran tramo final, una capilla contigua a la convertida en relicario, de menores dimensiones pero con la que compartiría el diseño de su cobertura a través de una barroca cúpula hemisférica propia de la región, culminada con linterna en la capilla menor y pináculo en la sala de reliquias. La sacristía, por su parte, quedaría englobada dentro del espacio conventual, con acceso desde el templo a través de una portada abierta en el muro de la epístola. A los pies del recinto sacro, un amplio coro se extendería por la parte final del amplio tramo que cierra junto a los pies la nave, sostenido por dos arcos escarzanos sustentados sobre pilastras y unidos entre ellos y con el muro de poniente a través de bóvedas de arista. Bajo ellas sería donde se encontrase el fiel al acceder al interior del edificio, tanto si entrara por la ornamentada portada del lado del evangelio como por la puerta abierta a los pies de la iglesia, de enladrilladas dovelas y arco carpanel cuyo origen posiblemente se remontase a la planta original del templo.


Arriba: si bien el templo presentaba su propia portada de acceso, la entrada al convento se efectuaba desde el flanco occidental del mismo, cuyo zaguán, donde los visitantes podrían esperar sentados en un banco corrido erigido con mampostería junto a la pared, counicaría con la esquina noroeste del claustro.



Arriba y abajo: el flanco occidental de la zona conventual mantendría comunicadas las salas y dependencias abiertas en el ala oeste del cenobio con el exterior, junto al valle sobre cuya vertiente se excavaría un estanque, a mediados del siglo XVIII, que recogiese las aguas de lluvia deslizadas desde la serranía cercana.



Abajo: junto al huerto, cercado y anexionado al Sur del convento desde la llegada a él de los observantes, un aljibe o pozo, hoy cegado, se abre excavado bajo el muro flanqueante occidental, de donde los frailes, cobijados bajo bóveda de cañón, podrían obtener el agua necesaria para el riego de cultivos y árboles.



A pesar de las reformas sufridas por el monumento desde la llegada de los observantes al cenobio, mejorándolo y acercándolo arquitectónicamente a otros edificios conventuales de mayor rango regidos por tal rama franciscana en otros puntos de la región, no dejó de ofrecerse nunca el lugar como lugar de recogimiento y aislamiento de la vida mundanal, hecho que le permitiría ser designado como Casa de Recolección por el Ministro observante fray Pedro Gómez de Guinaldo en 1.618. Ocho años después cesaría este acometido y dejaría de ofrecer el monasterio esta función, inaugurándose cien años más tarde, en 1.726, un Seminario de Misiones en el mismo que perduraría hasta 1.761, llegando con él la edad dorada del convento. Su conversión en seminario misionerio, recordado a través de una cartela y la palabra “missioneros” que aún puede leerse bajo la cornisa que cierra el cuerpo bajo izquierdo de la composición retabilística que conforma la portada principal del templo, conllevaría la ampliación de sus estancias, erigiéndose muy probablemente por este motivo y en esta época los edificios anexos al convento y pies de la iglesia, que alargarían el ala occidental del cenobio hacia el Norte. Sería así incluido el edificio entre aquéllos donde la Orden franciscana, vinculada desde comienzos del siglo XVI con la evangelización del Nuevo Mundo, preparaba a los hermanos que decidieran enseñar y promulgar la fe en Cristo tanto en tierras americanas como en otras descubiertas o conquistadas a raíz de la expansión española mundial durante la Edad Moderna, despuntando en tal labor el franciscanismo entre todas las Órdenes que dedicaron parte de su obra evangélica a las misiones, contabilizándose su aportación y número de hermanos enviados al continente americano, Filipinas y otros enclaves lejanos de Europa en un 72 % del total de misioneros nacidos en tierras extremeñas, muchos de ellos adoctrinados en las aulas del convento de Grimaldo.


Arriba y abajo: coincidiendo con la edad dorada del convento de Moheda, un Seminario de Misiones, fundado en 1.726, sería enclavado en el lugar, posiblemente en el edificio erigido en la esquina noroccidental del conjunto, de dos plantas y acceso enmarcado por un amplio arco escarzano decorado con el esgrafiado de lo que parece ser un fraile conversor, educando en él y hasta su disolución en 1.761 a los encargados de la expansión del evangelio y fe en Cristo a lo largo de las Américas y colonias del Pacífico, función en la cual los franciscanos destacaron, a gran nivel nacional y mayor aún regional.




Eran 27 hermanos los que, en 1.769, se contabilizarían como habitantes del edificio de Moheda poco después de cesar en sus labores seminarísticas. Nunca antes había albergado tantas almas, ni lo haría después de ser convertido en simple convento, inaugurándose tras el fin de sus trabajos doctrinales un declive del lugar del que no lograría superarse y al que llegaría, apenas con seis hermanos pocos años antes de 1.835, cuando se dictase la orden de exclaustración que les obligaría a marcharse. Se llevarían con ellos las llaves de la historia de un lugar que no sólo sería clave dentro de la crónica del franciscanismo extremeño, sino también reflejo de los sucesos vividos por el clero y la religión en nuestra región. Abandonado, en progresiva ruina y declive, convertido en vaquería y lugar de recogimiento del ganado, sus paredes susurran en un tono progresivamente debilitado las vicisitudes del lugar, cuya fábrica dormita cayendo poco a poco en un sueño mortal en el que no desea adentrarse, esperando ser despertada para poder ser nuevamente protagonista de inéditos capítulos de la historia que ronden alrededor de las cualidades del lugar.

- Cómo llegar:

La población de Grimaldo, antaño independiente y actualmente pedanía de la cercana Cañaveral, se ubica junto al trazado de la carretera nacional 630, o Ruta de la Plata, atravesada por la misma en el trayecto que discurre entre el río Tajo y Plasencia. Yendo por tal vía nacional, en el kilómetro 500 de la misma, un desvío nos facilita la entrada a la autovía A-66 en dirección al Norte. Pasado el cruce, y a mano derecha, un acceso asfaltado nos permite adentrarnos en las fincas colindantes a través de un camino público, por el que deberemos viajar para poder alcanzar nuestra meta.

 

Con el camino ya térreo bajo nuestros pies, toparemos con un vallado que podremos abrir al pesar servidumbre sobre el sendero. En caso de haber acudido en vehículo, es conveniente aparcarlo en la zona, dado el aspecto irregular que presenta el camino en varios de los tramos que nos esperan. En alguna ocasión aparecerá un desvío a mano derecha. Habrá que tomar siempre el camino recto que nos orienta hacia la serranía que surge frente a nosotros.




Una nueva cancela cierra el paso y nos avisa de la entrada en un coto privado de caza. El camino sigue siendo público y el verjado puede ser abierto para nuestro paso, aguardándonos a poca distancia ya el convento de Nuestra Señora de los Ángeles, tras alcanzar un muro de mampostería desde el cual observaremos el cenobio franciscano erigido sobre un valle donde aún hoy en día, como antaño, historia, arte y cultura conjugan perfectamente con la naturaleza.


La finca donde se ubica el antiguo convento de la Moheda es de propiedad particular, destinado actualmente el monumento en ruinas a vaquería y lugar de recogimiento del ganado. En todo caso, si decidimos adentrarnos en la hacienda privada y visitar el edificio, se recomienda tener en cuenta los siguientes puntos:

1) Respetar en todo momento las propiedades de la finca, como vallados o cercas, intentando no salirse de los caminos marcados.
2) Respetar la vegetación y cultivos de la misma, sin realizar ningún tipo de fuego ni arrojar basura alguna.
3) Respetar al ganado que pudiese habitualmente estar pastando en la zona, y en caso de encontrarse con animales que lo protejan, no enfrentarse a los mismos.
4) Si observamos que se están practicando actividades cinegéticas (caza), abstenernos de entrar.
5) Si nos cruzamos con personal de la finca o nos encontramos con los propietarios de la misma, saludarles atentamente e indicarles nuestra intención de visitar el monumento, pidiendo permiso para ello. En caso de que no nos lo concediesen, aceptar la negativa y regresar.



Abajo: filmado y diseñado por Rubén Núñez, autor del blog Cáceres al detalle, el siguiente vídeo muestra con todo detalle el convento de la Moheda, tanto en su interior como exteriores del mismo, en un magnífico resultado que parte de la visita y trabajo en colaboración entre ambos blogs, agradeciendo por mi parte a Rubén su gran aportación e invitándoos a todos los lectores y visitantes a conocer su publicación, de la que os dejo los correspondientes links y enlaces:




lunes, 14 de septiembre de 2015

Imagen del mes: Convento e Iglesia de San Ildefonso, en Hornachos


Puerta de acceso y portada principal de los Convento e Iglesia adyacente al mismo de San Ildefonso, cenobio erigido en el conocido como pueblo de los moriscos para acoger a la comunidad franciscana encargada de la evangelización del amplio número de descendientes de mudéjares naturales del lugar.
Hornachos (Badajoz). Siglo XVI; estilo renacentista.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Convento de Santa María de Jesús, en Salvatierra de los Barros


Aunque la mayor parte de los conventos, monasterios, iglesias y edificios religiosos que hoy en día se presentan en ruinas a lo largo de nuestra región y, en general, en nuestro país, deben su abandono y decadencia arquitectónica mayoritariamente a las leyes de exclaustración y desamortizadoras promovidas por los gobiernos de tinte liberal que dirigieron España tras el fallecimiento de Fernando VII, en la década de los treinta del siglo XIX, existe por el contrario un cenobio cuya caída se adelantó varios años y que, al parecer, ya se encontraba en desuso a la llegada al poder de Mendizábal. El convento de Santa María de Jesús, erigido dentro del término municipal de Salvatierra de los Barros, a poca distancia del castillo que corona la población e inmerso en un agradable paraje serrano rodeado de alcornocales y árboles de umbría, sería pasto de las llamas inflamadas en 1.819 por radicales seguidores del movimiento anticlerical que veía en Iglesia y órdenes conventuales una fuerte resistencia a la venida del progreso liberal a la España conservadora impuesta por el rey "Deseado".

Las iniciales normas de exclaustración dictadas durante el Trienio Liberal afianzarían el cierre de un convento que, cumpliéndose lo establecido en la nueva ley, contaría con menos de doce personas intregrantes en una localidad donde no hubiera más monasterio que el señalado. Los hermanos restantes serían realojados en conventos cercanos, tales como el de Rocamador, sito actualmente en el término de Almendral. Los libros de la diócesis pacense, a la que pertenecería el convento salvaterrense, nos hablan del reparto en 1.823 de las posesiones salvadas del fuego con que contaría la comunidad franciscana sita en Salvatierra en tales fechas, distribuyéndose éstas entre las parroquias municipales más cercanas al cenobio que se consideraban, por cercanía y por ser punto de origen de la mayor parte de las donaciones recibidas por los hermanos a lo largo de los últimos siglos, herederas legítimas de tal legado, incluyéndose en el mismo, y tras desechar los bienes afectados por la quema conventual, los elementos artísticos y otros útiles muebles ubicados en la iglesia del conjunto monacal, sobresaliendo cuatro retablos y diversas esculturas de culto. Sin embargo, y contradictoriamente, se conoce la existencia de nuevos nombramientos de cargos comunitarios una vez restablecido el control conservador fernandino tras la entrada en España de los Cien Mil Hijos de San Luis. A falta de mayor número de datos, los estudiosos se inclinan a pensar en la reapertura no del convento, sino de la enfermería con que, dentro de la localidad, contarían los hermanos para ayuda hospitalaria de los vecinos, afianzándose el cierre del monasterio que ya permanecía clausurado tras más de trescientos años en funcionamiento.


Arriba y abajo: vista general del flanco oriental del convento de Santa María de Jesús (arriba), erigido, siguiendo las directrices arquitectónicas comunes franciscanas, en deredor de un claustro cuyo lado norte comunica con el templo del lugar, abierta la puerta principal de entrada al cenobio no en el lado sur, como era habitual en otros monasterios de la Orden, sino en el muro de poniente (abajo).



Había sido su fundación celebrada en 1.507, auspiciada por D. Hernán Gómez de Solís y Dña. Beatriz Manuel de Figueroa, justo en el año en que se producía el fallecimiento del primero. Hernán Gómez de Solís, también conocido como Hernán de Cáceres desde que el rey Enrique IV así lo nombrase, se haría con la villa de Salvatierra tras trocarla con Juan Pacheco en 1.461, distinguido personaje en la corte de los Trastámara que, en 1.444, siendo entonces privado del que fuera príncipe de Asturias, posterior rey Enrique, la había recibido de manos del rey Juan II. Tras un intento fallido de vender la población a Lorenzo II Suárez de Figueroa, II Señor y I Conde de Feria, Pacheco lograría desembarazarse del lugar salvaterrense beneficiándose con ello el clan de los Solís, familia de origen humilde cuyos deseos de ascensión al poder e intromisión en la nobleza se toparon en Badajoz con la oposición del Conde de Feria. La postura de Gómez de Solís en pro del infante Alfonso, en la guerra que este último mantuviera desde 1.465 contra su hermano Enrique IV, permitiría a Solís hacerse con el mando militar de la ciudad de Badajoz, erigiendo dentro de su alcazaba, entre la Puerta del Alpéndiz y la Iglesia de Calatrava, una casa-fuerte y auténtica fortaleza desde la cual poder controlar la vida de la urbe, en detrimento del poder que sobre la población pacense intentaba conservar Suárez de Figueroa, fiel al rey. La muerte de Alfonso y derrota de sus facciones hará variar por el contrario la prevalencia de Solís frente al Conde de Feria, que logrará asaltar y entrar en Badajoz. Desencumbrado de su puesto, e intentando en tal situación salvaguardarse, pactaría Solís con Figueroa una serie de capitulaciones entre las que se encontraría el matrimonio de éste con la hermana del Conde, Beatriz de Manuel y Figueroa, celebrado en 1.470.
 
A pesar de intentar mantenerse como alcalde de la ciudad pacense, entregada la plaza y desposeído de su control militar, sus ciudadanos, cansados del señorío establecido por Gómez de Cáceres desde 1.465 a 1.470, mostrarán abiertamente su rechazo ante la presencia de Solís en la población, llegando a comprar su fortaleza y despojar a éste de su condición de vecino. Expulsado de Badajoz, se refugiaría en sus propiedades de Barcarrota y Salvatierra, intentando lanzar desde allí una ofensiva con la que poder crear un nuevo señorío en este rincón extremeño frente al Conde de Feria. Suárez de Figueroa actuará firmemente y, tras tomar Salvatierra, destruirá su castillo. Sólo la actuación de Beatriz de Manuel en pro de la concordia entre marido y hermano, permitirá la avenencia entre ambos. Recluido en sus fortalezas barcarroteña y salvaterrense, mejorada la primera y reedificada la última a mediados de los años setenta del siglo XV, Gómez de Solís logrará consolidar sendos señoríos al apostar por el bando de Isabel en la guerra que llevó a ésta a enfrentarse a Juana la Beltraneja. En agradecimiento, los Reyes Católicos afianzarán sus posesiones y puesto, finalizando así Gómez de Cáceres sus días no sin antes, posiblemente ante el temor de la llegada de su final y venida de la hora de dar cuenta de sus reiterados y múltiples atropellos, delitos e incluso asesinatos acometidos en pro de su ascensión nobiliaria y auspicio económico, congratular a la comunidad franciscana donándoles tierras bajo su castillo salvaterrense, donde poder construir un cenobio en el que los frailes pudieran albergarse y formar una comunidad, en un acto devocional y mecenazgo religioso que seguramente cumpliese sus deseos de congratulación con el Señor.



Arriba y abajo: levantados sobre mampostería humilde, retocada en vanos y puertas con ladrillo, sobreviven entre las ruinas del convento salvaterrense los muros no sólo de la iglesia, sino también los paredones que cerraban el cenobio exteriormente, así como las paredes que delimitaban el claustro en los laterales oriental (arriba) y occidental del mismo, adivinándose entre cascotes y retozos del monumento lo que fueran los espacios destinados a las celdas de los hermanos, enclavadas principalmente en el ala este del edificio (abajo).





Arriba y abajo: mientras que las celdas monacales ocuparían seguramente el piso superior de sendas alas oriental y meridional del convento, las zonas comunes se repartirían a lo largo de la planta baja, siendo utilizadas las dependencias surgidas en la unión de las alas este y sur como lugar de oficina y despachos donde tratar los asuntos mundanos del monasterio.


Fue fray Pedro de Melgar uno de los impulsores en la creación y construcción del Convento de Santa María de Jesús. Perteneció éste personaje inicialmente a la Custodia franciscana de los Ángeles, integrada en la Provincia Seráfica de Castilla, fundada en 1.487 por fray Juan de la Puebla siguiendo sus deseos de reforma de la rama observante hacia una mayor estrechez. Tales deseos de renovación y búsqueda de un retorno a la humildad inspiradora de San Francisco de Asís, sentaron una bases inauguradas por fray Juan de la Puebla que, más tarde, llevarían a fray Juan de Guadalupe a impulsar en 1.500 una mayor reforma aún que la de su predecesor, conocida popularmente como la descalcez. A esta descalcez franciscana, englobada en la Custodia del Santo Evangelio, se sumaría fray Pedro de Melgar quien, durante la celebración del Capítulo general de la rama descalza franciscana celebrada en Roma en 1.506 no lograría impedir que la Custodia descalza quedase casi extinguida, pero sí el respaldo papal a la construcción de nuevos conventos franciscanos que,  bajo la defensa e impulso del propio pontífice Julio II, serían el germen de la posterior Custodia descalza de Extremadura, una vez apaciguados los enfrentamientos entre observantes y descalzos que frenaron el impulso inicial de la reforma guadalupense. Se fundará así el convento de Salvatierra de los Barros en pro de dar nuevo cobijo a los frailes descalzos que habían sido desalojados de sus conventos en los años previos, destruidos los primitivos cenobios por sus hermanos observantes, reticentes y contrarios a la creación de la reformadora rama. Facultado por el Sumo Pontífice, y auspiciado por los Gómez de Solís, fray Pedro de Melgar inaugurará el cenobio salvaterrense que poco más tarde, en 1.519, se presentará como uno de los monasterios capitulares dentro de la descalcez, en el momento histórico de la creación de la descalza Provincia de San Gabriel, donde quedaría englobada la Custodia de Extremadura.



Arriba y abajo: el claustro del convento salvaterrense, rectangular, menudo pero bien proporcionado, se muestra en la actualidad completamente descubierto, perdidas su columnata interior y sendas  techumbres de sus pasillos, colonizado por una abundante vegetación nacida sobre los cascotes del monumento que impide apreciar los detalles de la planta baja del patio (abajo), pero no los restantes del piso superior, comunicado con la zona del coro de la iglesia a través de una portada abierta en la esquina noroccidental del enclave (arriba).




Arriba y abajo: entre las escasas particularidades arquitectónicas y ornamentales conservadas en el claustro se puede aún apreciar el arranque en ladrillo de algunos de los nervios que sostendrían la posible serie de bóvedas de arista que cubrirían los pasillos circundantes del patio (arriba), así como el esgrafiado que, con sencillos motivos geométricos, decoraría la mayor parte de las paredes del lugar (abajo).



Abajo: además de ornamentación a base de populares esgrafiados, entre los cascotes y vestigios de lo que fuese el claustro del lugar aún pueden observarse semienterrados restos de estucado pintado con vivos colores, posibles retazos de antiguos falsos frescos que decorasen los pasillos del patio simulando algún tipo de zócalo, o que acompañasen algún pequeño altar ubicado en esta zona del edificio.



Siguiendo las directrices constructivas propias de la arquitectura franciscana del momento, la fábrica del convento de Salvatierra de los Barros, que llegaría a ocupar algo más de los 2.600 metros cuadrados, se levantó con materiales humildes donde la piedra en mampostería, reforzada con ladrillo en vanos y bóvedas, así como ciertos sillares en esquinas y ángulos principales, soportaría las trazas de un monumento dibujado según las normas habituales e iniciales de los hermanos descalzos, donde una iglesia de única nave y crucero poco desarrollado, cuyo cabecero se orienta hacia poniente, se erguiría en la zona norteña del complejo, comunicado el recinto sacro con el humilde claustro central del cenobio, al que se abren el resto de estancias principales del lugar. La portada de acceso desde el exterior se abriría en el flanco oriental, con puertas de comunicación en el muro meridional que darían con la zona de las huertas, regados sus cultivos, así como las abundantes higueras y los frutales  tanto por el agua embalsada entre los pétreos y bajos muros de una menuda alberca de 10 x 3,5 x 1,5 que, en la zona este, recogía el cauce de una hoy en día cegada fuente cuyos veneros nacían a los pies de la colina del castillo, como por el flujo manado en un pozo excavado junto al flanco occidental del monasterio, de tipo artesiano. También en las afueras, entre huertas y silenciosos alcornocales que invitaban a la meditación y oración, se levantaban sendas y humildes ermitas dedicadas a Santa Ana y San Francisco, prácticamente desaparecidas en la actualidad.



Arriba y abajo: estaría el ala sur del monasterio posiblemente ocupada, en su planta superior, por celdas monacales, mientras que en la inferior, además de ser enclave de bodegas  y otras dependencias de uso común, han querido los estudiosos ubicar el refectorio del lugar, abiertas algunas puertas en su muro externo hacia la zona de huertas (abajo).






La humildad de la construcción primitiva llevaría a los monjes, a mediados del siglo XVII, a realizar una ardua y completa restauración de un edificio que amenazaba ruina. Si bien en el siglo y medio de vida del cenobio habían recibido generosas limosnas de los habitantes de Salvatierra y de la cercana La Parra, la contienda bélica con Portugal sufrida especialmente por la región extremeña hizo necesaria la contribución monetaria de un mecenas con mayor peso que aportase una destacada suma que aumentara las humildes donaciones que para tal acometida recibían de los vecinos. Vino ésta de manos del propio monarca Felipe IV, habitual contributario en pro del mantenimiento de la Provincia de San Gabriel. Como agradecimiento, se concedería desde la familia descalza en 1.665 el patronato del convento al propio rey, poco antes del fallecimiento del mismo. Cambiaba así de titularidad un patronato ungido sobre el convento que había recaído desde su fundación en los herederos de Hernán Gómez de Solís, y tras la venta de Salvatierra a Gomez Suárez de Figueroa en 1.520 por Pedro de Solís, en los Condes de Feria. Sin embargo el desigual tratamiento dado hacia los frailes por los Figueroa fue lo que conllevara a la comunidad a buscar el patronato regio, sellado una vez visto el fin de las obras rehabilitadoras tras seis años de trabajos, con la colocación sobre la portada de entrada al templo, abierta en el tramo medio del muro del evangelio del mismo, del escudo real, cuyos cuarteles castellanos y leoneses, coronados y a su vez bordeados con Toisón de oro, compartirían espacio decorativo sobre el dintel de acceso con el blasón franciscano, en derredor ambos de una hornacina avenerada en cuyo interior pudiera haberse acogido antaño la desaparecida imagen de un santo, salvados estos recuerdos pétreos en conjunto de la ruina conventual en 1.970, expuestos hoy en día junto a la cabecera de la Iglesia Parroquial de San Blas, en el corazón de Salvatierra de los Barros.



Arriba y abajo: la esquina occidental del ala sur presenta unas particularidades arquitectónicas que hacen pensar en el uso de estas  últimas dependencias como cocina y bodegas monacales, conservándose entre cascotes lo que parece ser un abrevadero labrado sobre la roca granítica, enclavado posiblemente en lo que fuera cuadra del convento.





Arriba y abajo: el ala occidental, profundamente invadida hoy en día por la vegetación, acogería, según algunos estudiosos, diversas salas de uso común, destacando entre ellas la enfermería conventual.




Arriba y abajo: un destacado contrafuerte sostiene aún hoy en día el flanco meridional del monasterio, rincón desde el cual se comunicaría el cenobio con la zona de huertas y terrenos de cultivo, adivinándose, entre cascotes, lo que posiblemente fuesen cuadras, bodegas o dependencias de almacenaje de utillaje agrícola (abajo).



Abajo: una alberca de 10 metros de largo, 3,5 metros de anchura y 1,5 metros de profundidad, enclavada en las cercanías del muro oriental del convento, recogería las aguas vertidas de una actualmente cegada fuente nutrida de veneros ubicados bajo las colinas circundantes al lugar, bordeada por un bajo muro de mampostería, hermano de los lienzos que sostendrían el inmediato cenobio.




Sería esta desmantelada portada, junto a una destacada espadaña de tres metros de altura conformada por sillares graníticos, de único arco de medio punto y dovelas de ladrillo rematado por frontón sobre el que descansan florones coronados con bolas, los elementos más llamativos que bajo las directrices del barroco se anexionarían a la fábrica inicial de la iglesia del convento durante la restauración del mismo. El templo, de 10 metros de longitud por seis de ancho, se cerraba en un cabecero plano que acogía el retablo principal de los  varios que decoraban y complementarían el recinto sacro. Antecedía al altar mayor un crucero de brazos poco extensos, de cuyas esquinas partirían los pilares que, con sus sillares graníticos en la base y ladrillos en sus arcadas, sostendrían una desaparecida cúpula semiesférica. De ladrillo sería también la bóveda de cañón que cubriría el resto de la nave, cuyos cinco tramos restantes, contados desde el crucero a los pies de la iglesia y coro, serían marcados por los arcos transversales y lunetos que sostendrían la obra central. Además de en la portada de unión del coro con el piso alto del crucero, se observan aún obras enladrilladas en los vanos que figuran abiertos en el brazo norte del crucero y sobre el coro a los pies del templo, así como en un ventanal que junto al altar mayor se abriría en el lado del evangelio del recinto sacro, aún hoy estucado, como lo debió estar todo el monumento, decorado con sencillos relieves de gusto vegetal.



Arriba y abajo: vistas exterior e interior del cabecero de la iglesia del convento salvaterrense, enclave orientado hacia poniente y erigido en muro recto sobre mampostería y ladrillo, reforzadas las esquinas externas con sillares graníticos, destinado a acoger el altar mayor del recinto sacro, cumplimentado con un afamado retablo, base de la imagen titular del monumento, considerado la obra mueble artística de mayor relevancia de entre aquellas con que contó el templo.




Arriba y abajo: la única nave con que contó la iglesia del convento, de diez metros de longitud y poco desarrollado crucero antecesor al cabecero del lugar, se dividía, entre brazos y pies de su trazado en cruz latina, en cinco tramos marcados por la arcada formada por los lunetos de ladrillo que sostendrían su bóveda de cañón, coronado el conjunto, en su muro norteño, por una llamativa espadaña de tres metros de altura fabricada en sillares graníticos, cuyo único vano sería bordeado por arco de dovelas de ladrillo, rematado en frontón y trío de florones culminados en bolas, propias del arte barroco bajo el cual se dirigieron las obras de restauración del lugar, en la década de los sesenta del siglo XVII.




Arriba y abajo: como era habitual en los conventos franciscanos, la iglesia, erigida en el lado norte del cenobio y orientado su cabecero hacia poniente, contaba con planta de cruz latina y única nave cuyos brazos, abiertos en el crucero, serían poco pronunciados, destinados, posiblemente, a albergar capillas y mausoleos, destacando en el caso salvaterrense la fábrica en sillar de sus esquinas, pilares que sostendrían una desaparecida cúpula, presuntamente semiesférica, de ladrillo estucado en su interior.




Arriba y abajo: en el interior del recinto sacro aparece, como en el resto del cenobio, el ladrillo conformando la silueta de portadas, arcos, bóvedas y, principalmente, vanos y ventanas, destacando en el templo aquel ventanal abierto en el lado del evangelio, a poca distancia del altar mayor, mostrando restos del estucado original que no sólo debió cubrir el vano, sino todo el interior del santuario, dotado de la única decoración que, junto a una cenefa que entre ladrillos bordea la nave de la iglesia, sobrevive en el lugar, basada en un relieve de sencillo motivo vegetal.




Decorado debió quedar también el claustro tras la reforma ejercida sobre el edificio en el siglo XVII, a juzgar por los vestigios pictóricos que allí se conservan. El patio central, de dos plantas y base rectangular proporcionada, muestra entre sus ruinas no sólo los arranques de ladrillo que sostendrían los nervios que soportarían las bóvedas que cubrirían su techumbre, sino además restos de esgrafiados geométricos en los pasillos tanto de la parte alta como baja, así como escasos retazos de pintura mural o falso fresco que aún sobreviven semienterrados entre los cascotes y tierra que cubre parte de lo que fuera la planta inferior del mismo. A este claustro se abrirían las puertas y vanos de las celdas del convento, ubicadas en el piso alto, así como los accesos al resto de dependencias comunes con que contaría el cenobio, destacando en el ala occidental lo que se cree fuera una enfermería, la cocina, bodega y refectorio en el ala sur, así como oficinas entre las alas oriental y meridional, sustentada esta última por un destacado contrafuerte que cerraría el edificio, junto a las puertas de comunicación entre éste y las huertas y campos aledaños del monasterio, enclave natural que aún conserva la placidez medioambiental de que un día gozaron los franciscanos que allí pasaron sus días, encontrando, como lo hicieran en un sinfín de enclaves extremeños, el lugar apropiado para ejercer la meditación, la penitencia y la oración, bases de la reforma descalza que en tal fraternidad con el campo de Extremadura logró forjar lazos históricos entre la descalcez franciscana y la historia de nuestra región.



Arriba y abajo: construido primitivamente de manera humilde y con materiales pobres, y sin llevarse a cabo tareas de rehabilitación durante el primer siglo y medio de vida del mismo, el convento salvaterrense alcanzó la segunda mitad del siglo XVII en grave estado de conservación, siendo necesaria una restauración arquitectónica global que necesitaría de una generosa contribución económica hacia la comunidad, venida la mayor parte de ésta de manos del propio monarca Felipe IV, cuyo escudo real, en agradecimiento por parte de los frailes, fue colocado en la nueva portada de acceso al templo, enclavada en la zona media del lado del evengelio o norteño del mismo, pareado con el blasón franciscano y conjuntado con hornacina avenerada y diversas volutas y pináculo pétreos, salvados de la ruina del cenobio en 1.970 para ser colocado, como aún lo hace hoy en día, junto al exterior de la iglesia parroquial de Salvatierra de los Barros, entre el muro del evangelio y el cabecero del céntrico y popular templo dedicado a San Blas.






- Cómo llegar:

Salvatierra de los Barros, perteneciente, a pesar de su nombre, no a la comarca de Tierra de Barros sino a la de Sierra Suroeste, se yergue sobre las faldas más norteñas de las estribaciones septentrionales del sistema de Sierra Morena, en la mitad sur de la provincia de Badajoz. Con Zafra a poca distancia, la carretera que une la localidad zafrense con la capital provincial es una de las múltiples vías que nos acercan al municipio salvaterrense. Llamada carretera nacional N-432, existe un desvío desde ésta hacia el pueblo de La Parra, cuya carretera BA-155 será la que nos lleve también a nuestro destino. 


Atravesando la localidad, y orientándonos hacia la colina bajo la que se asienta el caserío, daremos con la vía EX-320, que une Salvatierra de los Barros con Salvaleón. Tomando, llegados al cruce que parte hacia la localidad vecina, el sentido contrario y mirando hacia los bajos del castillo (carretera BA-152, hacia Valle de Matamoros), poco después de sobrepasar esta intersección veremos a nuestra mano derecha un camino que sube la colina y del que parte el sendero que dirige al paseante y excursionista a la fortaleza del lugar y, junto a él, al Convento de Santa María de Jesús.


Siguiendo la vía térrea, y tras alcanzar un depósito de agua y un poste de tendido eléctrico, deberemos girar hacia la izquierda y, siguiendo el trazado de la vía, volver a continuar hacia poniente acercándonos hacia el castillo, siendo aconsejable, en caso de habernos acercado hasta el lugar en turismo, dejar aparcado el vehículo en esta zona, para continuar el trayecto a pie, dando cuenta de lo irregular del camino, impracticable en ciertos tramos para un coche utilitario.



El camino, de acceso a varias fincas, encerrado entre tradicionales muros de mampostería, mostrará entre alcornoques y helechos carteles que marcan la "Ruta de los Castaños", senda que nos acerca a los monumentos más reseñables de la localidad. Dejando atrás el desvío que nos llevaría al castillo salvaterrense, un ramal del camino nos conducirá poco después hasta el Convento de Santa María de Jesús, señalada tal variante nuevamente por cartelería.



La finca donde se ubica el antiguo cenobio franciscano es de propiedad privada. Es fácil acceder a ella, y al ruinoso edificio, con tan solo mover la alambrada que impide el escape de la ganadería. En todo caso, si decidimos adentrarnos en la hacienda particular, se recomienda tener en cuenta los siguientes puntos:

1) Respetar en todo momento las propiedades de la finca, como vallados o cercas, intentando no salirse de los caminos marcados.
2) Respetar la vegetación y cultivos de la misma, sin realizar ningún tipo de fuego ni arrojar basura alguna.
3) Respetar al ganado que pudiese habitualmente estar pastando en la zona, y en caso de encontrarse con animales que lo protejan, no enfrentarse a los mismos.
4) Si observamos que se están practicando actividades cinegéticas (caza), abstenernos de entrar.
5) Si nos cruzamos con personal de la finca o nos encontramos con los propietarios de la misma, saludarles atentamente e indicarles nuestra intención de visitar el monumento, pidiendo permiso para ello. En caso de que no nos lo concediesen, aceptar la negativa y regresar.



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...