jueves, 31 de diciembre de 2015

Extremadura: caminos de cultura os desea un feliz 2.016


Un año más que termina, y otro que comienza. Proyectos e ilusiones cumplidos dan paso a nuevos propósitos a realizar en todo un año que se espera poder llenar, como el anterior, con multitud de viajes, excursiones, encuentros y colaboraciones con los que poder descubrir y conocer más y mejor el rico patrimonio histórico-artístico de nuestra región. Ése fue el objetivo planteado por Extremadura: caminos de cultura en el año que termina, y ésa es la intención a la que aspira en el año que en unas horas dará comienzo. Extremadura: caminos de cultura desea seguir una vez más trayendo desde este pequeño espacio en la red la historia, el arte y el legado monumental extremeño en pro de su promoción, divulgación y conocimiento. Pero lo que más desea es no estar solo en esta aventura. A todos los visitantes, seguidores, colegas y amigos del blog os invita a uniros en esta empresa. Sigamos andando por caminos que nos llevan a la cultura de nuestros antepasados, que es la nuestra. Sigamos recorriendo, entre paisajes, pueblos y ciudades la historia y el arte de nuestra región. Sigamos descubriendo juntos Extremadura, un año más.

Desde Extremadura: caminos de cultura, mis mejores deseos para el 2.016. Nos vemos en el año que va a comenzar.

¡Feliz 2.016!¡Feliz Año Nuevo!

jueves, 10 de diciembre de 2015

Imagen del mes: Xenodoquio hispanovisigodo de Mérida

  
Vestigios arqueológicos del que fuera edificio destinado a hospital de pobres y albergue de aquellos peregrinos que acudían a visitar la cercana basílica y tumba de la mártir Eulalia de Mérida, llamado Xenodochium, o xenodoquio emeritense.
Mérida (Badajoz). Segunda mitad del siglo VI (fundado por el obispo Masona, durante el reinado de Leovigildo); estilo hispano-visigodo.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Imagen del mes: Puente de Cantillana, en las proximidades de Gévora


Silueta del Puente de Cantillana sobre el río Gévora, salvando las aguas del afluente del Guadiana en el antiguo camino de Cáceres.
Pedanía de Gévora (Badajoz). Siglo XVI (obra del ingeniero Gaspar Méndez, finalizada en 1.535); estilo renacentista.

domingo, 15 de noviembre de 2015

VI Encuentro de Blogueros de Extremadura: "Dos conventos franciscanos en ruinas de La Raya: Madre de Dios y Moncarche"


A comienzos de mes, concretamente el pasado día 1, publicaba en el blog la primera de las dos rutas con que Extremadura: caminos de cultura ha querido colaborar este año en la publicación anual que, con motivo de la celebración del Encuentro de Blogueros de Extremadura, se lleva a cabo reuniendo artículos de diversos autores extremeños o relacionados con la región que potencien los valores naturales y culturales de la Comunidad.

El VI Encuentro de Blogueros de Extremadura rondó sobre una temática muy concreta: "Rutas para descubrir Extremadura". En un primer artículo, este blog quiso dar a conocer el mudéjar pacense en sus torres-fachadas más destacadas. Como segunda aportación, pensó en unir, a través de un detallado sendero, dos conventos franciscanos en ruinas que sobreviven enclavados en La Raya pacense. Sendos cenobios llevan por título de Madre de Dios y de Moncarche, respectivamente, enclavado el primero en las cercanías de Valverde de Leganés, mientras que el segundo se alza en el límite municipal dibujado entre las localidades de Alconchel y Villanueva del Fresno.

Sobre ambos monumentos ya se habló con anterioridad en el blog. A continuación, os dejo con los enlaces que os dirigirán a sendas entradas pasadas, publicando tras ellos la ruta elaborada para que así todos aquellos que no pudisteis acudir al encuentro trujillano, o no hayáis podido hojear la publicación, podáis leer y consultar la misma, en pro del conocimiento y promoción de dos edificios singulares que enriquecen el amplio patrimonio de nuestra región.

- Convento de Madre de Dios, en Valverde de Leganés:


- Convento de la Luz, de Moncarche o de los Jarales, entre Alconchel y Villanueva del Fresno:





DOS CONVENTOS FRANCISCANOS EN RUINAS DE LA RAYA: MADRE DE DIOS Y MONCARCHE

Corría el año de 1.500 cuando fray Juan de Guadalupe, siguiendo los pasos reformistas de su antecesor fray Juan de la Puebla, fundase la conocida como Descalcez dentro de la familia religiosa franciscana, en un deseo de renovación monacal y retorno a la humildad y a la vida eremita inspiradora de su santo capitular, San Francisco de Asís. Englobados en la Custodia del Santo Evangelio, serían cinco los conventos que, nada más nacer la descalcez, serían levantados por el fraile guadalupense, diseminadas íntegramente dentro de las tierras de Extremadura, para acoger a los hermanos franciscanos que desearan, sin salirse de la Orden, abrazar este nuevo rumbo y mundo de contemplación, oración y sacrificio que se les abría con el nuevo siglo. No fueron pocos los que desearon embarcarse en la reforma, pero tampoco sería escaso el número de detractores que, surgiendo de la misma rama de franciscanos observantes de donde había partido la descalcez, no verían de buen grado la escisión, logrando derribar y destruir hasta sus humildes cimientos cuatro de aquellos nuevos cenobios que la recién creada rama había levantado con sus propias manos en diversos puntos de la región. Huyendo de la persecución de sus propios hermanos franciscanos, los frailes gauadalupenses encontrarían refugio en el único convento descalzo que lograría salvarse de la demolición, enclavado en un agreste paraje fronterizo con Portugal donde, según contaba la leyenda, la Virgen María, envuelta en una luz, hablaría al pastor Antonio Muñoz mientras éste fregaba sus útiles en el arroyo cercano al lugar donde sus redes pastaban, advirtiéndole de la existencia de una talla mariana escondida en una pequeña gruta abierta en las faldas de la Sierra de Moncarche, convertida después en capilla y corazón religioso del monasterio de la Luz, o de Moncarche, entre los términos municipales de Alconchel y Villanueva del Fresno.


Arriba y abajo: el convento valverdeño de Madre de Dios se presenta en la actualidad a medio camino entre la ruina y la restauración, pudiendo el visitante deambular por las estancias del antiguo cenobio franciscano, sorprendido por la humildad de su claustro o la belleza restante de la ornamentación de influencia portuguesa que un día decoró iglesia, capilla y camarín mariano.


Calmadas las tensiones y finalizada la persecución hacia los descalzos, en 1.506 quedaría la rama casi extinguida, regresando muchos de sus hermanos a otros conventos del interior regional, permaneciendo el resto en el vecino país luso, donde nuevos monasterios habían ido igualmente levantando. El ideal sostenido por la descalcez no dejaría de ser defendido, sin embargo, por éstos y otros cada vez más frailes contemporáneos, creándose, en 1.514, la Custodia descalza de Extremadura, así como en 1.519 la provincia franciscana de San Gabriel, donde se englobaría. Nuevos hermanos se incorporarían a la obra, entrando por aquellos años en la Orden un joven Juan de Garabito cuyo nombre cambiaría, una vez tomados los hábitos, por del de Pedro de Alcántara, de donde era natural. La defensión de la descalcez del que más tarde sería llevado a los altares, así como nombrado patrón de la región, llevada a cabo desde una vida sumida en la pobreza y la humildad más absoluta, le conduciría a fundar nuevos conventos donde acoger a los cada vez más numerosos hermanos que deseaban volver su vocación religiosa hacia la oración y recogimiento, escogiendo para tal fin enclaves aislados y ligeramente retirados de las poblaciones más cercanas donde, sumidos en plena naturaleza, envueltos en un ambiente de sosiego y concordia con el medio natural, poder conducir sus vidas hacia la meditación y el eremitismo más puro. Sería así cómo, una vez nombrado Ministro provincial, fundase san Pedro en 1.540 un convento a las afueras de Valverde de Leganés, entonces Valverde de Badajoz, sobre una capilla regida por un hermano franciscano que no dudó en cederla ante la solicitud del admirado fraile alcantarino. Tras recibir regalada una imagen oliventina de la Madre de Dios, donada por el entonces residente en Olivenza Obispo de Ceuta, tomaría el convento por nombre el de tal talla, aclamada por los supuestos milagros que la misma concedía.


Arriba y abajo: el embalse de Piedra Aguda (arriba), pantano artificial que recoge las aguas del río Olivenza, antaña frontera fluvial entre España y su vecina lusa, ofrece sus aguas como descanso de infinidad de aves acuáticas, mientras que sus orillas y colinas circundantes sirven de asiento a múltiples variedades y especímenes de orquídeas, como la de los hombrecillos desnudos, las de abeja o la gigante (abajo).


Sufrirían estos conventos rayanos las mismas vicisitudes bélicas que el resto de la región, durante la guerra que los portugueses proclamaran en pro de su independencia del resto de España, tras la anexión que entre ambos países se forjó bajo la figura de Felipe II, deshecha bajo el reinado de su nieto. Sin embargo, y tras ser sometidas estas casas a intensas reformas y mejoras en el siglo XVIII, su fin definitivo no vendría hasta alcanzado el siglo XIX, una vez firmados tanto los decretos de exclaustración, como el de desamortización, por el que llegase a Presidente de Ministros, Juan Álvarez de Mendizábal, durante la minoría de edad de Isabel II, cayendo los edificios en abandono, olvido y progresiva ruina que permitirían la decadencia arquitectónica más plena de sendos monumentos, llegando así a nuestros días.

La ruta que proponemos pretende acercarnos a estos dos históricos edificios enclavados en La Raya entre Extremadura y Portugal, para poder conocer y recorrer in situ no sólo algunas de las contrucciones franciscanas descalzas más significativas, sino además andar y deambular por los parajes naturales sobre los que se asentaron, y que aún hoy en día siguen ofreciendo la calma y los valores medioambientales perseguidos por los frailes que deseaban encontrar el recogimiento inspirados por la grandeza de la obra divina que resaltaba la pequeñez del ser humano. Recorreremos lo que antaño fuese puesto fronterizo entre España y la lusa localidad oliventina, cuya línea divisoria, marcada por el río Olivenza, engloba actualmente las aguas del embalse de Piedra Aguda. De camino al convento de la Luz o de los Jarales, pasearemos por dehesas de encinares sin fin de cuyos ejemplares arbóreos se nutren las lomas de la Sierra de Moncarche, mediterráneo bosque interminable cuyos límites desembocan en la vega del río Guadiana.

El trayecto, a poder realizar en vehículo o bicicleta, cubre los 50 kms de separación entre sendos edificios conventuales, pudiendo iniciar el viaje por cualquiera de sus extremos, distanciadas sus poblaciones más cercanas, en el caso de Valverde de Leganés, por 24 kms de Badajoz, a recorrer por la carretera EX-310, que serían 45 kms entre la capital provincial y Alconchel, vía EX-107.


Arriba y abajo: junto a la vega del arroyo de Friegamuñoz, sobre su orilla derecha, el convento de Moncarche, también conocido como de la Luz o de los Jarales, se erigió sobre bancales que salvaran el desnivel térreo junto a una pequeña gruta natural relacionada legendariamente con una aparición mariana, restando en la actualidad y tras su abandono vestigios de dependencias monacales como el refectorio o el templo (abajo), mientras que sobre el curso fluvial se mantiene en pie el puente que unía antaño Alconchel con Villanueva del Fresno, así como parte del acueducto que, erigido sobre la anterior obra de ingeniería, trayese agua al cenobio (arriba).


Abajo: el convento de la Luz o de Moncarche recibe también el nombre de los Jarales por quedar enclavado dentro de la finca homónima, hacienda inmiscuida en plena dehesa extremeña, en un confín paisajístico de interminables encinares y suaves colinas que deleitarán la vista del visitante.


Saliendo de Valverde de Leganés en dirección a Olivenza, unida a ésta por 12 kms a circular por la carretera EX-105, veremos un camino que, en el margen izquierdo, se adentra entre fincas y cultivos a la misma altura que una industria carbonífera, en el margen derecho, despide la población. Este sendero térreo, cuya línea en recto conduce hacia las orillas del embalse de Piedra Aguda, ofrece un único desvío a nuestra zurda y zona meridional, pudiendo observar, frente a nosotros, la silueta del convento franciscano valverdeño, entre ruina y modesta restauración llevada a cabo para frenar el deterioro de su arquitectura. Nos esperan, en la parte baja de la zona conventual, erigida al sur del conjunto, lo que fuesen refectorio y cocinas, bodegas y almacenes, englobados alrededor de un claustro cuadrangular sobre cuyos ventanales superiores aún puede leerse la epigrafía que rememora las obras de remodelación llevadas a cabo en el edificio durante el siglo XVIII. Reestructuración que afectó notablemente a la iglesia, de única nave, triple tramo, crucero y planta de cruz latina, donde nos aguardan, además de sus altas bóvedas de crucería, los restos de la ornamentación que cubrió sus capillas, así como la decoración que dio forma a su retablo camarín de marcado gusto portugués, a cuya pieza trasera podremos acceder para, bajo su cúpula, poder observar los retazos del complejo de frescos que decoraron el sacro lugar.

Deshaciendo nuestros pasos podremos volver a la vía que lleva a la vecina Olivenza a la altura del caserío valverdeño, siendo también posible, y muy complementario, alcanzar dicha carretera retomando y continuando por el camino del que nos desviamos hacia el cenobio, que alcanza y rodea, hasta llegar a su presa, el pantano que riega los contornos. El embalse de Piedra Aguda se ofrece no sólo como un paraje idóneo para la observación de anátidas y otras aves acuáticas. Sus orillas y colinas de encinares circundantes son, ante todo, terreno más que apto para la floración de los géneros más comunes de orquídeas dadas en Extremadura, destacando entre aquéllas que en primavera embellecen estos campos diversas especies de entre las conocidas como orquídeas abejas (Ophrys scolopax, etc), la de los hombrecillos desnudos (Orchis italica), o la orquídea gigante (Barlia robertiana).




Superada y atravesada la presa del embalse, nos dirigiremos hacia Olivenza donde, además de poder descansar, repostar o degustar la gastronomía de la región, existe la opción de perdernos entre sus encaladas calles del casco antiguo, descubriendo los vestigios de su castillo, de su amurallamiento abaluartado, así como sus valiosos ejemplos de arquitectura civil y religiosa de estilo manuelino y trazado luso, que rememoran el pasado y la historia de la localidad. Encauzados hacia el Sur por la carretera EX-107, alcanzaremos Alconchel tras recorrer 19 kms y pasar junto al castillo de Miraflores, auténtico bastión defensivo de la población. Atravesando la localidad, tomaremos el desvío que, por la carretera EX-314 lleva hasta la fronteriza Cheles. Seis kms después, una senda conocida como la Ruta de los Jarales se nos abre a nuestra izquierda, adentrándonos entre campos y heredades hacia la dehesa y finca homónima al camino, en cuyo interior se ubica, tras 8 kms de sendero, el monumento. Habrá que conducir continuamente en línea recta no cambiando nuestro rumbo hasta que, 5 kms después de haber comenzado el trayecto térreo, tomar el desvío que, a la izquierda y hacia el Sur, surge de un cruce de tres opciones. Ya sólo serán 3 kms lo que nos falten por andar, sobrepasando para ello la verja de cierre de la finca de Los Jarales. El convento de la Luz nos espera a orillas del arroyo de Friegamuñoz, en un enclave natural que nos hará olvidar nuestra conexión con lo mundanal y nos invitará, mientras cruzamos puente, nos colamos entre los arcos del acueducto que nutría de agua el monasterio, curioseamos entre los restos de dependencias sostenidas por bancales, o nos adentramos en la cueva que sirvió de capilla, a respirar naturaleza, a deleitar nuestra vista con la limpieza de las encinas, y a endulzar nuestros oídos con el rumor de las aguas de la rivera, envueltos en el mismo silencio que los frailes cultivaron, sólo roto por las lejanas ganaderías que, en calma, pastan en la lejanía de Moncarche.




sábado, 7 de noviembre de 2015

Joyas de las artes plásticas de Extremadura: Cristo crucificado de Zurbarán, en la Parroquia de Nuestra Señora de la Granada de Llerena


Cuando hay que vincular la figura de Francisco de Zurbarán con alguna localidad extremeña, la casi totalidad de las veces se hace mencionando la pacense villa de Fuente de Cantos. En otras ocasiones se mira hacia Guadalupe y admiramos la considerada más bella sacristía de España, donde cuelgan en su marco original algunas de las mejores obras del artista. Sin embargo, existe otra población extremeña que en vida del artista jugó un papel fundamental no sólo en lo personal sino también en lo artístico. Esa sería Llerena.

Francisco de Zurbarán Salazar Márquez sería bautizado en la parroquia de su villa natal, la Iglesia de Nuestra Señora de la Granada de Fuente de Cantos, el 7 de noviembre de 1.598, fecha de la que nos separan justamente hoy cuatrocientos diecisiete años. Su nacimiento posiblemente ocurriría, sino el mismo día de toma del Sacramento bautismal, el día anterior o, a lo sumo, dos días antes del acto religioso. La considerada tradicionalmente como casa natal del pintor, musealizada hoy en día, fue al parecer no el hogar familiar, sino el inmueble al que acudían las parturientas del municipio por aquel entonces, y al que se dirigiría Isabel Márquez para dar a luz a Francisco. Esta particularidad sería la que conduciría antaño a denominar la vía donde se ubica tal inmueble, actualmente calle de las Águilas, como de las Barrigas. Su padre, Luis de Zurbarán, tendero de origen vasco asentado en la región desde 1.582, casó en 1.588 con la extremeña Isabel, convirtiendo definitivamente Extremadura como su hogar y adquiriendo en la villa fuentecanteña diversos inmuebles dedicados al negocio, entre los que no faltaría la casa que hiciera de vivienda del matrimonio y su prole ubicada, al parecer, en las inmediaciones de la plaza principal de la localidad, hoy conocida como Plaza de la Constitución. Fuente de Cantos sería para Francisco de Zurbarán no sólo su cuna, sino también el lugar donde viviría su infancia y primeros años de adolescencia hasta que, en 1.613, su padre permitiera al joven quinceañero residir en Sevilla, dada cuenta de las dotes artísticas del muchacho, para entrar a cursar en el taller del pintor Pedro Díaz de Villanueva. Desde 1.614 hasta 1.617 Zurbarán se formaría en las Bellas Artes aleccionadas desde los diversos talleres y escuelas con que contaba la populosa urbe andaluza, conociendo durante su estancia hispalense a los mejores maestros del momento y coincidiendo en aulas y círculos artísticos con otros estudiantes que, como él, terminarían despuntando en el panorama artístico nacional e internacional, como serían su amigo Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, y Alonso Cano Almansa.


Arriba: datado en 1.636, durante la época dorada del pintor extremeño, el conocido como Cristo de Llerena formaría parte de un desaparecido retablo encargado al artista fuentecanteño para ser colocado en el altar mayor de la llerenense Iglesia de Nuestra Señora de la Granada, templo donde aún se conserva la obra, recuerdo del paso de Zurbarán por la ciudad que fuera sede de su primer taller independiente.

Finalizada su etapa de formación, Francisco de Zurbarán regresaría a Extremadura asentándose en la localidad de Llerena, el municipio más relevante en lo social y cultural por aquel entonces de entre los enclavados en el sur de la región. Es éste el comienzo no sólo de la primera de las tres etapas en que la mayoría de críticos dividirían su trayectoria artística, sino también el principio de una biografía más detallada, que parte de su matrimonio con María Páez en 1.617, al que seguiría, tras quedarse viudo de ésta entre 1.623 y 1.624, el vínculo matrimonial celebrado con la llerenense de familia acaudalada Beatriz de Morales, en 1.625. Once años serán los que transcurran residiendo Francisco en el municipio sureño pacense, sede del que fuera su primer estudio. De allí saldrían los tempranos lienzos de una carrera independiente con los que cumplir con sus primeros encargos, pictóricos y religiosos en su mayoría, pero entre los que no faltarían solicitudes escultóricas y peticiones civiles o seculares, tales como la fuente pública que, por encargo del concejo de la localidad emitido en 1.618, sería diseñada por Zurbarán y ubicada en la Plaza Mayor de Llerena, hoy Plaza de España, transformada con el tiempo y enclavada frente a la que fuera residencia del artista tras sus nupcias con Beatriz, que aportó el céntrico inmueble sobre arcadas soportales como dote matrimonial.

Los mayoría de los lienzos zurbaranescos salidos del taller del pintor durante la etapa llerenense del artista no lograrían superar el paso del tiempo, desapareciendo prácticamente en su totalidad aquellos encargos sufragados desde poblaciones cercanas que, antes de celebrarse los dos siglos trascurridos desde su realización, sufrirían el tránsito de las tropas napoleónicas por la provincia en plena Guerra de la Independencia. Las obras de Zurbarán serían al parecer sometidas a actos vandálicos o, inclusive, un expolio que retiraría los lienzos a otros confines de Europa donde, poco a poco, serían olvidados hasta perderse la información sobre su paradero. Municipios como Montemolín, su pedanía Pallares, Villagarcía de la Torre, o inclusive su natal Fuente de Cantos, contaban con cuadros y retablos encomendados al artista durante su etapa inicial. Mejor suerte correrían, por el contrario, los requerimientos artísticos remitidos desde Sevilla a partir de 1.626, solicitándose desde diversos conventos y centros religiosos otro cúmulo de obras con las que enriquecer templos y cenobios de la bulliciosa y próspera urbe, donde muchos de ellos aún se conservan colgados, fundamentalmente, de las paredes del Museo de Bellas Artes de la ciudad del Betis. Desde el Convento de San Pablo el Real, el Colegio de San Buenaventura, la Casa Grande de la Merced (Convento de la Merced Calzada) o inclusive y según últimos estudios la Cartuja de Santa María de las Cuevas, se multiplican los encargos hasta tal punto que el ya afamado artista recibiría del propio consistorio de la Ciudad la insólita invitación a residir en la metrópoli, trasladando allí su taller. Francisco de Zurbarán aceptará y, definitivamente en 1.629, se mudará junto a familia y empleados a la localidad andaluza, dando comienzo su segundo ciclo artístico o etapa dorada, considerada la de mayor calidad en sus obras y la par la más prolífica y fecunda en cuanto al número de las mismas.


Arriba: cubierto con paño de pureza, realizado bajo la afamada cuidadosa labor pictórica zurbaranesca  a la hora de representar telas y ropajes, la figura del crucificado llerenense se englobaría en una de las dos versiones que sobre Cristo en la cruz explotaría Zurbarán, con Cristo ya fallecido mostrado en una desnudez de correcta anatomía cuyo cuerpo apenas delata los sufrimientos del martirio, siguiendo las bases dictaminadas por la Contrarreforma católica que dictaban la representación de Jesús casi inmaculado a la hora de su defunción.


Quiso el concejo sevillano a la hora de elaborar el informe convertido en invitación con la que ofrecer vecindad a Francisco de Zurbarán, enumerar una serie de razones que no eran otras sino las aclamadas obras recibidas previo encargo en la ciudad. Los elogios hacia las últimas obras salidas del taller del pintor extremeño durante su estancia en Llerena se centrarían fundamentalmente en un Cristo crucificado sumado al generoso encargo efectuado desde el Convento de San Pablo el Real, exitoso conjunto que abriría al artista extremeño las puertas del mecenazgo sevillano. Conservado actualmente en Chicago (USA), la calidad del lienzo fechado en 1.627 haría del trabajo la que es posiblemente obra culmen de la etapa inicial del artista extremeño, instaurando inclusive las primeras directrices compositivas y pictóricas bajo las cuales elaborar una larga lista de crucificados cuya segunda versión, datada en similar fecha y descubierta en los fondos del museo de Sevilla, ofrecería el segundo estilo zurbaranesco a la hora de representar el martirio final del Hijo de Dios, con un Jesús vivo y de mirada agonizante, que mira en este caso al espectador para más tarde dirigir su mirada hacia el Creador, frente al ya inerte, con cabeza caída apoyada sobre el hombro diestro, del crucificado inicial. Mantendrían sendas versiones, sin embargo, unos patrones similares basados en la regla que sobre la representación de Cristo en la cruz defendería el pintor y tratadista de arte andaluz Francisco Pacheco a través de su Cristo crucificado de 1.614, así como en su obra El arte de la pintura, publicada póstumamente en 1.649, influyendo no sólo en sus alumnos, sino en prácticamente la mayoría de obras que de crucificados se realizarían a lo largo del Barroco español, tales como los Cristos crucificados de Velázquez o Goya. Según las directrices de Pacheco, el condenado no sería unido a los maderos por tres clavos, con una única punta férrea atravesando los dos pies de una vez. Por el contrario, sendos pies, asentados en un supedáneo o taco de madera, serían atravesados por una pieza metálica cada uno. El cuerpo de Cristo, bajo una cartela o tablilla donde se inscribiría su nombre y pecado, conocido como título, en las lenguas hebrea, griega y latina, se mostraría sobre una cuidada anatomía donde la carne no reflejaría, salvo escasas heridas, las múltiples torturas sufridas durante los previos capítulos de la Pasión, siguiendo las normas surgidas a partir del Concilio de Trento y Contrarreforma católica sobre la manera de mostrar pictóricamente la muerte de Jesús, lejana significativamente a la teatralidad y expresividad de otras representaciones religiosas barrocas para centrarse exclusivamente en la perfección de la figura del Hijo de Dios, semiinmaculada clavada en su mortal emplazamiento.


Arriba: Francisco Pacheco del Río, pintor andaluz y tratadista de arte de gran influencia en la escuela barroca sevillana, propuso a través de su Cristo crucificado de 1.614 la tendencia pictórica a retratar a Cristo clavado no por tres, sino por cuatro clavos en la cruz, apoyados los pies sobre un supedáneo en un estilo que repetirían artistas como Zurbarán o Velázquez, así como otros muchos pintores del Barroco español, como Francisco de Goya.


Francisco de Zurbarán sumaría a sus Cristos crucificados su perfección, aclamada por la crítica, en cuanto a la elaboración de ropajes, paños de pureza o perizonium en esta particular iconografía. El fondo oscuro, prácticamente inexistente, serviría para centrar la atención del espectador hacia la imagen penitente o finada del Hijo de Dios, engarzando a su vez con la tendencia inicial del artista hacia el tenebrismo conseguido en base al claroscuro caravaggista aprendido en sus estudios en Sevilla, que no dejaría de impregnar la generalidad de sus obras y que sólo a partir de su segunda etapa, influenciado por nuevas tendencias pictóricas europeas, se abriese a los tonos y fondos más coloridos que envuelven principalmente a sus Inmaculadas, sin que lograse mitificar de la oscuridad a sus crucificados. A los de su etapa inicial llerenense seguirían los Cristos moribundos y apelantes de 1.630 conservados en el Museo Thyssen-Bornemizsa de Madrid, o en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Cristos muertos en la cruz serían los creados en 1.635 expuestos en el museo sevillano o en el de Bellas Artes de Asturias, al que habría que sumar el Cristo muerto con donante de 1.640, guardado en el madrileño Museo del Prado. A esta colección de cristos fallecidos habría que sumar además el fechado entre 1.636 y 1.641 conocido popularmente como Cristo de Llerena.

Aunque la ciudad de Llerena ya contaba con un lienzo, actualmente desaparecido, ejecutado por Zurbarán durante sus inicios llerenenses, encargado por el consistorio en 1.618 para ser instalado sobre la puerta de Villagarcía de la muralla del municipio, donde quedase retratada la Madre de Dios, posiblemente en su advocación patronal como Virgen de la Granada, el auténtico legado que el artista extremeño otorgase al que fuese su antaño lugar de morada sería el retablo encargado para ornamentar el altar mayor de la Parroquia de Nuestra Señora de la Granada. Bajo contrato fechado en 1.636, se quiso contar con Zurbarán para ejecutar un retablo centrado en la figura del apostol Santiago, patrono de la Orden bajo la cual aún permanecía influenciada la ciudad. Zurbarán pondría como condición el poder contar como escultor retabilístico y ensamblador a su amigo el sevillano Jerónimo Velázquez, al parecer familiar o allegado cercano del que hubiera sido su inicial tutor en el mundo de las artes, Pedro Díaz de Villanueva, a su llegada primera a Sevilla. El 23 de diciembre de 1.646, diez años después, se daría por terminado y puesta en su lugar definitivamente la obra, cuyo diseño, conjunto iconográfico completo y colocación de los lienzos, tablas y posibles esculturas o imágenes asociadas al mismo se desconoce, víctima el retablo de una sustitución acaecida bajo ignorados motivos  ejecutada en el siglo XVIII que conllevaría no sólo el desmontado de la creación zurbaranesca, sino la paulatina desaparición de los trabajos que compondrían la misma. No sería hasta la llegada del siglo XX cuando fuera vinculado con el retablo zurbaranesco llerenense el Martirio de Santiago aparecido en Francia y traído posteriormente a España, pasando de manos coleccionistas de Barcelona a los fondos del Museo del Prado, donde se custodia desde 1.988. La Virgen de las Nubes, óleo sobre lienzo de 1,86 mts. de largo y 1,03 mts. de anchura, así como el Cristo bendiciendo, pintado sobre la que parece fuese la puerta de cierre de un sagrario, serían identificados igualmente como piezas de tal retablo, restaurados durante la segunda mitad del pasado siglo y expuestos desde entonces en el Museo de Bellas Artes de Badajoz, rescatados de la parroquia donde permanecían semiolvidados colgados en el muro del evangelio de la iglesia patronal llerenense. Entre el resto de obras no conservadas del retablo pudiera haber estado, según algunos estudiosos, una Huida a Egipto, defendida la idea por aquellos críticos que suponen la presencia de escenas marianas en el conjunto.
 

Arriba y abajo: tras desmontar por razones ignoradas el retablo de Zurbarán del cabecero del templo patronal llerenense en pleno siglo XVIII, la tabla de Cristo crucificado que coronaba al parecer el mismo fue recortada para poder ubicarse entre las molduras de cierre superior del retablo de San Pedro ubicado en lado del evangelio del monumento, recuperado de tal enclave a finales del siglo XX para ser restaurado y expuesto, tal y como se presenta en la actualidad, en la Capilla de los Zapata o de San Juan Bautista, abierta en el muro de la epístola de dicha iglesia bajo factura gótico-renacentista, en cuyo exterior (abajo) destaca por su tracería, pináculos y espadaña propia que se remontan a los primeros años de construcción de la parroquia.


Sobre el conocido como retablo de San Pedro, en el muro del evangelio, colgaba un Cristo crucificado cuya autoría quedaba en debate. La pintura, realizada sobre tabla, había sido recortada para poder ser instalada entre volutas y moldes en el coronamiento del barroco retablo del siglo XVIII. Sería el afamado Profesor M. Soria quien no sólo otorgase definitivamente a Zurbarán en 1.945 la firma de la obra, sino que incluiría la representación del crucificado como parte fundamental de aquel desaparecido retablo que antaño ocupó el cabecero del templo. El Cristo crucificado de Llerena, o más conocido sencillamente como Cristo de Llerena, sería pintado sobre una tabla de 1,50 mts. de largo y 0,75 mts. de anchura. Cristo, ya fallecido, permanece clavado en la cruz con la cabeza caída ligeramente apoyada sobre su hombro derecho, siguiendo claramente la tendencia pictórica del maestro extremeño a la hora de representar al Hijo de Dios tras su óbito. La obra es casi calco de la conservada en Sevilla datada en 1.635, pero también del Cristo que centra la obra "Cristo con donante", del Prado. Las directrices generales de los fallecidos crucificados zurbaranescos se repiten nuevamente en la obra de 1.636, introduciéndose sin embargo una pequeña variación apreciada en la cartela que corona la figura del cadáver. Saltándose los consejos de Pacheco, Zurbarán no ofrece esta vez el título en las tres lenguas tradicionales sino sólo en latín, pudiendo leerse en caracteres mayúsculos "IESVS NAZARENVS REX IODEORVM".

El Cristo de Llerena sufriría el incendio que asolaría el principal templo llerenense el 5 de agosto de 1.936, durante la toma de la ciudad por las columnas nacionalistas a comienzos de la contienda bélica que sufriría y dividiría España entre 1.936 y 1.939. Restaurado en el madrileño taller Tekne, la obra, retirada del retablo de San Pedro, cuelga actualmente dentro de la capilla gótico-renacentista de los Zapata o de San Juan Bautista. Reintegrada en un marco rectangular que nos hace imaginar cómo sería la pintura en años previos a su amputación, el Cristo de Llerena se presenta no sólo como una de las grandes joyas con que cuenta la Parroquia de Nuestra Señora de la Granada, sino además como todo un tesoro que enriquece el patrimonio de la localidad y que permite conservar plásticamente el recuerdo del paso de uno de los grandes artistas de nuestro país por la localidad, municipio que recorrió durante años el pintor extremeño, del que se sabe conservó grandes recuerdos y guardó con cariño en su memoria por haber sido sede de su primer taller, templo de celebración de sus primeros matrimonios, cuna de sus primeros hijos y, en definitiva, enclave indiscutible dentro de su biografía. Zurbarán no hubiera sido el mismo sin haber residido en Llerena, y Llerena no sería la misma si no hubiera pasado por ella el extremeño universal.



Arriba: con motivo del cuarto centenario del nacimiento del pintor extremeño, Llerena quiso dedicar un monumento escultórico, ejecutado por Martín Chaparro, al artista que hizo de la ciudad su hogar y taller durante once años, residiendo entre otros enclaves al parecer sobre los soportales a los que mira la estatua y que encuadran la Plaza de España en su lateral oriental, viviendas donadas al matrimonio por la segunda esposa de Zurbarán, Beatriz de Morales, y bajo las cuales se conserva la fuente cuyas trazas fueron diseñadas por el artista, bajo encargo del consistorio llerenense en 1.618.

Abajo: además del Cristo de Llerena y las otras dos obras pertenecientes al retablo llerenense conservadas en el Museo de Bellas Artes de Badajoz, nunca sin olvidar la incalculable obra que del pintor puede admirarse en el interior del Monasterio guadalupense, existe en Extremadura otro conjunto zurbaranesco expuesto dentro de la Iglesia de la Candelaria de Zafra, formando parte del conocido como Retablo de Nuestra Señora de los Remedios, encargado en 1.644 por el hidalgo local y corregidor Alonso de Salas Parra para ornamentar los sepulcros suyo y de su esposa, realizando para ello Francisco de Zurbarán una serie iconográfica que quedaría centrada por la Virgen imponiendo la casulla a San Ildefonso, enmarcada entre un San Miguel y un San Nicolás de Tolentino, y coronada por la Sagrada Familia o Doble Trinidad, mientras que en el cuerpo inferior del retablo, enmarcando una imagen escultórica, figurarían San Juan Bautista en la calle izquierda, y San Jerónimo penitente en el lado contrario, todo ello sustentado por una pedrela donde dos pequeñas obras sobre San Andrés y San Bernabé quedan custodiadas por los retratos de los mecenas, atribuyéndose el busto masculino a Zurbarán, pero no el de la esposa de Alonso de Salas, Jerónima de Aguilar, pintado al parecer por un seguidor de Pacheco.









 
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