viernes, 1 de marzo de 2019

Necrópolis visigoda de Arroyo de la Luz: álbum fotográfico actualizado


Varios días atrás Extremadura: caminos de cultura tuvo la oportunidad de volver a visitar la necrópolis visigoda de Arroyo de la Luz, enclavada en la dehesa boyal del municipio arroyano, primera en recibir hace escasos años y a nivel europeo la distinción como Dehesa Cultural, conocida sencilla y popularmente como Dehesa de la Luz por ubicarse en ella la Ermita de Nuestra Señora de la Luz, patrona de la localidad. Habían pasado ocho años desde nuestra última estancia en este enclave, oportunidad aquélla para poder conocer en primera persona el yacimiento, germen de la posterior entrada que sobre el mismo sería publicada en marzo de 2.011 desde este espacio en la red, gracias a las imágenes y la información que por aquel entonces pudimos tomar y recabar sobre el mismo.


Aprovechando la nueva visita, hemos querido volver a fotografiar la añeja necrópolis arroyana en pro tanto de actualizar como de complementar el álbum que acompañaba señalado artículo inicial dedicado a tal yacimiento altomedieval. El estado de mantenimiento de la necrópolis, salvo por encontrarnos con diversas tumbas limpiadas y desarenadas, era prácticamente similar al vislumbrado años atrás. Al contrario que en aquella ocasión, pudimos tomar durante dos jornadas diferenciadas imágenes de cada sepultura tanto de manera individual como interrelacionadas dentro de los conjuntos en que se presentan, agrupados a su vez en tres secciones geográficamente separadas entre sí, una de ellas para nosotros desconocida en el momento de realizar la primitiva visita al lugar, bautizadas por diversos autores como necrópolis de la Charca de la Dúa y necrópolis de la Ermita de la Luz, a la que añadiríamos la que desde Extremadura: caminos de cultura hemos querido nombrar ante la aparente ausencia de información sobre la misma como necrópolis del Bohío, ubicada camino del Pozo de las Matanzas junto al que se descubren dos tumbas exentas, muy posiblemente tomadas de alguna de estas secciones, de la que serían extraídas años atrás en pro de ser reutilizadas como abrevaderos para el ganado junto a la cisterna donde permanecen sitas.

Extremadura: caminos de cultura ofrece así una nueva visión de la necrópolis visigoda de Arroyo de la Luz, catalogando las pétreas tumbas dentro de sus tres secciones, deseando ampliar de esta manera tanto el conocimiento del yacimiento como de la supuesta etapa histórica en la que fuesen realizadas y quedasen inscritas, invitando al lector a visitar el lugar, paraje excepcional donde la comunión entre el hombre y la naturaleza a través de la creación de la dehesa parece encontrar un ejemplo inmejorable anclado en un presente que desde siglos atrás parece no querer tener fin, salpicado por vestigios históricos que nos acercarán a capítulos pasados de estas tierras, de la región y de la nación, que no son sino páginas de nuestro propia vida como comunidad.

- Necrópolis de la Charca de la Dúa:


A poca distancia de la carretera nombrada como EX-207, vía de unión entre Arroyo de la Luz y Alcántara, calzada cuyo trazo posiblemente sigue el trayecto que ya antaño marcaría la senda que bajo dominio romano vincularía Norba Caesarina, hoy Cáceres, con Egitania, actual Idanha-a-Velha, tras sobrepasar el puente de Alcántara rumbo a Brácara Augusta, origen de la lusa Braga, se encuentra la conocida como Charca de la Dúa, cuya cola apunta hacia la entrada que por esta zona permite el acceso a la dehesa boyal arroyana, bautizada como de la Luz. Junto al flanco occidental del menudo embalse, una suave colina salpicada de berruecos se presenta como lugar de ubicación de una de las tres secciones en que podría dividirse la necrópolis visigoda de Arroyo de la Luz, si consideramos como un único conjunto la suma de todas las tumbas pétreas que aparecen diseminadas en la dehesa pública arroyana, ubicada sus secciones hermanas tanto en las inmediaciones de la Ermita que da cobijo a la imagen de la patrona del lugar, como en una zona de explotación ganadera camino del Pozo de las Matanzas, centrada por la figura de un característico bohío. Algunos autores, sin embargo, prefieren hablar de cementerios diferentes, siendo éste clasificado como la necrópolis de la Charca de la Dúa.

Las características de las sepulturas tanto de esta sección como de sus compañeras son prácticamente idénticas, siguiendo igualmente las particularidades que ofrecen la mayor parte de las abundantes tumbas excavadas sobre la roca que se catalogan diseminadas por zonas rurales de toda la región, destacando especialmente ciertas comarcas ubicadas entre los cauces del Tajo y el Guadiana, permitiendo barajar de esta manera la teoría que presenta el origen de las mismas bajo una misma época y capítulo histórico. Si bien casi todas ellas han llegado a la actualidad expoliadas, afortunadamente se descubrieron a lo largo del siglo XX dos yacimientos dentro de nuestra comunidad donde aún se conservaban parte de los ajuares que acompañaban desde siglos atrás a los difuntos allí sepultados. Nombrado el primero por Sanguino Michel en 1.911, quien se hizo eco del descubrimiento de restos cerámicos en el interior de algunas sepulturas ubicadas en las cercanías de Alcuéscar, cuando éstas iban a ser destruidas con la idea de ser utilizada para otros fines su materia prima, comentado el segundo por Fernández-Oxea en 1.962, cuando en Robledillo de Trujillo pudo él mismo rescatar diversas vasijas en perfecto estado, tantos unas cerámicas como otras fueron datadas durante la época de gobierno visigodo, quedando así enmarcados históricamente no sólo los ajuares sino fundamentalmente las tumbas que las guarecían, y por ende todas las de similares características conocidas en la región.

La necrópolis de Arroyo de la Luz queda así vinculada con la etapa visigoda, formando parte muy seguramente, como ocurre en muchos otros ejemplos de cementerios constituidos por tumbas excavadas en la roca presentes en campos y dehesas por toda nuestra geografía, de las posesiones que conformarían una villa o vicus, especie de explotación agropecuaria heredera de la villa romana, donde en un anticipo del posterior sistema feudal los trabajadores quedarían por contrato vinculados de por vida al lugar, englobados en auténticas aldeas regidas por el propietario de la hacienda que, en el caso arroyano, se enclavaría junto a la nombrada vía de comunicación entre Norba y Egitania, domando el original bosque mediterráneo en una plantación orientada tanto al cultivo de la tríada mediterránea como a la cría de productivas ganaderías, en un paisaje antecesor de la medieval dehesa de la que surgiese el paraje existente en la actualidad, conservándose labradas también en piedra granítica diversas prensas oléicas o vinícolas donde poder transformar los productos obtenidos de estas tierras. Cuenta sin embargo esta necrópolis con una peculiaridad, común en otras zonas peninsulares pero poco usual dentro de Extremadura, donde las tumbas en roca suelen aparecer excavadas individualmente, separadas unas de otras o en grupos de apenas anexos dos o tres fosas sobre un mismo berrueco, salpicando los terrenos donde se ubican los cementerios a los que pertenecen, de no muy numeroso número de sepulturas. En Arroyo de la Luz no sólo estaríamos ante una de las necrópolis más populosas de las conservadas en suelo extremeño, superando la treintena de tumbas roqueñas. Además, pueden observarse muchos de los sepulcros de las secciones enclavadas junto a la Charca de la Dúa y la Ermita de la Luz labrados conjuntamente en diversos subgrupos, horadados seguidamente sobre una misma afloración granítica, despuntando la colección que de ocho enterramientos contiguos puede descubrirse en la sección cercana a mencionada masa acuática, prácticamente única en nuestra comunidad.

Cercadas todas ellas con un reborde logrado durante la labra de los túmulos en pro de poder colocar sobre las sepulturas la tapa o tapas que sellarían cada una de las mismas, las ocho tumbas que conforman el subgrupo más relevante de los dos sitos junto al enclave acuático se ofrecen además como magníficos ejemplos de tumbas antropomorfas, diseñadas para albergar el cuerpo del difunto en decúbito supino, tendido sobre su espalda o boca arriba, colocada la cabeza dentro de un hueco extra que complementa el horadado principal, a modo de cubo sumado a la concavidad diseñada sobre un plano rectangular, resultando una forma humana sumamente estilizada. Comparten además los ocho enterramientos una misma orientación, con la testa hacia el ocaso y los pies hacia Oriente, característica principal a la hora de ejecutar este tipo de enterramientos que sin embargo no es capital, al adecuarse muchos de los sepulcros disemidos tanto en la supranecrópolis arroyana como en otros puntos de la región a las propias particularidades de la roca donde serían ejecutados.

La necrópolis de la Charca de la Dúa cuenta con otro subgrupo más, así como con dos sepulcros aislados, cercanos todos al conjunto de ocho tumbas que centra tal cementerio, alcanzando entre todos los nichos un número de trece ejemplares. Un berrueco cercano al más distinguido acoge tres sepulturas, igualmente antropomorfas, junto a las que figura lo que parecen ser los restos de una cuarta, quizás el intento de un sepulcro que quedó sin terminar, o simplemente un capricho de la naturaleza que hace equivocar al ojo humano. Un túmulo aislado, también antropomorfo y sito en un afloramiento granítico inmediato al berrueco que acoge el subgrupo de tres, figura junto a los vestigios de lo que parece ser un sistema de prensado. Si bien el uso contemporáneo de tal prensa a la existencia del enterramiento resulta altamente dubitativo, podríamos barajar dos panoramas según si tratamos la prensa como anterior o bien posterior al cementerio en sí, más probable la reutilización de la roca durante el gobierno visigodo una vez la prensa en desuso, de la que ya pudieron servirse en época tardorromana cuando la crisis política de los últimos siglos del Imperio conduce a la ruralización de la sociedad, sin que falten autores que ubiquen la fábrica de las tumbas mucho más posteriormente durante el dominio musulmán, ubicando en lo que fuesen villas tardorromanas o visigóticas la población mozárabe que pudo quedarse en la zona tras la caída de Mérida ante los ejércitos islámicos en junio de 713.

Un último sepulcro individual, conocido por este blog gracias al trabajo de Rubén Nuñez, autor del espacio en la red Cáceres al Detalle, se descubre al oeste del cúmulo principal de la necrópolis de la Charca de la Dúa, a los pies de la colina donde afloran sus doce hermanos. Labrado sobre una pieza granítica única de tamaño medio, presentado no a nivel del suelo como sus hermanos ejemplares sino a cierta altura de la tierra, de similar manera que variados ejemplos sitos en las secciones paralelas de la supranecrópolis arroyana, vuelve a figurar como tumba antropomorfa acoplada a las particularidades del berrueco donde se asienta, peculiarmente no en cuanto a la orientación de la testa, que vuelve a mirar en este ejemplar hacia Occidente, sino a la hora de adecuarse la base del enterramiento a las características del bolo, quedando su base llamativamente inclinada y con ello el cuerpo que allí fuese antaño depositado.

Abajo: centrando el cementerio cercano a la Charca de la Dúa, conocido como necrópolis de la Charca de la Dúa y sección más oriental de las tres que conforman la supranecrópolis de la Dehesa de la Luz, una colección de ocho sepulcros labrados sobre una misma afloración granítica despunta dentro del panorama de tumbas excavadas en la roca dentro de Extremadura, al no ser habitual en la región tan cuantioso cúmulo de sepulcros en un mismo subgrupo de túmulos, orientadas en este preciso caso las cabezas de todos los ejemplares hacia el poniente, marcando filas de tres, cuatro y una tumba respectivamente, todas antropomorfas de diversas dimensiones pero similares cajas anexas para acoger la testa de los difuntos allí depositados.





Abajo: a poca distancia del grupo sepulcral compuesto de ocho tumbas roqueñas, una nueva afloración granítica presenta otra amalgama de enterramientos a ras de suelo, tres tumbas antropomorfas, dos de ellas con la cabeza orientada hacia Occidente, otra en perpendicular a las mismas, junto a las que figura lo que pareciese ser un sepulcro iniciado pero no concluso, o bien un túmulo semidestruido, quizás simplemente un capricho de la naturaleza que ha querido imitar los trabajos de labra que allí más tarde se ejecutarían (abajo, quinta imagen).






Abajo: aislada pero no distante de sus compañeras, una tumba antropomorfa figura de manera individualizada sobre otro berrueco de escasa altura, compartiendo sin embargo afloración granítica no con más sepulcros, sino con lo que parece ser un sistema de prensado pétreo donde aún se quieren adivinar vestigios de una rueda, posible método de transformación de los productos oléicos o vinícolas que se obtuviesen antaño de estas tierras, cuya ubicación junto a la sepultura hace dudar sobre la contemporaneidad de ambos usos de la roca, pudiendo haberse labrado la tumba una vez en desuso la prensa, activa como otras prensas cercanas (abajo, tercera imagen) en años o centurias previas durante un primitivo rendimiento del lugar, en todo caso fábricas industriales vinculadas con una explotación agropecuaria en la que quedaría presuntamente circunscrita la necrópolis, no conociéndose vestigios de edificio religioso alguno en las cercanías, coincidiendo el auge de las villas tardorromanas y las vicus visigodas con la datación de algunas tumbas en la región donde fueron descubiertos restos de ajuares, fechados durante un gobierno visigodo que ocuparía las centurias altomedievales en las cuales muy seguramente fueron labradas las tumbas arroyanas.




Abajo: a los pies de la colina donde se ubican las tumbas que conforman la necrópolis de la Charca de la Dúa, distanciada de éstas pero formando muy posiblemente parte de la misma sección dentro del arroyano cementerio visigodo, un berrueco de medianas proporciones ofrece labrado en su interior un sepulcro ciertamente distante del suelo, nuevo ejemplar antropomorfo y orientado en su cabeza hacia poniente que curiosamente presenta en su base una inclinación adecuada a las características de la naturaleza del bolo, particularidad que conllevaría antaño el yacer en pendiente del cuerpo del difunto allí depositado.



- Necrópolis de la Ermita de la Luz:


En las inmediaciones de la Ermita de la Luz, edificio religioso cuya fábrica actual es el resultado de la simbiosis entre el gótico rural o extremeño de los siglos XV y XVI, y el estilo barroco de los siglos XVII y XVIII, restaurado tras la Guerra de la Independencia una vez destruido el templo por las tropas napoleónicas en 1.809, encontramos una nueva sección o sección intermedia de las tres que podríamos considerar componen la necrópolis visigoda de Arroyo de la Luz, nombrada como necrópolis de la Ermita de la Luz por aquéllos que defienden la independencia de este cementerio respecto de sus vecinos, ubicados junto a la Charca de la Dúa y en el camino del Pozo de las Matanzas respectivamente. Las características de estos sepulcros son, sin embargo, idénticas a las ofrecidas por los túmulos dados en las restantes secciones, de diseño antropomorfo y reborde labrado en derredor de la mayor parte de ellos, aglutinados muchos sobre un mismo berrueco a modo de subgrupo dentro de la sección, alcanzando en esta zona la quincena de ejemplares, desgraciadamente semidestruidos o directamente casi desaparecidos varios de los túmulos que en la zona figuraban, posiblemente como resultado de un intento de reaprovechamiento de la piedra sobre la que fueron ejecutados.

Casi indetectables a simple vista, tres tumbas se presentarían, como en otros subgrupos sitos en la necrópolis de la Charca de la Dúa, a ras del suelo, aprovechando un afloramiento granítico donde quedarían labrados, curiosamente con la cabeza al parecer orientada hacia el levante. Seguramente fuese la adecuación de los terrenos a su actual uso litúrgico y visitas devocionales el motivo que llevase al serrado de la piedra y consiguiente desaparición de los sepulcros allí inscritos, semidesaparecido también uno de los cinco enterramientos que figuran horadados en un berrueco contiguo, a poca distancia del cabecero del santuario. Labradas a los pies del roquedo, las cinco tumbas excavadas en roca allí alojadas intentan adecuarse a las características de la formación granítica en busca de la orientación de la cabeza del sepulcro hacia el Oeste, algo que sin embargo no se da en los también cinco sepulcros que se descubren en un berrueco ubicado junto al punto de encuentro del camino que permite el acceso a la ermita desde la carretera EX-207, con la vía que desde la parte norteña del municipio conduce al recinto sacro atravesando la dehesa desde la conocida como Charca Grande. Las características de este último berrueco, al contrario que en el anterior, permitió la horadación de los enterramientos sobre la allanada loma que corona la afloración. Sin embargo, mientras que dos se ofrecen con su testa mirando al poniente, tres permanecen en posición perpendicular a los mismos, uno de estos últimos nuevamente semidesaparecido mientras que sus hermanos en disposición ofrecen la peculiaridad de contar, como para la cabeza, con un pequeño hueco extra donde acoplar los pies del fallecido, algo no extraño pero tampoco habitual entre las tumbas roqueñas de manufactura visigoda ubicadas en nuestra región.

Dos sepulturas más, de manera individualizada, se ofrecen formando parte de esta sección intermedia. Una de ellas, en lo alto de un berrueco de media altura enclavado entre los dos subgrupos de cinco tumbas cada uno, presenta homogéneas características con sus hermanos, antropomorfo dotado de reborde junto al cual restos de labra parecen querer indicar los vestigios de una inicial excavación que quedaría incompleta. El otro túmulo aislado, a mucha menor altura del suelo y el más cercano al recinto de culto, sitos todos sus hermanos tras el ábside del templo, se ubica a los pies de un bolo granítico que, junto al lado de la epístola de la ermita patronal, sirve de sustento de una cruz o humilladero que corona el sacro lugar. Curiosa combinación que podría resumir la disposición que se deja adivinar en el lugar, a modo de cierta supeditación de las tumbas ante el actual edificio religioso que centra el enclave. Producto híbrido no extraordinario que podría conjugar perfectamente con un panorama  presente en más puntos peninsulares, resultante quizás del deseo imperante tras la reconquista de entroncarse culturalmente sus nuevos moradores y gobierno tanto con la cultura clásica como con las raíces católicas de unas tierras que los  cristianos norteños veían como de sus antepasados, distados sendos momentos históricos, el gobierno visigodo y la reconquista cristiana, por varios siglos de ocupación islámica donde tal dominación musulmana se creía un paréntesis temporal que las fuerzas y población cristianas deseaban minimizar, enlazando con el pasado clásico del que se consideraban descendientes tanto familiar como culturalmente.

Así, y aunque el culto a la Virgen de la Luz, nombrada como tal desde 1.500, previamente de la Lucena por ubicarse al parecer su templo en una zona antaño conocida bajo tal nomenclatura, considerado el enclave como el antiguo recinto donde siglos atrás se enclavó la villa o vicus de un tal Lucio, se remontase según la tradición oral que circula por la localidad arroyana a tiempos del Bajo Imperio, la falta absoluta de vestigios arqueológicos que respalden tal teoría hace pensar en el uso, como en muchos otros casos conocidos, de una solución adoptada ampliamente durante el medievo a fin de entroncar la nueva realidad con el pasado cristiano del perdido gobierno visigodo del que se consideraban sucesores los reinos del Norte peninsular, construyendo templos donde se creía pudieran haber existido lugares de culto cristianos antes de la llegada del Islam, o, como en el caso arroyano, edificando sobre un yacimiento premusulmán que hiciera mención a la ocupación romana y visigoda de la zona, tomando por tal motivo esta sección de la supranecrópolis como lugar donde enclavar la ermita de la imagen ante la que se postraría la nueva y católica población, retomando un legendario culto que quedase interrumpido ante la llegada del infiel.
 
Abajo: a los pies de un bolo granítico ubicado cerca del lado de la epístola del templo patronal arroyano, un nuevo sepulcro antropomorfo tallado sobre la roca, de similares características en cuanto a su labrado y orientación a las presentadas por la mayor parte de sus túmulos hermanos, forma un curioso híbrido cultural de la mano de la cruz o humilladero que corona el berrueco que centra la afloración granítica, resumen de la simbiosis histórica que posiblemente se quiso desarrollar en el lugar, escogida esta sección de la supranecrópolis como enclave donde erigir un templo a María tras la reconquista de los contornos, enlazando así la nueva religiosidad de la zona con el catolicismo de los últimos visigodos que la ocuparían y que aquí quedarían sepultados bajo la doctrina de Cristo, sin desdeñar ni la tradición oral que apunta a una recuperación de un antaño culto mariano premusulmán en tal enclave, ni con un posible intento de reconversión de un territorio islamizado, tomadas estas tumbas erróneamente por no pocos repobladores no como de los visigodos sino como "de los moros", como aún se las conoce en diversos municipios de la región.



Abajo: ubicado tras el cabecero de la ermita patronal, junto al camino que desde aquí se dirige a la parte norteña del municipio atravesando la Dehesa de la Luz y alcanzando la conocida como Charca Grande, un berrueco presenta en sus bajos laterales cinco tumbas más, todas ellas antorpomorfas, semidestruidas el dúo más oriental seguramente bajo un afán de reaprovechamiento de la piedra, o quizás ante la adecuación del lugar para las visitas devocionales, habiendo sido completamente serrada la afloración granítica que frente a este roquedo se ubicaba y donde, aunque casi inadvertidos, se observan aún los vestigios de otros tres sepulcros que en su origen permanecerían, como en los casos vistos en la necrópolis de la Charca de la Dúa, a ras de suelo (abajo, imágenes octava a décima).











Abajo: junto al cruce donde se encuentran la vía de acceso al santuario de la Luz desde la carretera regional EX-207 y la calzada que comunica el mismo con la parte norteña de la localidad atravesando la dehesa boyal arroyana, un nuevo compendio de cinco tumbas figuran en lo alto de un berrueco de allanada loma, combinados entre sí en pro de aprovechar la afloración granítica, presentándose dos de los túmulos con sus testas orientadas hacia poniente, perpendiculares a ellos sus otros tres hermanos, semidestruido el más oriental (abajo, imagen segunda) y con doble horadación extra, para cabeza y pies, los dos restantes (abajo, imágenes sexta y séptima).








Abajo: los restos de un labrado que pudo ser abandonado hacen pensar en el posible intento de aprovechamiento inicial para varias tumbas de un berrueco sito entre los dos subgrupos de cinco enterramientos cada uno, conservándose una sepultura antropomorfa aislada más que añadir a la necrópolis de la Ermita de la Luz o sección intermedia de las que conforman la supranecrópolis visigoda arroyana.



- Necrópolis del Bohío:


No habiendo encontrado información referente a un tercer cúmulo de tumbas excavadas en roca ubicadas a poca distancia una de otras, formando lo que aparenta ser una tercera sección dentro de la supranecrópolis que junto a las secciones ubicadas junto a la Charca de la Dúa y la Ermita de la Luz formarían en la Dehesa boyal arroyana, presentamos desde Extremadura: caminos de cultura este tercer cementerio bajo la denominación de necrópolis del Bohío, por ubicarse, camino del Pozo de las Matanzas y al Oeste de sus secciones hermanas, en una zona donde predominan junto a actuales explotaciones ganaderas, diversos chozos y bohíos de cierta antigüedad que recuerdan el ya uso pastoril de estas tierras desde siglos atrás, situándose las tumbas concretamente en los alrrededores de un bohío petreo donde la fábrica humana se entremezcla con la naturaleza, inmerso el mismo entre berruecos, en una hibridez que demuestra, como en el caso de los sepulcros visigodos estudiados, la simbiosis entre naturaleza y cultura tan característica e identificativa en Extremadura.

La necrópilis del Bohío se compondría de al menos siete sepulcros localizados y conservados, habiendo sido muchos de los afloramientos graníticos allí sitos serrados, bien en pro del aprovechamiento para otros usos de la piedra, o quizás persiguiendo la adecuación de los terrenos tanto al uso ganadero como al paso a través de los mismos, figurando varios de los túmulos pétreos semidestruidos, no descartando así la desaparición completa de otros ejemplares o, inclusive, la reutilización una vez descontextualizados de los mismos, conocidos los casos depositados junto al propio brocal del Pozo de las Matanzas. A diferencia con las otras secciones más orientales, no se aprecian en esta zona tumbas excavadas a la par o labradas conjuntamente sobre un mismo berrueco o afloración. Por el contrario, cada ejemplar figura individualmente, aunque compartiendo con sus hermanos el reborde así como la tipología antropomórfica en la mayoría de los casos. En curiosa, además, la aparición de dos tumbas de menudo tamaño que pudieran corresponder al enterramiento de dos bebés o niños de corta edad, algo desconocido en otras zonas de la necrópolis arroyana.

Abajo: junto al camino que se dirige desde la Ermita de la Luz hacia otros puntos occidentales de la dehesa boyal arroyana, entre ellos el paraje donde se ubica el conocido como Pozo de las Matanzas, una tumba excavada sobre la roca granítica nos recuerda los ejemplares individuales enclavados en las otras secciones de la supranecrópolis, repitiéndose diseño antropomorfo, reborde en derredor del sepulcro y orientación predominante de la cabeza hacia el ocaso.



Abajo: diseminados por la zona pero a poca distancia unos ejemplares de otros, sorprenden al caminante entre los berruecos ubicados junto al bohío del que se ha querido tomar el nombre para esta sección los diversos sepulcros tallados sobre bolos de tamaño medio o afloraciones apenas alzadas del nivel del suelo, inmersos actualmente entre explotaciones agrarias hasta el punto de alzarse sobre ellos linderos de separación, trascurriendo un vallado sobre una de las tumbas que, curiosamente, ofrece un diseño rectangular no antropomorfo, carente de caja para la cabeza, habitual en muchos puntos de la región pero extraño en esta necrópolis.



Abajo: sobre un afloramiento granítico coronado con una encina, una tumba antropomorfa ha logrado llegar íntegra a nuestros días, suerte que no ha corrido un ejemplar cercano semidestruido (abajo, imágenes tercera y cuarta), apreciándose el serrado de la piedra tanto en este berrueco como en uno de los laterales de la afloración contigua, no descartándose así la desaparición de tumbas en esta zona de donde quizás pudieron extraerse los dos sepulcros conservados junto al Pozo de las Matanzas, utilizados actualmente como abrevaderos para el ganado.





Abajo: aunque entre los ocho sepulcros que componen el subgrupo más destacado de la necrópolis de la Charca de la Dúa, el más norteño de los cuatro labrados en la fila central presenta unas dimensiones más menudas que sus hermanos, pudiendo haber sido labrado en pro de acoger el cuerpo difunto de un joven, no parece haber o conservarse tumbas infantiles en las dos secciones más orientales del cementerio visigodo arroyana, figurando sin embargo dos ejemplares en la necrópolis del Bohío, aparentes labras ejecutadas por la naturaleza, usada una de ellas como actual pesebre, cuyo origen como túmulo sin embargo nos es revelado por la conservación de parte del reborde que los circundaba, y sobre el que quedaría apoyada la tapa de cierre de las sepulturas.





Abajo: en la zona más occidental de la sección, una nueva tumba semidestruida aguarda al caminante que decide deambular entre los caminos que vertebran la dehesa boyal arroyana, hablándole de un pasado escrito por las vidas de otros muchos que hicieron de esta zona su hogar, en un enclave que no ha dejado de conocer desde antaño la presencia humana, hecho que le ha ayudado indubitativamente a ser nombrada como la primera Dehesa Cultural europea.



Abajo: aunque en un primer momento pudiera parecer una tumba más, las grandes dimensiones del espacio horadado, así como la aparición de posibles desagües en una de sus caras, hace pensar en el posible uso industrial de lo que parece ser una prensa o lagareta, ubicada a poca distancia del bohío del que se ha tomado el nombre para bautizar el enclave, recordando la también aparición de lagares en las cercanías de la necrópolis sita junto a la Charca de la Dúa, con la que mantendría así nuevos paralelismos.


 - Tumbas del Pozo de las Matanzas:


Cerca de los confines más occidentales de la dehesa boyal arroyana se encuentra el conocido como Pozo de las Matanzas, así denominado por ubicarse en el enclave donde, según una leyenda conservada en la localidad a través de la tradición oral, acaeció pocos días antes de la toma de Cáceres ejecutada la noche del 23 de abril de 1.229, una cruenta batalla entre las huestes cristiana y musulmana, resultando de tal encuentro bélico un cuantioso número de bajas entre los soldados.

Cierta o no la leyenda, mana en este paraje a modo de cierto valle una fuente acuática surgida a través del pozo que centra el lugar, aún hoy en día en uso. Junto a su amplio brocal, dos sepulcros de tipología antropomorfa excavados sobre la roca hacen de abrevaderos. No son, sin embargo, tumbas labradas sobre afloraciones graníticas surgidas de estos terrenos, sino ejemplares extraídos de su primtivo punto de origen, posiblemente una de las secciones en que podemos dividir la supranecrópolis arroyana, en pro de ser usados con fines ganaderos. Quedarían así descontextualizados de su sitio original, no dejando de sumarse sin embargo por ello al generoso número de ejemplares descubiertos en la dehesa boyal de la Luz, auténtico santuario de tumbas labradas sobre la roca de características prácticamente únicas en la región. Cuaderno abierto del que aprender sobre el pasado visigodo de estas tierras, así como de la historia de los pueblos que hicieron, como nosotros, de este punto de la Península Ibérica su hogar, enlazados con estos terrenos hasta el punto de querer ser depositados una vez fallecidos en él, con el fin de lograrse fusionar tras la muerte con la región donde se desarrolló la existencia que la vida les permitió disfrutar.



sábado, 23 de febrero de 2019

La Torre de Toma de la Presa de Cornalvo: álbum fotográfico actualizado


Que las aguas de un río, pantano o embalse bajen de nivel drásticamente, no suele ser motivo de alegría. A la visible escasez del bien acuático, y con ello la aparición del riesgo de desabastecimiento a la hora de poder regar, llevar a cabo labores diarias y de limpieza, e inclusive poder surtir a la población para el consumo humano, se suma la sequía de los campos y cultivos, consecuencia de la falta de lluvias que ha permitido la pérdida del caudal fluvial y acuífero acumulado.

Sin embargo, para los amantes del patrimonio una carencia en el nivel acuático puede traer de la mano agradables y extraordinarias sorpresas, fundamentalmente la asunción de yacimientos sepultados bajo el agua estancada, la afloración de bienes inmuebles yacentes bajo lechos acuosos, e inclusive poder apreciar en su total integridad, o en la mayor parte de la misma, elementos habitualmente sólo visibles en parte de su todo, bien así como resultado de alguna intencionada inundación, o porque de esta manera fuese previsto desde la propia erección del bien. Un magnífico ejemplo de este último caso podemos encontrarlo en la presa romana del embalse de Cornalvo.

La continua carencia de lluvias prevalente durante la actual estación invernal ha conducido a una bajada más que llamativa de las aguas estacionadas en el conocido como embalse de Cornalvo, dentro del Parque Natural homónimo, enclavado a unos 16 kms. al Norte de la ciudad de Mérida y cuyos terrenos quedan repartidos entre los términos municipales emeritense, de Mirandilla, San Pedro de Mérida, Guareña y Aljucén. La dismunición de los niveles acuáticos, si bien conlleva la semidesaparición del caudal que habitualmente inunda el "cuerno blanco", especialmente en su zona más norteña, última del pantano o cola del mismo, permite por otro lado hoy en día la posibilidad de ver casi en su totalidad la conocida como Torre de Toma, punto de captación de las aguas embalsadas para, desde allí y tras recorrer el túnel que atraviesa la propia presa, desembocar en el actual canal de conducción de aguas presa abajo, sustituto del acueducto que antaño acercaría las aguas hasta la romana Emérita Augusta, bautizado como Aqua Augusta y del que apenas quedan restos de sus porciones superficiales, mejor preservados los tramos subterráneos.

Si bien el agua aún oculta el actual sistema de toma de agua, cercano a sus cimientos y zona más inmediata a la roca madre sobre la que se asienta el bien, sí es posible poder contemplar del añejo edificio romano la integridad de la fábrica original no oculta por posteriores reformas y añadidos, destacando en esta obra de 20 metros de altura, con 5,50 metros en sus laterales perpendiculares al dique y 6,50 en los paralelos al mismo, la antigua ventana abierta durante el siglo XVIII como medida tomada tras la adquisición del monumento por Campomanes en pro de variar el sistema de captación de aguas, cegada posteriormente durante la reforma y restauración a la que sería sometido el monumento a mediados de la primera mitad del siglo XX, captada aún en su existencia por González en una imagen tomada en 1.910. Mencionada fotografía nos presenta un torreón semidesvencijado cuya imagen dista de la ofrecida tras finalizar su restauración en 1.926, intervención a través de la cual se dotaría al edificio de un refuerzo en rededor de su base en pro de fijación y protección, a modo de encofrado que abraza la primitiva obra latina, restando como resultado una victoriosa torre que emerge de entre su última aportación, hoy perfectamente visible al paseante, turista, amante del patrimonio o simple curioso que se acerque por la zona.

Desde Extremadura: caminos de cultura sugerimos al lector acercarse al embalse de Cornalvo para poder disfrutar, mientras la bajada del nivel de aguas así lo permita, de una visión íntegra de la original fábrica romana respetada entre los añadidos posteriores que conforma la Torre de Toma del sistema hidráulico, en una visita a través de la cual podrá pasear por la presa en activo más antigua de Europa, inmersa en un paraje declarado Parque Natural que permite al senderista la completa comunión con el más característico medio natural de la región, disponiendo, si desea obtener más información sobre este monumento casí bimilenario, de una entrada dedicada al mismo en el presente blog, cuyo enlace al artículo se ofrece a continuación:




Arriba y abajo: si bien desde su origen y a lo largo de las centurias sería el primitivo y original torreón romano la obra contemplada como sistema de captación de aguas, formando parte indispensable del monumento de ingeniería hidráulica, enclavada frente a la propia presa aguas arriba del triple paredón que conforma la misma, hoy en día la visión de la torre corresponde no sólo al edificio inicial, sino al resultado híbrido del mismo abrazado en su base por un refuerzo que, tras la última restauración del bien en los años 20 del pasado siglo, figuraría bordeando la base del edificio, permitiendo la bajada del nivel de aguas en invierno de 2.018/2.019 la posibilidad de apreciar la totalidad del cuerpo romano emergiendo tanto de la masa acuática como del encofrado que lo protege.



Arriba y abajo: perfectamente visible en la fotografía tomada por González en 1.910 (abajo), captada antes de la restauración y acometida que sobre la obra de ingeniería se ejecutase a mediados de la primera mitad del siglo XX, la actual bajada de aguas del embalse de Cornalvo permite poder observar la hoy cegada ventana que, en pro de variar el sistema original de toma de aguas, se abriría sobre la parte baja del muro oriental de la torre en el siglo XVIII, vestigio de las diversas actuaciones que sobre el inmueble se han acometido a lo largo de su dilatada historia, iniciada para la mayor parte de los estudiosos entre finales del siglo I d.C. y primeras décadas del siglo II de nuestra era, fijada sin embargo durante el gobierno visigodo o primeros siglos de la dominación musulmana por los arqueólogos Santiago Feijóo y Diego Gaspar en base al descubrimiento de canales de conducción acuática romanos previos y por debajo del propio embalse presentados a la opinión pública en 2.017, señal, para tales autores, de la captación desde las propias fuentes y no del propio pantano del agua que nutriría el acueducto de Aqua Augusta, y por ende a la ciudad de Mérida.



Arriba: tal es el bajo nivel de las aguas embalsadas en el pantano de Cornalvo que desde el propio faldón que recubre aguas arribas la misma presa es posible alcanzar la torre de toma o captación, surgiendo de entre la masa acuífera el terreno que dista entre el sillarejo del dique y el encofrado que abraza la base del torreón, apreciándose la colección de originales sillares graníticos almohadillados que conforman la fábrica primitiva, muchos de ellos dotados con las características horadaciones latinas ejecutadas en pro de poder ser manejados con las ferrei forfices o tenazas de transporte de la época, visibles tanto en la propia torre con en el pilar anexo restante del añejo sistema de acceso a la misma, compuesto de arco de unión que comunicaba torreón con un paredón saliente de la propia presa, restando retazos del mismo antes de la última intervención sobre el monumento, tal y como puede apreciarse en la imagen de González de 1.910. 

Abajo: si el nivel de las aguas estancadas sigue bajando en los próximos meses, seguramente será posible poder observar prácticamente en su integridad la obra de ingeniería hidráulica que conforma la presa de Cornalvo, oportunidad única para saborear el monumento que, sin embargo, vendría de la mano de una alarmante carencia de bien acuático que pondría en peligro nuestros campos, nuestras cosechas e inclusive el propio consumo de agua humano que esperemos no tengamos que llegar a conocer.


sábado, 16 de febrero de 2019

Imagen del mes: Villa romana de El Pomar, en Jerez de los Caballeros


Si bien el origen inmediato de la actual ciudad se remontaría al parecer a la dominación musulmana de la zona, bautizada la localidad con el nombre de Xerixa o Xeris, queda confirmada sin embargo en base a los ricos vestigios arqueológicos preservados la ocupación del enclave donde posteriormente se ubicase la Villa de Seres ya en época premedieval, capitaneando de entre los elementos heredados de época romana el yacimiento conocido como El Pomar, restos de la vivienda señorial de una relevante villa erigida en las tierras de lo que por entonces se nombraría como Caeriana o Seria Fama Iulia, explotación agropecuaria sita entre los confines de la provincia lusitana y la bética Nertóbriga, joya de los monumentos romanos conservados en nuestra región.
Jerez de los Caballeros (Badajoz). Siglos III-IV d.C. (erigida en el siglo I d.C., conocería su época de mayor apogeo entre los siglos III y IV, ocupada hasta el siglo VI); estilo romano.


Arriba: incomprensiblemente cerrada al público, a pesar de su excavación, intervención arqueológica, estudio y adecuación para las visitas, la villa romana de El Pomar forma parte del rico patrimonio histórico-artístico de la ciudad de Jerez de los Caballeros, conservada la vivienda señorial, estructurada en torno a un generoso peristilo o patio porticado de planta rectangular al que se abren el resto de los habitáculos de la casa, dotada originalmente de dos plantas a juzgar por la aparición de ciertos peldaños que conducirían a un nivel superior.


Arriba y abajo: descubierta en 1.969 a raíz del inicio de obra de diversas viviendas, la villa romana jerezana sería excavada durante varias campañas en las siguientes décadas, sin que la relevancia de los restos arqueológicos frenase la construcción de ciertos edificios en sus aledaños, entre los que destacaría el Pabellón Municipal de Deportes Francisco José Rivera Montero junto al  flanco occidental del yacimiento (arriba), lateral residencial en cuyo punto media se abre una amplia estancia recubierta de un rico pavimento musivo (abajo), identificada con el oecus o sala de ceremonias de la familia titular de la hacienda.



Arriba y abajo: conservado en el ala septentrional de la casa parte del muro que cerraría el jardín o viridiarium que centrase la vivienda, rodeado éste a su vez de una arquitectónica cenefa dotada de regulares hornacinas donde se enclavaban las columnas marmóreas que sostendrían la techumbre de los corredores (arriba), ornamentados con mosaicos y losas de mármol, sería posiblemente en este punto de la vivienda donde se encontrase el zaguán o vestíbulo de acceso a la misma, musivamente pavimentado y estructurado en torno a cuatro columnas de fábrica de ladrillo (abajo), junto al que destacan el resto de habitaciones o cubículos delimitados con muros de mampostería.



Arriba: mientras que las habitaciones o cubículos con que contaba el edificio se enclavaban fundamentalmente en los flancos norte, occidental y sureño de la vivienda, el lado oriental ofrece un muro de contención de los terrenos en pendiente sobre los que se asentaba la residencia, sita sobre una suave loma allanada para la ubicación en ella de la mansión.

Abajo: siguiendo el esquema residencial impuesto a partir del siglo I d.C., cuando atrio y peristilo se fusionan en un único patio porticado, dotado en un gran número de casos de jardín interior, la villa romana de El Pomar se articula en torno a un viridarium donde entre plantas ornamentales y cuidada vegetación se descubriría un alargado estanque frente al oecus residencial, reconvertido al parecer con posterioridad en monumental fuente de remate semicircular, persiguiendo la creación de un espacio íntimo donde conjugar vegetación y juegos acuáticos, ya conocido en otras villas romanas de la región, como puede descubrirse en la Villa romana de La Majona, dentro del término municipal de Don Benito.



Arriba y abajo: enclavadas en el extremo sureste de la vivienda, una serie de estancias abiertas al pasillo oriental de la casa se quisieron identificar con el balneario o zona termal residencial, profundamente modificado con posterioridad perdiéndose así el hipocausto, manteniéndose sin embargo un canal por donde pudiese haber circulado antaño el aire caliente en un sala curiosamente de planta absidial, plano en ábside que se repite en el mismo flanco del edificio, abierto al pasillo sureño lo que pudiera haber sido el triclinium o comedor de la vivienda, cubierto como estancia primordial nuevamente con vistoso pavimento musivo.



Arriba y abajo: cuenta la villa romana de El Pomar con una destacada colección musiva conservada in situ, descubriéndose en diversas estancias, tales como las consideradas entrada, oecus y triclinium, así como en ciertas porciones de los pasillos que circundan el peristilo, representaciones geométricas de las que surgen en algunos casos figuraciones y personajes variados, no siendo ésta solución artística la única tomada en pro de la ornamentación de la vivienda, cubiertos sus muros internos con pinturas sobre estuco donde, al igual que en otras residencias y villas conservadas en la región, como en la cercana a Mérida de las Tiendas, se simulan zócalos marmóreos en un estilo cercano al ilusionista, preservados y expuestos tales vestigios en el emeritense Museo Nacional de Arte Romano.



domingo, 27 de enero de 2019

Imagen del mes: Tumbas visigodas de Peñaflor, en Berrocalejo


Formando parte de los abundantes restos arqueológicos que circundan las proximidades del roquedo de Peñaflor, natural atalaya que sobre el río Tajo fuese escogida por celtas, romanos, visigodos y musulmanes como lugar de asentamiento y almenara defensiva sobre el margen derecho del cauce fluvial, se descubre una pequeña colección de enterramientos basados en sepulcros excavados sobre la berroqueña piedra, de debatida datación entre cuyas teorías triunfa la que las sitúa en época de dominación visigoda, destacando la menuda necrópolis entre otras del mismo estilo y época de la región por conservarse junto a las tumbas retazos de las tapas graníticas que sellarían los enterramientos, habitualmente desaparecidas.
Berrocalejo (Cáceres). Siglos VI-VII d.C.; estilo visigodo.


Arriba y abajo: semiescondidos al visitante por la hierba y el pastizal que impera en el enclave, pueden localizarse a simple vista cinco sepulcros en las cercanías de la atalaya de Peñaflor, ubicados cercanos los unos a los otros, tallados todos sobre la roca granítica madre en pareado grupo de dos aumentado con otra tumba aislada, ésta sobre un berrueco quedando los primeros a ras del suelo, figurando junto a sendos dúos restos de las tapas que los cerraban y guarnecían su interior (arriba), tiempo atrás expoliados (abajo).



Arriba y abajo: con diseño trapezoidal dispuesto a acoger al difunto en posición de decúbito supino (arriba), se halla a pocos metros de dos grandes bolos graníticos una de las dos parejas de sepulcros que restan en el lugar, yaciendo junto a los enterramientos porciones de las cubiertas que los guarnecían, de similar fábrica berroqueña que las tumbas (abajo), tan abundante en la zona.



Abajo: labradas también en dúo pero no en paralelo sino contigua verticalmente la una a la otra, dos tumbas más afloran horadadas en la roca madre a nivel terrenal, ofreciendo como en el caso de sus hermanas vestigios de las losas que las cerraban, raramente presentes junto a este tipo de enterramientos, destruidas o reutilizadas tras el saqueo del interior de las fosas.






Abajo: sobre un berrueco de mayor envergadura se quiso cincelar una aislada quinta tumba de tipología rectangular tendente sin embargo al antropomorfismo, al poder apreciarse en el interior de la misma un ligero horadamiento extra en el lateral junto al que se depositaría la cabeza del difunto, preciso para poder colocar con mayor comodidad el inerte cuerpo fallecido.



  
Arriba y abajo: dirigiendo nuestros pasos hacia el roquedo de Peñaflor es fácil toparse entre arbustos y maleza restos constructivos procedentes de variadas construcciones y distintas épocas, tales como sillares de labra romana (arriba), así como vestigios de los muros de la atalaya andalusí que las fuerzas islámicas levantaron junto al grupo de berruecos que componen el peñascal (abajo), para el que reutilizaron restos hispano-romanos anteriores tales como un miliario tomado de la cercana vía Iter ab Emerita Caesaraugustam, unión entre las latinas Mérida y Zaragoza que junto a este enclave superaban el curso del antaño río Tagus.


Abajo: la localidad de Berrocalejo, ubicada en la zona más oriental de la provincia cacereña, arrinconada entre el embalse de Valdecañas y la provincia de Toledo, con acceso desde la autovía A-5 tras dejar atrás Navalmoral de la Mata en dirección a Madrid y desviarnos por la carretera CC-33.2, atravesando el municipio de El Gordo, dista del roquedo de Peñaflor unos tres kilómetros, enclavado el peñascal al Sur del pueblo. Una senda que parte del pilón donde hoy en día se recogen las aguas que dieron origen a la población, como descansadero para los rebaños de la Mesta, se dirige hacia el histórico enclave tras abandonar el casco urbano a la altura de un pequeño parque descubierto a mano derecha del caminante. La senda, entre encinares y campos de labranza, alcanzará un vallado junto al cual se presenta una bifurcación de caminos, siendo la ruta diestra la que dirige los pasos hacia nuestro destino, visible la cuenca del Tajo alcanzado un punto geodésico a partir del cual comenzaremos a descender, acercándonos poco a poco hacia la otrora tierra por diversas culturas habitada.








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