viernes, 24 de diciembre de 2021

En Belén, llora un niño

 

 EN BELÉN, LLORA UN NIÑO

 

En Belén, se halla un niño

sobre un pesebre con heno.

Llorando está sin consuelo.

Este infante, ¿qué tendrá?

 

Llevémosle una naranja

madurada al sol de otoño,

para que pueda el retoño

con esta esfera jugar.

 

Entre las pajas, el crío

con la naranja no juega.

El sofocón no le cesa.

Ángel puro, ¿qué será?

 

Cantémosle alabanzas

proclamando la blancura

de una pía progenitura

destinándole a reinar.

 

El niño, las aleluyas

entre sollozos no oye.

¿Qué haremos para que el pobre

 puédase al fin contentar?


LLegando su madre presta, 

el nene pone al regazo.

Acunándolo entre brazos,

se empieza el rorro a calmar.


¡Acerquémonos nosotros

de la mano, en alegría!

El niño, al ver las sonrisas,

comienza a carcajear.




 (Tabla de La Natividad, del taller de Luis de Morales, en el retablo de la iglesia de San Martín de Plasencia; imagen superior.

Cuadro de La Natividad, en el retablo del altar mayor de la iglesia parroquial de la Santa Vera Cruz, en Santa Cruz de la Sierra; imagen inferior).

sábado, 20 de noviembre de 2021

Imagen del mes: Puente Viejo sobre la Rivera de Fresnedosa, entre los términos de Acehúche y Ceclavín

Erigido sobre la Rivera de Fresnedosa, antes de la llegada de este afluente norteño del Tajo al cauce del río hispano-luso convertido en embalse de José María Oriol-Alcántara II, el llamado popularmente Puente Viejo, para otros Puente de Acehúche, aun apartado de su uso primigenio, a pocos metros de los actuales viaductos vinculados con la carretera EX-372, sigue salvando las aguas que marcan la frontera territorial entre tal municipio cacereño y su vecino occidental, Ceclavín, tal y como lleva haciendo desde su construcción, presuntamente en la Baja Edad Media, una vez reconquistada y repoblada la zona, vinculado con el antiguo camino que, hacia poniente, se dirigiese a la localidad fronteriza de Zarza la Mayor, tras salvar en barca la corriente del río Alagón.
 
Rivera de Fresnedosa, a su paso entre los límites territoriales de Acehúche y Ceclavín (Cáceres). Baja Edad Media; estilo gótico.

Arriba y abajo: aún en uso en 1.791, tal y como se menciona en el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura fechado en tal año, y carente por entonces de pontazgo, se desconoce con exactitud la datación y las circunstancias relacionadas con la erección de este puente sobre la cuenca del Rivera de Fresnedosa, encajado entre las afloraciones pizarrosas que componen en este enclave los terrenos colindantes al cauce fluvial nacido en la sierra de Pedroso (arriba), utilizado tal material como materia prima con que elevar el viaducto, en cuya constitución edilicia destacan, tanto por su tamaño frente a las lajas usadas en la composición arquitectónica como por sus diferencias naturales en relación con los esquistos, una colección de sillares graníticos provenientes de alguna cantera lejana, sin descartarse la reutilización de éstos desde algún monumento cercano desarmado, incluso algún puente previo de posible traza romana, si bien la aparición de la marca de cantero en algunas de las piezas -así en el tajamar occidental- verificaría, al menos en éstas, su muy probable origen contemporáneo a la presente obra de ingeniería, inscritas como refuerzo en las bases de los pilares rectangulares y tajamares adyacentes triangulares aguas arriba sobre los que se sustentan los tres arcos de que consta el inmueble, sumándose el lienzo norteño del estribo de la obra a su llegada a la orilla derecha del canal, prolongacion de la sustentación del arco de poniente en la vertiente del valle fluvial que supera (abajo, primera imagen: pilas y tajamares centrales; abajo, segunda imagen: pila y tajamar central occidental; abajo, tercera imagen: pila y tajamar central oriental; abajo, cuarta imagen: pila y tajamar de levante; abajo, quinta imagen: tajamar de poniente junto al estribo occidental).

 

Arriba y abajo: con un aliviadero bajo arco de medio punto inscrito en el estribo levantino de la obra de ingeniería (arriba), son tres los ojos de que se compone el puente sobre la Rivera de Fresnedosa, de diseño y dimensiones particulares cada uno de los arcos (abajo), si bien el trío presenta una misma tendencia hacia lo apuntado, permitiéndonos tal traza edilicia poder fechar el monumento en la Baja Edad Media, una vez reconquistada la zona en el siglo XIII y antes del triunfo de los estilos propios de la Edad Moderna, vinculada con un arte gótico bajo el que se edificasen la mayoría de los inmuebles reseñables de la región en los últimos siglos del medievo, algunos ejemplares incluso adentrándose en el siglo XVI, dotado así el viaducto de un toque artístico que lo embellezca dentro de la humildad de sus materiales y fábrica, resaltando la maestría en el uso arquitectónico de la pizarra que, a base de lajas, puede hoy observarse tras perderse en gran medida el enfoscado original, figurando tanto en las bases de las pilas de sustentación del puente, apoyadas sobre las propias afloraciones esquistosas que asoman en la vega fluvial, así como en el alzado de éstas, de los dos estribos, los cuatro tajamares, los tímpanos del viaducto entre ojos (abajo, siguiente) y en el intradós de los arcos (abajo, tercera imagen), siendo de la tríada de éstos el más elevado el occidental (abajo, cuarta imagen), el más abierto -con una amplitud de 9,2 metros- el central (abajo, quinta imagen), de menor luz el levantino (abajo, sexta imagen).

 

 

 

Arriba y abajo: sobre el tablero del puente, superior a los 50 metros en longitud y con más de 3 metros de anchura, y cuyo cierto alomamiento vuelve a encajar, como el apuntamiento de los arcos, entre las particularidades edilicias propias del estilo gótico, se conserva en buena medida y a lo largo de las tres secciones que podrían adivinarse sobre la calzada del viaducto, -con dos zonas inclinadas, de subida o bajada, inscritas respectivamente entre las laderas de la vega y los arcos laterales, allanada en el tramo que corona el ojo central, permitiendo una visión alomada o de lomo de asno-, el empedrado que conformase el camino que lo transita, constituido éste de piedras menudas, cantos de río en muchos casos, entre las que destacan, así en la pendiente occidental (arriba), diversas lajas de pizarra insertas principalmente en la línea central que vertebra la calzada delimitando la separacion de las dos bandas observadas sobre la longitudinal de tal coronamiento del viaducto, levantados los petriles que, con sus 70 centímetros de altura, cuidan a los viandantes de una posible caída, con la misma mampostería pizarrosa que el resto de la obra, abiertos en ellos desagües y estucados en su cara interna (abajo), ciertamente desarrollados a modo de embudo a la llegada del puente a sendas orillas por cada uno de sus estribos a fin de adecuarse a las curvaturas de camino y colinas (abajo, siguiente: pendiente y conexión del puente con la orilla izquierda o de levante), si bien son éstos la porción del inmueble que peor suerte ha corrido tras el paso de las centurias, perdidas algunas secciones de los mismos, especialmente en el tramo que supera el arco central (abajo, tercera imagen) -convertido por tal motivo en la zona más alta del viaducto, a más de 8 metros sobre la cuenca del río-, frente al buen estado que, en general, ofrece el monumento, notable, aún en su sencillez y humildad, entre las obras medievales que salpican nuestras comarcas, enriqueciendo histórica y artísticamente los amplios rincones rurales que atesora nuestra región.



domingo, 31 de octubre de 2021

Noche de difuntos

 


NOCHE DE DIFUNTOS


Dicen que es en esta noche

cuando los fenecidos enfilan

la vereda hacia el presente

que la muerte les sesgó,

abriendo Hades la puerta

de su mismísimo reino,

acercando los infiernos

a la actual dimensión.


Dudo yo que del infierno

quieran volver los perdidos,

si más maldad que entre vivos

no puede hallar la razón.

Deambulando por la tierra

las penas que se escaparon,

tras destaparse el sagrario

del humano corazón.

 

 (Detalles escultórico-arquitectónicos de los cementerios de Nuestra Señora de la Montaña -Cáceres-, y San Juan -Badajoz-).

sábado, 30 de octubre de 2021

Imagen del mes: Mausoleos romanos de Mérida

 

 Prohibido por las leyes romanas el depósito de difuntos en el interior de las poblaciones, a excepción de los recién nacidos fallecidos o de los miembros fenecidos pertenecientes a la familia imperial, en los derredores extramuros de las localidades se localizaban, entre casas del extrarradio y enclaves industriales, las fosas, tumbas y puntos de incineración, depósito de cenizas o inhumación de los cadáveres, llegando a darse, en el caso de Emérita Augusta, un auténtico cinturón o corona funeraria circundando la muralla de la urbe, contabilizándose desde los inicios de la arqueología emeritense en la Edad Moderna cientos de vestigios fúnebres, muchos de ellos desgraciadamente expoliados, destrozados o desaparecidos con el paso de los años, excavados y estudiados en progresión según se ha ido valorando y afianzando el cuidado del patrimonio heredado por la ciudad, destacando por su carácter arquitectónico los llamados edificios funerarios o mausoleos, pudiendo hoy en día contemplarse elementos de más de una docena de tales inmuebles entre las calles, yacimientos y aledaños del actual casco urbano, así en la avenida de Portugal, en las cercanías del puente de Alcantarilla, en la carretera de Don Álvaro, en la cripta del MNAR y junto a la llamada Casa del Anfiteatro, en las inmediaciones de la calle Pontezuelas o en el yacimiento conocido popularmente como Los columbarios, donde se exponen, además de dos "bodegones", los mausoleos de los Julios y los Voconios, considerados los ejemplares de tal categoría mejor conservados de Mérida.

Mérida (Badajoz). Siglos I-IV d.C.; estilo romano.

Arriba y abajo: inscritas inicialmente las necrópolis de la ciudad a la salida de las cuatro puertas básicas del municipio, junto a las calzadas de comunicación que unían principalmente Emérita Augusta con Norba Caesarina (Cáceres), Caesaraugusta (Zaragoza) por Toletum (Toledo), Corduba (Córdoba) o Hispalis (Sevilla), el progresivo aumento de población y la dilatación en el tiempo de la ocupación conllevaría una expansión y multiplicación de las áreas funerarias, sin limitaciones territoriales como sí mantienen hoy los camposantos, entremezcladas con casas, enclaves industriales y barrios del extrarradio, conllevando el advenimiento de un anillo fúnebre en derredor de la ciudad, especialmente en sus zonas norteña y oriental, inscribiéndose los enterramientos y depositos funerarios junto a otros caminos y vías secundarios de la urbe, conservada junto al trazado de la prolongación meridional de la primitiva Vía de la Plata, en su devenir desde la puerta Noreste del decumano máximo hacia Itálica e Hispalis -Iter ab Hispalis Emeritam- la que se daría en llamar necrópolis del puente por enclavarse a la salida de éste y orilla izquierda del río Guadiana, descubierta en 1.911 y excavada a inicios de los años 60 del pasado siglo, datándose presuntamente entre los siglos I y III d. C., localizándose hasta catorce mausoleos de los que hoy sólo se conserva, a pie de calle y en la que es la avenida de Portugal en su llegada al llamado Cerro del Lorito (arriba), el más meridional de todos ellos, rescatándose restos de incineración y retazos de dos lápidas datados en época flavia -fines del siglo I d.C.- de entre sus vestigios, basados éstos en la cimentación del inmueble de planta cuadrada a base de opus caementicium, observándose, circundada por dos pasillos en sus flancos sureños (abajo), una cámara interior o subterránea de depósito, antaño punto de descanso de las cenizas del difunto, o difuntos, hoy colmada de arena para prevenir el cúmulo de basura en su interior (abajo, siguiente).


Arriba y abajo: partiendo de la puerta noroccidental, como prolongación septentrional del cardo máximo, la vía conocida como Iter ab Emerita Asturicam -popularmente llamada con posterioridad Vía de la Plata-, derivaría desde tal calzada hacia Norba Caesarina (hoy Cáceres) una vez superada la vega del Albarregas el camino a Olisipo (Lisboa), entonces principal puerto marítimo de la provincia lusitana, denominado Iter ab Olissipone Emeritam y dibujado en sus inicios en paralelo al río Guadiana en su orilla derecha, hoy conservado como camino viejo a Montijo y Cañada Real de Santa María de Araya, distribuyéndose en sus aledaños nuevas tumbas y mausoleos, ya conocido el uso funerario de la zona desde antaño, de los cuales se localizarían a raíz de las obras dedicadas a la inmediata vía férrea -unión por ferrocarril entre Mérida y Badajoz-, en las cercanías del denominado puente de la Alcantarilla y una vez superado el mismo en su devenir hacia poniente, dos edificios funerarios datados en época altoimperial de los cuales el más occidental, a levante del actual trazado del puente de la autovía A-5, ha quedado mimetizado con el paisaje tras ser engullido por la vegetación, pudiendo sin embargo observarse aún previo a él, entre la maleza, los restos de un mausoleo rectangular (arriba) que, como en el caso visto en la avenida de Portugal, mantiene tanto una cimentación elaborada a base de opus caementicium como abierto un espacio en su interior que sirviera como cámara subterránea para acoger los restos inertes, seguramente cenizas, del difunto o difuntos a los que se dedicase la obra arquitectónica (abajo, y siguiente), adivinándose otros vestigios del edificio junto al flanco occidental de la sala de depósito (abajo, tercera imagen), así como inmediatos a su lado más cercano al río y paralelo a éste (abajo, cuarta imagen), quizás nueva bodega de posibles dimensiones inferiores a la principal, destinada a acoger a otros miembros de la familia poseedora del bien, sin descartar la opción de proceder de algún edificio funerario anexo.


Arriba y abajo: conservado al Norte de la conocida como Casa del Mitreo, junto al edificio termal de tal mansión del extrarradio inscrita a los pies del cerro de San Albín, puede hoy en día observarse un tramo de la prolongación meridional del cardo máximo, tras superar la desaparecida puerta que por este flanco de la muralla daba paso a la ciudad, convertido en una de las principales calzadas de comunicación de la antigua urbe que, en su devenir hacia las tierras del Sureste -según algunos autores, encaminada directamente hacia Corduba como alternativa al camino que partiendo hacia la capital bética se dirigiese por Metellinum, hoy Medellín-, coincidiría en mayor o menor medida con el actual trazado de la carretera de Don Álvaro, descubriéndose en su derredor, además de la llamada necrópolis del Agua en el interior del recinto del actual Centro Universitario de Mérida -a la espera de su puesta en valor-, un dúo de mausoleos frente a la puerta de acceso a tal enclave estudiantil y calle de Santa Teresa Jornet (arriba), englobados en lo que se ha dado en llamar "necrópolis sur" de la ciudad, datada entre la época altoimperial y tardorromana, dotados éstos dos ejemplares, como en los casos ya vistos de la necrópolis del Puente y de Alcantarilla, de cimentación a base de opus caementicium, observándose del más meridional restos de los muros delimitatorios (abajo), conservado del más norteño, de planta rectangular (abajo, siguiente), la práctica totalidad de la cámara sepulcral con fosa excavada en la roca, frente a la cual, en el conocido como Parque de los restos romanos, permanece sobre el césped una porción de opus caementicium probablemente originaria de uno de estos edificios funerarios (abajo, tercera imagen), a los que podríamos sumar vinculado con esta vía de comunicación el edificio conocido como Siete colchones (abajo, imagen cuarta), a los pies de la carretera BA-058, en su vertiente septentrional en dirección a Don Álvaro, superada la barriada de San Andrés y a la altura de la empresa Desguaces Caballero, preservados de la estructura primitiva de este inmueble -para unos autores mausoleo y según otros enclave industrial-, la larga cimentación del flanco sureño a base de opus caementicium (abajo, imagen quinta), adivinándose un edificio funerario de grandes dimensiones que concordase en tamaño a otros ya estudiados cerca de la ciudad -superando los 28 metros de longitud un mausoleo inscrito en la necrópilis del Albarregas-, si bien destacan fundamentalmente los restos de un muro de unos tres metros de altitud, cuya fábrica a base de tongadas de similar composición edilicia es la que llevaría a serle bautizado con un nombre tan peculiar (abajo, imagen sexta), a la espera de un completo estudio y adecuada intervención arqueológica que permita no sólo salvaguardar el bien, sino además poder arrojar más luz sobre la naturaleza de este edificio de indudable manufactura romana, posiblemente altoimperial.




Arriba y abajo: si bien se conoce propiamente como necrópolis oriental la conformada por la áreas funerarias bautizadas como del Sitio del Disco y de la Antigua Campsa, al Sur del circo romano, no pocos autores engloban también dentro de este espacio fúnebre la totalidad de vestigios funerarios enclavados entre el cerro de San Albín y la puerta suroriental de la antigua ciudad -hoy punto donde se levanta la plaza de toros-, hasta las cercanías orientales de la que fuera portada noreste, en el sitio actualmente denominado Puerta de la Villa, circunscribiéndose, por tanto, no sólo las áreas mencionadas, sino también otras inmediatas como la de la Parroquia de San José, la del desaparecido Cuartel de Artillería Hernán Cortés, la necrópolis del Albarregas, los enclaves funerarios insertos junto a la Casa del Anfiteatro y en el solar donde se levanta el MNAR, e inclusive las zonas popularmente llamadas de Los Columbarios y Los Bodegones, formando parte estas últimas del yacimiento bautizado como la primera de ellas, hoy visitable con entrada conjunta a la Casa del Mitreo, ubicada al Sur de los mismos, nombre éste, el de Columbarios, tomado a raíz de la interpretación como tal por José Ramón Mélida de dos mausoleos inmediatos que tal arqueólogo descubriese, junto a Maximiliano Macías, en agosto de 1.927 (arriba), fechados en la segunda mital del siglo I d.C. y edificados a base de mampostería revestida de cal con refuerzo de sillares esquineros, sin techar y rematados por merlones, enfrentado el sureño, de planta rectangular y propiedad de los Voconios (abajo, e imágenes segunda y tercera), al de los Julios (abajo, imágenes cuarta a sexta), trapezoidal y junto al que se une, constituido por sillares graníticos, una construcción triangular que, al proporcionar una esquina al anterior, fue tomado como delimitación urbana de un espacio extrarradio urbanizado, barajándose igualmente la posibilidad de hallarnos frente a un ustrinum, o punto de cremación de cadáveres, o bien constituir un propio mausoleo en sí, descubiertos los restos de un enterramiento por incineración en su interior, así como la preservación de epigrafía en uno de sus sillares (abajo, imagen séptima), de igual manera que fueran rescatadas las placas marmóreas identificativas (abajo, imágenes octava y novena) de los edificios funerarios contiguos -hoy custodiadas las piezas originales en el MNAR-, preservados también, en el interior del mausoleo de los Voconios, pinturas al fresco en hornacinas abiertas en la parte central de cada uno de los tres muros que circundan la portada, representando a los cuatro miembros del linaje -Cayo Voconio, Cecilia Auni, Voconia María y Cayo Voconio Próculo- cuyas urnas de incineración fueran convenientemente depositadas a los pies de cada retrato -un varón portando pergamino a siniestra de la puerta, una dama a la diestra, y una pareja, hombre y mujer, en la pared sur (abajo, imagen décima)-, siendo doce enterramientos, por el contrario, los descubiertos en el mausoleo de los Julios -seis mediante incineración y otros seis infantiles por inhumación-, depositadas varias de las urnas con cenizas bajo un arcosolio (abajo, imagen undécima) apoyado sobre el posible ustrinum a poniente que complementa el enclave funerario, considerado tal como el mejor preservado hasta la fecha en Mérida, a la espera de poder poner en valor los dos mausoleos descubiertos entre 2.006 y 2.007 en el llamado Corralón de los Blanes, en la céntrica calle de Almendralejo, de tanta calidad y tan buena conservación como estos ejemplares orientales.


 





Arriba y abajo: antecedidos por los vestigios rescatados y aquí depositados de un mausoleo de planta cuadrangular fabricado en opus caementicium (arriba), la visita al yacimiento de Los Columbarios se complementa, tras poder admirar los edificios funerarios de los Julios, los Voconios, y el posible ustrinum o tercer recinto funerario anexo, con el acercamiento a los dos únicos "bodegones" (abajo) conservados de la más de una veintena que ya en el siglo XVII Bernabé Moreno de Vargas contabilizase en la zona extrarradio oriental de la ciudad, siendo éstos los conocidos como Bodegón o Cueva del Latero -por ser vivienda, hasta los años setenta del pasado siglo, de una popular familia de hojalateros emeritenses-, puestos en valor a partir de 2.003 tras haber sido rellenados con tierra para evitar su degradación, datados en época bajoimperial y basados, como el resto de construcciones similares y desgraciadamente perdidas, en edificios funerarios semisubterráneos de planta rectangular, fabricados en opus caementicium y revestidos en su interior por cal sobre los muros y opus signinum en el suelo, cubiertos con bóvedas de cañón de hasta tres metros de altitud a contar desde la base del edificio, con vano esféríco o de ojo de buey en la pared oriental, opuesto a la puerta de entrada bajo posible dintel que permitiría el acceso al interior del bien, bajando para ello una presunta escalinata a fin de poder depositar nuevos cadáveres, limpiar o mantener el interior del edificio, así como presentar ofrendas a los allí depositados por inhumación a lo largo de todo el año -principalmente el día del cumpleaños del difunto y durante las Parentalia, celebradas entre los días 13 y 21 de febrero-, sepultados en sarcófagos, quizás marmóreos, inscritos bajo los arcosolios que, en dúo por lateral norteño y meridional respectivamente, fueran ofrecidos como nichos mortuorios de las familias propietarias de tales inmuebles.









Arriba y abajo: siendo en la zona oriental donde un mayor número de sepulturas se haya localizado, hecho debido posiblemente a ser este área la primera en recibir depósitos fúnebres una vez fundada la ciudad, multiplicándose su uso en el tiempo y sin obviar una altitud del terreno que la hiciese aconsejable frente a otros enclaves más bajos y propensos a la humedad o inundación, pueden observarse vestigios de algunos de los edificios funerarios que aquí se ubicasen en el pequeño parque que, inserto entre las calles de Plauto y de Safo, cerca de la calle Pontezuelas, preserva dos espacios rectangulares e inmediatos (arriba), de mayores dimensiones el occidental (abajo), restando de éste la cimentación a base de opus caementicium y guijarros que cercase el monumento (abajo, siguiente), opus incertum en su hermano oriental (abajo, imagen tercera), adivinándose entre la vegetación que cubre el parque canino abierto tras el silo de la ciudad, con acceso desde la calle Pontezuelas, los vestigios de una posible construcción funeraria inscrita en la denominada necrópolis del Sitio del Disco, de la que restan varios sillares graníticos, quizás esquineros (abajo, imagen cuarta), que sirvieran de refuerzo edilicio a la misma, o bien como basa para las columnas o esculturas decorativas que circundasen el bien, cumplimentando ornamentalmente el mismo, decoración habitual entre los inmuebles funerarios, rescatada por Mélida de la calle Constantino una escultura femenina en mármol de Vilaviçosa destinada, al parecer, a ornamentar la fachada de un mausoleo inscrito en la zona de los Columbarios (abajo, imagen quinta), destacando del conocido como mausoleo del Dintel de los Ríos la pieza marmórea que da nombre a tal edificio funerario (abajo, imagen sexta), expuesta, como la escultura mencionada anteriormente, entre las salas del MNAR, llamativa por figurar en relieve y ambos lados de la epigrafía funeraria que centra la obra, sendas representaciones de los ríos Guadiana y Albarregas, ubicada originalmente sobre la puerta de entrada de este edificio funerario excavado a mitad de los años 90 del pasado siglo, enclavado en las inmediaciones meridionales de la llamada Casa del Anfiteatro y englobado dentro de la necrópolis oriental (abajo, imagen séptima), erigido a finales del siglo II d.C. y reformado a lo largo del siglo III, de planta rectangular y dotado de contrafuertes en sus flancos norteño y meridional (abajo, imagen octava) a fin de contrarrestar el peso de la bóveda que cubriese su interior, encontrándose en él hasta ocho sepulcros destinados a la inhumación de los difuntos allí depositados, dando lugar a una cámara semisubterránea a la que se accedería mediante una escalinata desde la entrada inscrita en el lado oriental (abajo, imagen novena), desenterrándose al Norte de la misma, entre este inmueble y la propia Casa del Anfiteatro en sí, un nuevo edificio funerario igualmente excavado en los pasados años 90 y cuya estructura, sin duda fúnebre, ha generado por el contrario dudas en cuanto a la planta final de tal monumento, centrado por una construcción rectangular en cuyo derredor se establecerían cinco sepulturas (abajo, imagen décima), generando un posible espacio tumular de planta ovalada que podría ser identificado como una mensa funeraria o túmulo donde el espacio de enterramiento queda supeditado por un cierre edilicio que lo sella -sobre el cual se celebrarían las exequias y depositarían las ofrendas a los allí inhumados-, de igual manera que se acometiese sobre el túmulo descubierto en los años setenta en lo que sería el solar sobre el que se levantaría el MNAR, posteriormente incluido en el recorrido museístico dentro de su cripta, del cual se retiraría su capa de opus signinum para exponer los seis sepulcros que componían el mismo (abajo, imagen undécima), a caballo entre el mausoleo y el resto de monumentos funerarios no consistentes en edificios propiamente dichos, cuyo gran listado de variedades, incluyendo todo tipo de sepulturas individuales, podría iniciarse con el llamado monumento escalonado, rescatándose dos ejemplares en el también barrio periurbano donde se englobase la Casa del Anfiteatro, uno en la cripta museística mencionada, más llamativo el que, dedicado a Zósimo, fuera hallado en 1.979 en las inmediaciones de tal mansión en sí, basado en una estructura piramidal granítica dotada de cuatro peldaños sobre los que descansa un remate en forma de cipo (abajo, imagen duodécima), punto en el que quedaría inserta la lápida marmórea que conmemorase al difunto tras él sepultado, hoy expuesto en el MNAR de Mérida.













Arriba y abajo: expuesta en la actualidad junto al monumento escalonado de Zósimo, los vestigios escultóricos de una esfinge marmórea (arriba), datada en el siglo I d.C. y hallada a comienzos del siglo XX en la Rambla de Santa Eulalia, parecen provenir de un desaparecido mausoleo que formase parte de la necrópolis extendida al Norte y Noroeste de la ciudad, entre la portada nororiental, hoy Puerta de la Villa, y las proximidades del puente sobre el río Albarregas, enclave donde destacase, entre otros mausoleos desaparecidos, un edificio funerario descubierto en 1.908 a raíz de la ampliación de la estación de ferrocarril, dotado de cámara subterránea hexagonal a la que se accedía por pasillo tras bajar por una escalinata de doce peldaños, si bien la creída ausencia a las puertas del siglo XX de vestigios de inmuebles funerarios que poder visitar o, al menos, observar in situ en la zona donde siglos más tarde el mausoleo de la mártir Santa Eulalia diera paso a las bases de la actual basílica dedicada a tal virgen y una amplia necrópolis cristiana, quedaría anulada gracias al descubrimiento entre 2.006 y 2.007 de dos mausoleos prácticamente intactos en el conocido como Corralón de los Blanes, datado uno de ellos -de fábrica similar a la vista en las tumbas de los Julios y Voconios, y propiedad de la liberta Publia Haline-, en el siglo I d.C., elaborado su compañero, de más de 4 metros de altitud, a base de sillares, ambos a la espera de ser puestos en valor en un futuro próximo, ampliando así el conocimiento del mundo funerario de la antigua Emérita Augusta cuyos ricos vestigios han podido hablarnos, tanto a través de las sepulturas como de los ajuares y elementos vinculados con ellas rescatados de entre las mismas -estelas, lápidas, aras, sarcófagos, cupae, cipos, hermes, retratos, lucernas, urnas, etc- de la vida cotidiana de aquel entonces, conformando una colección única en España de la cual sus elementos más destacados pueden disfrutarse entre las salas del MNAR, si bien un paseo por las calles de la capital extremeña nos invita a descubrir diversos elementos fúnebres, además de los edificios funerios descritos, que permanecen inscritos entre los rincones de la ciudad, con una pequeña muestra de aras, estelas y cupae simulando una necrópolis romana en el yacimiento de Los Columbarios (abajo), contabilizándose, según algunos autores, hasta más de trescientas piezas funerarias -fundamentalmente cupae y alguna estela- incrustadas en los muros de la alcazaba islámica emeritense (abajo, imágenes segunda a cuarta), adivinándose alguna cupa más junto a las bases orientales y falo protector del puente romano sobre el río Guadiana (abajo, imagen quinta), o entre las piezas que constituirían el refuerzo que frente a la llegada de los pueblos bárbaros se ejecutase en el siglo V sobre la muralla fundacional de la ciudad (abajo, imagen sexta), demostrando, una vez más, la reutilización de materiales y la solapación de unas etapas históricas sobre otras en una de las urbes más ricas en historia y patrimonio de Extremadura, y de España.



- Bibliografía recomendada:

- Historiografía de los aspectos funerarios de Augusta Emerita (siglo I-IV) (José María Murciano Calles).

- La necrópolis del puente. Revisión cronológica de un área funeraria poco conocida (José María Murciano Calles).

- El área funeraria oriental de Augusta Emerita: los solares de la "antigua Campsa" y "el Sitio del Disco" (Ana Mª Bejarano Osorio).

- El área funeraria del MNAR. Urbanismo, monumentalización y secuencia evolutiva (José María Murciano Calles y Rafael Sabio González).

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