jueves, 24 de noviembre de 2016

Ermita de San Jorge, en las cercanías de Cáceres: nuevas aportaciones y reciente álbum fotográfico


Regresar a la Ermita de San Jorge siempre es un placer. Pero si además tienes la suerte de encontrártela sin agua en su interior, pudiendo así deambular por todo su perímetro interno, apreciando cada rincón y descubriendo cada detalle, la gratificación es inmensa.

Así fue como me reencontré con este monumento el pasado mes de octubre, tras acudir al enclave junto al equipo de rodaje de El Lince con Botas 3.0 (Libre Producciones, para Canal Extremadura TV), con la intención de rodar in situ un reportaje que hablase de este original inmueble y el tesoro pictórico anexo a él que, combinado con el valor del edificio, hacen del bien una joya histórico-artística única de nuestra región.

El que, a raíz de los efectos del pasado estío, se hubiera desecado la charca que ocupa e inunda los bajos de la supuesta ermita, no sólo favoreció enormemente la labor documental planificada, sino que además ofrecía la oportunidad de poder elaborar un nuevo y actualizado álbum fotográfico a través del cual no sólo poder registrar espacios habitualmente aptos a la visita, sino además observar con mayor atención ángulos y recovecos que, con la presencia del agua, se hace difícil o casi imposible. 

La entrada de hoy pretende no sólo presentar ese recién trabajo fotográfico elaborado por este blog sobre el monumento cacereño, sino además ofrecer novedosas aportaciones en cuanto a la obra y las teorías surgidas en torno al bien, de las que no se habló en las previas entradas dedicadas a este recinto publicadas dentro de este mismo espacio en la red. Dividiendo la colección de imágenes entre la obra arquitectónica en sí, y el conjunto iconográfico elaborado por el artista renacentista Juan de Ribera sobre los muros de la misma, planteamos al visitante y lector un trabajo más sobre un inmueble que sigue cautivando tanto por sus misteriosas características, como por la fácil confraternización con una historia pasada  y una vetusta y álgida maestría artística, que ofrece guarecida entre campos de pastoreo al que en su interior se adentra, sorprendiendo al extraño y descubriendo al viajero un espacio alejado de nuestro devenir diario, en comunión con nuestras raíces más profundas. Sirva para la promoción, estudio y mejor conocimiento del monumento, así como para una muy necesaria, deseada y tristemente poco probable, recuperación del mismo.


Son tres las entradas elaboradas y publicadas con anterioridad por este blog sobre la Emita de San Jorge, en las cercanía de Cáceres. Seguidamente, ofrecemos los respectivos títulos y correspondientes enlaces a las mismas:

1) Ermita de San Jorge, en las cercanías de Cáceres. Parte 1ª.


2) Ermita de San Jorge, en las cercanías de Cáceres. Parte 2ª.


3) Ermita de San Jorge, en las cercanías de Cáceres: cómo llegar.



- Aspectos arquitectónicos:


Arriba: el diseño arquitectónico de la conocida como Ermita de San Jorge dista mucho de cualquiera de los habitualmente y tradicionalmente planteados para elevación de un templo cristiano, al no presentar planta de cruz latina ni griega, sino por el contrario un plano rectangular donde destacan cuatro grandes arcos de medio punto que marcan cinco tramos en el interior del inmueble, sin cerramiento en la zona meridional, que difiere así de un tapiado lateral norte, supuestos pies y cabecero que extrañamente mirarían a Sur y Norte, y no a poniente y oriente, y cuyo supuesto coro se presentaría en el presunto ábside, y no sobre la entrada al edificio.


Arriba y abajo: abierto completamente el edificio en su lado meridional, son los flancos occidental (arriba) y oriental (abajo) los que permiten ver la fábrica base del edificio, compuesta por mampostería principalmente pizarrosa de donde surgen los cuatro grandes arcos que sustentan la mole arquitectónica, constituidos éstos por sillares graníticos y apoyados sobre la propia roca madre que surge del terreno y que, además de sostener el inmueble, circunda y encierra el agua embalsada en las entrañas del mismo.



Arriba y abajo: mientras que la pizarra figura y reina entre las piezas pétreas que componen la mampostería base de los muros de la ermita, son piezas graníticas las dovelas de los arcos, así como las grandes lajas que, atravesadas entre éstos, sirven de tejado del edificio (arriba), contraponiéndose esta composición a la que, basada en el ladrillo, puede observarse en destacados puntos y rincones del inmueble, tales como la antecapilla, la capilla y su particular cúpula (abajo), en el remate del conocido como coro, en las jambas de la presunta puerta de acceso hoy semicegada del muro occidental, así como en los vestigios de semidesaparecidas partes altas de los muros orientales, permitiéndose así barajar la hipótesis que apunta hacia la existencia de dos estapas constructivas distintas dadas sobre el monumento, correspondiendo una primera a la elevación primitiva del inmueble, posiblemente en el siglo XV y coétanea al levantamiento de la cercana atalaya de los Mogollones, cumplimentada con añadidos posteriores del siglo XVI en respuesta a la reconversión del enclave como centro religioso.


Abajo: conocido como el coro, llama la atención en el interior de la gran nave de que se compone el monumento la presencia de una pasarela junto al extremo más norteño que permitiese deambular por la zona alta del edificio, a la misma altura del terreno exterior, compuesto por dos arcos escarzanos que, si bien guardan paralelismos con el resto de arcos en cuanto a su composición granítica, sustentan por el contrario una amalgama de ladrillos que no figuran en las bases primitivas del edificio y que sí concordaría con la fábrica de las zonas de indubitable carácter religioso que vemos en el conjunto, permitiendo pensar en la posible posterior fecha de fabricación de este punto del enclave, erigido para salvar de las aguas el paso de los que recorriesen las zonas sacralizadas, de presumible erección posterior, que difícilmente andarían por el suelo original del edificio, donde la aparición de salientes rocosos naturales y la carencia de vestigios que apuntasen hacia un remate arquitectónico dado como suelo al mismo, apuntan hacia la factible existencia de la charca desde los primeros tiempos del bien, o inclusive la estrecha relación entre la elevación del inmueble y la presencia del agua en la zona.





Arriba y abajo: la carencia de agua en el interior de la ermita permite, como no sería posible cuando la charca tiene existencia, poder no sólo observar con detenimiento los detalles que nos aguardan dentro del inmueble, sino además alzar la mirada desde un punto más distante hacia paredes y cerramiento superior del edificio, apreciándose de esta forma, difícil de ver desde la pasarela que ofrece el conocido como coro, la presencia de una oquedad en la zona central de la techumbre del inmueble, sita entre los arcos segundo y tercero, que si bien pudiera hacer pensar en un primer momento en una posible expoliación de material arquitectónico, una observación más detenida permite descubrir el asomo sobre la abertura de una pieza granítica colocada deliveradamente, cuya misteriosa función queda desvelada con sencillamente ascender al tejado del recinto.


Abajo: teniendo conocimiento de la abertura a través del blog de mi amigo Rubén Núñez "Cáceres al detalle", confirmado el uso de la cavidad gracias al reseñable estudio que sobre la ermita presentó José Julio García Arranz en la revista Santuarios, una subida a la techumbre del edificio permite no sólo apreciar en detalle la oquedad y la pieza granítica que asoma sobre ella, sino además adivinar el uso que este diseño ofrecía, destinado a una muy probable función hidráulica que apoyaría con gran peso la teoría que permite pensar en la construcción original del edificio como cisterna o alberca donde poder almacenar el agua vertida desde los contornos al menudo valle formado en este preciso enclave, extraída después desde la parte alta del inmueble con cubos que, vaciados sobre los labrados que presentan las piezas graníticas sitas en este punto, sería canalizado el líquido hacia otros depósitos de mayor envergadura y capacidad, posiblemente barriles o toneles que, apostados sobre carruajes estacionados junto al flanco sur del monumento, recibiesen de esta manera su carga, repartiéndola después por las propiedades cercanas y vinculadas con la casa y dehesa de los Mogollones, de índole agroganadero y para cuya servidumbre se erigiría posiblemente el edificio, cercano a la Torre homónima a la finca donde la ermita cacereña está enclavada.






Arriba y abajo: apreciando los vestigios de un presumible sistema hidráulico de toma y reparto de agua, a lo que sumaríamos la original estructura del edificio que responde más al diseño del mismo como cisterna y no como templo católico, sin olvidar las diferencias constructivas apreciadas entre la fábrica principal y las estancias anexas junto al lateral oriental del inmueble, toma peso la teoría lanzada por D. José Julio García Arranz que habla no sólo de dos fases constructivas del bien, sino inclusive de la reconversión de un primitivo edificio de uso industrial, persiguiendo en este caso la captación, almacenaje y distribución de agua, en todo un recinto sacro destinado a las necesidades religiosas de los Ulloa, a quienes pertenecía el bien en la época de datación de las pinturas, o inclusive de la población que pudiera residir en los contornos y Poblado de las Seguras, habilitando para ello antecapilla y capilla, así como el conocido como coro, al que se podría acceder a través de una portada abierta en el flanco occidental (arriba), junto a la cual escasos pero aún presentes restos de estucado policromado confirmarían la decoración pictórica no sólo del interior del inmueble (abajo), sino inclusive de todo el edificio o al menos de ciertos espacios externos del mismo.




Arriba y abajo: considerados por un cada vez más amplio número de estudiosos coro, antecapilla y capilla construcciones añadidas al edificio principal durante la segunda mitad del siglo XVI, siguiendo el planteamiento que perseguía la reconversión del inmueble en centro religioso, podría barajarse la posibilidad de sumar a las obras ejecutadas durante esta segunda fase constructiva la elevación de las semidesaparecidas partes altas de los muros laterales, occidental y oriental respectivamente, bien como muros completos o medios a modo de balconada, teniendo en cuenta los diferentes acabados que muestran los laterales de los arcos diafragmas frente a los contrafuertes que los refuerzan, encalados los primeros y esgrafiados con líneas de falsos sillares sus compañeros (arriba), cuya línea de separación pudiera haberse visto reforzada por un añadido constructivo, así como los vestigios de policromía que sobre el estuco otorgado a los muros de cerramiento entre arcos sobreviven en la cara interna de los mismos (abajo), quizás ampliados hasta formar auténticos paneles pictóricos sobre el completo tapiado hoy inexistente.




Abajo: si los restos de policromía conservados junto a la portada occidental de acceso al coro, así como los preservados en el muro de cerramiento occidental del edificio entre los dos arcos más meridionales, permiten corroborar la presencia de decoración pictórica no sólo en coro, antecapilla y capilla, sino además en el exterior y en la zona sur del inmueble, un pequeño retazo de pintura hallado en el muro de cierre oriental, paralelo al también decorado en la orilla izquierda, además de verificar la teoría que apunta hacia una decoración inicial más amplia y ambiciosa del edificio, confirmaría la actuación de Juan de Ribera en rincones alejados de los espacios de indubitable uso religioso, al no ser simple coloreado lo respetado por el tiempo, sino un menudo pero inequívoco retazo de texto de características similares a los conservados en otros puntos del monumento, inservible en cuanto a la lectura de la sentencia que rezó sobre este muro, o la adivinación de las posibles escenas que acompañaban al mismo, pero lo suficientemente contundente como para reabrir el debate en cuanto a la actuación arquitectónica que sufrió el edificio para su conversión en recinto sacro, cuyos límites pudieron sobrepasar las estancias anexas y el norteño coro, extendiéndose por muros laterales o inclusive levantándose pasarelas contiguas a la conservada en la zona septentrional que permitieran deambular por todo el edificio al nivel de los terrenos contiguos, anulado si no completa casi totalmente su uso industrial, consagrándose el conjunto como templo a partir de 1.565, consolidada toda la nave interna, y no sólo los espacio añadidos a poniente,  a una liturgia y oración donde las pinturas cumplieran un papel sacro que, en caso de sólo poder ser observadas desde la lejanía, podrían carecer de utilidad devota.







Arriba y abajo: en el interior del arco más meridional, junto al muro de cerramiento donde han sido descubiertos los caracteres góticos que confirmarían tanto la actuación de Juan de Ribera en un mayor número de espacios de los tradicionalmente concebidos, como la decoración de una más amplia suma de rincones del inmueble, pueden observarse bajo la capa de encalado última y más externa (arriba), otros recubrimientos de estucado previos que bien pudieran haber estado igualmente decorados, posible ornamentación de unos muros que circundarían dos barajadas estancias más dadas entre los espacios abiertos entre capilla y contrafuertes del lateral oriental, que cumplimentarían el recinto sacro con nuevos y menudos habitáculos, cuyas portadas de paso serían las conservadas y en línea a la cegada de la capilla aún en pie (abajo), separadas de la nave por el muro hoy semiderruido pero cuya decoración nos habla de una prolongación mayor a la conservada, y abiertas o semiabiertas al exterior, a modo de posibles soportales donde refugiarse los feligreses, pastores o jornaleros, paralelos a los que pudieran haber existido en el lado occidental, enmarcados por los contrafuertes esgrafiados.



Arriba y abajo: si los vestigios pictóricos permiten desarrollar teorías en cuanto a la estructura arquitectónica que pudo presentar la ermita de San Jorge en su época de mayor apogeo y reconversión religiosa, aún habiendo desaparecido posibles muros o elementos que formaran parte de tal edificación, son también los diseños iconográficos los que ayudan a vislumbrar el plano y uso original de algunos rincones del monumento, donde posteriomente diversos añadidos se dispusieron para su uso agroganadero llegado a su fin el destino litúrgico que se le dio al bien, adivinándose así, a través de los casetones presentes en las jambas de la portada de poniente, que la conversión en vano de la misma es posterior en el tiempo, habiendo sido esta abertura ideada primeramente para ser traspasado en su totalidad como puerta, y no como sencilla ventana.



Arriba y abajo: al igual que sucede en el flanco occidental, la decoración pictórica conservada en derredor del vano abierto sobre el coro en la pared norte del edificio nos permite pensar en una actuación posterior sobre el mismo que reconvirtiese en ventana lo que pudo ser original entrada, a juzgar por el principio de tapiado de los casetones ubicados en las jambas del intradós cuyo dibujo quedaría parcialmente inmerso debajo del material pétreo allí depositado.






Arriba y abajo: aunque la ermita pudiera contar con entradas desde poniente y Norte, con acceso al coro y, desde él, a las otras dos estancias sagradas o, inclusive, al resto de la nave en caso de que existiera una desaparecida pasarela que prolongara el pasillo hoy en día conservado, la estructura del muro oriental de la conocida como antecapilla, donde sobrevive el arranque de un arco de medio punto entre escombros arquitectónicos de las derruida estancia (abajo), nos permiten pensar en la existencia de una portada de mayores dimensiones que su paralela y contraria, haciendo de este habitáculo una especie de nártex o vestíbulo desde el que penetrar al interior del inmueble, así como a la cámara sacra contigua al mismo.



Arriba y abajo: nuevamente es la decoración la que, como en otros espacio del edificio, permite en la antecapilla o nártex, a pesar de su precario estado de conservación, dibujar las trazas de la arquitectura sobre la que se asentaban los paneles pictóricos, avalando la presencia de una cenefa curva, cumplimentada en su interior con serafines (arriba), la existencia de un arco de acceso a la estancia, cuya jamba norteña quedaría decorada en su cara interna por un personaje barbudo y calvo que, siguiendo la tendencia iconográfica del resto de la sala, sería representación de un santo varón, presumiblemente san Pedro en su plasmación más tradicional y básica (abajo).


- Programa iconográfico:


Arriba y abajo: atendiendo a los paneles conservados y al diseño de las estancias y rincones de presumible uso litúrgico aún en pie, y sin poder descifrar en base a los escasos vestigios pictóricos preservados dentro del inmueble pero distantes de los anteriores espacios las posibles representaciones reflejadas en otros puntos y el alcance o relación de éstas con el resto del conjunto, el programa iconográfico registrado dentro de la ermita de San Jorge nos permite hablar de dos secciones temáticas, de índole religiosa y relacionadas entre sí, con un primer área argumental en la zona del coro (arriba), a la que seguiría un segundo sector compuesto a su vez por las representaciones sitas entre antecapilla y capilla, destinadas las primeras a recoger escenas del Antiguo Testamento (abajo), que darían paso en la zona oriental del inmueble a pinturas basadas en los Evangelios cumplimentadas con figuras del santoral católico más tradicional.



Arriba y abajo: a pesar del carácter religioso de las pinturas halladas en la ermita de San Jorge, se conservan en la cara norte del arco más septentrional, a la altura del conocido como coro, toda una cenefa que, sobre tonos azulados en su mitad izquierda, amarillento el fondo de la parte derecha, custodia una serie de roleos vegetales, de rosados tonos los zurdos, blanquecinos sus complementarios, entre los que sobresalen dos putis o angelotes  infantiles de sexo masculino, muy del gusto ambas representaciones de la tendencia clasicista renacentista bajo la cual se ornamentó el edificio, coronada la composición con una alargada celda en cuyo interior tiene cabida una oración escrita en letras góticas cuyo mal estado de conservación impide poder leer, y más aún traducir al castellano, la supuesta sentencia latina que en este espacio quedaría plasmada.







Arriba y abajo: mientras que la jamba sureña de la portada occidental queda guarecida, tanto en el lado interno como en el intradós, por casetones de llamativos tonos en cuyo interior se custodian albinas flores (arriba), en su hermana norteña sólo figura este clásico diseño en la zona de luz, mientras que en el espacio interior da comienzo la secuencia pictórica que se prolongará por todo el muro norteño y flanco de cierre de la nave, adivinándose entre los vestigios pictóricos una mesa vestida con mantel sobre el que se sirven diversos productos (abajo), en toda una acción de ofrenda y alabanza cuyo ideal santificador será la línea argumental que algunos estudiosos han querido ver retratada a través de diversos paneles ofrecidos en la ermita.



Arriba: junto a la portada de acceso al coro, y bajo la techumbre granítica donde aún pueden adivinarse restos de incisiones que nos hablarían de una posible decoración original del techo de la sala, parte la primera de las tres cartelas donde quedan inscritos los textos bíblicos en que se basan los cuatro paneles reflejados en esta inicial sección pictórica, interrumpidos en pareado por el vano central, manteniéndose al oeste del ventanal o posible vetusta entrada dos capítulos referidos a la vida de Abraham, representando los dos otros espacios pasajes puntuales de la historia de Isaac, todos ellos momentos donde el acto de bendecir toma destacada relevancia, relacionando algunos autores esta tendencia inspiradora, que se repetirá en antecapilla y capilla, con una supuesta y añeja función del recinto, presuntamente destinado a la bendición de los caballeros que, cabalgando sobre sus cuadrúpedos, se adentrarían en la alberca con la intención de ser consagrados.

Abajo: la primera cartela espacial y temporal en su temática de las tres representadas en el coro, custodia en su interior inscritos, en letras góticas y texto en latín, los versículos 3 y 4 del capítulo 18 del libro bíblico del Génesis, en referencia a la aparición de Yavé en el encinar de Mambré a Abraham bajo el aspecto de tres personajes que visitan al unísono al patriarca, haciendo hincapié en el grato recibimiento que éste les da, sabiéndole su Señor, haciendo uso del agua para bendecirles: "Domine si inveni gratiam in ocullis tuis, ne transeas servum tuum sed afferam pauxillum aquae et laventur pedes vestros et requiscite sub arbore tres vidit et unum adoravit" ("Mi Señor, si he hallado gracia a tus ojos, no pases sin detenerte con tu siervo. Se os traerá un poco de agua, os lavaréis los pies y reposaréis a la sombra de este árbol").



Arriba y abajo: sentado Yavé en la forma de tres personajes bajo una encina, Abraham se dispone a lavarles los pies en señal de agradecimiento y bendición a su Señor (arriba), tal y como describen los versículos que acompañan la escena, el cual, tras tomar los alimentos que el patriarca prepara y entrega, depositados en la mesa contigua y dibujada junto a la jamba próxima al panel decorativo, quedará gratificado por tal recibimiento y acción, bendiciendo a Abraham y Sara con la posibilidad de tener descendencia a pesar de su avanzada edad (abajo).



Arriba: coronando el vano o antigua puerta central del coro, y prolongándose sobre la siguiente escena, una segunda cartela custodia los versículos que hablan de la próxima escenografía, tomados del mismo compendio inicial bíblico en su capítulo 27, en referencia a las órdenes que Isaac, hijo de Abraham, dará a Esaú, en pro de otorgarle su bendición: "Sume arma tua, pharetram et arcum, et eguit dere foras, cumque venatu aliquid aprehenderis, fac mihi inde pulmentum sicut velle me nostri et affer ut comedan et benedicat tibi anima mea. Caput XXVII" ("Toma tus armas, tu aljaba y tu arco, sal al campo y tráeme algo de caza. Prepárame un guisado como a mí me gusta y tráemelo para que yo coma y te bendiga antes de morir. Capítulo XXVII").

Abajo: Isaac, tal y como describen los versículos custodiados en la cartela que corona esta tercera escena del coro, solicita de Esaú que salga a cazar para, con la presa cobrada, hacer un guiso, otorgándole tras tomarlo su bendición, mientras que su primogénito, en una doble representación, escucha a su progenitor acompañado del venado que ha cazado, cuya acción cinegética tiene lugar en el trasfondo de la escenografía.



Arriba: la tercera y última de las cartelas, sobre la cuarta y final escena, resume y no copia íntegramente del texto bíblico, como sí ocurre en paneles anteriores, los versículos 27 y 28 de igual capítulo que la cartela previa, prolongando el desarrollo de los hechos y mostrando, mientras Isaac bendice a Jacob, cómo Rebeca, con intención de engañar al cabeza de familia persiguiendo el otorgamiento de la bendición de éste al sucesor menor, y no a Esaú, presenta ante su ya ciego marido a su segundo hijo como si del primogénito se tratase, sosteniendo la fémina entre sus manos el guiso de cabrito que sustituiría al de venado solicitado por Isaac, posible también referencia al potaje de lentejas con que Esaú vendió a su hermano la primogenitura: "Det tibi Deus de rore el caeli et serviant tibi populi, et adorant te tribus, esto dominus fratum tuorum" ("Dios te dé el rocío del cielo. Sírvante los pueblos y las naciones se inclinen ante ti. Sé señor de tus hermanos").


Arriba y abajo: el intradós de las jambas que enmarcan el paso entre coro y antecapilla o nártex presentan, sobre figuradas columnillas, sendas cartelas donde se ofrecen, en la norteña, la firma y datación del complejo iconográfico (arriba), indicando el propio pintor cacereño Juan de Ribera su autoría y año de ejecución de la obra, fechada en 1.565, como se pudo observar y atestiguar antes de que el progresivo deterioro que sufre el monumento desgastase la pintura, mientras que el cristograma o monograma del nombre de Jesús, en su versión latina, IHS, aparece en un escudo frente a ella (abajo), como si de un blasón que da la bienvenida al que se adentra en el siguiente espacio pictórico se tratase, aludiendo a los temas evangélicos y sobre la vida de Cristo que aguardasen seguidamente al feligrés, tras ser el visitante previamente ilustrado en la historia de sus primeros antecesores y fundadores de la dinastía a la que Jesús, por parte de padre putativo, pertenecería.



Arriba: presidiendo el muro que, en la antecapilla o nártex, precede a la capilla de la ermita de san Jorge, la escena de la Anunciación a María del nacimiento de Cristo por parte del ángel Gabriel vuelve a hablarnos de bendiciones sacras, a través en este caso de la Encarnación, en posible correlación con la bendición recibida por Abraham, sita en el coro, que inauguraría la que después fuera casa de David, dando ahora comienzo a la vida de Jesús y a su nueva Alianza y prole cristiana, tomando el artista para la representación la figura de un andrógino ser celestial, alado y con túnica blanco-rosada, que se presenta ante la futura Madre de Dios, de rodillas ante una mesa donde parece atisbarse un libro que la santa mujer pudiera estar leyendo, o tomando como base de sus oraciones en el momento de la sacra aparición, portando el ángel lo que pudiera ser una azucena, símbolo de la virginidad mariana, o más bien un alargado cetro que haría referencia a su cargo celestial, tal y como lo plasmaría también Luis de Morales en su Anunciación arroyana, ejecutada en las mismas fechas y cuyo resultado pudiera haber apreciado el propio Juan de Ribera in situ aprovechando la cercanía entre la por entonces villa cacereña con la antaño Arroyo del Puerco, donde inclusive residiría el propio pintor pacense mientras ejecutaba las obras para el retablo parroquial, alrededor de 1.563.

Abajo: a pesar del mal estado de conservación en que ha llegado el panel, especialmente en su mitad izquierda, pueden descubrirse detalles que enriquecen la descripción y desarrollo de la santa escena, apreciándose en una especie de bocadillo pictórico la oración que dirigiría María a Gabriel, aceptando portar en su vientre al Hijo de Dios.


Arriba: en relativo buen estado de conservación, en comparación con otros paneles y a pesar de su exposición a la intemperie, es la Oración en el huerto la escena que antecede el paso al coro desde el nártex o antecapilla, representación que, como en la anexa Anunciación, vuelve a mostrar ciertos paralelismos con la obra arroyana del Divino Morales, recibiendo Jesús, tal y como se describe en la escena relatada por San Lucas a través de su evangelio, un ángel que le confortaría en su agonía pasional, a modo de bendición última previa a su prendición, y ante la cual Cristo, angustiado y agobiado, sudaría gotas de sangre, acompañado de Pedro, Juan y Santiago, que dormirían apostados junto a Él entre los olivos y árboles de Getsemaní.

Abajo: el pésimo estado del muro norte de la antecapilla no sólo afecta a la conservación del edificio en sí, sino fundamentalmente a la preservación de las pinturas que decoraban este rincón del monumento, desaparecidas en una amplia porción del lienzo mural, adivinándose, a la izquierda de la composición, la presencia de diversas mujeres que, bajo un paisaje arquitectónico, parecen observar una escena y/o seguir a algún personaje, posible Nazareno arrodillado y caído con la cruz en una presumible plasmación de una escena de Calvario que, nuevamente y como en la Anunciación y Oración en el huerto, seguiría en gran medida las ideas compositivas marcadas por Luis de Morales en su obra arroyana.



Arriba y abajo: derruida la bóveda de arista que cubría la antecapilla o nártex, se conservan sin embargo tres de los arranques de los que partía la misma, en sus esquinas noroccidental (arriba), nororiental y suroccidental (abajo), cuyos restos pictóricos persistentes sobre las mismas nos permiten verificar la presencia en ella de los cuatro evangelistas canónicos, acompañados de su simboligía más clásica, distribuidos respectivamente entre las cuatro porciones en que se dividiría la cubierta o techumbre de la sala.



Arriba y abajo: sobre la Oración en el huerto, y como primer santo escritor ante el que se encontraría el feligrés que se adentrase en el habitáculo tras deambular por el coro, San Lucas aparece representado como escritor que sostiene libro y pluma, nombrado gracias a la figura del buey parlante que, como símbolo suyo, le acompaña (arriba), custodio a su vez de un legajo donde, tanto en texto como en letras de índole latino, reza el versículo 26 del capítulo primero de su obra (abajo), inicio de una nueva era religiosa y comienzo de la aventura cristiana: "MISSVS EST ANGELVS GABRIEL A DEO IN CIVITATEM" ("El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad...").



Arriba y abajo: aunque escasos en el recinto de la antecapilla, también cuenta esta estancia con motivos decorativos paganos o plenamente ornamentales que cumplimentan los espacios restantes entre paneles y figuras religiosas, tales como el casetón que sobre Santa Bárbara y bajo la Oración en el huerto separa ambas representaciones junto a la jamba sureña de la portada de paso del nártex al coro (arriba), o la posible cadena de flores que decoraría la plenitud de su hermana norteña, en tal pésimo estado de conservación que impide con rotundidad verificar su naturaleza (abajo).



Arriba y abajo: custodiando el acceso norteño a la capilla, portada de entrada a la misma desde el nártex, Santiago el Mayor y Santa Bárbara ocupan respectivamente las jambas izquierda y derecha de paso al siguiente espacio sacro, representado el primero en su faceta peregrina (arriba), acompañado de su simbología peregrina tradicional donde no faltaría la concha o venera que distingue en su tocado, mientras que la fémina virgen, portadora de la palma de su martirio, sostendría en su mano derecha el plato donde luce los ojos que arrancarían a la santa de Siracusa cuando, tras negarse a entregar al marido impuesto la castidad guardada para Cristo, fuera denunciada por éste ante las autoridades en plena época de persecución religiosa diocleciana (abajo).


Abajo: desaparecida casi la totalidad de la pintura que cubría la jamba izquierda de acceso al coro, contigua al espacio destinado a albergar a la patrona protectora de los ciegos, queda constancia testimonial de la presencia en este tramo de la representación de otra santa virginal que, como la anterior, fuera conocida en los contornos por feligreses de aldeas y poblados cercanos a la otrora villa, contanto Santa Lucía con ermita próxima al Poblado de las Seguras, y siendo Santa Bárbara, que aquí sería retratada, venerada por los múltiples caleros que daban renombre a la localidad, acompañada de su simbología, aún persistente sobre el estuco, basada en el torreón de triple ventanal donde la joven de Nicomedia sería encerrada por su padre para evitar su conversión cristiana.



Arriba y abajo: sendos cuartetos de casetones floreados ornamentan el paso hacia el interior de la capilla del recinto sacro, pareados y de diseño paralelo a ambos lados del acceso.



Arriba y abajo: mientras que en coro y antecapilla son las jambas decoradas con casetones y motivos florales, los espacios sobrantes no ocupados por representaciones religiosas que restan en la cara interna de la portada norteña de la capilla, así como junto a la cegada puerta que permitía el paso a este espacio desde el Sur, presentan una sencilla ornamentación que parece querer simular toscamente las vetas de una placa marmórea.



Arriba: presidiendo la capilla y presentándose no sólo como el más destacado panel de la ermita, sino inclusive juzgado por muchos autores como la obra de mayor calidad del pintor cacereño, un Descendimiento sorprende al visitante en un mural cargado de emotividad centrado por el cuerpo yacente e inerte de Cristo, recién descolgado de una cruz cuyo tablero mayor asoma en la parte superior de la composición, rodeado de los nubarrones que, según las sacras escrituras, enturbiaron el cielo cuando el Hijo de Dios expiraría, depositados en el suelo los tres clavos que lo unían a los maderos y sostenido su cuerpo por un joven San Juan, ubicado a la izquierda del grupo, acompañado de las cuatro santas mujeres que, combinando las narraciones y datos aportados por San Mateo, San Marcos y San Juan, acompañarían a Cristo en sus últimos momentos, alineadas las cabezas de éstas en una franja horizontal que conjugaría con la diagonal del cuerpo yerto, identificadas con María de Cleofás y María Salomé, sendas en un segundo plano, María madre de Jesús, en una posición avanzada dada su relevancia familiar y religiosa, así como, más joven que las anteriores y sin lucir manto, María Magdalena.

Abajo: bajo el Descendimiento y como si de un altar se tratase, una estructura, hueca en su interior, sobrevive junto a la parte baja del muro oriental de la capilla, convertido así en cabecero de la estancia, posible cripta que, más acertadamente, acogería como hornacina una imagen religiosa, quizás un Cristo yacente hermano del retratado en la pared, careciendo de datos que avalasen la presencia de alguna talla destacada que allí se depositase, como igualmente se desconocería con exactitud la auténtica advocación del lugar, cuyo nombre de San Jorge sería por primera vez registrado a comienzos del siglo XX por Sanguino Michel, promocionado posteriormente por Tomás Martín Gil, pero que pudiera responder a una tradición oral y uso popular que recogiese un dato olvidado por las crónicas, apuntando hacia el patrón de la localidad como el santo protector del monumento, tomado quizás como tal por la familia titular de las tierras donde se ubica el bien, descendientes de D. Hernando de Mogollón el cual, junto a Alfonso IX de León, participaría en la toma definitiva de Cáceres durante la afamada noche de San Jorge de 1.229.


Abajo: frente al Descendimiento, coronando una portada hoy cegada que permitiría el asomo o paso hacia el interior de la nave, la Flagelación de Cristo sería representada apenas sobreviviendo las figuras que componen la escena en la actualidad, dañadas por la humedad que sufre la estancia, apreciándose aún un torturado Cristo amarrado a una columna junto al cual, a sendos lados izquierdo y derecho del mismo respectivamente, sus verdugos se disponen a ejecutar los castigos sobre la figura divina encomendados.



Arriba y abajo: representado a la derecha del Descendimiento una versión del Bautismo de Cristo, aparece frente a tal composición, sendas nuevas referencias a dos conocidas y religiosamente clásicas bendiciones otorgadas, la Estigmatización de San Francisco de Asís, ocupando la casi totalidad del muro norteño de la capilla donde Cristo crucificado y como serafín de seis alas, colocado sobre la puerta de entrada septentrional del recinto y acceso desde la antecapilla, se aparece ante un San Francisco de grandes proporciones que, de rodillas ante la visión, recibe los sacros estigmas (arriba), en una composición que, como ocurriese en el nártex, vuelve a recordar la obra de Luis de Morales, siendo el pacense el que, antes de acudir a Arroyo del Puerco, quedase reflejada la escena en una tabla custodiada en la Catedral de Badajoz, reflejando como Juan de Ribera al santo italiano sin la característica barba con que suele aparecer cuando, en el monte Alvernia, quedase plenamente unido a Cristo y bendecido a través de sus llagas por Él, el 14 de septiembre de 1.224, como atestiguaría su compañero Fray León, único testigo del hecho, adormilado y de rasgos sexualmente ambiguo en el falso fresco cacereño (abajo).



Arriba: junto a la aparición divina otorgada a San Francisco de Asís, una cartela cumplimenta la escena queriendo al parecer describir el momento, o asociada en todo caso al mismo, en un texto de actualmente difícil lectura compuesto en letras góticas que, a diferencia de los aparecidos en coro y bóveda de la antecapilla, presuntamente figura escrito en castellano, a juzgar por la lectura apta y en claro español de algunas porciones sueltas del escrito, donde se hace referencia a "las armas de tu gloria".

Abajo: el mal estado que presenta el muro más meridional de la capilla, agrietado y víctima de inmensas y esparcidas humedades, hace peligrar tanto la sustentación de la estancia como la conservación de las pinturas depositadas sobre la misma, desaparecidas amplias porciones de la iconografía y semiborrada la figura religiosa que sobre la hoy cegada portada abierta primitivamente en el muro sureño, parece responder a un santo mártir asociado a alguna orden religiosa, en base a la palma de martirio que porta en su mano derecha, rapada su cabeza y vestido con túnica al más sencillo estilo monacal.



Arriba y abajo:  como ocurriese en las jambas de la portada de acceso a la capilla desde el nártex, cuyos laterales septentrionales figuraban custodiados por santas figuras, también en la cara lateral interior de mencionado vano, así como junto a la puerta cegada sureña, la capilla ofrece en los lados occidentales de sendos accesos la representación de dos respectivos personajes religiosos que, al igual que aquél descrito sobre la puerta tapiada meridional, parecen pertenecer a alguna orden religiosa, portando el meridional un útil en su mano derecha, posible palma del martirio u objeto con que fuese torturado o ejecutado (arriba), de dífícil identificación al haber desdibujado la humedad diversas porciones de la obra, entre ellas la simbología o algún texto que aludiera al santo varón, mientras que en el panel norteño pueden apreciarse las azucenas que sustenta la santa figura con su mano izquierda (abajo),  simbología de Santo Domingo de Guzmán, cuyas vestimentas dominicas coincidirían con las del santo fundador de la Orden de Predicadores.



Arriba y abajo: aunque en la actualidad la capilla de la ermita de San Jorge sólo presenta un vano de entrada, abierto en su muro septentrional, todo apunta a que contaría con una entrada más, paralela a la norteña en su muro sur y paso hacia otra estancia o espacio contiguo, a lo que podría sumarse la abertura que, frente al cabecero o altar, debía darse comunicando directamente recinto sacro con la nave principal del inmueble, a juzgar por la aparición de restos de las pinturas ubicadas junto a las jambas, prolongadas más alla del muro de separación entre capilla y nave (abajo), suponiéndose la existencia de una balconada que permitiera asomarse desde la capilla al tramo con que coincide su estructura, o inclusive hacia la posible presencia de una pasarela más que permitiera entrar o salir de la capilla desde la misma altura que el coro anexo.



Arriba: un perro con una antorcha encendida asida con la boca por el animal se deja ver en la cara sur del arco diafragma más septentrional, coincidiendo con la prolongación pictórica de la representación que de Santo Domingo de Guzmán se aprecia en el interior de la capilla, verificando el can con el que soñaría la Beata Juana de Aza, madre del santo castellano, antes de que éste naciera, la identificación del personaje cuyo nombre vuelve a ser escrito en derredor de la figura, observándose S.DOMI en la zona de la nave, y GOZ cerca de la jamba de acceso a la capilla.

Abajo: frente al perro con antorcha que permite verificar la identificación de Santo Domingo de Guzmán, otra franja pictórica que ha sobrevivido al levantamiento del muro de cierre occidental de la capilla vuelve a hablarnos de la abertura que existió en este punto del edificio, sin que por el contrario lo representado, de escasa visualización, ayude a la hora de nombrar al personaje adjunto.



Arriba: si bien en la antecapilla quedaría la bóveda cubierta con representaciones de los cuatro evangelistas canónicos, dentro de la capilla es el cuarteto formado por los tradicionales Padres de la Iglesia Católica quienes ocupan las pechinas de sustentación de la falsa cúpula que corona la estancia, pudiendo conocer la identificación de cada personaje, llegados algunos a la actualidad en precario estado de conservación, gracias no sólo a algún símbolo o prenda que indiscutiblemente lo identifique, como en el caso de San Jerónimo de Estridón tocado con sombrero cardenalicio, figurado en la pechina norocciental (abajo), sino además por la ayuda que el propio pintor nos dejó escribiendo nuevamente en estos paneles los nombres o diminutivos de los santos doctores, como puede observarse en la pechina nororiental, destinada a acoger a San Gregorio Magno, verificado por el GRE que se lee junto al santo (arriba).



Arriba y abajo: San Agustín de Hipona, como puede adivinarse al observar la sílaba GU junto al santo Doctor eclesiástico (arriba), sería el Padre Latino que ocuparía la pechina suroccidental, siendo por tanto San Ambrosio de Milán el cuarto y último personaje que, en la pechina suroriental, apenas deja suponer su identidad dado el mal estado en que se encuentra pintura y estructura arquitectónica sobre la que se sustenta (abajo).


Abajo: a pesar de la precaria conservación de la estructura de la capilla, amenazada con graves grietas abiertas entre sus muros, salpicados por colonias de hongos que se nutren de las humedades que emergen por múltiples rincones de la estancia, la pequeña falsa cúpula que corona el habitáculo no sólo se mantiene en pie, sino que sigue presentando la pintura con que Juan de Ribera quiso ornamentar su interior, representando al Padre Eterno como si de un Pantócrator se tratara, sosteniendo el globo terráqueo en su mano izquierda, mientras que con la derecha bendice al mundo, al feligrés que acudía a orar al templo, al visitante que se adentraba a admirar la obra y a la propia obra en sí, milagrosamente preservada pese al paso de los siglos, el abandono de la construcción, el olvido del edificio por los responsables de su mantenimiento, luchando por mostrarse ante las generaciones que deseen acercarse hasta el enclave en su originalidad y magnificencia, esperando que alguien, sabiendo escuchar entre rumores de piedras y pinturas, descifre el misterio que envuelve a la ermita.


domingo, 6 de noviembre de 2016

Imagen del mes: Ermita de San Gregorio, en Montijo


Con amplio atrio a los pies del templo, llamativa espadaña de ladrillo y linterna coronando la cúpula hemiesférica que cierra el cabecero, la figura de la antigua ermita de San Gregorio Ostiense parece querer seguir protegiendo a los agricultores de la localidad, desde que, sobre el Cerro homónimo al monumento y otero del municipio, fuesen posiblemente éstos los que, agradecidos por la labor sanadora de los huesos del que fuese obispo de Ostia, la erigiesen tras recorrer la Santa Cabeza gregoriana la región extremeña, en viaje oficial por diversas regiones del país como medida regia de auxilio contra las plagas de langosta que desde 1.754 asolaban los campos de gran parte de España.
Montijo (Badajoz). Siglo XVIII; estilo barroco.

domingo, 23 de octubre de 2016

Ermita de San Servando y San Germán, en Arroyo de San Serván


Arriba: desde el punto más álgido del Cerro de San Serván, a unos 608 metros de altitud, los restos de la Ermita de los Mártires San Servando y San Germán se yerguen sobre el lugar donde, según la tradición, buscaron refugio y retiro eremita los santos hermanos emeritenses cuya presencia en esta serranía daría no sólo nombre a la misma, sino también al municipio en cuyo término municipal se ubica, antiguo Arroyo de Mérida y actual Arroyo de San Serván.

Sería el 23 de octubre del año 304 d.C., 305 según otros autores, cuando, al parecer y según relatan leyenda y tradición católica, se llevaría a cabo la ejecución de dos reos hermanos, acusados de contravenir la legislación religiosa marcada por el emperador Diocleciano que, con su  Edicto contra los cristianos, dividido a su vez en cuatro decretos firmados entre 303 y 304, inauguraba no sólo una nueva etapa de persecución contra los seguidores de Cristo durante el Imperio Romano, sino la considerada Gran Persecución o mayor de las llevadas a cabo contra la que entonces era una minoría religiosa con cada vez más amplio número de seguidores.  A la supresión generalizada de derechos recaída sobre la población cristiana le seguiría el arresto y encarcelamiento de sacerdotes. No tardaría en ampliarse y endurecerse la medida hasta alcanzar a todo aquel ciudadano cristiano confeso que, en caso de persistir en sus creencias y negarse a retractarse abrazando nuevamente el rito pagano a través de un sacrificio público, sería ejecutado. Los resultados, sin embargo, no siguieron los cauces deseados por el poder. La religión cristiana no sólo no desaparecería sino que, apenas diez años después y a través del Edicto de Milán, Constantino I acordaría definitivamente la libertad religiosa en un Imperio que no tardaría en adoptar esta creencia como la oficial. La mayor parte de los ejecutados durante esta última purga, lejos de ser olvidados o demonizados, serían honrados y subidos a los altares. Germán, o Germano, y Serván, o Servando, se sumarían a ellos.


Arriba: abandonada a comienzos del siglo XX, tras disminuir la devoción y ser destruidas las imágenes religiosas allí custodiadas, la Ermita de San Germán y San Germán cayó en ruina, llegando básicamente a nuestros días el esqueleto de su construcción, con restos de sus paredes laterales, base del torreón a sus pies y cierre mural del ábside.

Frente a la existencia de cantos, poemas u otras obras literarias que hablan desde comienzos del medievo, o incluso finales de la época romana, de destacados mártires hispanos ejecutados durante el mandato de Diocleciano, confirmándose no sólo la más que probable existencia de los mismos, sino además la puntualidad de ciertos aspectos biográficos de éstos, los datos relativos al nacimiento, vida, martirio y muerte de Serván y Germán son tomados de las leyenda y tradición oral que, en algunos aspectos, ofrecen referencias anacrónicas o noticias divergentes que dan lugar a variadas versiones de los hechos. Así, mientras que unos aseguran que el lugar de nacimiento de estos personajes fue Emérita Augusta, el hecho de considerarles hijos del también canonizado Marcelo, patrón de la ciudad de León, les ubicaría en la romana Legio, vinculados con Mérida por su, al parecer, ejercicio como soldados apostados en la capital de la provincia lusitana. Como legionarios compartirían carrera profesional con su supuesto padre, pero también con algunos de sus hermanos. De los doce hijos que se asignan al matrimonio entre Marcelo y Nonia, Emeterio y Celedonio son también considerados soldados mártires de la fe en Cristo, ejecutados en Calagurris, actual Calahorra, de donde por su parte y a su vez eran supuestamente naturales.



Arriba y abajo: junto a la portada de acceso al templo, abierta en el muro de la epístola, restos de una edificación hacen pensar en la existencia junto a la entrada de un soportal que sirviera como cobijo y lugar de descanso de feligreses y pastores, apreciándose sobre los muros que aún se mantienen en pie restos del enlucido que cubriría exteriormente la mampostería sobre la que se erguiría el monumento (abajo).



Las variaciones biográficas sobre Serván y Germán alcanzan su culmen a la hora de narrar los hechos que describen su vida. Mientras que para unos autores sendos hermanos mueren en edad juvenil, otras tradiciones les presentan como adultos, o incluso hombres de edad avanzada, en el momento de su captura y ejecución. No pudiendo así determinar la fecha de su nacimiento, tampoco sobre la fecha de su muerte hay cohesión. El 304 d.C., 305 para otros, sería el año más acertado para la mayoría, coincidiendo tanto con la etapa de persecución diocleciana, como con el martirio de la mayor parte de los perseguidos y condenados por el poder romano que cumplía las severas leyes religiosas del momento. No falta, sin embargo, quien apunta hacia el 290 como el momento de su muerte, efectuada dos años después de la de su padre Marcelo, acaecida en 288 cuando la Gran persecución no había tenido comienzo. Se dice incluso que los hermanos sufrirían un arresto inicial siendo poco después, suavizándose la legislación religiosa, puestos en libertad. Un periodo de tregua que aprovecharían para reactivar la evangelización a la que se dedicaban, expulsados de la milicia o licenciados voluntariamente de su carrera militar para dedicarse íntegramente a la vida religiosa, hasta ser, bajo nuevas órdenes discriminatorias, encarcelados por segunda vez y, finalmente, asesinados. Esta versión de los hechos se contrapondría frente a la que habla de una única pasión, aportando datos que, en caso de hablar de jóvenes mártires, cronológicamente no coincidirían con las fechas en que, históricamente, se tienen registradas persecuciones oficiales a los cristianos. Si sería, por el contrario, posible aceptar la versión que nos habla de un primer encarcelamiento como confesores de la fe cristiana, seguido de un retiro eremita al que seguiría el martirio definitivo, si tenemos en cuenta la existencia de una variante de la historia de los hermanos preservada a través de la iconografía popular, al ser representados en no pocas ocasiones, con preponderancia de esta imagen en Mérida y Arroyo de San Serván, como maduros ermitaños que, barbudos y ataviados con humildes hábitos o túnicas, alejados de Mérida se retirarían a una cercana sierra donde, en pleno enclave natural, dedicarse a la vida ascética. Sin que haya disconformidad en cuanto al reinado en que se dio su ejecución, la conjugación entre la plasmación de los santos como personajes de edad avanzada y los datos históricos objetivos podrían permitirnos aceptar como válida la versión que apunta hacia el doble arresto, al darse previamente al acoso religioso de Diocleciano un periodo de hostigamiento durante el gobierno de Valeriano, a finales de la década de los 60 del siglo III. Más de cuarenta años de separación temporal que podría explicar el envejecimiento de los que pudieron ser legionarios convertidos en ermitaños, cuya ejecución, siguiendo las directrices de la más popular tradición que describe la misma, se llevaría a cabo como colofón de una tortura que, iniciada en Emérita Augusta, sería acrecentada con un tormentoso viaje que llevase a sendos personajes, supuestamente encadenados y descalzos, hasta las cercanías de Cádiz, acompañando como presos a su juez, de nombre Viator, en el viaje que el mismo efectuaba hacia tierras del Norte de África. Sobre el Monte Ursoniano, dentro del actual término municipal de San Fernando, ante la impaciencia del superior y la perseverancia en su fe de los hermanos, serían éstos degollados, dando nuevo nombre al enclave que, por tal motivo, se conoce como Cerro de los Mártires.


Arriba: de veinte metros de longitud y cuatro de anchura, las dimensiones de la ermita arroyana eran humildes, así como su fábrica, basada en mampostería con no muy abundante presencia de labrillo, resultando un espacio de única nave y tramo cuyo cabecero, orientado hacia poniente, mira hacia el horizonte, a escasa distancia de uno de los bordes de la cumbre.

Abajo: engullido el interior del antiguo templo por vegetación y escombros surgidos de la propia destrucción del edificio, llaman la atención los restos de la moldura que circundaría el interior del recinto sacro, a modo tanto de decoración como de punto de partida del arco de medio punto corrido que conformaría la bóveda de cañón que, a juzgar por la curvatura que nace de los muros, cerraría superiormente el inmueble.




La "Historia Ecclesiastica de España", narrada en cinco partes por el canónigo malagueño D. Francisco Padilla, y editada en su ciudad en 1.605, narra no sólo la vida y martirio de los santos hermanos, basándose en antiguos breviarios y martirologios, sino que hace referencia además a la opinión que en años contemporáneos al autor se daba en la ciudad de Mérida, según la cual se creía que la muerte acaecida a los mártires no se llevaría a cabo junto a la antigua Gades, sino en un enclave, distante dos leguas de la urbe extremeña, conocido por el nombre de San Servando y donde se levanta un templo dedicado al mismo. Por la distancia indicada y las características geográficas a las que hace mención, hablaría muy seguramente de la Ermita de los mártires San Germán y San Servando que, sobre la cima del Cerro de San Serván, en plena sierra homónima al collado, se levantó al parecer en el siglo XV sobre el paraje donde la tradición ubicaría, más que el lugar de degollación de estos personajes, el enclave donde los mismos llevarían a cabo su vida eremita, cobijados en el interior de una cueva o abrigo natural abierto en la cúspide del lugar, en una serranía donde la presencia de oquedades pétreas es particularmente abundante, con más de una veintena de cavidades registradas y estudiadas en base a la presencia en su interior de una amplia y valiosa colección de pinturas rupestres esquemáticas.


Arriba y abajo: a los pies de la ermita, con base cuadrada y de desconocida altura original, un torreón serviría posiblemente como campanario, conservándose del mismo los escalones que, circundando su interior, permitirían el acceso a la zona superior de la atalaya, convertida hoy en sustento de un vértice geodésico.




Si bien D. Vicente Navarro del Castillo, en su "Historia de Mérida y pueblos de su comarca", publicada en los pasados años 70 señalaba hacia la posibilidad de que la Ermita de San Germán y San Serván fuese erigida sobre los restos de un antiguo templo visigodo, la ausencia de vestigios de factura altomedieval, a falta de exhaustivas excavaciones arqueológicas que permitiesen barajar o aprobar nuevas teorías, como pudo darse en la cercana Ermita de Cubillana, y en contraposición a la verificada factura hispano-visigoda de templos dedicados a la coetánea mártir de los hermanos Santa Eulalia en la región y vinculados con la historia de la joven emeritense, como la Basílica erigida sobre su cripta en Mérida, o la ermita de Santa Olalla, levantada donde supuestamente estuvo la casa de su padre Liberio, en Pago Ponciano y cercanías de Cáceres, hace más creíble la versión que sobre la fundación del edificio religioso arroyano hace el regidor emeritense D. Bernabé Moreno de Vargas, a través de "Historia de la ciudad de Mérida" editada por primera vez en 1.633, fechando la consagración del templo en 1.430. Coincidiría de esta manera su construcción, cronológicamente, con la edificación de otros inmuebles religioso significativos de Arroyo de San Serván, entonces Arroyo de Mérida, como la Ermita de Santa María de Cubillana o la de San Pedro.


Arriba y abajo: de planta semicircular o absidiana, el cabecero de la Ermita de los Mártires culmina el edificio a escasa distancia del abismo que se abre a sus pies, erigido sobre diversas rocas que le sirven de firme sustento, ayudado por lo que parece un contrafuerte que frenaría el empuje de muros y cúpula sobre el escaso terreno restante.


Abajo: un menudo vano abocinado, conservado en el punto central del ábside y llamativo frente a la aparente nula presencia de ventanas en el resto del edificio, pudo estar rodeado antaño por un retablo cerámico o de azulejería junto al que descansasen las tallas en madera de los mártires emeritenses allí venerados, representados como eremitas cuya vida asceta decidieron llevar a cabo en el enclave donde el monumento religioso se levanta.


La Ermita de los mártires San Germán y San Serván cuenta con única nave de único tramo, cuya longitud alcanza los veinte metros, con cuatro de anchura, orientándose su cabecero, de planta absidiana, hacia el Este, siguiendo así la tradición constructiva católica. Fabricada en mampostería, con no muy abundante presencia del ladrillo entre sus muros, a falta absoluta de cubierta en los restos del templo son los vestigios de un arranque curvado en sendos muros laterales lo que permite pensar en la existencia de una original bóveda de cañón como cierre del recinto interior. Una pechina de ladrillo, por su parte, conservada en una esquina del ábside, entre altar y pared del evangelio, serviría como testigo de lo que pudo ser una cúpula sobre el cabecero del monumento. En la zona central del mismo, donde se ubicaban al parecer un altar y retablo compuestos de azulejos, de los que no queda actualmente constancia alguna, un vano abocinado mira hacia el horizonte. Pudieron haber estado colocadas a sendos lados del ventanal las respectivas imágenes de los santos titulares del edificio, talladas en madera y representados los mártires como ermitaños, posible inspiración de las figuras que, aún hoy en día, sirven de elementos compositivos del escudo de la localidad.

Una portada, de menudas dimensiones y con muy rebajado arco, casi dintel, ejecutado con hilera de ladrillos, permitiría la conexión entre cabecero y lo que, al parecer, era vivienda del guardés, de escasas dimensiones y enclavada junto al lado del evangelio a la altura del ábside. Si bien pudiera haber servido esta estancia contigua como sacristía del templo, el conocimiento de la existencia del hogar del santero junto a la capilla, así como una segunda puerta de acceso a la misma desde el exterior, hace suponer este añadido recinto como residencia del custodio. Restos también de una edificación, de menor proporción que la anterior y junto a la portada del templo, abierta en el muro de la epístola, permite pensar en la existencia de un soportal previo al acceso al recinto sacro, donde el viajero o feligrés pudiera descansar tras su peregrinaje al santo lugar, habiendo superado para ello los casi cuatrocientos metros de altitud que distancian el llano sobre el que se asienta el municipio de la cumbre donde se yergue la capilla.


Arriba y abajo: comunicada con el ábside a través de un acceso de discretas dimensiones (arriba), la que pudiera ser vivienda del guardés se ubicaba junto al lado del evangelio, con portada propia desde el exterior y paralela al muro, coronada con tejado a un agua, cuya línea de unión con el templo aún puede adivinarse entre los vestigios del conjunto.



Una tercera edificación, enclavada al Norte y a escasa distancia del templo, bajo lo que pudo ser vivienda del guardés, completaría el conjunto arquitectónico añadiendo una capilla anexa donde quedase incluida y protegida, bajo muros de mampostería y bóveda de cañón rebajada y ejecutada con ladrillo, la presunta cueva donde los eremitas emeritenses buscaban cobijo. Lucido su interior, y decorado, según se adivina por los escasos restos de pintura que han sobrevido hoy en día, por paneles pictóricos que ornamentaran el menudo espacio, la existencia de obras sobre sus paredes haría referencia a la importancia de tan minúsculo lugar, completada su misión religiosa con la ubicación en su interior de una imagen de la Virgen de la Guía, advocación mariana presente también en la vecina Mérida, desde cuya capilla y camarín, erigidos sobre la portada de Santa María que permite el acceso desde la Plaza de España al interior de la Concatedral, mira a la ciudad, como lo hace también en otros puntos de la región, siendo así en Trujillo, enclavada la talla en una similar capilla externa tras el cabecero de la iglesia de San Francisco, o en Coria, donde la Virgen de Guía se asoma desde una hornacina tallada sobre la puerta que, abierta en el cinturón defensivo de la localidad, lleva su nombre.


Arriba y abajo: a escasa distancia del edificio religioso, bajo lo que pudo ser casa del santero, una capilla de reducidas dimensiones, cubierta con bóveda de cañón rebajado hoy en gran medida desaparecida, custodiaba lo que fuera una oquedad natural donde, según la tradición, buscaron refugio y se dedicaron a la vida ermitaña los santos hermanos posteriormente martirizados, convirtiendo el enclave con su presencia en este paraje como lugar sacro y punto de destino de peregrinos y creyentes desde la consagración del templo en el siglo XV.



Arriba y abajo: la capilla externa y contigua a la ermita, que en su día albergó una imagen mariana de la Virgen de la Guía, se presenta en la actualidad semiderruida y cubierta de restos constructivos, vegetación y tierra que sepultan parte de la construcción y cueva santa, sobreviviendo, bajo un posterior encalado, escasos restos de la pintura ornamental que al parecer pudo decorar el espacio interno (abajo), observándose diseños geométricos de tonos amarillentos y rojizos que, de manera similar a otros recintos sacros rurales extremeños decorados durante la Edad Moderna, pudieron componer motivos vegetales que enmarcaran sendos paneles contrapuestos en cuyo interior pudiera ser representado cada uno de los hermanos mártires, bien en su iconografía eremítica, o en la más popular como jóvenes legionarios, cuyo asesinato durante la persecución diocleciana engrosaría no sólo el listado de mártires hispanos, sino inclusive el de militares romanos ejecutados por no ceder en su fe en Cristo, donde despuntarían San Sebastián, San Jorge de Capadocia, San Mauricio y la Legión Tebana, incluyéndose en la misma los supuestos padre  y hermanos de los mártires emeritenses, San Marcelo, San Emeterio y San Celedonio, respectivamente.






Destruidas al parecer por unos pastores en 1.920 las tallas de los mártires, así como la imagen mariana depositada en la santa capilla contigua, el abandono del templo comenzaría a darse a comienzos del siglo XX, tras disminuir paulatinamente la devoción que recibía. Suprimido el culto, caería en ruina el edificio hasta llegar del mismo a nuestros días tan sólo la planta del inmueble, los muros de evangelio y epístola, parte del ábside, vestigios de la cenefa que circundaría el interior de recinto sacro a modo de decoración, así como parte del lucido interno y externo que cubriría paredes y bóvedas del templo y anexos, ocultando la fábrica pétrea de edificio. La base del torreón que, a los pies de la ermita, seguramente sirvió de campanario, acoge hoy, derruido gran parte de la construcción primitiva, un vértice geodésico al que poder ascender, como antaño se hiciere al campanile, a través de una escalera de estrecha abertura que recorre la planta cuadrada de lo que fuese sacra atalaya, convertido, amén de su uso topográfico, en mirador privilegiado desde el cual poder observar no sólo la plenitud de la Sierra de San Serván, sino además las moles de otras serranías cercanas que, junto a la primera conforman las sierras centrales de la provincia pacense, hasta alcanzar la mirada la Sierra Grande de Hornachos. Las llanuras del valle del Guadiana, los cultivos de las Vegas Bajas, las siluetas de localidades como Calamonte o la propia Mérida se suman a tan extraordinaria visión que hacen del paraje un enclave único donde poder apreciar y sentir la comunión entre naturaleza y patrimonio cultural en una ermita que, a pesar de su ruina, sigue revestida de la religiosidad que sirvió para escribir renglones no sólo en la historia de Arroyo de San Serván, sino también de Mérida y su comarca y, por ende, de toda Extremadura.

- Cómo llegar:


Arroyo de San Serván, ubicado en la comarca de Tierra de Mérida y distanciado por apenas 14 kilómetros de la capital autónoma, se mantiene unido tanto a la urbe emeritense como a la capital provincial a través de la autovía nacional A-5, figurando el pueblo al Sur del trazado de la misma. A través de la carretera BA-012 nos acercaremos al municipio, tomando en la primera rotonda de bienvenida la tercera salida. Esta vía, que nos desvía hacia el Este, figura como modo de acceso a la Casa Rural "Los Pozitos", enclavada a los pies de la Sierra de San Serván. Siendo recomendable dejar nuestro vehículo en la zona habilitada para el aparcamiento junto a la entrada al complejo turístico, parte de allí el sendero que alcanza la cumbre del Cerro de San Serván, fácilmente reconocible por la ubicación en ella de una serie de antenas y repetidores de señales televisivas.



Siguiendo en todo momento el camino, de considerable anchura pero de firme bastante pedregoso y resbaladizo en ocasiones, alcanzaremos la cúspide. La Ermita de los mártires San Germán y San Serván comparte cima con el conglomerado de antenas allí existentes. El monumento, erigido junto a un borde del cerro, mirando su ábside hacia poniente, se encuentra al final de una bifurcación que, a nuestra derecha, veremos que parte para bordear las casetas y repetidores por su zona sur. Tras andar junto a las alambradas que circundan y protegen el paso a los mismos, alcanzará nuestra mirada los restos del antiguo recinto sacro.



Aunque pudiera parecer lo contrario, el camino que sube hacia el Cerro de San Germán atraviesa un terreno de titularidad privada. Si bien la entrada y ascenso está permitido, sin que exista vallado que superar, en caso de que el lector decida visitar la ermita, lanzamos las siguientes recomendaciones:

1) Respetar en todo momento las propiedades de la finca, como vallados o cercas, intentando no salirse de los caminos marcados.
2) Respetar la vegetación y cultivos de la misma, sin realizar ningún tipo de fuego ni arrojar basura alguna.
3) Respetar al ganado que habitualmente hay pastando en la zona, y en caso de encontrarse con animales que lo protejan, no enfrentarse a los mismos.
4) Si observamos que se están practicando actividades cinegéticas (caza), abstenernos de entrar.
5) Si nos cruzamos con personal de la finca o nos encontramos con los propietarios de la misma, saludarles atentamente e indicarles nuestra intención de visitar el monumento, pidiendo permiso para ello. En caso de que no nos lo concediesen, aceptar la negativa y regresar.



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