jueves, 24 de noviembre de 2011

Puente romano de Alconétar


Arriba: en época de grandes lluvias, cuando la cola del embalse de Alcántara alcanza el curso del arroyo Guadancil, las aguas vuelven a inundar los nuevos terrenos donde se ubica el puente de Alconétar, tras desplazarlo de su emplazamiento habitual, recuperando parte del espíritu que este monumento tuvo cuando, sobre el antiguo cauce del río Tajo, servía de pasarela a los viajeros de la Vía de la Plata.

Cuando los ingenieros de la Antigua Roma toman en sus manos el proyecto de construir una vía de comunicación que uniera el Norte y el Sur de la Península Ibérica, ahora bajo el nombre de Hispania, en su lado occidental, y más concretamente como unión de las ciudades de Emérita Augusta (actual Mérida) y Astúrica Augusta (Astorga), siguiendo el trazado de una antigua ruta que desde siglos atrás ya unía estas regiones centrales activando el comercio y las relaciones culturales de los pueblos prerromanos, surgen diversas dificultades relacionadas con la variedad orográfica de los terrenos que en sus  313 millas romanas (más de 463 kilómetros), esta vía iba a atravesar.

Desde largas llanuras y suaves colinas hasta altos puertos de montaña, el trazado del que entonces se denominase "Iter ab Emerita Asturicam", posteriormente conocido como Vía de la Plata, vería su mayor dificultad en cuanto al número de corrientes fluviales que tenía que salvar, comenzando el mismo camino con un puente, sobre el río Albarregas, a la salida de la capital de la provincia de Lusitania por su lado norte, camino de Norba Caesarina (actual Cáceres), y de las tierras ubicadas más allá del Sistema Central.


Arriba: con 290 metros de largo y posiblemente más de 12 ojos, el que fuera el puente más majestuoso y relevante de aquéllos que poblaban la Vía de la Plata conserva hoy en día cuatro de sus arcos y resto de más de cinco de sus pilares.

Entre Emérita Augusta y Astúrica Augusta eran decenas los cursos fluviales que el caminante y las caravanas encontrarían en su trayecto, topándose desde arroyos de cauce estacional, habitualmente sin agua en meses estivales, hasta grandes ríos de profundas cuencas y fuertes corrientes. Si el nuevo camino quería ofrecer un trayecto ininterrumpido entre las comarcas interiores hispanas por las que discurría, tanto para el viajero y comerciante como para las tropas que en casos de necesidad debieran moverse rápidamente entre regiones, debía estar preparado para poder superar todo tipo de ribera en cualquier época anual, preveer cualquier crecida del nivel de sus aguas y enfrentarse a las embestidas de posibles riadas que hicieran peligrar inmuebles y vidas de los transeúntes.

Poco a poco, y a lo largo de los primeros siglos de nuestra era, la Vía de la Plata va adquiriendo su aspecto definitivo, no sólo a través del acabado de su íntegro trazado y construcción de la vía en sí, sino fundamentalmente a raíz de completar una serie de infraestructuras que permitieran un recorrido sin interrupciones a través de la misma. Prácticamente con cada nuevo gobierno y emperador, la vía se implementa con alguna nueva obra de ingeniería que permite además de la mejora y enriquecimiento monumental del camino, servir como propaganda a los nuevos gobernantes que logran de esta manera publicitar sus mandatos a través de obras destinadas al uso por el pueblo. Desde Octavio Augusto hasta Valente, y fundamentalmente con Trajano y Adriano, los emperadores nutren a la vía con nuevos miliarios o puentes, o bien restauran los anteriores desgastados por el uso ininterrumpido de los mismos, en otros casos superados por el auge de esta línea de comunicación que reclama obras preparadas para un mayor tránsito de caminantes y vehículos de tracción animal.



Arriba y abajo: los arcos 1 (en la imagen superior), y 2 (imagen inferior), si contamos los vanos desde la orilla derecha, son junto a los nº 3 y 5 los únicos conservados del Puente de Alconétar, caracterizándose éstos primeros además por ser los que conservan su factura romana, frente a los siguientes, reconstruidos durante el medievo.



Entre Emérita Augusta y Caelionicco (mansio ubicada cerca de la actual Baños de Montemayor), en los terrenos por los que discurría el "Iter ab Emerita Asturicam" en la zona que actualmente correspondería a Extremadura, son doce los puentes que, al parecer, se habían levantado al servicio de la Vía de la Plata, salvando los cauces del Albarregas, junto a los muros de Mérida, los río Aljucen y Ayuela, el arroyo de Santiago, los ríos Salor y Almonte, el Tajo, el arroyo Riolobos, el río Jerte, la garganta Buitrera, el arroyo Romanillos y el río Ambroz. Más allá del Sistema Central, otros tantos viaductos salvaban las aguas de diversos cursos fluviales, destacando principalmente el puente sobre el río Tormes, en Salmantice o Salmantica (Salamanca), aún en uso en la actualidad a pesar de sufrir varias riadas, como la de San Policarpo en 1.626, que han conllevado la reparación de algunos de sus arcos.

De todos los cursos fluviales que la Vía de la Plata debía salvar en su trayecto hacia las tierras del Norte, sin duda el más problemático sería el del río Tajo. Conocido como Tagus por los romanos, nombre que parece proveer del árbol taxus o tejo en castellano, el río Tajo presentaba no sólo un ancho y profundo cauce, sino además una fuerte y rápida corriente a menudo sorprendida por crecidas y riadas propias del río más largo de la Península Ibérica, con aportaciones de numerosos afluentes en ambos de sus márgenes que lo convertían en un cauce cuya travesía conllevaba cierta peligrosidad. Atravesarlo era indispensable para poder continuar el trayecto emprendido junto a la ribera del también destacado río Anas (actualmente Guadiana), que ya contaba con un puente de más de 700 metros de longitud y que destacaba por ser el más largo de Hispania y el segundo del Imperio.



Arriba: el arco tercero del Puente de Mantible une la segunda rampa de espesor con el primero de los pilares del viaducto, conservado igualmente aunque parcialmente deteriorado.


Arriba y abajo: aspecto que presenta el arco tercero del puente visto aguas abajo (imagen superior) y aguas arriba (imagen inferior), apreciándose en las imágenes restos de las cornisas que decoraban el monumento, así como las muescas destinadas a la sujeción de andamiajes.


Para atravesar el río Tajo se decidió levantar un puente en una de las pocas zonas de fácil acceso para caminantes y carruajes, y relativa baja profundidad de un cauce habitualmente encajonado entre colinas y sierras escarpadas. El punto de desembocadura del río Almonte en el río Tajo sería el enclave escogido, lugar donde además se ubicaba la mansio Túrmulus, tercera parada desde la salida de la capital lusitana hacia el Norte, a 66 millas de la misma, y primera desde abandonar en ese mismo sentido la colonia de Norba Caesarina. Aquí se edificaría el que sería llamado Puente de Mantible, posteriormente de Alconétar, con una longitud, según se cree, de más de 290 metros de largo, contando con más de doce arcos, dieciséis e incluso diecinueve para otros estudiosos, que harían de esta obra la más destacada de toda la Vía de la Plata, y unos de los puentes más relevantes de Lusitania junto al construido en Emérita Augusta sobre el Guadiana, y el levantado también sobre el cauce del Tajo, aguas más abajo y perteneciente a la localidad de Alcántara, con la mitad de arcos y sin llegar a los 200 metros de longitud, aunque de mucha mayor altura (hasta 48 metros).

Sin conocerse con exactitud la fecha de su construcción así como la autoría de esta obra de ingeniería, la noticia de la existencia de un miliario en su cabecera, desaparecido actualmente, fechado en época de Tiberio ha llevado a algunos autores a datarlo durante mencionado reinado. Sin embargo, las soluciones arquitectónicas empleadas en el puente, especialmente el uso de arcos escarzanos, hace pensar en su edificación años más tardes, posiblemente en época de Trajano o de su sucesor Adriano, emperadores de origen hispano que dieron gran importancia a esta vía de comunicación. Algunos estudiosos apuntan hacia Apolodoro de Damasco como el posible autor de este monumento, gran arquitecto sirio que sirvió a Roma ejecutando algunas de las más reconocidas obras arquitectónicas y de ingeniería romanas de finales del siglo I d.C y comienzos del siglo II, como el puente sobre el río Danubio, el más largo de todo el mundo romano, o la artística Columna de Trajano, en Roma. Según otros, la obra se debería al ingeniero Lucio Vivo, por similares fechas.



Arriba: el quinto arco del puente aparece aislado en la actualidad, tras haber desaparecido el cuarto de los vanos, uniendo los pilares segundo y tercero.
Abajo: aspecto que presenta el tercer pilar aguas arriba, el mejor conservado de los varios que han llegado a nuestros días, algúnos de los cuales se observan a su izquierda, con la altura original intacta en su tajamar, y aún embellecido por la triple cornisa que decoraba esta obra de ingeniería.



El puente de Mantible o de Alconétar contaba con una anchura de 6,60 metros, que permitiría el paso de dos carruajes al mismo tiempo, fabricado a base de sillares graníticos de regulares dimensiones (ancho de 0,45 metros) y pronunciado almohadillado en muchas de sus caras vistas. Los pilares contaban además con un interior a base de opus caementicium, nombre dado al hormigón romano que posteriormente era revestido con mencionados sillares graníticos usados a su vez en arcos y tajamares. Justamente arcos y tajamares presentan las características más originales de esta obra de ingeniería. Los primeros por su diseño como arcos escarzanos o segmentales, solución arquitectónica derivada del arco de medio punto donde la curvatura no llega a formar un semicírculo, y cuya luz en este puente iba en aumento según nos acercamos a los vanos centrales, alcanzando los 15 metros de longitud. Los segundos por su división en cuerpos rematados con cornisas, que comparten con el pilar al que pertenecen y van adosados.

Los pilares cuentan con un grosor medio de 4,25 metros, alcanzando una altura, que es la del puente, de 12,50 metros, divididos en tres tramos de diferente hilada de sillares que dan lugar, en la parte superior de cada uno de ellos, a una cornisa rematada en moldura de gola. El cuerpo o tramo inferior, mayor que los dos sobrepuestos a él, es el de mayor altura, apareciendo en los costados perpendiculares al trazado del puente hasta siete muescas donde ensartar los andamiajes. Al lado contrario al tajamar, aguas abajo, aparecen espolones convexos, rematados igualmente por la triple hilada de cornisa, que aumenta lo originalidad y belleza de las soluciones arquitectónicas usadas en la construcción de este monumento.



Arriba: el cuarto pilar aparece actualmente muy deteriorado y aislado, a pesar de haber llegado a comienzos del siglo XIX unido por un arco al pilar tercero, tal como presentaba Laborde en su grabado de 1.802.
Abajo: vista meridional del pilar cuarto donde se aprecia el material de construcción utilizado en esta obra romana, con opus caementicium en el interior de los pilares, rodeado de diversas hiladas de sillares graníticos regulares.



Desde su construcción en época romana, el Puente de Alconétar siguió intacto y en uso durante varios siglos más, al  parecer hasta la llegada a su altura de los límites de los reinos cristianos del Norte peninsular que, con el transcurrir de la Reconquista, habían alcanzado la orilla derecha del río Tajo en el siglo XIII. Una vez reconquistada Coria en 1.142 por Alfonso VII de León, y afianzada la presencia cristiana en la ciudad durante el reinado de Alfonso IX, será éste quien decida continuar con el avance de sus tropas hacia el sur, orientándolas hacia la conquista de la plaza de Cáceres. Es en ese contexto bélico cuando los dirigentes andalusíes, obrando en defensa de los territorios que bajo su mandato ocupaban, deciden destruir seis de los ojos del puente de entre los más cercanos a la orilla izquierda del río, donde aguardaban a las tropas leonesas en aquella población que había surgido sobre los restos del Túrmulus romano, y que tomó el nombre de Alconétar, traducido al castellano como "puente pequeño", cuya fortaleza, levantada sobre el promontorio de Rochafría, controlaba el paso de los transeúntes que aún más de diez siglos después seguían circulando por la Vía de la Plata, y cuyo torreón tomó el nombre de una legendaria princesa musulmana que allí encontró el amor entre uno de los Pares de Francia enviados a la zona por Carlomagno: la princesa Floripes.

Tras lograr llevar Alfonso IX de León sus tropas hasta las puertas de Cáceres, a través del Puente de Alcántara, la villa de Alconétar, con el puente que tomaba su nombre, pasaban igualmente a manos cristianas, entregándose a la Orden del Temple hasta que en 1.258 vuelve a manos del poder regio. Los habitantes de la villa, tras una histórica riada del Tajo, abandonan la localidad para instalarse en la vecina Garrovillas, perteneciente a la primera y que desde entonces pasaría a llamarse Garrovillas de Alconétar, en cuyo término municipal se ubican los restos de la fortaleza y del puente. Este último sería primeramente reparado por los templarios, bajo cuyas órdenes fueron reconstruidos los arcos 1 y 3, perdurables en la actualidad, así como el pilar número 5, de mayores medidas que los demás y conocido popularmente como "Mesa del Obispo", erigiendo sobre él un torreón defensivo. Poco tiempo duró la obra, entre 1.230 y 1.257, malograda ante las crecidas y riadas constantes de un río inquieto que impidió igualmente el éxito de otras restauraciones posteriores, como las planteadas durante los siglos XVI y XVII, y la ejecutada en madera a mitad del siglo XVIII.



Arriba: el quinto pilar, más conocido como "Mesa del Obispo", difiere de los demás en cuanto a sus dimensiones, así como en la práctica carencia de sillares almohadillados si es comparado a los demás, resultado de su reparación por los templarios que hicieron del mismo un torreón para control del paso.
Abajo: en el margen izquierdo se conservan escasos restos del Puente de Alconétar, limitados a los vestigios de un último pilar, así como de otro grupo de sillares graníticos amontonados junto a él.


Hasta la construcción de un nuevo puente en 1.927, atravesar el río Tajo por esta zona quedaba en manos de las llamadas Barcas de Alconétar, negocio en manos de los Alba y Aliste que intentaban impedir la reconstrucción del puente romano, o la edificación de un viaducto nuevo, en pro de su negocio. Hasta el siglo XX, muchos fueron los que, incluso montados en barca, no lograban alcanzar la orilla contraria a aquélla en la que habían embarcado, naufragando a merced de un rápido y caudaloso cauce, peligroso en diversas épocas del año. Se tiene testimonio de diversas comitivas regias que sufrieron volcados de barca, como las del rey Juan II en el siglo XV, o la de la infanta Catalina, hermana de Carlos I, en 1.525. Tal peligrosidad hizo que la Vía de la Plata se viera interrumpida durante varios siglos entre las localidades de Cáceres y Plasencia, surgiendo como caminos alternativos dos rutas a tomar desde Mérida, cruzando el río Tajo bien por el Puente de Alcántara, al que se llegaba desde Cáceres, o tal vez por el Puente de Almaraz, tras atravesar Trujillo.

En 1.969 queda también este puente de los años veinte inutilizado ante la crecida del nivel de las aguas del Tajo, encajonadas por el embalse de Alcántara II. Los restos de la mansio Túrmulus, los vestigios del puente romano sobre el río Almonte y la fortaleza de Alconétar quedarán acuáticamente sepultados, salvándose apenas la Torre de Floripes que, en época de baja pluviosidad, dejará ver la parte alta del edificio. Los restos del Puente de Mantible serán sin embargo desplazados, ubicados seis kilómetros al Norte de su enclave original, en una pradera regada por los arroyos Guadancil y del Sapo.



Arriba: como vestigios más meridionales del Puente de Alconétar subsisten apenas un grupo de sillares amontonados y completamente desligados de su contexto original.
Abajo: junto a la cabecera sur del Puente de Mantible aparece un miliario anepigráfico en pie y con basa labrada en la misma pieza, bloque granítico que ronda el metro de altura.



En la actualidad, con casi dos mil años de antigüedad y cerca de ochocientos desde el principio de su destrucción, el Puente romano de Alconétar se nos presenta como una pequeña muestra majestuosa de la gran obra de ingeniería que fue, con vestigios de la estructura que alcanzaba en la orilla derecha del río Tajo, conservándose cuatro de sus arcos, dos rampas de espesor, y restos de más de cinco de sus pilares. De estos cuatro arcos, los dos más septentrionales harían las funciones de vanos de salida de agua en épocas de crecida del cauce del río. Junto a ellos tenemos las dos rampas de espesor, partiendo de la más meridional el tercero de los arcos, primero de los propiamente ubicados sobre el lecho del río, y considerado una reconstrucción medieval a mano de los templarios, como ocurre con el arco tercero y último de los existentes. De los pilares hay que destacar la supervivencia de restos de los cinco primeros que encontraríamos entrando en el puente desde la orilla izquierda, destacando el tercero de ellos por conservar en buen estado su tajamar y la altura original de la obra. Ya en la orilla derecha, junto a otros sillares amontonados hoy en día en una especie de túmulo que bien pudieron pertenecer a un séptimo pilar, rampa de espesor, u otra porción del puente ubicada en esa orilla meridional, aparecen vestigios de un sexto pilar.

Curiosamente junto a los restos que del Puente de Alconétar se conservan, aparece en el lado meridional de su reconstrucción un miliario anepigráfico en pie. Son varios los miliarios que se ubicaban en las cercanías del Puente de Mantible, en su localización original, destacando entre ellos uno fechado en época de Tiberio y actualmente desaparecido, y otro salvaguardado en los depósitos del Museo Provincial de Cáceres. Diversos miliarios anepigráficos se conservan a lo largo del trazado de la Vía de la Plata por esta zona, especialmente cerca del Túnel de Cantalobos, o en el Cerro de la Horca. El autor de este blog no ha logrado descubrir el origen del miliario que actualmente se encuentra junto a los vestigios meridionales del Puente de Alconétar, ni si su ubicación allí se debe a un traslado conjunto al puente desde el enclave original de los mismos, a una reutilización de un miliario cercano, o si bien estamos ante la presencia de un miliario de nueva fábrica que ornamenta hoy en día el monumento.

El puente romano de Mantible o del Alconétar fue declarado Monumento Histórico en 1.931, actual Bien de Interés Cultural con la categoría de Monumento (Gaceta de Madrid nº 155, de 04 de junio de 1.931).



Arriba: aspecto detallado que presentan los muros del Puente de Alconétar, bellamente decorados con triple cornisa rematada en moldura de gola, y profundo almohadillado en la mayoría de sus sillares.
Abajo: vista tomada desde lo alto del tercer arco, primero sobre el lecho del río, desde donde poder apreciar la altura de los pilares, así como la estructura de sus tajamares, de planta triangular y pronunciado ángulo que cortaban las aguas vertidas sobre el Tajo.


Cómo llegar:

Trasladado piedra a piedra como medida de salvaguarda ante la crecida que experimentarían las aguas del río Tajo por la construcción de la presa alcantarina, el Puente romano de Alconétar se ubica actualmente junto a la cola del pantano que conllevó su desplazamiento, junto al trazado de la carretera nacional N-630, en la orilla derecha de este internacional río ibérico. Una vez cruzado el cauce de los ríos Almonte y Tajo, si avanzamos desde Cáceres hacia Cañaveral, veremos los restos del puente antes de alcanzar el desvío que nos conduce hacia Portezuelo, carretera denominada EX-109 y que nos guía hasta Coria. Si tomamos esta vía regional, encontraremos cerca de la cabecera del puente una calzada que nos permite aparcar en la zona y visitar este monumento que aún nos recuerda con su majestuosidad, a pesar de su gran deterioro, la grandiosidad que un día llegó a alcanzar y de la que pudieron disfrutar aquellos viajeros a los que servía como  punto clave en la Vía de la Plata.

El enclave original donde se ubicó el Puente de Mantible queda bajo las aguas del embalse de José María de Oriol-Alcántara II. Igualmente desde la carretera nacional N-630, antes de atravesar el puente sobre el río Almonte y en la orilla derecha del Tajo, podemos desviarnos hacia un camino desde el que podremos observar, en épocas estivales o de baja pluviosidad, los restos del almenado de la Torre de Floripes, que igualmente se atisva desde la estación de ferrocarril del Río Tajo, muy cercana a este punto. En una zona cargada de historias y lugar clave donde se vivió la historia, los restos de este torreón parecen no querer sucumbir ante la inmensidad del agua embalsada, manteniéndose firme y emergiendo sin cesar para hacernos recordar la relevancia de un enclave que no quiere perecer en el olvido de los tiempos ni desaparecer de la memoria de los pueblos.



Arriba: la parte superior de la Torre de Floripes asoma en épocas de bajo caudal del Embalse de Alcántara, sirviendo como recordatorio que rememora la relevancia que este enclave tuvo desde épocas remotas, cuartel de las tropas de Bruto, punto de paso de la Vía de la Plata, enclave disputado durante la Reconquista, base de leyendas sobre un Fierabrás que Cervantes mencionaría en su Quijote, asentamiento de los templarios, sagrario de custodia de cristianas reliquias, y lugar de tránsito de reyes y gente anónima que hicieron uso de una de las mayores obras de ingeniería que Roma construyó en la región y que siglos después se denominaría y conocería como Puente de Mantible o Puente de Alconétar.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Anfiteatro romano de Cáparra


Arriba: vista general de los restos del anfiteatro romano de Cáparra, municipio levantado sobre un previo asentamiento prerromano que alcanzó cierto auge, convirtiéndose en lo que hoy llamaríamos una ciudad de provincias.

"Panem et circenses", o lo que en castellano traduciríamos como "pan y circo", es una locución latina que desde que el poeta romano Juvenal la usara en su Sátira X, no ha dejado de utilizarse en el mundo occidental hasta el día de hoy, en referencia a las políticas populistas que intentan mantener al pueblo alejado de la vida gubernativa. Todo un resumen de los regímenes que llevaba a cabo Roma, especialmente durante la época imperial, dándole al pueblo trigo a bajos precios y entradas gratuitas para los juegos circenses, manteniéndolo así más que conforme y alejado de la vida pública, mientras que practicaban el populismo, o lo que es lo mismo, ganaban adeptos a su causa a través de una fácil y estimada propaganda.

Ganarse al pueblo a través de los juegos circenses u otros espectáculos y maneras de entretenimiento, era ganárselo a base de organizar llamativas galas en el circo, destinado a las carreras de caballos y de carros, de programar un sinfín de exhibiciones animales y humanas y espectáculos sangrientos en el anfiteatro, o incluso de proyectar citas culturales en el teatro, los tres edificios que formaban la trilogía de instalaciones orientadas a divertir al pueblo, pero también destinados a romanizar a las poblaciones conquistadas y alejadas de la capital del Imperio, introduciendo una parte más de la cultura supuestamente superior que les había invadido y que poco a poco les iba sometiendo y dominando.



Arriba: maqueta que sobre la ciudad de Cáparra se expone en el Centro de Interpretación del yacimiento romano, donde se observan los monumentos más característicos de este municipio, incluyéndose entre ellos el anfiteatro, junto a la puerta Sureste del recinto amurallado.

Mientras que tanto el circo como el teatro eran instalaciones de inspiración griega, el anfiteatro aparece como invento plenamente latino, con antecedentes en regiones itálicas cercanas a Roma, destacando Etruria, pero sin precedentes helenos o asiáticos. Sí es griego sin embargo su nombre, que hace referencia al edificio construido a base de unir dos teatros, siendo éstos de planta semicircular, formando ambos un monumento circular u ovalado.  Mientras que el espacio central, llamado arena, se mantenía como el lugar de celebración de los juegos y  punto donde ejecutar los enfrentamientos lúdicos, a su rededor se levantaban las gradas, encerradas entre las dos elipses concéntricas que compondrían el plano del edificio: una interna marcando el espacio destinado a la arena, y otra externa señalando los límites del inmueble. El denominado podio sería la pared que, interiormente, separaría las gradas de la arena, elevadas con respecto al lugar de juego para mejor visión del espectáculo y salvaguarda de los espectadores, que podían situarse en cualquiera de los tres graderíos con que podían llegar a contar estos edificios (inferior, medio y superior). Como en teatros y circos, también el anfiteatro contaba con vomitorios, para facilitar la entrada y salida de los espectadores de los graderíos, y en anfiteatros de gran tamaño y relevancia aparecían además las fosas o dependencias bajo la arena, donde se custodiaban las fieras o se entretejían las labores de mantenimiento de los espectáculos, dando lugar a los espacios reservados para los combates náuticos una vez retiradas las tablas que separaban estos pasillos y espacios de la arena en sí.



Arriba: vista general del anfiteatro romano de Cáparra tomada desde el lugar donde se ubicaría una de las puertas que darían acceso a la arena, en el lado occidental del edificio.
Abajo: en el lado contrario, se conservan los restos de la puerta opuesta que igualmente comunicaría la arena con el exterior, punto oriental desde el que observamos las ruinas del monumento.


Tres eran los tipos de espectáculos que solían celebrarse dentro de los anfiteatros romanos. Los humanos, o combates entre gladiadores, recibían el nombre de "munera". Las "venationes" hacían referencia a los espectáculos animales y luchas entre fieras salvajes, y finalmente las "naumaquias", más excepcionales y poco frecuentes, aludían a los enfrentamientos navales. No hay que olvidar que también los anfiteatros, como espacios públicos que podían acoger a varios miles de espectadores, y donde la arena estaba diseñada para mostrar los eventos que allí tenían lugar a un público salvaguardado, eran el lugar ideal para ejecutar otro tipo de actos, no tan lúdicos pero en ocasiones habituales, y que igualmente podían servir como eventos propagandísticos. Hablamos de los ajusticiamientos de reos y presos, castigos de esclavos o ejecuciones de prisioneros, a base de sangrientas torturas y extremos tormentos con los que intentar amedrentar a esclavos y enemigos de Roma, pero del gusto de una población acostumbrada al derramamiento de sangre en una sociedad donde la vida humana tenía poco o escaso valor.



Arriba: depositados sobre lo que fue la arena de este edificio lúdico aparecen algunos sillares rescatados en las últimas excavaciones, posiblemente vestigios de lo que un día fue el pódium o muro interno del monumento.
Abajo: aspecto general que presenta la puerta oriental del anfiteatro, una de las dos que darían acceso a la arena, bien como Porta Triunphallis, o del Triunfo, o tal vez como Porta Libitinaria, o de los Muertos.



Abajo: vista general de los restos de las gradas sur del anfiteatro, donde se conservan varias de las puertas que permitirían el acceso de los espectadores al edificio, tomando asiento después sobre el tablado de madera que cubriría el terraplén.



Esparcidos a lo largo y ancho de todo el Imperio Romano, los anfiteatros aparecen diseminados por todas las regiones ocupadas por Roma como demostración no sólo de la conquista de las mismas, sino además como una de las armas con la que ejecutar la romanización y aculturación latina de las tierras sometidas. Numerosos son los anfiteatros construidos en la Península Itálica, pero abundan también en lo que fue la Galia o actual Francia, en Hispania, actuales España y Portugal, y un gran número más por otros países mediterráneos, como Croacia, Túnez o Argelia, y en regiones fronterizas del norte de Europa, formando parte del patrimonio histórico de Alemania o Reino Unido. En el caso de España se conservan actualmente más de una decena de anfiteatros, destacando por su buen estado los de Emérita Agusta (Mérida), Itálica (Santiponce) y Segóbriga (provincia de Cuenca), con otros ejemplos en Tarragona, Carmona, Cáparra, Ampurias, Berja, Écija y Cartagena (estos dos bajo las plazas de toros de mencionadas localidades), Málaga  y Córdoba (ambos en excavación). Lugo, León y Astorga podrían también conservar restos de sus anfiteatros, pendientes de estudio.

Mientras que el anfiteatro romano de Mérida destaca por ser de entre todos los conservados en España uno de los que mejor estado muestra en la actualidad, el anfiteatro de Cáparra, de mucho más modestas dimensiones, fábrica más pobre y peor estado de conservación es también destacable por ser, junto al primero y sin olvidar el anfiteatro romano de Conimbriga (Portugal), los tres únicos conservados de la antigua provincia de Lusitania, y ya sólo con el emeritense los dos con que cuenta la actual región de Extremadura.


Arriba y abajo: aspecto que presenta una de las puertas secundarias que, en el lado sur, daría acceso a las gradas desde el exterior, donde se conserva parte del muro construido a base de mampostería (imagen inferior) que serviría no sólo para rematar la entrada, sino además para encerrar el terraplén que serviría de grada.
   

Abajo: vista externa de la puerta descrita anteriormente, con vestigios del amurallado que la cubriría y que haría a su vez de fachada exterior.


Cáparra, Capara o Capera, oppidum de origen prerromano, posiblemente vetón, se ubicaba en el valle del río Alagón, encontrándose  la corriente y vega del río Ambroz cercanas a esta antigua ciudad romana, siendo atravesada de Noreste a Suroeste por la Vía de la Plata, contando el municipio como una de las mansio que ofrecían descanso al caminante que viajaba entre Emérita Augusta (Mérida) y Asturica (Astorga), quinta parada desde que se dejaba atrás la capital de la provincia lusitana. Debido a su existencia previa a la llegada de Roma, la localidad no se encontraba en la lista de las colonias que los nuevos dueños de estas tierras habían levantado en sus recientes dominios. Sin embargo, Cáparra alcanzó el título de municipio romano durante la época de los Flavios, en el tercer tercio del siglo I d.C. (Edicto de Latinidad por el emperador Vespasiano, en el año 74 d.C.), dejando de ser ciudad estipendiaria y convirtiéndose desde entonces sus habitantes en ciudadanos romanos de pleno derecho. A partir de ese momento comienza el despliegue socio-económico y cultural de la ciudad, apoyado por su privilegiada situación como punto primordial de entre aquéllos con que contaba la Vía de la Plata, auge que le permitió ser reconocida como una de las ciudades romanas más destacadas de entre aquéllas situadas entre el río Tajo y el Sistema Central. 



Arriba: también en el lado sur del anfiteatro se conserva una de las cuatro puertas principales del monumento que, incluyendo entre ellas a aquéllas que daban acceso a la arena, se ubicaban en los puntos más lejanos del centro de la elipse que encerraba el espacio destinado al coso.
Abajo: detalle de la puerta central del muro sur donde se aprecian algunos de los sillares y restos de mampostería que darían forma a este acceso principal del anfiteatro.


Fue entonces cuando esta amurallada ciudad de 16 hectáreas creció paulatinamiente en torno al trazado de la calzada que la atravesada, convertida aquí en kardo, levantándose en su punto central y de unión con el decumanus un arco tetrápilo (con cuatro puertas y planta cuadrada), único actualmente en España y símbolo de la ciudad, cercano al foro y a las termas municipales, monumentos que, al igual que este tetrapylum se erigieron a finales del siglo I d. C. y comienzos del siglo II.  También fue en esta época de esplendor y monumentalización de la ciudad cuando posiblemente, y a falta de pruebas, datos o inscripciones fehacientes que lo verifiquen, se erigió a las afueras del recinto amurallado y Este del municipio, cercano a la puerta sureste y junto a una de las tres necrópolis con que contaba la localidad, el anfiteatro romano de Cáparra.

De modestas dimensiones y fábrica humilde, su construcción se planteó de similar manera a la usada por las legiones en aquellos lugares donde acampaban durante largos periodos de tiempo, excavando y allanando uniformemente los terrenos donde se asentaría este edificio, que harían a su vez de arena (careciendo así de fosas subterráneas). Con la tierra obtenida se formaría el muro o terraplén que bordearía la elipse que encerraba la arena, y sobre el que se ubicarían después las gradas, una vez encajonado entre dos muros pétreos que harían de pódium en el interior, y fachada del anfiteatro en el exterior. Sobre este terraplén, cuya idea original era que se fuese petrificando con el paso del tiempo, una tarima de madera haría de grada para los espectadores, que accederían a ellas a través de diversas escaleras y entradas que comunicaban el anfiteatro con el exterior, siendo las cuatro principales aquéllas que coincidían con los cuatro puntos más distantes del centro de la elipse.



Arriba y abajo: construidas con la tierra extraída a la hora de allanar el espacio donde posteriormente se ubicaría la arena, el terraplén que conformaba las gradas del anfiteatro se encerró entre dos muros de mampostería, haciendo el exterior a su vez de fachada, conservándose restos de la misma en el lado sur del edificio.



En la actualidad, y gracias a las últimas excavaciones que se han llevado a cabo en el lugar, incluidas dentro del proyecto Alba Plata de la Junta de Extremadura, se ha recuperado parte del terraplén sur del anfiteatro romano de Cáparra, así como diversos lienzos del muro que exteriormente lo limitaba, sillares del pódium interior, y restos de las puertas de acceso al edificio, tanto las destinadas a los espectadores, como una de las dos orientadas al acceso a la arena y ubicada al Éste del edificio, siendo ésta bien la Porta Triumphalis, o la Libitinaria, de Triunfo o de los Muertos respectivamente. Triunfo seguramente fue del que gozó el gladiador cuya espinillera fue hallada en una de las necrópolis de la ciudad, ocrea de bronce bañada en plata que podemos admirar en una de las vitrinas de las salas dedicadas a Roma en el Museo Arqueológico Provincial de Cáceres.



Arriba: formando parte de uno de los ajuares descubiertos en una de las necrópolis con que contaba la ciudad de Cáparra, se halló esta ocrea o espinillera de bronce bañada en plata, rico aderezo que posiblemente perteneció a uno de los muchos gladiadores que mostraron su habilidad y fortaleza en la arena del anfiteatro romano de la ciudad, consiguiendo alcanzar la gloria y arrancar el entusiasmo de los espectadores.

Cómo llegar:

La ciudad romana de Cáparra, abandonada paulatinamente a lo largo de la Alta Edad Media, nos muestra sus ruinas en plena dehesa de Casablanca, en la mancomunidad de Trasierra-Tierras de Granadilla, entre los términos municipales de Oliva de Plasencia y Guijo de Granadilla, al Norte de la provincia de Cáceres. Cercana a la ciudad de Plasencia, su asentamiento sobre el original trazado de la Vía de la Plata hace que sea fácil acceder a ella desde la A-66 una vez alcanzada la localidad placentina si nos dirigimos hacia tierras castellano-leonesas.

Dejando atrás el desvío hacia Oliva de Plasencia, encontraremos más adelante una nueva salida de la autovía, esta vez hacia Villar de Plasencia, que tomaremos. Ya desviados, cruzaremos sobre la autovía hacia el Oeste, llegando al trazado de la N-630, donde veremos el comienzo de la carretera de Guijo de Granadilla al embalse de Gabriel y Galán. Los carteles indicándonos la proximidad del yacimiento empezarán a aparecer en la misma, en cuyo trayecto encontraremos finalmente las puertas al yacimiento.

El yacimiento de Cáparra y su Centro de Interpretación se encuentran regulados con horario de visitas. Habitualmente abre todos los días del año, pero para más seguridad y control de horas no viene mal ponerse en contacto con el mismo Centro, cuyo teléfono es el 927199485. El arco tetrápilo, por su lado, puede visitarse sin interrupción, al pasar bajo él el trayecto de la Vía de la Plata.



Arriba: vista general del centro urbano de la ciudad romana de Cáparra, presidido por el más destacado de sus monumentos, su arco tetrápilo, junto al que se edificaron las termas del municipio y el foro, haciendo de esta urbe una destacada ciudad dentro de la Lusitania cuyos vestigios fueron declarados Monumento Histórico-Artístico, actual Bien de Interés Cultural con la categoría de Zona Arqueológica (Gaceta de Madrid nº 155, de 4 de junio de 1.931).

jueves, 10 de noviembre de 2011

Tesoros del camino: estela romana de Casas de Belvís


Arriba: hallada en las cercanías de Casas de Belvís, pedanía de Belvís de Monroy, la estela romana que hoy en día decora una de sus viviendas luce no sólo como vestigio histórico de la zona, sino además como todo un emblema del municipio.

Si la llegada de Roma supuso un cambio radical en el horizonte político de la Península Ibérica, escribiéndose a partir de la conquista de estas tierras por las tropas itálicas un nuevo capítulo en la historia de la que aquéllos denominarían Hispania, los cambios no sólo afectaron a los nombres u orígenes de los nuevos gobernantes, sino que incluyeron un nuevo panorama en prácticamente todos los ámbitos de la vida diaria, destacándose entre otros la nueva ordenación del territorio. Hasta su llegada, la ocupación de la tierra había sido más bien una posesión territorial dispuesta por pueblos y grupos, asociados en castros y con eventuales relaciones de diverso índole entre los más cercanos y con similar cultura, que hacían de la tierra su hogar y el espacio del que obtener sus recursos, pero sin establecerse una ordenación territorial en sí, casi inexistente a gran escala. Roma cambiará radicalmente este panorama, financiando la cartografía y la investigación y conocimiento profundo de las comarcas, estableciendo redes de comunicación entre las regiones, y fundamentalmente fundando nuevas ciudades, a veces levantadas sobre antiguos asentamientos, desde las que dirigir la nueva ocupación de la Península, y controlar el nuevo orden territorial al que la misma había comenzado a someterse.

Mientras que Hispania se dividía en diversas regiones, con una capital administrativa al frente de cada una de ellas, dentro de cada división existían a su vez varias urbes de destacada relevancia que, si bien no poseían la importancia administrativa de la que gozaba la capital, sí que podían presumir, según cada caso, de cierta relevancia económica y comercial, la mayoría de las veces lograda gracias a su emplazamiento y ubicación como punto clave dentro de una vía de comunicación. Tal relevancia urbanística facilitaría además el progreso de otros muchos enclaves cercanos que, aunque no llegaban a ser considerados como urbes, sí que mantenían cierta constitución urbanística que fomentaba la ordenación del territorio y, en definitiva, la romanización de las comarcas. Los descubrimientos continuos por nuestros campos de necrópolis, lápidas, monedas o enseres diversos de época romana demuestran no sólo la cercanía de algún antiguo poblamiento o villa, sino además el gran trabajo que Roma efectuó sobre sus posesiones hispanas, organizando y romanizando prácticamente la totalidad de la tierra, llegando a cada rincón de la Península y, por ende, de nuestra región.




Arriba: detalle de la estela romana de Casas de Belvís donde se aprecian los dos bustos en bajorrelieve tallados en la piedra berroqueña que conforma la lápida, desgastados por el paso del tiempo y su exposición a la intemperie.
Abajo: en cinco renglones aparece, bajo los bustos representados en la estela, la inscripción latina funeraria dedicada al personaje para el que se encargó la lápida presente, apreciándose en la esquina superior derecha del espacio dedicado a la epigrafía una luna en creciente, símbolo religioso-funerario habitual en las estelas de la época.




Un ejemplo de esta urbanización alejada de la capital pero de relevancia por su emplazamiento sería la que encontraríamos en Augustóbriga, ciudad romana que más tarde dio en llamarse Talavera la Vieja, municipio de gran importancia histórica que, sin embargo, desapareció no por el paso de los siglos, sino bajo las aguas del embalse de Valdecañas durante los años 60. Punto clave en la vía de comunicación que unía Emérita Augusta (Mérida), con Caesaróbriga (Talavera de la Reina) y Toletum (Toledo), Augustóbriga destacaría en las tierras orientales de la por entonces región de Lusitania, actualmente al Este de la región de Extremadura. Tal importancia se puede apreciar no sólo por la monumentalidad de los edificios de época romana salvados del malogrado pueblo talaverino, sino además por la amplitud y variedad de los vestigios romanos que se hallan por los alrededores, destacando diversas necrópolis y restos de variados asentamientos, como los encontrados en las cercanías de Casas de Belvís, pedanía de Belvís de Monroy fundada en el siglo XV, a dos kilómetros del municipio al que pertenece y de fácil acceso desde Navalmoral de la Mata.

Una de las piezas claves entre las halladas en las cercanías de Casas de Belvís es una estela o lápida romana de material granítico, de corte rectangular irregular y no gran tamaño al medir, aproximadamente, 80 centímetros de altura por 40 centímetros de anchura, donde se aprecian, además de la inscripción latina, dos bustos esquemáticos de rasgos difuminados por el tiempo y la exposición continua de la piedra a la intemperie, y una luna en creciente, siguiendo así los modelos más habituales de los registrados en cuanto a epigrafía romana funeraria se refiere. Sobre los dos bustos en bajorrelieve que figuran en la parte superior de la lápida, ocupando casi la totalidad de la mitad superior, y siendo el izquierdo de menor tamaño que el derecho, el desgaste nos impide hoy en día poder verificar qué personajes son los que están retratados, o bien distinguir su posible edad o género. Probablemente, y tras leer la inscripción de la estela, se trate de dos personajes jóvenes, uno de ellos el titular al que están dedicadas las palabras de recuerdo y cuyo óbito fue la causa de la creación de esta lápida. La inscripción latina dice así: "LUPUS VEGETI AN. XII. H.S.E.T.T.L. TONGETA. TANCINI. FIL. F.C.", cuya traducción viene a decir: "Lupo hijo de Vegecio, a la edad de 12 años, aquí yace, séate la tierra leve. Tongeta, hijo de Tancino erigió este monumento".



Arriba: embutida en uno de los muros externos de la conocida como "Casa de la Morcona", la estela romana de Casas de Belvís no sólo decora las paredes de esta vivienda cercana al cabecero de la parroquia de la localidad, dedicada a San Bernardo de Claraval (a la izquierda de la imagen), sino que embellece además el centro histórico de esta pedanía.


La lápida romana de Casas de Belvís, enclavada hoy en día en los muros externos de la denominada "Casa de la Morcona", muestra además, bajo las figuras y junto a los dos primeros de los cinco renglones que componen la inscripción, grabada con la misma intensidad que la epigrafía y no en relieve como los bustos, una luna en creciente, símbolo que aparece de manera habitual en las estelas funerarias hispano-romanas y que alude a la creencia que presenta a la luna como receptora de almas. Nuestro satélite sería considerado como el primer destino de las almas, tras dejar éstas la zona terrenal para adentrarse en la astral. La luna llegaría a su fase en creciente gracias a las almas luminosas que hacia ella se dirigen. Una vez en fase menguante, las almas allí instaladas pasarían a su destino siguiente: el sol. Una creencia muy arraigada en el mundo romano, pero a su vez entroncada con las creencias prerromanas, clara muestra de la  conjunción que alcanzaron las Hispanias prerromanas y romanas en muchos y variados aspectos culturales, y que podemos apreciar en esta estela, un tesoro para los habitantes de Casas de Belvís, para el patrimonio de origen hispano-romano en Extremadura, y para el caminante que la descubra. Todo un tesoro en el camino.

jueves, 27 de octubre de 2011

Santuario tartésico de Cancho Roano


Arriba: considerado como uno de los mayores hallazgos arqueológicos del siglo XX en España, el yacimiento de Cancho Roano se ubica entre los principales de la región de Extremadura, destacado enclave protohistórico del Sudoeste peninsular.


"Tarsis comerciaba contigo por la abundancia de toda tu riqueza; con plata, hierro, estaño y plomo abastecía tus mercados." (Libro de Ezequiel: Capítulo 27, Versículo12).

Con estas palabras registradas en el bíblico libro de Ezequiel se describían las relaciones comerciales que alrededor del siglo VI a. C mantenían la fenicia Tiro y la ciudad de Tarsis. No es la primera vez que entre los textos que componen el Antiguo Testamento se menciona esta ciudad, a la que unos investigadores han querido situar en el Oriente, decantándose la mayoría sin embargo por ubicarla opuestamente en las costas del sur de la Península Ibérica, identificándola con la capital del antiguo y misterioso reino de Tartessos. En caso de ser esta segunda teoría la correcta, serían estas menciones uno de los pocos testimonios escritos y contemporáneos del reino tartésico de los que disponemos en la actualidad, junto a otros ejemplos heredados por parte de diversos escritores helenos con los que coinciden en puntualizar y resaltar la riqueza metalúrgica de la que se consideró por los antiguos historiadores como la primera civilización de Occidente.



Arriba: vista general de la maqueta que sobre el yacimiento de Cancho Roano guarda el Centro de Interpretación abierto junto al mismo, donde pueden apreciarse en pequeña escala los detalles de su arquitectura y composición de su estructura.

Pocos documentos de la época nos hablan de Tartessos, al igual que poco material, en comparación con el legado por otras culturas, nos ha llegado a nuestros días sobre este reino cuya información a veces está más cerca de lo mítico y legendario que de lo real. Sabemos por algunos escritos griegos que la civilización tartesia se ubicó y desarrolló en el sudoeste peninsular, concretamente en lo que hoy en día serían las provincias andaluzas de Huelva, Sevilla y Cádiz, aunque algunos yacimientos se han encontrado en las provincias limítrofes con éstas, como en la de Badajoz, así como en Cáceres, Toledo y el Algarve portugués, lo cual hace dudar de su total expansión, cuyos confines pudieron alcanzar estas regiones, llegando incluso al Tajo o a Cartagena, aunque posiblemente y más bien hablamos de comarcas influenciadas por la cultura tartésica, demostrando el carácter comercial o mercantil que tenía este reino con los pueblos vecinos, pero también con otros muchos del Mediterráneo, que no dejaron de mencionarlo entre los pueblos más comerciales de toda la cuenca.



Arriba: aspecto que presenta actualmente la puerta de entrada al recinto tartésico, acceso abierto en el frontal oriental tras salvar el foso que rodea todo el conjunto y que nos conduce al patio y al pasillo que circunda el muro del edifico principal, paso a las estancias periféricas.
Abajo: detalle del torreón norte que vigila el acceso al recinto, donde se observa la solidez de su base, fabricada con mampostería.





Al parecer estaba la capital del reino tartesio enclavada en el antiguo estuario del río Guadalquivir, actuales Marismas del Guadalquivir, entre las que se encuentran las de Doñana. Era el río el eje del reino, comunicándose sus habitantes a través de él con las provincias internas, como lo harían en sentido contrario y a través del mar, tras pasar por el Estrecho de Gibraltar, con las culturas mediterráneas. De origen desconocido, se discrepa entre si el pueblo tartesio era fruto de la evolución cultural de las poblaciones locales tras la Edad del Bronce, o bien de una aculturación de las mismas por parte de los fenicios que colonizaban las costas gaditanas. Sí se sabe, sin embargo, que hasta su desaparición misteriosa pasado el siglo VI a.C., esta monarquía jerarquizada con importante clase guerrera, dedicada como el resto de los pueblos de la época a la agricultura, ganadería y principalmente la pesca, tenía la base fundamental de su economía en la metalurgia y el comercio de la misma. Explotaban las abundantes minas del sudoeste peninsular obteniendo de ellas tanto metales preciosos, oro y plata, como plomo, hierro e incluso estaño, aunque este último, necesario para la creación del bronce, era obtenido masivamente gracias a sus relaciones comerciales con las Islas Británicas y las costas atlánticas, convirtiéndose en los grandes exportadores de metales del Mediterráneo, con productos muy estimados y de gran calidad.



Arriba: el foso excavado en la roca mantiene agua en su interior durante todo el año, obtenida tanto del arroyo cercano como del agua de lluvia allí depositada desde el edificio, apreciándose en la imagen las diversas presas que los tartesos construyeron para facilitar esta labor y regular el cauce artificial que habían creado, debido a la ligera inclinación del terreno hacia la vega natural del riachuelo.
Abajo: vista general de la esquina suroccidental del conjunto, donde se puede apreciar la fortaleza del muro que protegía las estancias del edifico principal.




A pesar de la relativa certeza con que se manejan algunos datos sobre Tartessos, como su carácter mercantil y viajero que impulsó un intercambio cultural entre los pueblos mediterráneos y la Península Ibérica, un halo de misterio engloba otros muchos aspectos de la historia y cultura de este pueblo, como el mundo religioso tartésico o, principalmente, su desaparición. Cuenta el historiador griego Herodoto que su último rey, Argantonio, estableció relaciones con los griegos focenses, permitiéndoles fundar diversas colonias en las costas de su reino, donde ya los fenicios habían enclavado varias de sus ciudades. Fenicios y griegos entraron por aquel entonces en guerra, ganada por los primeros que, castigando a los tartesos por su alianza con los helenos, propiciarían la caída de este reino. Sin embargo empieza a pesar cada vez más otra teoría, de diversa raíz, que indicaría una caída de la civilización tartésica propiciada por diversos desastres y cataclismos naturales, fundamentalmente un terremoto y posterior tsunami que haría desaparecer el antiguo estuario del Guadalquivir, y con él la capital del reino de Tartessos.



Arriba: un patio de 50 m2 era la antesala que recibía al visitante antes de que éste accediera a cada rincón del palacio-santuario, cubierto su suelo con arcilla roja y enmarcado por un acerado pizarroso y tres banquetas pétreas contiguas, sólo rotas en la esquina suroeste del mismo, donde se almacenaban materiales de construcción.
Abajo: detalle del sistema de acanalamiento que perdura en el edificio y que permitía el desagüe de las aguas de lluvia hacia el foso circundante.




Esta teoría devastadora no sólo presenta una hipótesis en cuanto al final de Tartessos, sino que para algunos estudiosos permitiría establecer una similitud entre el final del misterioso reino peninsular y el del mítico continente de la Atlántida, barajando la posibilidad de que uno y otro fueran el mismo. Esta teoría intentaría también desentrañar los misterios que a su vez rodean uno de los yacimientos más importantes del mundo tartésico y que se enclava a más de 200 kilómetros del corazón de este antiguo reino. Hablamos del yacimiento de Cancho Roano, o Cancho Ruano, ubicado en el término municipal de Zalamea de la Serena, al Este de la provincia de Badajoz. Declarado Monumento Nacional en 1.986 y Bien de Interés Cultural con categoría de Zona Arqueológica en 1.989, el yacimiento protohistórico de Cancho Roano dio sus primeras señales de existencia en los años 60, cuando el dueño de una de las porciones en que se divide la finca homónima y sobre la que se asienta el monumento empezó a encontrar restos arqueológicos que cobraban importancia según iban aumentando en número y calidad. Con las excavaciones oficiales, comenzadas en 1.978, salía a la luz uno de los mayores hallazgos arqueológicos del siglo XX en España, primordial para entender la cultura tartésica a pesar de seguir hoy en día rodeado de un continuo misterio que impide conocer con exactitud los motivos de su creación, funciones y hechos que propiciaron su desaparición.



Arriba: en la esquina noroeste del patio se hallaron, aunque tapiadas en el momento de la excavación como posible fase del ritual de clausura al que fue sometido el monumento, las escaleras que daban paso al resto del edificio principal, cuyas paredes de adobe estaban levantadas sobre una sólida base de mampostería, recubiertas después con cal y arcilla roja.
Abajo: tras subir las escaleras de acceso desde el patio y superar el espacio de la primera habitación, el visitante entraba en la segunda estancia, pasillo por el que adentrarse en cada una de las demás, sala alargada donde hoy en día se pueden apreciar los restos arquitectónicos de las fases constructivas iniciales del yacimiento.





Edificado sobre la colina del Torruco y orientado hacia el sol naciente, los estudios realizados sobre este complejo monumental parecen indicar que su creación se remonta al siglo VI a.C., prolongándose cronológicamente durante dos siglos más hasta su misteriosa desaparición, centurias durante las cuales el recinto sufrió diversas reformas que llegan a presentar tres fases constructivas, cada una superpuesta a la anterior pero respetando en muchos casos los elementos sobre los que se edificaba, lo cual sirve para plantearse y decantarse en cuanto a la función del yacimiento como de clara tendencia religiosa en un enclave sagrado con construcciones sagradas a respetar que se irían ampliando o modificando según progresaba el culto allí practicado. Frente a esta teoría, o complementándola, aparece la idea de situarnos no frente a un simple santuario, sino delante de un palacio-santuario o complejo arquitectónico donde las funciones sacras se conjugaban con las actividades económicas y artesanales de un edificio desde el cual un aristócrata con poder monetario dirigiría la explotación de la zona, o incluso la organización social de la misma, periferia del reino de Tartessos reactivada tras la caída del núcleo central de esta civilización.



Arriba: las estancias ubicadas tanto en la esquina noroccidental como en la suroeste del edificio principal presentan un menor tamaño que el resto, usadas las primeras (en la imagen) como espacios para custodia de las ofrendas más delicadas que recibía el templo, considerándose las segundas como almacenes a juzgar por los recipientes cubiertos de semillas y aperos allí depositados.
Abajo: la esquina sudeste aparece ocupada por la única estancia cubierta con enlosado, pizarras traídas desde el sudoeste peninsular que amplían el misterio que recae sobre esta sala, posible habitación destinada al personaje principal del santuario.




El aspecto que actualmente presenta el yacimiento correspondería al último nivel o fase constructiva, la más compleja de todas. El conjunto arquitectónico consta de un edificio central de planta cuadrada rodeado por un grueso muro exterior, circundado éste a su vez por un total de veinticuatro estancias, seis por cada lado, a modo de corredor ininterrumpido salvo en su flanco oriental, donde se sitúa el acceso al recinto, flanqueado por dos torreones de planta poligonal y base de mampostería. Igualmente de base pétrea son el resto de las habitaciones, levantándose las paredes con adobe, encaladas después, usándose la arcilla roja para los suelos, y muy probablemente la madera para la techumbre. Una segunda planta pudo coronar el edificio principal, desaparecidos prácticamente por completo sus restos, posiblemente durante el proceso y ritual de clausura al que fue sometido el edificio. Un foso excavado en la roca rodea todo el conjunto, recibiendo las aguas del cercano arroyo Cagancha, que mantiene su caudal durante todo el año.

Una vez sobrepasada la puerta de entrada, un patio de 50 metros cuadrados se abría frente al visitante, desde el cual se podía acceder al resto de las estancias del edificio principal, contando con un total de once habitaciones salvaguardadas dentro de los gruesos muros del recinto. También desde el patio se accedía al pasillo que comunicaba entre sí las veinticuatro habitaciones perimetrales. Un pozo de cinco metros de profundidad se excavó en este atrio, conservándose además en la zona restos del sistema de acanalamiento que recogía las aguas de lluvia para ser sacadas del enclave y reaprovechadas en el foso. Desde el patio frontal unas escaleras daban paso a la habitación primera, ubicada en la esquina noreste del edificio principal. Una vez allí, una segunda habitación o sala rectangular y paralela al flanco oriental, ubicada tras el patio, servía de pasillo por el que entrar al resto de estancias. En esta segunda habitación o gran pasillo se conservan restos de las fases constructivas previas, mantenidas a la vista tras las excavaciones para ilustración de los actuales visitantes. 



Arriba: ubicada en el centro del flanco oriental del edificio principal se encuentra la mayor de las 35 estancias del conjunto, considerada como la principal y más importante de todas, espacio sagrado donde aparecieron los diversos altares utilizados en el culto del santuario, destacando entre ellos el más primitivo de todos, con forma de shen o símbolo egipcio de la protección eterna.


Cuatro habitaciones aparecen en la esquina noroeste, con otro trío de estancias en el recodo sudeste del edificio principal. Las primeras de ellas parecen haber sido utilizadas para la custodia de las ofrendas más delicadas que recibía el santuario, debido a la gran calidad y fragilidad de los objetos allí encontrados. También se encontraron en la zona los restos de un telar. Las otras tres estancias opuestas guardaban diversos elementos y recipientes que hacen pensar en su uso como almacén, con ánforas y fábricas cerámicas rellenas de diversas semillas en dos de los cuartos, y otros objetos de bronce destinados a las labores agrícolas o al utillaje para las caballerías en la más alargada de ellas. En la esquina sudeste del edificio, por otro lado, aparece la única estancia pavimentada del complejo, con lajas de pizarra traídas del sudoeste peninsular, posible habitación destinada al uso y disfrute del personaje principal del palacio-santuario.

La última habitación que nos encontramos dentro del edificio principal se ubica entre las esquinas noroeste y suroeste, considerada como la estancia capital, más amplia, compleja y de mayor importancia del monumento, al haber aparecido allí los diversos altares utilizados en los rituales sagrados que tendrían lugar y celebración en el santuario de Cancho Roano. Este espacio de culto fue el más respetado durante las diversas fases constructivas que sufrió el monumento, apareciendo ante nuestros ojos un área sagrada donde los elementos de las primera y segunda fases constructivas se entremezclan con los de la tercera y definitiva, destacando entre todos ellos un primitivo altar circular con un segmento tangente unido a él, recordando el símbolo shen o anillo shen utilizado por los antiguos egipcios para hacer referencia a lo ilimitado y a la protección eterna, clara muestra de la relación de los habitantes de Cancho Roano con el mundo oriental y la religiosidad y creencias de otras culturas mediterráneas.



Arriba: entre las estancias perimetrales que rodean el edificio principal destacan las ubicadas al Norte (en la imagen) y a Occidente, separadas todas ellas por pequeños muros que encerraban sistemas de acanalamiento a sus pies, y utilizadas por los tartesos como capillas o salas de almacenaje de ofrendas y útiles diversos que componen el grueso de los materiales muebles y tesoros hallados en el yacimiento.


Las estancias perimetrales que circundan el edificio central, consideradas también como capillas, cobran importancia más que por su fábrica o arquitectura, por los elementos hallados en ellas, ofrendas relacionadas en casi todos los casos con los hábitos alimenticios, apareciendo también otras herramientas o utensilios artesanales, destacando los relacionados con la actividad textil, así como diversos adornos personales. Entre todas las habitaciones se sitúan como las mejor conservadas aquéllas orientadas al Norte y Oeste. En una de las estancias occidentales se halló la que es considerada mejor pieza o más destacada de todo el yacimiento, de excelente calidad artística y admirable técnica: la escultura de un equino de bronce. Ésta y las demás piezas aparecieron cuidadosamente depositadas en cada una de las salas del recinto, lo que facilitó su conservación tras la desaparición del santuario. Todo parece apuntar a que su misterioso abandono se produjo tras ser sometido el complejo a un incendio de tipo ritual, más que fortuito, encerrando todos los ajuares, piezas y ofrendas que allí se custodiaban en su interior, sellado después por los tartesos con tierra. Mientras que el fuego propició que el adobe se cociera y endureciera,  la tierra salvaguardó los restos del santuario, propiciando así que decenas de siglos después apareciera ante nosotros en un admirable estado de conservación, recuperando una impensable cantidad de elementos muebles que hoy en día llenan los almacenes del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, exponiéndose sus mejores muestras entre las vitrinas de la sala dedicada a la Protohistoria de la provincia sur extremeña.



Arriba: de 22 centímetros de envergadura, el equino de Cancho Roano muestra una calidad técnica y artística, así como un admirable estado de conservación, que le permiten ser considerado como la pieza más destacable de las descubiertas en el conjunto, fabricado en bronce y formado por dos piezas fundidas entre sí.
Abajo: las vitrinas de la Sala dedicada a la Protohistoria del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz muestran al visitante algunas de las mejores y más destacadas piezas encontradas durante las excavaciones realizadas en Cancho Roano, donde aparecieron gran cantidad de elementos fabricados en bronce, muchos de ellos destinados como utillaje para las caballerías, como el bocado de la imagen.





Recientemente una nueva teoría intenta hacer frente a los misterios que rodean al mundo tartésico en general, y al yacimiento de Cancho Roano en particular. Según National Geographic, Tartessos, Tarsis y la Atlántida son la misma cultura, defendiendo la posibilidad no sólo de que la capital tartesia se encuentre enterrada en las Marismas de Doñana, antigua bahía y estuario del Guadalquivir donde se presupone estaba enclavada la ciudad más destacada de este reino, sino que además plantea la identificación de dicha urbe con la Atlántida, descrita por Platón y ubicada por el escritor heleno más allá de las Columnas de Hércules, o Estrecho de Gibraltar. Si una serie de desastres naturales hicieron sucumbir bajo el mar los dominios de la mítica ciudad, al igual que un posible tsunami pudo hacer desaparecer de la historia la ciudad de Tarsis, una y otra pudieron ser la misma. Cancho Roano cobra importancia en este punto, pues si ya es todo un misterio los motivos de su fundación y las funciones para las que fue erigida, pudiera resultar que todo ello estuviera en directa conexión con la desaparición tanto de Tarsis como de la Atlántida, apareciendo el santuario como enclave que recogió a diversos habitantes que sobrevivieron al final del corazón del reino de Tartessos, queriendo reproducir a escala inferior la estructura de su malograda capital, rodeándola de un foso como la original estuviera rodeada del agua del estuario, y dotándola de una estructura a base de anillos concéntricos en cuyo interior se encierra el enclave más sagrado y lugar de culto, disposición que pudiera igualmente haber tenido la capital del reino y que también utilizó Platón a la hora de describir el ordenamiento urbanístico de la ciudad de los atlantis. El enlosado de la habitación del sudeste con pizarra de la costa, así como el altar en forma de anillo shen, de origen egipcio como egipcio era el origen atlante, respaldaría esta teoría que, siendo acertada o no, sí que permite una vez más resaltar el valor del yacimiento de Cancho Roano, joya arqueológica sin par de nuestra región.




Arriba: la relación del reino de Tartessos con el resto de culturas mediterráneas queda bien patente en la gran cantidad de cerámica griega que se ha recuperado en el yacimiento de Cancho Roano, contabilizándose alrededor de doscientos ejemplares cuyos mejores ejemplos pueden apreciarse en las vitrinas del Museo Arqueológico de la capital pacense (en la imagen).
Abajo: además de ánforas, recipientes para el almacenaje, bronces y herramientas diversas, también en Cancho Roano se descubrieron pequeñas piezas de orfebrería, delicados adornos y auténticos tesoros que deben su riqueza no sólo al material utilizado en su fábrica, como los adornos áureos de la imagen, sino además a sus orígenes exóticos y diversos, destacando cuatro escarabeos egipcios, una cabeza púnica vítrea, o un aríbalo de Naucratis.




Cómo llegar:

El santuario tartésico de Cancho Roano se enclava dentro del término municipal de Zalamea de la Serena, localidad del Oriente pacense que dista apenas varios kilómetros del yacimiento tartésico. Enclavado en la finca homónima, rodeado de encinares y pequeñas colinas, el monumento nos aguarda en una zona relativamente llana de la comarca de la Serena a la que fácilmente podemos acceder desde la carretera EX-114, que une la localidad de Quintana de la Serena con aquélla a la que pertenece el santuario.

Para llegar a Quintana de la Serena desde las principales ciudades extremeñas es recomendable alcanzar la autovía A-5, y una vez en ella dirigirnos hasta Don Benito por la autovía autonómica EX-A2. Una vez llegados por esta vía, u otra alternativa, a la localidad donbenitense, la carretera EX-346 nos conduce hasta Quintana de la Serena, encontrando el acceso al yacimiento pasada la localidad camino de Zalamea de la Serena en el arcén derecho, debidamente indicado.

Un camino preparado nos llevará hasta el palacio-santuario, apareciendo previamente ante nosotros la zona de aparcamientos y el Centro de Interpretación habilitado para un mejor conocimiento del monumento. El teléfono de contacto del mismo, donde podremos informarnos en cuanto a horarios o consultar cualquier duda que surja previa a la visita, es el 629 23 52 79.
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