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sábado, 13 de enero de 2024

Imagen del mes: estatua orante del obispo Ponce de León, en la catedral de Plasencia

Acogida por una gran hornacina a modo de capilla funeraria elaborada por Mateo Sánchez de Villaviciosa, junto al altar mayor de la catedral Nueva de Plasencia y en el presbiterio de la misma por su lado del evangelio, la estatua orante del obispo Pedro Ponce de León, labrada en piedra por el artista castellano Francisco Giralte, no sólo cubre la tumba de uno de los más reseñables dirigentes de la diócesis placentina, sino que se ofrece a la par como una de las más excelsas obras escultóricas del Renacimiento extremeño, así como, posiblemente, la mejor estatua de índole funerario con que cuenta nuestra región.

Plasencia (Cáceres). Siglo XVI (ejecutada entre 1.573, tras el fallecimiento del obispo, y 1.576, año de defunción del artista); arte renacentista.

Arriba: nacido en Córdoba en 1.510, y fallecido en la localidad cacereña de Jaraicejo el 17 de enero de 1.573 -tal y como reza en el epitafio extendido a través del friso que, bajo frontón semicircular y figura del Creador, corona la capilla funeraria episcopal elaborada por el artista granadino Mateo Sánchez de Villaviciosa a petición de los testamentarios de D. Pedro Ponce donde, bajo arco casetonado de medio punto enmarcado por dos pilastras corintias, se cobija la estatua y tumba del que fuera obispo placentino: "Aquí yace el ilustrísimo Señor Don Pero Ponce de León, obispo que fue de esta Santa Iglesia e Inquisidor General; falleció en la villa de Jaraicejo, a XVII días de enero de 1.573 años"-, D. Pedro Ponce de León tomaría posesión de la diócesis placentina el 26 de enero de 1.560, tras el fallecimiento un año antes de su predecesor en el cargo, D. Gutierre de Vargas Carvajal, personaje al que no sólo relevaría como sumo dirigente del obispado de Plasencia, sino también como gran mecenas renacentista de la diócesis, terminando muchas de las obras arquitectónicas y artísticas iniciadas durante el mandato de Vargas Carvajal y encargando o dejando dinero para otras que vinieran a enriquecer el obispado, así su propio mausoleo donde, siguiendo nuevamente la estela de D. Gutierre, se depositara en manos del afamado artista palentino Francisco Giralte la labra de la estatua orante que viniera a cubrir su féretro, pudiendo así Extremadura contar con una obra mortuoria del insigne escultor renacentista discípulo de Berruguete que ya elaborase los cenotafios tanto del obispo previo como de los padres de éste, ubicados éstos sin embargo en el panteón familiar con que los Vargas contasen en pleno corazón de la villa de Madrid, en lo que hoy se conoce como Capilla del Obispo, formalmente capilla de Nuestra Señora y San Juan de Letrán, adosada a la madrileña iglesia de San Andrés. 

Arriba y abajo: planteada como imagen de bulto redondo y elaborada en mármol blanco de origen italiano -según el erudito Vicente Paredes; en alabastro del país según la historiadora Rocío García Rodríguez-, la estatua orante que viniese a cubrir el sepulcro del obispo placentino D. Pedro Ponce de León seguiría el planteamiento ya observado en otras esculturas funerarias renacentistas, donde el personaje retratado, lejos de figurar yacente y sin vida, se presenta vivo, orando, con las manos juntas y de rodillas, dirigiendo su mirada hacia el altar en una demostración tanto de su fe en la religión católica como de su humillación ante su doctrina, sin que por ello se prescinda, sin embargo, de la representación de los más ostentosos elementos materiales con que el personaje contase en vida, quedando así inmortalizada a su vez la categoría social y económica que el mismo llegase a alcanzar durante su estancia en este mundo, pudiéndose de esta manera apreciar entre las trazas escultóricas de la presente obra mortuoria la riqueza de las vestiduras del obispo (arriba) -aflorando los bordados de la casulla entre los fabulosos pliegues logrados sobre la piedra por el artista-, la valía de los anillos que pueblan los dedos del clérigo, o la suntuosidad del reclinatorio que antecede a la figura (abajo), dotado de bajorrelieves por sus respectivas caras donde varios personajes angelicales portan diversos emblemas relacionados con el difunto o la muerte de éste -así una mitra, un incensario o una calavera-, cubierto a la par de un rico encaje sobre el que se deposita, sobre almohada, un libro litúrgico abierto por el Salmo 88 -observado por Rocío García Rodríguez y centrado en la oración y solicitud de la misericordia divina ante el sepulcro-, asomando tras el mencionado mueble tanto el báculo episcopal como la mitra del obispo, sostenida ésta sobre un pequeño pilar que viene a cerrar la composición y simbología del conjunto escultórico por su esquina trasera derecha. 

Abajo: arrodillada la figura del obispo sobre un cojín, sostenida a su vez sobre un estrado de dos gradas que, simulando el suelo o tarima que acoge al personaje, sirve en realidad como cierre superior del sepulcro episcopal, aparece el frontal de tal pavimento decorado con casetones rectangulares y ovales a los que antecede, sostenido por dos figuras juveniles andróginas, semirrecostadas y ataviadas con túnicas, el blasón del obispo, coronado por el capelo episcopal y centrado por las armas del mismo, dividido en cuatro cuarteles donde, en los lugares primero y cuarto, se observa el emblema de los Córdoba, apellido paterno donde tres franjas de gules o rojo cruzan un campo de oro, protagonizando las divisiones segunda y tercera el escudo de los Ponce de León, con un león rampante junto a las cuatro franjas verticales del apellido Aragón, quedando así atestiguada a perpetuidad la identidad del personaje aquí depositado, igualmente reflejada mediante similar escudo sobre el arco que centra la capilla funeraria, o en el epitafio que la corona, siendo un epígrafe en latín el que, por su parte -protegido por rejería y recogido por el insigne José Ramón Mélida-, vendría a firmar la cara exterior del zócalo o propio sepulcro en sí, hablándonos nuevamente de la personalidad allí custodiada y la obra legada por ésta: DOMINUN PETRUM PONTIUM A LEONE SANCTAE HUIUS PLACENTINAE PRAESULEM PIENTISSIMUM ET MERITISSIMUM OMNI VIRTUTE ET NOBILITATE GENERIS PRAECLARUM INQUISITOREM GENERALEM SANCTA FUNCTUM VITA POST INSTITUTA SIBI ANIVERSARIA ET CAPELLANIA ET EPICOPATUS PAUPERES TESTAMENTO HAEREDES RELICTOS ET VIRGINES ORPHANAS IN PERPETUM HONESTISIMA DOTE IUVATAS HAEC BREVIS CAPIT URNA VIXIT ANNOS 63 OBIT D.I IANVARII M.D.LXXIII. 

jueves, 30 de junio de 2022

Imagen del mes: portada renacentista del antiguo Palacio Prioral, hoy en la iglesia de San Esteban, en Puebla del Prior

 

Expuesta hoy como puerta de acceso por el lado de la epístola al templo parroquial dedicado a San Esteban de la localidad de Puebla del Prior, los vestigios de la antigua portada del inmediato Palacio Prioral, hoy prácticamente desaparecido, se ofrecen no sólo como un recuerdo de la vinculación histórica que mantuviese la villa porreta con la Orden de Santiago, sino fundamentalmente como una excelsa obra del renacimiento extremeño, cuyo llamativo compendio de veneras labradas entre sus piezas de naturaleza marmórea bien pudiera hacerla merecedora, simulando el caso salmantino, del título de "portada de las conchas" de la Baja Extremadura.

Puebla del Prior (Badajoz). Siglo XVI; arte renacentista.


Arriba y abajo: felizmente salvada de una total destrucción, venta o expolio, ante cuyos peligros ya denunciase la situación de desamparo en que se encontraba la antigua portada prioral D. Adelardo Covarsí, cuando supiera éste de la demolición provocada de tal obra durante los primeros años del último gobierno republicano, las restantes piezas pétreas preservadas de esta fábrica -cumplimentadas las faltantes por relieves marmóreos de nueva talla- conforman hoy en día la puerta de acceso por el lado de la epístola de la parroquia de San Esteban, edificada a fines del siglo XV siguiendo el mandato de García Ramírez Villaescusa, por entonces prior del Priorato de San Marcos de León, dimensión religiosa de la Provincia santiaguista de León a la que administrativamente Puebla del Prior perteneciese, dentro del Partido de Llerena, desde que la misma fuese fundada en 1.257 por el prior santiaguista Martín García bajo mandato del Maestre Pelayo Pérez Correa, determinando Garci-Ramírez la prolongación de la obras, erigiendo junto al templo un palacio prioral de aspecto castrense que, dilatada su ejecución a lo largo del siglo XVI, viniese a sustituir un primitivo caserón santiaguista en deficiente estado, sirviendo de novedosa sede a la Orden y aposento de los caballeros y priores santiaguistas durante las visitas de los mismos a la población, elaborado el monumento en un estilo renacentista hermanado con el ya visto en otras obras decretadas por tal personaje, así el Palacio Episcopal de Llerena, centrando el dintel de acceso constituido de dovelas el escudo del Priorato de San Marcos de León, ocupando el interior del blasón un león mirando hacia la izquierda, dibujada tras él la cruz santiaguista, coronado el mismo por un capelo y abrazado por sendos ramos de borlas, a seis por lateral, destinado habitualmente tales elementos de la heráldica episcopal a los obispos, demostrando así la categoría diocesana de que disfrutaba este priorato, exhibido tal blasón igualmente desde mencionado palacio prioral llerenense, así desde la misma portada de la que fuese sede prioral principal, sita en el conocido como Convento de San Marcos de León en la ciudad leonesa.

Arriba y abajo: abrazado el conjunto por dos pilastras, subdivididas éstas a su vez en dos secciones correspondientes a cada uno de los cuerpos de que se conforma la obra, quedan coronados ambos fustes con capiteles de corte renacentista donde se conjugan los elementos tomados de los órdenes arquitectónicos clásicos -así las volutas o las hojas de acanto en los capiteles compuestos de los pilares bajos; abajo-, rematados los superiores con sencillos pináculos tras superar la cornisa de coronamiento del cuerpo superior, repetida ésta por duplicado sobre el vano adintelado de acceso, enmarcando un friso que supone la separación entre ambas secciones arquitectónicas, ocupado el mismo por una serie de catorce veneras repetidas a lo largo y ancho de las jambas que conforman la puerta en sí, con cinco filas horizontales de tres conchas cada una -abajo, siguiente-, sumando así treinta veneras más que junto a las ocho del propio dintel y las seis que figuran en el cuerpo superior del conjunto edilicio -desaparecidas posiblemente dos de ellas en la cúspide de las bandas laterales donde se ubican-, hacen un total de cincuenta y ocho conchas vinculadas por el peregrinaje y el Apóstol Santiago, patrón de la Orden mecenas del monumento, llamando la atención no sólo la repetición sino fundamentalmente el alto número que de las mismas pueden contemplarse en el bien mueble, sin que por ello dejen de aparecer otros elementos ornamentales propiamente renacentistas tomados del clasicismo igualmente labrados sobre la obra, inscritos éstos en la sección central del cuerpo supremo, así dos grandes tondos cuyos motivos internos se han visto semiperdidos, superados a su vez por tres medallones ocupados por bustos masculinos cubiertos con cascos, siendo mascarones los que sustentan las finas columnas que sostienen el epígrafe que remata esta sección interna alcanzando la cornisa de cierre, semiborrada la inscripción original tanto por la erosión como por la destrucción de piezas primigenias, donde quizás se hablase de la fecha de ejecución y artífices de la misma, en todo caso imborrable el estar ante toda una joya del renacimiento de Extremadura.

viernes, 25 de febrero de 2022

Colaboraciones de Extremadura, caminos de cultura: Las troneras de cruz y orbe en los escudos de Trujillo, en Extremos del Duero

 

Tiempo atrás, mi amigo y colega bloguero Jesús López, administrador del blog Extremos del Duero, compartió conmigo una imagen tomada en Trujillo de la portada de la que fuera dehesa de los caballos de la ciudad, en la que se podía apreciar el blasón municipal, observándose curiosamente una versión mariana en la cual la Madre de Dios parece figurar dándole el pecho al Niño. Iconografía, si bien no extraordinaria, sí poco común, que en Extremadura puede admirarse, por ejemplo, en la escultura ofrecida como patrona de la ciudad de Plasencia, bajo el título de Nuestra Señor del Puerto, o en el lienzo que representando a la Virgen de la Leche se conserva en el interior de la iglesia parroquial de la Consolación, en Arroyomolinos, tal y como ofrecimos en agosto de 2.012 desde este mismo blog.

Paseando recientemente por las calles trujillanas, caí en la cuenta del generoso número de escudos municipales que pueden apreciarse entre las vías y rincones de Trujillo, pareciéndose adivinar dentro de unos de estos blasones otro relieve mariano basado en el amamantamiento de Jesús sobre los muros de la iglesia de San Pedro, observación que quise compartir con mi colega. Verificada finalmente la inexistencia de tal expresión artística en mencionada obra,  aprovecharía la ocasión para compartir con él la pequeña colección fotográfica que pude formar basada en tales emblemas municipales, sumando ocho más a la serie iniciada por Jesús con el ejemplar de mencionada dehesa comunal, revelándose el casco urbano trujillano como uno de los enclaves municipales extremeños de los que entre sus rincones más ejemplares de escudos locales históricos pueden descubrirse.

Ojeando las imágenes, Jesús caería sin embargo en un detalle nuevo: la amplia figuración de troneras de cruz y orbe en muchos de los relieves donde, figuradamente, se representa la plaza fuerte trujillana supeditada por la Virgen que, legendariamente, apareciese milagrosamente sobre los contornos de la población en el momento de su reconquista definitiva en 1.233, a manera de auxilio hacia las tropas cristianas de Fernando III de Castilla. Bautizada así como Virgen de la Victoria, sería ésta el posterior germen de la advocación mariana tomada como patrona del lugar. Troneras de cruz y orbe de las que nos hablará Jesús a través de un reciente artículo que os invito a descubrir, mientras os dejo con la pequeña colección de escudos de la ciudad que pueden fácilmente atisbarse mientras se pasea por entre las calles y contornos de esta joya urbana extremeña, acertadamente declarada Conjunto Histórico-Artístico mediante decreto 2223/1962, de 5 de septiembre de mencionado año.

http://extremosdelduero.blogspot.com/2022/02/las-troneras-de-cruz-y-orbe-en-los.html

Arriba y abajo: ocurrido el milagroso suceso, al parecer, sobre la portada conocida hoy como del Triunfo (arriba), donde la legendaria intervención mariana ayudase a las tropas cristianas, como la nomenclatura indica, a tomar definitivamente la ciudad frente a los musulmanes el 25 de enero de 1.233, se conserva en la cara interna del posterior arco gótico de acceso una hornacina ocupada por una escultura labrada en la segunda mitad del siglo pasado de la que fuese bautizada como Virgen de la Victoria, advocación mariana que en Trujillo se forjase a raíz de tal presunto acontecimiento vinculado con este punto del entramado urbano trujillano, instalado primitivamente un lienzo que a partir del siglo XVI reflejase una iconografía ya dispersa por la ciudad a través del blasón que se diseñase como escudo de armas de la ciudad, conservado el más antiguo de entre los múltiples blasones municipales que campan entre las calles y recovecos de la población en la cara intramuros del denominado como arco de Santiago (abajo), por su conexión con la iglesia dedicada a tal apóstol, adivinándose en éste, fechado en el siglo XIV, una esquemática imagen mariana dentro de lo que fuese una estructura castrense, observándose por el contrario sobre la portada inscrita a los pies del templo de románicos inicios anexo, en el considerado segundo más antiguo escudo municipal, la ya característica simbiosis entre María y la ciudad fortificada (abajo, siguiente), con la Madre de Dios centrando el relieve, elevadada sobre un recinto amurallado y abrazada por dos altos torreones.


Abajo: fuera del recinto amurallado, en la neurálgica Plaza Mayor de la ciudad, puede observarse sobre la portada principal de la emblemática iglesia de San Martín el primero de los variados escudos municipales que podremos apreciar paseando entre las vías históricas de la ciudad extramuros, apareciendo enmarcada por un alfiz y sobre el escudo del obispo Pedro Ponce de León inscrito en la portada renacentista de los pies de mencionado templo, el blasón cuyo flanco inferior queda oculto bajo el remate circular que corona el frontón que supedita la puerta de mediodía del monumento (abajo), inscrito también dentro del alfiz que circunda la portada de entrada al templo dependiente del convento de San Pedro un nuevo ejemplar heráldico (abajo, siguiente), en el lateral de la epístola de tal capilla datada en el siglo XVI, dando por su parte a la cercana calleja de San Gregorio, en su apertura hacia la plazuela del Prior de Quiroga, un nuevo escudo municipal coronado con remate pétreo, inmerso en los muros del que fuese convento de Santa Clara, fundado en 1.533 y hoy Parador de Turismo, en la unión de éste con la que fuera iglesia del cenobio y templo de San Clemente (abajo, tercera imagen).


Abajo: dirigiéndonos hacia el Sur de la población, consta la portada de la iglesia adscrita al que fuera convento de San Francisco, abierta a los pies del templo, de una cuidada decoración de base renacentista donde destacan, enmarcados por un alfiz y en derredor de una hornacina ocupada por la escultura del santo titular, los escudos imperial y de la ciudad, siendo este segundo (abajo), posiblemente, el ejemplar más rico en cuanto a ornamentación de los conservados dentro de la localidad, destacando en derredor de las figuras de que se compone el mismo, un acompañamiento coronado por un querubín, sitos seres mitológicos propios del plateresco entre las esquinas, labrado un mascarón bajo las murallas de la ciudad, descubriéndose a no mucha distancia, sobre la portada de acceso al actual edificio consistorial trujillano, antigua alhóndiga del lugar, el escudo que a partir de 1.566 diera la bienvenida al pósito de la localidad (abajo, siguiente), desde 1.888 al palacio concejil, elaborado en un estilo renacentista mucho más sobrio que el expuesto en el ejemplar anterior.


Abajo: abandonando el centro histórico trujillano, inscritas en los derredores del mismo quedaban las conocidas como Dehesas de los Caballos y de las Yeguas, sita la primera junto a la carretera de Madrid, abierta la segunda en las inmediaciones de la carretera de Cáceres, dotadas ambas de portadas aún conservadas en cuyos frentes figurarían, en sendos casos, el escudo municipal junto al real del momento de edificación, imperial de Carlos I en el caso de la Dehesa de los Caballos, fechado en 1.535 y colocado entre los blasones del municipio y de los Vázquez de Cepeda (abajo), figurando en el edificio de la Dehesa de las Yeguas el escudo de Felipe II a la siniestra, el municipal a la diestra (abajo, siguiente), datados en 1.576 y formando parte de un excelente diseño renacentista que acoge el posiblemente más alejado de los ejemplares de armas del concejo trujillano que pueden atisbarse dentro del casco urbano de la localidad, si bien a varios kilómetros de distancia hacia el Noreste, sobre el río Almonte y actual límite fronterizo entre los términos municipales de Torrecillas de la Tiesa y Jaraicejo, sorprende sobre el conocido como Puente del Cardenal, en el templete erigido frente a la rampa destinada a uso ganadero y punto de unión entre las dos fases constructivas del bien (abajo, tercera imagen), un nuevo ejemplar de armas trujillano fechado en el siglo XV y cumplimentado con el real de Felipe IV en el siglo XVII sobre él, hablándonos de la vinculación del inmueble con el concejo trujillano, comprometido con su construcción mediante escrito fechado en 1.460, dependiendo del viaducto para su conexión con Castilla y Madrid, declarado recientemente, en 2.019, Bien de Interés Cultural mediante Decreto 172/2019, de 5 de noviembre.


viernes, 27 de agosto de 2021

Joyas de las artes plásticas de Extremadura: Dama de Regina, o diosa Juno del yacimiento reginense, en el Museo Arqueológio Provincial de Badajoz

 

El 14 de julio de 2.010 tenía lugar, con presentación en directo a los medios de comunicación y autoridades competentes incluida, la extracción formal de una recién hallada escultura enterrada junto a los vestigios de lo que fueran los tres templos que en el foro de la ciudad romana de Regina sirvieran antaño al culto hacia la denominada Tríada Capitolina. Junto a la exposición de una también descubierta cabeza broncínea de un sacro bóvido, cuyos cortos cuernos plantea el estar ante la testa de un toro o ante la imagen de un buey,  la exhumación de la escultura marmórea supondría el broche de oro a las excavaciones que durante aquella campaña arqueológica veraniega prolongaban los trabajos científicos que en el yacimiento reginense, cercano a Casas de Reina, se llevaban dando de manera prácticamente continua desde que a comienzos de los pasados años setenta D. Mariano del Amo y de la Hera inaugurase las mismas, centrándose entonces en la zona teatral, prolongándose a partir de 1.978 hacia otros puntos de la antigua ciudad latina, dándose a conocer en 1.988 parte del área forense de la urbe, centrándose los estudios sobre ésta durante las campañas efectuadas entre 2.008 y 2.012. Poco a poco iba viendo la luz el municipio del que, ya en 1.789, haría mención el jesuita D. Juan Francisco de Masdéu en el tomo VI de su "Historia Crítica de España, y de la Cultura Española en todo género", ubicándolo en los terrenos que por entonces ocupaba la aldea pacense de San Pedro de Villacorza, dato respaldado por el ilustrado gijonés D. Juan Agustín Ceán Bermúdez en su "Sumario de las antigüedades romanas que hay en España, en especial las referentes a las Bellas Artes", publicado en 1.832 póstumamente a la muerte de su autor. 

Regina Turdulorum, ciudad de la Beturia Túrdula, inscrita en el Conventus Cordubensis de la provincia de la Baetica, sería fundada al parecer a comienzos de nuestra era adquiriendo el estatus de municipio durante el reinado de Vespasiano, en torno al año 74 d.C. Bajando la población, declarada la Pax Augusta, al llano desde lo alto del llamado cerro de las Nieves, donde hoy se levanta el castillo de Reina y antaño se erigiese un oppidum, tal concesión supondría la construcción de un foro propio para una urbe de tal categoría, sita ésta junto a una relevante vía de comunicación entre Emérita Augusta (Mérida) y Astigi (Écija), conectando la vega media del Guadiana con la cuenca media del Guadalquivir, cercana a zonas mineras e inserta en las fértiles tierras de lo que hoy es la extremeña Campiña Sur. Sus datos históricos, sin embargo, no son abundantes, no teniéndose más noticias de la ciudad desde que en el 619 se dirimiese un pleito entre ella y Celti (Peñaflor; Sevilla) en el II Sínodo Hispalense, donde se reunirían convocados por San Isidoro de Sevilla los obispos de la Bética en pleno dominio visigodo. Abandonada posiblemente a raíz de la llegada a la península de los musulmanes, sus edificios irían poco a poco cayendo en el olvido, devastados por el abandono y el paso del tiempo hasta que, reconquistada la comarca, se reaprovechasen las viejas estructuras del teatro romano para la edificación de la iglesia dedicada a San Pedro en la recién creada aldea homónima al primer Obispo de Roma, reutilizados muchos de sus materiales a lo largo de los siglos en la erección o complementación de edificios cercanos, figurando así sillares almohadillados en las bases de la alcazaba regina, capiteles o restos de fustes en los aledaños de la iglesia de San Sebastián y ermita del Ara, en Reina y Fuente del Arco respectivamente, o piezas marmóreas inscritas en las parroquias de Casas de Reina o de Valverde de Llerena, así una inscripción en el muro del evangelio de la iglesia de Santiago Apóstol casarreña, o una columna como peldaño en la portada abierta a los pies del templo valverdeño de la Purísima Concepción.

Arriba y abajo: partida en dos porciones, desconociéndose la fecha exacta de la fragmentación, la estatua designada a representar la diosa Juno y diseñada aun en bulto redondo para ser exhibida frontalmente desde probablemente el altar que centrase la cella del templo dedicado a la reina del Olimpo en el área forense de Regina, muestra al sacro personaje sentado, vestido con túnica sobre la que cae desde la cabeza un manto o palla que termina cubriendo las piernas de la deidad, otorgándole así un aire de solemnidad que el autor supo plasmar sobre mármol procedente de la zona lusa de Borba-Estremoz, ayudando este dato vinculado con su naturaleza, observándose igualmente similar técnica escultórica sumada a la comunión entre pose y proporciones anatómicas de la fémina representada, a la vinculación final de sendas porciones llegadas al Museo Arqueológico Provincial de Badajoz en dos momentos y por vías diferentes, preservada hasta 2.010 la pieza superior sepultada entre los vestigios forenses del yacimiento reginense (arriba), reutilizada su porción inferior presuntamente en el siglo XVII a fin de labrar sobre la cara posterior del mismo -perdiendo casi la totalidad del escaño sobre el que descansase la diosa- el que fuera escudo de D. Sancho de Paz el Viejo (abajo), destinado a todas luces al convento de San Buenaventura o San Francisco de la ciudad llerenense, fundado bajo el patronazgo de tal familia y donde el ilustre personaje planteara instalar el panteón familiar, posiblemente quedando en su capilla ubicado el blasón hasta el derribo de gran parte del inmueble monacal una vez desomortizado el mismo.

Adquirida a un anticuario cacereño por el Ministerio de Cultura en 1.987, pasaría el 19 de junio de 1.987 a formar parte de los fondos del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz una pieza reutilizada en la Llerena del Siglo de Oro como material marmóreo donde labrar un escudo señorial, atribuido al que fuera Contador Mayor de Castilla durante el reinado de los Reyes Católicos y tesorero de la Casa de Contratación de Indias en época de Carlos V,  D. Sancho de Paz el Viejo. Procedería ésta presuntamente -y concordando con los datos citados en el contrato de compra, donde se indica la toma de la misma del derribo de un convento gótico llerenense, terminando en manos particulares locales hasta la transacción al negocio cacereño referido- del convento franciscano de San Buenaventura o de San Francisco, cuya sede definitiva fuera concluida en 1.540 bajo el patronazgo del ilustre personaje mencionado, que deseaba fundar allí su capilla-panteón familiar, suprimido el cenobio a raíz de la Real Orden de Exclaustración Eclesiástica de 25 de julio de 1.835, posteriormente desamortizado hasta devenir la desaparición de gran parte del edificio. Cincelados en un blasón cuartelado torreones en sus cuarteles primero y cuarto, tres rombos a sinistra en los dos restantes, el interés principal de la pieza, sin embargo, no recaería en la divisa heráldica expuesta, sino en la propia pieza marmórea en sí, esculpida la obra patronímica en la cara posterior de una antigua escultura, adivinándose por el flanco contrario al escudo lo que debieron ser las piernas de una representación humana sentada, vestida con túnica antepuesta por manto y correspondiente, a todas luces, a una figura femenina sedente, bien algún personaje relevante de la época de fabricación, fechada durante el dominio romano, o inclusive alguna deidad expuesta o adorada en la cercana ciudad de Regina, de donde se supuso que podría ser originaria la obra, sin disponer de detalles sobre su hallazgo pero conociéndose el expolio constante al que era sometido desde antaño el yacimiento latino. La supuesta respuesta a la incógnita, aunque con más de veinte años de tardanza, llegaría finalmente al desenterrarse la escultura que aguardase junto a los templos forenses de la antigua urbe. Alcanzando el metro de altitud, de un tamaño algo superior al natural, se basaba la misma en la representación de la mitad superior o torso de un personaje femenino velado cuya pose, dimensiones representativas antropomorfas, cincelado y naturaleza marmórea originaria de la zona Borba-Estremoz casarían con las características mostradas por la pieza llerenense. Bautizada inicialmente como Dama de Regina, su identificación con la diosa Juno terminaría no sólo planteándose sino, rápidamente, cobrando valor, siendo exhumada de entre los terrenos adyacentes a la parte trasera del templo más oriental de aquéllos identificados como sede de la veneración a la Tríada Capitolina, formada por Júpiter, Juno y Minerva, respaldada la devoción a la diosa del matrimonio en la ciudad bética por un altar dedicado a ésta descubierto en el mismo teatro del municipio. 

Arriba y abajo: excavada la zona forense de la ciudad de Regina a partir del año 1.988, los campañas centradas en ella, especialmente aquéllas ejecutadas entre 2.008 y 2.012, sacarían a la luz los vestigios de tres templos de planimetría prácticamente idéntica (arriba), con 14,20 metros de longitud y 7,10 metros de anchura cada uno, separados entre ellos por un pasillo de 0,60 metros de ancho que les llevaría a ser identificados como área sacra destinada a la veneración de la conocida como Tríada Capitolina, diseñado cada edículo como edificio tetrástilo, con cuatro columnas al frente sobre un bajo podio de mampostería donde descansan pronaos y cella, antecedidos por baja escalinata compuesta de entre cuatro y cinco escalones graníticos, cumplimentados por columnas marmóreas de orden corintio que sitas en las esquinas reforzadas por sillares de cada estancia hacen de cada monumento una simbiosis entre los diseños próstilo y períptero, siendo tras la naos del inmueble más septentrional (abajo) -derecha visto el conjunto desde su frente- donde se descubriese en el verano de 2.010 sepultado el torso de la que diera en llamarse Dama de Regina, hasta el momento la pieza mueble principal de entre las rescatadas en el yacimiento romano que brilla por su riqueza patrimonial en plena Campiña Sur.

Coronada con diadema, con el cabello rizado partido por la mitad y mostrando sus rizos recogidos caer tras los oídos, de ojos almendrados y vestida con lo que pareciese stola con mangas abotonadas y anudada bajo los senos sobre la que queda antepuesta una palla o manto que cae desde su velada cabeza, privada de antebrazos y diseñada según los cánones clásicos, la Dama o diosa Juno de Regina recuerda, cumplimentado el torso con las piernas desmembradas, la representación de otras deidades femeninas olímpicas, así la diosa Ceres que fuera hallada entre los restos del teatro romano emeritense, identificada sin embargo ésta últimamente según algunos autores con la emperatriz Livia, cuya tradicional imagen idealizada, aún tocada con velo como sacerdotisa augustal, refleja su carácter matriarcal, otorgado igualmente a la reina del Olimpo como matrona primordial de la cultura greco-latina. Simbiosis entre la idealización de lo sagrado, la humanización de los dioses y la vinculación de los más altos valores morales con los personajes, sacros o terrenales, más relevantes, que podemos contemplar en el ejemplar reginense, destacando entre los tesoros muebles descubiertos en el yacimiento primordial de la Campiña Sur, cuyo catálogo amplían por su relevancia histórica y artística los tres bustos rescatados del pozo inscrito en el área forense, dedicados al emperador Trajano, al posible genio velado del municipio, así como a un príncipe de la dinastia Claudia que algunos han querido identificar con un joven Claudio. Esperando éstos aún a ser expuestos, la Dama de Regina, sin embargo, cuenta desde el 22 de junio con su espacio propio en el patio mudéjar del palacio de los Condes de la Roca, sede el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, exhibiéndose no solamente el torso descubierto en 2.010, sino junto a éste la pieza adquirida en 1.987 que el público podía contemplar desde años atrás en la sala dedicada a Roma de la galería museística, asumida la pertenencia primitiva de ambas fracciones a una misma escultura, aceptada la teoría que respaldase con un detallado estudio el arqueologo Andrés Fernando Silva Cordero, relevándose como toda una joya del patrimonio arqueológico romano español así como de las artes plásticas heredadas por nuestra región.



Arriba y abajo: conocida desde antaño la riqueza arqueológica del yacimiento reginense a pesar de no ser hasta el siglo XVIII cuando el mismo fuera identificado con la ciudad de Regina Turdulorum, el expolio de sus vestigios sería una constante a lo largo de los siglos, reaprovechándose, como se hiciese con la parte inferior de la estatua forense de la diosa Juno, muchos de los tesoros muebles o elementos constructivos de los añejos inmuebles latinos en la erección o complementación de monumentos posteriores, tal y como aún hoy en día puede apreciarse en varias de las localidades de la Campiña Sur que circundan la zona ocupada antaño por la urbe romana, conocida como Torre de los sillares aquélla que, en el vértice más oriental de la alcazaba de Reina (arriba, primeras dos imágenes), exhibe en su base piezas graníticas que, por su almohadillado, puede suponerse el provenir de la ciudad que un día floreció a los pies del cerro donde se asienta la islámica fortaleza, restando en los aledaños de la iglesia dedicada a San Sebastián, en la también localidad regina (arriba, imagen tercera), un destacado capitel que bien pudiera haberse recuperado de los restos de algún edificio monumental que se irguiera en el antiguo municipio, conservado un ejemplar de más modestas dimensiones y estilo jónico, junto a otros restos marmóreos y posibles retazos de fustes, en el patio interior del complejo religioso-rural donde queda inscrita la ermita de Nuestra Señora del Ara, en las cercanías de Fuente del Arco (abajo, y siguiente), siendo un fuste marmóreo también el que aún hoy sirve de escalón de entrada en la portada renacentista abierta a los pies y bajo la torre-fachada gótico-mudéjar de la parroquia dedicada a la Purísima Concepción de Valverde de Llerena (abajo, imagen tercera), inscrita en el lado del evangelio de la también gótico-mudéjar parroquia de Santiago Apóstol, en Casas de Reina, la lápida dedicada a Calpurnius y al hijo de Varo (abajo, imagen cuarta), siendo un posible altar el expuesto junto a otros marmóreos restos de fustes en el lado de la epístola de la iglesia dedicada a Nuestra Señora de la Asunción de Valencia de las Torres (abajo, imagen quinta), pudiendo en este caso pensarse, dada una mayor lejanía con el yacimiento reginense, en una proveniencia más cercana al mismo, quizás alguna villa o santuario circundante a la antigua ciudad latina, como también se baraja en el caso de la ermita del Ara, o como seguramente sea el caso visto ante los retazos romanos reutilizados en la parroquia de la Purísima Concepción de Granja de Torrehermosa (abajo, imagen sexta), recogidos éstos quizás de la antigua Arsa o Municipium Lulium Ugultuniacum, enclavado en lo que hoy es la localidad de Azuaga.






martes, 7 de abril de 2020

Imagen del mes: Capilla del Palacio de Monsalud, en Almendralejo


Conocido popularme por ser el lugar de nacimiento del poeta romántico D. José de Espronceda, acaecido éste el 25 de marzo de 1.808, el Palacio de Monsalud, recuperado como sede del Ayuntamiento almendralejense desde que éste lo adquiriese por permuta con la Secretaría General del Movimiento en septiembre de 1.978, reinaugurado como tal en abril de 1.983  una vez finalizada la restauración que le devolviese el esplendor perdido tras el estado de abandono en que caería al verse el inmueble abandonado después de haber pasado por manos de Falange Española y ser edificio estatal destinado a diversos usos comunitarios, deriva en la que se hallase  al ser enajenado en 1.929 por los herederos de la familia fundadora, los Marqueses de Monsalud, artífices de su erección a mediados del siglo XVIII, habitándolo hasta el fallecimiento del V Marqués de Monsalud en 1.910, guarda entre sus rincones auténticos detalles artísticos y joyas patrimoniales como los vestigios de la primitiva capilla del lugar, abierta al patio porticado central y engalanada por un friso dotado de policromados relieves escultóricos donde se alternan los motivos religiosos con diversos blasones entre barrocos angelotes, putis y volutas, bajo una simulada cúpula gallonada cuyo diseño se repite en el previo tramo abovedado que corona la escalera que da acceso al antaño sacro recinto de la residencia palaciega, la más conocida de entre aquéllas subsistentes en el casco histórico de Almendralejo.
Almendralejo (Badajoz). Siglo XVIII; estilo barroco. 



Arriba y abajo: desde el patio porticado que a modo de claustro centra el monumental inmueble palaciego almendralejense de Monsalud, bordeada por la misma colección seriada de azulejos que rematan las paredes circundante del mismo, una alta portada de trazas comparables a las que enmarcan el acceso a la escalinata de comunicación con la planta superior del edificio, da inicio a las escaleras de subida a la antigua capilla del lugar (arriba), convertida hoy en zona de paso hacia la estancia destinada a sala de informática del concejo de la ciudad, toda vez que en el lateral derecho del sacro habitáculo fuese abierto un portón hacia una de las cámaras de la vivienda, posiblemente durante alguna de las muchas reformas edilicias que ha vivido el bien, a juzgar por el recorte de la decoración que ocuparía el remate superior de tal paso, preservada por el contrario la práctica totalidad de la restante ornamentación escultórica policromada que, fabricada en material blando como yeso o escayola y fijada a las paredes semejando formar parte de las mismas, rodean fundamentalmente el punto último destinado primigeniamente a altar (abajo), apreciándose centrando el muro final como si de un mismo retablo que culmina el ábside se tratase la imagen en bulto semirredondo de la Inmaculada Concepción (abajo, siguiente), tocada de los tonos azulado y bermellón con que en consideración a sus virtudes humana y llena de gracia respectivamente se le suele artísticamente representar, supeditada sobre un globo terráqueo donde y bajo sus pies queda aplastado el ofídico maligno como portadora del Salvador del mundo, sostenida la orbe por un trío de querubines mientras que es otro pareado de seres celestiales en relieve el que porta sobre la Madre de Dios la corona que la identifica como Reina de los cielos, purificando su presencia con inciensario un dúo de ángeles, expuestos uno por cada lado de la sagrada figura, ofrecida al espectador por el dueto de criaturas espirituales que desde sendas esquinas supremas del flanco descorren el cortinaje que, como si de un trampantojo escultórico se tratase, parecía querer esconder el tesoro mariano que allí se guarda .




Arriba y abajo: mientras que la sacra imagen mariana protagoniza la decoración escultórica presentada en el muro frontal de la vetusta capilla palaciega, quedan los muros laterales centrados por paneles de similar fábrica y estilo compositivo, donde los angelotes presentan en esta ocasión, entre decoración vegetal y volutas, sendos cuadros religiosos, uno a cada lado del habitáculo, donde son representados en el que fuese muro del evangelio o izquierda del espectador San Juan Bautista portando el Cordero Místico que él mismo descubriese ante el mundo (arriba), cuando como Cordero que Dios ofreciese para el sacrificio ante los pecados de la humanidad presentase a Jesús, mientras que frente a él, en lo que sería el muro de la epístola, San José lleva de la mano al Niño Jesús (abajo), descubriéndose sendos personajes como santos patronos tanto del I Marqués de Monsalud, Juan José Nieto Domonte, como de su hijo y heredero Juan José Nieto Aguilar, rodeados éstos por cuatro blasones vinculados con la familia y que son, a la par, los que se presentan en la pareja de escudos que componen el gran blasón esquinero que capitanea la estampa más popular del exterior del edificio, repetido en ellos el león rampante que rodeado de cuatro flores de lis y otro cuarteto de hojas de higuera hace referencia al principal apellido del clan (abajo, siguiente), mientras que la representación centrada por un árbol, a su derecha en la capilla y ofrecida igualmente en la ornamentación de la fachada, ha sido considerada por muchos autores como escudo de la ciudad almendralejense y guiño de la estirpe hacia la población donde entonces se asentaba la familia, si bien la aparición de una serie de calderos en derredor de la planta difiere del dibujo simbólico de la urbe, barajándose la posibilidad, apoyada en la aparición de similar escudo en la portada principal del palacio con que contaría la estirpe en el centro de la ciudad hispalense, conocido igualmente como de Monsalud, de estar en realidad frente a un emblema relacionado con la prole o los títulos con que ésta contase, quizás el de la villa y sierra de Monsalud, posesiones que les llevasen en enero de 1.762 a recibir por parte de Carlos III el título con que mayormente fuesen conocidos, siendo así en tal caso un detalle clave a la hora de poder fechar sendas obras, capilla y escudo esquinero respectivamente, debiendo haber sido ejecutados siguiendo tal teoría una vez alcanzado el marquesado, diez años después de la inauguración del palacio en 1.752.




Arriba y abajo: como si de una auténtica cúpula se tratase, corona la estancia que conforma el oratorio propiamente dicho, de planta cuadrangular y menudas dimensiones que apenas rozan los cuatro metros cuadrados de amplitud, una techumbre de gusto barroco y albo diseño gallonado centrada por un medallón donde, igualmente policromado como el elenco de esculturas murales, un sol antropomórfico luce en lo que algunos autores han considerado un gesto de reconocimiento hacia las culturas precolombinas y la labor de los almedralejenses que hicieran las Indias (arriba), si bien es habitual en el mundo artístico la vinculación del astro rey con la Madre de Dios, toda vez que María fuese identificada por la Iglesia con la fémina que en las profecías del Apocalipsis de San Juan se apareciese en medio de los cielos vistiendo de nuestra estrella local, de similar forma a la observada en el techo de la capilla palaciega, contrapuesta al águila bicéfala coronada que remata en su zona más álgida la semicúpula o bóveda de horno que cubre la mayor parte de las escaleras de acceso al sacro enclave (abajo), igualmente gallonada mas en tonos rojizos y diseño que se asemeja al del interior de una venera, posible referencia falconada al Imperio español que entroncaría con el presunto recuerdo americano sito en la techumbre anexa, separados ambos coronamientos por un arco fajón decorado en su clave por cabezas de querubines (abajo, siguiente), descubriéndose en el intradós una pareja de putis que parecen querer sostener la amalgama de hojarasca y decoración vegetal en espiral que se aglutina entre el resto del espacio interno del arco y la cara que del mismo da hacia el oratorio en sí (abajo, imágenes tercera a quinta), repetido bajo la semicúpula que a la par simula mantenerse sobre cinco querubines que figuran sustentar las también cinco pechinas que juegan a soportar el peso de la obra (abajo, imágenes sexta y séptima), apoyada en realidad entre los muros laterales y el arco que da acceso al recinto desde el patio palaciego (abajo, imagen octava), contrariamente presentado éste por una exigua ornamentación que extraña frente al barroquismo de un horror vacui triunfante en el resto de la sala, basada en un sencillo medallón central donde la cruz de la Orden de Santiago (abajo, imagen novena), policromada y sobre fondo azulado, se ofrece inmersa dentro de lo que se adivina una corona laureada, apuntanto hacia la vinculación de la familia con tal Orden religioso-militar, siendo el fundador del palacio, D. Juan José Nieto Domonte, Caballero perteneciente a la misma, de igual manera que contase éste con el cargo de Regidor perpetuo de Almendralejo, ciudad con la que la familia quedaría vinculada y donde aún hoy en día su recuerdo persiste fundamentalmente a través de la obra monumental y artística que significa el Palacio de Monsalud, junto a los tesoros que, como la antigua capilla palaciega, forman parte intrínseca del mismo y del patrimonio cultural almendralejense y extremeño.











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