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viernes, 31 de diciembre de 2021

Imagen del mes: Pinturas murales en la capilla del Espíritu Santo de la antigua iglesia de Santa María del Castillo, en Badajoz

 

Construida sobre lo que fuese mezquita de la alcazaba, empleada como primitiva catedral hasta la adecuación de aquélla erigida en el Campo de San Juan, de lo que fuese posterior parroquia de Santa María del Castillo, también llamada Santa María la Obispal, Santa María de la Seo, Santa María de la Sée, Santa María de la Sede o Santa María de las Bodegas, apenas resta tras su desacralización a fines del siglo XVIII y posterior derrumbe en pro de la construcción en su derredor del que fuese el decimonónico Hospital Militar de la ciudad, la torre del templo y, junto a su base, el ábside de la capilla que, en el lateral del evangelio, fuera dedicada al Espíritu Santo, descubriéndose tras la restauración y adecuación de la misma una serie pictográfica aún entre sus paredes, donde a pesar de la destrucción a la que los frescos fueran sometidos, pueden todavía admirarse volutas, jarrones, una Resurrección de Cristo, una estampa mariana y otras figuraciones religiosas donde brillan no sólo el colorido, sino el gusto clasicista que hacen de esta estancia un retorno a un pasado donde el arte y la historia se daban cita en la capital pacense.

Badajoz. Siglos XV-XVI; posible estilo renacentista.

Arriba y abajo: sobresaliendo entre las edificaciones de la alcazaba pacense, e integrada en lo que fuese el Hospital Militar de Badajoz, actual sede de la Biblioteca de Extremadura y de la Facultad de Ciencias de la Comunicación y de la Documentación de la UEX, la hoy conocida como Torre de Santa María (arriba) supone el único vestigio de lo que fuera la primera catedral de Badajoz, edificada nada más reconquistarse definitivamente la ciudad por las tropas de Alfonso IX de León en 1.230 sobre lo que fuese primitivamente la mezquita privada de Ibn Marwan, ejecutándose entonces unas obras de adecuación arquitectónica que se verían cumplimentadas dos siglos más tarde, entre los siglos XV y XVI, con ampliaciones edilicias destinadas al acondicionamiento del inmueble a los oficios litúrgicos que allí volviese a celebrar el obispado, tras haberse visto la parte baja de la urbe, y con ella la Catedral de San Juan Bautista, afectadas por los conflictos bélicos que llevarían a convertirla de nuevo en principal templo episcopal a fines del siglo XIV, recuperándose a fines del siglo XX y tras desmilitarizarse en 1.991 el edificio castrense que engullese la torre y destruyese para edificar en derredor suya la iglesia de Santa María del Castillo, vestigios del triple ábside que, siguiendo cánones cistercienses y en pro de la adecuación de la mezquita en seo, fuese añadido en el lateral oriental del templo musulmán para su cristianización, restando sólo los cimientos del meridional -dedicado presuntamente a San Andrés- y una tercera parte de la curva del central, preservado sin embargo el ábside del lado del evangelio que, bajo una bóveda semicircular apuntada sobre el altar, antecedida de una bóveda de crucería enmarcada entre arcos fajones apuntados (abajo), fuera dedicado al Espíritu Santo y tras el que, al parecer, fuera añadida en el siglo XV por mandato del obispo fray Juan de Morales la sacristía, con acceso desde la capilla mayor, superada por una torre-mirador que serviría como base de la actual atalaya.


 
Arriba y abajo: de planta semicircular, y elaborado en su base de mampostería ayudada en las zonas más altas por el ladrillo, el ábside de la capilla del Espíritu Santo se ofrece desprovisto totalmente de pinturas en la parte central de tal cabecero (arriba), muy posiblemente ocupado por un retablo que, tras la desacralización del bien en 1.769, fuese mudado de enclave, descubriéndose por el contrario a raíz de las intervenciones arqueológicas dirigidas por Fernando Valdés a partir de 1.998, rehabilitadas para su exposición pública mediante las obras ejecutadas en 2.017 bajo dirección de Carmen Cienfuegos,  una serie de pinturas al fresco que ornamentasen los muros restantes de la capilla, cuya datación, teniendo en cuenta la presencia de letras góticas junto a elementos clásicos recuperados durante el Renacimiento, como los medallones, los jarrones, los motivos vegetales y las volutas, podría encajarse en las obras de reforma llevadas a cabo en el templo entre los siglos XV y XVI, cuando los estilos gótico y renacentista comienzan a solaparse y coincidiendo con la ejecución de las pinturas mudéjares fechadas en el siglo XV que ornamentasen la puerta de similar estilo que uniese la capilla mayor con la sacristía, correspondiente así posiblemente todo a un programa iconográfico mandado elaborar por el obispo fray Juan de Morales en pro de ornamentar la nueva capilla central y, por añadidura, los ábsides laterales, preservados en peor estado los dibujos del muro septentrional (abajo) donde, bajo un medallón semiborrado (abajo, siguiente), el deplorable estado de conservación apenas permite vislumbrar la iconografía representada sobre esta sección edilicia (abajo, tercera imagen), adivinándose en lo que resta de un panel sobre el que quizás fuesen superpuestos posteriores añadidos, lo que pareciese ser una corona (abajo, imagen cuarta), posible emblema de uno de los Santos Reyes representados en alguna interpretación de la Epifanía del Señor.

 



Arriba y abajo: bajo la bóveda semiesférica, a izquierda del presunto retablo que centrase el ábside septentrional de la iglesia de Santa María del Castillo, un marco de tonos amarillentos y rojizos (arriba), coronado por una cartela cuya epigrafía ha llegado prácticamente ilegible a nuestros días (abajo), una imagen mariana trazada en líneas cobrizas y rodeada, al menos, de cuatro ángeles que parecen recibirla entre nubes (abajo, imágenes segunda y tercera), presenta al visitante una asunción de la Madre de Dios a los Cielos, donde Santa María, vestida con túnica de color bermellón y tocada con manto azulado que recoge con su brazo izquierdo, unidas sus manos en oración, ofrece las tradicionales tonalidades referentes a sus condiciones humana y divina respectivamente, enfrentada y cumplimentada con una paralela imagen de Cristo resucitado (abajo, imagen cuarta), sita a la diestra del presunto retablo central -donde, según estudio de Pedro Castellanos, pudo haber estado alojada la imagen de Nuestra Señora de las Lágrimas, entonces Soledad del Castillo, vinculada con la cofradía de Nuestra Señora de Gracia que, cada Viernes Santo, sacaba en procesión desde este templo de la alcazaba tal talla mariana, hasta su traslado en los inicios del siglo XVIII, posiblemente a raíz de la Guerra de Sucesión, a la cercana y hoy desaparecida ermita de Santiago-, figurando bajo cartela idéntica a la que supedita la pintura mariana (abajo, imagen quinta), y donde puede leerse "SIN PECADO ORIGINAL" -en clara alusión a Santa María, titular del templo, dedicadas quizás estas palabras a la talla de Nuestra Señora de la Soledad que allí presuntamente se recogiese, abriéndose la posibilidad de estar ante pinturas realizadas a comienzos del siglo XVII, bien de nueva obra o ampliando otras previas-, la figura de Cristo triunfante, como María, sobre la muerte, envuelto en nubes y rayos de luz, sobrevolando el sepulcro donde se depositara su cuerpo yacente (abajo, imagen sexta), ante la mirada de cuatro soldados que, custodiando el nicho tal y como se les mandase ejercer y según indicaría San Mateo en su evangelio -capítulo 28, versículo 4-, no dan crédito al acontecimiento milagroso ocurrido ante ellos (abajo, imagen séptima).







Arriba y abajo: horadado el muro meridional del ábside de la capilla del Espíritu Santo, muy posiblemente a raíz de la demolición del resto del templo y adecuación de los vestigios preservados con el resto del Hospital Militar, donde quedasen engullidos a partir de la cesión por parte del Ayuntamiento del edificio al Ejército en 1.858, una gran puerta que hoy da paso a un pequeño patio interior donde pueden observarse los restos de lo que fuese capilla mayor o ábside central de la iglesia de Santa María del Castillo (arriba), impide conocer la decoración pictórica que ocupase la parte baja de tal paredón, recortando inclusive la esquina inferior derecha del panel dedicado a la Resurreción de Cristo, salvaguardada sin embargo la serie pictórica que sobre ella se situase (abajo), representándose bajo un medallón ocupado por un ángel querubín y sustentado por volutas y florones (abajo, imágenes segunda a cuarta) -portadores éstos últimos de lo que pareciesen azucenas, símbolo mariano que, haciendo alusión a la virginidad de María, verificase la advocación del templo a la Madre de Dios- un tríptico dedicado, al parecer, a la representación de diversos sacros personajes de difícil identificación, dado el precario estado de conservación en que han llegado a nuestros días los murales, apreciándose en el primero de los tres espacios y más cercano al altar (abajo, imagen quinta), dos personajes de pie frente al espectador, vestido uno con manto rojizo mientras porta una espada -quizás alguna santa mujer, como Santa Catalina de Alejandría, cuya defensa de la fe cristiana le llevase a ser decapitada-, sito a su lado un personaje masculino que, con hábito blanquinegro, porta en su mano derecha una pluma -posible alusión a algún monje elevado a los altares, así San Benito de Nursia, representado habitualmente como fundador de la Orden del Císter, cuya vestimento recoge los colores aquí mostrados-, figurando en el panel central lo que pareciese el martirio de dos personajes yacentes y ya decapitados en el suelo (abajo, imagen sexta) -así los emeritenses Servando y Germán, los hermanos Cosme y Damián, o Justo y Pastor-, observándose en el panel final y más alejado del cabecero lo que pareciese un personaje semidesnudo, erguido y con las manos tras la espalda atado a un mástil, fuste o árbol, tal y como suele representarse a San Sebastián siendo asaeteado (abajo, imagen séptima), cerrando la figura del mártir originario de Narbona la serie pictográfica, cumplimentada con grafitis que, en la parte bajo del arco que da paso al tramo recto del ábside (abajo, imagen octava), registran no sólo diversos nombres o palabras, sino inclusive variadas caricaturas, posiblemente ejecutadas por los soldados que ocupasen el Hospital Militar durante sus años de funcionamiento como tal, ampliando si no el valor artístico de la capilla, sí el lado histórico de uno de los monumentos más relevantes del medievo pacense, y de las dilatadas crónicas de tan relevante enclave de nuestra región.
 







sábado, 8 de mayo de 2021

Imagen del mes: Ruinas de la iglesia de Nuestra Señora del Vado, en Cabezuela del Valle

 

 Engullidos hoy en día por las construcciones que componen los aledaños nororientales de la población cabezueleña, los vestigios de la que fuese iglesia de Nuestra Señora del Vado recuerdan desde la orilla derecha y poca distancia del río que atraviesa el fértil valle al que éste, Jerte, da nombre, la existencia del núcleo poblacional del cual ésta era parroquia, bautizado como Vadillo y cuya relevancia urbanística, aún dependiente de su vecino sureño, queda atestiguada por los retazos de tal templo católico, donde el arranque de un arco gótico ornamentado con las características bolas del estilo isabelino, así como un torreón-campanario que, adyacente, guarda relación arquitectónica con un estilo propio entre las cercanas iglesias castellanas, testimonian tiempos pretéritos cuando el monumento se mantenía en el uso para el que fuese destinado, hasta la completa despoblación y abandono definitivo del lugar a raíz de la primera de las Guerras Carlistas que a lo largo del siglo XIX conociera España.

Cabezuela del Valle (Cáceres). Siglo XV; estilo gótico.

 
Arriba y abajo: ocupada hoy lo que fuese única nave del sacro recinto parroquial de Vadillo por la vegetación y diversas moles pétreas, originarias posiblemente éstas del templo -o desaparecidos edificios circundantes- junto al que ven discurrir el paso del tiempo (arriba), se conserva en pie en derredor de la misma el arranque de los muros del evangelio y epístola que, a izquierda y derecha respectivamente de los pies de la iglesia, bordeasen primitivamente el espacio central (abajo, y siguiente), igualmente conservadas las bases y esquinas septentrionales de lo que fuera el sacro cabecero (abajo, tercera imagen), constituidas éstas por sillares que han propiciado su preservación, compuesto de mampostería la mayor parte de la restante fábrica del monumento, menos resistente al devenir de los años que, en el inmueble cabezueleño, a pesar de que se viese restaurado el edificio tras el fatídico paso de las tropas francesas por el enclave durante la Guerra de la Independencia, ha traído la ruina y semidesaparición del mismo, una vez abandonada oficialmente la población en 1.837 en pleno trascurrir de la primera Guerra Carlista, convertido en el refugio de escasos vecinos tras superarse la desolación a la que se viese sometido durante la contienda franco-hispana de 1.808, devastando las huestes napoleónicas el lugar hasta quedar sólo en pie 10 de sus casas, sin que el fin de la guerra civil con que se iniciase el reinado de Isabel II supusiera una nueva vuelta de habitantes a un lugar que siempre dependiese administrativamente de Cabezuela del Valle, concebida como aldea de realengo y regida por alcaldes pedaneos vinculados con la primera, disfrutando tan solo de independencia poblacional cuando se viera constituido el caserío como municipio en 1.834, poco antes de acontecer el declive definitivo de su historia, figurando ya como despoblado, con sólo tres casas en pie, en el Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de Pascual Madoz de 1.849.
 

Abajo: apenas conservados ciertos vestigios de lo que fuesen pies del sacro inmueble, observados principalmente en la esquina donde éstos quedasen unidos al lado de la epístola, posiblemente contó la iglesia de Nuestra Señora del Vado con una portada inscrita en tal lateral occidental del edificio, preservado sin embargo el acceso que diera paso a la nave desde el muro meridional (abajo), permitiendo al feligrés adentrarse en el espacio donde antaño se venerase a la Virgen bajo cuya advocación fuese bautizado el templo, talla gótica policromada y labrada en madera de nogal, originaria de la escuela castellana y alcanzando el metro de altura, basada en una representación mariana donde la Madre de Dios, en pie, sostiene al Niño en su brazo izquierdo, mostrando María en su mano derecha, al igual que su Hijo entre sus dedos, un higo -conocida por tal motivo también entre la población como Virgen del Higo, conservada y expuesta hoy tras ser restaurada en 2.017 por el afamado taller vallisoletano de Francisco Boldo, en el conocido como Retablo de la Concepción, dentro de la parroquia cabezueleña de San Miguel Arcángel-, fechada entre fines del siglo XV y comienzos del XVI, contemporánea así presuntamente a la propia iglesia donde quedase cobijada, permitiendo las bolas ornamentales adyacentes a los vestigios del arco apuntado que, además de marcar la separación entre sendos tramos de que constase el recinto, sustentase un posible tejado a dos aguas que cubriese, quizás junto a un artesonado, el interior de la capilla (abajo, imágenes segunda y tercera), situar su fecha de fabricación durante el reinado de los Reyes Católicos, época durante la cual proliferase tal motivo decorativo dentro del llamado gótico isabelino, procedente posiblemente los retazos de enlucido y esgrafiado aún visibles entre los muros del edificio de épocas posteriores (abajo, imágenes cuarta y quinta), quizás de alguna de las reformas ejercidas sobre el bien, puesto en valor tras el saqueo que sufriera el sitio durante el trascurso de la decimonónica Guerra de la Independencia.

 


Abajo: perteneciente a la iglesia pero concebido y erigido como edificio externo e independiente a ésta, el torreón que sirviera de campanario a la parroquia del desaparecido lugar de Vadillo se mantiene en pie en bastante mejor estado que el resto del sacro conjunto arquitectónico al que perteneciese, ubicada tal torre tras el cabecero eclesiástico y compartiendo con éste similitud en su fábrica constitutiva, perviviendo el arco levantino que sirviera al empleo como espadaña de tal atalaya, llamativa una autonomía edilicia que, contrariamente, es asidua entre las poblaciones castellano-leonesas de las cercanas provincias salmantina y abulense -ubicado también su campanario tras el ábside en la iglesia dedicada a la Visitación de Nuestra Señora dentro de la localidad abulense de Puerto Castilla, próxima a Tornavacas-, verificándose la vinculación demográfica y cultural del Norte extremeño con las tierras meridionales castellanas, repetida tal independencia edilicia en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en la localidad también jerteña de Jerte, o en la iglesia del Salvador de Pasarón de la Vera, erguido sus exentos campanarios frente a las de San Juan Bautista y de Nuestra Señora de la Asunción, en las localidades de Cerezo y Ahigal respectivamente -inscritas ambas en las Tierras de Granadilla-, más conocidos que los propios templos de los que dependen los campanarios de Casares de las Hurdes y de Trevejo, este último levantado tras la iglesia de San Juan Bautista en tal localidad serragateña.


lunes, 30 de noviembre de 2020

Imagen del mes: Torreón de Zahínos

 

Enclavada en un rincón primordial de la población zahinera, entre el palacio consistorial y la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, anexa a la neurálgica plaza de Extremadura, de la que fuese fortaleza de la población apenas resta hoy en día el torreón cilíndrico, para muchos primitiva torre del homenaje de tal castillo, que defendiese la esquina nororiental de la fortificación que, sobre un altozano inscrito en plena estribación noroccidental de Sierra Morena, protegiese los límites del reino castellano en su cercanía a la vecina frontera lusa, paulatinamente desmantelado hasta restar a finales del siglo XVIII solamente la actual atalaya, emblema primordial del patrimonio histórico de la localidad.

Zahínos (Badajoz). Finales del siglo XV-inicios del siglo XVI (posible reconstrucción ejecutada sobre presunta fortaleza de fábrica templaria previa); estilo gótico.

Arriba: con 12,75 metros de altitud, y 29,50 metros de perímetro, sobre planta circular instaurada sobre podium se eleva recio, aunque no macizo, el torreón de Zahínos bajo un imponente aspecto castrense que nos permite verificar, a pesar de haber quedado desprovisto paulatinamente y hasta su totalidad de toda arquitectura militar contigua -ya aislado y en propiedad de Dña. Florencia Pizarro Piccolomini de Aragón y Herrera, III marquesa de San Juan de Peñas Albas, en el momento en que se realizase, en 1.791, el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura-, su inclusión dentro de una primitiva fortaleza que defendiese el lugar, mencionada por primera vez en la escritura de particiones que en 1.510 cumplimentase el testamento otorgado en 1.504 por D. Juan de Sotomayor, II Señor de Alconchel y primer poseedor del mayorazgo que relativo a tal Señorío fundase su padre, D. Gutierre de Sotomayor, tras recibir por parte del monarca Juan II la villa de Alconchel junto a la Dehesa de Zamoreja y el lugar de Zahínos, impulsándose entonces la colonización de un enclave hasta ese momento carente de población, interesándose por tal motivo la elevación de un edificio defensivo del caserío que comenzase a erigirse entre fines del siglo XV e inicios del siglo XVI, quizás reaprovechándose los vestigios de algún otro inmueble de similares características con que los Templarios, custodios iniciales del lugar tras la Reconquista, salvaguardasen la zona de incursiones lusas que amenazasen la cercana Jerez, urbe capital dentro del Baylío por tal Orden regentado.

 Abajo: escoltando posiblemente una desaparecida puerta de acceso a la población, inscrita entre el torreón y la inmediata parroquia del lugar, la subsistente torre zahinera contaba como defensa propia no sólo su sobria constitución, a base de pétrea mampostería, sino también la elevación muy por encima del nivel del suelo de la puerta de acceso desde el exterior a la misma -con accesos internos a través al parecer de diversas galerías subterráneas-, siguiendo una conocida costumbre edilicia castrense, hoy salvado el desnivel gracias a una escalera metálica que bordea parte del inmueble por su cara suroriental, eliminado el edificio que por esta zona unía el monumento a las casas consitoriales, dando paso desde el portón enmarcado entre piezas de granito y arco escarzano al piso intermedio de los tres en que se divide el espacio interno de la que, por tal motivo, fuese considerada torre del homenaje o donjón del primigenio castillo, dispuesto en su planta baja un amplio espacio destinado a calabozo, almacén, bodega o caballerizas, comunicado el superior por escalera con la terraza que supedita la bóveda de coronamiento de la atalaya, convertida tras la restauración del edificio en mirador de la localidad, como antaño fuese otero desde el que poder vigilar los contornos ante posibles huestes enemigas.


Abajo: contrario al ventanal que supedita la elevada puerta de acceso al torreón por su planta intermedia, como éste y mencionada portada muestra el vano que mira hacia la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios sus contornos entre piezas graníticas, a modo de alféizar, jambas y dovelas, recuperado éste tras haber servido tal punto concreto del edificio, desde su colocación en 1.808, como puesto expositivo del reloj público que permitiese conocer la hora a los lugareños, bautizado por tal motivo como Reloj de la Villa, desaparecido pocos años atrás mientras se conservaba, por el contrario, la espadaña con única campana que sobre la terraza lo coronase, también respetada la posterior balaustrada latericia que en derredor de ésta salvase del vacío a los que, tras rehabilitarse el inmueble, llegasen a ella, ornamentada pautadamente con florones a lo largo de su pasamanos, preservada igualmente como sencilla decoración de la obra el esgrafiado que rodeando las piezas pétreas que componen la mampostería sobre la que se eleva la torre, aún puede apreciarse en diversos paneles murales de la atalaya.

jueves, 29 de octubre de 2020

Imagen del mes: Torreón de Cárdenas, en Puebla del Maestre


Conocido por los lugareños como "el Castillo", el torreón de Puebla del Maestre, oficialmente Torre de Cárdenas, se yergue a las afueras de tal localidad pacense como vestigio de lo que fuese el castillo o casa-fuerte que en este rincón sureño de la Campiña Sur mandase erigir D. Alonso de Cárdenas cuando, en 1.483, fundase en este enclave fortaleza y villa, de la que sería señor por derecho de población, verificado el título en 1.492  por Fernando el Católico como privilegio en agradecimiento a la labor ejercida durante la Guerra de Granada por el apodado como el Maestre, mote  de D. Alonso derivado de su cargo como último maestre de la Orden de Santiago, tomado por la población a partir del siglo XVII como apellido tras haber sido conocida como Puebla de Llerena, Puebla de la Fuente o, también como el castillo y primer señor de la villa, Puebla de Cárdenas.
Puebla del Maestre (Badajoz). Siglo XV; estilo gótico con intervenciones mudéjares.
 

Arriba y abajo: erigido sobre un altozano inscrito en el flanco sureño de la población, el torreón de Puebla del Maestre destaca aún sobre la silueta del caserío pese a haberse visto despojada la obra arquitectónica del resto de paredones y elementos edilicios contiguos con que cumplimentase éste la fortaleza que en el lugar constituyese todo un castillo de supuesta planta cuadrangular, planimetría hermanada quizás con la vista en algunas de las fortificaciones erigidas en varias de entre las diversas localidades que conformaron el Señorío de Feria, ocupando la torre preservada la esquina suroccidental del mismo, convertida, según algunos autores, en torre del homenaje cuya vertiente meridional (arriba), dirigida al exterior del inmueble castrense capitaneando el frente sur de la población, ofreciese una robustez apenas rota, tras el posible tapiado de un presunto ventanal original abierto en la zona occidental superior -vestigio quizás de un almenado primigenio sobre el que posteriormente se prolongase el inmueble, o verificación de la remodelación de la torre una vez derrumbado el tercer cuerpo que al parecer prolongaba inicialmente su altura-, por alguna aspillera de naturaleza latericia (abajo y siguiente), así como un matacán inscrito en el segundo cuerpo de la obra del que restan aún hoy en día tres pétreas ménsulas de sujección (abajo, tercera imagen), verificando el carácter militar del monumento.


Arriba y abajo: prácticamente similar en aspecto el flanco occidental del torreón puebleño a su hermano meridional, muestra éste sin embargo en el segundo cuerpo de los dos que componen la obra torreña (arriba), fabricada en su práctica totalidad fundamentalmente a base de mampostería y cierto sillarejo en sus 25 metros de altitud, un ventanal abierto (abajo) tras superarse la línea de separación entre el cuerpo base, de 12 metros de anchura correspondientes a cada uno de los laterales del cuadrado que conforma el plano del mismo, y el cuerpo superior, de esquinas recortadas o achaflanadas entre murales exteriores (abajo, siguiente), bordeado el vano, al igual que la aspillera inferior a éste así como restantes saeteras del edificio, de un marco latericio cuyo material complementa la fábrica pétrea del monumento, constituyendo las sucesivas líneas ornamentales que discurren horizontalmente a lo largo de toda la atalaya a modo de verdugado, triplicado en el cuerpo inferior, doble en el superior, a los que se sumaría el dispuesto como frontera entre ambos cubos, rehabilitado el remate edilicio del supremo, antes desmochado, tras la última obra de restauración ejecutada sobre el bien pocos años atrás.

Arriba y abajo: si bien algunos autores barajan como fecha de construcción de la primitiva fortaleza de Puebla del Maestre la franja cronológica comprendida entre finales del siglo XIV y comienzos del siglo XV, adquirida, y no edificada, la mole castrense por D. Alonso de Cárdenas en 1.475 a la Orden Militar de la que el mismo fuese último maestre, entre los flancos norteño (arriba) y oriental (abajo), sobreviven partiendo de los puntos de unión de cada uno de estos laterales con el chaflán que recorta la totalidad del ángulo formado entre los mismos, vestigios de los paredones que a modo de muralla unirían la torre con el resto del castillo (abajo, siguiente), supeditados por sendos contrafuertes (abajo, imagen tercera) a modo de refuerzo tanto edilicio como defensivo en este enclave de la obra.


 

Abajo: custodiado por un matacán del que se ha logrado conservar cuatro ménsulas de sujección, perdidas casi la totalidad de éstas en el flanco oriental -desaparecidos los posibles matacanes hermanos dibujados sobre los bordes supremos de los laterales occidental y septentrional-, el chaflán recortado entre los muros de levante y norteño, inscrito primitivamente en el interior del recinto militar, ofrece a cierta altura del nivel del suelo la que pudo ser portada de entrada original al superviviente torreón (abajo), conservados los quicios pétreos que bajo el dintel latericio de acceso sirviese al engranaje de las puertas de cierre de la misma, tapiada en la base del muro de naciente la abertura que, tras el abandono y demolición de la fortaleza, permitiera la subida a la atalaya preservada, tal y como pudo llevar a cabo D. José Ramón Mélida a comienzos del siglo pasado, verificando la división del interior torreño en tres niveles, espacioso el inferior a fin de poder ser presuntamente utilizado como mazmorra o almacén, abovedado el segundo, con acceso mediante escalera de caracol a la techumbre y terraza de coronamiento, abiertos a la zona central los vanos atisbados desde el exterior de la obra, así en el flanco occidental como en el muro del Este (abajo, siguiente), o en la propia ochava nororiental (abajo, tercera imagen), conservados en todos ellos los quicios, bordeada esta última de una serie de alfices latericios en abocinamiento del ventanal, muestra y verificación de la intervención de mano mudéjar en el monumento.

 

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