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jueves, 31 de marzo de 2016

Dos ejemplos de pinturas rupestres esquemáticas en la comarca de Sierra de San Pedro: Puerto Roque, en Valencia de Alcántara, y Cueva del Buraco, en Santiago de Alcántara


En 1.998 era declarado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad el Arte rupestre del arco mediterráneo de la Península Ibérica. Trece años antes, en 1.985, la misma declaración era otorgada a la Cueva de Altamira, ampliada en 2.008 a 17 cuevas más, entendiéndose el reconocimiento cultural al Arte rupestre paleolítico del Norte de España. Sendas declaraciones, aunque enmarcadas y delimitadas dentro de un contexto geográfico, no son sino un indirecto reconocimiento internacional a la gran aportación que desde la totalidad de la Península Ibérica, fundamentalmente España, se ofrece al arte prehistórico pictórico, fijado en las paredes de la infinidad de cuevas, abrigos y oquedades que salpican la geografía peninsular. Un arte parietal que encuentra su representación paleolítica álgida en la cornisa cantábrica, así como la neolítica en la cuenca mediterránea levantina, pero cuyos ejemplos, ejecutados en estos periodos así como en etapas aledañas, se dan en prácticamente todas las regiones ibéricas, incluida la vecina Portugal.

Aunque el arte rupestre, o arte ejecutado sobre pared rocosa, no ha dejado de darse a lo largo de toda la existencia humana, con ejemplos ubicados en todos los continentes habitados del planeta, este tipo de manifestaciones artísticas se asimilan habitualmente y de forma generalizada con la Prehistoria, algo de lo cual no extrañarse al haber sido en este periodo cuando mayor número de obras de este tipo se dieron, siendo éstas las representaciones artística más habituales de entre las ejecutadas en esta etapa de la humanidad. En un periodo donde el ser humano mantenía una relación vital con la naturaleza más estrecha que en ninguna otra época, es lógico que fuese en ese contexto natural donde quedase intercalada la aportación artística de los pueblos que conocieron tal era y las sucesivas etapas que conformaron los siglos y milenios previos a la aparición de la escritura.


Arriba y abajo: en pleno corazón del macizo cuarcítico que conforma la Sierra Fría, al Suroeste de la localidad de Valencia de Alcántara, un pequeño abrigo abierto sobre una ligera explanada que, como alta atalaya, controla el paisaje que surge a los pies de la serranía, conserva en su interior una pequeña colección de pinturas rupestres esquemáticas, descubiertas en 2.012 por Juan Carlos Jiménez y recientemente puestas en valor.


Son diversas las teorías que intentan dar explicación a los motivos que llevaron al antiguo ser humano a dejar plasmado en techos de cavernas y sobre láminas rocosas de entradas a grutas y abrigos un sinfín de dibujos, pinturas e inclusive grabados cuyos primeros ejemplos tendrían datación en el Paleolítico, o Edad de la Piedra Antigua, hacia el 40.000 a.C., prolongándose su ejecución en el Postpaleolítico, el Neolítico, e inclusive en las Edades del Cobre, del Bronce y hasta del Hierro, apenas 1.000 años antes del nacimiento de nuestra era. Mientras que las primeras y más antiguas representaciones solían ejecutarse en el interior y lo más profundo de las oquedades naturales, la tendencia fue modificándose hasta darse la creación en las entradas de las cuevas o sobre las lajas componentes de abrigos poco o nada profundos, en interiores de piedras caballeras, o sobre bases graníticas de conjuntos berroqueños u otros parajes rocosos. Lo que pudiera ser ornamentación de hogares o paneles educativos, otros ven con mayor motivo como trabajos ejecutados persiguiendo fines religiosos. El arte parietal, visto bajo un significado ritual, quedaría vinculado con los espacios internos adentrados en lo profundo de la roca, al ser tomados éstos como caminos de conexión  con el interior de la madre tierra, adorada por un humano más consciente que en ninguna otra época de la dependencia que tenía en todos los aspectos de su vida de la naturaleza y de lo que ésta se complacía en darle. Espacios que pudieron haber constituido la morada del autor, pero que tardíamente se convertirían, según el ser humano iba alejándose de la cueva para construir sus propias viviendas y poblados, en lugares sacros, áreas de ceremonias o puntos de enterramiento.

Mientras que en el arte parietal del Paleolítico las figuras representadas ofrecían un aspecto considerado realista, donde animales contemporáneos al autor podían ser contemplados con todo tipo de detalle, los trabajos pictóricos posteriores irían derivando hacia la simplificación formal. Así, las imágenes cada vez más estilizadas datadas en el Mesolítico evolucionarán hacia una mayor esquematización, fundamentalmente durante el Neolítico o Edad de la Piedra Nueva. Las figuras humanas y animales, reconocibles y en muchos casos aún dotadas de cierto naturalismo, comenzarán a resumirse en escasos trazos. Se le sumarán cada vez en mayor proporción un amplio número de símbolos, signos ideomorfos y dibujos lineales y geométricos de difícil interpretación. Surge así el conocido como arte rupestre esquemático, donde bajo una purificación artística el pintor conjugará por igual representaciones antropomorfas, zoomorfas, figuras ramiformes y dibujos estelares tanto soliformes como esteliformes, con barras, puntos y otros dibujos lineales. Una esquematización que progresará hasta alcanzar una total abstracción, una depuración artística en las formas tal, que las propias representaciones basadas en la realidad sean de difícil interpretación o adivinación, presentándose un resultado artístico final donde todo el lenguaje expresado sobre la pared compone un panel de figuraciones abstractas cuyo significado es difícil de encontrar en la actualidad. Una abstracción que se dará por toda la Península Ibérica, pero  que encontrará su culmen en los abrigos y oquedades de la zona suroccidental peninsular, destacando los ejemplos descubiertos en Portugal, abrigos del Suroeste andaluz, y fundamentalmente Extremadura.


Arriba y abajo: las pinturas parietales prehistóricas del pequeño abrigo de Puerto Roque seguirán las directrices artísticas del arte rupestre esquemático en general, y suroccidental peninsular en particular, englobándose sus representaciones, altamente simbólicas y abstractas, ejecutadas mayoritariamente en pintura rojiza y grueso trazo, en dos áreas dentro de la cavidad, ubicada la primera en la zona media de la oquedad (abajo), donde destacarían varias figuras que se superponen, barajándose una diferente datación entre ambas, así como una destacada figura vertical ramiforme, considerada un antropomorfo.






Las pinturas rupestres esquemáticas halladas y conservadas en la región extremeña han sido datadas, sin alcanzar un acuerdo entre autores, entre el Mesolítico y la Edad del Bronce, decantándose la mayoría de los estudiosos por ubicar temporalmente la creación del mayor número de estos ejemplos entre el Neolítico y el Calcolítico o Edad del Cobre. Coincidiría así la creación de muchas de estas obras con la llamada cultura megalítica. De hecho, se baraja la posibilidad de que un gran número de pinturas esquemáticas fueran ejecutadas por los mismos grupos que levantaron muchos de los dólmenes que salpican la región. No son pocas las representaciones parietales que se dan cerca de monumentos megalíticos, ni extraños los dólmenes en cuyo interior han aparecido grabados o representaciones pictóricas relacionados con el arte rupestre esquemático cercano, lo que permitiría a su vez valorar con mayor peso las teorías que apuntan hacia un fin religioso, inclusive funeral, como la razón de ser de muchas de estas obras. No se considera, sin embargo, un estilo encajonado dentro de un periodo histórico concreto. Aunque un amplio número de ejemplos se datasen en una etapa precisa de la existencia humana, que ya de por sí se extendiese por varios miles de años, se considera el lenguaje utilizado y el sistema de símbolos representados una posible herencia del Paleolítico que, desarrollada artísticamente, se mantendría en sus bases hasta prácticamente la Edad de los Metales o inclusive la llegada de Roma a la Península Ibérica, demostrando así la supervivencia de un estilo cultural y artístico a lo largo de un considerable espacio tanto temporal como geográfico.

El arte rupestre esquemático registrado en Extremadura presenta unas características comunes que en gran medida se repiten a lo largo y ancho de la comunidad, y que podrían ampliarse a toda esa región artística prehistórica encajonada en el suroeste peninsular, donde la esquematización alcanzó su mayor abstracción artística. Destacaría entre sus propiedades más habituales la elaboración de las obras pictóricas en un color rojizo, obtenido presuntamente gracias al uso de pigmentos minerales que, tras haber sido extraídos de la piedra, se mezclarían con agua, sustancias grasas o resinas que actuarían como aglutinante. El uso de pigmentos negros o blancos es escaso en comparación con los trabajos en ocre, ejecutados mayoritariamente en líneas gruesas que bien pudieran haber sido trazadas con la ayuda del propio dedo del autor. Combinarían éstas con otros trazos más finos, presuntamente pintados con algún tipo de brocha elaborada manualmente, o inclusive alguna pluma o rama tomada como pincel. Los grabados, por su parte, serían ejecutados por incisión o piqueteado sobre el soporte rocoso, con resultante lineado de mayor o menor grosor, dependiendo de la naturaleza y características de la piedra. Sin que falten las representaciones antropomorfas y zoomorfas, lo más común sería encontrar entre el arte grabado dibujos lineales, ondas, cazoletas y otros diseños geométricos sumamente abstractos y sin aparente identificación, de una difícil interpretación actual.



Arriba y abajo: en la esquina derecha del abrigo, cerrando el mismo junto a la prolongación del muro cuarcítico que lo antecede, una amplia laja pétrea conserva una serie de figuras altamente esquematizadas (abajo), destacando varios ramiformes con brazos en aspa, así como una alargada figura antropomorfa que, en el canto izquierdo de la losa, aún se vislumbra pese a su precario estado de conservación.





Aunque se podrían señalar dentro de la región varios parajes o comarcas naturales donde las representaciones esquemáticas parietales abundan o conforman una colección de las mismas cuya ejecución podría estar relacionada en cada uno de los casos con alguna colectividad o cultura enclavada en la zona, se considera que prácticamente todo el movimiento artístico estaría relacionado, o beberían unos casos de otros. Inclusive, los que pudieran comprenderse como yacimientos aislados o lejanos a estas áreas destacadas donde las pinturas se ofrecen en una relevante densidad, no dejarían de tener relación con los primordiales puntos artísticos, alzándose tanto como puntos de conexión geográfica, dominando habitualmente rutas o sendas de paso entre estas áreas preponderantes, como de interconexión cultural entre ellas. Unos y otros sumarían más de medio millar de enclaves repartidos por toda la comunidad, disfrutando dos de ellos, los Abrigos del Risco de San Blas (Alburquerque), y el Abrigo de la Calderita (La Zarza), con la denominación de Bien de Interés Cultural.

Si bien los ejemplos grabados suelen aparecer como acompañantes o complementos de las representaciones ejecutadas con lo que podría considerarse pintura primitiva, no faltan puntos destacados dentro de la región donde este tipo de obra artística parietal abunda o, inclusive, son las únicas en aparecer. Así ocurre en la comarca de Las Hurdes, donde entre los términos municipales de Casar de Palomero, Pinofranqueado, Caminomorisco y Nuñomoral se descubren hasta quince yacimientos que, al aire libre, muestran una serie de representaciones geométricas, sin que falten otras mucho más realistas, que podrían haberse ejecutado inclusive en plena época romana. Gran colección de grabados parietales prehistóricos es también la que se registra en el paraje de los Barruecos (Malpartida de Cáceres), donde las barras y cazoletas realizadas sobre los lienzos graníticos conjugarían con las pinturas dibujadas en las erosiones cóncavas de los berruecos, o en el interior de algunas de las piedras caballeras allí enclavadas.

Como enclaves o comarcas a destacar en cuanto a su alta densidad de yacimientos con pintura rupestre prehistórica encontraríamos, en la provincia de Cáceres, el Parque Nacional de Monfragüe y la comarca de Las Villuercas. Mientras que en el primero son más de un centenar de puntos los que guardan este tipo de pintura, despuntando de entre ellos la conocida como Cueva del Castillo, en Villluercas el número de yacimientos alcanzaría la treintena, sobresaliendo los términos municipales de Berzocana y Cañamero, y como enclave la Cueva de Castañar de Ibor. En la provincia pacense, donde el número de yacimientos con pintura parietal esquemática prácticamente dobla al conservado en Cáceres, destacarían los conjuntos centrados en las comarcas de Siberia y de La Serena, donde se suman más de trescientos abrigos, repartidos entre diversas localidades tales como Magacela, Benquerencia de la Serena o Cabeza del Buey. Las sierras de San Serván (Arroyo de San Serván) y la de Oliva de Mérida, en la comarca de Tierra de Mérida, así como la Sierra Grande de Hornachos, son también zonas destacadas.


Arriba: una oquedad de dieciocho metros de profundidad, horadada en la roca cuarcítica que conforma la Sierra de Santiago, dentro del término municipal de Santiago de Alcántara, figura como un agujero natural que da así nombre a la Cueva del Buraco, en cuyo interior serían descubiertas en los años 80 del pasado siglo, una amplia colección de pinturas prehistóricas, datadas en la época neolítica y contemporáneas a la extensa necrópolis dolménica que circunda la zona.

Abajo: estudiados sus dibujos a mediados de la década pasada, el conjunto de pinturas esquemáticas que ornamentan el enclave, plasmadas en lo menos profundo de la gruta, entre la boca de la misma y y su primera mitad, serían englobadas en seis áreas grupales, tres por cada flanco.



A camino entre las provincias de Badajoz y cacereña, inclusive en relación con abrigos enclavados al otro lado de la frontera con la vecina Portugal, un área también destacada dentro de la región sería la distribuida desde Alburquerque hasta el Parque Natural Tajo Internacional, enmarcada entre los ríos Gévora y Zapatón, al Sur, y el Tajo al Norte, delimitado por la Serra de Sao Mamede al Oeste, y atravesado por la Sierras de San Pedro, que cerraría el enclave en la zona oriental. Los yacimientos registrados se repartirían entre los términos municipales de Alburquerque, Valencia de Alcántara o Santiago de Alcántara, dentro de España, así como en el área lusa de Portalegre, entre otros, a los que se podrían sumar los enclaves dotados con arte rupestre esquemático descubiertos en localidades cercanas al río Tajo cuyas manifestaciones artísticas, más grabadas que pintadas y que han dado en englobarse en el conocido como conjunto de grabados pehistóricos del Tajo, podrían estar en consonancia con los ejemplos occidentales. Coincidiría prácticamente su existencia geográfica y temporal con la destacada cultura megalítica que afloró en esta actual eurocomarca, cuyos protagonistas podrían haber sido los autores materiales tanto de los monumentos dolménicos como de las pinturas esquemáticas que, como ellos, salpican la zona.

Erigiéndose el panel artístico del Risco de San Blas, en Alburquerque, como el yacimiento más destacado de entre los localizados en el área de Tajo Internacional, los ejemplos parietales esquemáticos de esta comarca artística se dan entre los numerosos abrigos labrados por la naturaleza en las serranías que recortan la zona y que suman riscos y montañas a los accidentes geográficos dependientes de los Montes de Toledo, en la zona más occidental del sistema. Perteneciente a las mayores Sierras de San Pedro, en territorio español, y Sierra de San Mamés, en Portugal, sus serranías inferiores guardan entre sus recovecos infinidad de abrigos decorados con pintura esquemática, en muchos casos descubiertas pocos años atrás, o incluso aún por estudiar y catalogar. Así, sería en los años 80 del pasado siglo cuando se supo de la existencia de pinturas rupestres esquemáticas en la Cueva del Buraco, horadada en la Sierra de Santiago, dentro del término municipal de Santiago de Alcántara. Varios años después, en 2.012, serían descubiertas las de Puerto Roque, en la Sierra Fría dependiente de Valencia de Alcántara. Ambos yacimientos se presentan hoy como dos de las estaciones de arte rupestre esquemático más destacadas tanto dentro de esta comarca artística, como de toda la región extremeña. Las pinturas de Puerto Roque han sido incluidas, además, dentro del Itinerario Cultural Europeo "Caminos de Arte Rupestre Prehistórico", o CARP, por el Consejo de Europa.


Arriba y abajo: las áreas A, B y E serían las que, en el flanco izquierdo, registrarían las representaciones conservadas en este lateral de la cueva, con escaso número de pinturas en la más profunda, y mal conservadas las de la inicial, siendo la B o media donde actualmente mejor se pueden observar las figuras, destacando aquéllas que pueblan una laja que centra el grupo pétreo de este área, así como las que asoman desde otras piedras circundantes a la media.








Abajo: el área A o inicial, la más expuesta a las inclemencias temporales, conserva en precario estado sus representaciones, mejor conservadas según nos vamos acercando al área B o zona media del flanco izquierdo de la cavidad.


Mirando hacia el Sur, al igual que la mayoría de los enclaves y cuevas decoradas con pintura rupestre esquemática, el abrigo de Puerto Roque se abre en la zona alta del risco cuarcítico que cierra el término municipal de Valencia de Alcántara en su llegada al país vecino, compartiendo accidente geográfico con el país luso, que ocuparía la prolongación occidental del promontorio pétreo, dibujada la línea fronteriza a muy escasa distancia de la oquedad. Nadie cayó en la cuenta de la existencia de la colección de pintura parietal hasta que en 2.012 Juan Carlos Jiménez descubriese el conjunto, sumando así un nuevo yacimiento prehistórico con que engrosar el listado de enclaves dotados con pintura esquemática dentro de Extremadura, enriqueciendo a la par la región artística que ubicaríamos entre Alburquerque y el Tajo Internacional. El abrigo de Puerto Roque, muy poco profundo y de poca envergadura, se abre sobre una pequeña explanada que desde una elevada altura del macizo rocoso dominaría el flanco sureño que se expande desde las faldas del mismo. El registro de pinturas rupestres conservadas no es muy amplio, pero entre sus ejemplos pictóricos se han podido identificar dos etapas de realización, sobreponiéndose unos elementos a otros sin que los más recientes en el tiempo tapasen los anteriores, complementando por el contrario los mismos, en clara demostración no sólo del respeto que los autores más jóvenes tuvieron por el trabajo realizado por sus ancestros, sino además la perduración de la tendencia artística y la simbología esquemática a lo largo de los siglos.

Sin que falten los trazos oscuros y blancos, la casi totalidad de las pinturas registradas en el abrigo de Puerto Roque seguirían los modelos básicos repetidos a lo largo y ancho de la región, presentando figuras en un tono rojizo y predominante línea gruesa. Los elementos conservados se engloban básicamente en dos grupos, ubicados el primero en la zona media de la cavidad, mientras que el segundo ocuparía parte de una laja que, a la derecha, aparece cerrando la oquedad, entre ésta y el resto de pared pétrea del enclave natural. En el grupo izquierdo destacaría una figura ramiforme, antropomorfa para algunos estudiosos, diseñada en línea vertical sobre la que cruzan ocho trazados horizontales, dotando al ser de dieciséis ramas en pareado de paralelos. No lejos de éste, y a la derecha del mismo, unas figuras más oscuras que aquellas otras junto a la que se muestran a nuestra vista, hacen ver la diferente datación que establece distintas fechas de creación para cada una de ellas. En el panel derecho, por su parte, nuevas figuras supuestamente antropomorfas, acompañadas por no distantes líneas verticales, no aclaran su interpretación, como si lo haría un claro antropomorfo, de mayor tamaño que el resto de composiciones, que a la izquierda de la laja, en un lateral de la misma, decora el canto de ésta, y bajo el cual se conservarían los únicos trazados en blanco sobrevivientes al paso de los años, de las fases históricas y del paso de las culturas.




Arriba y abajo: en el flanco derecho de la Cueva del Buraco quedarían las áreas D, C y F, destacando por su número de representaciones y calidad de las mismas la inicial, donde las propias afloraciones rocosas del suelo permanecen decoradas principalmente con puntos (arriba), mientras que los paneles y lajas de la pared de la oquedad (abajo) se muestran como un auténtico lienzo donde cuantiosas figuras antromoformas se reúnen, algunas de ellas ralladas poco tiempo atrás, castigadas por la falta de concienciación, conocimiento y respeto del actual ser humano.






La cueva del Buraco se abre, nuevamente mirando hacia el Sur, suroeste concretamente, en la Sierra de Santiago, dependiente del conjunto de Sierra de San Pedro, dentro del término municipal de Santiago de Alcántara, Comparte macizo montañoso junto a la legendaria de Viriato o la de la Grajera, descubiertas en esta última igualmente pinturas rupestres esquemáticas posiblemente contemporáneas a la primera. Dentro del propio término son doce los ya contabilizados yacimientos donde se conservan colecciones de pinturas parietales ejecutadas bajo las directrices del arte esquemático, a los que se sumarían cuatro puntos más dotados con grabados. Una herencia prehistórica que se vería enriquecida con una amplia necrópolis dolménica, compuesta por veintinueve monumentos megalíticos repartidos por la zona, algunos cercanos a la propia cueva del Buraco, como los de la Era de la Laguna, datados en fechas similares o muy próximas a las pinturas, y dotados con grabados parietales que demostrarían la clara relación en lo referente a autoría, inclusive en cuanto al uso o destino, existente entre los conjuntos pictóricos y los pétreos mausoleos. Desde el propio agujero que da nombre a la cueva, resultante del horadado natural ejercido sobre el risco cuarcítico en unos dieciocho metros de profundidad, abre su entrada frente a una menuda explanada desde la cual poder observar los dólmenes y la actual dehesa extremeña, así como un amplio horizonte que alcanza las no muy lejanas serranías portuguesas, elevando el lugar como inmejorable atalaya natural desde la cual atisbar y vigilar los contornos.


Arriba y abajo: dentro del conjunto artístico parietal conservado en la santiagueña Cueva del Buraco, destaca un panel que, en la zona derecha de la boca de la gruta, cerrando el conjunto pictórico por tal lado, registra una serie de ojos-soles similares a los hallados en otros yacimientos de la Península Ibérica, confirmándose así la relación cultural que mantuvieron entre sí los antiguos pueblos ibéricos que dieron vida al arte rupestre esquemático, mostrándose Extremadura como un auténtico santuario de arte prehistórico peninsular y europeo.


Tras un exhaustivo estudio realizado sobre las pinturas de la cueva del Buraco, llevado a cabo por F. Carrera junto a un grupo dependiente de la Universidad de Vigo, auxiliados por arqueólogos del equipo de P. Bueno, pudieron observarse alrededor de un centenar de figuras esparcidas a lo largo de los dos lienzos que conforman la abertura de acceso a la cavidad, cual jambas cuarcíticas decoradas dando paso al interior del enclave. En cada uno de los laterales podríamos considerar la existencia de tres agrupaciones donde quedarían englobadas las representaciones, dando un total de seis áreas que ocuparían entrada y mitad inicial de la cavidad. En el flanco izquierdo, si miramos hacia el interior de la oquedad, estaríamos ante las delimitadas como áreas A, B y E, mientras que en su frente opuesto se hallarían los grupos D, C y F, nombrándolos desde el más externo. Abundarían lo que se presumen imágenes antropomorfas asociadas entre sí desarrollando eventos sociales tales como reuniones o bailes. Entre ellas, un gran conglomerado de puntos y signos ideomorfos. Mientras que en las áreas E y F, las más internas, el número de pinturas es bajo en cantidad, aumenta éste según salimos hacia el exterior, siendo el panel más destacado el nombrado como D. En él, además de haberse considerado la existencia de superposición de dibujos, que indicaría diferente fecha de realización y, por tanto, dos etapas creativas en cuanto a la constitución del conjunto, se descubren los elementos más característicos y llamativos de la colección, consistente en una serie de llamados ojos soles depositados en una estela que cerraría en su derecha el emplazamiento. Una figura simbólica nombrada igualmente en otros yacimientos peninsulares, incluyendo abrigos enclavados en el arco mediterráneo, que demostraría la relación del arte esquemático extremeño con la totalidad de la pintura parietal ibérica, haciendo de nuestra región un auténtico santuario de arte prehistórico donde cada abrigo decorado se abriría como una puerta a nuestro pasado, a nuestras raíces y al origen de nuestra cultura, cuyo primer lenguaje común o iniciales líneas artísticas siguen ofreciéndose al visitante de hoy en un habla de interpretación desconocida, pero que incluso en su extrañeza se nos antoja como herencia inequívoca, conservada en pequeños tesoros del camino.



Arriba; aunque es la pintura rupestre esquemática el movimiento artístico prehistórico que destaca entre el conservado en la región, la obra parietal más relevante, valiosa y destacada dentro de Extremadura sería la plasmada por el hombre del Paleolítico dentro de la cacereña Cueva de Maltravieso, descubierta en los años 50 del pasado siglo, dotada con diversos grabados y pinturas donde destacaría una amplia colección de manos en negativo, fechadas en el Paleolítico Superior, única en el interior peninsular y de tan añeja datación que la convierte en uno de los santuarios artísticos más antiguos de España, declarado Monumento Histórico Nacional en 1.963 y Bien de Interés Cultural en 1.985.

Abajo: cuenta la pintura rupestre esquemática extremeña con dos declaraciones de Bien de Interés Cultural, otorgadas respectivamente en 2.011 a las pinturas del Abrigo de la Calderita, dentro del término municipal de La Zarza, así como en 1.924 a las del Risco de San Blas, en Alburquerque, consistente éste en un amplio panel donde un cuantioso número de figuras antropomorfas, algunas luciendo tocados sobre su cabeza, se dan cita, estudiadas desde comienzos del siglo XX pero llegadas a la actualidad en un precario estado de conservación, tras haber sido maltratadas sistemáticamente a lo largo de las pasadas décadas.



- Cómo llegar:

Es la carretera nacional N-521 la que, desde Trujillo y atravesando Cáceres, se acerca a Valencia de Alcántara y la frontera portuguesa contigua a la localidad valenciana. Será en el kilómetro 152, visible ya la línea divisoria entre países, donde parte hacia los riscos que bordean el valle en la zona norteña el camino que sube hasta el abrigo de Puerto Roque. Frente al inicio de la ruta, en el margen izquierdo de la calzada, podremos dejar el vehículo aparcado junto a una nave de reciente creación y edificaciones pertenecientes al antiguo puesto fronterizo español. La vereda se acercará entre pinos al macizo, escalando poco a poco la pared cuarcítica a través de una senda acondicionada y señalizada en base a la inclusión del yacimiento dentro del Itinerario Cultural Europeo "Caminos de Arte Rupestre Prehistórico" (CARP), llevado a cabo por el Consejo de Europa. Escalones, cuerdas y postes nos acompañarán, hasta alcanzar la pequeña explanada donde nos aguarda el abrigo y su incalculable colección de pintura.






Es la misma carretera N-521 la que, llegando a la comarca desde la capital provincial, debemos seguir para, tras haber dejado atrás Membrío y antes de alcanzar Valencia de Alcántara, tomar la vía que nos llevaría a Cedillo y, desde ésta, que es la EX-374, desviarnos por la CC-37 hacia Santiago de Alcántara. Poco antes de llegar al municipio santiagueño, y dejando a nuestra derecha la Sierra de Santiago, donde se ubica la cueva del Buraco, veremos un desvío que, hacia el Noreste, nos acercaría al complejo turístico homónimo a la gruta en cuyo interior se ubica el Centro de Interpretación del Megalitismo o Cultura Dolménica. Antes de atravesar la verja que delimita el conjunto, un camino a nuestra mano derecha bordea el enclave, subiendo después poco a poco hacia la sierra. Siguiendo el trazado del sendero, que conduce a un espléndido mirador, veremos el ramal que dirige nuestros pasos hacia la cavidad prehistórica, convertida no sólo en atalaya natural, sino además en un auténtico lugar de observación y unión con nuestro pasado.








viernes, 26 de febrero de 2016

Acueducto "romano" de Valencia de Alcántara

(Actualizado a 2 de septiembre de 2.021)

Dicen que Viriato nació en los Montes Herminios, en lo que en la actualidad sería la Serra da Estrela, en tierra portuguesa fronteriza con las españolas provincias de Salamanca y Cáceres, y estribaciones más occidentales del ibérico Sistema Central. Dicen que casó con la hija de un acaudalado íbero llamado Astolpas, entrando a formar parte de la alta sociedad prerromana. Algunos aseguran que era un pastor. Otros, que un guerrero. Infinidad de conjeturas sobre uno de los personajes más destacados de la historia de la Península Ibérica, del que nadie duda que se levantó contra el creciente poder de Roma en las tierra del suroeste peninsular, acaudillando a su pueblo, el de los lusitanos, uniendo a las tribus en una lucha conjunta contra el invasor que, hastiado por las continuas derrotas y deseando finiquitar la Guerra lusitana y terminar de someter y conquistar lo que actualmente serían las tierras de Portugal y Extremadura, decidió comprar a tres embajadores que el dirigente había enviado para firmar un acuerdo de paz, para que éstos, a la vuelta con su jefe, le traicionaran y dieran muerte mientras dormía en su tienda. Corría el año 139 a.C.

La resistencia lusitana no finalizaría aquí y el sucesor de Viriato en el cargo, Táutalo o Tántalo, llevaría a cabo una última ofensiva hacia los romanos, dirigiendo sus tropas celtíberas hasta el Levante, atacando allí a los invasores que desde el Este venían en tropel, que habían ya conquistado la mitad oriental peninsular y establecido una cada vez más amplia red de colonias. Su ataque a Sagunto sería repelido. Desesperado ante la persecución del cónsul Quinto Servilio Cepión, Táutalo se rendiría ante él. La Guerra lusitana habría terminado, pero comenzaba aquí uno de los enigmas históricos más controvertidos y que ha dado más que hablar en torno a la romanización de Iberia: la fundación de la ciudad de Valentia.


Arriba y abajo: el aspecto que ofrece hoy en día el puente del acueducto de Valencia de Alcántara, con forma de sifón invertido, responde a la última reforma llevada a cabo sobre el mismo, durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando se le incorpora la planta superior encalada que actualmente lo corona, reconstruyéndose tras un desplome sufrido en su parte central, el edificio previamente levantado en el siglo XVI por el Maestro mayor de aguas de Sevilla, D. Luis de Montalbán, perdiendo la casi totalidad de su fisionomía original, cuyos vestigios aún perdurarían a través de una serie de arcos, tres completos y dos parciales, ubicados en la zona más oriental del puente de la obra hidráulica, presentados por no pocos autores como retazos de una primigenia obra monumental da labra romana.



Tres serían las preguntas planteadas y ante las cuales los estudiosos no logran alcanzar un acuerdo en cuanto a la correcta respuesta. ¿Quién fundaría la ciudad? ¿Para quién se crearía Valentia? Y, fundamentalmente: ¿dónde se levantó? El origen de la ciudad quedaría constatado en base a lo que sobre este acontecimiento relatarían tres autores de la antigüedad: Apiano de Alejandría, Diodoro de Sicilia, y especialmente Tito Livio. El primero de ellos nos diría que el cónsul Cepión, rendidos los lusitanos, les concedería tierra suficiente para que la necesidad no les impulsara al bandidaje. Diodoro de Sicilia indicaría, de igual manera, que a los lusitanos vencidos se les concedió tierras y una ciudad donde establecerse. El mayor número de datos provendrían de Tito Livio, o más exactamente de las Periochae, o resumen que de su obra se redactó en el siglo IV d.C. y que nos permite conocer el trabajo que este autor escribió sobre la historia de Roma en el siglo I a.C., tras haber desaparecido la mayor parte de los volúmenes que compondrían tal compendio histórico. Según la Periochae 54, Tito Livio indicó: Iunius Brutus Cos. in Hispania, is qui sub Viriatho militauerant, agros et oppidum dedit, quod uocatum est Valentia. La traducción más compartida señalaría que Junio Bruto, cónsul, sería quien daría en Hispania tierras y una ciudad fortificada a los que habían luchado en tiempos de Viriato, llamándose ésta Valentia.

¿Fundaría la ciudad Cepión, o Junio Bruto? Todo apunta a que, mientras que el cónsul Quinto Servilio Cepión sería quien prometiese tierras y la fundación de una nueva ciudad al finalizar la Guerra lusitana, esta urbe no se levantaría por él sino por su sucesor en el cargo, Décimo Junio Bruto Galaico, nombrado cónsul en Hispania en 138 a.C., un año después de la derrota mencionada. No está tan claro, por el contrario, si la urbe se crearía para acoger a los lusitanos vencidos o, por el contrario a las licenciadas tropas romanas que habían logrado la victoria. El texto de Tito Livio da lugar a la doble interpretación, al mencionar que la ciudad y las tierras serían para los que lucharon sub Viriatho, lo que podría traducirse por "en tiempos de Viriato", o más bien "bajo las órdenes de Viriato". Pero el gran enigma vendría a la hora de fijar un enclave geográfico donde marcar la fundación de Valentia. Mientras que para algunos Valentia sería el origen de la actual Valencia levantina, antaño conocida como Valencia del Cid, otros defienden la posibilidad de que ésta fuera el germen de la portuguesa Valença do Minho, al Norte del país luso. Una tercera opción recaería sobre la extremeña Valencia de Alcántara, rayana y al Oeste de la región.


Arriba y abajo: vista septentrional (arriba) y meridional (abajo) del primero de los tres arcos completos que de presunta mano romana subsisten en el acueducto valenciano, enclavado en la esquina más oriental de su puente, sustentado por pilares acoplados a las irregularidades del terreno, llamando la atención el característico labrado en almohadillado de sus graníticas dovelas que, para no pocos autores, permite su datación a comienzos de nuestra era.



Los que defienden la hipótesis levantina verían en la fundación de la ciudad la consolidación del acuerdo al que llegaría Roma con Táutalo, logrando no sólo la rendición de los lusitanos, que tendrían una ciudad para ellos, sino además alejarlos de sus tierras de origen prometiéndoles otras mucho más fértiles, en la vega del río Turia, como medida de prevención ante un nuevo levantamiento desde el suroeste peninsular. Los que se decantan por la candidatura de Valencia de Alcántara, opinan todo lo contrario. Defienden que el desplazamiento geográfico promovido por Roma de los lusitanos no sería regional, sino una mudanza que llevaría a éstos desde las montañas a una zona mucho más llana y menos abrupta donde poder ser controlados con mayor facilidad. No obstante, el enclave donde se levanta el municipio extremeño, en plena Campiña valenciana, resultaría todo un fértil valle regado por múltiples arroyos y rodeado de colinas, en las estribaciones occidentales de los Montes de Toledo, donde poder ejercer la agricultura y la ganadería, lejos de los escarpados montes donde habitualmente residían los lusitanos. Este punto quedaría inclusive cercano a legendarios enclaves ocupados por los lusitanos, como la conocida popularmente como Cueva de Viriato o Peña Jurada, una gran oquedad natural abierta en uno de los macizos rocosos que conforman la Sierra de San Pedro, enclavada dentro del actual término municipal valenciano y entre las poblaciones de Membrío y Santiago de Alcántara. Tal abrigo natural acogería, al parecer pero no con poco peso histórico, durante un cierto periodo de tiempo al líder lusitano durante la contienda ejecutada por él y su pueblo contra Roma. Se cree incluso que, muy posiblemente, fuera en las cercanías de la misma donde tuviera lugar la celebración de su fausto funeral e incineración del cadáver del amado caudillo. Pero lo que más peso daría a esta opción extremeña sería la existencia de un texto del geógrafo Estrabón que, basándose en los escritos del viajero Poseidonio, que visitaría Hispania a finales del siglo II a.C., poco después del fin de la Guerra lusitana, hablaría del traslado de tribus lusitanas a la orilla izquierda del Tajo, en el espacio inscrito entre este cauce fluvial, el sureño Guadiana y las actuales localidades de Portalegre y Cáceres, donde casualmente un municipio luce el nombre que recuerda al otorgado por Junio Bruto a la ciudad destinada a acoger a los valientes guerreros que lucharan con Viriato.



Arriba: vista norte del segundo arco completo, o arco central, de los conservados en el acueducto de Valencia de Alcántara de su obra original, bajo el cual trascurre el camino que une el enclave con el casco urbano de la villa.

Abajo: detalle del intradós del arco central, construido con dovelas graníticas cuyo almohadillado no sólo se muestra en las caras externas de la obra, sino también en el interior del mismo.



Arriba y abajo: vista sur del segundo de los supuestos arcos vestigiales del romano acueducto valenciano.


Descartada la opción portuguesa por la mayoría de los autores, al considerar poco acertado establecer una colonia en unas tierras fronterizas con Galicia que, al terminar las Guerras lusitanas, prácticamente no habían sido pisadas por Roma, Valencia del Cid y Valencia de Alcántara serían las firmes candidatas a erigirse como herederas de la Valentia de Junio Bruto. En todo caso, sendas Valencias mantendrían una característica común: su existencia en época de dominación romana. Bajo el suelo del centro histórico de la Valencia levantina, son abundantes los restos romanos que nos hablan de una ciudad amurallada, regularmente estructurada y dotada de puerto fluvial y destacados edificios públicos, como un circo, con inmuebles de hasta dos plantas y lujosas mansiones de las que rescatar ricos mosaicos, esculturas e infinidad de restos arqueológicos. En Valencia de Alcántara los vestigios romanos son de inferior calidad y cantidad, pero en absoluto inexistentes. A falta de una estructura urbana conocida, que pudiera verificar la existencia de una localidad frente a un cúmulo de villas o explotaciones, así como hablarnos a su vez de los límites de tal ciudad o de su número de habitantes, los abundantes restos encontrados en la misma localidad cacereña y sus alrededores, desde aras y estelas hasta el llamativo balsamario broncíneo conservado en el Museo Arqueológico Nacional, dan testimonio indubitable de su pasado romano.

Aunque algunos autores sostuvieron que sería en la zona de San Vicente de Alcántara donde se enclavaría la posible urbe, mientras que Valencia asomaría desde el mismo suelo donde se asentó un palacio rural, la abundancia de patrimonio romano aparecido en el propio municipio cacereño y sus alrededores, así como la relevancia de las presuntas estructuras romanas conocidas, mantiene en pie la postura contraria, señalando a San Vicente de Alcántara y sus aledaños como una zona anexa a la ciudad romana donde se ubicarían una serie de villas de entre las que destacarían por sus hallazgos la enclavada en la finca Torre de Albarragena, datada entre los siglos III y IV d.C., y donde se descubrieron una serie de mosaicos de relevancia, antiguo pavimento de las dependencias de la casa. Como respuesta a la ausencia o desconocimiento de un trazado urbano romano, se cree que posiblemente y como ha sucedido en otras muchas poblaciones de origen latino que han ido creciendo sobre sí mismas, en la propia Valencia de Alcántara la mayor parte del legado datado en esta época ha desaparecido según se regeneraba la propia urbe. Una teoría alternativa, sin embargo, situaría el núcleo romano principal en el lugar conocido como Sexmo de Sever, en la orilla derecha de este afluente del Tajo y línea hispano-lusa fronteriza, donde José de Viu señalaría en la primera mitad del siglo XIX, y tras él Pascual Madoz en su "Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España", la existencia de un cúmulo de vestigios latinos, tanto muebles como inmuebles, de tal calidad y en tal cantidad, que bien pudiera catalogarse el yacimiento como uno de los más característicos de la España romana, sin que otros eruditos ni arqueólogos lo visitasen después hasta darse en la actualidad, al parecer, la práctica desaparición del mismo. No obstante, los vestigios romanos o de presunto origen tal subsistentes en la actualidad en derredor de la villa valenciana, permitirían pensar que fue en este mismo enclave donde una ciudad romana, a los que éstos debían servir, tuvo presencia. Hablaríamos de dos puentes, una fuente, restos de calzadas y, no carente de controversia, un acueducto.


Arriba y abajo: el tercer y último de los arcos completos de la serie conservada de la original arquería de la presunta obra de ingeniería romana, se acerca hacia el occidental valle que salva la construcción, unido aún a un cuarto arco, cegado y parcialmente desmembrado.


Al noreste de la villa, salvando el curso del arroyo de la Vid o Rivera del Avid, el conocido como Puente de Piedra, Puente Romano o Puente de Abajo, a pesar de haber sido reedificado en el siglo XVII, tal y como reza en una lápida inscrita en el mismo donde puede aún verse la fecha de 1.622 como año de finalización de tales obras, ofrece como parte de su estructura un arco cuyas dimensiones y fisonomía han llevado a diversos autores a considerarlo sustituto de un original latino de cuya primitiva obra subsistirían, encajados en la actual, diversos sillares almohadillados que a su vez fueran conservados en la obra medieval que presuntamente relevó al puente primigenio. Más lejano de la población, sobre el río Alburrel, un puente de dos arcos, llamado Pontarrón o Puente de los Garabíos, muestra igualmente y a pesar de posteriores reconstrucciones, diversos sillares, también alguno almohadillado, considerados de factura romana y preservados de un supuesto original viaducto que, erigido en tal época, salvase las aguas en pro de la conexión que, a través de su calzada correspondiente, uniera la zona con el puente de Alcántara, o bien Norba Caesarina con Ammaia atravesando el lugar donde quedara inscrita la supuesa ciudad de Valentia. Por otro lado, encuadrada dentro del casco urbano, en la calle Luis Braille y al Suroeste del municipio, una fuente bautizada como de Monroy se cree originaria de comienzos de nuestra era, aunque la estructura actual al parecer pudiera deberse a una reforma efectuada sobre la misma ya en el siglo XVIII. Tradición oral que se mantiene igualmente sobre la calzada que aún puede transitarse en las cercanías del lugar de La Zafra, al Sureste de la actual villa. A las afueras también, aun levantado durante la Edad Moderna, se observan en el acueducto valenciano un buen número de los originales arcos que sustentarían la obra renacentista, cuyo almohadillado en sus dovelas hace pensar a no pocos autores e investigadores en el posible origen romano de éstos.

El acueducto de Valencia de Alcántara conduciría hasta la ciudad las aguas desde el manantial llamado de Malpica, ubicada en las cercanías del convento franciscano de San Pedro de los Majarretes y hoy pedanía valenciana de San Pedro, al Suroeste de la principal localidad. De esta fuente se conservaría hoy en día el pozo cilíndrico, de 8 metros de profundidad y diez de diámetro, donde una serie de galerías arqueadas, hoy cegadas, permitirían recolectar el agua en su interior, partiendo ésta por otro canal hacia su destino, siguiendo las trazas que D. Luis de Montalbán diseñase en el inicio del último cuarto del siglo XVI, una vez decidido el transporte hacia la población de tales aguas que pudieran dotar a la villa de un caudal constante, irregular a lo largo del año entre las fuentes situadas dentro o inmediatas al casco urbano. Hermano de Francisco de Montalbán -nombrado Maestro mayor de obras de fuentes y encañados por el rey Felipe II-, Luis contaría con el título de arquitecto o maestro mayor de aguas y fuentes de la ciudad hispalense, otorgado por el concejo sevillano. Según estudio presentado por los investigadores extremeños Bartolomé Miranda Díaz y Dionisio Martín Nieto, fue tal personaje quien ganase en 1.575 el concurso ofrecido por la localidad valenciana encaminado a la erección de tal obra de ingeniería hidráulica, documentado a través de una serie de escritos conservados fundamentalmente en el Archivo de Protocolos de Sevilla. De corte renacentista, desde Malpica hasta la villa, la completa obra hidráulica acarrearía las aguas a lo largo de unos 8 kilómetros, siendo ésta la longitud real del acueducto completo. A través de un caño, subterráneo en ciertos tramos y conservado en otros puntos al descubierto entre el paisaje, el acueducto tendría que hacer frente antes de llegar a la urbe a las directrices del terreno, debiendo salvar el valle por el que discurre el arroyo o regato Peje. Sería aquí donde una larga arcada daría forma a la visión más común y propia que de un acueducto se tiene. Con unos 175 metros de longitud y unos 25 metros en su máxima altura dada en lo más profundo del terreno, la arquería o puente del acueducto contaría al parecer con diecisiete arcos, sobre los cuales un muro de mampostería, horadado con unos veinte arquillos dados a la obra supuestamente a raíz de la reconstrucción que Benito José Barbosa llevase a cabo sobre el monumento tras verse éste parcialmente derruido en 1.767, quedaría finalmente coronado con el canal que abastecería a la ciudad.


Arriba y abajo: los vestigios de un cuarto y un quinto arcos, que prolongarían hacia el Oeste la serie conservada de la original arquería, se aprecian aún embutidos dentro del aspecto actual que ofrece el acueducto valenciano, cegados y semidesmontados tras la última intervención a la que fue sometida la obra, cuando se decidiese tras el derrumbe de parte del viaducto en 1.858 reforzar los muros y dotar la obra de una galería superior en forma de sifón invertido, que pudiera así vencer los problemas de caída de agua que venían dándose desde el siglo XVI y cuyas obras de reforma ayudarían posiblemente al cese por el peso de los arcos, observándose todavía entre las piezas restantes el almohadillado decorativo que permite barajar sobre el inmueble la presencia de restos datados en el siglo I de nuestra era.

 
Mostrando hoy la obra el aspecto que a la misma se le otorgase tras la última reedificación llevada a cabo sobre el edificio, ejecutada en torno a 1.860 tras verse el inmueble víctima de un derrumbe, ocasionado en 1.858 por las lluvias y posiblemente por el peso que sobre la arquería ejerciesen las reformas y añadidos que desde su erección a finales del siglo XVI se llevasen a cabo a fin de permitir ejecutar correctamente la traída de las aguas al municipio, se le añadiría al acueducto valenciano un piso superior que le daría a la obra forma de sifón invertido,eliminándose para ellos gran parte de los arcos preexistentes y cegando otros a fin de consolidar el muro de sustentación del caño. De la original obra que daría ser a la arquería o puente del acueducto, restarían hasta la actualidad tres arcos íntegros, un cuarto semicompleto y cegado, y vestigios de un quinto, en serie todos ellos y ubicados en la esquina oriental del sifón que cruza el valle y sigue salvando las aguas del arroyo Peje, apareciendo los tres arcos completos en el rincón más alejado del cauce fluvial, transcurriendo bajo el arco central un camino público que conduce desde Valencia de Alcántara hasta diversas fincas y campos ubicados al Sur de la villa, figurando los arcos cuarto y arranque del quinto en la parte occidental de este conjunto, afectados por la forma de sifón invertido que se comería parte de la constitución de éstos. Queda lejano así el diseño que la obra original ofreciese, dibujándose una arquería o puente plano donde la arcada mantuviera una línea recta sobre el paisaje, coronada por una segunda planta de mampostería que en suave pendiente permitiese la bajada de las aguas por el conducto supremo. Fábrica que, tras dejar Luis de Montalbán los trabajos hidraúlicos en manos de su maestro albañil, Rodrigo Gallegos, se reservaría éste para sí, sin que al parecer se conozcan detalles del proyecto que el andaluz idease sobre la misma, suponiéndose así por algunos autores la invención de unos arcos ejecutados con dovelas graníticas labradas donde se recuperase, siguiendo las pautas artísticas del Renacimiento, el gusto clásico por el almohadillado, tal y como puede observarse en otras obras de ingeniería pública datadas en fechas cercanas, como el Puente de Segovia que cruza el río Manzanares en la capital estatal. No son pocos los autores, entre ellos Carlos Fernández Casado, que, sin embargo, consideran en contra los mismos, como ocurriese en los puentes de Piedra y de los Garabíos, elementos subsistentes de alguna monumental obra de ingeniería levantada  a comienzos de nuestra era, bajo el dominio romano, reutilizados desde algún yacimiento cercano o, inclusive, sobre el mismo terreno en el que permaneciesen, derivando de una obra cuyo aspecto primigenio pudiera haber casado con el que hoy en día presentan otros acueductos romanos peninsulares datados en época altoimperial, como son el de les Ferreres, en Tarragona, o el de Almuñécar (Granada), lejano sin embargo de otros más cercanos geográficamente como pudieran ser los emeritenses de los Milagros, o de San Lázaro. Un ejemplo de ingeniería romana que, de verificarse su realidad, no envidiaría a otras obras hidráulicas contemporáneas a ella, siendo en todo caso el acueducto valenciano, en su resultado y con su particular crónica, uno de los muchos monumentos que indubitativamente enriquecen tanto el patrimonio valenciano como el de toda la región extremeña, donde es fácil encontrar entremezclados elementos de talla romana con otros elaborados en épocas diversas, resultando una simbiosis cultural que demuestra tanto el excelso bagaje histórico como el rico legado cultural heredados por Extremadura, tan valiosos como, en gran medida, desconocidos. 


Arriba: los supuestos diecisiete arcos con que contó la planta inferior de la original obra hidráulica, se sustentarían sobre pilares constituidos por sillares graníticos y mampostería, compuesto cada uno por una serie de cuerpos cuya planta iría creciendo según se alejase de la línea de impostas, aumentando el número de los mismos como medida de acoplamiento al terreno que debían salvar.

Abajo: vista del pilar que sirve de sustentación a los arcos tercero y cuarto, cuyos sillares graníticos, aún almohadillados, permiten barajar un origen romano de los mismos, reaprovechados de alguna obra cercana o inmediata como refuerzo de la arcada renacentista, sin que falte quien presente esta porción de la obra como parte fundamental de un supuesto primitivo inmueble romano.


Abajo: a la serie iniciada con el pilar que, en la esquina más oriental del acueducto, sirve de sustentación del primero de los arcos, se sumarían no sólo las restantes bases que sostienen aún los arcos restantes, sino además vestigios de tres pilares más, recortados durante la última reforma llevada a cabo en el inmueble, gracias a la cual pudo aparentemente solventarse el problema de traída de agua a la villa valenciana, introducido el caudal, que en un comienzo quedaba -tras superar una piscina limaria- en la zona extramuros que hoy es la plaza de Elías Diéguez -prolongada a fines del siglo XVIII a fin de nutrir la llamada fuente de la Alameda-, dentro de la población a través de los arcos que, en época de Isabel II y formando parte de una reforma ejecutada por Fermín Tegedor, introdujesen a partir de 1.848 el caño en el municipio, aflorando en la marmórea fuente popularmente llamada de la Playa, sita en la actual plaza de Gregorio Bravo.



Arriba: en la calle de Luis Braille, absorbida por el crecimiento urbanístico de Valencia de Alcántara, la conocida como Fuente de Monroy se mantiene en pie ofreciendo la imagen resultante de que fuese dotado el monumento en el siglo XVIII, otorgándole la tradición oral, por el contrario, un primitivo origen romano al manantial, como igualmente ocurriese con otras fuentes ya desaparecidas, ayudando a probar, si pudiera verificarse tal raíz, la realidad de un asentamiento de tal número de población que necesitase nutrirse de las aguas de estos manantíos, así como quizás también de aquéllas surtidas en las cercanas Fuente del Oro y Fuente Blanca, en cuyos derredores apareciesen aras votivas que probasen el conocimiento de las propiedades salutíferas de sus aguas en época de dominación latina, trasladadas quizás del acuífero líquido del que se nutren estas últimas hasta la urbe a través de un acueducto del que restasen arcos, pilares o, sencillamente, sillares y dovelas que siglos más tarde fueran nuevamente empleados en la utilidad pública a raíz de la erección del acueducto valenciano renacentista en el último cuarto del siglo XVI.

Abajo: desde el cruce que parte hacia Santiago de Alcántara (carretera CC-37), dejando atrás la vía que desde la carretera nacional N-521 lleva a la localidad de Cedillo (EX-374), puede observarse no muy lejos de Membrío la que fuera bautizada como Peña Jurada, popularmente Cueva de Viriato, una gran oquedad que asoma hacia el Sur desde uno de los macizos que conforman la Sierra de San Pedro, desde donde poder observar y vigilar el horizonte tal y como presumiblemente haría el caudillo lusitano durante la contienda que contra Roma ejecutó dirigiendo a su pueblo, hasta que traicionado en el año 139 a.C. fuera asesinado, incinerado su cuerpo en un fastuoso funeral que, según se cree, pudo haber tenido lugar en las inmediaciones de este mismo abrigo natural, confirmándose así la relación que estas tierras tuvieran con el personaje histórico y sus tropas, a las que Roma daría tierras y una ciudad que, en reconocimiento a su valentía sería bautizada como Valentia, defendida férreamente por el investigador Carlos Callejo Serrano la postura -retomando entre otros a Juan Francisco de Masdeu- que sitúa la misma en los terrenos que hoy ocupa la actual Valencia de Alcántara, apoyado tanto en el rico patrimonio romano que salpica su término municipal, como en el convencimiento de la derivación de su nombre actual de una nomenclatura antigua, previa a la reconquista del lugar, careciéndose de datos que confirmen un nuevo bautismo o fundación tras volver la zona al poder cristiano, mencionándose, por el contrario, ya ésta como Valencia antes de la llegada de las tropas norteñas, que, dirigidas por la Orden alcantarina, no hicieran sino sencillamente darle su apellido, barajándose inclusive la posibilidad de ser llamado el lugar como Ballantia por el poder musulmán, posible derivación del Valentia original.


- Cómo llegar:

Valencia de Alcántara, al Oeste de la provincia cacereña y cercana a la frontera portuguesa, se mantiene unida con la capital provincial a través de la carretera nacional N-521. Siguiendo el trazado de esta vía a través de la localidad, y siguiendo el curso hacia el país vecino, nos desviaremos desde ella hacia nuestra derecha, justo al terminar el casco urbano y dirigiéndonos hacia la pedanía de San Pedro, unida con la villa por la carretera CC-107. Pocos metros desde el desvío, y a la altura de la calle San Antonio, a nuestra izquierda veremos un camino que discurre hacia el suroeste. Esta vereda, apta para el tránsito rodado, conduce directamente hasta la arquería del acueducto valenciano, pasando bajo uno de sus preservados arcos de posible origen romano.


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