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miércoles, 28 de febrero de 2024

Imagen del mes: representaciones figurativas andalusíes de Extremadura

Considerado tradicionalmente el arte musulmán como de carácter anicónico, careciendo de figuras humanas o zoomorfas entre sus representaciones, pueden encontrarse, sin embargo, intercalados en sus ornamentaciones de índole mayoritariamente vegetal, geométrico y caligráfico dispuestas a lo largo de los siglos y a través de los enclaves que en alguna ocasión formaron parte del mundo islámico, diversos ejemplos creativos figurativos que vienen a desbaratar tal teoría, muchos de ellos procedentes de un arte andalusí que dejaría en tierras hoy extremeñas algunas de tales excepciones, con ejemplos cerámicos, metálicos y pétreos preservados entre sendos museos arqueológicos provinciales, observándose entre sus salas la cabeza de un ave pintada sobre un fragmento cerámico procedente de Medellín, dos cuadrúpedos usados como juguetes descubiertos entre los vestigios del que fuese el Badajoz musulmán, el soporte de un brasero con cabeza y pie de león hallado en Higuera de la Serena, destacando por su antigüedad un aplique de plata con cabeza de cérvido fechado en época emiral desenterrado en el yacimiento gordeño de Cañada de los Judíos, así como por su posible vinculación con la dinastía aftasí, los dos pies de banco con ornamentación leonina que mil años atrás pudieran haber servido como base del trono de los reyes islámico-pacenses.

Badajoz, Medellín, Higuera de la Serena y yacimiento de Cañada de los Judíos (El Gordo, Cáceres). Siglos VIII al XI; arte islámico.

Arriba y abajo: aunque el Corán no prohíbe las representaciones artísticas figurativas, el intento por evitar la idolatría encauzado a través de varios hadices o códigos donde se recogía la tradición oral originaria del Islam, conduciría hacia un abandono de las creaciones antropomorfas y zoomorfas en pro de la ornamentación vegetal, geométrica y caligráfica, si bien las producciones figurativas de aquellos seres a los que se consideraba portadores de alma, alejadas completamente de los contextos religiosos donde el culto y la veneración debe dirigirse tan sólo a Dios, tendría cabida en los ambientes domésticos y cortesanos, colándose a través de la cerámica, los juguetes, los ajuares hogareños, los muebles, la azulejería, las pilas, las yeserías o los capiteles, destacando aquéllas emanadas de un arte andalusí que en la Península Ibérica medieval bebiese tanto de las creaciones clásicas, en muchas ocasiones coleccionadas, como de un cristianismo con el que estableciese contacto y transmisión artística, surgiendo así piezas figurativas extraordinarias destinadas tanto a embellecer jardines y salas palaciegas como a servir a los hogares más humildes, sin que faltasen éstas entre las ciudades y poblaciones esparcidas en lo que hoy es territorio extremeño, destacando por su antigüedad la cabeza de un cérvido en plata datada en época emiral que fuera hallada en el yacimiento denominado Cañada de los Judíos -arriba-, sito en el término municipal de El Gordo, compartiendo naturaleza metálica con la pata de un brasero, en este caso de bronce, rescatada de la finca llamada El Santísimo ubicada en tierras de Higuera de la Serena, cuya decoración felina, con un pie de león rematando inferiormente el soporte y la cabeza de tal animal en el punto de unión de la pieza al desaparecido resto del mueble -arriba- recuerda el arte fatimí del siglo XI, barajándose la posibilidad de provenir este elemento del Egipto gobernado bajo tal dinastía en los albores del segundo milenio de nuestra Era.



Arriba y abajo: un ave, posiblemente una paloma -arriba-, sería el animal que sobre un recipiente cerámico hallado en Medellín, quizás un plato o ataifor, fuese pintado siguiendo la técnica del verde-manganeso, dibujando sobre el blanco de base con el verde del cobre y el negro-morado del manganeso los elementos decorativos escogidos, bastante similar a la fórmula empleada a la hora de rematar uno de los dos juguetes y/o botijos que, con forma de cuadrúpedo, se hallase en la ciudad de Badajoz -abajo-, con una ornamentación de pinceladas verdes ejecutadas sobre un fondo blanquecino muy distante al tosco acabado sin policromar de la vasija zoomórfica desenterrada junto a otras cerámicas islámicas en un solar de la calle Zurbarán -abajo, siguiente-, cuyo parecido, aun en su deterioro, al camello descubierto entre las cerámicas almohades rescatadas en 1.937 en la calle Savellà de Palma de Mallorca, hoy en el Museo del Diseño de Barcelona, permite imaginar el aspecto original de tal pieza de probable uso infantil, datada entre los siglos X y XI.




Arriba y abajo: descubiertos en el baluarte de San Roque, con casi un metro de longitud y rondando el medio metro de altura -96 cms. x 48 cms.-, los dos pies que sirvieran como soportes de aquel tablero central junto al que conformasen un banco o trono en algún jardín o edificio de la islámica ciudad de Badajoz, quizás al servicio de Sapur o de la posterior dinastía aftasí que gobernasen el reino taifa desde aquí capitaneado entre 1.013 y 1.094, muestran sobre el mármol blanco del que se nutren la parte anterior o prótomo de dos leones respectivamente, tumbados y contrapuestos, cuyo labrado se observa mejor, curiosamente, en la pieza donde uno de los animales ha sido descabezado -arriba y abajo-, más desdibujado el diseño de la anatomía felina en su hermana -abajo, siguientes-, apreciándose en todo caso entre sus patas, rabos, cabezas y fauces, unos rasgos tendentes a la esquematización propio del arte islámico e igualmente atisbado en otras piezas escultóricas andalusíes claves donde es el león el animal representado, así en el león de Monzón, en los granadinos leones del Maristán, o en los archiconocidos leones que dan nombre al patio donde se ubican, en el corazón del palacio de la Alhambra, colocándose así ambas piezas extremeñas entre las figuraciones zoomorfas más relevantes del arte islámico peninsular y, por ende, del arte sarraceno extremeño.



jueves, 14 de diciembre de 2023

Imagen del mes: santuario prerromano del Castrejón de Capote, en Higuera la Real


Ubicado en pleno corazón del asentamiento que hoy recibe el nombre de Castrejón de Capote, un santuario datado en torno a los siglos V a IV a.C., y en uso hasta mediados del siglo II a.C., se ofrece como el inmueble clave del yacimiento, no sólo por su inusual inscripción entre el caserío céltico que dibujase el asentamiento celta conocido más meridional de Europa, sino también por el excepcional estado de conservación en que se descubrió, sellado el sacro recinto tras estarse celebrando en él un ingente sacrificio y banquete ritual, permaneciendo in situ los utensilios usados en la ceremonia hasta ser en la pasada década de los 80 finalmente hallados y desenterrados.
 
Castrejón de Capote (Higuera la Real). Siglos V-IV a II a.C.; estilo celta.


Arriba: constituido por un espacio trapezoidal de 4 metros cuadrados, elevado un metro sobre el nivel de la calle primigenia y carente original y presuntamente de techumbre, el santuario prerromano de Capote se abría por su flanco suroccidental al ramal septentrional de los dos en que se dividía, a modo de Y, la calle central que atravesaba longitudinalmente el castro de unas 3 hectáreas al que pertenecía, inscrito en la península que conforman los ríos Sillo y Álamo al confluir sus vegas -abajo-, ofreciéndose así su interior al público que se aglomerase frente a él, dotado de una mesa pétrea central rodeada de un estrecho pasillo enlosado y un banco corrido a través de las tres paredes que la abrazan -arriba-, donde se sentarían presuntamente los comensales, sacerdotes o druidas que, en un número máximo de entre 15 y 20, llevasen a cabo los rituales religiosos allí consumados, heredados de las poblaciones de origen celta que, desde el Norte peninsular y provenientes a su vez de la Europa atlántica, viniesen a colonizar en torno al siglo V a.C. esta sección de la región extremeña incluida en la conocida como Beturia bajo el nombre de pueblos célticos.


Abajo: descubierta en 1.982 por el profesor Aurelio Salguero Marín una estela de guerrero con inscripción tartésica como dintel de una zahúrda abandonada en la finca higuereña de Capote, la relevancia del hallazgo impulsaría la excavación a partir de 1.987 de la zona, exhumándose por Luis Berrocal Rangel una desconocida ciudad celta de ignorado nombre de la que irían desenterrándose de entre sus dos fases de ocupación -una primera datada entre los siglos V a II a.C., y una posterior fechada desde mediados del siglo II a.C. a mediados del siglo I a.C.- murallas, calles, casas, talleres y, fundamentalmente, el santuario central cuya ubicación poco habitual en el interior del castro permitiera pensar en la relevancia religiosa dada al enclave por sus pobladores y vecinos que, considerando la fortificación como centro de culto y reunidos frente a tal sanctasanctórum, asistirían a las liturgias allí celebradas, incluyendo posiblemente entre ellas el Samhain o Samonios, ejecutado a fines de octubre en pro de dar la bienvenida al nuevo año celta, siendo quizás éste el rito que se estuviera llevando a cabo cuando la ciudadela fuera asaltada por las huestes romanas de Marco Atilio recién tomada la cercana Nertóbriga -según otros autores Marco Claudio Marcelo- en el año 152 a.C., aprovechando los latinos el momento de realización de tal culto para atacar y hacerse con el poblado, enterrándose seguidamente el edículo profanado con todos los elementos que se estaban utilizando en tal ceremonial, desde las parrillas donde se asaba la carne de los animales sacrificados, hasta las vajillas donde se servía la misma, exhumándose hasta 54.000 fragmentos cerámicos pertenecientes a más de mil útiles que verificarían tanto la relevancia del banquete como el gran número de personas integrantes del mismo, destacando entre los elementos rescatados una copa calada (abajo, primera imagen) que, expuesta junto a un vaso ornamentado (abajo, segunda imagen) y un plato con doble orificio (abajo, imagen tercera) como exponentes del yacimiento de Capote entre las vitrinas de la sala dedicada a la Protohistoria del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, serviría posiblemente como incensario donde quemar los perfúmenes que sahumarían la escena religiosa y última vivida por el castro antes de pasar a formar parte, durante su segunda etapa ocupacional, del mundo romano.


lunes, 2 de octubre de 2023

Imagen del mes: estatua de Mercurio sedente, en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida

Descubierta en 1.913 durante las obras de cimentación de la actual plaza de toros emeritense, se exhumaría de los terrenos conocidos como Cerro de San Albín una escultura a tamaño natural representando al dios Mercurio, Hermes en la antigua Grecia, descansando mientras permanece sentado sobre una roca, acompañado de algunos de sus atributos personales más característicos, así las sandalias aladas o la lira de su invención, procedente posiblemente del Gran Mitreo con que contase Augusta Emérita y presentada hoy en día como una de las figuras más hermosas y de mejor calidad artística entre la colección estatuaria preservada en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida.

Mérida (Badajoz). Siglo II d.C. (fechada en el año 155); arte romano.




Arriba y abajo: elaborado en mármol blanco de las canteras del anticlinal portugués de Estremoz, con una altura de 1,54 metros y más de 600 kilos de peso, el Mercurio sedente emeritense ofrece una imagen completamente desnuda y juvenil del dios romano del comercio, sentado sobre una roca previamente cubierta con su clámide o capa corta -arriba-, presuntamente descansando de su vuelo mientras muestra sus talarias o sandalias aladas -abajo, y siguiente-, así como la lira de diez cuerdas que, de su invención, fabricase con el caparazón de una tortuga y los cuernos de un antílope -abajo, imagen tercera-, habiendo desaparecido sin embargo el posible caduceo o vara con dos serpientes que pudiera haber portado originalmente en su mano derecha -abajo, imagen cuarta, izquierda-, dañada ésta como lo están también otras partes de la figura, así su nariz, los dedos de la mano izquierda -abajo, imagen cuarta, derecha-, el pie zurdo o los genitales, desaparecida gran parte de su pierna siniestra aunque no la inscripción con que el ejecutor de la excelsa obra (firmada al parecer por el mismo Demetrios que labrase, como presunto autor de toda la serie, su nombre en otras esculturas de la colección mitraica emeritense) quisiera dejar constancia del pontífice que mandase elaborarla, labrada sobre la cara externa de la concha testudínea -abajo, siguiente- el epígrafe ANN. COL. CLXXX. INVICTO. DEO. MITHRAE. SACR. G. ACCIVS. HEDYCHRVS. PATER. A. L. P. (ANNO COLONIAE CLXXX INVICTO DEO MITHRAE SACRVM GAIVS ACCIVS HEDYCHRVS PATER ANIMO LIBENTE POSVIT; En el año 180 de la colonia, consagrado al Dios invicto Mitra, Gayo Accio Hedychro, Padre, de buen ánimo la puso), mencionado tal sacerdote a la par en otras piezas vinculadas con el que se cree fuese el Gran Mitreo que en Augusta Emérita relevase presuntamente en sus funciones religiosas al posible pequeño santuario dedicado al culto a Mitra hallado en la calle de Espronceda, y donde la escultura mercuriana quedara ligada con la primera etapa (el corax o cuervo) de los siete grados en que se dividían tanto la iniciación a tal liturgia, como el spelaeum o cueva en que ésta se desarrollaba.





AL MERCURIO SEDENTE EMERITENSE


                                                                                                                (Julio de 2.020)


Estando frente a ti,

tú sentado, yo de pie,

miro la obra a cincel

que del mármol te salvó,

y aun desnudo te dotó

-en flor tu cuerpo viril-,

de la robustez sutil

del vástago del rey dios.


Demetrios tu gran vigor

corpóreo no osó ocultar.

La clámide: simple sitial

de tu musical invención.

Dichoso el caparazón

que tus dedos tañerán,

parando, tras el volar,

en pro de la inspiración.


(Poemas extremeños, y otras poesías; Samuel Rodríguez Carrero)

jueves, 22 de diciembre de 2022

Imagen del mes: busto masculino hallado en la villa romana de La Majona, en Don Benito


ANTE UN BUSTO MASCULINO

HALLADO EN LA VILLA ROMANA

DE LA MAJONA


Suponiéndote tan inerte,

¡qué sereno pareces,

aun conociendo la muerte

de tu tiempo y de tu piel!


De entre simientes despertado,

tu níveo busto al presente

le otorga un referente

de los ecos de un ayer.

Del que tú, aun callado hablas,

mientras diriges tu mirada,

entre perdida y extraña,

a un mundo que ya no ves.

A un mundo que licuaría

entre sombras de los días,

y aun creyendo de otra vida,

es éste, sin ser ya él.


Suponiéndote tan inerte,

¡qué sereno pareces!

Quiera el destino ofrecerte

nuevos siglos que entender.


(Un año de poesía; Samuel Rodríguez Carrero)

(Expuesto en la sala dedicada a Roma del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, un espléndido busto de acabado realista y tamaño natural, labrado en mármol procedente de las canteras lusas de Borba-Estremoz-Vila Viçosa y esculpido probablemente en un taller emeritense, muestra al que posiblemente fuese un joven miembro de la familia de la cual dependiese uno de los asentamientos rurales romanos más destacados del territorio metellinense, descubierto en 1.997 en el interior del estanque que centra el atrio de la villa conocida como de La Majona, en la vega del Guadiana y dentro del término municipal de Don Benito, portando éste una toga del tipo contabulata, permitiendo fechar la obra a mediados del siglo III d.C., mostrando a la par un cierto parecido con el emperador Alejandro Severo que ha permitido barajar la posibilidad de ser la escultura un retrato imperial, en todo caso una joya de la estatuaria hispana y extremeña que no viene sino a implementar el valor patrimonial de la villa de La Majona, recién declarada por la Junta de Extremadura Bien de Interés Cultural mediante Decreto 148/2022 de 14 de diciembre).

https://caminosdecultura.blogspot.com/2015/02/villa-romana-de-la-majona-en-don-benito.html

https://caminosdecultura.blogspot.com/2018/08/colaboraciones-de-extremadura-caminos.html

sábado, 30 de octubre de 2021

Imagen del mes: Mausoleos romanos de Mérida

 

 Prohibido por las leyes romanas el depósito de difuntos en el interior de las poblaciones, a excepción de los recién nacidos fallecidos o de los miembros fenecidos pertenecientes a la familia imperial, en los derredores extramuros de las localidades se localizaban, entre casas del extrarradio y enclaves industriales, las fosas, tumbas y puntos de incineración, depósito de cenizas o inhumación de los cadáveres, llegando a darse, en el caso de Emérita Augusta, un auténtico cinturón o corona funeraria circundando la muralla de la urbe, contabilizándose desde los inicios de la arqueología emeritense en la Edad Moderna cientos de vestigios fúnebres, muchos de ellos desgraciadamente expoliados, destrozados o desaparecidos con el paso de los años, excavados y estudiados en progresión según se ha ido valorando y afianzando el cuidado del patrimonio heredado por la ciudad, destacando por su carácter arquitectónico los llamados edificios funerarios o mausoleos, pudiendo hoy en día contemplarse elementos de más de una docena de tales inmuebles entre las calles, yacimientos y aledaños del actual casco urbano, así en la avenida de Portugal, en las cercanías del puente de Alcantarilla, en la carretera de Don Álvaro, en la cripta del MNAR y junto a la llamada Casa del Anfiteatro, en las inmediaciones de la calle Pontezuelas o en el yacimiento conocido popularmente como Los columbarios, donde se exponen, además de dos "bodegones", los mausoleos de los Julios y los Voconios, considerados los ejemplares de tal categoría mejor conservados de Mérida.

Mérida (Badajoz). Siglos I-IV d.C.; estilo romano.

Arriba y abajo: inscritas inicialmente las necrópolis de la ciudad a la salida de las cuatro puertas básicas del municipio, junto a las calzadas de comunicación que unían principalmente Emérita Augusta con Norba Caesarina (Cáceres), Caesaraugusta (Zaragoza) por Toletum (Toledo), Corduba (Córdoba) o Hispalis (Sevilla), el progresivo aumento de población y la dilatación en el tiempo de la ocupación conllevaría una expansión y multiplicación de las áreas funerarias, sin limitaciones territoriales como sí mantienen hoy los camposantos, entremezcladas con casas, enclaves industriales y barrios del extrarradio, conllevando el advenimiento de un anillo fúnebre en derredor de la ciudad, especialmente en sus zonas norteña y oriental, inscribiéndose los enterramientos y depositos funerarios junto a otros caminos y vías secundarios de la urbe, conservada junto al trazado de la prolongación meridional de la primitiva Vía de la Plata, en su devenir desde la puerta Noreste del decumano máximo hacia Itálica e Hispalis -Iter ab Hispalis Emeritam- la que se daría en llamar necrópolis del puente por enclavarse a la salida de éste y orilla izquierda del río Guadiana, descubierta en 1.911 y excavada a inicios de los años 60 del pasado siglo, datándose presuntamente entre los siglos I y III d. C., localizándose hasta catorce mausoleos de los que hoy sólo se conserva, a pie de calle y en la que es la avenida de Portugal en su llegada al llamado Cerro del Lorito (arriba), el más meridional de todos ellos, rescatándose restos de incineración y retazos de dos lápidas datados en época flavia -fines del siglo I d.C.- de entre sus vestigios, basados éstos en la cimentación del inmueble de planta cuadrada a base de opus caementicium, observándose, circundada por dos pasillos en sus flancos sureños (abajo), una cámara interior o subterránea de depósito, antaño punto de descanso de las cenizas del difunto, o difuntos, hoy colmada de arena para prevenir el cúmulo de basura en su interior (abajo, siguiente).


Arriba y abajo: partiendo de la puerta noroccidental, como prolongación septentrional del cardo máximo, la vía conocida como Iter ab Emerita Asturicam -popularmente llamada con posterioridad Vía de la Plata-, derivaría desde tal calzada hacia Norba Caesarina (hoy Cáceres) una vez superada la vega del Albarregas el camino a Olisipo (Lisboa), entonces principal puerto marítimo de la provincia lusitana, denominado Iter ab Olissipone Emeritam y dibujado en sus inicios en paralelo al río Guadiana en su orilla derecha, hoy conservado como camino viejo a Montijo y Cañada Real de Santa María de Araya, distribuyéndose en sus aledaños nuevas tumbas y mausoleos, ya conocido el uso funerario de la zona desde antaño, de los cuales se localizarían a raíz de las obras dedicadas a la inmediata vía férrea -unión por ferrocarril entre Mérida y Badajoz-, en las cercanías del denominado puente de la Alcantarilla y una vez superado el mismo en su devenir hacia poniente, dos edificios funerarios datados en época altoimperial de los cuales el más occidental, a levante del actual trazado del puente de la autovía A-5, ha quedado mimetizado con el paisaje tras ser engullido por la vegetación, pudiendo sin embargo observarse aún previo a él, entre la maleza, los restos de un mausoleo rectangular (arriba) que, como en el caso visto en la avenida de Portugal, mantiene tanto una cimentación elaborada a base de opus caementicium como abierto un espacio en su interior que sirviera como cámara subterránea para acoger los restos inertes, seguramente cenizas, del difunto o difuntos a los que se dedicase la obra arquitectónica (abajo, y siguiente), adivinándose otros vestigios del edificio junto al flanco occidental de la sala de depósito (abajo, tercera imagen), así como inmediatos a su lado más cercano al río y paralelo a éste (abajo, cuarta imagen), quizás nueva bodega de posibles dimensiones inferiores a la principal, destinada a acoger a otros miembros de la familia poseedora del bien, sin descartar la opción de proceder de algún edificio funerario anexo.


Arriba y abajo: conservado al Norte de la conocida como Casa del Mitreo, junto al edificio termal de tal mansión del extrarradio inscrita a los pies del cerro de San Albín, puede hoy en día observarse un tramo de la prolongación meridional del cardo máximo, tras superar la desaparecida puerta que por este flanco de la muralla daba paso a la ciudad, convertido en una de las principales calzadas de comunicación de la antigua urbe que, en su devenir hacia las tierras del Sureste -según algunos autores, encaminada directamente hacia Corduba como alternativa al camino que partiendo hacia la capital bética se dirigiese por Metellinum, hoy Medellín-, coincidiría en mayor o menor medida con el actual trazado de la carretera de Don Álvaro, descubriéndose en su derredor, además de la llamada necrópolis del Agua en el interior del recinto del actual Centro Universitario de Mérida -a la espera de su puesta en valor-, un dúo de mausoleos frente a la puerta de acceso a tal enclave estudiantil y calle de Santa Teresa Jornet (arriba), englobados en lo que se ha dado en llamar "necrópolis sur" de la ciudad, datada entre la época altoimperial y tardorromana, dotados éstos dos ejemplares, como en los casos ya vistos de la necrópolis del Puente y de Alcantarilla, de cimentación a base de opus caementicium, observándose del más meridional restos de los muros delimitatorios (abajo), conservado del más norteño, de planta rectangular (abajo, siguiente), la práctica totalidad de la cámara sepulcral con fosa excavada en la roca, frente a la cual, en el conocido como Parque de los restos romanos, permanece sobre el césped una porción de opus caementicium probablemente originaria de uno de estos edificios funerarios (abajo, tercera imagen), a los que podríamos sumar vinculado con esta vía de comunicación el edificio conocido como Siete colchones (abajo, imagen cuarta), a los pies de la carretera BA-058, en su vertiente septentrional en dirección a Don Álvaro, superada la barriada de San Andrés y a la altura de la empresa Desguaces Caballero, preservados de la estructura primitiva de este inmueble -para unos autores mausoleo y según otros enclave industrial-, la larga cimentación del flanco sureño a base de opus caementicium (abajo, imagen quinta), adivinándose un edificio funerario de grandes dimensiones que concordase en tamaño a otros ya estudiados cerca de la ciudad -superando los 28 metros de longitud un mausoleo inscrito en la necrópilis del Albarregas-, si bien destacan fundamentalmente los restos de un muro de unos tres metros de altitud, cuya fábrica a base de tongadas de similar composición edilicia es la que llevaría a serle bautizado con un nombre tan peculiar (abajo, imagen sexta), a la espera de un completo estudio y adecuada intervención arqueológica que permita no sólo salvaguardar el bien, sino además poder arrojar más luz sobre la naturaleza de este edificio de indudable manufactura romana, posiblemente altoimperial.




Arriba y abajo: si bien se conoce propiamente como necrópolis oriental la conformada por la áreas funerarias bautizadas como del Sitio del Disco y de la Antigua Campsa, al Sur del circo romano, no pocos autores engloban también dentro de este espacio fúnebre la totalidad de vestigios funerarios enclavados entre el cerro de San Albín y la puerta suroriental de la antigua ciudad -hoy punto donde se levanta la plaza de toros-, hasta las cercanías orientales de la que fuera portada noreste, en el sitio actualmente denominado Puerta de la Villa, circunscribiéndose, por tanto, no sólo las áreas mencionadas, sino también otras inmediatas como la de la Parroquia de San José, la del desaparecido Cuartel de Artillería Hernán Cortés, la necrópolis del Albarregas, los enclaves funerarios insertos junto a la Casa del Anfiteatro y en el solar donde se levanta el MNAR, e inclusive las zonas popularmente llamadas de Los Columbarios y Los Bodegones, formando parte estas últimas del yacimiento bautizado como la primera de ellas, hoy visitable con entrada conjunta a la Casa del Mitreo, ubicada al Sur de los mismos, nombre éste, el de Columbarios, tomado a raíz de la interpretación como tal por José Ramón Mélida de dos mausoleos inmediatos que tal arqueólogo descubriese, junto a Maximiliano Macías, en agosto de 1.927 (arriba), fechados en la segunda mital del siglo I d.C. y edificados a base de mampostería revestida de cal con refuerzo de sillares esquineros, sin techar y rematados por merlones, enfrentado el sureño, de planta rectangular y propiedad de los Voconios (abajo, e imágenes segunda y tercera), al de los Julios (abajo, imágenes cuarta a sexta), trapezoidal y junto al que se une, constituido por sillares graníticos, una construcción triangular que, al proporcionar una esquina al anterior, fue tomado como delimitación urbana de un espacio extrarradio urbanizado, barajándose igualmente la posibilidad de hallarnos frente a un ustrinum, o punto de cremación de cadáveres, o bien constituir un propio mausoleo en sí, descubiertos los restos de un enterramiento por incineración en su interior, así como la preservación de epigrafía en uno de sus sillares (abajo, imagen séptima), de igual manera que fueran rescatadas las placas marmóreas identificativas (abajo, imágenes octava y novena) de los edificios funerarios contiguos -hoy custodiadas las piezas originales en el MNAR-, preservados también, en el interior del mausoleo de los Voconios, pinturas al fresco en hornacinas abiertas en la parte central de cada uno de los tres muros que circundan la portada, representando a los cuatro miembros del linaje -Cayo Voconio, Cecilia Auni, Voconia María y Cayo Voconio Próculo- cuyas urnas de incineración fueran convenientemente depositadas a los pies de cada retrato -un varón portando pergamino a siniestra de la puerta, una dama a la diestra, y una pareja, hombre y mujer, en la pared sur (abajo, imagen décima)-, siendo doce enterramientos, por el contrario, los descubiertos en el mausoleo de los Julios -seis mediante incineración y otros seis infantiles por inhumación-, depositadas varias de las urnas con cenizas bajo un arcosolio (abajo, imagen undécima) apoyado sobre el posible ustrinum a poniente que complementa el enclave funerario, considerado tal como el mejor preservado hasta la fecha en Mérida, a la espera de poder poner en valor los dos mausoleos descubiertos entre 2.006 y 2.007 en el llamado Corralón de los Blanes, en la céntrica calle de Almendralejo, de tanta calidad y tan buena conservación como estos ejemplares orientales.


 





Arriba y abajo: antecedidos por los vestigios rescatados y aquí depositados de un mausoleo de planta cuadrangular fabricado en opus caementicium (arriba), la visita al yacimiento de Los Columbarios se complementa, tras poder admirar los edificios funerarios de los Julios, los Voconios, y el posible ustrinum o tercer recinto funerario anexo, con el acercamiento a los dos únicos "bodegones" (abajo) conservados de la más de una veintena que ya en el siglo XVII Bernabé Moreno de Vargas contabilizase en la zona extrarradio oriental de la ciudad, siendo éstos los conocidos como Bodegón o Cueva del Latero -por ser vivienda, hasta los años setenta del pasado siglo, de una popular familia de hojalateros emeritenses-, puestos en valor a partir de 2.003 tras haber sido rellenados con tierra para evitar su degradación, datados en época bajoimperial y basados, como el resto de construcciones similares y desgraciadamente perdidas, en edificios funerarios semisubterráneos de planta rectangular, fabricados en opus caementicium y revestidos en su interior por cal sobre los muros y opus signinum en el suelo, cubiertos con bóvedas de cañón de hasta tres metros de altitud a contar desde la base del edificio, con vano esféríco o de ojo de buey en la pared oriental, opuesto a la puerta de entrada bajo posible dintel que permitiría el acceso al interior del bien, bajando para ello una presunta escalinata a fin de poder depositar nuevos cadáveres, limpiar o mantener el interior del edificio, así como presentar ofrendas a los allí depositados por inhumación a lo largo de todo el año -principalmente el día del cumpleaños del difunto y durante las Parentalia, celebradas entre los días 13 y 21 de febrero-, sepultados en sarcófagos, quizás marmóreos, inscritos bajo los arcosolios que, en dúo por lateral norteño y meridional respectivamente, fueran ofrecidos como nichos mortuorios de las familias propietarias de tales inmuebles.









Arriba y abajo: siendo en la zona oriental donde un mayor número de sepulturas se haya localizado, hecho debido posiblemente a ser este área la primera en recibir depósitos fúnebres una vez fundada la ciudad, multiplicándose su uso en el tiempo y sin obviar una altitud del terreno que la hiciese aconsejable frente a otros enclaves más bajos y propensos a la humedad o inundación, pueden observarse vestigios de algunos de los edificios funerarios que aquí se ubicasen en el pequeño parque que, inserto entre las calles de Plauto y de Safo, cerca de la calle Pontezuelas, preserva dos espacios rectangulares e inmediatos (arriba), de mayores dimensiones el occidental (abajo), restando de éste la cimentación a base de opus caementicium y guijarros que cercase el monumento (abajo, siguiente), opus incertum en su hermano oriental (abajo, imagen tercera), adivinándose entre la vegetación que cubre el parque canino abierto tras el silo de la ciudad, con acceso desde la calle Pontezuelas, los vestigios de una posible construcción funeraria inscrita en la denominada necrópolis del Sitio del Disco, de la que restan varios sillares graníticos, quizás esquineros (abajo, imagen cuarta), que sirvieran de refuerzo edilicio a la misma, o bien como basa para las columnas o esculturas decorativas que circundasen el bien, cumplimentando ornamentalmente el mismo, decoración habitual entre los inmuebles funerarios, rescatada por Mélida de la calle Constantino una escultura femenina en mármol de Vilaviçosa destinada, al parecer, a ornamentar la fachada de un mausoleo inscrito en la zona de los Columbarios (abajo, imagen quinta), destacando del conocido como mausoleo del Dintel de los Ríos la pieza marmórea que da nombre a tal edificio funerario (abajo, imagen sexta), expuesta, como la escultura mencionada anteriormente, entre las salas del MNAR, llamativa por figurar en relieve y ambos lados de la epigrafía funeraria que centra la obra, sendas representaciones de los ríos Guadiana y Albarregas, ubicada originalmente sobre la puerta de entrada de este edificio funerario excavado a mitad de los años 90 del pasado siglo, enclavado en las inmediaciones meridionales de la llamada Casa del Anfiteatro y englobado dentro de la necrópolis oriental (abajo, imagen séptima), erigido a finales del siglo II d.C. y reformado a lo largo del siglo III, de planta rectangular y dotado de contrafuertes en sus flancos norteño y meridional (abajo, imagen octava) a fin de contrarrestar el peso de la bóveda que cubriese su interior, encontrándose en él hasta ocho sepulcros destinados a la inhumación de los difuntos allí depositados, dando lugar a una cámara semisubterránea a la que se accedería mediante una escalinata desde la entrada inscrita en el lado oriental (abajo, imagen novena), desenterrándose al Norte de la misma, entre este inmueble y la propia Casa del Anfiteatro en sí, un nuevo edificio funerario igualmente excavado en los pasados años 90 y cuya estructura, sin duda fúnebre, ha generado por el contrario dudas en cuanto a la planta final de tal monumento, centrado por una construcción rectangular en cuyo derredor se establecerían cinco sepulturas (abajo, imagen décima), generando un posible espacio tumular de planta ovalada que podría ser identificado como una mensa funeraria o túmulo donde el espacio de enterramiento queda supeditado por un cierre edilicio que lo sella -sobre el cual se celebrarían las exequias y depositarían las ofrendas a los allí inhumados-, de igual manera que se acometiese sobre el túmulo descubierto en los años setenta en lo que sería el solar sobre el que se levantaría el MNAR, posteriormente incluido en el recorrido museístico dentro de su cripta, del cual se retiraría su capa de opus signinum para exponer los seis sepulcros que componían el mismo (abajo, imagen undécima), a caballo entre el mausoleo y el resto de monumentos funerarios no consistentes en edificios propiamente dichos, cuyo gran listado de variedades, incluyendo todo tipo de sepulturas individuales, podría iniciarse con el llamado monumento escalonado, rescatándose dos ejemplares en el también barrio periurbano donde se englobase la Casa del Anfiteatro, uno en la cripta museística mencionada, más llamativo el que, dedicado a Zósimo, fuera hallado en 1.979 en las inmediaciones de tal mansión en sí, basado en una estructura piramidal granítica dotada de cuatro peldaños sobre los que descansa un remate en forma de cipo (abajo, imagen duodécima), punto en el que quedaría inserta la lápida marmórea que conmemorase al difunto tras él sepultado, hoy expuesto en el MNAR de Mérida.













Arriba y abajo: expuesta en la actualidad junto al monumento escalonado de Zósimo, los vestigios escultóricos de una esfinge marmórea (arriba), datada en el siglo I d.C. y hallada a comienzos del siglo XX en la Rambla de Santa Eulalia, parecen provenir de un desaparecido mausoleo que formase parte de la necrópolis extendida al Norte y Noroeste de la ciudad, entre la portada nororiental, hoy Puerta de la Villa, y las proximidades del puente sobre el río Albarregas, enclave donde destacase, entre otros mausoleos desaparecidos, un edificio funerario descubierto en 1.908 a raíz de la ampliación de la estación de ferrocarril, dotado de cámara subterránea hexagonal a la que se accedía por pasillo tras bajar por una escalinata de doce peldaños, si bien la creída ausencia a las puertas del siglo XX de vestigios de inmuebles funerarios que poder visitar o, al menos, observar in situ en la zona donde siglos más tarde el mausoleo de la mártir Santa Eulalia diera paso a las bases de la actual basílica dedicada a tal virgen y una amplia necrópolis cristiana, quedaría anulada gracias al descubrimiento entre 2.006 y 2.007 de dos mausoleos prácticamente intactos en el conocido como Corralón de los Blanes, datado uno de ellos -de fábrica similar a la vista en las tumbas de los Julios y Voconios, y propiedad de la liberta Publia Haline-, en el siglo I d.C., elaborado su compañero, de más de 4 metros de altitud, a base de sillares, ambos a la espera de ser puestos en valor en un futuro próximo, ampliando así el conocimiento del mundo funerario de la antigua Emérita Augusta cuyos ricos vestigios han podido hablarnos, tanto a través de las sepulturas como de los ajuares y elementos vinculados con ellas rescatados de entre las mismas -estelas, lápidas, aras, sarcófagos, cupae, cipos, hermes, retratos, lucernas, urnas, etc- de la vida cotidiana de aquel entonces, conformando una colección única en España de la cual sus elementos más destacados pueden disfrutarse entre las salas del MNAR, si bien un paseo por las calles de la capital extremeña nos invita a descubrir diversos elementos fúnebres, además de los edificios funerios descritos, que permanecen inscritos entre los rincones de la ciudad, con una pequeña muestra de aras, estelas y cupae simulando una necrópolis romana en el yacimiento de Los Columbarios (abajo), contabilizándose, según algunos autores, hasta más de trescientas piezas funerarias -fundamentalmente cupae y alguna estela- incrustadas en los muros de la alcazaba islámica emeritense (abajo, imágenes segunda a cuarta), adivinándose alguna cupa más junto a las bases orientales y falo protector del puente romano sobre el río Guadiana (abajo, imagen quinta), o entre las piezas que constituirían el refuerzo que frente a la llegada de los pueblos bárbaros se ejecutase en el siglo V sobre la muralla fundacional de la ciudad (abajo, imagen sexta), demostrando, una vez más, la reutilización de materiales y la solapación de unas etapas históricas sobre otras en una de las urbes más ricas en historia y patrimonio de Extremadura, y de España.



- Bibliografía recomendada:

- Historiografía de los aspectos funerarios de Augusta Emerita (siglo I-IV) (José María Murciano Calles).

- La necrópolis del puente. Revisión cronológica de un área funeraria poco conocida (José María Murciano Calles).

- El área funeraria oriental de Augusta Emerita: los solares de la "antigua Campsa" y "el Sitio del Disco" (Ana Mª Bejarano Osorio).

- El área funeraria del MNAR. Urbanismo, monumentalización y secuencia evolutiva (José María Murciano Calles y Rafael Sabio González).

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