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domingo, 1 de noviembre de 2015

VI Encuentro de Blogueros de Extremadura: "El mudéjar pacense en sus torres-fachada más destacadas"


El pasado día 24 de octubre tuvo lugar en el Convento de la Coria de Trujillo, sede de la Fundación Xavier de Salas, la celebración del VI Encuentro de Blogueros de Extremadura. En esta ocasión, la temática sobre la que versaba la jornada era "Rutas para descubrir Extremadura".

Un año más finalizó el evento con la presentación de un libro repleto de artículos, rutas para ser más exactos, elaboradas mayoritariamente por blogueros extremeños, o bien relacionados con la región o asentados en Extremadura, que han querido dar a conocer a través de infinidad de circuitos dibujados dentro de la geografía regional, el inmenso y rico patrimonio natural, histórico, artístico y cultural de nuestra Comunidad. Extremadura: caminos de cultura quiso sumarse a la publicación, elaborando dos rutas con las que poder conocer mejor dos aspectos muy concretos de la región. La primera lleva por título "El mudéjar pacense en sus torres-fachada más destacadas". El segundo, por su parte, está dedicado a "Dos conventos franciscanos en ruinas de La Raya: Madre de Dios y Moncarche".

Para todos aquellos que no pudisteis acudir al evento ni contáis con un ejemplar de la nueva publicación, os dejo a continuación la primera de las rutas, publicando la segunda en semanas próximas, para que así también vosotros, visitantes y seguidores del blog, podáis conocer mejor nuestra región, en esta ocasión a través del mudéjar pacense en sus torres-fachada. Espero que os guste.



 EL MUDÉJAR PACENSE EN SUS TORRES-FACHADA MÁS DESTACADAS

Cuando, a partir de 1.609, se decreta la expulsión de los moriscos de las tierras de España, no todos los descendientes de musulmanes andalusíes fueron, al contrario de lo que la cultura popular indica, exiliados del país. La expulsión, dividida en cuatro fases temporales que intentaban hacer más fácil la deportación previniendo una posible resistencia, enfocadas hacia los diversos grupos moriscos asentados en desigual porcentaje en los diferentes reinos, regiones y localidades del país, eximía a los niños menores de cuatro años y sus ascendientes, a los menores de seis y a ambos padres, en caso de ser hijos de cristiano viejo y morisca, así como a las familias cuya sincera conversión pudiera ser demostrada. A esto habría que sumar el arropo hacia múltiples moriscos que, residiendo en poblaciones de escasa identidad musulmana, eran respetados por vecinos y concejos, incluso por eclesiásticos relevantes, que al no ver peligro religioso en ellos y sí un menoscabo en la economía local con su partida, hicieron caso omiso de los decretos de expulsión y de sus continuas prórrogas, hasta que, consciente el gobierno de lo inútil que sería seguir exigiendo el cumplimiento total del proyecto, daría en 1.614 por finalizada la obra.

Sin embargo, sí hubo algo que sufrió un revés irreversible en la España del momento. Si bien el programa de expulsión morisca no logró deportar a toda la población de origen musulmán, sí se logró el fin definitivo de la práctica y uso de directrices islámicas, afectando no sólo a leyes, ritos y costumbres, sino inclusive a una tendencia artística considerada plenamente ibérica y nacida, siglos atrás, fruto de la convivencia pacífica que musulmanes y cristianos supieron forjar bebiendo del saber andalusí bajo el mandato de los reyes cristianos. El bautizado como arte mudéjar, caracterizado por ser herencia del arte hispano-musulmán al servicio del mundo cristiano, quedaría extinguido con la supresión total y absoluta del ejercicio de toda herencia cultural islámica. Afortunadamente, durante los varios siglos previos en que los alarifes y albañiles mudéjares y moriscos estuvieron en activo, supieron éstos embellecer y enriquecer pueblos y ciudades a lo largo y ancho de toda Castilla y Aragón, Portugal en menor medida, requeridos por nobles y monarcas, religiosos y laicos, admiradores de su arte y de sus inconfundibles construcciones que quedarían englobadas en famosas escuelas y focos como la toledana, con ejemplos formidables en Toledo o Guadalupe, la aragonesa, reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, o la andaluza, con el palacio de Pedro I en el Alcázar sevillano como muestra capital.


Arriba y abajo:  destacan dentro de Tierra de Barros las mudéjares torres-fachada de las parroquias de Santa María de Gracia, en Palomas (arriba), y de Santa Olalla, en Puebla de la Reina (abajo), erigidas siguiendo los cánones más característicos del mudéjar pacense, exultante en una generosa decoración a base de arcos polilobulados, frisos cerámicos, series de arquillos ciegos y almenas de grada, que hacen de este par de torres-fachada hermanas dos de los ejemplos más hermosos de la región.

  
Extremadura no quedaría exenta de la influencia artística de los mudéjares, y a Guadalupe habría que sumar un destacado número de relevantes obras religiosas, como el ábside románico-mudéjar de Galisteo, la ermita del Salor en Torrequemada o el Convento de Tentudía en Calera de León, un sinfín de ricos artesonados en palacios y parroquias, o humildes casas de arcos de ladrillo y ventanas geminadas, como las enclavadas en los casos antiguos de Cáceres o de Badajoz. Sin embargo, despuntarían en la región los artesanos y arquitectos mudéjares y moriscos del centro y sur de la provincia de Badajoz, tierra que, cercana a Andalucía, acogería a un mayor número de herederos islámicos frente a una más castellana Alta Extremadura, con Hornachos como núcleo capital, e importantes comunidades en Benquerencia o Magacela, vigiladas de cerca por el Tribunal inquisitorial asentado en Llerena. El mudéjar extremeño bebería del toledano y del andaluz, pero, a su vez, en su desarrollo y madurez ofrecería características y soluciones propias que desembocarían en una peculiaridad arquitectónica particular y ampliamente compartida entre las parroquias pacenses sobre las que se vertió este estilo entre los siglos XV y XVI, conjugado muchas veces con el gótico tardío: las torres-fachada.

Desde Alange hasta Llerena, de La Morera hasta Casas de Don Pedro, las torres-fachada se expandieron principalmente a lo largo y ancho de la mitad oriental de la actual provincia de Badajoz, con aglomeración de ellas en comarcas como Tierra de Barros o la Campiña Sur. Sobre los pies de los templos parroquiales y de los edificios religiosos principales, se erigían campanarios en elevados torreones que simulaban proteger la puerta, habitualmente bajo arco conopial o directrices propias del gótico isabelino, abierta para entrada de los fieles al interior del santuario, al cual y desde ellas habían sido llamados los mismos a fin de celebrar los oficios religiosos que iban a tener lugar en su interior. El ladrillo, ayudado de la mampostería sin que faltase el sillar, sostenía obras donde un generoso número de ventanales miraban al exterior desde sus cuerpos superiores, coronados con ornamentales almenas de grada, decorados en pisos más bajos con azulejería, arquerías ciegas y dibujos geométricos en relieves de claro sabor exótico y gusto musulmán sometidos a la más básica labor eclesiástica católica, en una hibridez artística heredada de una convivencia medieval que supo perdurar tardíamente entre el pueblo español en general, y extremeño en particular, en una simbiosis que, si bien declara el sometimiento de una cultura a otra, también demuestra la admiración hacia el saber de la minoría, mostrándonos las bases de nuestra historia y de nuestra cultura.



Arriba y abajo:  cercana a Palomas y Puebla de la Reina se ubica la localidad de Hornachos, conocida antaño como el pueblo de los moriscos por el altísimo porcentaje que de éstos vivían en el municipio, origen muy posible de la mayoría de alarifes y albañiles que con sus manos construyeron las torres-fachada cercanas según el arte heredado de sus antecesores, de los que recibieron también el enclave donde nacieron, construido en plena sierra homónima a la población, rica en fuentes y cultivos y apta para la observación del gran número de aves que anidan entre sus roquedos.


Abajo: Hinojosa del Valle, a camino entre Hornachos y Zafra, conserva una torre-fachada mudéjar en su parroquia de la Asunción, recortada en altura a raíz de un terremoto, luciendo una austeridad que la acerca morfológicamente a sus hermanas de Fuente del Maestre y Puebla de Sancho Pérez.


  
La ruta que ofrecemos, a realizar en vehículo y a llevar a cabo durante dos jornadas completas, bien consecutivas o salteadas en el tiempo, intentará acercarnos al mudéjar pacense a través de sus torres-fachada más destacadas, acercándonos a once de los más de quince ejemplos que de las mismas sobreviven en nuestra región, recorriendo para ello amplias zonas de las comarcas de Tierra de Barros, Zafra-Río Bodión y Campiña Sur, atravesando en nuestro viaje parajes de inconfundible sabor extremeño cuyos paisajes podemos disfrutar hoy en día bajo horizontes muy semejantes a los que pudieron vislumbrar los mudéjares y moriscos que tuvieron en nuestra región su lugar de nacimiento y hogar, residiendo en apacibles zonas de riqueza acuífera, como la Sierra Grande de Hornachos, o llanuras donde la dehesa desemboca en inmensos campos de olivares y cereales, regados por incesantes regatos nacidos a los pies de las estribaciones norteñas de Sierra Morena, junto a Reina y Fuente del Arco.

Comenzará nuestro viaje y primera jornada en la localidad de Palomas, por ser ésta de las varias que vamos a visitar la más cercana al centro regional, así como a la capital regional o inclusive núcleos destacados como Almendralejo. Palomas queda unida a la ciudad del vino a través de la carretera regional EX-212, de la que dista 27 kms. La silueta de su alta torre-fachada sobresaliendo de entre el caserío nos dará la bienvenida ya desde la distancia, antojándosenos parecerse más un alminar que el campanario cristiano de la iglesia de Santa María de Gracia. Sus cuerpos reúnen las características arquitectónicas y decorativas propias del mudéjar pacense, ofreciéndose, junto a la cercana torre-fachada de Puebla de la Reina, con la que comparte dimensiones, directrices y ornamentación, como dos de las torres-fachada mudéjares más puras, elaboradas y hermosas de aquéllas con que cuenta Badajoz, donde los arcos conopiales y las arquivoltas de ladrillo que marcan sus portadas, son custodiadas por pilastras cilíndricas laterales que, en su elevación, se acercan a los arcos polilobulados que conforman los vanos de la torre, ciegos en el cuerpo medio y abiertos en el superior. A Puebla de la Reina y su Parroquia de Santa Olalla se llegará desde Palomas siguiendo el trazado de la carretera regional EX-210, con apenas 5 kms de separación.


Arriba y abajo: Fuente del Maestre y Puebla de Sancho Pérez, enclavadas ambas en las proximidades de Zafra, comparten la característica de lucir torres-fachada en sus parroquias respectivas, de un solo cuerpo de campanas la primera, y doble en la segunda, pero ambas erigidas sobre una sobria base de mampostería sin destacada ornamentación, que sí figura en la cúspide, a base de arcos polilobulados, arquillos ciegos y almenas de grada.


Bajando 14 kms hacia el Sur por la EX-344, atravesaremos parte de la Sierra Grande de Hornachos, declarada Zona de Interés Regional, en cuya falda suroccidental se enclava el municipio que le da nombre, conocido popularmente como el pueblo de los moriscos por haberse reunido allí antaño la mayor comunidad que de éstos había en Extremadura, cuna de la mayoría de los alarifes y albañiles que diseñaron y levantaron las obras mudéjares de esta zona de la región. Su parroquia de la Virgen de la Concepción se ofrece como obra cumbre en el arte mudéjar regional, siendo paradójicamente su torre-fachada elevada en el siglo XVII, en un estilo barroco que rescata, sin embargo, directrices de cercanas torres mudéjares. La parada en la localidad nos permitirá, por otro lado, no sólo pasear por las mismas calles que deambularan los moriscos que forjaran la República de Salé, sino también acercarnos a través de la llamada senda moruna, a realizar a pie y de dificultad media, a su castillo árabe, desde cuyas ruinas podremos obtener vistas inmejorables de la población y de la comarca, así como de la Sierra Grande y de las múltiples fuentes que nacen de entre sus valles, alimentando, aún hoy en día y como lo hicieran desde tiempos andalusíes, los huertos y cultivos del lugar, enclavados entre riscos y roquedos que los buitres leonados toman como base donde anidar, sin que falten rapaces, como el águila perdicera, que nos sobrevuelen.

Acercándose el mediodía, dejaremos Tierra de Barros para dirigirnos hasta Zafra, conduciendo para ello por la carretera BA-079 para así atravesar no sólo Hinojosa del Valle, a 14 kms desde Hornachos, y conocer la torre-fachada mudéjar de su parroquia de la Asunción, más sencilla, austera y baja que sus hermanas de comarca, debido esto último a un antiguo terremoto, sino también para circular junto a la presa que sustenta las aguas del río Matachel, donde no faltan aves acuáticas, como las anátidas o las garcillas, que ver nadar o repostar, recorriendo seguidamente amplios campos de suaves colinas cuajadas de olivares y viñedos, que harán recordar al viajero sin envidiar semejantes parajes andaluces más renombrados.


Arriba y abajo:  una de las más esbeltas, altas y conocidas torre-fachada de la región es, sin duda, la que sobresale en la parroquia de Nuestra Señora de la Granada de Llerena (arriba), resultado arquitectónico de la simbiosis entre los estilos gótico, mudéjar y renacentista cuya comunión artística es asimilada también en otros ejemplos comarcales, como puede observarse en la parroquia de Santiago, de Casas de Reina (abajo).



Abajo: en las cercanías de la localidad de Fuente del Arco, fronteriza con la provincia sevillana, se ubica la Ermita de la Virgen del Ara, "Capilla Sixtina extremeña" abierta desde su galería de arcos mudéjares a las estribaciones norteñas de Sierra Morena, en un bello paisaje serrano que cierra la Campiña Sur en su flanco meridional.

  
Tras desembocar en la carretera nacional N-630 y meternos, orientándonos hacia el sur, en la vía N-432 en dirección a Zafra, alcanzaremos la conocida como “Sevilla la Chica” tras conducir 30 kms desde Hinojosa. Zafra no nos puede ofrecer torre-fachada mudéjar, pero sí una interesante muestra de este arte repartido entre las calles de su casco antiguo, sobresaliendo las arcadas de sus plazas Grande y Chica, así como varias ventanas geminadas, frisos de arquillos ciegos y otras ornamentadas portadas, entre las que destacaríamos la de la Casa del Ajimez. Es también un buen lugar donde descansar mientras disfrutamos de la cocina más regional para después, una vez recuperados, continuar la jornada visitando dos localidades muy cercanas a ésta, custodias de dos de las torres-fachada con que cuenta la comarca de Zafra-Río Bodión. Una de ellas será Fuente del Maestre, a 14 kms de Zafra siguiendo el trazado hacia Badajoz de la N-432 y desviándonos por la carretera EX-362. La otra, Puebla de Sancho Pérez, a tan sólo 2 kms, por la vía BA-160, de la capital comarcal. Sendas torres-fachada, de la iglesia de la Candelaria y de la parroquia de Santa Lucía, respectivamente, se ofrecen, al igual que la de Hinojosa, austeras en sus mampuestos cuerpos inferiores, más ornamentadas en sus enladrillada parte superior, donde no faltan, en sendos ejemplos, hiladas de arquillos ciegos coronadas con almenas en grada.

Hay de Zafra a Llerena, viajando por la N-432, 43 kms de distancia que recorreríamos para visitar el último municipio de esta primera jornada, o primero de la segunda si deseamos realizar la ruta en días alternos. Llerena nos espera, como Zafra, repleta de ejemplos mudéjares a descubrir deambulando por sus encaladas calles sureñas, con arcos de ladrillo en el lateral norte de su Plaza de España, y un sinfín de enladrillados dinteles y diversas ventanas geminadas. Sin embargo, sobre el caserío, así dentro del pueblo como en la distancia, sobresale por su grandiosidad métrica y su majestuosidad artística la torre-fachada de su parroquia de Nuestra Señora de la Granada, tesoro monumental y acertada comunión gótica, mudéjar y renacentista, que sorprende al visitante junto a la balconada que desde el templo mira hacia la Plaza Mayor, asientos y mirador del Santo Oficio durante los autos de fe levantados bajo el arte ejecutado por los mismos que más tarde serían vigilados por semejante tribunal.



Arriba y abajo: la torre-fachada de la parroquia de la Inmaculada Concepción, en Valverde de Llerena (arriba), fue, al parecer, un ensayo previo a la construcción simbiótica en estilos de su hermana llerenense, mientras que en la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, de Ahillones (abajo), triunfa fundamentalmente el arte renacentista, sin que por ello dejen de descubrirse influencias mudéjares en lobulados arcos y magistral uso del ladrillo.


  
Casas de Reina, a 6 kms de Llerena, surge junto a la carretera EX-200, a poca distancia del castillo de Reina, auténtica atalaya desde la cual contemplar tanto las ruinas romanas de Regina, como las llanuras cerealísticas que inundan la Campiña Sur en su vertiente norte. Sobre el pueblo, la torre-fachada de su templo de Santiago se presenta, como en Llerena, a modo de simbiosis, con una marcada influencia mudéjar en sus cuerpos inferiores y su portada rematada en perfilado arco conopial bajo alfiz. También híbrida será la torre-fachada de Valverde Llerena, población a la que habrá que llegar pasando antes por Fuente del Arco, que dista 9 kms de Casas de Reina. Es muy recomendable desviarnos en esta población por el camino que conduce hacia la Mina la Jayona, declarada Monumento Natural. Poco antes de alcanzar tal paraje, un sendero acerca al visitante a la Ermita del Ara, a 7 kms del municipio fuentelarqueño, donde una bella arcada mudéjar antecede el acceso a la “Capilla Sixtina extremeña”, en un enclave que legendariamente antaño habitaran el rey Jayón y su hija Erminda, y que hoy se ofrece como joya natural donde disfrutar, entre olivares y dehesas, de un paisaje serrano fronterizo con la vecina Sevilla.

De Fuente del Arco a Valverde de Llerena distan 10 kms, a recorrer bajando las estribaciones de Sierra Morena hacia las llanuras de la Campiña Sur por la carretera BA-149. La torre-fachada de su parroquia de la Inmaculada Concepción fue, al parecer, un ensayo previo a la construcción de su vecina llerenense. Gótico-mudéjar en su parte inferior, con portada y coronamiento renacentistas, recuerda con su ojo de buey en estrella de ocho puntas y sus pilastras redondeadas, otros ejemplos hermanos de Tierra de Barros. No ocurre así con la torre-fachada de Ahillones, a 7 kms de Valverde, unida con ésta por la carretera BA-148. Es el estilo renacentista el que se descubre mayoritariamente en la torre de su iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, sin que sea difícil tampoco adivinar la influencia mudéjar, no sólo por el magistral uso del ladrillo en ella, sino también por el uso de lobulados arcos de herradura abiertos en su campanario.


Arriba y abajo: enclavada al norte de Llerena, Valencia de las Torres conserva la torre-fachada gótico-mudéjar de su parroquia de la Asunción (arriba), a la que podremos llegar tras atravesar los inmensos campos cerealísticos que nutren una gran parte de la Campiña Sur, enmarcados por los horizontes serranos que recortan las siluetas de la Sierra Grande de Hornachos, en las estribaciones norte de la comarca, o la propia Sierra Morena, cerrándola al Sur.


 
Llegados a la carretera nacional N-432, el viajero podrá optar por descansar y degustar las viandas de la comarca y región nuevamente en Llerena, distante 14 kms de Ahillones, para después acercarse a Valencia de las Torres, o continuar el sentido hacia Córdoba y parar en Azuaga, desde cuyo Castillo árabe de Miramontes poder observar la Campiña y las montañas fronterizas de Sierra Morena, o bien visitar la soberbia torre-fachada de su iglesia de la Consolación, que si bien no es mudéjar, se presenta como uno de los más bellos ejemplos del gótico tardío de la región. Valencia de las Torres se ubica al Norte de Llerena, a 22 kms de distancia, alineada con ésta por la vía EX-103. Los campos que la envuelven, llanuras cerealísticas salpicadas de olivares y algún encinar, quedan enmarcadas septentrionalmente por la silueta de la Sierra Grande de Hornachos, no siendo difícil al atravesar estos campos observar la más común fauna ornitológica de la zona, encabezada por la avutarda. La torre-fachada de la iglesia de la Asunción nos recordará a los humildes ejemplos de Hinojosa o de la comarca de Zafra-Rió Bodión, donde una gran mole de mampostería, rota por una ventana apuntada bajo alfiz, y otra geninada, culminará en un cuerpo enladrillado donde una doble fila de vanos comunican el campanario con el exterior.

De Llerena a Azuaga, por la N-432, hay 30 kms de distancia, mientras que de Azuaga a Granja de Torrehermosa, última localidad a visitar en nuestra ruta, distan 11 kms, por similar vía de comunicación. La torre-fachada de su iglesia de la Concepción, declarada Monumento Histórico-Artístico de España, da acertadamente nombre a la población. Del arco apuntado rematado en conopial que conforma su portada delantera, surge toda una enredadera de labor mudéjar sobre diseño gótico, compuesta por una serie de gabletes o cuerpos triangulares sobrepuestos en calles y filas que elevan la mirada hacia el doble campanario que cierra la composición, en tan elevada altura que, sin conocerse aún los motivos que llevaron a erigir un templo de tal grandiosidad en población tan menuda, no permite generar dudas en cuanto a clasificar la obra como una de las magistrales dentro del mudéjar tanto pacense como español.


Arriba: antes de abandonar Extremadura en su frontera con Córdoba, Granja de Torrehermosa ofrece al visitante el porqué de su curiosa nomenclatura, acertada tras observar frente a nosotros la inmensa y extraordinaria mole de la torre-fachada gótico-mudéjar que se eleva altiva al frente de la parroquia de la Concepción, declarada Monumento de interés Histórico-Artístico de España en 1.931.




miércoles, 7 de noviembre de 2012

Joyas de las artes plásticas de Extremadura: puerta mudéjar de la Parroquia de Puebla de la Reina


Arriba: tallada a finales del siglo XV, o bien a comienzos del XVI, coincidiendo con la construcción de la Parroquia de Santa Olalla así como con la conversión de los mudéjares en moriscos, la puerta mudéjar del templo jareño conserva las pautas decorativas propias de su estilo artístico así como el sabor musulmán con que la dotaron los mudéjares que la tallaron, admirado por aquellos cristianos que quisieron encargarla para el interior del templo católico, conservándose como clara referencia a la tolerancia que, pese a la xenofobia e intentos de conversión ejercidos por las autoridades, muchos cristianos mantenían con sus vecinos.


El nueve de diciembre de 1.609 es una fecha clave en la historia de la localidad pacense de Hornachos y, por ende, en la historia de la región extremeña. Tal día de principios del siglo XVII se firmaba, aunque su publicación se demoró hasta enero de 1.610, la segunda fase del proyecto de expulsión de los moriscos de los reinos de España, empresa llevada a cabo durante el reinado de Felipe III y que comenzaba varios meses antes, concretamente el nueve de abril de 1.609, con la firma por parte del Duque de Lerma, valido del monarca hispano, de la primera de las cuatro etapas en que se dividiría la expulsión morisca, orientada en esa fase inicial al exilio de los descendientes de antiguos musulmanes españoles residentes en el reino de Valencia, en cuyos territorios la presencia morisca era mucho más elevada que en otras zonas peninsulares.

Estaba la segunda etapa, por su parte, destinada a la deportación de aquellos moriscos del Sur peninsular, siguiente territorio del listado en cuanto a enclaves que mayor porcentaje de población morisca acogían, englobando a andaluces y murcianos. Sin embargo se quiso incluir en esta fase y con este grupo excepcionalmente a los moriscos de Hornachos, población pacense conocida por aquel entonces por contar con casi la totalidad de sus vecinos de origen morisco, en tal cifra que alcanzaban prácticamente la mitad del número de moriscos asentados en Extremadura, elevándose su población de ascendencia islámica a más de 4.000 habitantes en una de las localidades más populosas por aquel entonces de la región, manteniendo éstos una profunda cultura mahometana en vigor, e incluso presentando un fuerte sentido de identidad y hermandad entre los conciudadanos del mismo municipio. Se postergaba la diáspora del resto de moriscos extremeños, junto a manchegos y castellanos, para la cuarta fase del proyecto de expulsión, publicada en julio de 1.610 tras presentarse poco antes una tercera fase orientada a los moriscos de Aragón y Cataluña, en mayo de aquel mismo año. Teniendo en cuenta que la paulatina publicación de las diversas fases de ejecución en que se dividió el proyecto de expulsión morisca respondía a un programa con el que se pretendía conseguir de manera pacífica y principalmente controlada el exilio forzoso de una parte de la población española que ya había sabido levantarse contra el poder, como se demostró en la Rebelión de las Alpujarras, expulsando en primer lugar a los moriscos de aquéllos lugares y reinos donde su porcentaje era mayor, para finalizar con aquellos grupos con bajo número de individuos que ya no pudieran ofrecer fuerte resistencia tras ser testigos de la deportación de sus semejantes, el hecho de que la población hornachega se incluyese en un segundo decreto permite vislumbrar y confirmar la posición relevante que tenía este municipio dentro del mundo morisco de aquella época, por delante del resto de moriscos extremeños así como de otros grupos de diversos reinos y regiones.




Arriba: prohibida la representación humana y animal para los mahometanos, los artistas islámicos en general, y los hispano-musulmanes y mudéjares en particular, supieron encontrar un estupendo sustituto para la decoración de sus obras en la geometría, dotando a la puerta puebleña con una elaborada ornamentación ataujerada a base de lacería sobre esquemas de rueda completa de doce lazos que encierran una estrella de doce puntas en su interior, repetida ésta hasta en tres ocasiones a lo largo de la hoja de madera.


Cuando, más de tres siglos y medio atrás, las tierras que hoy en día configuran la región extremeña pasaron a convertirse en un enclave más dentro del mapa de los reinos cristianos medievales, arrebatadas las tierras en combate o por asedio al gobierno musulmán de turno que las regía dentro de la España islámica andalusí, aquellos habitantes de religión musulmana sometidos desde entonces a los nuevos soberanos castellano-leoneses tomaron la nomenclatura generalizada de mudéjares, conservando en muchos casos sus vidas, sus viviendas y propiedades, religión, leyes, usos y costumbres en las mismas localidades donde habían nacido y residido hasta entonces, y de las que provenían sus ascendientes y antepasados. Otro gran número, sin embargo, marchó hacia tierras del Sur, a Sevilla y Córdoba principalmente, ciudades igualmente reconquistadas pero que, a diferencia de las localidades extremeñas de entonces, contaban con mayor número de población en las urbes así como en los campos, con una economía más desarrollada y un porcentaje de mudéjares con quienes compartir cultura y tradiciones mucho más elevado.

Aquéllos mudéjares que permanecieron en Extremadura se concentraron en las mismas localidades que habían tenido relevancia como núcleos poblaciones andalusíes. Ciudades como Badajoz o Cáceres, Mérida, Llerena, Trujillo, Zafra, Alcántara, Jerez de los Caballeros (entonces conocida como Jerez de Badajoz), Medellín o Valencia de Alcántara entre otras, contaban con centenares de vecinos musulmanes. Se daba también concentración de los mismos en núcleos rurales donde la presencia musulmana tiempo atrás había sido destacada, impulsada en muchos casos por la seguridad y salvaguarda que ofrecía una cercana fortaleza, así como potenciada por la existencia de abundantes fuentes que propiciaran el cultivo de regadío tan valorado por los habitantes andalusíes. Es el caso, entre otros, del municipio de Almoharín, cercano al castillo de Montánchez y rodeado de arroyos que permiten el amplio cultivo, aún hoy en uso, de la higuera. Sin embargo destacó de entre todos los núcleos rurales de la región en cuanto a conservación de población mudéjar entre sus vecinos la localidad de Hornachos, construida bajo el abrigo de un poderoso castillo en las faldas de la Sierra Grande de Hornachos, donde las abundantes fuentes surten constantemente de agua al municipio, y cuya orografía permite la existencia de una particular climatología en la zona, muy propicia para el regadío y el cultivo de huertas y vergeles. No se conocen en lo referente a la reconquista de Hornachos los puntos reflejados en su carta de rendición frente a las tropas cristianas, que tomaron la urbe hornachega tras un largo asedio pero una pacífica sumisión. Posiblemente una sensata negociación y una honrosa capitulación por parte de los musulmanes fue la que propició que la mayor parte de su población, aún reconociendo a los nuevos monarcas, permaneciese viviendo en el municipio, favoreciendo la presencia mudéjar en la comarca y la formación de la fuerte hermandad morisca que tras la expulsión de los mismos de España pasó de manera destacada a la historia a través de la República de Salé.




Arriba y abajo: ruedas completas de doce lazos ubicadas en el centro y parte baja de la puerta interior del templo de Puebla de la Reina, encerradas en cuadrados de cuyos ángulos de unión surten estrellas de ocho puntas, cercenadas en sus lados para poder acoplarlas al enmarcado de la hoja.




Tras los altercados que, en 1.499, protagonizaron los mudéjares granadinos frente al poder local, increpados por la política intolerante y xenófoba del Cardenal Cisneros, se decretó en 1.502 y como ya se hiciese diez años antes con los sefardíes, también auspiciada la orden por semejante personaje religioso, la expulsión de los mudéjares de los reinos de Castilla a través de la denominada Pragmática de conversión forzosa de 14 de febrero de 1.502, para lo cual se les dio a elegir primeramente entre conservar su fe y exiliarse, o permanecer en el país una vez sometidos al cristianismo, abrazado a través del Bautismo. Apenas varios días después una nueva Pragmática, la del 17 de febrero de 1.502, prohibía a los mudéjares abandonar el país, por lo que prácticamente la  totalidad de la población musulmana aceptó forzosamente la norma y permaneció en España como católicos o cristianos nuevos, como ya hicieran igualmente los judeo-conversos, denominándose a los mismos como moriscos. Sin embargo, y al contrario de lo ocurrido con los sefardíes convertidos, los moriscos conservaron fuertemente su cultura islámica, más aún en aquellas poblaciones donde su porcentaje era elevado. Como en el caso de los hebreos su conversión fue estrechamente vigilada por la Inquisición española, pero por el contrario no sufrieron el mismo acoso que los primeros, algo que permitió que los moriscos no difuminaran sus orígenes como sí hicieran los antiguos sefardíes, ni encauzaran como éstos sus costumbres dentro de las cristianas. Por el contrario, un alto porcentaje de la población morisca mantuvo su religión mahometana menos que más en secreto, siguió practicando la normativa de su fe, realidad que el Santo Oficio aprovechó no para combatirlos, sino para sacar grandes ventajas económicas de la misma, ayudándose de las continuas y altas multas sometidas a los nuevos cristianos por sus faltas religiosas y desviaciones de la doctrina católica. Por su lado los cristianos viejos comenzaron a mirar con celo y alta envidia, especialmente tras el empobrecimiento que comenzó a sufrir el país una vez agotadas las minas de metales preciosos de América, a unos vecinos que, además de asimilar relajadamente las costumbres cristianas, mantenían un cómodo estatus económico obtenido por la diligencia de sus trabajos. Si a esta situación le sumamos el rumor que, principalmente por zonas costeras mediterráneas, corría en base a la supuesta ayuda que los piratas y corsarios turcos, bereberes, tunecinos y argelinos recibían por parte de los moriscos en sus escaramuzas a las costas andaluzas y levantinas, obtenemos un clima bastante generalizado de temor y odio hacia los moriscos en general, más elevado cuanto mayor era el porcentaje de la población morisca que habitaba la zona.

Bien por motivos religiosos, bien como respuesta política dentro de la salvaguarda de la seguridad nacional ante los temores a nuevos levantamientos o ayudas a los enemigos turcos y bereberes, bien como respuesta ante la frustración obtenida frente al fracaso del aplastamiento del protestantismo en Europa, o sencillamente siguiendo las pautas xenófobas que más de un sigo atrás habían instaurado los Reyes Católicos, en 1.609 comenzaba una nueva y última fase dentro del programa de total uniformidad religiosa en los reinos de España, orientada esta vez hacia los moriscos. No fue ésta sin embargo tan drástica como la ejecutada contra el pueblo hebreo. Por el contrario, y siendo conscientes de la sincera conversión de muchos descendientes de antiguos musulmanes, así como de la posibilidad de integración religiosa de niños y mujeres, los sucesivos decretos de expulsión permitieron la permanencia de aquellos moriscos cuya sincera conversión estaba probada, así como la de los niños menores de cuatro años y sus padres, si éstos quisieran, de los niños menores de seis años hijos de cristiano viejo y morisca, así como sus ascendientes, e igualmente los hijos de cristiana vieja y morisco, aunque en este caso el padre debía ser expulsado. Habría que añadir a todo esto que, en muchas ciudades y localidades, protegidos por alcaldes, señores e incluso obispos, muchos moriscos fueron amparados por todos aquéllos unas veces por motivos económicos y salvaguardando a buenos arrendatarios y diligentes trabajadores, y en otras ocasiones sencillamente ayudando a vecinos que, especialmente en tierras de Castilla y en localidades donde su número no era elevado, habían formalizado su conversión al catolicismo desvaneciéndose su cultura musulmana con el paso del tiempo y el roce continuo con las costumbres y tradiciones propiamente cristianas. Se llegó incluso a diferenciarse entre moriscos nuevos y “antiguos de la tierra” en alusión, en el primer caso, a aquellos moriscos deportados del reino de Granada que tras la derrota sufrida en las Alpujarras habían sido repartidos por diversas regiones españolas y que, a diferencia de los segundos, conservaban más fresca su cultura islámica. Múltiples informes favorables hacia los “antiguos de la tierra”, así como de buenos cristianos y gentes pacíficas entre la población morisca en general permitieron, junto a las exclusiones de expulsión marcadas en los decretos, tanto en Extremadura como en el resto de Castilla la permanencia de un gran número de moriscos entre la población, incluso en el mismo Hornachos. A pesar de los esfuerzos llevados a cabo por encargados y comisionados para llevar a cabo la total expulsión del pueblo morisco, y de los sucesivos edictos, decretos y prórrogas que exigían el cumplimiento de la misma, finalmente tuvieron que claudicar y acatar la realidad, aceptando la permanencia de un gran número de moriscos en el país, dándose por terminado el proceso de expulsión en 1.614, conformándose las más altas autoridades con intentar que no volviesen a entrar en el país los que ya habían marchado, algo que se producía más habitualmente de lo imaginado y que se recogió en la literatura y la memoria colectiva.





Arriba: junto a la estrella de ocho puntas cercenada que aparece en el ángulo inferior izquierdo del cuadrado compositivo que encierra la rueda superior, se conserva la cerradura de la puerta en cuestión, rematada por un repujado metálico posiblemente elaborado por un experimentado artesano mudéjar, sino el mismo carpintero que dio forma a tan bella joya artística.


Si bien un gran número de moriscos sortearon los decretos de expulsión, y otros expulsados lograron volver a sus tierras tiempo después, lo que sí se consiguió con el programa de expulsión de todo descendiente musulmán fue el definitivo fin de la práctica y uso de directrices de la cultura islámica en España. Se mantuvieron aquellas costumbres y aspectos depositados,  entrelazados y absorbidos por la cultura cristiana, en respuesta a los muchos siglos de convivencia, más o menos pacífica según la época, entre ambas religiones y culturas dentro de la misma península. Palabras, recetas gastronómicas y medicinales, técnicas arquitectónicas, cultivos y un sinfín de elementos y aspectos relacionados con el día a día se transmitieron de unos vecinos a otros. También en lo relativo al arte se respetaron en muchas ocasiones los productos derivados del mismo, conservados por los cristianos que, sorprendidos por los bellos y exóticos resultados del arte hispano-musulmán, no sólo admiraban las obras ya elaboradas sino que incluso eran mecenas de las mismas y encargaban nuevos productos  a alarifes y albañiles mudéjares, ejecutando éstos bajo la soberanía cristiana y hasta la expulsión de los moriscos del país las obras de tinte musulmán que pasarían a engrosar las listas de fábricas ejecutadas bajo el estilo artístico al que sus productores le dieron su mismo nombre. Iglesias con torres-fachadas de ladrillo y azulejos, palacios con salones rematados con ricos artesonados de madera, o viviendas cuyas ventanas geminadas de arcos polilobulados se abrían a calles y plazas, son más que habituales en aquellas comarcas donde la presencia mudéjar, posteriormente morisca, era abundante, como ocurre, en el caso de Extremadura, principalmente en Tierra de Barros, enclave donde se ubicaba la morisca Hornachos entre cuyos vecinos se contaba con un alto número de albañiles, tal y como se recoge en las crónicas que los exiliados escribieron desde la creada por ellos República de Salé, conservando éstos por siglos una cultura de sabor andalusí que les permitió elaborar en un distinguido mudéjar hornachego bellas obras arquitectónicas y artísticas no sólo en su mismo municipio, sino también en localidades cercanas como Puebla de la Reina, Palomas, Alange, Hinojosa del Valle o incluso Zafra.

A apenas catorce kilómetros de Hornachos fue Puebla de la Reina antiguamente una aldea vinculada y dependiente de la misma, independizándose del pueblo morisco durante el reinado de Isabel I de Castilla, o Isabel la Católica, la cual, agradecida por la hospitalidad recibida por sus vecinos durante una corta estancia en la misma, permitió su independencia, algo que los habitantes de la antigua Puebla de la Jara quisieron perpetuar cambiando la toponimia de aquel lugar por la de Puebla de la Reina. Fue una reina también la que, siglos atrás, en los albores de 1.234, favoreció la nueva fundación de la población, destruida durante la Reconquista. Beatriz de Suabia, esposa de Fernando III el Santo, acompañando a su marido durante el largo asedio que éste puso a la localidad de Hornachos hasta su capitulación, decidió refundar el poblado que ya había existido previamente, creado en el año 995 por los musulmanes cerca de la arruinada atalaya del Castillejo, ubicándolo entre las fortalezas de Alange y Hornachos en el camino que unía Mérida con Córdoba. Perteneciente a la Orden de Santiago, como también lo fuese el municipio hornachego, posiblemente fueran hornachegos los albañiles y arquitectos que levantaron y erigieron la parroquia de aquel lugar, dedicada ésta a la aclamada mártir de la cercana Mérida, llamada Santa Eulalia, o Santa Olalla en gallego, respondiendo el monumento bajo este segundo nombre, también aceptado por la lengua castellana. Recoge el edificio las más habituales soluciones arquitectónicas y decoraciones propiamente mudéjares y habituales entre las obras de tal estilo en tierras pacenses, construida a comienzos del siglo XVI con una soberbia torre-fachada a sus pies, donde se abre una de las tres puertas que da acceso al edificio, muros de ladrillo y mampostería, cabecera de planta cuadrada y arcos ciegos y polilobulados embelleciendo el exterior de su campanario, circundado éste por una larga serie de almenas escalonadas que se expanden por los laterales del templo.



Arriba: la torre-fachada erigida a los pies de la Parroquia de Puebla de la Reina se presenta en su robustez como uno de los mejores y más bellos ejemplos de torres-fachadas de la región, ornamentada al más puro estilo mudéjar pacense, con arquillos ciegos así como polilobulados, azulejería y ladrillo aplantillado, almenas escalonadas como crestería de la misma, e incluso una vistosa estrella de ocho puntas coronando la portada principal del templo.

Abajo: vista general de la Parroquia de Santa Olalla de Puebla de la Reina, desde su lado del evangelio, considerada una de las más bellas e importantes muestras del estilo mudéjar de la región, así como vestigio histórico de un pasado donde el mundo mudéjar y morisco supo pervivir en la comarca, enriqueciendo la cultura de la zona y el patrimonio de Extremadura.




La labor mudéjar, sin embargo, no se destinó únicamente a la fábrica de la parroquia ni se englobó solamente en lo referente a la arquitectura del mismo. Existe, por el contrario, una puerta en madera de una sola hoja que, creada y diseñada bajo el estilo mudéjar, se conserva en el interior de la iglesia, encargada como cierre de una estancia abierta en la zona media del muro del evangelio, donde aún sirve a su propósito mostrando la bella manufactura con que los artistas mudéjares dotaron a la misma a finales del siglo XV, o bien a comienzos del siglo XVI, coincidiendo temporalmente con la construcción del templo. Vetada a los musulmanes por motivos religiosos la representación de figuras humanas y animales, para prevenir así la idolatría de los fieles, los artistas islámicos, así como los mudéjares, supieron encontrar la inspiración en la caligrafía y en la geometría como sustitutas para lograr una bella y trabajada ornamentación en sus obras, derivando muchas veces el dibujo geométrico en una rica lacería de bandas entrelazadas nacidas de los bordes de las figuras matemáticas a representar, ornamentación ataujerada con la que se pretendía, en el caso de las obras realizadas en madera, ocultar su estructura original, tal y como se consiguió en el ejemplo de Puebla de la Reina. De madera en su color original, la puerta mudéjar de la Parroquia de Santa Olalla ofrece al espectador un equilibrado esquema de rueda completa de doce lazos, repetido en tres ocasiones a lo largo del cuerpo de la portada, encerrando estrellas de doce puntas en el interior de las ruedas, con seis estrellas de ocho picos ubicadas en los ángulos de los tres cuadrados que sustentan la composición, a falta de las dos superiores que no tuvieron cabida en el panel. Junto a una de ellas, concretamente aquélla izquierda que hace esquina y unión a la vez entre el primer y segundo cuadrado compositivo, se ubica la cerradura de la puerta, rematada por un repujado metálico posiblemente creado también en los talleres de algún experimentado artesano mudéjar que conseguía sin saberlo de esta manera, al igual que el carpintero que elaboró la puerta o los albañiles y alarifes que erigieron el templo, perpetuar su obra y su estilo artístico con el tiempo, pero también perpetuar la memoria de su presencia en la comarca y en la región hasta nuestros días. Presencia de un pueblo musulmán que supo conservar el sabor de Al-Ándalus incluso después de ser sometidos al poder cristiano, y reflejo a la par de la admiración y tolerancia por parte de los cristianos del arte musulmán, fruto de la convivencia de ambas culturas vecinas que permitió el enriquecimiento de la cultura de nuestro pueblo, escribiendo un nuevo capítulo de la historia de nuestra gente. Cultura e historia que se reflejan en la puerta mudéjar de la Parroquia de Puebla de la Reina, y que la misma sabe recitar desde la mudez de su labrada y ornamentada madera. Es, sin duda, todo un tesoro histórico y una bella joya de las artes plásticas de Extremadura.
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