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sábado, 14 de mayo de 2022

Imagen del mes: pinturas barrocas de la cúpula de la Ermita de la Paz, en Cáceres

 

Formando parte de la que es posiblemente la estampa más característica de Cáceres, la ermita de la Paz se alza desde mediados del siglo XVIII junto a la conocida como Torre de Bujaco en plena Plaza Mayor cacereña, atesorando primitivamente entre sus paredes una serie de elementos muebles y decorativos que hicieron del interior de la capilla todo un espacio barroco tendente al rococó, de cuya ornamentación primigenia apenas restan hoy seis pinturas ubicadas en la cúpula que corona el altar mayor del templo, preservadas en un precario estado de conservación que, a pesar de sus dolencias, recuerdan los días de gloria del monumento, cuando la celebración de la festividad de su imagen titular, Nuestra Señora de la Paz, la víspera del 24 de enero, nada envidiaba en la ciudad a otras aún hoy conservadas, como aquéllas dedicadas a los Santos Mártires, a la Virgen de las Candelas o a San Blas.

Cáceres. Siglo XVIII; estilo barroco.

Arriba y abajo: iniciado el culto en Cáceres a la Virgen de la Paz en 1.712, por iniciativa del mercader Lázaro Laso, quien obtuviese en tal año permiso concejil a fin de ubicar en el extremo del Portal Llano de la Plaza Mayor cacereña un lienzo dedicado a tal advocación mariana, con la idea de evitar, a través de la exposición de éste y el correspondiente alumbrado nocturno del mismo, los actos inmorales que al parecer se acometían en el lugar llegada la oscuridad, no tardaría mucho tal devoción en adquirir una  popularidad de tal índole que, en 1.720, serían aprobadas las ordenanzas de la Cofradía de Nuestra Señora de la Paz, encargada de regir tal veneración, la cual, ante las dificultades que presentaba el rincón urbano del que colgaba el cuadro a la hora de llevar a cabo los actos religiosos, iniciaría en 1.731 las gestiones para la elevación de su propia ermita, decantándose por la recuperación de la arruinada capilla que, junto a la torre Nueva o del Reloj, hoy de Bujaco, se dedicase antaño al culto de San Benito y San Juan Evangelista, ejecutándose las obras de rehabilitación entre 1.733 y 1.734, y llevándose en procesión la noche previa a su festividad, en 1.737, desde la iglesia de Santa María la imagen de Nuestra Señora de la Paz encargada ex profeso al artista vallisoletano Pedro Correa, inaugurándose una nueva era en la historia de tal culto mariano que, poco a poco, además de ver la construcción de un pórtico de acceso a la ermita con enrejado de 1.756, o la inserción de una casa para el ermitaño en el solar inscrito entre capilla y muralla, se traduciría en la ornamentación y cumplimentación del nuevo recinto sacro con el que quedase éste vinculado, adquiriéndose diversos elementos litúrgicos, instalando retablos para las imágenes de San Benito y San Juan Bautista -encargándose a José Procuza una nueva que relevase a la primera de ellas-, renovándose el retablo inicialmente traído para la Virgen desde el Convento de San Francisco por otro de nueva fábrica, así como solicitándose diversas obras de decoración que enriqueciesen las paredes y, fundamentalmente, arcos y coronamiento de las tres naves en que se dividiera el plano interno del inmueble, así, en 1.763, cuatro lienzos del pintor José Galván que representasen a los cuatro evangelistas, destinados a las pechinas de la cúpula hemiesférica central, en 1.764 otros nueve cuadros del artista alcantarino Juan Cordero junto a doce lunas de espejo, enmarcados los cuatro iniciales en cenefas de madera talladas por Vicente Barbadillo, al cual se le pediría nuevamente, en 1.770, el trabajo de yesería que cubriría la bóveda principal, resultando un compendio decorativo de gusto barroco tendente al rococó, similar al hoy aún visto en la techumbre del santuario de Nuestra Señora de la Montaña, que, sin embargo, no lograría llegar a nuestros días en su totalidad, restando de tal colección ornamental tan sólo la porción ubicada en el interior de la cúpula que cubre el altar mayor del templo (abajo), eliminadas de sus pechinas los retratos de los santos escritores, así como limpiados de obras artísticas y enlucido el resto de los techos del monumento, ofreciéndose en la actualidad un edificio austero desde que el mismo fuese sometido a diversas intervenciones restauradoras, bajo proyecto firmado por González Valcárcel y aprobado en 1.964, que si bien consolidaba el no derribo de la capilla en pro de la completa visión de las murallas, eliminándose sin embargo el edificio colindante a ésta y remodelando la techumbre exterior del templo a fin de hacerla concordar con el carácter castrense del enclave, no contemplaba salvaguardar la mayor parte de las obras barrocas que, para mediados del siglo XX, ya ofrecían un deterioro preocupante, como el que aún muestran los seis lienzos salvados de la purga, frente a la restauración completa del retablo que acoge la imagen mariana titular, apenas hoy venerada, o ni tan siquiera conocida, por gran parte del pueblo cacereño.

Abajo: afincado en la entonces villa de Cáceres, muchos de los trabajos realizados por Vicente Barbadillo recaerían en su propia localidad de vecindad, así las puertas de la parroquia de Santiago, el cierre de la cúpula de la capilla del Cristo de la Salud dentro del santuario de Nuestra Señora de la Montaña, el retablo dedicado a Santa Ana en similar templo mariano, o el gran retablo mayor de la iglesia de San Mateo, iniciándose su relación con la ermita de la Paz en 1.763, cuando se le ofreciese enmarcar las obras de José Galván para las pechinas de la cúpula central, así como diversos espejos adquiridos por la misma fecha, ampliado el encargo en 1.770 con las yeserías que irían destinadas al cubrimiento del interior de la cúpula hemiesférica que corona el altar mayor del templo, dividiéndose el diseño de ésta en seis gallones sobre cuyas trazas de separación serían incluidos diversos emblemas marianos tomados de las letanías, así la luna, la torre, el lirio o la azucena -perdidos hoy los dos restantes-, apoyada la vinculación artística del compendio decorativo con Santa María gracias a la media docena de lienzos, pintados al óleo e instalados sobre la fábrica latericia del inmueble, que ocupan la parte central de cada uno de estos gajos ornamentales, posiblemente seis de los nueve cuadros que ejecutase para la ermita el pintor alcantarino Juan Cordero en 1.764, a juzgar por los datos registrados por la cofradía y expuestos en 1.949 por D. Miguel Muñoz de San Pedro, a través de un excelente trabajo recopilatorio publicado entonces en la Revista de Estudios Extremeños, considerándose cumplimentada en 1.775 la labor ornamental del interior del inmueble y no mencionándose la adquisición de nuevos o  relevantes trabajos artísticos entre 1.764 y 1.770, tomados de esta colección seguramente por Barbadillo cuando éste se dedicase a la decoración de mencionada cúpula capital, advirtiéndose a través de los lienzos inscritos en la techumbre diversos episodios vinculados con la vida de María, siguiendo la tradición vista en techos y paredes de oratorios o camarines marianos contemporáneos a éste, así en el que antecede al trono de Nuestra Señora de Guadalupe en su puebla homónima, leyendo de derecha a izquierda, desde el retablo y rodeando la circunferencia del coronamiento edilicio, pasajes como los desposorios de María con José (abajo), la Anunciación a María (abajo, siguiente), María encontrando a Jesús enseñando en el templo (abajo, tercera imagen), la Presentación de Jesús en el templo (abajo, imagen cuarta), la Asunción de María (abajo, imagen quinta), y la Coronación de María por la Santísima Trinidad (abajo, imagen sexta), siguiendo un ritmo cronológico dentro del ciclo mariano, sólo permutado entre los lienzos tercero y cuarto, elaborado en un lenguaje sencillo y un estilo muy básico, donde queda reflejada la iconográfica más tradicional, los emblemas más populares y la simbología mariana más característica, llamando la atención el canje del rojo de la túnica mariana de Ésta en vida, por el blanco que luce una vez ascendida a los Cielos, digna de una pureza expuesta igualmente en la bandera nívea que porta la imagen titular del lugar, aún ondeada frente a los cacereños por Nuestra Señora de la Paz, como lleva haciendo tal representación de la Madre de Dios desde que a mediados del siglo XVIII fuese encaramada ésta a su propio podio, mirando a la ciudad con la que quedaría vinculada, desde el corazón del punto más neurálgico de la misma.






lunes, 31 de enero de 2022

Imagen del mes: Ermita del Cristo de la Misericordia, en Torre de Don Miguel

 

Aun engullida por el crecimiento urbanístico y perdido el soportal que la antecedía, sigue mostrando la ermita del Cristo de la Misericordia a los pies de la calle de la Barrera y mirando hacia la cuesta que sube al corazón de la villa torreznera, el gusto renacentista que, plasmado fundamentalmente a través de su portada, hace de esta capilla de sencillas mole y planta un ejemplo a destacar entre similares templos de tradicional erección a las puertas de las localidades extremeñas norteñas, enriquecido su programa iconográfico con una serie de gárgolas que, además de cumplimentar la obra con un presunto mensaje moral, enlaza ésta con el movimiento gótico anterior, como es característico en las obras dirigidas por el maestro Pedro de Ibarra, príncipe entre los arquitectos del Renacimiento extremeño a quien se atribuye la autoría del sacro inmueble.

Torre de Don Miguel (Cáceres). Siglos XVI; estilo renacentista. 
 
 
Arriba y abajo: ejecutado su alzado íntegramente en sillares de granito sobre planta cuadrada, reforzado por contrafuertes esquineros y cubierto con tejado a cuatro aguas (arriba), la ermita popularmente conocida como del Cristo, oficialmente del Cristo de la Misericordia, mira hacia el centro histórico de Torre de Don Miguel, de donde los hermanos de la Cofradía de similar advocación, según consta en el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura fechado en 1.791, bajaban cada 25 de marzo para celebrar en ella misa, eligiéndose esa misma tarde el alcalde, los diputados y el capellán de la hermandad, fundada al parecer en 1.721 y que por aquel entonces contaría con 170 cofrades, desconociéndose si tal evento se llevaría a cabo en el interior del inmueble, o más bien bajo el soportal que antecedía primitivamente el mismo, desaparecido gran parte de éste tras sufrir el enclave un incidente a fines del siglo XX, enmarcando el espacio que ocupase éste sendos bancos corridos que, prolongando los lados de evangelio y epístola respectivamente, anteceden hoy al templo en sí (abajo), restando las bases pétreas sobre las que se apoyarían las vigas de madera que servirían de fustes de sustentación del tejadillo del soportal (abajo, siguiente), apoyado en su llegada al monumento sobre los dos salientes o ménsulas que en la fachada del mismo ahora pueden observarse sin impedimento visual alguno, como así la propia portada de la ermita en sí.
 
 
 
 
Arriba y abajo: si bien algunos autores abogan por una etapa constructiva inicial previa a la presunta intervención de Pedro de Ibarra a mediados del siglo XVI, de cuyas manos procederían al parecer las trazas que dibujan la portada que hoy vemos a los pies del inmueble (arriba), cerrándose un acceso primigenio que, bajo el arco de medio punto que aún enmarca tal flanco de presentación, separaba el exterior del espacio sacro auxiliado por un verjado, otros estudiosos defienden, por el contrario, la completa erección del inmueble bajo dirección del maestro de presunta nacencia salmantina, considerado hijo del también arquitecto Juan de Álava y declarado como figura clave en la arquitectura renacentista de Extremadura, donde recaería tras recibir por los condes de Alba de Liste el encargo de construir la capilla mayor del convento de San Antonio de Garrovillas de Alconétar, llegando a convertirse en maestro mayor tanto de la Orden de Alcántara como de la diócesis de Coria -con intervención, entre muchas, en la torre de Santa María la Mayor de Cáceres, en las parroquias de Nuestra Señora de la Asunción de Casar de Cáceres, Santa María la Mayor de la Asunción de Brozas y San Andrés Apóstol de Zarza la Mayor, así como muy posiblemente en la del Buen Varón de Hoyos-, encargado, al parecer a partir de 1.544, de las obras de remodelación de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Torre de Don Miguel -recientemente declarada, por decreto 173/2019, de 5 de septiembre, bien de interés cultural con la categoría de monumento-, quedando así vinculado con la villa torreznera, barajándose esta etapa de relación del artista con el municipio la fecha en que datar la ejecución de la ermita del Cristo, a la que se dedicaría en paralelo a los trabajos llevados a cabo en el templo principal de la localidad, dotando a la ermita de una portada donde llama la atención, sobre el dintel que corona la puerta de acceso, un frontón triangular que recuerda su intervención en la Portada del Perdón de la Catedral de Coria (abajo), ocupado éste por una decoración mucho más humilde que el programa iconográfico de tintes platerescos preservado en la seo cauriense, con un medallón centrado por un blasón de armas o epigrafía erosionadas, y motivos vegetales en los espacios restantes entre el tondo y los ángulos del triángulo arquitectónico, vacíos los medallones que ocupan los tres pares de casetones inscritos en el friso que forma parte del entablamento que supone el dintel que, de lado a lado, supedita tanto la puerta central como sendos ventanales que la abrazan, cumplimentado con una cornisa y un arquitrabe labrado con arquillos ciegos, sustentado tanto por las jambas de la portada -donde destaca la rica labor en madera, a base de motivos vegetales y geométricos, que aún conservan las hojas de la puerta (abajo, siguiente)- como por el trío de balaústres que ocupa cada uno de los vanos abiertos a cada lado de ésta (abajo, imagen tercera) -sostenidos por paños donde el bajorrelieve que ofrece sendos pares de casetones rectangulares pareciese haber querido imitar los balaústres centrales que les anteceden-, permitiendo éstos tanto la ventilación e iluminación de un templo que no cuenta con más aberturas al exterior que éstas y los dos óculos elípticos inscritos a sendos lados del frontón de la portada, así como la contemplación antaño del interior de la capilla, sirviendo durante sus horas de cierre a las oraciones del lugareño o del viajero que llegase a la villa, o partiese de ésta, como aún hoy puede observarse y ejecutarse en capillas de similar arquitectura y fin, así en la ermita del Humilladero en la cercana localidad de Robledillo de Gata, piadosos autores éstos posiblemente de los grafitis de tinte religioso que pueden adivinarse cincelados sobre algunos de los sillares que circundan la portada (abajo, imagen cuarta), identificándose sobre la piedra monogramas del nombre de Jesucristo que verifican la devoción popular vivida por el lugar a lo largo de su centenaria historia. 




 
 
Arriba y abajo: supeditada la puerta de entrada al recinto sacro y las líneas clásicas que la componen por un arco de medio punto sobre el que hoy pueden observarse las ménsulas de sustentación del tejado que supondría el primitivo soportal de acceso y protección del viandante, viajero o feligrés, similar a los que actualmente pueden verse en los frentes de múltiples capillas de paralelas trazas edilicias enclavadas a lo largo del Norte de la región y Sur de la salmantina, así en la ermita del Santo Cristo del Humilladero de Valverde de la Vera, corona tanto el frontal (arriba) como los restantes muros del evangelio, epístola y cabecero -en paralelo a la moldura que circunda el edificio en su base- un entablamento iniciado con un cinturón inferior, a modo de arquitrabe compuesto de tres bandas horizontales, un friso ornamentado a base de cruces de tipología griega y arquillos ciegos en alternancia -considerada la firma edilicia de Pedro de Ibarra en sus obras y, así, verificación de su intervención en el inmueble-, seguido de la propia cornisa en sí (abajo) -decorada ésta con taqueado y supeditada en la esquina entre frente y muro del evangelio por una sencilla espadaña de arco de medio punto y remate en cruz, fechada según propia inscripción en 1.673, cuya campana, conocida como la chica, se conserva hoy en la parroquia del lugar-, marcado el punto medio de este entablamento en su frente, coincidiendo con el ángulo superior del frontón, por una voluta que recoge un saliente de la cornisa, ubicados igualmente en los puntos centrales de cada uno de los tres flancos restantes (abajo, siguiente: lados del evangelio y cabecero; imagen tercera: cabecero y lado de la epístola) una gárgola, mostrando éstas, en esculturas de bulto redondo de cuidado tallado cercano al visto tanto en los ejemplares de la parroquia de San Pedro de Gata como en aquéllos que asoman desde la propia iglesia parroquial torreznera, varios seres antropomorfos cuyos pecados les han conferido un aspecto ciertamente mostruoso, especialmente sobre sus rostros, portando la gárgola del muro del evangelio, presuntamente desnuda, un can en su mano izquierda, un copón o cáliz en la derecha (abajo, imagen cuarta), alusión quizás a los vicios a los que lleva la ingesta de alcohol, posible visión de algún clérigo desviado de la doctrina que impartía, con gesto torcido su compañero sito en el ábside del templo (abajo, imagen quinta), al que la erosión le he llevado a perder su mano izquierda y quizás algún otro elementos más que nos permitise barajar la idea bajo la que se labró, más clara la atisbada en la gárgola del lado de la epístola, donde un ser itifálico, mirando al frente y sosteniendo con fuerza lo que aparenta ser una bolsa monetaria -sin descartar que sea ésta una botella- haría referencia al pecado de la usura, siguiendo una tradición moralista que enlazaría con el gusto gótico, superviviente aún a mediados del siglo XVI en una población en la cual, a pesar el triunfo del clasicismo en las formas, aún mantenía una fuerte presencia de la religión y la moral impuesta por ésta, a las que el arte seguiría sirviendo.







viernes, 27 de agosto de 2021

Joyas de las artes plásticas de Extremadura: Dama de Regina, o diosa Juno del yacimiento reginense, en el Museo Arqueológio Provincial de Badajoz

 

El 14 de julio de 2.010 tenía lugar, con presentación en directo a los medios de comunicación y autoridades competentes incluida, la extracción formal de una recién hallada escultura enterrada junto a los vestigios de lo que fueran los tres templos que en el foro de la ciudad romana de Regina sirvieran antaño al culto hacia la denominada Tríada Capitolina. Junto a la exposición de una también descubierta cabeza broncínea de un sacro bóvido, cuyos cortos cuernos plantea el estar ante la testa de un toro o ante la imagen de un buey,  la exhumación de la escultura marmórea supondría el broche de oro a las excavaciones que durante aquella campaña arqueológica veraniega prolongaban los trabajos científicos que en el yacimiento reginense, cercano a Casas de Reina, se llevaban dando de manera prácticamente continua desde que a comienzos de los pasados años setenta D. Mariano del Amo y de la Hera inaugurase las mismas, centrándose entonces en la zona teatral, prolongándose a partir de 1.978 hacia otros puntos de la antigua ciudad latina, dándose a conocer en 1.988 parte del área forense de la urbe, centrándose los estudios sobre ésta durante las campañas efectuadas entre 2.008 y 2.012. Poco a poco iba viendo la luz el municipio del que, ya en 1.789, haría mención el jesuita D. Juan Francisco de Masdéu en el tomo VI de su "Historia Crítica de España, y de la Cultura Española en todo género", ubicándolo en los terrenos que por entonces ocupaba la aldea pacense de San Pedro de Villacorza, dato respaldado por el ilustrado gijonés D. Juan Agustín Ceán Bermúdez en su "Sumario de las antigüedades romanas que hay en España, en especial las referentes a las Bellas Artes", publicado en 1.832 póstumamente a la muerte de su autor. 

Regina Turdulorum, ciudad de la Beturia Túrdula, inscrita en el Conventus Cordubensis de la provincia de la Baetica, sería fundada al parecer a comienzos de nuestra era adquiriendo el estatus de municipio durante el reinado de Vespasiano, en torno al año 74 d.C. Bajando la población, declarada la Pax Augusta, al llano desde lo alto del llamado cerro de las Nieves, donde hoy se levanta el castillo de Reina y antaño se erigiese un oppidum, tal concesión supondría la construcción de un foro propio para una urbe de tal categoría, sita ésta junto a una relevante vía de comunicación entre Emérita Augusta (Mérida) y Astigi (Écija), conectando la vega media del Guadiana con la cuenca media del Guadalquivir, cercana a zonas mineras e inserta en las fértiles tierras de lo que hoy es la extremeña Campiña Sur. Sus datos históricos, sin embargo, no son abundantes, no teniéndose más noticias de la ciudad desde que en el 619 se dirimiese un pleito entre ella y Celti (Peñaflor; Sevilla) en el II Sínodo Hispalense, donde se reunirían convocados por San Isidoro de Sevilla los obispos de la Bética en pleno dominio visigodo. Abandonada posiblemente a raíz de la llegada a la península de los musulmanes, sus edificios irían poco a poco cayendo en el olvido, devastados por el abandono y el paso del tiempo hasta que, reconquistada la comarca, se reaprovechasen las viejas estructuras del teatro romano para la edificación de la iglesia dedicada a San Pedro en la recién creada aldea homónima al primer Obispo de Roma, reutilizados muchos de sus materiales a lo largo de los siglos en la erección o complementación de edificios cercanos, figurando así sillares almohadillados en las bases de la alcazaba regina, capiteles o restos de fustes en los aledaños de la iglesia de San Sebastián y ermita del Ara, en Reina y Fuente del Arco respectivamente, o piezas marmóreas inscritas en las parroquias de Casas de Reina o de Valverde de Llerena, así una inscripción en el muro del evangelio de la iglesia de Santiago Apóstol casarreña, o una columna como peldaño en la portada abierta a los pies del templo valverdeño de la Purísima Concepción.

Arriba y abajo: partida en dos porciones, desconociéndose la fecha exacta de la fragmentación, la estatua designada a representar la diosa Juno y diseñada aun en bulto redondo para ser exhibida frontalmente desde probablemente el altar que centrase la cella del templo dedicado a la reina del Olimpo en el área forense de Regina, muestra al sacro personaje sentado, vestido con túnica sobre la que cae desde la cabeza un manto o palla que termina cubriendo las piernas de la deidad, otorgándole así un aire de solemnidad que el autor supo plasmar sobre mármol procedente de la zona lusa de Borba-Estremoz, ayudando este dato vinculado con su naturaleza, observándose igualmente similar técnica escultórica sumada a la comunión entre pose y proporciones anatómicas de la fémina representada, a la vinculación final de sendas porciones llegadas al Museo Arqueológico Provincial de Badajoz en dos momentos y por vías diferentes, preservada hasta 2.010 la pieza superior sepultada entre los vestigios forenses del yacimiento reginense (arriba), reutilizada su porción inferior presuntamente en el siglo XVII a fin de labrar sobre la cara posterior del mismo -perdiendo casi la totalidad del escaño sobre el que descansase la diosa- el que fuera escudo de D. Sancho de Paz el Viejo (abajo), destinado a todas luces al convento de San Buenaventura o San Francisco de la ciudad llerenense, fundado bajo el patronazgo de tal familia y donde el ilustre personaje planteara instalar el panteón familiar, posiblemente quedando en su capilla ubicado el blasón hasta el derribo de gran parte del inmueble monacal una vez desomortizado el mismo.

Adquirida a un anticuario cacereño por el Ministerio de Cultura en 1.987, pasaría el 19 de junio de 1.987 a formar parte de los fondos del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz una pieza reutilizada en la Llerena del Siglo de Oro como material marmóreo donde labrar un escudo señorial, atribuido al que fuera Contador Mayor de Castilla durante el reinado de los Reyes Católicos y tesorero de la Casa de Contratación de Indias en época de Carlos V,  D. Sancho de Paz el Viejo. Procedería ésta presuntamente -y concordando con los datos citados en el contrato de compra, donde se indica la toma de la misma del derribo de un convento gótico llerenense, terminando en manos particulares locales hasta la transacción al negocio cacereño referido- del convento franciscano de San Buenaventura o de San Francisco, cuya sede definitiva fuera concluida en 1.540 bajo el patronazgo del ilustre personaje mencionado, que deseaba fundar allí su capilla-panteón familiar, suprimido el cenobio a raíz de la Real Orden de Exclaustración Eclesiástica de 25 de julio de 1.835, posteriormente desamortizado hasta devenir la desaparición de gran parte del edificio. Cincelados en un blasón cuartelado torreones en sus cuarteles primero y cuarto, tres rombos a sinistra en los dos restantes, el interés principal de la pieza, sin embargo, no recaería en la divisa heráldica expuesta, sino en la propia pieza marmórea en sí, esculpida la obra patronímica en la cara posterior de una antigua escultura, adivinándose por el flanco contrario al escudo lo que debieron ser las piernas de una representación humana sentada, vestida con túnica antepuesta por manto y correspondiente, a todas luces, a una figura femenina sedente, bien algún personaje relevante de la época de fabricación, fechada durante el dominio romano, o inclusive alguna deidad expuesta o adorada en la cercana ciudad de Regina, de donde se supuso que podría ser originaria la obra, sin disponer de detalles sobre su hallazgo pero conociéndose el expolio constante al que era sometido desde antaño el yacimiento latino. La supuesta respuesta a la incógnita, aunque con más de veinte años de tardanza, llegaría finalmente al desenterrarse la escultura que aguardase junto a los templos forenses de la antigua urbe. Alcanzando el metro de altitud, de un tamaño algo superior al natural, se basaba la misma en la representación de la mitad superior o torso de un personaje femenino velado cuya pose, dimensiones representativas antropomorfas, cincelado y naturaleza marmórea originaria de la zona Borba-Estremoz casarían con las características mostradas por la pieza llerenense. Bautizada inicialmente como Dama de Regina, su identificación con la diosa Juno terminaría no sólo planteándose sino, rápidamente, cobrando valor, siendo exhumada de entre los terrenos adyacentes a la parte trasera del templo más oriental de aquéllos identificados como sede de la veneración a la Tríada Capitolina, formada por Júpiter, Juno y Minerva, respaldada la devoción a la diosa del matrimonio en la ciudad bética por un altar dedicado a ésta descubierto en el mismo teatro del municipio. 

Arriba y abajo: excavada la zona forense de la ciudad de Regina a partir del año 1.988, los campañas centradas en ella, especialmente aquéllas ejecutadas entre 2.008 y 2.012, sacarían a la luz los vestigios de tres templos de planimetría prácticamente idéntica (arriba), con 14,20 metros de longitud y 7,10 metros de anchura cada uno, separados entre ellos por un pasillo de 0,60 metros de ancho que les llevaría a ser identificados como área sacra destinada a la veneración de la conocida como Tríada Capitolina, diseñado cada edículo como edificio tetrástilo, con cuatro columnas al frente sobre un bajo podio de mampostería donde descansan pronaos y cella, antecedidos por baja escalinata compuesta de entre cuatro y cinco escalones graníticos, cumplimentados por columnas marmóreas de orden corintio que sitas en las esquinas reforzadas por sillares de cada estancia hacen de cada monumento una simbiosis entre los diseños próstilo y períptero, siendo tras la naos del inmueble más septentrional (abajo) -derecha visto el conjunto desde su frente- donde se descubriese en el verano de 2.010 sepultado el torso de la que diera en llamarse Dama de Regina, hasta el momento la pieza mueble principal de entre las rescatadas en el yacimiento romano que brilla por su riqueza patrimonial en plena Campiña Sur.

Coronada con diadema, con el cabello rizado partido por la mitad y mostrando sus rizos recogidos caer tras los oídos, de ojos almendrados y vestida con lo que pareciese stola con mangas abotonadas y anudada bajo los senos sobre la que queda antepuesta una palla o manto que cae desde su velada cabeza, privada de antebrazos y diseñada según los cánones clásicos, la Dama o diosa Juno de Regina recuerda, cumplimentado el torso con las piernas desmembradas, la representación de otras deidades femeninas olímpicas, así la diosa Ceres que fuera hallada entre los restos del teatro romano emeritense, identificada sin embargo ésta últimamente según algunos autores con la emperatriz Livia, cuya tradicional imagen idealizada, aún tocada con velo como sacerdotisa augustal, refleja su carácter matriarcal, otorgado igualmente a la reina del Olimpo como matrona primordial de la cultura greco-latina. Simbiosis entre la idealización de lo sagrado, la humanización de los dioses y la vinculación de los más altos valores morales con los personajes, sacros o terrenales, más relevantes, que podemos contemplar en el ejemplar reginense, destacando entre los tesoros muebles descubiertos en el yacimiento primordial de la Campiña Sur, cuyo catálogo amplían por su relevancia histórica y artística los tres bustos rescatados del pozo inscrito en el área forense, dedicados al emperador Trajano, al posible genio velado del municipio, así como a un príncipe de la dinastia Claudia que algunos han querido identificar con un joven Claudio. Esperando éstos aún a ser expuestos, la Dama de Regina, sin embargo, cuenta desde el 22 de junio con su espacio propio en el patio mudéjar del palacio de los Condes de la Roca, sede el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, exhibiéndose no solamente el torso descubierto en 2.010, sino junto a éste la pieza adquirida en 1.987 que el público podía contemplar desde años atrás en la sala dedicada a Roma de la galería museística, asumida la pertenencia primitiva de ambas fracciones a una misma escultura, aceptada la teoría que respaldase con un detallado estudio el arqueologo Andrés Fernando Silva Cordero, relevándose como toda una joya del patrimonio arqueológico romano español así como de las artes plásticas heredadas por nuestra región.



Arriba y abajo: conocida desde antaño la riqueza arqueológica del yacimiento reginense a pesar de no ser hasta el siglo XVIII cuando el mismo fuera identificado con la ciudad de Regina Turdulorum, el expolio de sus vestigios sería una constante a lo largo de los siglos, reaprovechándose, como se hiciese con la parte inferior de la estatua forense de la diosa Juno, muchos de los tesoros muebles o elementos constructivos de los añejos inmuebles latinos en la erección o complementación de monumentos posteriores, tal y como aún hoy en día puede apreciarse en varias de las localidades de la Campiña Sur que circundan la zona ocupada antaño por la urbe romana, conocida como Torre de los sillares aquélla que, en el vértice más oriental de la alcazaba de Reina (arriba, primeras dos imágenes), exhibe en su base piezas graníticas que, por su almohadillado, puede suponerse el provenir de la ciudad que un día floreció a los pies del cerro donde se asienta la islámica fortaleza, restando en los aledaños de la iglesia dedicada a San Sebastián, en la también localidad regina (arriba, imagen tercera), un destacado capitel que bien pudiera haberse recuperado de los restos de algún edificio monumental que se irguiera en el antiguo municipio, conservado un ejemplar de más modestas dimensiones y estilo jónico, junto a otros restos marmóreos y posibles retazos de fustes, en el patio interior del complejo religioso-rural donde queda inscrita la ermita de Nuestra Señora del Ara, en las cercanías de Fuente del Arco (abajo, y siguiente), siendo un fuste marmóreo también el que aún hoy sirve de escalón de entrada en la portada renacentista abierta a los pies y bajo la torre-fachada gótico-mudéjar de la parroquia dedicada a la Purísima Concepción de Valverde de Llerena (abajo, imagen tercera), inscrita en el lado del evangelio de la también gótico-mudéjar parroquia de Santiago Apóstol, en Casas de Reina, la lápida dedicada a Calpurnius y al hijo de Varo (abajo, imagen cuarta), siendo un posible altar el expuesto junto a otros marmóreos restos de fustes en el lado de la epístola de la iglesia dedicada a Nuestra Señora de la Asunción de Valencia de las Torres (abajo, imagen quinta), pudiendo en este caso pensarse, dada una mayor lejanía con el yacimiento reginense, en una proveniencia más cercana al mismo, quizás alguna villa o santuario circundante a la antigua ciudad latina, como también se baraja en el caso de la ermita del Ara, o como seguramente sea el caso visto ante los retazos romanos reutilizados en la parroquia de la Purísima Concepción de Granja de Torrehermosa (abajo, imagen sexta), recogidos éstos quizás de la antigua Arsa o Municipium Lulium Ugultuniacum, enclavado en lo que hoy es la localidad de Azuaga.






jueves, 19 de agosto de 2021

Imagen del mes: Ermita de San Pedro de Alcántara, en las cercanías de Deleitosa

 

Enclavados a poca distancia del flanco sureño del conocido como convento de San Juan de la Viciosa, también llamado San Juan de los Habaneros o, más formalmente, San Juan Bautista o San Juan de la Penitencia -en honor a su primer protector, D. Juan Álvarez de Toledo y Monroy, IV conde de Oropesa y III Conde de Deleitosa-, aparecen también en el valle de la Viciosa - o Vicioso-, entre los arroyos de los Frailes y de Rocastaño, los restos de lo que al parecer fuera ermita vinculada con el cenobio llamada popularmente como de San Pedro de Alcántara, de menudas dimensiones y fábrica pizarrosa que pudiera corresponder con la capilla que, según el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura de 1.791, sobreviese por entonces en las cercanías del monasterio construida y habitada por el mismísimo santo patrono de la región, cuya labor fundadora le llevara en torno a 1.561 a establecer el primigenio conventual, poco antes de enfermar en él y, tras partir de éste y ser acogido en el Palacio de Oropesa o Castillo de los Álvarez de Toledo, fallecer en la localidad abulense de Arenas, desde entonces Arenas de San Pedro, camino del también erigido por el santo alcantarino convento anexo a la ermita de San Andrés del Monte, donde sería posteriormente enterrado.

Deleitosa (Cáceres). Siglos XVI-XVII; estilo renacentista/barroco.

Arriba: partiendo desde el flanco occidental de la localidad de Deleitosa, tomando la calle Miguel de Unamuno frente al Matadero de Eduardo Nieto Larra, el sendero que discurre primero hacia poniente, poco después hacia el Nororeste camino de la fuente de La Retuerta, nos acercará hasta el arroyo de los Frailes, enclavándose a poca distancia de la desembocadura en él del arroyo de Rocastaño, inmediato al camino de acceso al antiguo convento de la Viciosa, los vestigios de lo que al parecer fuera ermita de San Pedro de Alcántara, única aún en pie, a pesar de su ruina, de entre aquellas varias que circundarían el viejo cenobio, contabilizado en el siglo XVII un total de siete capillas, seis de ellas construidas una vez entregado el convento a  los Agustinos Recoletos en 1.606, consagradas éstas -tal y como informa el abate René Tiron en su obra decimonónica orientada a la historia y trajes de las Órdenes religiosas- a San Agustín -edificada a expensas del licenciado Nuño de Camiñas-, a Santa Mónica -edificada a expensas de la duquesa de Nájera-, a la Encarnación -construida a expensas del licenciado Baltasar Velázquez-, a San José -donada por un escribano de la provincia de Madrid-, la de San Nicolás de Tolentino -erigida a expensas de Catalina de Orellana y Mendoza-, y a Santa María Magdalena -financiada por Diego de los Cobos, marqués de Camarasa-, siendo la de San Pedro de Alcántara obra del mismo fraile franciscano, donde instalase una Natividad a imitación de San Francisco de Asís, ofrendada inicialmente por él a la Virgen de Belén, tal y como indicaría fray Alonso de San Bernardo en su obra dedicada en 1.783 al santo reformador.

Arriba: fundado el primigenio convento franciscano bajo las austeras directrices marcadas dentro de la Custodia de San José, siguiendo la extrema reforma llevada a cabo por su custodio San Pedro de Alcántara, también llamada reforma alcantarina, imitando en humildad el recién instaurado por él cenobio de Pedroso de Acím, conocido como convento de la Purísima Concepción de El Palancar, se presentaba este edificio monacal en la zona baja del valle, construido de manera sencilla en terrenos cedidos por el III conde de Oropesa y su esposa, II condesa de Deleitosa -D. Fernando Álvarez de Toledo y Figueroa, y Doña Beatriz de Monroy y Ayala-, con fábrica pobre y escasas dimensiones acopladas a una casa de campo que tales nobles allí disponían para las jornadas cinegéticas, abandonado por los franciscanos -de la provincia de San Gabriel desde 1.593- en 1.603 y reasignado a los Agustinos Recoletos apenas un año después, incendiado al poco de tomar éstos posesión del enclave hacia 1.606 -dirigiéndose tras el incidente los hermanos hacia una zona más elevada de la misma cuenca geográfica a fin de construir un nuevo inmueble, más amplio y cómodo para la vida monástica, fundado por fray Diego de Jesús-, cayendo la vetusta obra alcantarina en abandono y desuso, considerada por algunos autores lo que se conoce como ermita de San Pedro de Alcántara los vestigios de tal vivienda clerical, si bien los restos arquitectónicos preservados se acercan a las directrices que, según el abate Tiron, ofrecían ediliciamente cada una de las ermitas que acabaron rodeando el nuevo convento agustino y a las que pudiera haberse visto acoplada la primigenia capilla franciscana, diseñadas para el retiro espiritual de los monjes y dotadas por ello de oratorio, celda para el descanso, cocina, aposento para el trabajo, jardín y campanario.

Arriba y abajo: figurando en ruina la mitad oriental del supuesto añejo sacro eremitorio, la fábrica aún en pie, constituida de materiales humildes, fundamentalmente esquistos, cuarcitas y ladrillo, ofrece en el flanco occidental del edificio la que pareciera portada principal (arriba), quizás primigeniamente única, de acceso al interior del bien, cumplimentada con un ventanal a su diestra exterior, dando paso a una pequeña estancia cuyo muro norteño aparece horadado (abajo), abierta otra puerta frente a la inicial, hoy tapiada (abajo, siguiente), así como una tercera entrada, ésta de paso al habitáculo contiguo sito en la zona meridional (abajo, imagen tercera), cubierto el primer espacio por bóveda de arista latericia (abajo, imágenes cuarta y quinta), el segundo con bóveda de cañón de naturaleza similar (abajo, imágenes sexta y séptima), siendo este segundo modelo el también visto coronando un tercer enclave de escasas dimensiones abierto al anterior (abajo, imagen octava), resultando difícil precisar la función que inicialmente se le diera a estos espacios, quizás destinados a las labores diarias y descanso del fraile allí retirado -sin olvidar la posibilidad de estar ante los retazos del primitivo cenobio alcantarino-, pudiendo destinarse a oratorio o iglesia el enclave al que, desde la portada de la estancia noroccidental, se diera paso a la zona hoy caída, entre cuyos muros pueden adivinarse las que fueran pechinas septentrionales de una bóveda de arista o pequeña cúpula (abajo, imágenes novena y décima), desaparecida en este monumento al igual que el resto de la construcción que cumplimentase el alargado espacio que completase tal sector levantino del edificio (abajo, imágenes undécimo y duodécima), ocupado hoy por los caídos retazos arquitectónicos de la obra (abajo, imágenes décimo tercera a décima quinta), devastada quizás, como así lo fuera el cenobio, por las tropas napoleónicas que al inicio de la contienda decimonónica hispano-francesa pasaran por el lugar.












Arriba y abajo: apreciándose desde la supuesta ermita de San Pedro de Alcántara la silueta de algunos de los paredones preservados en pie del que fuera segundo convento, o convento agustino de San Juan Bautista de la Viciosa (arriba), lleva el sendero que discurre junto a la orilla izquierda del arroyo de Rocastaño hacia el antiguo cenobio (abajo), accediéndose a éste tras superar el mencionado cauce fluvial por un sencillo puente de único ojo y humilde fábrica pizarrosa (abajo, siguiente), alcanzándose por la cuesta de subida los primeros muros pertenecientes a la esquina suroriental del vetusto edificio (abajo, imagen tercera), llegando poco después a la actual portada de acceso (abajo, imagen cuarta), a través de la cual se pasa a la esquina Sureste del gran espacio centrado hoy por el amplio claustro del lugar -perdidos gran parte de los muros de división internos entre estancias y sus respectivas bóvedas-, observándose a la izquierda del portalón el ala meridional del monasterio (abajo, imagen quinta), de frente su hermana levantina y posible espacio ocupado antaño por la iglesia del lugar -donde una venerada imagen de Santa Rita de Casia recordase la vinculación de la orden agustina con la patrona de las causas imposibles- (abajo, imagen sexta), restando del patio conventual apenas las paredes que separasen éste de sus flancos externos, sucumbida la obra edilicia que circundase el claustro en su interior (abajo, imágenes séptima y octava), apreciándose entre las dependencias conservadas en la esquina nororiental del monumento la altitud de las dos plantas de que constase la casa (abajo, imagen novena), punto de acceso al espacio arquitectónico cuyo plano se prolonga desde tal rincón monacal hacia el Noreste (abajo, imágenes décima a duodécima), observándose desde lo que fueran exteriores septentrionales del convento la planta de tal ramal -posible enfermería- asociado al ala más norteña del conventual (abajo, imagen décimo tercera), dando ésta (abajo, imágenes décimo cuarta y décimo quinta), al ala más occidental (abajo, imágenes décimo sexta y décimo séptima), hoy abierta a los ricos campos que siempre rodearon la casa desde sus orígenes y hasta su definitivo abandonado a raíz de las órdenes de desamortización de 1.836, cuando el cenobio ya sólo era ocupado, según Pascual Madoz en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de 1.848, por tres hermanos, tras regresar y restaurar los frailes parte del monumento que las tropas francesas saqueasen y destruyesen en 1.808.


















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