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lunes, 31 de enero de 2022

Colaboraciones de Extremadura, caminos de cultura: Nuestros castillos, de Informe Extremadura, en Canal Extremadura TV

 

El pasado día 29 de enero, a las 22.15 horas, se emitía dentro del espacio Informe Extremadura, en Canal Extremadura TV, el reportaje Nuestros castillos. Un programa dedicado a las fortalezas extremeñas, centrado en monumentos tales como el castillo de Alburquerque, la alcazaba de Trujillo, la residencia cacereña de las Seguras o el castillo de Montánchez, a los que se sumarían los inmuebles castrenses en ruinas de Alange y Hornachos, para cuya visita se quiso contar con la colaboración de este blog. 

Solicitada nuestra intervención a mediados del presente mes, gustosamente acompañamos al equipo de Informe Extremadura la mañana del día 12 hasta sendos castillos mencionados, recorriendo los enclaves donde se asientan, vislumbrando sus vestigios, charlando sobre su historia y comentando sus características principales, disfrutando del viaje y la visita siempre en pro del conocimiento y divulgación del patrimonio extremeño.

Tras mencionada emisión, ya se encuentra publicado el reportaje en cuestión en la web de Canal Extremadura. Extremadamente satisfechos con el resultado, desde Extremadura: caminos de cultura queremos invitar a los visitantes del blog a su visualización, esperando que sea del agrado de los seguidores, deseando igualmente que permita la ilustración sobre tal acervo, no sin dejar de agradecer a Informe Extremadura el haber querido contar con este rincón cibernáutico en la realización de tal trabajo, ansiando que esta aportación sirva, una vez más, a la instrucción sobre nuestra herencia patrimonial y nuestra cultura, base de nuestra razón de ser como pueblo, y de nosotros mismos.

 https://www.canalextremadura.es/a-la-carta/informe-extremadura/videos/informe-extremadura-290122


Arriba:  erigido sobre el cerro de la Culebra (arriba, imagen superior), del que toma un nombre que haría referencia a un pasado romano del enclave, el de Castrum Colubri, posiblemente la fortaleza de Alange se erigiese, ya en la Edad Media, sobre los vestigios de una atalaya latina que vigilase los contornos de Emérita Augusta, así como el trascurrir de la prolongación meridional de la Vía de la Plata en su devenir hacia tierras de la Bética, edificándose ya por los musulmanes una obra castrense cuyas primeras noticias se remontan al siglo IX, mencionándose Hisn al-Hanash poco antes de que la misma, en torno al 875, fuera tomada por Ibn Marwan en su levantamiento contra el emir cordobés Muhamad I, canjeada tras su asedio por la entonces aldea de Badajoz, cayendo nuevamente, esta vez en manos cristianas, en 1.234 bajo reinado de Fernando III, quien la cediese a la Orden de Santiago, encargada de su custodia y responsable de la reconstrucción de la misma, resultando de tal intervención el aspecto que hoy podemos apreciar entre sus ruinas (arriba, imagen inferior), dotado el complejo de una zona defendida de aljibes en la parte baja, una primer recinto amurallado del que resta la Puerta del Sol, y una fortaleza superior antecedida por un corralejo donde, entre las torres Solana y Redonda, resta junto a una desolada torre de la Campana e inserta en ella capilla de Santiago, la esbelta torre del homenaje, punto neurálgico de un monumento cuyo abandono se produciría cuando, en 1.550, fuese fundada la Casa de la Encomienda dentro de la propia población alangeña, restando sólo en uso, a lo largo del resto de la Edad Moderna, el templo santiaguista del lugar, derrumbado, por abandono y socavación de sus cimientos, a lo largo del pasado siglo XX.

Abajo: desconociéndose con exactitud el momento de su primitiva erección, y sabiéndose de él como punto fronterizo entre los reinos taifas de Badajoz y Toledo en el siglo XI, posiblemente el castillo de Hornachos fuera levantado a lo largo del siglo X, reaprovechando quizás vestigios de algún sistema defensivo previo, fabricándose en tapial una fortaleza dotada de amplia albacara y a cuyos pies se desarrollase el resto de la población islámica, cayendo el enclave en manos cristianas dirigidas por el maestre Pedro González Mengo en 1.234, donada por Fernando III a la Orden de Santiago un año después, actuando ésta sobre el inmueble a base de reforzamientos de los muros preexistentes, forrándolos con mampostería y añadiéndole estancias nuevas, siendo su capilla dedicada al apóstol matamoros el único templo católico de la localidad a fines del siglo XV, poblada ésta casi en su totalidad por mudéjares, posteriormente moriscos, levantados en 1.526 contras las ordenanzas de Carlos I exigiendo la cristianización de sus costumbres, decretando éste, tras el sometimiento de los moriscos de Hornachos y a fin de prevenir nuevos motines, la destrucción de la alcazaba y las calles del pueblo anexas a la misma, decisión que conllevaría el definitivo abandono de un castillo que, si bien no llegase a ver ejecutada su demolición, sí se vería ya, a mediados de tal centuria, sometido a una ruina que ha acompañado al inmueble hasta los actuales días.

viernes, 31 de diciembre de 2021

Imagen del mes: Pinturas murales en la capilla del Espíritu Santo de la antigua iglesia de Santa María del Castillo, en Badajoz

 

Construida sobre lo que fuese mezquita de la alcazaba, empleada como primitiva catedral hasta la adecuación de aquélla erigida en el Campo de San Juan, de lo que fuese posterior parroquia de Santa María del Castillo, también llamada Santa María la Obispal, Santa María de la Seo, Santa María de la Sée, Santa María de la Sede o Santa María de las Bodegas, apenas resta tras su desacralización a fines del siglo XVIII y posterior derrumbe en pro de la construcción en su derredor del que fuese el decimonónico Hospital Militar de la ciudad, la torre del templo y, junto a su base, el ábside de la capilla que, en el lateral del evangelio, fuera dedicada al Espíritu Santo, descubriéndose tras la restauración y adecuación de la misma una serie pictográfica aún entre sus paredes, donde a pesar de la destrucción a la que los frescos fueran sometidos, pueden todavía admirarse volutas, jarrones, una Resurrección de Cristo, una estampa mariana y otras figuraciones religiosas donde brillan no sólo el colorido, sino el gusto clasicista que hacen de esta estancia un retorno a un pasado donde el arte y la historia se daban cita en la capital pacense.

Badajoz. Siglos XV-XVI; posible estilo renacentista.

Arriba y abajo: sobresaliendo entre las edificaciones de la alcazaba pacense, e integrada en lo que fuese el Hospital Militar de Badajoz, actual sede de la Biblioteca de Extremadura y de la Facultad de Ciencias de la Comunicación y de la Documentación de la UEX, la hoy conocida como Torre de Santa María (arriba) supone el único vestigio de lo que fuera la primera catedral de Badajoz, edificada nada más reconquistarse definitivamente la ciudad por las tropas de Alfonso IX de León en 1.230 sobre lo que fuese primitivamente la mezquita privada de Ibn Marwan, ejecutándose entonces unas obras de adecuación arquitectónica que se verían cumplimentadas dos siglos más tarde, entre los siglos XV y XVI, con ampliaciones edilicias destinadas al acondicionamiento del inmueble a los oficios litúrgicos que allí volviese a celebrar el obispado, tras haberse visto la parte baja de la urbe, y con ella la Catedral de San Juan Bautista, afectadas por los conflictos bélicos que llevarían a convertirla de nuevo en principal templo episcopal a fines del siglo XIV, recuperándose a fines del siglo XX y tras desmilitarizarse en 1.991 el edificio castrense que engullese la torre y destruyese para edificar en derredor suya la iglesia de Santa María del Castillo, vestigios del triple ábside que, siguiendo cánones cistercienses y en pro de la adecuación de la mezquita en seo, fuese añadido en el lateral oriental del templo musulmán para su cristianización, restando sólo los cimientos del meridional -dedicado presuntamente a San Andrés- y una tercera parte de la curva del central, preservado sin embargo el ábside del lado del evangelio que, bajo una bóveda semicircular apuntada sobre el altar, antecedida de una bóveda de crucería enmarcada entre arcos fajones apuntados (abajo), fuera dedicado al Espíritu Santo y tras el que, al parecer, fuera añadida en el siglo XV por mandato del obispo fray Juan de Morales la sacristía, con acceso desde la capilla mayor, superada por una torre-mirador que serviría como base de la actual atalaya.


 
Arriba y abajo: de planta semicircular, y elaborado en su base de mampostería ayudada en las zonas más altas por el ladrillo, el ábside de la capilla del Espíritu Santo se ofrece desprovisto totalmente de pinturas en la parte central de tal cabecero (arriba), muy posiblemente ocupado por un retablo que, tras la desacralización del bien en 1.769, fuese mudado de enclave, descubriéndose por el contrario a raíz de las intervenciones arqueológicas dirigidas por Fernando Valdés a partir de 1.998, rehabilitadas para su exposición pública mediante las obras ejecutadas en 2.017 bajo dirección de Carmen Cienfuegos,  una serie de pinturas al fresco que ornamentasen los muros restantes de la capilla, cuya datación, teniendo en cuenta la presencia de letras góticas junto a elementos clásicos recuperados durante el Renacimiento, como los medallones, los jarrones, los motivos vegetales y las volutas, podría encajarse en las obras de reforma llevadas a cabo en el templo entre los siglos XV y XVI, cuando los estilos gótico y renacentista comienzan a solaparse y coincidiendo con la ejecución de las pinturas mudéjares fechadas en el siglo XV que ornamentasen la puerta de similar estilo que uniese la capilla mayor con la sacristía, correspondiente así posiblemente todo a un programa iconográfico mandado elaborar por el obispo fray Juan de Morales en pro de ornamentar la nueva capilla central y, por añadidura, los ábsides laterales, preservados en peor estado los dibujos del muro septentrional (abajo) donde, bajo un medallón semiborrado (abajo, siguiente), el deplorable estado de conservación apenas permite vislumbrar la iconografía representada sobre esta sección edilicia (abajo, tercera imagen), adivinándose en lo que resta de un panel sobre el que quizás fuesen superpuestos posteriores añadidos, lo que pareciese ser una corona (abajo, imagen cuarta), posible emblema de uno de los Santos Reyes representados en alguna interpretación de la Epifanía del Señor.

 



Arriba y abajo: bajo la bóveda semiesférica, a izquierda del presunto retablo que centrase el ábside septentrional de la iglesia de Santa María del Castillo, un marco de tonos amarillentos y rojizos (arriba), coronado por una cartela cuya epigrafía ha llegado prácticamente ilegible a nuestros días (abajo), una imagen mariana trazada en líneas cobrizas y rodeada, al menos, de cuatro ángeles que parecen recibirla entre nubes (abajo, imágenes segunda y tercera), presenta al visitante una asunción de la Madre de Dios a los Cielos, donde Santa María, vestida con túnica de color bermellón y tocada con manto azulado que recoge con su brazo izquierdo, unidas sus manos en oración, ofrece las tradicionales tonalidades referentes a sus condiciones humana y divina respectivamente, enfrentada y cumplimentada con una paralela imagen de Cristo resucitado (abajo, imagen cuarta), sita a la diestra del presunto retablo central -donde, según estudio de Pedro Castellanos, pudo haber estado alojada la imagen de Nuestra Señora de las Lágrimas, entonces Soledad del Castillo, vinculada con la cofradía de Nuestra Señora de Gracia que, cada Viernes Santo, sacaba en procesión desde este templo de la alcazaba tal talla mariana, hasta su traslado en los inicios del siglo XVIII, posiblemente a raíz de la Guerra de Sucesión, a la cercana y hoy desaparecida ermita de Santiago-, figurando bajo cartela idéntica a la que supedita la pintura mariana (abajo, imagen quinta), y donde puede leerse "SIN PECADO ORIGINAL" -en clara alusión a Santa María, titular del templo, dedicadas quizás estas palabras a la talla de Nuestra Señora de la Soledad que allí presuntamente se recogiese, abriéndose la posibilidad de estar ante pinturas realizadas a comienzos del siglo XVII, bien de nueva obra o ampliando otras previas-, la figura de Cristo triunfante, como María, sobre la muerte, envuelto en nubes y rayos de luz, sobrevolando el sepulcro donde se depositara su cuerpo yacente (abajo, imagen sexta), ante la mirada de cuatro soldados que, custodiando el nicho tal y como se les mandase ejercer y según indicaría San Mateo en su evangelio -capítulo 28, versículo 4-, no dan crédito al acontecimiento milagroso ocurrido ante ellos (abajo, imagen séptima).







Arriba y abajo: horadado el muro meridional del ábside de la capilla del Espíritu Santo, muy posiblemente a raíz de la demolición del resto del templo y adecuación de los vestigios preservados con el resto del Hospital Militar, donde quedasen engullidos a partir de la cesión por parte del Ayuntamiento del edificio al Ejército en 1.858, una gran puerta que hoy da paso a un pequeño patio interior donde pueden observarse los restos de lo que fuese capilla mayor o ábside central de la iglesia de Santa María del Castillo (arriba), impide conocer la decoración pictórica que ocupase la parte baja de tal paredón, recortando inclusive la esquina inferior derecha del panel dedicado a la Resurreción de Cristo, salvaguardada sin embargo la serie pictórica que sobre ella se situase (abajo), representándose bajo un medallón ocupado por un ángel querubín y sustentado por volutas y florones (abajo, imágenes segunda a cuarta) -portadores éstos últimos de lo que pareciesen azucenas, símbolo mariano que, haciendo alusión a la virginidad de María, verificase la advocación del templo a la Madre de Dios- un tríptico dedicado, al parecer, a la representación de diversos sacros personajes de difícil identificación, dado el precario estado de conservación en que han llegado a nuestros días los murales, apreciándose en el primero de los tres espacios y más cercano al altar (abajo, imagen quinta), dos personajes de pie frente al espectador, vestido uno con manto rojizo mientras porta una espada -quizás alguna santa mujer, como Santa Catalina de Alejandría, cuya defensa de la fe cristiana le llevase a ser decapitada-, sito a su lado un personaje masculino que, con hábito blanquinegro, porta en su mano derecha una pluma -posible alusión a algún monje elevado a los altares, así San Benito de Nursia, representado habitualmente como fundador de la Orden del Císter, cuya vestimento recoge los colores aquí mostrados-, figurando en el panel central lo que pareciese el martirio de dos personajes yacentes y ya decapitados en el suelo (abajo, imagen sexta) -así los emeritenses Servando y Germán, los hermanos Cosme y Damián, o Justo y Pastor-, observándose en el panel final y más alejado del cabecero lo que pareciese un personaje semidesnudo, erguido y con las manos tras la espalda atado a un mástil, fuste o árbol, tal y como suele representarse a San Sebastián siendo asaeteado (abajo, imagen séptima), cerrando la figura del mártir originario de Narbona la serie pictográfica, cumplimentada con grafitis que, en la parte bajo del arco que da paso al tramo recto del ábside (abajo, imagen octava), registran no sólo diversos nombres o palabras, sino inclusive variadas caricaturas, posiblemente ejecutadas por los soldados que ocupasen el Hospital Militar durante sus años de funcionamiento como tal, ampliando si no el valor artístico de la capilla, sí el lado histórico de uno de los monumentos más relevantes del medievo pacense, y de las dilatadas crónicas de tan relevante enclave de nuestra región.
 







sábado, 20 de noviembre de 2021

Imagen del mes: Puente Viejo sobre la Rivera de Fresnedosa, entre los términos de Acehúche y Ceclavín

Erigido sobre la Rivera de Fresnedosa, antes de la llegada de este afluente norteño del Tajo al cauce del río hispano-luso convertido en embalse de José María Oriol-Alcántara II, el llamado popularmente Puente Viejo, para otros Puente de Acehúche, aun apartado de su uso primigenio, a pocos metros de los actuales viaductos vinculados con la carretera EX-372, sigue salvando las aguas que marcan la frontera territorial entre tal municipio cacereño y su vecino occidental, Ceclavín, tal y como lleva haciendo desde su construcción, presuntamente en la Baja Edad Media, una vez reconquistada y repoblada la zona, vinculado con el antiguo camino que, hacia poniente, se dirigiese a la localidad fronteriza de Zarza la Mayor, tras salvar en barca la corriente del río Alagón.
 
Rivera de Fresnedosa, a su paso entre los límites territoriales de Acehúche y Ceclavín (Cáceres). Baja Edad Media; estilo gótico.

Arriba y abajo: aún en uso en 1.791, tal y como se menciona en el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura fechado en tal año, y carente por entonces de pontazgo, se desconoce con exactitud la datación y las circunstancias relacionadas con la erección de este puente sobre la cuenca del Rivera de Fresnedosa, encajado entre las afloraciones pizarrosas que componen en este enclave los terrenos colindantes al cauce fluvial nacido en la sierra de Pedroso (arriba), utilizado tal material como materia prima con que elevar el viaducto, en cuya constitución edilicia destacan, tanto por su tamaño frente a las lajas usadas en la composición arquitectónica como por sus diferencias naturales en relación con los esquistos, una colección de sillares graníticos provenientes de alguna cantera lejana, sin descartarse la reutilización de éstos desde algún monumento cercano desarmado, incluso algún puente previo de posible traza romana, si bien la aparición de la marca de cantero en algunas de las piezas -así en el tajamar occidental- verificaría, al menos en éstas, su muy probable origen contemporáneo a la presente obra de ingeniería, inscritas como refuerzo en las bases de los pilares rectangulares y tajamares adyacentes triangulares aguas arriba sobre los que se sustentan los tres arcos de que consta el inmueble, sumándose el lienzo norteño del estribo de la obra a su llegada a la orilla derecha del canal, prolongacion de la sustentación del arco de poniente en la vertiente del valle fluvial que supera (abajo, primera imagen: pilas y tajamares centrales; abajo, segunda imagen: pila y tajamar central occidental; abajo, tercera imagen: pila y tajamar central oriental; abajo, cuarta imagen: pila y tajamar de levante; abajo, quinta imagen: tajamar de poniente junto al estribo occidental).

 

Arriba y abajo: con un aliviadero bajo arco de medio punto inscrito en el estribo levantino de la obra de ingeniería (arriba), son tres los ojos de que se compone el puente sobre la Rivera de Fresnedosa, de diseño y dimensiones particulares cada uno de los arcos (abajo), si bien el trío presenta una misma tendencia hacia lo apuntado, permitiéndonos tal traza edilicia poder fechar el monumento en la Baja Edad Media, una vez reconquistada la zona en el siglo XIII y antes del triunfo de los estilos propios de la Edad Moderna, vinculada con un arte gótico bajo el que se edificasen la mayoría de los inmuebles reseñables de la región en los últimos siglos del medievo, algunos ejemplares incluso adentrándose en el siglo XVI, dotado así el viaducto de un toque artístico que lo embellezca dentro de la humildad de sus materiales y fábrica, resaltando la maestría en el uso arquitectónico de la pizarra que, a base de lajas, puede hoy observarse tras perderse en gran medida el enfoscado original, figurando tanto en las bases de las pilas de sustentación del puente, apoyadas sobre las propias afloraciones esquistosas que asoman en la vega fluvial, así como en el alzado de éstas, de los dos estribos, los cuatro tajamares, los tímpanos del viaducto entre ojos (abajo, siguiente) y en el intradós de los arcos (abajo, tercera imagen), siendo de la tríada de éstos el más elevado el occidental (abajo, cuarta imagen), el más abierto -con una amplitud de 9,2 metros- el central (abajo, quinta imagen), de menor luz el levantino (abajo, sexta imagen).

 

 

 

Arriba y abajo: sobre el tablero del puente, superior a los 50 metros en longitud y con más de 3 metros de anchura, y cuyo cierto alomamiento vuelve a encajar, como el apuntamiento de los arcos, entre las particularidades edilicias propias del estilo gótico, se conserva en buena medida y a lo largo de las tres secciones que podrían adivinarse sobre la calzada del viaducto, -con dos zonas inclinadas, de subida o bajada, inscritas respectivamente entre las laderas de la vega y los arcos laterales, allanada en el tramo que corona el ojo central, permitiendo una visión alomada o de lomo de asno-, el empedrado que conformase el camino que lo transita, constituido éste de piedras menudas, cantos de río en muchos casos, entre las que destacan, así en la pendiente occidental (arriba), diversas lajas de pizarra insertas principalmente en la línea central que vertebra la calzada delimitando la separacion de las dos bandas observadas sobre la longitudinal de tal coronamiento del viaducto, levantados los petriles que, con sus 70 centímetros de altura, cuidan a los viandantes de una posible caída, con la misma mampostería pizarrosa que el resto de la obra, abiertos en ellos desagües y estucados en su cara interna (abajo), ciertamente desarrollados a modo de embudo a la llegada del puente a sendas orillas por cada uno de sus estribos a fin de adecuarse a las curvaturas de camino y colinas (abajo, siguiente: pendiente y conexión del puente con la orilla izquierda o de levante), si bien son éstos la porción del inmueble que peor suerte ha corrido tras el paso de las centurias, perdidas algunas secciones de los mismos, especialmente en el tramo que supera el arco central (abajo, tercera imagen) -convertido por tal motivo en la zona más alta del viaducto, a más de 8 metros sobre la cuenca del río-, frente al buen estado que, en general, ofrece el monumento, notable, aún en su sencillez y humildad, entre las obras medievales que salpican nuestras comarcas, enriqueciendo histórica y artísticamente los amplios rincones rurales que atesora nuestra región.



miércoles, 30 de junio de 2021

Imagen del mes: Ermita de San Juan, en Brozas

 

Formando actualmente parte del cementerio municipal brocense, del que hoy es lugar de almacenaje, antaño  patio funerario donde los nichos y panteones ocupaban el que está considerado edificio sacro más antiguo de los conservados en la población, los vestigios de la ermita de San Juan siguen despuntando sobre el camposanto de Brozas junto al camino hacia Alcántara, como antiguamente hicieran su espadaña y tejado a dos aguas a las afueras de la localidad, engrosando el amplio listado de imbuebles religiosos con que contase la villa, tanto en su interior como exteriores, cuya riqueza monumental le llevaría en 2.016 a ser declarada Bien de Interés Cultural  en la categoría de Conjunto Histórico, mediante Decreto 148/2016 de 13 de septiembre (DOE número 180, de 19 de septiembre de 2.016; BOE número 249, de 14 de octubre de 2.016).

Brozas (Cáceres). Finales del siglo XV; estilo gótico con ligera influencia renacentista.

Arriba y abajo: tapada aún hoy parte de su portada principal, abierta a los pies del bien, por los nichos inscritos en el patio desde el que se puede hoy en día acceder a la antigua ermita, puede todavía en la actualidad apreciarse la fábrica de mampostería de que estaría constituida tal fachada, sólo rota por la puerta de acceso (arriba), formada por sillares graníticos en un arco de medio punto bajo tenues arquivoltas, que avisa del inminente renacer de las soluciones clásicas a través del movimiento renacentista, superada por un estrecho vano abocinado y coronado a la par por sencilla espadaña (abajo), adivinándose entre los restos del lienzo pétreo lo que son ménsulas -dos a cada lado del portón-, posiblemente vestigios de la sujección que asiera un soportal que sirviese de refugio tanto a feligreses como a los viajeros que en este punto, conocido como Paraje de San Juan, pudieran aquí descansar o refugiarse de las condiciones climatológicas.

Abajo: se distribuye el interior de la broceña ermita de San Juan en tres naves, divididas a su vez en tres tramos más cabecero (abajo), a cuyo espacio dimensional habría que sumar, junto a la nave y lado del evangelio (abajo, siguiente), lo que fuera amplia sacristía del recinto sacro con puerta de acceso a la misma desde el tramo medio de la sección norteña (abajo, tercera imagen), único rincón del enclave donde aún hoy persisten tumbas en uso, desalojados varios años atrás -a raíz de una iniciativa fechada en 1.994 a través de la que se pretendía restaurar y recuperar para el culto el bien-, los restantes nichos que a lo largo de las naves laterales del templo hicieran de este espacio un aledaño más de la necrópolis de la villa, inscrita  ésta en derredor del mismo una vez caída la capilla en desuso, posiblemente a raíz de las desamortizaciones que conllevaran el abandono y la enajenación de gran parte del patrimonio religioso del país en la primera mitad del siglo XIX, aún dedicada a la religión en 1.791, indicándose entre las respuestas dadas al Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura que tal ermita, bajo la advocación de San Juan Bautista, estuviera por entonces a cargo de sus cofrades, sin contar con ermitaño ni hospedería, indicando sin embargo Madoz en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España de 1.849 la existencia ya de un cementerio junto al camino de Alcántara, inexistente en 1.791, no mencionando por contra entre las ermitas abiertas a mitad de tal centuria la de San Juan, quizás ya en proceso de reconversión.

Abajo: si bien la nave septentrional sirviera de acceso a la sacristía de la hoy desacralizada ermita broceña, figura inscrita en la nave sureña y lado de la epístola (abajo, y siguiente) la segunda puerta de entrada al interior del antiguo templo (abajo, tercera imagen), nuevamente a la altura del tramo medio y repitiendo el diseño y estilo artístico vistos en la portada de los pies, fabricada con sillares y dibujada bajo arco de medio punto enmarcado en ligeras arquivoltas entre las que sobresale el relieve de la línea de imposta, conservándose, como en la principal, los pétreos quicios donde irian fijadas las hojas originales del portón, custodiados bajo arco escarzano, abierta junto a tal vano, ya en el interior del recinto sacro y primer tramo de la sección meridional, una oquedad en la pared enmarcada por sencillo friso (abajo, imagen cuarta), quizás destinada a acoger alguna pila benditera que permitiera al feligrés poder purificarse tras acceder al templo desde este punto del inmueble.


Abajo: cubierto primitivamente el cuerpo principal de la ermita de San Juan con un tejado a dos aguas, adivinado por la disposión en frontón tanto del muro de los pies (abajo), como del remate superior al arco toral que separa las nave media del ábside del templo (abajo, siguiente), pudo haber desaparecido -como se baraja en el blog "Brozas: mirada de gato"- la armazón de madera original durante el paso de las tropas napoleónicas por el enclave en plena Guerra de la Independencia decimonónica, posiblemente usado el monumento como establo o caballeriza castrense e incendiado después, si bien la carencia de vestigios que probasen la acción del fuego sobre los arcos y muros permiten más bien pensar en la desaparición de la techumbre una vez desamortizado el edificio, pasando a manos del concejo municipal, cuya decantación hacia el aprovechamiento del terreno como cámara anexa al camposanto impediría durante décadas poder visualizar detalles arquitectónicos del inmueble, como la totalidad del cabecero, de planta rectangular y testero plano (abajo, imagen tercera), o las dos hornacinas que junto a éste, rematando sendas naves laterales (abajo, imágenes cuarta y quinta), fueran destinadas a altares o panteones de ilustres personajes, quizás mecenas de la obra, similares ambos en dimensiones y diseños, rematados con arco escarzano cubierto a su vez por cornisa que cierra superiormente la porción edilicia constituida por sillares graníticos entre la mampostería del resto de los muros, preservados retazos de la ornamentación pictórica que cubriese los paneles tanto internos como inferiores de los mismos -restante igualmente sobre algunos de los tramos de estuco sobrevivientes junto a la portada occidental de acceso (abajo, imagen sexta)-, atisbándose lo que pudieran ser cortinajes que, a modo de trampantojo, presentase las imágenes allí veneradas, así como la decoración a base de bolas que ocupase tanto mencionado remate supremo, como el bordeado de la oquedad, propia del periodo gótico isabelino, ejecutado durante el reinado de los Reyes Católicos, permitiéndonos la constancia de éstas poder poner fecha a la obra, a caballo entre el final del medievo e inicios de la Edad Moderna.


 

 

Abajo: siendo el arco toral, al igual que los que culminan las portadas de acceso al inmueble, de medio punto, presentan sendas tríadas de arcos distribuidos a modo de separación entre las naves, obras de medio punto ligeramente apuntadas, a modo de traspaso del Gótico final hacia un Renacimiento en auge, sustentados éstos sobre pilares de planta octogonal apoyados sobre basas poligonales y culminados en capitales poco desarrollados, partiendo de ellos tanto la arquería como el lienzo mural que, de mayo grosor que las graníticas dovelas, rellenase las enjutas entre las mismas, conservados vestigios del posterior estucado que cubriese el interior del monumento, almacenados sobre el suelo del que fuera ábside (abajo, siguiente) algunas de las piezas que posiblemente cumplimentasen el inmueble en su estado original, esperando en silencio una futura recuperación que volviera a poner en valor el templo, para bien de Brozas y del patrimonio regional.


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