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sábado, 13 de enero de 2024

Imagen del mes: estatua orante del obispo Ponce de León, en la catedral de Plasencia

Acogida por una gran hornacina a modo de capilla funeraria elaborada por Mateo Sánchez de Villaviciosa, junto al altar mayor de la catedral Nueva de Plasencia y en el presbiterio de la misma por su lado del evangelio, la estatua orante del obispo Pedro Ponce de León, labrada en piedra por el artista castellano Francisco Giralte, no sólo cubre la tumba de uno de los más reseñables dirigentes de la diócesis placentina, sino que se ofrece a la par como una de las más excelsas obras escultóricas del Renacimiento extremeño, así como, posiblemente, la mejor estatua de índole funerario con que cuenta nuestra región.

Plasencia (Cáceres). Siglo XVI (ejecutada entre 1.573, tras el fallecimiento del obispo, y 1.576, año de defunción del artista); arte renacentista.

Arriba: nacido en Córdoba en 1.510, y fallecido en la localidad cacereña de Jaraicejo el 17 de enero de 1.573 -tal y como reza en el epitafio extendido a través del friso que, bajo frontón semicircular y figura del Creador, corona la capilla funeraria episcopal elaborada por el artista granadino Mateo Sánchez de Villaviciosa a petición de los testamentarios de D. Pedro Ponce donde, bajo arco casetonado de medio punto enmarcado por dos pilastras corintias, se cobija la estatua y tumba del que fuera obispo placentino: "Aquí yace el ilustrísimo Señor Don Pero Ponce de León, obispo que fue de esta Santa Iglesia e Inquisidor General; falleció en la villa de Jaraicejo, a XVII días de enero de 1.573 años"-, D. Pedro Ponce de León tomaría posesión de la diócesis placentina el 26 de enero de 1.560, tras el fallecimiento un año antes de su predecesor en el cargo, D. Gutierre de Vargas Carvajal, personaje al que no sólo relevaría como sumo dirigente del obispado de Plasencia, sino también como gran mecenas renacentista de la diócesis, terminando muchas de las obras arquitectónicas y artísticas iniciadas durante el mandato de Vargas Carvajal y encargando o dejando dinero para otras que vinieran a enriquecer el obispado, así su propio mausoleo donde, siguiendo nuevamente la estela de D. Gutierre, se depositara en manos del afamado artista palentino Francisco Giralte la labra de la estatua orante que viniera a cubrir su féretro, pudiendo así Extremadura contar con una obra mortuoria del insigne escultor renacentista discípulo de Berruguete que ya elaborase los cenotafios tanto del obispo previo como de los padres de éste, ubicados éstos sin embargo en el panteón familiar con que los Vargas contasen en pleno corazón de la villa de Madrid, en lo que hoy se conoce como Capilla del Obispo, formalmente capilla de Nuestra Señora y San Juan de Letrán, adosada a la madrileña iglesia de San Andrés. 

Arriba y abajo: planteada como imagen de bulto redondo y elaborada en mármol blanco de origen italiano -según el erudito Vicente Paredes; en alabastro del país según la historiadora Rocío García Rodríguez-, la estatua orante que viniese a cubrir el sepulcro del obispo placentino D. Pedro Ponce de León seguiría el planteamiento ya observado en otras esculturas funerarias renacentistas, donde el personaje retratado, lejos de figurar yacente y sin vida, se presenta vivo, orando, con las manos juntas y de rodillas, dirigiendo su mirada hacia el altar en una demostración tanto de su fe en la religión católica como de su humillación ante su doctrina, sin que por ello se prescinda, sin embargo, de la representación de los más ostentosos elementos materiales con que el personaje contase en vida, quedando así inmortalizada a su vez la categoría social y económica que el mismo llegase a alcanzar durante su estancia en este mundo, pudiéndose de esta manera apreciar entre las trazas escultóricas de la presente obra mortuoria la riqueza de las vestiduras del obispo (arriba) -aflorando los bordados de la casulla entre los fabulosos pliegues logrados sobre la piedra por el artista-, la valía de los anillos que pueblan los dedos del clérigo, o la suntuosidad del reclinatorio que antecede a la figura (abajo), dotado de bajorrelieves por sus respectivas caras donde varios personajes angelicales portan diversos emblemas relacionados con el difunto o la muerte de éste -así una mitra, un incensario o una calavera-, cubierto a la par de un rico encaje sobre el que se deposita, sobre almohada, un libro litúrgico abierto por el Salmo 88 -observado por Rocío García Rodríguez y centrado en la oración y solicitud de la misericordia divina ante el sepulcro-, asomando tras el mencionado mueble tanto el báculo episcopal como la mitra del obispo, sostenida ésta sobre un pequeño pilar que viene a cerrar la composición y simbología del conjunto escultórico por su esquina trasera derecha. 

Abajo: arrodillada la figura del obispo sobre un cojín, sostenida a su vez sobre un estrado de dos gradas que, simulando el suelo o tarima que acoge al personaje, sirve en realidad como cierre superior del sepulcro episcopal, aparece el frontal de tal pavimento decorado con casetones rectangulares y ovales a los que antecede, sostenido por dos figuras juveniles andróginas, semirrecostadas y ataviadas con túnicas, el blasón del obispo, coronado por el capelo episcopal y centrado por las armas del mismo, dividido en cuatro cuarteles donde, en los lugares primero y cuarto, se observa el emblema de los Córdoba, apellido paterno donde tres franjas de gules o rojo cruzan un campo de oro, protagonizando las divisiones segunda y tercera el escudo de los Ponce de León, con un león rampante junto a las cuatro franjas verticales del apellido Aragón, quedando así atestiguada a perpetuidad la identidad del personaje aquí depositado, igualmente reflejada mediante similar escudo sobre el arco que centra la capilla funeraria, o en el epitafio que la corona, siendo un epígrafe en latín el que, por su parte -protegido por rejería y recogido por el insigne José Ramón Mélida-, vendría a firmar la cara exterior del zócalo o propio sepulcro en sí, hablándonos nuevamente de la personalidad allí custodiada y la obra legada por ésta: DOMINUN PETRUM PONTIUM A LEONE SANCTAE HUIUS PLACENTINAE PRAESULEM PIENTISSIMUM ET MERITISSIMUM OMNI VIRTUTE ET NOBILITATE GENERIS PRAECLARUM INQUISITOREM GENERALEM SANCTA FUNCTUM VITA POST INSTITUTA SIBI ANIVERSARIA ET CAPELLANIA ET EPICOPATUS PAUPERES TESTAMENTO HAEREDES RELICTOS ET VIRGINES ORPHANAS IN PERPETUM HONESTISIMA DOTE IUVATAS HAEC BREVIS CAPIT URNA VIXIT ANNOS 63 OBIT D.I IANVARII M.D.LXXIII. 

viernes, 24 de diciembre de 2021

En Belén, llora un niño

 

 EN BELÉN, LLORA UN NIÑO

 

En Belén, se halla un niño

sobre un pesebre con heno.

Llorando está sin consuelo.

Este infante, ¿qué tendrá?

 

Llevémosle una naranja

madurada al sol de otoño,

para que pueda el retoño

con esta esfera jugar.

 

Entre las pajas, el crío

con la naranja no juega.

El sofocón no le cesa.

Ángel puro, ¿qué será?

 

Cantémosle alabanzas

proclamando la blancura

de una pía progenitura

destinándole a reinar.

 

El niño, las aleluyas

entre sollozos no oye.

¿Qué haremos para que el pobre

 puédase al fin contentar?


LLegando su madre presta, 

el nene pone al regazo.

Acunándolo entre brazos,

se empieza el rorro a calmar.


¡Acerquémonos nosotros

de la mano, en alegría!

El niño, al ver las sonrisas,

comienza a carcajear.




 (Tabla de La Natividad, del taller de Luis de Morales, en el retablo de la iglesia de San Martín de Plasencia; imagen superior.

Cuadro de La Natividad, en el retablo del altar mayor de la iglesia parroquial de la Santa Vera Cruz, en Santa Cruz de la Sierra; imagen inferior).

lunes, 26 de octubre de 2020

Colaboraciones de Extremadura, caminos de cultura: El cementerio judío de El Berrocal, de El lince con botas 3.0, ya en la web de Canal Extremadura

 

Emitido en estreno en la noche transcurrida entre el 23 y el 24 de octubre, el episodio El cementerio judío de El Berrocal, perteneciente al espacio divulgativo El lince con botas 3.0, puede ya volver a disfrutarse a través de la red, publicado dentro de la web de Canal Extremadura. Desde Extremadura: caminos de cultura, agradecidos y honrados por haber podido colaborar en la elaboración de mencionado reportaje, ofrecemos bajo estas líneas a los visitantes y seguidores el correspondiente enlace a mencionado vídeo, deseando sea de vuestro agrado y gusto, convirtiéndose a la par en una práctica herramienta para el conocimiento del pasado judío de la ciudad de Plasencia en particular, y del de nuestra región y país en general. Toda una oportunidad para poder saber más sobre este capítulo de nuestra historia, sirviendo igualmente como medio ilustrativo sobre un enclave tan desconocido como olvidado, de un valor histórico sin embargo inigualable tanto a nivel local y regional, como nacional: el cementerio judío de El Berrocal. Único camposanto sefardí conservado en Extremadura, y uno de los escasos ejemplares así conocidos como preservados dentro de la Península Ibérica, la necrópolis hebrea de Plasencia no sólo nos habla del pasado judío de la ciudad del Jerte, sino también del paso de los judíos por estas tierras. Un episodio que, en sus luces y en sus sombras, serviría para forjar la identidad de nuestro pueblo. Sus vestigios arqueológicos deberían servir tanto para honrarlo y recordarlo, como para recapacitar sobre el devenir de una época y las consecuencias que las decisiones de entonces tuvieron para aquel presente y posterior futuro, extrapolándolas a nuestro propio día a día. Esperemos que este nuevo trabajo de Libre Producciones pueda servir a ello.

https://www.canalextremadura.es/index.php/video/el-lince-30-el-cementerio-judio-de-el-berrocal-231020 

https://vimeo.com/472136450

 

miércoles, 21 de octubre de 2020

Colaboraciones de Extremadura, caminos de cultura: El cementerio judío de El Berrocal, en El lince con botas 3.0, de Canal Extremadura

 No queda ninguna señal de dolor en el día cálido y brillante, como tampoco en las mañanas ocres del otoño. Un camposanto sin paredes, una rara selva de tumbas en piedra, un cementerio que nadie o muy pocos visitan, en un paraje cercano a la ciudad de Plasencia.

Si la fe mueve montañas, también el rencor hacia el diferente puede hacerlo. Muchos de entre los primeros colonos de la ciudad medieval reposaban aquí, hasta que su creencia cayó en desgracia y con ella llegó el principio del fin de la que fuera una de las principales aljamas al extremo del Duero.
Postergado por la ciudad contemporánea pese a estar ya prácticamente integrado en el casco urbano, el camposanto de la aljama placentina carece ahora del mínimo decoro. Para quienes dejaron aquí a sus seres queridos y tuvieran la oportunidad de reconocerlo, quizás se pareciera demasiado a la imagen de la desesperación. Una corriente de tiempo y delirios lo ha traído hasta el siglo XXI en un estado en el que es complicado expresar cualquier sentimiento delicado. 
 

El próximo viernes, 23 de octubre, a las puertas del sábado 24, se emitirá a las 00.00 horas en Canal Extremadura TV un nuevo episodio de la serie El lince con botas 3.0, de Libre Producciones. El tema sobre el que versará en esta ocasión este espacio dedicado a la divulgación de la cultura extremeña será el cementerio judío de El Berrocal de Plasencia. Programa para cuya realización se quiso contar nuevamente con la colaboración de Extremadura: caminos de cultura. Y este blog, una vez más, aceptaría enormemente agradecido y honrado esta llamada, en pro del conocimiento y puesta en valor de un enclave de sumo interés histórico y arqueológico tanto de la capital del Jerte como de nuestra comunidad, que permite situar Plasencia, apoyado a la par por los vestigios de sus juderías, en la cabecera del panorama patrimonial de la antigua Sefarad. Un rincón, sin embargo, apenas conocido y ampliamente olvidado, para cuya promoción este blog publicó tiempo atrás, en mayo de 2.018, un álbum fotográfico comentado:

http://caminosdecultura.blogspot.com/2018/05/cementerio-judio-y-juderias-de.html

Deseando que el reportaje sea del agrado tanto de los televidentes como de los seguidores del blog, y sin dejar de agradecer a Libre Producciones el haber querido contar con este espacio en la red a fin de elaborar este trabajo sobre esta joya patrimonial extremeña, esperamos fundamentalmente que el documental sirva para la publicidad del mismo, antes de que el ostracismo en el que se encuentra consiga la total extinción del lugar, y con él de parte de nuestro pasado, de nuestra memoria, y de nuestra identidad colectiva.


Ya no dirigen a ti sus pasos.
No acuden a ti almas plañideras.
El viento de los tiempos tus postreras
carnes evaporó del pasado,
siendo tu osario olvidado
por ignominia placentera.
No aquélla con que marcaron
de tus huéspedes la memoria.
Sino aquesta vanagloria
elevada sobre quienes auparon
la sólida erección de su entramado,
el prólogo inicial de toda crónica.

Sólo el río, besando tus raíces,
sabedor de tu historia maculada,
elevará con un suave rugir de aguas
salves en su partir a tus inscritos
nichos, aguardando lo incierto,
entre aquéllos de tus últimos berruecos,
de capítulos, pétreos soldados,
narrados a quien bien desee escucharlos.
 

sábado, 25 de mayo de 2019

Imagen del mes: Puentes Nuevo y de San Lázaro, en Plasencia


Abrazada, regada y defendida por el río Jerte en su flanco meridional la ciudad que fuera construida "para agradar a Dios y a los hombres", se despedía Plasencia del medievo y Edad histórica que la vio nacer con tres puentes, hasta finales del siglo XX únicos en la localidad, que uniesen el centro urbano con el margen izquierdo de la urbe, constando supuestamente como más antiguo y bautizado como de Trujillo el que fuese sin embargo a lo largo de los siglos el más reformado, conservando sin embargo su sabor medieval los de San Lázaro y Nuevo, cuyas definitivas obras pétreas serían selladas bajo un estilo gótico que firmaría, en el segundo ejemplo, el polifacético artista centroeuropeo afincado en Castilla Rodrigo Alemán.
Plasencia (Cáceres). Siglos XIV-XVI (erigido el de San Lázaro en el siglo XIV, reconstruido en 1.538 tras la riada sufrida por la ciudad en 1.498; edificado el Nuevo entre 1.500 y 1.512); estilo gótico.


Arriba y abajo: vista aguas arriba (arriba) y aguas abajo (abajo) de los dos primeros de los siete arcos, más aliviadero, de que consta el puente Nuevo placentino, viaducto en doble pendiente o perfil alomado, sustentado sobre bóvedas de naturaleza rebajada, bajo cuyo primer par a contar desde la orilla derecha corren las aguas del Jerte que discurren por el canal que da ser al espacio conocido como la Isla, terreno que pudo haber dado nombre primitivo a la obra, bautizada sin embargo por los vecinos como Nueva por ser de fábrica novedosa y distinta a la del monumento al que sustituyó, nombrado como de Pascual clérigo al ser éste su mecenas, arruinado y sobre el que se arreglaría un paso de madera derribado durante la riada que asoló el enclave en 1.498.



Arriba y abajo: tras superar el tercer arco (arriba), a contar desde la orilla derecha del río Jerte, alcanzamos el cuarto ojo y bóveda de mayor envergadura de la obra (abajo), punto de inflexión de la doble vertiente que marca la calzada del inmueble, sustentada su contigua mitad por tres arcos más al que habría que sumar en el estribo izquierdo una última cuarta bóveda cercana al punto de llegada de la plataforma a la orilla, a camino entre el ojo y el aliviadero (abajo, siguientes).





Abajo: consta el Puente Nuevo placentino de tajamares tanto aguas arriba como corriente abajo, diseñados sobre planta triangular rematados en sombrerete de índole piramidal, ubicados junto al primero de los arcos, en el estribo derecho, así como en los consiguientes pilares hasta la pilastra sita entre las bóvedas quinta y sexta, carente de tajamar el pilar contiguo y sustentante de los arcos sexto y séptimo, así como el estribo izquierdo en ninguna de sus caras, entendible ante el menor caudal de paso por los arcos más cercanos a la orilla oriental, reforzados contrariamente los tajamares de los pilares tercero, cuarto y quinto en su base, siendo éstos los que mayor corriente han de soportar.



Arriba y abajo: convertido en elemento identificativo del monumento placentino, corona el Puente Nuevo de Plasencia, erigido sobre la clave del arco central y petril septentrional del inmueble, un templete fabricado, como el resto de la construcción de sillería, en piedra granítica, diseñado entre sendos estribos rematados por pináculos de gusto gótico (arriba), encerrado entre ambas piezas verticales epígrafe, escudo y hornacina, blasón de los Reyes Católicos sostenido por el Águila de San Juan sobre el que  se expone la talla pétrea y policromada de la Virgen de la Cabeza (abajo), esculpida al parecer por el mismo autor de la obra de ingeniería, Rodrigo Duque Alemán, escultor igualmente de la sillería del coro de la catedral, magna obra para la que al parecer, recomendado por Enrique Egas, fue llamado a la ciudad, donde se pierden los datos biográficos del maestro de presunto origen centroeuropeo.



Arriba: protegida por un artístico enrejado usado en la actualidad como sostén de los cerrojos de los enamorados placentinos, una menuda escultura de la Virgen de la Cabeza, honrada históricamente de continuo por la ciudadanía de Plasencia, en especial por sus vecinos de etnia gitana, se presenta como protectora de los viandantes desde una hornacina bordeada por arco gótico mixtilíneo, rematado por pináculo y cogollos vegetales, reubicada en 1.987 en su enclave original tras ser el templete del puente derribado por un camión cuando el mismo era utilizado como pasarela útil para el tráfico rodado, ya anteriormente restaurado en 1.89 y quedando constancia escrita de la rehabilitación en la misma construcción bajo doble escudo de la ciudad, costeada la restauración de tal elemento ornamental por el entonces chantre o maestro cantor de la catedral D. José Benavides Checa, primer hijo adoptivo de Plasencia por su contribución al estudio y cultura de la ciudad.


Arriba y abajo: ubicado en su enclave al parecer en 1.507, cuando las obras del puente superaban el cenit de su dilatada construcción, el templete del viaducto placentino terminó sirviendo no sólo como base tanto de blasón real como de hornacina mariana, sino inclusive como sostén de su misma lauda epigráfica (arriba), tallada en letras góticas que nos hablan brevemente de la historia de uno de los monumentos de edificación más polémica de la localidad, cuya  controversia nacería cuando el concejo, ante su falta de solvencia económica, pensase en la erección de un nuevo viaducto de recia fábrica derrivado el paso de madera bajo un costeo conjunto entre el Ayuntamiento de Plasencia, apoyado por los de las localidades contiguas así como por el Cabildo de la ciudad, aceptando los primeros y pagando la cantidad en maravedíes asignada a los dieciséis pueblos de la tierra placentina, hasta alcanzar entre Tornavacas, Garganta la Olla, Valverde de la Vera, Pasarón, Jarandilla, Belvís, Almaraz, Serrejón, Deleitosa, Jaraicejo, Torrejón, Grimaldo, Talaván, Monroy, Corchuelas y Torremenga un millón de maravedíes, mientras que el Cabildo, aún con la aprobación episcopal, se negase a hacerlo, abriéndose un pleito entre concejos y clero que llevaría a intervenir a los propios monarcas, siendo los Reyes Católicos los que lograsen el pago eclesiástico y con él tanto el final del conflicto, a través de real cédula de 1.505 firmada por D. Fernando, fallecida un año antes la católica monarca, como el remate de la obra en 1.512, siendo el escudo real ubicado nuevamente sobre el petril meridional (abajo), frente al templete que ya acogiese el mismo, mirando esta vez no a los viandantes sino las aguas que del río van corriendo tras pasar por la obra sellada con la inscripción "Esta noble cibdad de Plasencia mando hacer esta puente de la Ysla reynando el rey don Hernando e la reyna doña Ysabel ntos señores y comensose en el año del Señor de mil e quinientos e acabose nel de quinientos e dose e fue maestro della Maestre Rodrigo Aleman".



Arriba: si bien se considera el Puente de Trujillo como el más antiguo de la ciudad, construido en madera supuestamente sobre restos de una primitiva fábrica romana, sería levantado en piedra ya en el siglo XVI por Hernando de Trejo bajo directrices del afamado arquitecto Juan de Álava, sustituido por la edificación que conocemos en la actualidad en el siglo XIX, constante transformación que ha permitido ser reconocido el Puente de San Lázaro como el viaducto placentino de fábrica más añeja, último de los que baña el río Jerte a su paso por la localidad, edificado al parecer en el siglo XIV, constatado en 1.428 y rehabilitado en 1.538 tras ser víctima de la riada que asoló la zona en 1.498.


Arriba y abajo: edificado sobre sillares graníticos, sillarejo cercano a la mampostería, y lajas de pizarra que se asemejan a cocidos ladrillos de diseño mudéjar, son estas últimas las utilizadas en la construcción de las seis bóvedas subsistentes de los siete ojos rebajados de que constaría la obra original, engullido el más cercano al margen derecho de la ribera (arriba), consolidada la pasarela en doble vertiente (abajo) a la que alcanzan los tajamares de planta triangular que protegen la obra aguas arribas unidos a los cinco pilares a la vista, reforzados del segundo al cuarto aguas abajo con tajamares semicirculares que no se multiplican sin embargo hasta alcanzar la orilla occidental, donde espera al viandante, reconstruido el petril sobre el arco último y estribo donde antes hubo pasarela metálica pensada para un mejor acceso al tráfico rodado al monumento, la Ermita de San Lázaro y la barriada a la que el templo, como al puente, da nombre, enclave depauperado y conflictivo de Plasencia cuya denigración alcanza el monumento medieval, impidiendo el pleno disfrute de esta centenaria obra histórico-artística.


jueves, 17 de mayo de 2018

Cementerio judío y juderías de Plasencia: álbum fotográfico


"Los honsarios de los judios de la dicha aljama asy viejos como nuevos que tenemos y la dicha aljama tiene en el Berrocal desta çibdad, con toda la piedra e canteria que en ellos esta e en cada vno dellos labrada y por labrar, asy sobre las sepolturas e enterramientos que esta en los dichos honsarios."

El 21 de mayo de 1.492, de lo cual se cumplirá en los próximos días quinientos veintiséis años, se formalizaba con estas palabras en Plasencia la venta del cementerio que los judíos residentes en tal localidad poseían en el conocido como Berrocal de la ciudad. Vendido en nombre de la aljama placentina por Yuçé Caçes en la cantidad de 400 reales de plata al bachiller don Diego Yáñez Rodríguez, más conocido como Diego de Jerez por proceder de Jerez de los Caballeros, como protonotario y deán por entonces de la catedral de la ciudad del Jerte desde que fuera nombrado como tal en 1.482, la venta sería consecuencia directa de la orden dictaminada a través del Edicto de Granada o Decreto de la Alhambra poco tiempo antes, el 31 de marzo de mencionado año, a través del cual los Reyes Católicos resolverían la definitiva expulsión de los judíos de todos los reinos pertenecientes a la Corona castellana, duplicado por el rey Fernando para la Corona de Aragón.


Arriba: a pesar de conocerse su existencia desde antiguo, no sería hasta el año 2.009 cuando se pusiera en valor el cementerio sefardí de Plasencia, más conocido como cementerio judío del Berrocal, adecuándose los restos de la antigua necrópolis salvados de la urbanización como parque arqueológico en un proyecto que, sin embargo, no llegaría a completarse, denunciado en diversas ocasiones el estado de abandono del añejo camposanto, víctima habitual del vandalismo.

Abajo: expandido originalmente por toda la zona del Berrocal placentino, colina granítica ubicada al Norte de la muralla defensiva de la ciudad y encajonada entre el río Jerte y los arcos de San Antón, a la llegada de los años 80 del pasado siglo serían vendidos los terrenos de titularidad pública en pro de la urbanización y el crecimiento de la ciudad, sacrificándose para ello una amplia porción de lo que fuera el camposanto hebreo hasta que, alarmada cierta parte de la ciudadanía por la desaparición del histórico enclave, se lograsen salvar las estribaciones más occidentales del mismo donde restan una cuarentena de sepulcros, enterramientos localizados gracias a las intervenciones arqueológicas, una veintena de ellos deescubribles a simple vista, horadados en la roca a modo individual o en grupo.


Con apenas cuatro meses de plazo para abandonar la tierra que les vio nacer, todo sefardí que no abrazase la religión católica se veía obligado a deshacerse apresuradamente de todos aquellos bienes que no pudiera llevar consigo, especialmente los inmuebles, malvendidos en la mayoría de los casos ante el temor de perderlos sin poder obtener por ellos contraprestación alguna. No sólo se intentarían enajenar las posesiones a título personal. También para el patrimonio comunitario se pretendería formalizar un traspaso en la propiedad, saliendo a la venta sinagogas, baños, espacios rituales y cementerios donde los nuevos dueños podrían disfrutar en la mayoría de los casos tanto de los solares donde de ubicaban como de los edificios o recursos allí depositados. Si la transacción no se formalizaba, el espacio quedaría a merced de las autoridades cristianas, ocupándose los terrenos en los más de los casos por la nobleza y fundamentalmente por la Iglesia, con el beneplácito de los monarcas que, en pro de instaurar la unidad religiosa capitaneada por el catolicismo, vería con buenos ojos la conversión de las tierras antes ocupadas por otras confesiones, a la fé que ellos consideraban única y verdadera.


Arriba y abajo: labrados en su mayoría sobre los múltiples berruecos que pueblan la colina granítica del Berrocal, siguiendo una tendencia ya vista en otros cementerios judíos medievales, como es en el caso segoviano, los sepulcros sefardíes conservados en Plasencia muestran, tanto en los casos individuales (arriba) como en los grupales (abajo), un mismo diseño de tallado antropomorfo a manera de tumba trapezoidal amplia en los hombros, orientados los pies hacia el Este o Jerusalén y horadada para la cabeza una caja anexa, sellado cada osario con lápida pétrea encajonada entre bordes esculpidos para tal fin.




Mientras que los espacios urbanos eran mudados a casas particulares, palacios, iglesias o conventos, el hecho de estar ubicados a las afueras de toda población, mayormente en lugares escarpados y rocosos, hizo que un gran número de cementerios judíos no fueran considerados óptimas oportunidades de inversión, quedando no sólo sin comprador sino inclusive desasistidos y relegados en su mayoría al olvido. Si bien algunos eran cedidos a las autoridades bajo claúsulas estrictas de no edificación en pro de preservar la sacralidad del terreno y el respeto por las tierras donde descansaban los antepasados de los desterrados, como en el caso vitoriano de Judimendi, otras necrópolis se verían abandonadas, expoliadas sus lápidas con permiso gubernamental para ser reutilizadas en edificios de nueva construcción, mimetizándose y fundiéndose sus tumbas con una naturaleza que los engullía si el terreno no era productivamente apto, restando con el paso de los siglos tan sólo de ellos un recuerdo en forma de toponimia, nombrando cerros, como en la colina barcelonesa de Montjuic, así como solares donde la promoción urbanística, en caso de no haberse extinguido por completo lo que fuese camposanto, sería la encargada de rescatar de la postergación los osarios ya borrados del paisaje de aquellos antiguos vecinos sefardíes, descubiertas y desenterradas, como en Ávila o Toledo, a raíz de alguna roturación constructiva. Pocas excepciones podrán presumir de haber vencido el paso del tiempo ofreciéndose aún hoy en día, aunque inservibles, como las necrópolis que un día estuvieran en uso por parte de cierto porcentaje de la población de la localidad a la que servían. Así, el empleo de la roca madre como base de las sepulturas, sumado a la titularidad pública de los enclaves, permitirían la conservación de los antaño cementerios en localidades como Segovia o Plasencia. En la primera de ellas, la presencia y persistencia de los sepulcros hebreos excavados en la piedra llevaría a conocer el monte donde se asentaba la necrópolis judeo-segoviana como Cuesta de los Hoyos, más tarde llamado el Pinarillo desde la repoblación con este árbol de tal zona verde aledaña a la ciudad. En Plasencia, por su lado, sería la naturaleza granítica de la zona la que llevase a nombrar el enclave sencillamente como el Berrocal, y a la necrópolis allí existente como cementerio judío placentino.


Arriba: alojados desde la fundación de la ciudad en el enclave conocido como la Mota, esquina noroccidental del recinto intramuros placentino, desde la propia judería, hoy en día ocupada por el Convento de San Vicente Ferrer, actual Parador de Turismo, podían atisbar los hebreos su camposanto, escogido el Berrocal como enclave de ubicación de la necrópolis por cumplir diversos requisitos dictaminados por el Talmud en cuanto a materia de enterramientos, al estar los terrenos vírgenes en pendiente o poder acceder a los mismos directamente desde la puerta de Berrozanas sin necesidad de discurrir los enterramientos por el resto de la ciudad, amplio cementerio que sería vendido el 21 de mayo de 1.492 a raíz del Edicto de Granada dentro del periodo de expulsión de la comunidad judía de los reinos de las Coronas de Castilla y Aragón, formalizada la venta entre la aljama de Plasencia en la figura de Yuçé Caçes y el cabildo de la catedral en la de Diego de Jerez, acordándose un precio de 400 reales de plata en un traspaso constatado por testigos tales como el rabí Yuçé Abenabibe o el escribano rabí Abrahan.

Abajo: aspecto presentado en la actualidad por algunos de los osarios conservados entre los vestigios del cementerio judío de Plasencia, labrados sobre los berruecos que afloran sobre la vega del río Jerte en su margen derecho, río abajo del medieval puente de San Lázaro.






Dada la ubicación de la inicial judería placentina en el lado noroccidental de la ciudad intramuros, sería escogido como terreno para establecer el camposanto hebreo la colina que frente a ellos, erigiéndose al norte de la muralla y abrazada en su falda de poniente por el río Jerte, se erguía surtida de infinidad de berruecos. Si bien la naturaleza del entorno permitiría la labra de los osarios sobre la roca granítica, la elección del lugar respondía más bien a las propias ordenanzas y costumbres judías relacionadas con el enterramiento y dictaminadas por el Talmud, ofreciéndose como solar virgen y en pendiente, orientado hacia Jerusalén y con acceso directo desde la judería a través de la conocida como Puerta de Berrozanas, facilitando así que los enterramientos no tuviesen que discurrir por el resto de la ciudad. El monte, además, quedaba bastante cercano a la población y vigilado visualmente desde el barrio que los sefardíes placentinos dieron desde la fundación de la ciudad en habitar, sin dejar de respetarse sin embargo los cincuenta pasos que entre la necrópolis y la última vivienda habitada debían de guardarse.

La mención al cementerio de Plasencia, cuya existencia ya de por sí expondría la relevancia dentro del reino de la aljama de esta ciudad al no contar las comunidades hebreas de otras muchas poblaciones con camposanto propio, se hace constante durante toda la etapa medieval de la urbe, si bien se desconocen datos más precisos de la necrópolis tales como el número de enterramientos que llegaría a acoger permitiéndonos hacernos una idea de la magnitud que pudo llegar a alcanzar el mismo. Las reseñas se multiplican, sin embargo, a finales del siglo XV, coincidiendo y en clara relación con la expulsión del pueblo hebreo de los reinos españoles. Partiendo de la venta del solar en 1.492, sería la misma quebrantada pocos meses después, en noviembre de tal año, por los propios Reyes Católicos al donar como ayuda para el levantamiento del convento de san Vicente Ferrer, fundado por bula papal de Paulo II en 1.464 y cuyas obras no se iniciasen hasta conseguir para ello bula de Sixto IV en 1.473, toda piedra y ladrillo que en la inutilizada necrópolis se hallase pese a ser por contrato pertenencia ya del cabildo placentino, repitiéndose un hábito que los monarcas acababan de poner en uso a lo largo de sus dominios, autorizando que losas y lápidas hebreas fueran reutilizadas en la erección de los edificios entonces en construcción, vendiéndose a privados o dispensándose a órdenes religiosas.


Arriba y abajo: asomando sobre la cuesta de subida al Berrocal, nacida desde la placentina calle de Juan Vázquez, un amplio berrueco ha logrado subsistir al expolio granítico al que fuese sometido el lugar una vez abandonada la necrópolis y cedido su uso como cantera pública al aire libre, presentándose como la base de más de diez osarios, la práctica mitad de los sepulcros hoy en día visibles y visitables, conformando una auténtica necrópolis hebrea en sí misma.




Alcanzado el año 1.496, será otra vez el deán don Diego de Jerez quien formalizará un nuevo contrato de venta del cementerio judío, siendo esta vez el comprador el propio consistorio de la ciudad. En 1.510 figuraría el enclave como uno más de los baldíos del ayuntamiento. La colina granítica sobre la que se ubicaba el osario, expandida a lo largo y frente al lienzo septentrional de la muralla de la ciudad, encajonada entre el río Jerte tras su paso bajo el puente de San Lázaro y los arcos del conocido como acueducto de San Antón, se afianzaría en su uso como cantera pública y a cielo abierto, ya permitido tal empleo sobre los contornos desde que la totalidad del enclave fuera otorgada a la urbe por el propio monarca fundador de la población, Alfonso VIII, a través del fuero que formalizaba la creación en 1.186 de la misma, redactado tres años después. Destinados los berruecos fundamentalmente a la extracción de piedras encaminadas a convertirse en ruedas de molino, poco a poco muchos de los canchales y afloraciones pétreas donde antes los hebreos habían horadado aquellos sepulcros en los cuales poder depositar en su descanso final los cadáveres de sus familiares y conocidos, serían cincelados y desvirtuados. El olvido, la dejadez y la naturaleza se encargarían de ocultar otras muchas sepulturas más. Llegado el siglo XIX, el cronista placentino Alejandro Matías Gil, nacido en 1.829 en la ciudad jerteña, señalaría en 1.877 a través de su obra dedicada a la historia de Plasencia "Las siete centurias de la ciudad de Alfonso VIII" la persitencia de unos veintitantos osarios en la zona del Berrocal. Similar número es el de los enterramientos que pueden observarse a simple vista hoy en día. Excavados en la roca en forma de ataúd trapezoidal antropomorfo, con caja anexa para la cabeza y orientados los pies hacia el levante o Jerusalem, siguiendo la costumbre hebrea ideada en pro de poder mirar todo exiliado o judío en diáspora de frente la ciudad de Dios el día en que se alcanzase la supuesta resurreción final, quedaría el enterramiento sellado con lápida o losa sepulcral encajada entre los bordes que para tal fin se labraban en derredor del osario.


Arriba y abajo: vista detallada de los osarios más occidentales hallados dentro del gran cúmulo que de ellos aparece labrado superando la decena en el mismo berrueco sureño, rellenos en su mayoría de tierra y vegetación pudiéndose observar en otros la caja anexa horadada dentro de la roca para acoger la cabeza del difunto (arriba), así como el bordeado esculpido en pro de poder encajar sobre la sepultura la lápida sepulcral que mantuviera sellada la tumba (abajo, contiguo), desaparecida la totalidad de estas losas tras la venta y desacralización del camposanto, reutilizadas en la construcción del Convento de San Vicente Ferrer por mandado expreso de los propios Reyes Católicos.







Sin embargo, el cementerio conocido en la centuria decimonónica no sería el restante en la actualidad. Alcanzados los años 80 del siglo XX, el crecimiento de la ciudad y la especulación urbanística llevaron a la venta de la mayor parte de los terrenos que comprendían este histórico monte granítico, erigiéndose barrios y urbanizaciones que lentamente fueron comiéndose el terreno y destruyendo definitivamente los restos de la necrópolis medieval. No sería hasta 1.999 cuando se diese la voz de alarma, salvándose de la extinción la estribación más occidental de la colina, erigida sobre la vega del río en el margen derecho del mismo. En 2.007 volvería a pasar a manos del consistorio placentino, interesándose tanto el estudio del enclave como la intervención arqueológica sobre el mismo, bajo la idea de convertir el lugar en parque arqueológico a través del cual ofrecer al visitante un paseo in situ por un paradero cargado de historia, único en sus características en Extremadura y uno de los pocos supervivientes como necrópolis hebraica medieval en España, reflejo del peso de la comunidad judía en Plasencia, ya mencionada su presencia en la ciudad en el propio fuero de 1.189 y años iniciales de fundación de la urbe, formando así parte del germen o conglomerado poblacional inicial y de la localidad, asentándose en el lugar conocido como la Mota, esquina noroccidental del recinto intramuros.


Arriba y abajo: el abandono y la dejadez en que se encuentra el parque en la actualidad ha permitido que nuevamente todo osario vaya quedando relleno de tierra y vegetación, mimetizándose lentamente las tumbas con la naturaleza donde se encuentran, de la misma manera que ocurriese tras la venta y expolio en 1.492 del único cementerio judío medieval constatado en la región de Extremadura, uno de los pocos supervivientes que de los mismos subsiste en España.




El padrón realizado en 1.290 en Huete (Cuenca) sobre la población de las juderías castellanas y el reparto o aportación fiscal que cada una de las aljamas existentes aportaba a las arcas del reino de Castilla, ha permitido valorar el hecho de que la judería placentina llegase a presentarse no sólo como la más relevante en cuanto a lo demográfico y económico de entre aquéllas ubicadas en la diócesis donde se encontraba, superando a las aljamas de Trujillo, Medellín o Béjar, sino inclusive podría promulgarse, dada su ingente contribución monetaria en comparativa con las del resto de comunidades hebreas extremeñas, como la aljama más destacada de lo que sería Extremadura a finales del siglo XIII, a una centuria de la oleada de migraciones sureñas que en la última década del siglo XIV recibiría la región. Serían los sucesos antijudíos registrados en 1.391 a lo largo de la geografía hispana la causa de dictamen de las leyes de Ayllón (Segovia) en 1.412, acordándose y estableciéndose una serie de medidas restrictivas contra judíos y mudéjares que en el caso placentino conllevaría el apartamiento absoluto de la comunidad hebrea en la judería con que la misma contaba en la ciudad, obligando a toda familia residente fuera de la Mota a alojarse en su interior, quedando el enclave cercado por un muro que, para ser diferenciado de la muralla defensiva de la urbe, sería denominado como cerca nueva. Actuales calles como la de Arenillas o la de Esparrillas se mantendrían englobadas dentro del gueto sefardita mantenido hasta 1.419, año en que la normativa restrictiva dejaría de tener efecto.


Arriba y abajo: una placa de bronce distintiva de la Red de Juderías de España-Caminos de Sefarad luce junto al Convento de San Vicente Ferrer, actual Parador de Turismo de Plasencia (arriba), señalizando la ubicación en el lugar de lo que fuese judería de la Mota o judería vieja placentina, aljama primitiva de la ciudad desde la propia fundación de la urbe en 1.186, convertida a raíz de las leyes de Ayllón de 1.412 en gueto sefardita donde quedarían englobadas actuales calles como la de Esparrillas (abajo, contigua; acceso a través del Cañón del Palacio de Mirabel), o la de Arenillas (abajo, siguientes; acceso desde la calle Zapatería), desaparecido el resto de la añeja barriada hebrea tras la adquisición por parte de los Duques de Plasencia de un gran número de fincas y viviendas ubicadas en la misma, en pro de ampliar su residencia, antiguo solar de los Almaraz y posterior Palacio de Mirabel, construyendo junto a tal mansión el Convento mencionado cuya iglesia, conocida popularmente como de Santo Domingo, sustituiría tras su confiscación la sinagoga de la ciudad, hasta entonces considerada la más grande y relevante de las existentes en Extremadura.




A partir de la tercera década del siglo XV, comenzarían los hebreos lentamente a asentarse en las cercanías de la Plaza Mayor. Cesada la normativa de apartamiento impuesta sobre la judería de la Mota, a la llegada de los Zúñiga a la ciudad como Duques de Plasencia tal rincón urbanístico se verá completamente remodelado al decidir el II Duque, D. Álvaro de Zúñiga y Guzmán, quien heredería tal título de su padre en 1.453, junto a su esposa Doña Leonor de Pimentel y Zúñiga ampliar el palacio medieval donde decidiera residir la estirpe, antiguo solar de los Almaraz conocido posteriormente como de Mirabel, expropiando a tal fin abundantes fincas e inmuebles propiedad de diversas familia judías, hasta la práctica desaparición de lo que fuese la añeja judería placentina cuando lograsen inclusive expropiar, amparados por el propio monarca Enrique IV, el edificio de la sinagoga, considerada como la más antigua y mayor de entre todas aquéllas con las que llegaría a contar la Extremadura medieval. Mientras que sobre los terrenos donde se asentaba la misma sería edificada  la iglesia que complementaría el Convento de San Vicente Ferrer, erigidos ambos edificios a partir de 1.473 contiguamente al palacio ducal por deseo de Doña Leonor, legendariamente ante la resurreción milagrosa mediante invocación al recién santificado San Vicente Ferrer de su hijo Juan, fallecido tras sufrir una grave enfermedad, una sinagoga nueva tendría que ser levantada en la calle de Trujillo, centro neurálgico de la nueva judería que se consolidaría tras las nuevas normativas de apartamiento dictaminadas en las Cortes de Toledo de 1.480 por los reyes Isabel y Fernando y que, en el caso placentino, no supondría la preparación como gueto de una nueva barriada ni el levantamiento de una cerca o paredón separativo, sino el simple aglomeramiento de la comunidad hebraica de la ciudad entre tal vía y la de Zapatería, calles ya de por sí ocupadas por un gran número de familias hebreas hasta alcanzar el centenar, contabilizándose como el diez por ciento de la población con que contaría Plasencia en la segunda mitad del siglo XV. Vecinos que tendrían que vivir en 1.490 uno de los pocos episodios violentos que sobre los sefardíes se dieran en tierras extremeñas, al pretenderse por parte de la población cristiana un nuevo desplazamiento de los mismos lejano del centro del municipio, considerándose que con el compendio residencial de los hebreos en la nueva aljama no se cumplían estrictamente las medidas de aislamiento dictaminadas diez años antes.


Arriba y abajo: la céntrica calle de Zapatería (arriba), trazada entre la Plaza Mayor placentina y la plazuela de San Nicolás, abriéndose a su vez a la misma la Plaza de Ansano, formaría parte de la conocida como judería nueva, localizada entre esta vía y su paralela bautizada como de Trujillo, englobando algunas fincas de la Plaza Mayor, enclaves principales en la historia de la ciudad donde hoy en día pueden encontrase, encajadas en el suelo, una colección de placas alusivas a las familias sefardíes que allí habitaron durante el siglo XV (abajo; placas ubicadas en la calle de Zapatería), rememorando así la presencia de una comunidad hebrea en la urbe que formaría parte intrínseca del municipio, su devenir diario y su crónica más reseñada.








Aún defendidos entonces por los monarcas, dos años después los judíos placentinos, así como el resto de la comunidad hebrea no convertida al catolicismo y súbdita de los reyes españoles tendrían que hacer frente al dictamen de expulsión firmado por los Reyes Católicos el 31 de marzo de 1.492. Con el Edicto de Granada o Decreto de la Alhambra se ponía fin, si no a la presencia de sefardíes en los reinos pertenecientes a las Coronas de Castilla y Aragón dada la posibilidad de eludir la diáspora a través del bautismo, o incluso regresar al país en caso de haber abrazado la fé cristiana, sí a la práctica de una tercera cultura que, frente a la búsqueda de una completa unidad nacional cuya confesión sería la católica, se iría disolviendo, cercenada su base religiosa aunque subsistentes ciertas costumbres caladas entre la población, hasta el punto de sólo poder intuir la preservación de sangre sefardí entre gran parte de la población actual española, heredada de aquellos hebreos que prefirieron renunciar a sus creencias antes que dejar atrás su tierra, pero poder confirmar sin embargo y sin duda el peso de la huella judía en la cultura de nuestro país.


Arriba y abajo: alcanzado el año 1.419, diversas familias hebreas comenzarían a asentarse con el paso del tiempo en diversas fincas ubicadas en la Plaza Mayor de la ciudad (arriba), cesada la normativa que imponía el aglomeramiento de los judíos placentinos en la aljama de la Mota, ocupando poco a poco a su vez una amplia variedad de viviendas entre las calles de Zapatería y de Trujillo, germen de lo que posteriormente sería la judería nueva de Plasencia, recordados algunos de los vecinos sefardíes que residieron en el punto neurálgico por excelencia de la ciudad a través de una serie de placas que rememoran los enclaves donde éstos residían, localizadas tanto en el flanco occidental como en las cercanías de la Casa Consistorial, así como en la calleja que comunica esta plaza con la de San Martín, al oeste de la misma.








Formando parte de la Red de Juderías de España, Plasencia se cuenta junto a las también extremeñas Cáceres y Hervás entre las diecinueve localidades integrantes de los Caminos de Sefarad. La conservación de parte del entramado urbanístico de sus juderías, la puesta en valor de la histórica presencia de familias sefardíes en la ciudad y su peso en el devenir de la urbe, recordadas a través de una colección de placas que, encajadas en el suelo de las calles que componían la judería nueva señalan los puntos donde residían, así como la conservación de una sección del que fuese el cementerio medieval con que contaría la comunidad hebrea placentina, único en Extremadura y uno de los pocos subsistentes en el país, le hacen merecedera a la ciudad de tal privilegio. Desde Extremadura: caminos de cultura invitamos al lector a descubrir in situ tal legado histórico y cultural, ofreciendo a la par junto a estas letras un álbum fotográfico centrado en el cementerio judío placentino cumplimentado con imágenes de lo que fueran sendas juderías de la ciudad del Jerte, así como del grupo de placas que recuerdan a las familias hebreas que allí tuvieron su hogar. Vecinos que marcharon, placentinos de entre los cuales algunos permanecieron bautizados o regresaron convertidos a la fé de sus conciudadanos. En definitiva, extremeños que contribuyeron al devenir de Plasencia tanto como a crear nuestra región, escribiendo la historia de nuestra propia tierra.


Arriba y abajo: desplazándose desde la judería de la Mota a la Plaza Mayor, así como a cercanas calles anexas a ésta tales como la de Zapatería o la de Trujillo (arriba), los judíos placentinos decidieron abandonar la aljama primitiva cesada la orden de aglomeramiento en la misma hasta el punto de quedar este barrio prácticamente deshabitado, aprovechada esta situación por los Duques de Plasencia con el fin de ampliar su palacio residencial, construyendo a su vez un convento contiguo al mismo para cuyo levantamiento se llegaría a confiscar inclusive la sinagoga mayor que allí se ubicaba, expropiación masiva que supondría, tras el establecimiento de una nueva normativa de aglutinamiento y separación del pueblo judío del resto de ciudadanos dictaminada por las Cortes de Toledo en 1.480, la creación de una judería nueva en derredor de la calle Trujillo, convertida en centro neurálgico del gueto sefardita posiblemente por abrirse allí la reciente sinagoga de la comunidad, recordada junto a la presencia de diversas familias hebreas en la zona a través de una colección de placas frente al punto donde las añejas casas judías se levantaban (abajo), ocupado hoy en día el solar de la sinagoga por el Palacio de Carvajal.











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