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jueves, 1 de septiembre de 2022

Imagen del mes: Puente romano sobre el río Cáparra

 

Visualmente en paralelo a los montes de la Trasierra, y perpendicular a la rivera del río al que da nombre y cruza, el puente de Cáparra parece prolongar el plano ortogonal que dibujase la antigua ciudad caparense a la que servía como ramal de la calzada Iter ab Emerita Asturicam, origen del asentamiento y posterior Vía de la Plata, de igual manera que hoy sigue uniendo esta ruta que vertebra Extremadura con las tierras de Granadilla, convertido en tramo de la carretera CC-11.2.

Río Ambroz, denominado en esta zona como río Cáparra, dentro del término municipal de Guijo de Granadilla (Cáceres).  Erigido posiblemente a inicios del siglo II d.C. (gobierno de Trajano), modificado posteriormente y  ampliado/restaurado a mediados del siglo XX (1.956); estilo romano inicial.


Arriba y abajo: dotado aparentemente de cuatro ojos, el arco ubicado en el extremo del viaducto y orilla izquierda de la vega es considerado por diversos autores, así Jesús Acero Pérez en su estudio "Puentes de origen romano en torno a la ciudad de Capera", más un aliviadero que ojo en sí (abajo), presuntamente primigenios los dos centrales, de casi 9 metros de diámetro cada uno, posiblemente un posterior añadido su hermano inscrito sobre el margen derecho, de menor tamaño que los anteriores -5,70 metros de diámetro (abajo, siguiente)-, ayudados los ojos medios en su función fluvial aguas arriba por un tajamar de planta triangular que, unido al pilar que los separa, es considerado posterior a la obra latina que predomina en éstos (arriba), quizás igualmente tardío el espolón inscrito junto al estribo que cierra tal dúo en su unión con el margen septentrional de la rivera, de base trapezoidal y erigido posiblemente en un momento de reconstrucción o restauración del puente en años del Bajo Imperio o adentrados en época medieval (abajo, tercera imagen), de cuya intervención pudo provenir el ligero alomamiento de su calzada, tal y como llegase al siglo pasado, allanado a raíz de las intervenciones que a partir de 1.956 viviese el monumento, época en la que, a fin de poder trascurrir por él los vehículos que interviniesen en la ejecución del pantano de Gabriel y Galán, se ampliaría su ancho más de dos metros, desplazando su cara de aguas abajo, pasando de los cinco a los 7,3, añadiéndose la cornisa y los pretiles actuales.





Arriba y abajo: son sillares de granito, abundante en la región, los que conforman la fábrica primitiva que constituye el puente caparense, posiblemente levantado una vez dotada la población del título de municipio a través del Edicto de Latinidad de Vespasiano fechado en el año 74 d.C., coincidiendo entre fines del siglo I d.C. y los inicios de la centuria siguiente con la erección de los principales edificios públicos de la ciudad, que de esta manera hacía frente a su nuevo estatus político-social, apreciándose como punto de arranque de las bóvedas de cañón que conforman los ojos centrales, presuntamente los primigenios (arriba: arco central cercano a la orilla izquierda; abajo: arco central cercano a la orilla derecha), cuyas dovelas presentan un almohadillado más tosco que erosionado, un saledizo que, usado durante su construcción como apoyo de la cimbra, marca el nacimiento de sendos arcos (abajo, siguiente), tal y como puede observarse en otros viaductos y obras de ingeniería romanas de la Lusitania, así los saledizos también trapezoidales del puente romano de Salamanca o del conocido como puente de Vila Formosa, en el término municipal portugués de Alter do Chao, igualmente en la arquería sobre el río Albarregas del emeritense acueducto de los Milagros, verificándose así la vinculación de este viaducto caparense con el mundo de las infraestructuras hispano-lusitanas, declarado junto a las ruinas urbanas y el arco de la ciudad de Cáparra monumento Histórico-Artístico, hoy Bien de Interés Cultural, por el Gobierno de España mediante decreto publicado en la Gaceta de Madrid nº 155, de 4 de junio de 1.931.



sábado, 30 de abril de 2022

Imagen del mes: la Puentecilla de Tornavacas

 

Superando desde inicios del siglo XVIII el cauce de la garganta del Cubo, a su paso por la localidad tornavaqueña y antes de desembocar éste en el próximo río Jerte, un puente de único ojo inscrito en plena calle Real de Abajo, permite la continuidad del trazo de tal vía nacida en la plaza Mayor y esquina de la casa consistorial, de igual datación dieciochesca, llamando la atención sobre él un templete que, junto al pretil septentrional del viaducto, ofreciese antaño cobijo a la imagen de la Virgen de la Consolación, hoy vacía su hornacina sin que el tiempo haya hecho mella, sin embargo, en la belleza de un inmueble que sorprende a aquel viajero que decide recorrer este rincón de la zona más alta del valle jerteño.

Tornavacas (Cáceres). Siglo XVIII (fechado en 1.731); estilo barroco. 
 

Arriba y abajo: restaurada recientemente por la Consejería de Movilidad, Transporte y Vivienda de la Junta de Extremadura, junto al puente Cimero -inscrito sobre la vega del Jerte- y la picota y/o rollo jurisdiccional local -conocido popularmente como las Marirrollas-, la Puentecilla tornavaqueña muestra un aspecto remozado en el que, además de limpieza, relleno de fisuras y sustitución de la pieza que delimita el petril norteño en su lado oriental, se ha incluido tras éste una ampliación de la plataforma del viaducto (arriba), sustentada sobre vigas y rasillas contemporáneas, opuestas a la fábrica a base de sillares graníticos que conforma la constitución del único ojo de medio punto de que se compone la obra de ingeniería (abajo), prolongados sus estribos por sendas orillas en la cara meridional del edificio, abierta desde antaño una puerta en su lado levantino, denominada popularmente como boquerón de la Puentecilla (abajo, siguiente), a fin de permitir la bajada desde la calle Real de Abajo a la vega de la garganta del Cubo, desde la cual puede observarse la moldura que marca el inicio del pretil sureño, de sencilla composición opuesta a la de su hermano, centrado por un llamativo templete barroco. 

 

Arriba y abajo: siguiendo la tradición constructiva vista en otros muchos puentes renacentistas y barrocos de la región, así en el puente Nuevo de Plasencia o entre los denominados puentes de Don Francisco, junto a la desembocadura del río Tamuja en el cauce del río Almonte, la Puentecilla de Tornavacas presenta formando parte de su petril norteño un templete (arriba), llamativo tanto por su belleza, como por figurar como elemento arquitectónico en un viaducto de escasas dimensiones, posible reflejo no sólo de la religiosidad imperante en la España contemporánea a la obra, sino inclusive de la inclinación religiosa de un pueblo, el tornavaqueño, que a día de hoy conserva tradiciones religiosas ya perdidas, como el toque de la Esquila por la salvación de la ánimas del Purgatorio cada anochecer, destinada la capilla del puente sobre la garganta del Cubo a la Virgen de la Consolación, tal y como reza inscrito sobre la hornacina que centra la obra -de arco de medio punto y avenerada en su interior-, bajo una cornisa coronada con una pequeña moldura donde, entre volutas, aparece la cruz y el monograma de Cristo, enmarcada la verticalidad del edículo por sendas pilastras en cuyo extremo superior recogen la fecha del monumento -AÑO 1731-, conservándose bajo la cornisa que separa la hornacina de la parte baja del templete una leyenda epigráfica bastante erosionada que, muy posiblemente, hiciese alusión a los promotores de la obra o dirigentes gobernantes en el momento de erección de la misma, mucho mejor conservada, por su parte, la benditera que, a siniestra de la capilla, figura labrada sobre el mismo petril (abajo, segunda imagen), cumplimentando la obra religiosa que centra el viaducto, así como, quizás, el viacrucis que desde la localidad parte hacia la antigua ermita de Santa María Magdalena, descubriendo oquedades en los pasos que conforman el mismo, así junto a la picota local, bien para alojar el agua bendita o incrustar cruces momentáneas o desaparecidas.




viernes, 25 de febrero de 2022

Colaboraciones de Extremadura, caminos de cultura: Las troneras de cruz y orbe en los escudos de Trujillo, en Extremos del Duero

 

Tiempo atrás, mi amigo y colega bloguero Jesús López, administrador del blog Extremos del Duero, compartió conmigo una imagen tomada en Trujillo de la portada de la que fuera dehesa de los caballos de la ciudad, en la que se podía apreciar el blasón municipal, observándose curiosamente una versión mariana en la cual la Madre de Dios parece figurar dándole el pecho al Niño. Iconografía, si bien no extraordinaria, sí poco común, que en Extremadura puede admirarse, por ejemplo, en la escultura ofrecida como patrona de la ciudad de Plasencia, bajo el título de Nuestra Señor del Puerto, o en el lienzo que representando a la Virgen de la Leche se conserva en el interior de la iglesia parroquial de la Consolación, en Arroyomolinos, tal y como ofrecimos en agosto de 2.012 desde este mismo blog.

Paseando recientemente por las calles trujillanas, caí en la cuenta del generoso número de escudos municipales que pueden apreciarse entre las vías y rincones de Trujillo, pareciéndose adivinar dentro de unos de estos blasones otro relieve mariano basado en el amamantamiento de Jesús sobre los muros de la iglesia de San Pedro, observación que quise compartir con mi colega. Verificada finalmente la inexistencia de tal expresión artística en mencionada obra,  aprovecharía la ocasión para compartir con él la pequeña colección fotográfica que pude formar basada en tales emblemas municipales, sumando ocho más a la serie iniciada por Jesús con el ejemplar de mencionada dehesa comunal, revelándose el casco urbano trujillano como uno de los enclaves municipales extremeños de los que entre sus rincones más ejemplares de escudos locales históricos pueden descubrirse.

Ojeando las imágenes, Jesús caería sin embargo en un detalle nuevo: la amplia figuración de troneras de cruz y orbe en muchos de los relieves donde, figuradamente, se representa la plaza fuerte trujillana supeditada por la Virgen que, legendariamente, apareciese milagrosamente sobre los contornos de la población en el momento de su reconquista definitiva en 1.233, a manera de auxilio hacia las tropas cristianas de Fernando III de Castilla. Bautizada así como Virgen de la Victoria, sería ésta el posterior germen de la advocación mariana tomada como patrona del lugar. Troneras de cruz y orbe de las que nos hablará Jesús a través de un reciente artículo que os invito a descubrir, mientras os dejo con la pequeña colección de escudos de la ciudad que pueden fácilmente atisbarse mientras se pasea por entre las calles y contornos de esta joya urbana extremeña, acertadamente declarada Conjunto Histórico-Artístico mediante decreto 2223/1962, de 5 de septiembre de mencionado año.

http://extremosdelduero.blogspot.com/2022/02/las-troneras-de-cruz-y-orbe-en-los.html

Arriba y abajo: ocurrido el milagroso suceso, al parecer, sobre la portada conocida hoy como del Triunfo (arriba), donde la legendaria intervención mariana ayudase a las tropas cristianas, como la nomenclatura indica, a tomar definitivamente la ciudad frente a los musulmanes el 25 de enero de 1.233, se conserva en la cara interna del posterior arco gótico de acceso una hornacina ocupada por una escultura labrada en la segunda mitad del siglo pasado de la que fuese bautizada como Virgen de la Victoria, advocación mariana que en Trujillo se forjase a raíz de tal presunto acontecimiento vinculado con este punto del entramado urbano trujillano, instalado primitivamente un lienzo que a partir del siglo XVI reflejase una iconografía ya dispersa por la ciudad a través del blasón que se diseñase como escudo de armas de la ciudad, conservado el más antiguo de entre los múltiples blasones municipales que campan entre las calles y recovecos de la población en la cara intramuros del denominado como arco de Santiago (abajo), por su conexión con la iglesia dedicada a tal apóstol, adivinándose en éste, fechado en el siglo XIV, una esquemática imagen mariana dentro de lo que fuese una estructura castrense, observándose por el contrario sobre la portada inscrita a los pies del templo de románicos inicios anexo, en el considerado segundo más antiguo escudo municipal, la ya característica simbiosis entre María y la ciudad fortificada (abajo, siguiente), con la Madre de Dios centrando el relieve, elevadada sobre un recinto amurallado y abrazada por dos altos torreones.


Abajo: fuera del recinto amurallado, en la neurálgica Plaza Mayor de la ciudad, puede observarse sobre la portada principal de la emblemática iglesia de San Martín el primero de los variados escudos municipales que podremos apreciar paseando entre las vías históricas de la ciudad extramuros, apareciendo enmarcada por un alfiz y sobre el escudo del obispo Pedro Ponce de León inscrito en la portada renacentista de los pies de mencionado templo, el blasón cuyo flanco inferior queda oculto bajo el remate circular que corona el frontón que supedita la puerta de mediodía del monumento (abajo), inscrito también dentro del alfiz que circunda la portada de entrada al templo dependiente del convento de San Pedro un nuevo ejemplar heráldico (abajo, siguiente), en el lateral de la epístola de tal capilla datada en el siglo XVI, dando por su parte a la cercana calleja de San Gregorio, en su apertura hacia la plazuela del Prior de Quiroga, un nuevo escudo municipal coronado con remate pétreo, inmerso en los muros del que fuese convento de Santa Clara, fundado en 1.533 y hoy Parador de Turismo, en la unión de éste con la que fuera iglesia del cenobio y templo de San Clemente (abajo, tercera imagen).


Abajo: dirigiéndonos hacia el Sur de la población, consta la portada de la iglesia adscrita al que fuera convento de San Francisco, abierta a los pies del templo, de una cuidada decoración de base renacentista donde destacan, enmarcados por un alfiz y en derredor de una hornacina ocupada por la escultura del santo titular, los escudos imperial y de la ciudad, siendo este segundo (abajo), posiblemente, el ejemplar más rico en cuanto a ornamentación de los conservados dentro de la localidad, destacando en derredor de las figuras de que se compone el mismo, un acompañamiento coronado por un querubín, sitos seres mitológicos propios del plateresco entre las esquinas, labrado un mascarón bajo las murallas de la ciudad, descubriéndose a no mucha distancia, sobre la portada de acceso al actual edificio consistorial trujillano, antigua alhóndiga del lugar, el escudo que a partir de 1.566 diera la bienvenida al pósito de la localidad (abajo, siguiente), desde 1.888 al palacio concejil, elaborado en un estilo renacentista mucho más sobrio que el expuesto en el ejemplar anterior.


Abajo: abandonando el centro histórico trujillano, inscritas en los derredores del mismo quedaban las conocidas como Dehesas de los Caballos y de las Yeguas, sita la primera junto a la carretera de Madrid, abierta la segunda en las inmediaciones de la carretera de Cáceres, dotadas ambas de portadas aún conservadas en cuyos frentes figurarían, en sendos casos, el escudo municipal junto al real del momento de edificación, imperial de Carlos I en el caso de la Dehesa de los Caballos, fechado en 1.535 y colocado entre los blasones del municipio y de los Vázquez de Cepeda (abajo), figurando en el edificio de la Dehesa de las Yeguas el escudo de Felipe II a la siniestra, el municipal a la diestra (abajo, siguiente), datados en 1.576 y formando parte de un excelente diseño renacentista que acoge el posiblemente más alejado de los ejemplares de armas del concejo trujillano que pueden atisbarse dentro del casco urbano de la localidad, si bien a varios kilómetros de distancia hacia el Noreste, sobre el río Almonte y actual límite fronterizo entre los términos municipales de Torrecillas de la Tiesa y Jaraicejo, sorprende sobre el conocido como Puente del Cardenal, en el templete erigido frente a la rampa destinada a uso ganadero y punto de unión entre las dos fases constructivas del bien (abajo, tercera imagen), un nuevo ejemplar de armas trujillano fechado en el siglo XV y cumplimentado con el real de Felipe IV en el siglo XVII sobre él, hablándonos de la vinculación del inmueble con el concejo trujillano, comprometido con su construcción mediante escrito fechado en 1.460, dependiendo del viaducto para su conexión con Castilla y Madrid, declarado recientemente, en 2.019, Bien de Interés Cultural mediante Decreto 172/2019, de 5 de noviembre.


sábado, 20 de noviembre de 2021

Imagen del mes: Puente Viejo sobre la Rivera de Fresnedosa, entre los términos de Acehúche y Ceclavín

Erigido sobre la Rivera de Fresnedosa, antes de la llegada de este afluente norteño del Tajo al cauce del río hispano-luso convertido en embalse de José María Oriol-Alcántara II, el llamado popularmente Puente Viejo, para otros Puente de Acehúche, aun apartado de su uso primigenio, a pocos metros de los actuales viaductos vinculados con la carretera EX-372, sigue salvando las aguas que marcan la frontera territorial entre tal municipio cacereño y su vecino occidental, Ceclavín, tal y como lleva haciendo desde su construcción, presuntamente en la Baja Edad Media, una vez reconquistada y repoblada la zona, vinculado con el antiguo camino que, hacia poniente, se dirigiese a la localidad fronteriza de Zarza la Mayor, tras salvar en barca la corriente del río Alagón.
 
Rivera de Fresnedosa, a su paso entre los límites territoriales de Acehúche y Ceclavín (Cáceres). Baja Edad Media; estilo gótico.

Arriba y abajo: aún en uso en 1.791, tal y como se menciona en el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura fechado en tal año, y carente por entonces de pontazgo, se desconoce con exactitud la datación y las circunstancias relacionadas con la erección de este puente sobre la cuenca del Rivera de Fresnedosa, encajado entre las afloraciones pizarrosas que componen en este enclave los terrenos colindantes al cauce fluvial nacido en la sierra de Pedroso (arriba), utilizado tal material como materia prima con que elevar el viaducto, en cuya constitución edilicia destacan, tanto por su tamaño frente a las lajas usadas en la composición arquitectónica como por sus diferencias naturales en relación con los esquistos, una colección de sillares graníticos provenientes de alguna cantera lejana, sin descartarse la reutilización de éstos desde algún monumento cercano desarmado, incluso algún puente previo de posible traza romana, si bien la aparición de la marca de cantero en algunas de las piezas -así en el tajamar occidental- verificaría, al menos en éstas, su muy probable origen contemporáneo a la presente obra de ingeniería, inscritas como refuerzo en las bases de los pilares rectangulares y tajamares adyacentes triangulares aguas arriba sobre los que se sustentan los tres arcos de que consta el inmueble, sumándose el lienzo norteño del estribo de la obra a su llegada a la orilla derecha del canal, prolongacion de la sustentación del arco de poniente en la vertiente del valle fluvial que supera (abajo, primera imagen: pilas y tajamares centrales; abajo, segunda imagen: pila y tajamar central occidental; abajo, tercera imagen: pila y tajamar central oriental; abajo, cuarta imagen: pila y tajamar de levante; abajo, quinta imagen: tajamar de poniente junto al estribo occidental).

 

Arriba y abajo: con un aliviadero bajo arco de medio punto inscrito en el estribo levantino de la obra de ingeniería (arriba), son tres los ojos de que se compone el puente sobre la Rivera de Fresnedosa, de diseño y dimensiones particulares cada uno de los arcos (abajo), si bien el trío presenta una misma tendencia hacia lo apuntado, permitiéndonos tal traza edilicia poder fechar el monumento en la Baja Edad Media, una vez reconquistada la zona en el siglo XIII y antes del triunfo de los estilos propios de la Edad Moderna, vinculada con un arte gótico bajo el que se edificasen la mayoría de los inmuebles reseñables de la región en los últimos siglos del medievo, algunos ejemplares incluso adentrándose en el siglo XVI, dotado así el viaducto de un toque artístico que lo embellezca dentro de la humildad de sus materiales y fábrica, resaltando la maestría en el uso arquitectónico de la pizarra que, a base de lajas, puede hoy observarse tras perderse en gran medida el enfoscado original, figurando tanto en las bases de las pilas de sustentación del puente, apoyadas sobre las propias afloraciones esquistosas que asoman en la vega fluvial, así como en el alzado de éstas, de los dos estribos, los cuatro tajamares, los tímpanos del viaducto entre ojos (abajo, siguiente) y en el intradós de los arcos (abajo, tercera imagen), siendo de la tríada de éstos el más elevado el occidental (abajo, cuarta imagen), el más abierto -con una amplitud de 9,2 metros- el central (abajo, quinta imagen), de menor luz el levantino (abajo, sexta imagen).

 

 

 

Arriba y abajo: sobre el tablero del puente, superior a los 50 metros en longitud y con más de 3 metros de anchura, y cuyo cierto alomamiento vuelve a encajar, como el apuntamiento de los arcos, entre las particularidades edilicias propias del estilo gótico, se conserva en buena medida y a lo largo de las tres secciones que podrían adivinarse sobre la calzada del viaducto, -con dos zonas inclinadas, de subida o bajada, inscritas respectivamente entre las laderas de la vega y los arcos laterales, allanada en el tramo que corona el ojo central, permitiendo una visión alomada o de lomo de asno-, el empedrado que conformase el camino que lo transita, constituido éste de piedras menudas, cantos de río en muchos casos, entre las que destacan, así en la pendiente occidental (arriba), diversas lajas de pizarra insertas principalmente en la línea central que vertebra la calzada delimitando la separacion de las dos bandas observadas sobre la longitudinal de tal coronamiento del viaducto, levantados los petriles que, con sus 70 centímetros de altura, cuidan a los viandantes de una posible caída, con la misma mampostería pizarrosa que el resto de la obra, abiertos en ellos desagües y estucados en su cara interna (abajo), ciertamente desarrollados a modo de embudo a la llegada del puente a sendas orillas por cada uno de sus estribos a fin de adecuarse a las curvaturas de camino y colinas (abajo, siguiente: pendiente y conexión del puente con la orilla izquierda o de levante), si bien son éstos la porción del inmueble que peor suerte ha corrido tras el paso de las centurias, perdidas algunas secciones de los mismos, especialmente en el tramo que supera el arco central (abajo, tercera imagen) -convertido por tal motivo en la zona más alta del viaducto, a más de 8 metros sobre la cuenca del río-, frente al buen estado que, en general, ofrece el monumento, notable, aún en su sencillez y humildad, entre las obras medievales que salpican nuestras comarcas, enriqueciendo histórica y artísticamente los amplios rincones rurales que atesora nuestra región.



jueves, 19 de agosto de 2021

Imagen del mes: Ermita de San Pedro de Alcántara, en las cercanías de Deleitosa

 

Enclavados a poca distancia del flanco sureño del conocido como convento de San Juan de la Viciosa, también llamado San Juan de los Habaneros o, más formalmente, San Juan Bautista o San Juan de la Penitencia -en honor a su primer protector, D. Juan Álvarez de Toledo y Monroy, IV conde de Oropesa y III Conde de Deleitosa-, aparecen también en el valle de la Viciosa - o Vicioso-, entre los arroyos de los Frailes y de Rocastaño, los restos de lo que al parecer fuera ermita vinculada con el cenobio llamada popularmente como de San Pedro de Alcántara, de menudas dimensiones y fábrica pizarrosa que pudiera corresponder con la capilla que, según el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura de 1.791, sobreviese por entonces en las cercanías del monasterio construida y habitada por el mismísimo santo patrono de la región, cuya labor fundadora le llevara en torno a 1.561 a establecer el primigenio conventual, poco antes de enfermar en él y, tras partir de éste y ser acogido en el Palacio de Oropesa o Castillo de los Álvarez de Toledo, fallecer en la localidad abulense de Arenas, desde entonces Arenas de San Pedro, camino del también erigido por el santo alcantarino convento anexo a la ermita de San Andrés del Monte, donde sería posteriormente enterrado.

Deleitosa (Cáceres). Siglos XVI-XVII; estilo renacentista/barroco.

Arriba: partiendo desde el flanco occidental de la localidad de Deleitosa, tomando la calle Miguel de Unamuno frente al Matadero de Eduardo Nieto Larra, el sendero que discurre primero hacia poniente, poco después hacia el Nororeste camino de la fuente de La Retuerta, nos acercará hasta el arroyo de los Frailes, enclavándose a poca distancia de la desembocadura en él del arroyo de Rocastaño, inmediato al camino de acceso al antiguo convento de la Viciosa, los vestigios de lo que al parecer fuera ermita de San Pedro de Alcántara, única aún en pie, a pesar de su ruina, de entre aquellas varias que circundarían el viejo cenobio, contabilizado en el siglo XVII un total de siete capillas, seis de ellas construidas una vez entregado el convento a  los Agustinos Recoletos en 1.606, consagradas éstas -tal y como informa el abate René Tiron en su obra decimonónica orientada a la historia y trajes de las Órdenes religiosas- a San Agustín -edificada a expensas del licenciado Nuño de Camiñas-, a Santa Mónica -edificada a expensas de la duquesa de Nájera-, a la Encarnación -construida a expensas del licenciado Baltasar Velázquez-, a San José -donada por un escribano de la provincia de Madrid-, la de San Nicolás de Tolentino -erigida a expensas de Catalina de Orellana y Mendoza-, y a Santa María Magdalena -financiada por Diego de los Cobos, marqués de Camarasa-, siendo la de San Pedro de Alcántara obra del mismo fraile franciscano, donde instalase una Natividad a imitación de San Francisco de Asís, ofrendada inicialmente por él a la Virgen de Belén, tal y como indicaría fray Alonso de San Bernardo en su obra dedicada en 1.783 al santo reformador.

Arriba: fundado el primigenio convento franciscano bajo las austeras directrices marcadas dentro de la Custodia de San José, siguiendo la extrema reforma llevada a cabo por su custodio San Pedro de Alcántara, también llamada reforma alcantarina, imitando en humildad el recién instaurado por él cenobio de Pedroso de Acím, conocido como convento de la Purísima Concepción de El Palancar, se presentaba este edificio monacal en la zona baja del valle, construido de manera sencilla en terrenos cedidos por el III conde de Oropesa y su esposa, II condesa de Deleitosa -D. Fernando Álvarez de Toledo y Figueroa, y Doña Beatriz de Monroy y Ayala-, con fábrica pobre y escasas dimensiones acopladas a una casa de campo que tales nobles allí disponían para las jornadas cinegéticas, abandonado por los franciscanos -de la provincia de San Gabriel desde 1.593- en 1.603 y reasignado a los Agustinos Recoletos apenas un año después, incendiado al poco de tomar éstos posesión del enclave hacia 1.606 -dirigiéndose tras el incidente los hermanos hacia una zona más elevada de la misma cuenca geográfica a fin de construir un nuevo inmueble, más amplio y cómodo para la vida monástica, fundado por fray Diego de Jesús-, cayendo la vetusta obra alcantarina en abandono y desuso, considerada por algunos autores lo que se conoce como ermita de San Pedro de Alcántara los vestigios de tal vivienda clerical, si bien los restos arquitectónicos preservados se acercan a las directrices que, según el abate Tiron, ofrecían ediliciamente cada una de las ermitas que acabaron rodeando el nuevo convento agustino y a las que pudiera haberse visto acoplada la primigenia capilla franciscana, diseñadas para el retiro espiritual de los monjes y dotadas por ello de oratorio, celda para el descanso, cocina, aposento para el trabajo, jardín y campanario.

Arriba y abajo: figurando en ruina la mitad oriental del supuesto añejo sacro eremitorio, la fábrica aún en pie, constituida de materiales humildes, fundamentalmente esquistos, cuarcitas y ladrillo, ofrece en el flanco occidental del edificio la que pareciera portada principal (arriba), quizás primigeniamente única, de acceso al interior del bien, cumplimentada con un ventanal a su diestra exterior, dando paso a una pequeña estancia cuyo muro norteño aparece horadado (abajo), abierta otra puerta frente a la inicial, hoy tapiada (abajo, siguiente), así como una tercera entrada, ésta de paso al habitáculo contiguo sito en la zona meridional (abajo, imagen tercera), cubierto el primer espacio por bóveda de arista latericia (abajo, imágenes cuarta y quinta), el segundo con bóveda de cañón de naturaleza similar (abajo, imágenes sexta y séptima), siendo este segundo modelo el también visto coronando un tercer enclave de escasas dimensiones abierto al anterior (abajo, imagen octava), resultando difícil precisar la función que inicialmente se le diera a estos espacios, quizás destinados a las labores diarias y descanso del fraile allí retirado -sin olvidar la posibilidad de estar ante los retazos del primitivo cenobio alcantarino-, pudiendo destinarse a oratorio o iglesia el enclave al que, desde la portada de la estancia noroccidental, se diera paso a la zona hoy caída, entre cuyos muros pueden adivinarse las que fueran pechinas septentrionales de una bóveda de arista o pequeña cúpula (abajo, imágenes novena y décima), desaparecida en este monumento al igual que el resto de la construcción que cumplimentase el alargado espacio que completase tal sector levantino del edificio (abajo, imágenes undécimo y duodécima), ocupado hoy por los caídos retazos arquitectónicos de la obra (abajo, imágenes décimo tercera a décima quinta), devastada quizás, como así lo fuera el cenobio, por las tropas napoleónicas que al inicio de la contienda decimonónica hispano-francesa pasaran por el lugar.












Arriba y abajo: apreciándose desde la supuesta ermita de San Pedro de Alcántara la silueta de algunos de los paredones preservados en pie del que fuera segundo convento, o convento agustino de San Juan Bautista de la Viciosa (arriba), lleva el sendero que discurre junto a la orilla izquierda del arroyo de Rocastaño hacia el antiguo cenobio (abajo), accediéndose a éste tras superar el mencionado cauce fluvial por un sencillo puente de único ojo y humilde fábrica pizarrosa (abajo, siguiente), alcanzándose por la cuesta de subida los primeros muros pertenecientes a la esquina suroriental del vetusto edificio (abajo, imagen tercera), llegando poco después a la actual portada de acceso (abajo, imagen cuarta), a través de la cual se pasa a la esquina Sureste del gran espacio centrado hoy por el amplio claustro del lugar -perdidos gran parte de los muros de división internos entre estancias y sus respectivas bóvedas-, observándose a la izquierda del portalón el ala meridional del monasterio (abajo, imagen quinta), de frente su hermana levantina y posible espacio ocupado antaño por la iglesia del lugar -donde una venerada imagen de Santa Rita de Casia recordase la vinculación de la orden agustina con la patrona de las causas imposibles- (abajo, imagen sexta), restando del patio conventual apenas las paredes que separasen éste de sus flancos externos, sucumbida la obra edilicia que circundase el claustro en su interior (abajo, imágenes séptima y octava), apreciándose entre las dependencias conservadas en la esquina nororiental del monumento la altitud de las dos plantas de que constase la casa (abajo, imagen novena), punto de acceso al espacio arquitectónico cuyo plano se prolonga desde tal rincón monacal hacia el Noreste (abajo, imágenes décima a duodécima), observándose desde lo que fueran exteriores septentrionales del convento la planta de tal ramal -posible enfermería- asociado al ala más norteña del conventual (abajo, imagen décimo tercera), dando ésta (abajo, imágenes décimo cuarta y décimo quinta), al ala más occidental (abajo, imágenes décimo sexta y décimo séptima), hoy abierta a los ricos campos que siempre rodearon la casa desde sus orígenes y hasta su definitivo abandonado a raíz de las órdenes de desamortización de 1.836, cuando el cenobio ya sólo era ocupado, según Pascual Madoz en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de 1.848, por tres hermanos, tras regresar y restaurar los frailes parte del monumento que las tropas francesas saqueasen y destruyesen en 1.808.


















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