sábado, 25 de enero de 2020

Imagen del mes: Ermita de San Lázaro, en Jerez de los Caballeros



Ubicada aún hoy en día a las afueras de la ciudad, tal y como igualmente hallasen el edificio los visitadores de la Orden de Santiago que en 1.511 diesen por primera vez noticias de la misma, la ermita de San Lázaro resiste al abandono junto a la carretera N-435 en su devenir hacia Fregenal de la Sierra, paralela aquí al trazado ferroviario que a los pies del bien sacro y a partir de 1.917 pretendiese la unión por tren de la población jerezana con Zafra, capitaneando su hoy callada espadaña sobre portada gótico ojival en ladrillo de sabor mudéjar las ruinas de uno de los más antiguos templos de la localidad, característico por el bello atrio renacentista que lo antecede, aún en pie los vestigios de una única nave donde se adivinan barrocas reformas, frenado el deterioro de la misma a base de una acometida en pro de una futura recuperación del edificio de cuestionable respeto arquitectónico con la obra primitiva.
Jerez de los Caballeros (Badajoz). Siglos XV al XVII; estilos gótico-mudéjar, renacentista y barroco.


Abajo: mencionada por los visitadores de la Orden de Santiago, bajo cuya custodia había quedado la localidad desde que la misma fuese entregada en diciembre de 1.370 por el monarca Enrique II de Castilla a tal congregación de monjes-guerreros, cincuenta y ocho años después de que la Corona se hiciese cargo del municipio una vez disuelta la Orden del Temple que poco después de la reconquista del enclave gobernara la comarca, el hecho de aparecer la ermita de San Lázaro en el informe efectuado por los santiaguistas en 1.511 permite no sólo verificar la existencia del monumento a comienzos del siglo XVI, sino inclusive barajar su construcción tiempo atrás contándose como una de las ermitas medievales presentes a la llegada de la Edad Moderna, abiertas junto a la de San Lázaro también al culto durante mencionada visita de inspección las de Santiago y de los Santos Mártires, intramuros, así como en las cercanías la de Nuestra Señora de Aguas Santas, la dedicada a Santa María de Brovales, la de Santa Ana y la de San Benito, inicio de un largo listado de ermitas y capillas que aumentaría entre los siglos XVI y XVIII, once en funcionamiento litúrgico según el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura efectuado en 1.791, omitiéndose en éste el nombre de las mismas si bien Pascual Madoz, en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España, las enumeraría en 1.850 sin que apareciese la ermita de San Lázaro en la relación, suponiéndose así el abandono a mediados del siglo XIX de la misma, posiblemente a raíz de las medidas desamortizadoras ejecutadas a mediados de las decimonónica década de los 30.



Arriba y abajo: llamando arquitectónicamente la atención el atrio que antecede la nave y propio edificio en sí, como también se diese en la cercana y posiblemente contemporánea a ésta ermita de San Benito, el pórtico de la ermita de San Lázaro presenta una serie de arcos latericios de medio punto sobre columnas graníticas de marcado sabor renacentista que, sin embargo, recuerdan tanto con su material como por la presencia del alfiz enmarcando los vanos ciertas obras mudéjares de la Baja Extremadura, como pudiesen ser algunos de los soportales de las Plazas Chica y Grande de Zafra, habiendo posiblemente intervenido en la obra jerezana la mano de obra de los alarifes musulmanes residentes en territorio ya cristianizado, ya presente en la obra gótica de la que partiese el sacro lugar, a juzgar por el arco apuntado en ladrillo bordeado con alfiz y coronado con friso de esquinillas de la portada, si bien hay quien cree que el monumento tuviera un origen muy anterior fechable en época de gobernación templaria, basándose en la devoción que los templarios presentaban ante San Lázaro, repetida en otros puntos del Bayliato por ellos regentado como Burguillos del Cerro, sede quizás de un lazareto habitualmente abierto en los edificios dedicados al patrón de los leprosos, como se diese en la ermita de San Lázaro de Plasencia, si bien Jerez de los Caballeros ya contase en el siglo XV con dos hospitales dentro de la población, conocido uno como de los Enfermos y otro como de los Pobres y Transeúntes de San Bartolomé, santo éste patrono de la ciudad.



Arriba: bordeando la portada del inmueble sacro, abierta ésta hacia el suroeste, el atrio y portal de acceso a la ermita de San Lázaro, sobre plinto y cubierto posiblemente con techumbre de madera inclinada a un agua, hoy completamente desaparecida y que antaño permitiese a feligreses y caminantes el descanso, un punto de reunión o el resguardo ante las adversidades de la climatología, se ofrece según diversos autores como resultado de una segunda etapa constructiva post-medieval ejecutada en la época de mayor esplendor de la localidad, cuando bajo mandato de la Orden de Santiago y en pleno auge económico de la población, auspiciado por un próspero comercio y la voyante relación que sus hijos mantuviesen con el recién descubierto Nuevo Mundo, llevara en 1.525 al propio rey Carlos I a proclamar Jerez de los Caballeros como Muy Noble y Muy Leal Ciudad, repercutiendo el histórico apogeo en los monumentos y bienes inmuebles con que contase el burgo, dentro y fuera de sus murallas.


Arriba y abajo: sobresale por la esquina norteña de la portada el atrio de acceso a través de un arco contiguo y paralelo al muro de los pies del templo, seguido de otro girado frontalmente en ángulo recto a éste (arriba), semitapiados hoy en día sendos vanos mediante muros de mampostería que cierran la parte baja de los mismos hasta la línea de impostas, descubriéndose entre las piezas pétreas que conforman tales tabiques postreros las volutas graníticas que sirviesen como sujección del latericio arco más septentrional (abajo), cierre norteño de la galería.




Arriba y abajo: levantado sobre un plano en forma de L (arriba), con cuatro arcos de medio punto en el lado mayor y dos más conformando el inferior, el soportal renacentista de la ermita de San Lázaro se extiende no sólo frente a su portada sino inclusive en derredor del primero de los cuatro vanos que componen el cuarteto de arcos laterales que sustentan y constituyen el lado de la epístola del templo, antecediéndose a éste un arco paralelo a los pies y perpendicular al lateral del templo, nacido desde el pilar oriental del primer vano del muro (abajo), sostenido como su hermano norteño igualmente pegado al propio edificio sobre pilares y no columnas, con imposta granítica asentada sobre piezas pétreas en el soporte meridional, obra latericia en el sostén septentrional que conjuga con el propio arco en sí.




Abajo: son sostenidos los arcos que conforman el soportal que antecede al templo jerezano sobre columnas de naturaleza granítica elaboradas siguiendo el clásico orden toscano (arriba), cinceladas individualmente y exentos la totalidad de sus fustes, adosados junto a los pilares esquineros que enmarcan el frente occidental  aquéllos que sustentan los arcos que alcanzan tales ángulos (abajo), labrado sin embargo en parte sobre las piezas que soportan el pilar que cierra el corredor en la esquina levantina del lado menor del atrio la columna más oriental del conjunto (abajo, siguiente).




Arriba y abajo: coronada la portada con una espadaña de sabor barroco (arriba), compuesta de arco de medio punto sobre altos pilares decorados con pilastras y coronado con cornisa y frontón rematado con pináculos en parte demolido, resultante quizás de un último capítulo constructivo que afectase a la nave y propio edificio sacro ejecutado posiblemente a lo largo del siglo XVII, se ofrece estilísticamente hermanada con los campaniles que culminan otras ermitas jerezanas como los presentes en los templos dedicados a San Lorenzo, al Espíritu Santo o a Nuestra Señora de Brovales, capitaneando el acceso al monumento consagrado a Lázaro de Betania dispuesto a tavés de un arco apuntado ejecutado en ladrillo, sostenido sobre pilares graníticos y sencillas impostas pétreas ornamentadas con toscas bandas lineales (abajo), enmarcado en alfiz al gusto mudéjar, presente este particular estilo peninsular además en el friso de esquinillas que asoma sobre la composición entre los restos del estucado y la cal con que se cubrirían seguramente en época tardía los muros del templo (abajo, siguientes).





Arriba y abajo: vista general del muro de los pies y portada de acceso al sacro recinto desde el interior del inmueble, apreciándose sobre el latericio arco apuntado de entrada y los preservados quicios pizarrosos donde quedasen encajadas las hojas que sirvieran de puertas del templo (abajo), el diseño en arco de medio punto que dibujase los límites superiores de la pared (arriba), de donde partiese la bóveda de cañón que terminase cubriendo el religioso habitáculo, hoy desaparecida la obra original sustituida varios años atrás por una nueva fábrica en ladrillo que, junto al levantamiento de los arcos de sustentación faltantes y de las porciones de paredones laterales perdidos, intentase mejorar el estado de abandono y ruina con el que llegaría el bien a los confines del segundo milenio.



Arriba y abajo: compuesta por una única nave alargada (arriba), conforman las paredes laterales de la jerezana ermita de San Lázaro cuatro arcos de medio punto tanto en el flanco del evangelio como en el de la epístola respectivamente, ciertamente rebajados los ejemplarees anexos al muro de los pies, sustentados todos sobre recios pilares donde se conjugan, como en la práctica totalidad de la fábrica edilicia, el ladrillo con la mampostería, nutrida ésta generosamente con material pizarroso, sin que falten piezas graníticas de refuerzo en los sostenes (abajo, siguientes), similares a los aparecidos sobre el arco de entrada al bien, estucado como ésta el espacio interior posiblemente tras acometerse la última de las reformas que viviese el edificio bajo el triunfo estilístico del Barroco, transformando la ligereza del clasicismo renacentista reflejada en los arcos del atrio en la robustez de los vanos y pilares constituyentes de los tabiques internos.





Abajo: cerrando el arco rebajado que inicia el tramo del evangelio, un muro de mampostería preferentemente pizarrosa tapiaría todo el lateral septentrional del templo, como seguramente ocurriese en la contraria pared de la epístola, perdida la práctica totalidad de éste último permitiendo así en la actualidad poder acceder al edificio no sólo por el arco de la portada inscrita en los pies del recinto sagrado, sino inclusive por cualquiera de los vanos presentes en el flanco sureño.


Abajo: perdidos tras el cierre al culto y abandono del enclave grandes retazos de la armazón constructiva de lo que fuera la ermita de San Lázaro, principalmente los dos primeros de los arcos del lado de la epístola y el último de los cuatro que conforman el lateral del evangelio, no se conserva tampoco el cabecero de la capilla, interrumpido hoy en día el trazado de la nave a la altura de lo que pareciese ser un primitivo arco fajón que posiblemente marcase el inicio del tramo final del templo, elaborado a base de dovelas graníticas sobre el que se colocaría durante los trabajos de recuperación del monumento un óculo con que quizás no contase la obra original, que si conocería un retablo en su ábside centrado por una obra donde quedaría reflejado el misterio del santo titular, resucitado, según el Evangelio de San Juan, a los cuatro días de su fallecimiento por el propio Jesús, que lo consideraba, junto a sus hermanas Marta y María, uno de sus más íntimos amigos.




martes, 31 de diciembre de 2019

Imagen del mes: Dólmenes de Lagunita, en Santiago de Alcántara


Ubicados en las proximidades de la Sierra de Santiago, mirando hacia su ladera occidental y en consonancia cultural con el yacimiento pictórico conservado en la cueva del Buraco que allí se abre, los dólmenes de la Era de la Laguna, también conocidos como de Lagunita o Lagunilla, destacan dentro del catálogo de monumentos megalíticos de la región por sus materiales de construcción, fabricados corredor y cámara con lajas de pizarra y no con ortostatos graníticos, recubiertos con túmulos formados con piezas cuarcíticas, escogidas para dotar al mausoleo de un níveo acabado que le hiciese brillar a la luz solar y ser reconocible desde la distancia.
Santiago de Alcántara (Cáceres). Fechados entre los periodos Neolítico y Calcolítico (IV y III milenios a.C.).


Arriba y abajo: con la Sierra de Santiago de fondo, la cámara del dolmen Lagunita I mira, como la cueva del Buraco, a poniente (arriba), siguiendo los esquemas habituales de construcción de tal modelo de edificación funeraria megalítica que, en los casos de Santiago de Alcántara, destacan por utilizarse en su constitución esquistos y cuarcitas (abajo), a diferencia del mayoritario uso granítico común entre los dólmenes del resto de la región.



Arriba y abajo: el enumerado en primer lugar de entre los tres ejemplares dolménicos santiagueños conocidos de la Era de la Laguna, ofrece dentro del panorama megalítico tanto extremeño como peninsular un yacimiento arqueológico a destacar en base al prolongado uso dado a lo largo de los milenios del enclave funerario como tal, desvelado gracias a las continuas excavaciones e intervenciones arqueológicas llevadas a cabo sobre el mismo, revelándose bajo los vestigios de la cámara sepulcral que centra el monumento, trapezoidal y enmarcada entre piezas de pizarra (abajo), la existencia de un primitivo dolmen inicial que sería desmantelado y cuyo túmulo superaría en dimensiones los límites del posterior, compuesto éste de hasta tres anillos constituidos fundamentalmente de piezas cuarcíticas y tierra compactada (arriba) donde, siglos después, fuesen abiertas al menos dos tumbas fechadas en la Edad del Hierro de la que se recuperaron diversas piezas cerámicas y una urna de incineración aún con fragmentos óseos, datados a mediados del primer milenio a.C.






Arriba y abajo: bloqueando lo que fuese el corredor de acceso, originariamente de 3,7 metros de longitud y 0,6 metros de anchura,  que permitiese el paso al interior de la cámara sepulcral del dolmen de Lagunita I, una estela pizarrosa sin decoración (arriba) marca el posteriormente elaborado espacio contiguo donde quedasen guarecidas una serie de urnas de incineración datadas en el II milenio a. C., reutilización del mausoleo que, un milenio después, sirviera igualmente de necrópolis de la Edad del Hierro adecuándose para ello una serie de lechos pétreos localizados principalmente en la vertiente sureña del monumento (abajo), sobre los que se depositarían las vasijas funerarias que permitirían la perdurabilidad del uso fúnebre del enclave, así respetado por las diversas generaciones que poblasen la zona, vinculándose si bien no genéticamente al menos sí culturalmente unas con otras.




Arriba y abajo: vista detallada de la estela de naturaleza pizarrosa hallada en el flanco occidental del conjunto megalítico Lagunilla I, enclavada sobre el túmulo dolménico opuestamente al corredor de acceso a la cámara sepulcral, con la que queda alineada, en cuyo lateral interior fueran descubiertos una suerte de grabados, hoy de difícil visualización debido en gran parte a la naturaleza frágil del esquisto.


Abajo: a medio camino entre los dólmenes de Lagunita I y Lagunita III, apenas un conglomerado de piezas cuarcíticas y pizarrosas esparcidas sobre el terreno restan de lo que fuese el tercero de los tres monumentos megalíticos que pueblan este rincón del término municipal santiagueño, arrasados los vestigios del mismo, sin haberse podido alcanzar previamente un estudio detallado del bien, por las máquinas de labor que impunemente han roturado el paraje donde se encontraba el ejemplar, sin tener en consideración el tesoro histórico y patrimonial que se estaba destruyendo impasiblemente y que, según anotaciones previas, contaba con cámara y corredor, tres ortostatos pizarrosos originales, y restos de un destacable túmulo.




Abajo: vistas generales del dolmen de Lagunita III desde sus flancos levantino, occidental y nororiental respectivamente, a través de las cuales se puede apreciar no sólo la erección del mismo sobre una suave colina que permitiese la mayor elevación de este monumento por encima de sus hermanos megalíticos, sino además su característica formación a base de piezas de cuarzo blanco desarrollando la constitución del túmulo que rodease y cubriese el inmueble, permitiendo originariamente una mejor y más acertada observación del sepulcro a la distancia, convertido así en punto de localización dentro del paisaje.





Arriba y abajo: aspectos detallados del túmulo dolménico del tercero de los monumentos megalíticos de Era de la Laguna donde se observa la naturaleza de su fabricación, ejecutada a base de cuarcitas, esquistos y arcilla compactada donde el cuarzo blanco adquiriría un papel extra en la arquitectura, ejecutando su cometido no sólo como material constructivo, sino además presentándose como elemento ornamental que permitiese, gracias a su coloración blanquecina, la localización lejana del bien, más si cabe cuando los rayos del sol bañasen las piezas pétreas generándose una peculiar y bella estampa del mismo.



Arriba y abajo: siendo el primero de los dólmenes de Era de la Laguna en ser estudiado e intervenido arqueológicamente, iniciándose las excavaciones en el lugar en 2.003, la puesta en valor del bien Lagunita III ha permitido ofrecer el prehistórico mausoleo como el mejor preservado de entre los 29 conservados dentro del término municipal de Santiago de Alcántara, rescatándose durante su investigación el atrio que antecediese al corredor que permitía el paso a la cámara fúnebre, presente igualmente en muchos otros ejemplares dolménicos tales como el de Lácara, característico en el caso santiagueño por descubrirse en él un zócalo donde depositar las ofrendas regaladas a los difuntos que allí descansasen, convirtiéndolo en espacio sacro propicio tanto para la realización de homenajes a los fallecidos como para la ejecución de los propios rituales funerarios que seguramente se celebrasen durante el momento de inhumación, a juzgar y según algunos estudiosos por los restos alimenticios aparecidos entre los vestigios muebles y ajuares depositados en el panteón colectivo.



Arriba y abajo: el corredor que sirviera de conexión entre el mundo diario y el de los finados, de 3,10 metros de longitud y 1 de anchura, permanecería forrado por lajas de pizarra dispuestas como paredes laterales así como a modo de dinteles de coronamiento superior, conservadas in situ las cuatro que en cada flanco delimitasen el pasillo funerario.



Arriba y abajo: vista detallada de las losas de esquisto que, fijadas como ortostatos, delimitasen el corredor del domen de Lagunita III en su lado sureño, fijando el espacio de conexión entre cámara y exterior, sosteniendo a su vez el peso de dinteles y túmulo funerario de cubrimiento del bien.



Arriba y abajo: junto al mayor de los cuatro ortostatos pizarrosos que compusieran la pared norteña del corredor dolménico (arriba), sería descubierta una estela de similar naturaleza pétrea donde aún pueden vislumbrarse los motivos antropomorfos labrados sobre una de las caras del mismo,  colocado y expuesto hoy en día en el mismo punto donde fuese hallado, cercano a la propia cámara funeraria, y posiblemente allí colocado a modo de cierre durante el momento de clausura definitiva del sepulcro (abajo).



Arriba: el corredor de Lagunita III, orientada su abertura como en el resto de monumentos dolménicos hacia la salida del sol, visto desde el punto de unión de éste con la cámara funeraria central del prehistórico mausoleo.

Abajo: serían siete las piezas pizarrosas que, como ortostatos, delimitasen el espacio de unos 3 metros de diámetro que conformase la cámara fúnebre y auténtico sancta sanctórum del enclave sacro-funerario megalítico, yacimiento arqueológico cuya investigación permitiría recuperar restos de ajuares y vestigios muebles entre los que se encontrarían diversas piezas cerámicas, abundantes puntas de flecha, ciertas cuentas de collar, así como porciones de un ídolo oculado perteneciente al subgrupo denominado ídolos placas, llamados así por presentarse como láminas pizarrosas recortadas y complementadas con decoración grabada a base de incisiones sobre al menos una de sus caras entre las que destacan los ojos de la deidad o posible difunto a la que pudieran hacer referencia el útil, característicos elementos del cuadrante suroeste peninsular donde Extremadura quedaría enclavada y en cuyos sepulcros prehistóricos se han logrado localizar abundantes ejemplares de esta tipología de representación antropomorfa sintetizada, capitaneando entre ellos el conjunto de veintidós ídolos placas descubiertos en la finca conocida como Granja de Céspedes, sita entre los ríos Guadiana y Caya dentro del término municipal de Badajoz, custodiados actualmente en el Museo Arqueológico Nacional.



Abajo: de los siete ortostatos de esquisto originales han logrado llegar a nuestros días cinco ejemplares in situ, ofreciéndose como el mejor conservado aquel ubicado junto a la entrada a la cámara sepulcral en su esquina meridional (abajo), preservados los cuatro que partiendo de la esquina septentrional de tal puerta rodean la sala mortuoria en su lado norteño (abajo), si bien el segundo de ellos se mantiene bastante mutilado, siendo las amputaciones fáciles de provocar en tales losas de pizarra dada la delicada naturaleza de dicho material pétreo, llevando a la desaparición de las lajas quinta y sexta primitivas, repuestas por piezas actuales durante los trabajos de restauración del monumento.





Arriba y abajo: además de la estela con decoración antropomorfa descubierta dentro del corredor dolménico en las proximidades a la entrada de la cámara sepulcral (abajo), tres lápidas grabadas más se hallaron durante los trabajos de excavación e investigación del inmueble en la zona del atrio del conjunto megalítico, usados posiblemente y originariamente como mojones delimitadores del área sacra donde hoy en día siguen presentándose al visitante que desde la carretera provincial CC-37 desee acercarse a la antigua necrópolis santiagueña, de los que desafortunadamente para el patrimonio histórico-artístico extremeño, español y mundial, uno de ellos ha desaparecido.




Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...