domingo, 15 de noviembre de 2015

VI Encuentro de Blogueros de Extremadura: "Dos conventos franciscanos en ruinas de La Raya: Madre de Dios y Moncarche"


A comienzos de mes, concretamente el pasado día 1, publicaba en el blog la primera de las dos rutas con que Extremadura: caminos de cultura ha querido colaborar este año en la publicación anual que, con motivo de la celebración del Encuentro de Blogueros de Extremadura, se lleva a cabo reuniendo artículos de diversos autores extremeños o relacionados con la región que potencien los valores naturales y culturales de la Comunidad.

El VI Encuentro de Blogueros de Extremadura rondó sobre una temática muy concreta: "Rutas para descubrir Extremadura". En un primer artículo, este blog quiso dar a conocer el mudéjar pacense en sus torres-fachadas más destacadas. Como segunda aportación, pensó en unir, a través de un detallado sendero, dos conventos franciscanos en ruinas que sobreviven enclavados en La Raya pacense. Sendos cenobios llevan por título de Madre de Dios y de Moncarche, respectivamente, enclavado el primero en las cercanías de Valverde de Leganés, mientras que el segundo se alza en el límite municipal dibujado entre las localidades de Alconchel y Villanueva del Fresno.

Sobre ambos monumentos ya se habló con anterioridad en el blog. A continuación, os dejo con los enlaces que os dirigirán a sendas entradas pasadas, publicando tras ellos la ruta elaborada para que así todos aquellos que no pudisteis acudir al encuentro trujillano, o no hayáis podido hojear la publicación, podáis leer y consultar la misma, en pro del conocimiento y promoción de dos edificios singulares que enriquecen el amplio patrimonio de nuestra región.

- Convento de Madre de Dios, en Valverde de Leganés:


- Convento de la Luz, de Moncarche o de los Jarales, entre Alconchel y Villanueva del Fresno:





DOS CONVENTOS FRANCISCANOS EN RUINAS DE LA RAYA: MADRE DE DIOS Y MONCARCHE

Corría el año de 1.500 cuando fray Juan de Guadalupe, siguiendo los pasos reformistas de su antecesor fray Juan de la Puebla, fundase la conocida como Descalcez dentro de la familia religiosa franciscana, en un deseo de renovación monacal y retorno a la humildad y a la vida eremita inspiradora de su santo capitular, San Francisco de Asís. Englobados en la Custodia del Santo Evangelio, serían cinco los conventos que, nada más nacer la descalcez, serían levantados por el fraile guadalupense, diseminadas íntegramente dentro de las tierras de Extremadura, para acoger a los hermanos franciscanos que desearan, sin salirse de la Orden, abrazar este nuevo rumbo y mundo de contemplación, oración y sacrificio que se les abría con el nuevo siglo. No fueron pocos los que desearon embarcarse en la reforma, pero tampoco sería escaso el número de detractores que, surgiendo de la misma rama de franciscanos observantes de donde había partido la descalcez, no verían de buen grado la escisión, logrando derribar y destruir hasta sus humildes cimientos cuatro de aquellos nuevos cenobios que la recién creada rama había levantado con sus propias manos en diversos puntos de la región. Huyendo de la persecución de sus propios hermanos franciscanos, los frailes gauadalupenses encontrarían refugio en el único convento descalzo que lograría salvarse de la demolición, enclavado en un agreste paraje fronterizo con Portugal donde, según contaba la leyenda, la Virgen María, envuelta en una luz, hablaría al pastor Antonio Muñoz mientras éste fregaba sus útiles en el arroyo cercano al lugar donde sus redes pastaban, advirtiéndole de la existencia de una talla mariana escondida en una pequeña gruta abierta en las faldas de la Sierra de Moncarche, convertida después en capilla y corazón religioso del monasterio de la Luz, o de Moncarche, entre los términos municipales de Alconchel y Villanueva del Fresno.


Arriba y abajo: el convento valverdeño de Madre de Dios se presenta en la actualidad a medio camino entre la ruina y la restauración, pudiendo el visitante deambular por las estancias del antiguo cenobio franciscano, sorprendido por la humildad de su claustro o la belleza restante de la ornamentación de influencia portuguesa que un día decoró iglesia, capilla y camarín mariano.


Calmadas las tensiones y finalizada la persecución hacia los descalzos, en 1.506 quedaría la rama casi extinguida, regresando muchos de sus hermanos a otros conventos del interior regional, permaneciendo el resto en el vecino país luso, donde nuevos monasterios habían ido igualmente levantando. El ideal sostenido por la descalcez no dejaría de ser defendido, sin embargo, por éstos y otros cada vez más frailes contemporáneos, creándose, en 1.514, la Custodia descalza de Extremadura, así como en 1.519 la provincia franciscana de San Gabriel, donde se englobaría. Nuevos hermanos se incorporarían a la obra, entrando por aquellos años en la Orden un joven Juan de Garabito cuyo nombre cambiaría, una vez tomados los hábitos, por del de Pedro de Alcántara, de donde era natural. La defensión de la descalcez del que más tarde sería llevado a los altares, así como nombrado patrón de la región, llevada a cabo desde una vida sumida en la pobreza y la humildad más absoluta, le conduciría a fundar nuevos conventos donde acoger a los cada vez más numerosos hermanos que deseaban volver su vocación religiosa hacia la oración y recogimiento, escogiendo para tal fin enclaves aislados y ligeramente retirados de las poblaciones más cercanas donde, sumidos en plena naturaleza, envueltos en un ambiente de sosiego y concordia con el medio natural, poder conducir sus vidas hacia la meditación y el eremitismo más puro. Sería así cómo, una vez nombrado Ministro provincial, fundase san Pedro en 1.540 un convento a las afueras de Valverde de Leganés, entonces Valverde de Badajoz, sobre una capilla regida por un hermano franciscano que no dudó en cederla ante la solicitud del admirado fraile alcantarino. Tras recibir regalada una imagen oliventina de la Madre de Dios, donada por el entonces residente en Olivenza Obispo de Ceuta, tomaría el convento por nombre el de tal talla, aclamada por los supuestos milagros que la misma concedía.


Arriba y abajo: el embalse de Piedra Aguda (arriba), pantano artificial que recoge las aguas del río Olivenza, antaña frontera fluvial entre España y su vecina lusa, ofrece sus aguas como descanso de infinidad de aves acuáticas, mientras que sus orillas y colinas circundantes sirven de asiento a múltiples variedades y especímenes de orquídeas, como la de los hombrecillos desnudos, las de abeja o la gigante (abajo).


Sufrirían estos conventos rayanos las mismas vicisitudes bélicas que el resto de la región, durante la guerra que los portugueses proclamaran en pro de su independencia del resto de España, tras la anexión que entre ambos países se forjó bajo la figura de Felipe II, deshecha bajo el reinado de su nieto. Sin embargo, y tras ser sometidas estas casas a intensas reformas y mejoras en el siglo XVIII, su fin definitivo no vendría hasta alcanzado el siglo XIX, una vez firmados tanto los decretos de exclaustración, como el de desamortización, por el que llegase a Presidente de Ministros, Juan Álvarez de Mendizábal, durante la minoría de edad de Isabel II, cayendo los edificios en abandono, olvido y progresiva ruina que permitirían la decadencia arquitectónica más plena de sendos monumentos, llegando así a nuestros días.

La ruta que proponemos pretende acercarnos a estos dos históricos edificios enclavados en La Raya entre Extremadura y Portugal, para poder conocer y recorrer in situ no sólo algunas de las contrucciones franciscanas descalzas más significativas, sino además andar y deambular por los parajes naturales sobre los que se asentaron, y que aún hoy en día siguen ofreciendo la calma y los valores medioambientales perseguidos por los frailes que deseaban encontrar el recogimiento inspirados por la grandeza de la obra divina que resaltaba la pequeñez del ser humano. Recorreremos lo que antaño fuese puesto fronterizo entre España y la lusa localidad oliventina, cuya línea divisoria, marcada por el río Olivenza, engloba actualmente las aguas del embalse de Piedra Aguda. De camino al convento de la Luz o de los Jarales, pasearemos por dehesas de encinares sin fin de cuyos ejemplares arbóreos se nutren las lomas de la Sierra de Moncarche, mediterráneo bosque interminable cuyos límites desembocan en la vega del río Guadiana.

El trayecto, a poder realizar en vehículo o bicicleta, cubre los 50 kms de separación entre sendos edificios conventuales, pudiendo iniciar el viaje por cualquiera de sus extremos, distanciadas sus poblaciones más cercanas, en el caso de Valverde de Leganés, por 24 kms de Badajoz, a recorrer por la carretera EX-310, que serían 45 kms entre la capital provincial y Alconchel, vía EX-107.


Arriba y abajo: junto a la vega del arroyo de Friegamuñoz, sobre su orilla derecha, el convento de Moncarche, también conocido como de la Luz o de los Jarales, se erigió sobre bancales que salvaran el desnivel térreo junto a una pequeña gruta natural relacionada legendariamente con una aparición mariana, restando en la actualidad y tras su abandono vestigios de dependencias monacales como el refectorio o el templo (abajo), mientras que sobre el curso fluvial se mantiene en pie el puente que unía antaño Alconchel con Villanueva del Fresno, así como parte del acueducto que, erigido sobre la anterior obra de ingeniería, trayese agua al cenobio (arriba).


Abajo: el convento de la Luz o de Moncarche recibe también el nombre de los Jarales por quedar enclavado dentro de la finca homónima, hacienda inmiscuida en plena dehesa extremeña, en un confín paisajístico de interminables encinares y suaves colinas que deleitarán la vista del visitante.


Saliendo de Valverde de Leganés en dirección a Olivenza, unida a ésta por 12 kms a circular por la carretera EX-105, veremos un camino que, en el margen izquierdo, se adentra entre fincas y cultivos a la misma altura que una industria carbonífera, en el margen derecho, despide la población. Este sendero térreo, cuya línea en recto conduce hacia las orillas del embalse de Piedra Aguda, ofrece un único desvío a nuestra zurda y zona meridional, pudiendo observar, frente a nosotros, la silueta del convento franciscano valverdeño, entre ruina y modesta restauración llevada a cabo para frenar el deterioro de su arquitectura. Nos esperan, en la parte baja de la zona conventual, erigida al sur del conjunto, lo que fuesen refectorio y cocinas, bodegas y almacenes, englobados alrededor de un claustro cuadrangular sobre cuyos ventanales superiores aún puede leerse la epigrafía que rememora las obras de remodelación llevadas a cabo en el edificio durante el siglo XVIII. Reestructuración que afectó notablemente a la iglesia, de única nave, triple tramo, crucero y planta de cruz latina, donde nos aguardan, además de sus altas bóvedas de crucería, los restos de la ornamentación que cubrió sus capillas, así como la decoración que dio forma a su retablo camarín de marcado gusto portugués, a cuya pieza trasera podremos acceder para, bajo su cúpula, poder observar los retazos del complejo de frescos que decoraron el sacro lugar.

Deshaciendo nuestros pasos podremos volver a la vía que lleva a la vecina Olivenza a la altura del caserío valverdeño, siendo también posible, y muy complementario, alcanzar dicha carretera retomando y continuando por el camino del que nos desviamos hacia el cenobio, que alcanza y rodea, hasta llegar a su presa, el pantano que riega los contornos. El embalse de Piedra Aguda se ofrece no sólo como un paraje idóneo para la observación de anátidas y otras aves acuáticas. Sus orillas y colinas de encinares circundantes son, ante todo, terreno más que apto para la floración de los géneros más comunes de orquídeas dadas en Extremadura, destacando entre aquéllas que en primavera embellecen estos campos diversas especies de entre las conocidas como orquídeas abejas (Ophrys scolopax, etc), la de los hombrecillos desnudos (Orchis italica), o la orquídea gigante (Barlia robertiana).




Superada y atravesada la presa del embalse, nos dirigiremos hacia Olivenza donde, además de poder descansar, repostar o degustar la gastronomía de la región, existe la opción de perdernos entre sus encaladas calles del casco antiguo, descubriendo los vestigios de su castillo, de su amurallamiento abaluartado, así como sus valiosos ejemplos de arquitectura civil y religiosa de estilo manuelino y trazado luso, que rememoran el pasado y la historia de la localidad. Encauzados hacia el Sur por la carretera EX-107, alcanzaremos Alconchel tras recorrer 19 kms y pasar junto al castillo de Miraflores, auténtico bastión defensivo de la población. Atravesando la localidad, tomaremos el desvío que, por la carretera EX-314 lleva hasta la fronteriza Cheles. Seis kms después, una senda conocida como la Ruta de los Jarales se nos abre a nuestra izquierda, adentrándonos entre campos y heredades hacia la dehesa y finca homónima al camino, en cuyo interior se ubica, tras 8 kms de sendero, el monumento. Habrá que conducir continuamente en línea recta no cambiando nuestro rumbo hasta que, 5 kms después de haber comenzado el trayecto térreo, tomar el desvío que, a la izquierda y hacia el Sur, surge de un cruce de tres opciones. Ya sólo serán 3 kms lo que nos falten por andar, sobrepasando para ello la verja de cierre de la finca de Los Jarales. El convento de la Luz nos espera a orillas del arroyo de Friegamuñoz, en un enclave natural que nos hará olvidar nuestra conexión con lo mundanal y nos invitará, mientras cruzamos puente, nos colamos entre los arcos del acueducto que nutría de agua el monasterio, curioseamos entre los restos de dependencias sostenidas por bancales, o nos adentramos en la cueva que sirvió de capilla, a respirar naturaleza, a deleitar nuestra vista con la limpieza de las encinas, y a endulzar nuestros oídos con el rumor de las aguas de la rivera, envueltos en el mismo silencio que los frailes cultivaron, sólo roto por las lejanas ganaderías que, en calma, pastan en la lejanía de Moncarche.




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